Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.

A la mañana siguiente una enfermera me trajo la ropa que llevaba puesta cuando me ingresaron. No la reconocí, pero cuando me vestí vi que me encajaba a la perfección. Y aunque me resultaba desagradable llevar la ropa de otra persona, no tenía otra salvo la de salir de allí con la bata del hospital.

Lo que me sorprendió de verdad fue el gran bolso de piel de aspecto caro que la enfermera depositó sobre mi cama.

—¿De quién es?

Ella respondió en tono compasivo:

—Es tuyo.

No entendía por qué le inspiraba lástima. Al parecer poseía un bolso de Gucci. Mientras abría con torpeza su extraño cierre, me pregunté si habría sido un regalo de Terry; era muy de su estilo. Puse el bolso boca abajo y vacié su contenido sobre las desgastadas sábanas. No había muchas cosas que me proporcionaran pistas: unas llaves, un monedero, un peine, un kit de maquillaje. Abrí el monedero; el bolsillo trasero contenía más dinero del que solía llevar encima y las ranuras estaban a rebosar de tarjetas de crédito y de cliente, todas a mi nombre. En mi monedero real había una única tarjeta de débito.

Había estado tan segura de que encontraría alguna pista en el minúsculo aparato... Repasé toda la lista de nombres: unos pocos me resultaban familiares, pero la mayoría no. Estaba a punto de cerrar el móvil cuando me fijé en la última entrada de la lista: doctor Lenard. Esas dos palabras, iluminadas por la pálida luz verde que emitía la pantalla, resplandecían como un faro en medio de una densa niebla. El doctor Lenard era el especialista que me había tratado después del accidente. Había sido él quien me había prescrito la medicación que me estaba Tomando para las jaquecas, y era a él a quien tenía intención de visitar en Londres para averiguar por qué de repente habían empeorado tanto.

Pulsé el botón de llamada con dedos temblorosos y esperé lo que me pareció una eternidad hasta que se oyó el conocido tono de llamada. Acababan de responder cuando la puerta de mi habitación se abrió de golpe y una enfermera entró a sus anchas con las flores que me había traído Terry la noche anterior.

—Lo siento, maja, pero aquí no puedes usar el móvil.

No le hice caso, le di la espalda y me tapé con un dedo el oído libre para poder oír mejor lo que decían al otro lado de la línea.

—En serio, voy a tener que pedirte que cuelgues. Tendrás que esperar hasta estar fuera.

Le eché una mirada que le dio a entender que era mejor dejarme en paz.

—Este es el despacho del doctor James Lenard —anunció una vocecita en mi oído—. En este momento no podemos atender su llamada. Nuestro horario de atención es... —Frustrada, arrojé el móvil contra el colchón.

La enfermera me observó con cautela mientras yo buscaba frenéticamente papel y bolígrafo entre los contenidos del bolso de la desconocida.

Le alargué el papelito y ella dudó un instante antes de cogerlo y metérselo en el bolsillo del uniforme.

—Se acordará, ¿verdad? Es importantísimo —insistí.

Su expresión enojada de cuando me había pillado usando el móvil había dado paso a una de triste compasión. Creo que prefería su cara de enfado.

—Dígale que me llame a casa de mi padre tan pronto haya hablado con el doctor Lenard. A la hora que sea, de día o de noche. No importa. Todo tendrá sentido entonces.

Aún parecía profundamente apenada por mí cuando depositó lentamente las flores de Terry sobre la cama, como si se tratara de una tumba, y salió de la habitación.

Mi padre pasó a recogerme poco después. Decidí no contarle que había encontrado el número del médico en el móvil. Todo adquiriría sentido muy pronto, cuando el hospital confirmara que lo que les decía era cierto. Ya no tendría que soportar otra explicación, que nadie había pedido, sobre cómo todo «formaba parte de la amnesia».

Sin embargo, el hecho de confirmar mi historial médico no explicaba el resto de las flagrantes anomalías que me rodeaban: nimiedades, como gente que volvía de entre los muertos o se curaba de graves enfermedades, sin olvidar la aparición inesperada de un prometido. Deseché todas esas dudas mentalmente como si fueran pedacitos de confeti. No podía permitir que mis agitados pensamientos se desviaran de su rumbo; lo primero era el doctor Lenard. Después todo volvería poco a poco a la normalidad.

