Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
Lo primero de lo que fui consciente era que me dolía la cabeza, la cual notaba hinchada y pesada. La moví lentamente, solo un poquito, y oí el suave sonido de una venda elástica que rasgaba el algodón. Traté de levantar un brazo para investigar, pero me detuve cuando noté el tirón doloroso de algo que tenía clavado en el antebrazo. Al parecer estaba conectada a alguna especie de máquina. El bip-bip persistente proveniente de un aparato situado directamente detrás de mí confirmó que estaba conectada a un dispositivo de monitorización, así como al gotero. Era evidente que me encontraba en el hospital, pero ¿por qué no veía nada?
Pestañeé varias veces. Me notaba los párpados extrañamente insensibles, y no sirvió de nada: todo seguía a oscuras. ¿Por qué no podía ver? ¿Qué me había ocurrido? Me invadió una intensa oleada de pánico. ¿Por qué no me acordaba? ¿Qué me pasaba en la cabeza y en los ojos? Hice un esfuerzo por hablar. Veía pequeños fragmentos fugaces de algunas escenas del día anterior. Me acordaba de haber visitado mi antiguo hogar, de haber cenado en un restaurante. Después había regresado al hotel. ¿Había ido en taxi? No me acordaba. Luego había entrado en mi habitación y después... nada. Había una enorme laguna donde deberían estar el resto de los recuerdos de la noche anterior.
Me esforcé por moverme, tratando de incorporarme con todos esos cables y tubos enganchados. Mi intento más bien infructuoso alertó a alguien que había en la habitación.
—Vaya, hola. Bienvenida, Candy. Me alegra verte despierta. Voy a avisar a tu padre.
Se oyó el sonido de una puerta que se abría y unos pasos que se alejaban deprisa por un pasillo. Me quedé sola antes de lograr ordenarle a mis labios entumecidos que formularan alguna pregunta. ¿Iba a llamar a mi padre por teléfono? ¿Acaso ya le habían informado de que estaba en el hospital? El temor por cómo habría reaccionado ante aquella noticia se propagó en mi interior. Estaba demasiado enfermo; no le convenía tener más preocupaciones en su vida ahora mismo. Me pregunté si me traerían el teléfono a la cama. A lo mejor si escuchaba mi voz se convencería de que me encontraba bien. Pero ¿cómo podría calmarle y tranquilizarle acerca de mi estado si ni siquiera yo sabía cómo me encontraba? Enfadada, emití un gemido de impotencia y frustración.
—Eh, eh... No pasa nada. Todo irá bien.
Alguien se acercó a mi cama con paso ligero y seguro.
Empecé a incorporarme sin pensar en el dolor que eso podría provocarme. La cabeza me daba vueltas por la sorpresa.
— ¿Papá? ¿Eres tú?
Una mano áspera y familiar agarró la mía, que descansaba sobre las rígidas sábanas del hospital.
—Pues claro que soy yo, cariño.
Sentí su cálido aliento en la cara cuando se inclinó para besarme la mejilla, rascándome con la barba.
—Ay, papá...
Empecé, pero entonces, aunque había mil cosas que podía decir, que debía decir, no me salieron las palabras y rompí a llorar desconsoladamente.
—Ya, tranquila, ya está...
Murmuró mi padre, dándome palmaditas en la mano, claramente incómodo.
Sabía qué cara estaría poniendo incluso sin verlo. Mis lágrimas siempre le habían afectado mucho, tanto cuando era pequeña como durante mi turbulenta adolescencia. Como sabía lo difícil que le resultaba verme llorar, traté con todas mis fuerzas de cerrar el grifo.
—Me alegro muchísimo de que estés aquí, papi —dije, llamándole con ese apelativo infantil sin darme cuenta.
—Y yo de que te hayas despertado, cariño. No sabes lo muchísimo que me asusté cuando entré en esta habitación por primera vez y te vi así, con todos esos cables y demás. Me trajo tantos recuerdos horribles...
Noté su voz entrecortada. Evidentemente, le habría sido imposible no pensar en la noche del accidente.
