Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
Durante las veinticuatro horas siguientes las cosas dejaron de ser tan divertidas.
¿Cuándo se transforman los sueños en pesadillas? Siempre había pensado que era cuando de repente lo familiar se vuelve extraño y amenazante; o cuando te pierdes en un sitio que creías conocer bien; o incluso cuando te abruma la impotencia, cuando sabes que hablas claro pero nadie parece escucharte. Y es verdad: una pesadilla es todo eso. Pero la mía comenzó cuando me di cuenta de que no me despertaba, de que, por imposible e increíble que pareciera, todo eso estaba ocurriendo de verdad.
Esto no lo comprendí de golpe, sino que la idea se me fue introduciendo lentamente en la conciencia mediante una voz inquisitiva que se negaba a callar. El primer indicio que me preocupó fue la continua y detallada viveza del sueño. No había extraños saltos en el tiempo o en el espacio; aquel sueño era ininterrumpido e incluso monótono. ¿Acaso alguna vez había tenido un sueño que incorporara todos los detalles de la vida cotidiana? En ese comía los platos poco apetitosos del hospital, dormía (¿quién duerme dentro de un sueño?) e incluso iba al lavabo. No eran cosas propias de los sueños «reales».
Por supuesto, cuando nos dejaron solos en la habitación a Terry y a mí, después de que los demás se fueran, aún disfrutaba de mi feliz ignorancia. Me limité a relajarme y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos, como si asistiera a una obra de teatro. A fin de cuentas solo era un sueño; nada de lo que hiciese o dijera tendría consecuencias reales.
Así pues, no me quejé cuando Terry colocó una silla al lado de mi cama y entrelazó sus largos y bronceados dedos con los míos. Hice una pequeña mueca cuando me rozó los arañazos de la mano, sin detenerme a considerar lo raro que era sentir dolor en un sueño. Dejé que posara sus labios en mi boca cuando se inclinó para besarme con cariño, murmurando entre besos lo preocupadísimo que había estado por mí. Y cuando finalmente se apartó, noté mi corazón revoloteando locamente contra mis costillas como un canario frenético. Bueno, en realidad no era ninguna sorpresa; hacía mucho, mucho tiempo que no me besaban así, ni en sueños ni despierta.
Lo que no me esperaba era que, tras semejante muestra de ternura, Terry se echara atrás y adoptara rápidamente un tono recriminatorio.
—Candy, tengo que preguntártelo. ¿Cómo puñetas se te ocurrió salir sola de la estación y echar a andar por esa carretera desierta? ¿No pensaste en los riesgos que corrías?
Me quedé mirándole y pestañeando lentamente, ya que su repentino cambio de humor me había cogido con la guardia baja.
—¿Por qué no me llamaste para que fuera a buscarte, o cogiste un taxi, o simplemente te esperaste con los otros pasajeros?
Tenía la mirada clavada en mí y obviamente esperaba una respuesta coherente. No se me ocurría ninguna.
—Lo siento... —me disculpé sin demasiada convicción—. No recuerdo nada, excepto... «Excepto todo lo que pasó en realidad: la cena, el regreso a mi hotel y luego la desastrosa visita al cementerio.»
—¿Excepto...? —me dio pie esperanzado.
—Excepto haberme despertado aquí.
Incluso en mi sueño era lo bastante lista para saber que no era buena idea seguir insistiendo en que mi realidad parecía ser absolutamente distinta de la de los demás.
—Y no es solo porque perdieras el anillo, es lo de menos... Aunque menos mal que lo teníamos bien asegurado.
¿El anillo? ¿Era eso lo que le preocupaba? ¿Haber perdido el anillo de compromiso? Vaya, al Terry de mi sueño solo le importaba el dinero.
—Podrían haberte hecho daño de verdad, algo mucho peor que unos cortes y unos rasguños y un chichón en la cabeza. Cuando pienso en lo que podría haberte hecho ese tío...
Parecía esperar que yo dijera algo, así que asentí lentamente con la cabeza como si reflexionara sobre el peligro del que, según él, me había librado por poco.
—Cuando recibimos esa llamada pidiendo auxilio... Bueno, en mi vida me había sentido tan inútil. Suerte que Albert estaba ahí... ¡Y mira que pocas veces me oirás decir eso!
Respondí con una sonrisa tímida. Y entonces me pudo la curiosidad por saber más.
— ¿Por qué? ¿Qué hizo?