Nuestra antigua casa estaba igual. Es decir, igual que hacía cinco años, lo cual significaba que estaba distinta de cuando la había visitado unos días antes. Las estacas de hierro y las persianas de madera habían desaparecido sin dejar rastro. La puerta principal y los marcos de las ventanas habían vuelto a adquirir un aspecto descuidado y necesitaban una mano de pintura. Del mismo modo, el estado del jardín había decaído notablemente. Era maravilloso.

Me llevé la primera sorpresa apenas unos segundos después de abrir la puerta. Crucé el umbral siguiendo de cerca de mi padre y di un brinco cuando una gran mancha negra cruzó el recibidor a toda velocidad y se metió en el salón.

—¿Qué narices era eso?

—Era Pouppe. La habremos asustado.

Pues no era la única.

—¿Y quién es Pouppe?

—Nuestra gata. Bueno, supongo que solo mía desde que te fuiste de casa.

Me Tomé un segundo para digerir esa sorprendente novedad. Durante mi infancia nunca tuve mascotas —aparte de los ocasionales peces— y resultaba curioso enterarse de que ahora mi padre había adoptado una.

—Me la regalaste tú cuando te marchaste a la universidad. Para que no me sintiera tan solo, dijiste.

Vaya, todo un detalle de mi parte.

Le seguí por el pasillo mientras asimilaba aquella nueva revelación. Así que realmente había ido a la universidad... Y cuando entré en el conocido y desordenado salón vi que ahí estaba la prueba de ello, expuesta orgullosamente en la pared: mi cara me sonreía desde una gran fotografía colocada en un marco dorado. Iba envuelta en una toga y lucía un birrete, y era imposible pasar por alto el orgullo que transmitía mi mirada mientras sostenía en las manos un elegante diploma grabado. Noté que empezaban a aflorarme unas lágrimas tontas. Me había graduado. Había ido a la universidad, sacado un título y hecho realidad mis sueños. Me acerqué un poquito para estudiar a la chica sonriente de la foto, y presté especial atención a la piel suave y lisa de su mejilla derecha. Me llevé los dedos a la cara, como había hecho en incontables ocasiones durante los últimos días, y recorrí el trazo familiar de mi cicatriz. No necesitaba un espejo para confirmar que no había nada debajo de las puntas de mis dedos; solo piel sin lacras. Por primera vez me cuestioné seriamente por qué estaba tan empeñada en destruir un mundo que quizá era bastante mejor que el que habitaba en realidad.

— ¿Quieres un té? —me preguntó papá, ya a medio camino de la cocina para poner en marcha la tetera.

Le respondí que sí con un grito y, en vez de sentarme a descansar en uno de los sillones de aspecto desgastado pero cómodo, empecé a pasearme inquieta por la sala, buscando... No estoy segura de qué buscaba: ¿quería una prueba definitiva de que todo ese mundo que me rodeaba era falso o más bien esperaba encontrar algo que me demostrara, por increíble que fuese, que era real?

Mi foto de graduación no era la única que había en la sala; sobre la repisa de la chimenea había varios marcos más. Me acerqué hasta allí para observarlos más de cerca. Las primeras dos fotos las reconocí. En una salían mis padres el día de su boda, y sus radiantes sonrisas hacían que uno no se fijase en sus ropas y peinados anticuados. Siempre me había encantado esa foto. La segunda era la única que conservábamos de los tres juntos. Nos la habían hecho un día que fuimos de excursión a la costa: yo estaba entre los dos en un muelle —no recuerdo exactamente dónde—, y cada uno me sostenía con fuerza de una mano. De pronto la foto se volvió borrosa y me embargó una oleada de tristeza, como hacía años que no me ocurría, debido a la pérdida de una madre que ni siquiera recordaba.

Aún quedaban dos fotos más. La primera me arrancó una carcajada, que era justo el antídoto que necesitaba. La habían hecho durante una jornada deportiva organizada en el cole cuando tenía unos siete años. En la imagen, Albert y yo sosteníamos una pequeña copa de plata tras haber ganado una carrera a tres pies, en la que además teníamos que aguantar un huevo en una cuchara. Creo que es la única carrera que gané en toda mi etapa escolar. Aunque, quién sabe... Quizá en la universidad había empezado a correr decatlones. En la foto nos brillaban los ojos e irradiaban una combinación de orgullo, amistad y la más pura y absoluta felicidad. Los dos sonreíamos de oreja a oreja, sin ser conscientes de que los enormes huecos que lucíamos en la parte frontal de nuestra dentadura, no nos favorecían mucho.