Me figuraba la congoja que debía de haber experimentado entonces, cuando se había pasado días y días junto a una cama de hospital muy parecida a aquella. Tardó meses en confesarme el auténtico terror que había vivido mientras yo yacía inconsciente y sin dar señales de despertar. Y a pesar de que los médicos le habían asegurado que solo necesitaba tiempo, que había sufrido un paro respiratorio pero que los servicios de emergencias me habían reanimado antes de que hubiera riesgo de daño cerebral y que me recuperaría del todo, seguro que estuvo profundamente preocupado hasta el instante en que abrí los ojos.
Ese fue el instante en que su dolor cesó y el mío empezó, pues no le permití que pospusiera el momento de darme las horribles noticias. No había querido esperar hasta «estar más fuerte». ¿Acaso hay alguien lo bastante fuerte para enterarse de que su mejor amigo ha muerto salvándole la vida?
Era obvio que pensaba en el accidente de hacía cinco años tanto como yo.
—Recuerdos del accidente —dije con un hilo de voz.
— ¿Del accidente?
Respondió él, aparentemente desconcertado.
— No, cariño, recuerdos de tu pobre madre.
Su respuesta me dejó confusa; rara vez hablaba de ella... Supongo que la idea de perderme había vuelto a despertar en él muchos recuerdos dolorosos. No sabía muy bien qué responder, pero no fue necesario porque entonces se oyó el sonido de la puerta que se abría y varias personas entraron en la habitación.
—Hola, doctor —dijo mi padre.
Sonó como si conociera al hombre que acababa de entrar en mi habitación, y que lo conocía bastante bien, de hecho. Por primera vez se me ocurrió preguntarlo:
— ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Algo más de treinta y seis horas, jovencita —contestó el médico, en un tono que supuse que pretendía ser tranquilizador.
Pero no estaba nada tranquila. Como si fuera a contrarreloj, mi mente intentó reconstruir frenéticamente las piezas del rompecabezas sobre lo que me había ocurrido. Como un arco de electricidad entre dos terminales, mis sinapsis empezaron a ponerse en marcha y de pronto me acordé: el cementerio, el dolor de cabeza incapacitante, mi repentina ceguera. Lo recordaba todo.
Levanté el brazo que no tenía lleno de artilugios médicos y me lo llevé a la cabeza vendada.
— ¿Acaso fue intervenida quirúrgicamente por las migrañas y la ceguera?
Al médico se le escapó una risa de profunda diversión. ¿Cómo podía hacerle gracia lo que acababa de preguntar?
—Por Dios, Candy, no estás ciega.
—Pero ¡si no veo nada! —protesté.
Volvió a reírse y esta vez hasta papá se unió a él.
—Eso es porque llevas los ojos vendados. Te hiciste algunos rasguños, seguramente con las esquirlas de la gravilla cuando te caíste boca abajo. En realidad te diste un golpe terrible en la cabeza.
Me di la vuelta en dirección a la voz de la enfermera. ¿De qué rayos estaba hablando? O no vio o decidió ignorar la cara que puse —que indicaba a las claras que pensaba que era idiota—, ya que prosiguió:
—Por eso está aquí el doctor Tulloch, para quitarte las vendas y comprobar los puntos.
—Pero si no me he golpeado la cabeza —insistí, dirigiéndome a cualquiera que quisiera escucharme.
Noté que mi padre me cogía la mano de nuevo.
—Relájate, Candy, no te pongas nerviosa. Es normal que lo tengas todo un poco borroso al principio.
—Creo que recordaría haberme dado un golpe en la cabeza —respondí yo con más aspereza de lo que quería—. Fue debido a la migraña —traté de explicar —. Era absolutamente insoportable.
— ¿Te duele ahora? —preguntó el médico con interés.
—Bueno, no —contesté, dándome cuenta por primera vez de que aunque la cabeza me molestaba, el dolor era distinto al de las atroces migrañas que había padecido—. Solo la siento un poco adolorida...
—Es normal. En un día o dos se te pasará. Como ha dicho la enfermera, fue una caída muy fea. —Sigo sin ver nada. ¡Aún estoy ciega!
—Espera a que retire la gasa antes de que vayas a comprarte un bastón, jovencita.
—La voz del médico tenía un deje de impaciencia. Seguro que ya me tenía encasillada como una drama Queen de cuidado—. Enfermera, baje las persianas, si es tan amable.