— Tomó el mando. Supongo que su formación policial le permite actuar así en una emergencia. Todos estábamos a punto de salir corriendo a buscarte Dios sabe dónde, pero él mantuvo la calma y llamó a su comisaría. Dedujo que seguramente estabas en la estación de tren o cerca de allí y mandó a varios coches a buscarte antes de que saliéramos del aparcamiento. Un coche patrulla te encontró junto a la iglesia unos diez o quince minutos después de que llamaras, y ya ibas en la ambulancia cuando nosotros estábamos aún a mitad de camino. Supongo que vale la pena tener a un poli cerca cuando hay una emergencia.
Así que Albert me había salvado una vez más. Entonces comprendí por qué en mi sueño le había elegido a él para el papel de héroe. Al fin y al cabo así había perdido la vida.
—Aunque después su comportamiento no fue muy profesional.
Presté más atención tras ese comentario.
— ¿Por qué? ¿Qué pasó?
—Bueno, se puso desesperado cuando estábamos en el hospital esperando a que te examinaran; aún no sabíamos cuál era tu estado. Empezó a decirme a gritos que era un irresponsable, que jamás debería haberte dejado viajar sola de noche. Me gustó especialmente el comentario de que no te merecía si no era capaz de cuidar de ti. —Se acarició su hermosa barbilla en un gesto de arrepentimiento—. ¡Y luego intentó darme un puñetazo!
Me incorporé bruscamente.
— ¿En serio? Terry interpretó mi gesto de asombro absoluto como si fuera de preocupación y me dio una palmadita en el brazo para tranquilizarme.
—No te preocupes, no llegó a hacerme daño; Stear lo cogió del brazo antes de que me tocara. Pero no fue nada profesional por su parte, joder, aunque no estuviera de servicio. Podría presentar una queja formal... —Vio la cara que puse y enseguida añadió—: No voy a hacerlo, claro. Entiendo que estaba alterado. Tranquila, no tengo intención de causarle problemas a nuestro querido inspector Ardley. Y supongo que es comprensible teniendo en cuenta lo que sentía por ti hace años.
Ya estábamos otra vez con lo mismo. Ni siquiera en mi sueño podía librarme de ello: la gente seguía intentando convencerme de que Albert había estado profundamente enamorado de mí.
Me habría gustado contestarle:
«No, para eso habría necesitado una güija».
Pero me conformé con algo menos controvertido:
—No, no... Nos distanciamos.
Me alegré mucho de que en aquel momento entrara la enfermera empujando un carrito cargado de fármacos. Le recordó a Terry con tacto que hacía mucho que se había terminado el horario de visitas y él entendió la indirecta, me besó dulcemente en la frente y se fue con la promesa de volver al día siguiente.
Envuelta en las rígidas sábanas del hospital y esperando a que las pastillas que me había tragado surtieran efecto, medité acerca del escenario curiosamente complejo que había creado mi subconsciente. Estaban presentes todos los hechos y personajes, pero los detalles y acontecimientos habían cambiado, como en una extraña realidad paralela. Era mi vida, pero no como yo la recordaba, ya que allí todo era mucho mejor: Albert aún vivía, mi padre no estaba enfermo —y por lo visto yo tampoco— y Terry y yo estábamos prometidos. Casi me daba pena despertarme.
Y no lo hice. Bueno, digamos que me dormí y que cuando abrí los ojos era otro día, pero el sueño continuaba. Ahí surgió por primera vez la voz que me decía que algo iba realmente mal, teniendo en cuenta que ese sueño —o lo que fuera— continuaba estando despierta. A lo largo de toda una mañana sometiéndome a innumerables pruebas médicas, la agradable euforia de vivir en un sueño se fue disipando rápidamente al constatar que mi auténtica vida no regresaba. Incluso recurrí al viejo truco de pellizcarme con fuerza mientras esperaba fuera de la sala a que me hicieran una segunda resonancia. No ocurrió nada; solo me dejé una marca roja muy fea en el brazo. E incluso así, dejé de pellizcarme cuando reparé en la mirada de lástima de la enfermera que había empujado mi silla de ruedas. Era evidente que había corrido la voz sobre las alucinaciones que sufría la nueva paciente, ya que todos los comentarios que me dirigían eran en ese tono suave y cantarín que normalmente se reserva para los niños pequeños o personas en condiciones especiales.