Miré la última fotografía; no la había visto antes. La cogí de la repisa y me la llevé cerca de la ventana para examinarla mejor. Estaba claro que era reciente: mi aspecto era idéntico al de aquella mañana cuando me había visto en el espejo; llevaba el mismo corte de pelo y mi rostro no había cambiado. El lugar parecía un hotel o restaurante de lujo; encima de la mesa había montones de regalos y en el centro de la fotografía estábamos los dos protagonistas: Terry y yo. Él me rodeaba la cintura con un brazo, mientras que su otra mano sostenía la mía en alto para que la cámara pudiera captar el brillo deslumbrante del impresionante diamante que llevaba en el dedo. El resplandor de la piedra preciosa casi parecía demasiado intenso para su pequeña montura de cristal.

Me di la vuelta de golpe, sintiéndome algo culpable, cuando el repiqueteo de unas tazas anunció el regreso al salón de mi padre. Volví a colocar la foto en su sitio apresuradamente.

— ¿Te suena de algo? Sacudí la cabeza entristecida.

—Me acuerdo de esas —repuse indicando con un gesto de la mano las instantáneas más antiguas—. Pero esta no la había visto en mi vida.

Mi padre se acomodó en un sillón, con expresión triste.

—Aunque el anillo es bonito — observé, intentando arrancarle una sonrisa para que dejase de preocuparse tanto—. Apuesto a que no lo sacó de un mercadillo. —Ahí estaba la sonrisa que esperaba.

Tomamos el té en silencio; la infusión caliente no se prestaba a la conversación. Me fastidiaba estropear aquel momento de paz, pero debía prepararle para una cosa importante.

—Papá, estoy esperando a que el doctor Martin me llame dentro de un rato. Avísame cuando lo haga, ¿de acuerdo?

Mi padre alzó la vista, sorprendido.

— ¿Y por qué iba a llamar? ¿No nos ha reasignado al tipo de la amnesia?

Suspiré, intentando no mostrar que la palabra «amnesia» no me gustaba en absoluto.

—Ya, bueno, le dejé un mensaje pidiéndole que comprobara algo, y en cuanto lo haga estoy segura de que me llamará. No te preocupes. Entonces lo entenderás todo.

Mi padre parecía un poco desconcertado, pero accedió a avisarme cuando llamaran. Estaba en pleno proceso de convencerme de que quizá era mejor que fuera a tumbarme mientras él preparaba la comida cuando un repentino silbido airado nos asustó a los dos. La gata negra que había visto antes aterrizó sobre el sofá que tenía al lado, me echó una mirada y salió disparada hacia el extremo de la sala con los pelos de la espalda erizados como púas.

—Pero ¿qué...? —empezó mi padre, pero la gata, justo antes de salir por la puerta, se detuvo clavando las garras en la alfombra, me miró y emitió un ronco gruñido de enfado.

— ¡Pouppe! —gritó mi padre en tono desaprobador—. ¿Qué mosca te ha picado?

Me eché hacia atrás en el asiento, pues no estaba segura de sí el enfurecido felino iba a saltarme encima. Siguió mirándome hostilmente desde la otra punta del salón, con las garras fuera y los ojos verdes llenos de desconfianza. Escupió una última vez en señal de enfado, se dio la vuelta y abandonó la habitación en un arranque de furia felina. Mi padre y yo nos quedamos mirándonos estupefactos. Fui la primera en hablar:

—¿Es normal que haga eso?

—No, para nada. Nunca antes la había visto comportarse así. Esa gata te adora.

—Pues menos mal, no me gustaría ver su reacción si no le gustara.

Mi padre soltó una risotada, pero mientras recogía las tazas usadas y se disponía a salir de la sala reparé en que seguía confuso por la inexplicable reacción que había tenido la gata conmigo. Un rato más tarde, mi padre llamó a la puerta de mi antigua habitación y entró con la enésima taza de té. En un principio había ido allí para ponerme algo que me abrigara más que el vestido de seda que llevaba al salir del hospital, pero me había distraído totalmente revolviendo los contenidos del armario y los cajones. En el suelo había montañas de revistas viejas, ropa y souvenirs.