Aunque decidí que no me caía bien aquel hombre —por mucho que mi padre tuviera otra opinión—, volví la cabeza en dirección a su voz y le permití que retirara primero una y después la otra gasa circular que cubrían mis párpados. Pestañeé por primera vez, disfrutando de la libertad de poder moverlos sin restricciones. La habitación había quedado a oscuras tras bajar las persianas venecianas, pero las cortinas, entrecerradas, dejaban pasar suficiente luz natural para que pudiera distinguir las figuras difusas de cuatro personas a mi alrededor: el médico, un joven con bata blanca justo a su lado, la enfermera y, al otro lado de la cama, mi padre.
—Veo formas —declaré con una extraña mezcla de alegría e incredulidad —. Está borroso, pero...
—Dale un momento. Enfermera, creo que necesitamos un poco más de luz.
Me volví para mirar a mi padre y me quedé de piedra; mi enorme sonrisa había dado paso a una expresión indescifrable.
—Candy, ¿qué pasa? ¡Doctor, doctor! ¿Qué le ocurre?
El residente se me acercó a toda prisa y me enfocó una linterna en los ojos para comprobar mis reacciones, pero me lo quité de encima y volví a mirar a mi padre.
—Candy, ¿puedes decirme qué te pasa? —Me urgió el médico—. ¿Te duele algo? ¿Tienes la visión distorsionada?
¿Distorsionada? Debería contestarle que sí, supuse. Pero no de la forma que él pensaba.
—No, está perfectamente. Ya lo veo todo claro.
—Entonces ¿qué problema hay?
—Mi padre.
— ¿Yo? —Mi padre parecía absolutamente confuso.
Bueno, pues ya éramos dos. Me obligué a examinarle detenidamente y con mayor concentración. Pero lo que veía no tenía sentido.
— ¿Qué pasa con tu padre? —El médico había adoptado un tono de voz que normalmente debía reservar para los enfermos mentales.
No me salían las palabras.
—Candy, cariño, me estás asustando. ¿Puedes decirnos qué problema hay?
—¿Le ocurre algo malo a tu padre, Candy?
Miré al médico para contestarle y después otra vez a mi único progenitor. Mi vista recientemente fortalecida asimiló sus mejillas regordetas, sus ojos brillantes —si bien ensombrecidos ahora por la preocupación—, la barriguita que planeaba eliminar apuntándose al gimnasio. No había ni rastro del hombre demacrado, envejecido prematuramente y debilitado por el cáncer que había visto por última vez hacía tres semanas.
— ¡No! Ese es el problema, ¡que no le pasa absolutamente nada malo!
Me sedaron. Supongo que no tuvieron más remedio, aunque parecía una locura esperar casi dos días a que me despertara y luego tener que volver a dormirme. Y cuanto más me resistía y le rogaba a mi padre que no les dejara hacerlo, más pánico y preocupación reflejaba su mirada. Mientras el residente le gritaba cuatro instrucciones a la enfermera para que preparara el sedante, yo seguía suplicándole a mi padre que me explicara cómo se había recuperado tan deprisa, y el hecho de que se negara a contestar y sacudiera la cabeza en señal de confusión solo consiguió inquietarme más. Fue un alivio cuando la droga que administraron en la válvula del suero, fluyó por mi organismo y se me cerraron los párpados.
Mis ojos se abrieron un rato después; aunque la habitación permanecía a oscuras, parecía estar llena de gente. Oía susurros apagados de voces que me resultaban agradablemente familiares. Mis plúmbeos párpados pesaban demasiado y solo logré abrirlos un poco. No pude distinguir quién había en la habitación, unas cuatro, o tal vez más, figuras altas, todas con ropas oscuras, pensé, o quizá estuvieran en la sombra. El sueño me reclamó.
Me desperté brevemente una segunda vez aquella noche. El grupo de personas, fueran quienes fuesen, ya no estaban. No tenía ni idea de la hora que era, pero en la habitación reinaba una oscuridad absoluta, excepto por el pequeño haz de luz que iluminaba una silla junto a mi cama en la cual estaba durmiendo mi padre. Tenía un libro abierto sobre el regazo y una bandeja de comida vacía al lado. Supuse que no me había dejado sola en todo el día. Su boca entreabierta emitía un ronquido suave cada vez que respiraba. Parecía cansado y desaliñado... pero aun así, por increíble e imposible que pareciera, se le veía completamente sano. Tenía que hablar con él; estaba ansiosa por averiguar qué pasaba, ya que nada tenía sentido, pero el esfuerzo por mantenerme despierta me venció. El sueño volvió a apoderarse de mí una vez más antes de que pudiera decirle algo.