Entre análisis de sangre, escáneres y radiografías empecé a asustarme de verdad. Me sentía como una prisionera en el país de Nunca Jamás: puede que fuera un lugar bonito para ir de visita, pero ahora realmente necesitaba «irme a casa», por muy mal que estuviesen las cosas allí. Uno de los peores momentos fue cuando vi mi reflejo en el espejito cuadrado del lavabo de mi habitación. Una enfermera acudió corriendo tras oír mi grito, y se notaba que no tenía ni idea de cómo actuar cuando me vio tocándome frenéticamente con los dedos la piel suave y lisa de mi mejilla. Y no se la podía culpar... Qué podía decir la pobre señora cuando me volví hacia ella gritando:
« ¡Mi cicatriz! ¿Dónde está? ¿Qué habéis hecho con mi cicatriz?».
Conseguí calmarme a duras penas hasta que llegó la tarde, cuando tenía que ir a ver de nuevo al especialista. La enfermera que vino a buscarme con una silla de ruedas pareció decepcionada cuando se dio cuenta de que no había tocado el almuerzo. El miedo y la confusión me habían quitado el apetito; bueno, eso y la horrible oferta culinaria del hospital. Cuando empujaron mi silla hasta el interior de la consulta del médico, me sentí feliz al ver que mi padre ya estaba allí esperándome y en perfecto estado de salud.
—Buenas tardes, Candy. ¿Te encuentras un poco mejor hoy? —
La voz del médico era amable y solícita. Estaba claro que esperaba una respuesta afirmativa.
Sacudí la cabeza poco a poco, incapaz de pronunciar palabra, y unas lágrimas calientes empezaron a resbalarme por las mejillas. Mi padre alargó la mano desde su asiento y Tomó la mía. El médico, en un gesto de gran delicadeza, simuló no darse cuenta de mi aflicción y prosiguió:
—Tengo buenas noticias, jovencita. Te hemos hecho todo tipo de pruebas y me alegra informarte de que tu pequeña aventura no ha ocasionado ningún daño grave o permanente.
Se giró en su silla para señalar una radiografía de un cráneo, me imagino que el mío, que había en un panel iluminado detrás de él
— Todo parece totalmente normal. No se ve ninguna lesión en el cerebro o en el cráneo.
— Gracias a Dios —dijo mi padre tras un suspiro de inmenso alivio.
— Pero ¡está mal! —exclamé yo, avergonzada de lo patético que sonaba aquello.
— No, Candy, te aseguro que todas las pruebas son concluyentes. Algunas las hemos repetido por si acaso. Estoy segurísimo de que los resultados son los correctos.
— Las pruebas no son concluyentes — le rebatí con la mayor calma que pude; no quería que me sedaran antes de que pudiera explicárselo—. Si dice que las pruebas están bien, supongo que debo creerle. ¿Por qué iba a mentirme sobre algo así? ¡Es todo lo demás lo que no está bien!
— Tranquila, Candy —intervino mi padre.
Por su tono supe que estaba de nuevo asustado. Dios, también yo estaba asustada, pero esa vez tenía que hacérselo comprender.
Inspiré hondo y traté de continuar en un tono menos histérico.
—Sé que esto le parece una locura, pero escúcheme, por favor. No sé qué está pasando, pero nada es real; al menos para mí no. En mi auténtica vida, mi padre está enfermo; muy, pero que muy enfermo, y creo que yo también.
El médico adoptó un tono afable y apaciguador.
—Crees que tú también tienes cáncer, ¿es eso?
Estaba empezando a exasperarme. Aquel hombre no me gustaba ni un pelo.
—No, cáncer no. Me pasa algo en el cerebro. —Cosa rara, pero nadie metió baza para desmentir esto último—. Es debido al accidente...
— ¿Cuándo te atracaron? —preguntó papá.
—No, del accidente de coche en el restaurante, en el que Albert murió y yo salí herida.
El médico miró confundido a mi padre, quien sacudía la cabeza como intentando divisar una solución entre la niebla.
— ¿Sabe de qué accidente habla Candy?
— Bueno, sí —contestó mi padre en tono indeciso, y casi solté un grito de alivio porque temía que dijese que eso también me lo había imaginado—. Es verdad que un coche se estrelló contra la ventana de un restaurante donde Candy y sus amigos estaban cenando. Fue, no sé, hace unos cinco años, justo antes de que se marcharan a la universidad.
— ¿Y hubo heridos graves? ¿Candy se hizo daño?
— Creo que el conductor resultó gravemente herido, pero Candy y sus amigos consiguieron apartarse de la ventana a tiempo. Candy fue de las que salió peor paradas: se cayó mientras se alejaba corriendo de la ventana y quedó inconsciente un par de minutos; y por supuesto también Albert, que se hizo un corte muy feo en la cabeza.