Mi padre se abrió paso con dificultad entre los obstáculos y depositó la taza humeante sobre la mesita de noche.

—Supongo que no me apetecía demasiado tirar cosas cuando me fui de casa.

—Podría decirse así. De todas formas, ahora quizá te vengan bien para refrescarte un poco la memoria.

Abarqué con un gesto de la mano la amalgama de objetos en el suelo.

—La mayoría de las cosas pertenecen a la prehistoria. Ya las conocía.

Y aunque sabía que eso le dolería, tenía que decirle cómo me sentía.

—No he cambiado de opinión, papá. Sé que deseas con todas tus fuerzas que de repente tenga una gran revelación y empiece a recordar cosas, pero, la verdad, no creo que eso vaya a pasar. Es que no he olvidado nada. No tengo lagunas en la memoria; ni una. Puedo contarte con todo detalle estos últimos cinco años. Solo que son cinco años distintos.

La mezcla de lástima y de amor que había en su mirada me obligó a dejarlo ahí. Así no conseguiría convencerle ni que lo entendiera.

—Veamos qué dice el especialista, ¿de acuerdo, Candy?

Asentí lentamente. Tenía que dejar que se aferrase a eso un poquito más. Mi padre todavía creía en la omnipotencia de un «especialista» casi tanto como en los poderes curativos del té.

Antes de dejarme empaquetando los restos de mi juventud, se detuvo en la puerta.

—Por cierto, creo que ya sé por qué la gata se ha espantado antes.

Levanté la mirada de una enorme pila de revistas que irían derechas a la basura.

—Sí, llevo todo el día dándole vueltas porque ha sido muy extraño. Y entonces se me ha ocurrido que seguramente es debido a tu olor.

—Vaya, muchas gracias, papá.

—No, no me refiero a eso, es que debes de oler a hospital; ya me entiendes, un olor antiséptico o algo así. Seguro que se ha comportado de forma tan arisca por eso. Ya verás cómo a partir de ahora será más cariñosa contigo.

Quería creerle, de verdad que sí, pero a mí más bien me parecía que la gata simplemente había defendido su territorio de una perfecta desconocida.

Ya había anochecido y aún no tenía noticias del hospital. De hecho, el único que había llamado era Terry desde la habitación de su hotel en Alemania. Traté de ocultar la decepción en mi voz cuando me di cuenta de que no era el doctor Martin quien llamaba, sino mi flamante prometido. Por suerte, Terry no parecía tener demasiadas ganas de charlar y no hablamos más de diez minutos.

— ¿Cómo está Terry? —inquirió mi padre cuando colgué, y hubo algo en su tono que me llamó la atención e hizo que le mirase.

—Está bien. Bastante ocupado con el trabajo, supongo. —Por puro instinto, me lancé a la piscina con la siguiente pregunta—: No te cae muy bien, ¿verdad?

Dejó el periódico que estaba ojeando y me pareció que tardaba una fracción de segundo de más en responder.

—Claro que me cae bien, qué tonterías dices. ¿Por qué crees eso?

—No lo sé, hay algo en tu tono, en tus ojos...

Me respondió con excesiva vehemencia:

—Incluso si tuviera... dudas, jamás te diría nada al respecto cuando es evidente que quieres estar con él. Y ya lleváis juntos muchísimo tiempo.

—En mi mundo, no. Rompimos poco después del... bueno, después de terminar el instituto.

Mis palabras parecieron despertar una extraña curiosidad en él.

—Qué interesante que tu amnesia haya creado un mundo en el que Terry no es tu prometido. Da que pensar, ¿no crees?

Y, convencido de que llegaría a alguna parte por ese camino, prosiguió:

—Y dime, ¿Albert y tú sois pareja en tu «otra vida»?

Solté un suspiro. ¿Es que nadie me escuchaba cuando hablaba?

—No, papá, sería un poco difícil teniendo en cuenta que está muerto.

Se hizo un silencio extraño y cargado de significado. Nuestras miradas se encontraron y durante un buen rato permanecimos observándonos el uno al otro, hasta que ambos decidimos que era más sensato dejar el tema.