El estrépito de un carrito de comida me despertó a la mañana siguiente. Pestañeé a modo de protesta ante la luz sorprendentemente intensa que entraba en mi habitación.
—Genial, te has despertado justo a tiempo para desayunar —anunció mi padre en un tono exageradamente jovial.
Lentamente, volví la cabeza para mirarle con la esperanza de haberme imaginado el extraño episodio del día anterior. Debió de percatarse de mi expresión cuando de nuevo comprobé que gozaba de buena salud, ya que su sonrisa se torció un poco. Sentí una puñalada mortificadora. ¿De verdad había deseado ver a mi padre inmerso aún en su lucha contra una enfermedad horrible? ¿Qué clase de persona era?
Traté de devolverle la sonrisa.
—Buenas —balbucí. Me notaba la boca como si me la hubieran llenado de algodón por la noche.
— ¿Cómo te encuentras hoy? ¿Te apetece comer algo?
Negué con la cabeza, ya que solo de pensar en comida se me revolvía el estómago.
—Té —dije con voz ronca. Tenía la garganta tan reseca como la lengua. Lo intenté de nuevo haciendo un esfuerzo — Solo un poco de té, por favor, papá.
No me quitó los ojos de encima mientras me llevaba a los labios la taza blanca y no la bajé hasta haberla vaciado. Parecía satisfecho al ver que era capaz de realizar una función tan trivial sin incidentes o exabruptos. ¿Intentaba evaluar mi cordura? ¿Es que los locos no beben té o qué?
— ¿Quieres que le pregunte a las enfermeras si pueden traerte otra?
Asentí con la cabeza y agradecí que se marchara a buscar una segunda taza, ya que eso me concedió un par de minutos para organizar mis pensamientos. Estuvo ausente tan poco tiempo que no pude ni salir de mi estado de perplejidad. Bebí la segunda taza de té y sentí que me reanimaba un poco, al menos físicamente.
— ¿Qué tal la cabeza, cariño?
—Mejor, creo. Papá, ¿qué está pasando?
Pareció incómodo antes de contestarme con la misma pregunta:
— ¿Que qué está pasando? ¿Qué quieres decir?
—Ya basta, papá. En serio. ¿Qué te ha pasado? ¿Y por qué no me lo has contado? ¿Te han dado un medicamento milagroso o algo así? ¿Estás convaleciente?
Tenía una expresión torturada; se notaba que buscaba y no encontraba la respuesta adecuada.
—Candy, cariño, me parece que aún estás algo confusa...
Yo le interrumpí, incorporándome más en la cama con dificultad y haciendo una mueca de dolor debido a los mil moratones que debía de tener. Intenté hablar despacio, articulando cada palabra en un tono calmado; lo último que quería era que volvieran a sedarme.
—Papá, no estoy confusa. Bueno, sí lo estoy, pero no por lo que tú crees. Hace tres semanas tenías un aspecto... francamente horrible. La quimio te había afectado y debilitado muchísimo, perdiste mucho peso... Bueno, todo eso. Y ahora... Ahora no tiene sentido, pareces totalmente recuperado.
Detecté la preocupación en su cara mientras me estudiaba y se le empezaban a empañar los ojos.
—Candy, estoy muy sano.
— ¿Cómo han podido curarte tan deprisa?
No lograba asimilar todo aquello. Mi padre hizo ademán de avisar a alguien mediante el botón de encima de mi cama.
—Tal vez estaría bien que el médico volviera a examinarte.
— ¡No! —grité.
Mi voz destilaba la misma frustración que la que expresaba mi cara. Mi padre meneó la cabeza con tristeza, apartó el brazo del botón de emergencia y me rodeó la mano con sus ásperos dedos, dándome palmaditas para tranquilizarme.
—Candy, no me han «curado» porque nunca he estado enfermo. No tengo cáncer y no me entra en la cabeza por qué crees algo así.