— ¿Y no murió nadie? —insistió el doctor.
— No murió nadie —confirmó papá.
— Pero Candy sí que se dio un golpe en la cabeza, ¿verdad?
— Así es. Tuvo una contusión leve.
— Y cinco años después es víctima de un atraco y sufre un segundo traumatismo en la cabeza...
El médico juntó las puntas de sus índices haciendo una pirámide mientras asimilaba todo aquello.
—Hum... las cosas empiezan a tener sentido.
¿En serio? A mí no me lo parecía.
El doctor Martin se inclinó hacia nosotros con una sonrisa benévola dibujada en la cara. De manera inconsciente, mi padre y yo también nos inclinamos hacia él para escuchar su conclusión.
—Candy, creo que sé por qué sufres esos problemas; yo diría que se trata de un caso de amnesia aguda.
Si esperaba que diera saltos de alegría al oír su diagnóstico, estaba tristemente equivocado.
¿Amnesia? No, para nada. Sabía que no era eso, porque ¿acaso la amnesia no consistía en olvidar cosas? Entonces era evidente que ese no era mi problema. Yo recordaba hechos que por lo visto no eran reales, ¡no los olvidaba! Sin embargo, cuando le desafié con esa reflexión, él ofreció una explicación médica:
—Hay muchísimos tipos de amnesia. Es bastante más complejo de lo que vemos en las películas; no se reduce a darse un golpe en la cabeza y luego no recordar quién es uno.
—Comprendo —intervino mi padre, y me volví bruscamente para mirarle.
¿Se lo estaba tragando? ¿De verdad esa respuesta le parecía lógica?
— ¿Y cuánto durará la amnesia, doctor?
—No tengo amnesia —repuse.
—Bueno, eso depende —respondió el médico—, puede variar considerablemente: un par de días, unas semanas... En algunos casos, recuperarse totalmente puede llevar muchos meses.
—Que no tengo amnesia —insistí.
Entonces mi padre formuló la pregunta que más miedo me daba oír en voz alta:
— ¿Su amnesia podría ser permanente?
Hubo un largo silencio. No me di cuenta de que estaba aguantando la respiración en espera de la respuesta del doctor Martin hasta que empecé a marearme por la falta de oxígeno.
—Existe esa posibilidad, aunque es demasiado pronto para estar seguros — repuso amablemente—. El especialista podrá aclarárselo mejor que yo.
Se levantó y le dio la mano a mi padre, señal de que nuestra consulta había llegado a su fin. Mientras me sacaban de la habitación en la silla de ruedas, volví la cabeza para mirar por última vez al médico de pelo canoso, quien ya estaba ordenando los resultados de mis pruebas y mi expediente en una pila. Nuestras miradas se encontraron.
—Yo no tengo amnesia.
Por recomendación del médico iban a darme el alta a la mañana siguiente. Llevaría algún tiempo organizar la visita con el especialista y consideraron que me recuperaría más deprisa en casa. Me pareció que eso era muy poco probable, ya que, la última vez que había visto mi hogar en Great Bishopsford, otras personas vivían en él. Por otra parte, me moría de ganas de salir del hospital, aunque solo fuera para demostrarle a todo el mundo que no padecía una extraña enfermedad y que estaba diciendo la verdad. No podría probar nada desde la cama del hospital.
—Quién sabe —dijo papá esperanzado—, cuando estés de nuevo en casa quizá todo vuelva a la normalidad.
Parecía tan optimista que no me sentí con ánimos de volver a repetirle por enésima vez mi versión de los hechos.
—Puede ser —repuse—, aunque incluso en nuestro mundo ya no vivo contigo, ¿verdad? Así que no esperes que recupere la memoria tan deprisa, ¿eh?
Pareció angustiado, como si pensara que había intentado herirle deliberadamente con mis palabras.
—No existe «nuestro mundo» y «tu mundo», Candy. Hablas así a causa de tus lesiones. Ya te darás cuenta de ello cuando vuelvas a estar en casa.
Intenté sonreír y me alegró descubrir que era mejor actriz de lo que creía.
—Seguro que tienes razón, papá.