A la mañana siguiente entré en la cocina arrastrando los pies, con el cabello todavía húmedo de la ducha y ataviada con un albornoz viejo que era unas cuantas tallas más pequeño de la que necesitaba. Papá estaba atareado sirviendo en un plato una montañita amarillenta de huevos revueltos no muy apetecible. De pronto la comida del hospital me pareció bastante más apetitosa.

—Papá, no tendrías que haberte molestado. Normalmente solo como tostadas.

—Tonterías —repuso él con firmeza, y vi que se disponía a soltar un discurso —. No conseguirás recuperar las fuerzas comiéndote un mendrugo seco para desayunar.

Estaba a punto de explicarle que para solucionar mis problemas posiblemente haría falta algo más que un desayuno inglés, pero me salvó el timbre de la puerta.

—Abre tú mientras sirvo esto, por favor.

Me dirigí a la entrada con mi pelo húmedo salpicando todavía gotitas de agua. Detrás del cristal esmerilado de la puerta se perfilaba una figura alta y oscura. El corazón me dio un saltito en el pecho mientras descorría el cerrojo para dar la bienvenida al visitante. No hay nada como una visita de un amigo muerto para quitarte del todo el apetito. Albert me siguió por el pasillo hasta la cocina llevando una enorme caja de cartón.

—Buenos días, muchacho. Llegas justo a tiempo para desayunar, ¿te apetece?

Albert miró el menjurje amarillo con el mismo entusiasmo que yo.

—Gracias, George, pero ya he comido. Solo he pasado un momento a saludar.

Sabía que mentía acerca del desayuno incluso antes de que nuestras miradas se encontraran. Siempre habíamos sido como un libro abierto el uno para el otro. O quizá no. Sentí que se me acaloraban las mejillas cuando me sonrojé al caer en la cuenta de lo poco apropiado que era mi corto albornoz para recibir invitados.

— ¿Y qué hay en la caja?

Afortunadamente intervino mi padre. Yo estaba tan ensimismada por lo extraño que era estar sentada en mi antigua cocina con un amigo que llevaba tanto tiempo muerto que probablemente no le habría preguntado nada aunque se hubiera presentado con un elefante.

—No es mía —explicó Albert—. Una furgoneta de repartos la estaba dejando fuera y me he ofrecido a entrarla. Es para Candy.

Levanté la mirada desde donde estaba sentada, mientras trataba, en un intento desesperado, de dar de sí los extremos del albornoz.

— ¿Para mí? ¿Qué es?

Mi padre echó una ojeada y dijo:

—Ah, será tu ropa. Terry dijo que te la mandaría aquí. Supuso que no tendrías muchas cosas que ponerte.

—Y tenía razón —convine yo—. Qué atento ha sido al ir a recogerme algunas cosas y enviarlas.

Se oyó un ligero bufido proveniente de donde estaba Albert.

—Lo más seguro es que se lo haya encargado a su secretaria.

La pulla había sido un acto reflejo y yo salté en defensa de Terry igual de rápido:

—Está muy ocupado, ¿sabes? Ayer tuvo que irse a Hamburgo.

Una expresión especulativa se dibujó fugazmente en las familiares facciones de Albert, pero sabía muy bien que era mejor no seguir con las críticas. Mi padre, que parecía del todo ajeno a nuestro enfrentamiento verbal, añadió:

—Por cierto, Candy, se me había olvidado completamente. Terry me dijo que te comentara que el lunes llamó a la revista y que les contó lo que te había pasado.

Desconcertada, le di la vuelta a la silla de la cocina para mirar a mi padre.

— ¿La revista? ¿Qué revista?

— La revista en la que trabajas.

El estómago volvió a darme un vuelco al escuchar otra noticia bomba.

—No trabajo en ninguna revista.

Ya estábamos otra vez. La mirada que intercambiaron ambos era tan descarada que ya puestos podrían haber gritado lo que pensaban: «Pobre Candy, aún sigue con lo de la amnesia».

De repente me enfadé y me levanté tan deprisa que casi tiro al suelo la silla de madera.

—No, ¡no me miréis los dos así! Como diciendo «Oh, oh, Candy se ha vuelto loca otra vez, mejor tratémosla con delicadeza». ¿No creéis que sabría algo tan básico como el sitio donde trabajo?