Al cabo de poco llegaron dos enfermeras, una para llevarse la bandeja del desayuno y la otra para ayudarme a ir al baño. En realidad me alegró que me sacaran de la cama. Por algún motivo, mi padre me estaba ocultando qué le había pasado. Mi mente confusa, todavía embotada debido al sedante, no conseguía pensar en ninguna razón para mantener en secreto algo así.
Agradecí la ayuda de la enfermera en el austero baño de azulejos blancos. Afortunadamente, me habían quitado la vía durante la noche. A pesar de no tener que arrastrar un trípode y estar libre de estorbos, aún no habría sido capaz de recorrer el corto tramo por el pasillo ni de quitarme la bata de hospital sin ayuda. Tras deshacer los nudos, la enfermera abrió la ducha y una vez se hubo asegurado de que me mantenía en pie por mí misma y que podía lavarme sola, se deslizó fuera de la habitación.
Bajo unos chorros de agua sorprendentemente potentes, intenté despejar mi mente de las infinitas preguntas que me asaltaban, pero no lo logré. Y hasta el simple hecho de lavarme trajo más preguntas sin respuesta. Cuando empecé a frotarme las manos lentamente con una pastilla de jabón no perfumado descubrí que estaban llenas de arañazos.
Aclaré la espuma y bajo el agua me examiné pensativamente el dorso y la palma de las manos. Tenía arañazos en ambas, como si hubiera intentado amortiguar una fuerte caída. Pero por más que lo intentaba no conseguía recordar cuándo o cómo me había hecho aquello. Sí que recordaba haberme desplomado al lado de la tumba de Albert, pero había aterrizado sobre la hierba, no sobre asfalto. La única posibilidad que se me ocurría era que debía de habérmelas arañado con una lápida cuando finalmente perdí el conocimiento. Eso me llevó a preguntarme quién me habría encontrado en el cementerio y traído al hospital. En vista de que había otras preguntas más importantes y desconcertantes, no me importó dejarlo pasar.
Deseé que hubiera un espejo en el cuartito de baño utilitario para comprobar si tenía señales de lesiones en la cabeza y en la cara, pues a medida que me frotaba y enjabonaba el resto del cuerpo fui descubriendo varios sitios más con arañazos y cardenales. También estos eran tan salvajes que parecía que solo pudiera explicarlos una caída considerable. Estaba llena de heridas cuando no debería tener ninguna, mientras que la enfermedad de mi padre simplemente había desaparecido. Me pregunté si Alicia se sintió tan confusa cuando cayó por la madriguera y apareció en el País de las Maravillas.
Tratando aún de resolver lo irresoluble, de repente se me ocurrió una idea mientras me secaba rápidamente con la áspera toalla del hospital. Quizá la razón por la que mi padre no admitía su enfermedad era que su tratamiento no había sido legal. Casi deseché la idea por lo absurda que era. Mi padre era tan honesto que diría que no le habían puesto ni una multa de aparcamiento en toda su vida. Pero cuanto más pensaba en ello, más sentido tenía, por muy absurdo que pareciera. A lo mejor estaba comprando en privado algún medicamento o tratamiento sin licencia que estaba prohibido. Si ese era el caso, probablemente se vería obligado a mentir para proteger el ensayo clínico secreto y al médico que le hubiera ayudado.
Mientras esperaba a que la enfermera regresara con una bata limpia, me sentí más aliviada por haber encontrado una explicación razonable al misterio. Era muy probable que cuando estuviéramos fuera del hospital me lo confesase todo, una vez se sintiera seguro para revelarme su secreto. Y hablando de secretos, yo también le había ocultado uno bastante grande: las jaquecas recurrentes. Esperaba encontrar un momento para hablar en privado con el médico y describirle los síntomas que habían precipitado mi desmayo junto a la iglesia.
Mientras me llevaba de vuelta a la habitación cogiéndome del brazo, la enfermera me informó de algo también sorprendente.
—Te aviso que hay un agente de policía esperándote en la habitación para hablar contigo ahora que te has despertado.
Me detuve de golpe y miré consternada a la joven enfermera.
—¿Un policía? ¿Por qué? ¿Para qué ha venido?
Me miró con curiosidad.
—Bueno, obviamente necesitan todos los detalles de lo que pasó junto a la iglesia la otra noche.