Obviamente habían informado a Terry acerca de mi reunión con el doctor Martin y de lo que allí se había dicho, ya que cuando pasó a verme durante las horas de visita, medio oculto tras el ramo de flores más grande que había visto jamás, se inclinó enseguida para besarme y habló en un tono conciliador y extrañamente irritante:
—Ay, Candy, amor mío, pobrecita... Amnesia. No me extraña que hayas estado tan rara desde que recobraste la conciencia. ¿Te acuerdas de algo? ¿Sabes quién soy yo?
—Sí, Terry, claro que sé quién eres, nos conocemos desde que éramos adolescentes. Lo único es que... bueno, he «olvidado» algunas cosas que han pasado recientemente.
Le pasó las flores a una enfermera que había venido para Tomarme la presión.
—¿Puede ponerlas en agua?
No le gustó demasiado que alguien que estaba de visita le distrajera de sus obligaciones, pero cogió el descomunal ramo mientras yo le pedía perdón con los labios por encima del hombro de Terry. Eso sí que no lo había olvidado: Terry estaba acostumbrado a salirse con la suya y podía parecer arrogante si no lo conocías bien.
—Cuando dices que no recuerdas algunas cosas que han pasado recientemente, ¿a cuánto tiempo te refieres? ¿A los últimos días?
Sacudí la cabeza.
— ¿A la última semana?
Volví a hacer un gesto de negación.
— ¿Más atrás todavía?
Esta vez no podía limitarme a decir que no con la cabeza.
— Digamos que he «perdido» los últimos cinco años.
— ¡Demonios! —exclamó él, dejándose caer en la silla.
Me quedé en silencio para darle tiempo de asimilar el impacto que le habían causado mis palabras.
— ¿O sea que no recuerdas nada sobre nosotros? ¿Nada más después de que acabáramos el instituto? ¿Ni siquiera te acuerdas de que nos prometimos?
Me mordí el labio, consciente de que él estaba muy afectado, pero era incapaz de compartir su emoción. Al fin y al cabo, había roto con Terry hacía cinco años. Y el Terry que había dejado atrás era un chaval de dieciocho años, no el hombre perplejo y confuso que ahora me estaba mirando fijamente.
No dijo nada en un buen rato y, si bien no hacía mucho que conocía al nuevo Terry, me daba cuenta de que su mente bullía en busca de una solución. Seguramente por eso tenía tanto éxito en los negocios: si hay un problema, lo arreglas. Así de sencillo.
—Bueno, creo que es una buena idea que vuelvas a casa de tu padre durante un tiempo. Es evidente que de momento necesitarás a alguien que te cuide.
—No estoy enferma, Terry.
—Sí, ya lo sé, Candy. Simplemente no me gusta la idea de que estés sola en Londres... Ya sabes que tengo esa importante reunión en Hamburgo y que debo irme mañana.
—En realidad no lo sabía. Tengo amnesia, ¿recuerdas?
Vaya; igual había sido demasiado cruel, pero no pude resistirme. Él pareció confundido. ¿Cuándo había perdido el sentido del humor?
—Ah, claro, cómo ibas a saberlo. Bueno, se trata de una reunión que lleva meses planeada... Si fuese posible cambiar la fecha sabes que lo haría, pero tan a última hora...
Alargué el brazo y le di una palmadita.
—Tranquilo, Terry, no te preocupes. Estaré bien.
Se marchó poco después, no sin antes abrazarme y besarme de una forma que me resultaba al mismo tiempo extrañamente familiar y totalmente nueva. Yo intenté refrenarme, pero él silenció mis protestas con su boca y acabé devolviéndole el beso con un entusiasmo que no me molesté en disimular. Tal vez no fuera realmente su prometida, pero eso no significaba que no pudiese disfrutar de algo agradable en medio de toda aquella locura antes de que las cosas volvieran a tener sentido.
Estábamos casi sin aliento cuando finalmente nos separamos.
—Bueno, al menos no hemos olvidado cómo se hace, ¿eh? —Ahora sus ojos y su voz transmitían confianza —. Y si has olvidado todo lo demás, pues... no tendré más remedio que hacer que vuelvas a enamorarte de mí.
Se fue con la promesa de llamarme a casa de mi padre desde Alemania y asegurándome que solo estaría ausente algo más de una semana. Perfecto, así tendría suficiente tiempo para intentar aclarar todo ese estúpido lío. Me daba igual que todos los demás aceptaran felizmente la teoría de la amnesia. Yo estaba segura de que no era verdad. Ahí fuera, en algún sitio, estaba mi vida real, así que cuanto antes saliera de ese hospital y se lo demostrase a todo el mundo, mejor.
Continuara...