La seguí mirando con expresión estúpida. «Pero ¿qué había pasado junto a la iglesia?» ¿De verdad había una tasa tan baja de criminalidad en la zona para que la policía mandara a alguien a interrogarme por haber entrado en el cementerio de madrugada? ¿Era siquiera un delito? Ni que hubiera profanado las tumbas o algo así... Supongo que no iban a acusarme de alguna falta leve, ¿no? ¿Hasta qué punto podía volverse más extraño aquel día?
No lo habría imaginado ni en mis sueños más disparatados.
El agente estaba sentado detrás de la puerta de la habitación, fuera de mi vista. Era evidente que papá estaba hablando de mí, a juzgar por la forma en que cerró el pico en cuanto aparecí en el umbral de la puerta. En mi visión periférica detecté un uniforme oscuro cuando el policía se puso en pie.
—Candy, cariño, la policía necesita hacerte algunas preguntas, pero no te preocupes... Mira a quién han mandado —dijo en un tono tan triunfante como el de un mago que saca un conejo de la chistera, y me di la vuelta por primera vez para mirar al agente.
La habitación me dio vueltas. Sabía que mi cara había perdido todo en la puerta, sabiendo que no serviría de nada. Mientras me desplomaba al suelo en un desmayo digno de una dama victoriana, tuve tiempo de pronunciar una única palabra:
— ¡Albert!
Lo bueno de desmayarse en un hospital es que saben lo que tienen que hacer. Al cabo de un momento ya volvía a ser consciente de dónde estaba. Sentada en la silla en la que había dormido mi padre la noche anterior, con la cabeza asegurada firmemente entre las rodillas, noté que la reconfortante mano de la enfermera aplicaba un trapo húmedo sobre mi nuca. Traté de incorporarme.
—No tengas prisa por levantarte, Candy. Tómate un segundo. —Su siguiente comentario seguramente iba dirigido a mi padre—. Puede que se haya pasado un poquitín con el agua caliente, se encontrará bien enseguida.
Lo dudaba mucho... Me quité su mano de encima y me enderecé.
No chillé, ni me alteré, ni siquiera volví a desmayarme; me limité a clavar mi mirada, absolutamente fascinada, en la cara que llevaba ausente de mi vida cinco horribles años. Sus labios dibujaron una sonrisa, pero mi intenso escrutinio hizo que desapareciese y su amable saludo se tornó en una expresión de profunda preocupación.
— ¿Candy? —titubeó.
Hice la única pregunta que me cruzó la mente.
— ¿Estoy en el Cielo?
—Bueno, ¡creo que nunca he oído a nadie llamar así a un hospital público!
—Claramente aquello divertía mucho a la enfermera.
Pasé de ella.
— ¿Esto es el Cielo? ¿Estamos todos muertos?
Eso hizo que la enfermera se callara. Capté la mirada que mi padre dirigió a Albert:
"¿Lo ves? "
Expresaba con la misma claridad que si hubiera pronunciado las palabras en voz alta —.Te dije que actuaba de forma extraña».
La enfermera había recuperado la compostura lo suficiente para retomar su enérgico rol profesional.
—Vamos, vuelve a la cama, Candy. Creo que te conviene reposar un poco.
— ¿Morí en el cementerio, al lado de la tumba?
Supongo que su formación policial explica que respondiera a una pregunta tan extraña con semejante calma.
—No, Candy, no moriste en el cementerio. ¿Y al lado de la tumba de quién?
Mi siguiente respuesta, como es natural, mandó al traste su actitud profesional.
—Pues de la tuya, claro.
Esa vez no sé quién le dio al botón de emergencia. Pudo haber sido cualquiera de los tres. Qué narices, incluso podría haber sido yo. Creo que en ese momento todo necesitábamos la presencia de un médico.
Un médico joven al que no había visto antes entró a toda prisa en la habitación. Intercambió unas frases rápidas con la enfermera y pude oír las palabras «delirios», «sedante» y «pruebas». No significaban nada para mí. Lo único que hice fue mirar a Albert mientras volvían a recostarme en la cama, me limpiaban el brazo con algodón y me pinchaban la vena con la aguja hipodérmica.
El sedante era mucho más suave que el del día anterior. Supongo que no podían arriesgarse a administrarle demasiados tranquilizantes a alguien con un traumatismo craneal. Aunque tenía los miembros relajados como si flotara en un lecho de plumas, el cerebro seguía funcionándome. Se me cerraron los ojos, pero permanecí despierta. Tenía una agradable sensación de embriaguez, sin esa molestia de cuando te da vueltas la habitación.
—¿Hablaba en serio? ¿De verdad pensaba que estaba muerto?
—No lo sé, hijo, a saber. —Mi padre tenía la voz rota—. También creía que yo me estaba muriendo de cáncer.
Hubo un largo silencio.
—Debe de haberse golpeado la cabeza más fuerte de lo que creíamos — añadió mi padre—. Hoy no está en condiciones de responder a ninguna pregunta; nada de lo que os pueda decir ahora os ayudará a encontrar al cabrón que la atracó.
—Me hago cargo.
—No hace falta que te quedes. El médico ha pedido que le hagan un montón de pruebas más. Puedo llamarte cuando... esté más centrada.
—No pienso ir a ninguna parte — repuso Albert.
Me llevaron en una silla de ruedas de departamento en departamento. Me hicieron una resonancia magnética, dos radiografías más y varias pruebas en las que me colocaron electrodos en la cabeza. Para entonces ya estaba lo bastante despierta y espabilada para hacer preguntas. Pero nadie me contestaba y, cuando me hablaban, era en un tono suave y apaciguador para evitar provocarme otro de mis «ataques». Cuando por fin volvieron a llevarme a mi habitación ya no había nadie. La enfermera de turno que me ayudó a meterme en la cama me informó de que mi padre y el resto de las visitas habían bajado a la cafetería a Tomar una taza de té. Cuando pregunté quiénes eran el «resto de las visitas» a las que se refería, dijo que no lo sabía.
Así pues, me quedé sentada en la cama mirando la puerta para ver cuántos muertos más venían a verme.
Entraron todos en fila india: mi padre, seguido de Albert, y detrás Terry, Sussana y Stear. Miré a cada uno de ellos conforme llegaban. Aún estaba un poco sorprendida de ver a los tres últimos cuando Terry se separó del resto, corrió hasta mi cama y me besó con ternura en los labios. Me estremecí al notar el roce de sus dulces labios en los míos y automáticamente miré por encima de su hombro para ver cómo reaccionaba Sussana. Para mi asombro, su cara no reflejó la ira que de buen seguro sentía.
—Terry. —Le lancé una advertencia dirigiendo la mirada hacia su novia.
De pronto recordé la promesa que había hecho antes de alejarse del hotel: que no dejaría que me escapase otra vez. ¿De verdad creía que ese era el lugar apropiado para llevar a cabo su misión?
Además, yo no podía concentrarme más que en la persona que había al pie de mi cama. Supuse que en algún momento del día había dejado de estar de servicio, pues en lugar de uniforme vestía unos tejanos y una camisa oscura. Pero lo más alucinante de todo era que el hecho de que estuviera allí no parecía sorprenderle a nadie más. Era algo tan descomunal, de un surrealismo tan absurdo y divertido que no lograba entender por qué los demás no reaccionaban como yo.
Y entonces di con la respuesta. ¿Cómo era posible que me hubiera costado tanto comprenderlo? Sobre todo cuando había visto El sexto sentido tantas veces que me sabía partes de memoria.
—¿Alguien más ve a Albert en la habitación?
No puedo describir la lástima que expresaban sus caras mientras intercambiaban miradas cargadas de elocuencia. Mi padre contestó en nombre de todos:
—Claro que le vemos, cariño.
—No, papá, no me sigas el rollo y sé sincero. Estoy viendo el fantasma de Albert justo ahí, a los pies de mi cama. ¿Alguien más lo ve o no?
Era obvio que mi padre sufría mientras pensaba en una respuesta, pero antes de que pudiera decir algo, el «fantasma» de Albert, de aspecto increíblemente sólido, se situó a mi lado y se sentó en la cama, Tomando mi mano con cuidado. Sentí que el colchón se hundía cuando se sentó, así como el calor de sus dedos en mi piel arañada; la teoría del fantasma se desmoronaba a marchas forzadas.
—Candy, escúchame un momento y no digas nada, ¿de acuerdo? —Abrí la boca para protestar, pero él me puso con delicadeza el dedo índice en los labios —. No me interrumpas, ¿de acuerdo?
Madre mía, para ser un fantasma era muy mandón. Y ese dedo sobre mi boca parecía tan fuerte... tan real.
—Te has dado un golpe muy fuerte en la cabeza. —Prosiguió como si yo fuera a contradecirle—. Volviste al pueblo por la boda de Aniñe.
Por fin algo con lo que podía estar de acuerdo.
—Sí, ¡lo sé!
Se oyó un suspiro de alivio general porque al menos era consciente de esa parte de la realidad.
—Bueno, pues te ocurrió algo. Creemos que lo más probable es que te atracaran cuando saliste de la estación. Y pensamos que mientras te atacaban te hiciste daño en la cabeza. Y que todos estos... extraños pensamientos e ideas que tienes ahora son secuelas del golpe.
No hacía falta que malgastara saliva para decirme eso...
—Entonces todo esto debe de ser un sueño —anuncié, recurriendo a la única otra opción que tenía sentido. Hubo alguien, no sé quién exactamente, que emitió un profundo suspiro de desesperación. Lo ignoré—. Simplemente es un sueño muy real y vívido, pero está todo en mi subconsciente. Me despertaré en cualquier momento.
Siguió un largo silencio que nadie parecía saber cómo llenar. Era como si mi determinación absoluta a mantenerme en mis trece hubiera contrarrestado toda protesta.
Sin decir nada, Terry se situó al otro lado de la cama y me puso la mano en la nuca. En los ojos de Albert apareció un destello e inmediatamente me soltó la mano y se levantó de la cama. Ese sueño sí que era peculiar... Era como si volviéramos a ser adolescentes. Aquel incómodo momento se vio interrumpido por un leve timbre proveniente del puesto de enfermeras.
—Parece que se ha acabado la hora de las visitas —declaró mi padre con alivio—. Ahora quizá deberíais marcharos; creo que a Candy le irá bien descansar.
En realidad, ahora que por fin entendía que todo eso no estaba pasando de verdad me sentía mucho más tranquila.
—Oye, ¿por qué no te vas tú también a casa y descansas, George? —sugirió Terry de improviso—. Pareces exhausto. Ya me quedo yo con Candy.
A papá no parecía convencerle demasiado la idea, pero el Terry del sueño insistió:
—Vamos, ve a dormir unas cuantas horas.
Mi padre seguía reticente a marcharse.
—No sé, creo que debería quedarme. Me sentiría mal yéndome a casa y dejándola aquí. Es mi hija, me necesita a su lado —añadió como justificación final.
La respuesta de Terry fue firme.
—Lo entiendo, pero no le sirves de mucho si no te aguantas en pie. Vete a casa. La cuidaré bien, George. Sé que es tu única hija, pero yo también quiero hacerme cargo de ella. Al fin y al cabo es mi única prometida.
Me sobresalté por la sorpresa e instintivamente miré a Sussana, quien estaba recogiendo el abrigo y el bolso, preparándose para irse. Parecía que las palabras de Terry no la hubieran afectado lo más mínimo.
—Aunque ahora mismo es una prometida sin anillo —observó Albert en un tono indescifrable.
Bajé la vista estúpidamente hacia mi mano izquierda como si quisiera confirmarlo. Estaba claro que no llevaba ninguna joya, aunque cuando miré más de cerca distinguí una leve marca blanca en el dedo del anillo. También era extraño que tuviera los nudillos enrojecidos e hinchados; no me había fijado antes entre tantos cortes y moratones. Parecía que me hubieran arrancado bruscamente lo que fuera que llevase en el dedo.
Alcé la mirada con una mezcla de sorpresa y confusión en el rostro y me vi en medio de un intercambio de miradas muy hostil entre Terry y Albert, situados el uno enfrente del otro a ambos lados de mi cama. El fino hilo de amistad que los unía parecía haberse tensado hasta casi romperse.
—Con o sin anillo, sigue siendo mi prometida, amigo.
Vaya... Ese sueño se ponía cada vez más interesante.
Continuara...
Espero disfruten este capitulo. . Feliz fin de semana