—Llevas poco tiempo trabajando en esa revista; seguro que del periódico sí te acuerdas. Estuviste un buen tiempo allí.

— ¿Que yo trabajaba en un periódico? ¿Soy periodista? —Estaba asombrada: finalmente había logrado mis objetivos; pero entonces sacudí la cabeza con rabia para disipar aquella fantasía — No trabajo allí. Me acordaría si fuera así, ¿no crees?

—Según parece has olvidado muchas más cosas —murmuró mi padre, y noté por primera vez en su voz que empezaba a perder la paciencia.

Albert, tan calmado y sereno como siempre, se acercó y me cogió la mano.

—Candy, siéntate, por favor.

No obedecí, así que él tiró de mi brazo con cuidado y me obligó a volver a sentarme a la mesa. Orientó su silla hacia mí y hablando sin ningún rastro de nerviosismo preguntó lenta y claramente:

— ¿Y dónde trabajas, Candy?

No rompió el contacto visual en ningún momento; me pregunté si sería una técnica que enseñaban a los policías para interrogar a los sospechosos.

—En Anderson's Engineering, al lado de la estación de Euston. Soy secretaria en el departamento de Ventas. Llevo allí más de tres años y medio. El número de teléfono es 020 7581 4387.

Si le sorprendió la velocidad y el desparpajo con que había respondido, supo disimularlo mejor que mi padre.

—Pero ¿cómo...?

Albert le hizo callar con una mirada de advertencia e inmediatamente después volvió a dirigir su atención hacia mí. Estaba claro que era un rollo policial.

— ¿Y a quién podemos llamar ahí para confirmar... mejor dicho, para comunicarles que no podrás ir durante un tiempo?

—A Jessica Scott, del departamento de Recursos Humanos. Su extensión es la 203.

Vi que sus ojos brillaban debido a la inmediatez de mi respuesta, pero habló con voz firme y tranquila cuando le pidió a mi padre:

—George, ¿te importa que use el teléfono para llamarles?

A modo de respuesta, mi padre sacó el teléfono inalámbrico del soporte y se lo pasó a Albert. Antes de marcar el número se volvió hacia mí.

— ¿Prefieres hablar tú con ellos?

Negué con la cabeza; seguramente los dos pensarían que mentía. No, mejor que hablara él con Recursos Humanos y así todos comprobarían por fin que decía la verdad.

Le repetí el número y él lo marcó. Me pareció que pasaba una eternidad hasta que contestaron en la centralita y Albert les pidió la extensión. Se había levantado para hacer la llamada, por lo que yo no podía oír las respuestas al otro lado de la línea. Tuve que conformarme con descifrar la conversación a través de las palabras de Albert.

— ¿Me puede pasar con Jessica Scott?... Buenos días, señorita Scott. Me llamo Albert Ardley y soy un amigo de Candy White. Solo llamaba para informarla de que, desafortunadamente, Candy ha sufrido un pequeño accidente y no podrá ir a trabajar esta semana, y tal vez esté ausente más tiempo.

Hubo una pausa larguísima.

—En el departamento de Ventas... Sí... Ajá... Muy bien, de acuerdo. Comprendo... Muchas gracias por su tiempo. Adiós.

Puso fin a la llamada pulsando el botón rojo y se dio la vuelta lentamente para mirarnos a mi padre y a mí. Yo no paraba de moverme en la silla como una chiquilla inquieta.

— ¿Y bien? ¿Qué ha dicho?

Albert dudó, su expresión era inescrutable. Pensé que no iba a gustarme su respuesta. Y tenía razón.

—Candy, ha dicho que era la primera vez que oía tu nombre. No trabajas ahí.

Vaya, es posible que ponerme a llorar no fuera una reacción muy madura, pero no pude evitarlo. Cada vez que aparecía un pequeño rayo de esperanza me lo arrebataban de un plumazo. Me levanté de un salto con lágrimas de consternación en los ojos —tirando, esta vez sí, la silla al suelo— y con gran estruendo subí las escaleras que llevaban a mi habitación, donde me lancé boca abajo sobre la cama.

Y tal como haría la adolescente enfadada en la que al parecer me había convertido, hice caso omiso de los ruegos de mi padre y de Albert para que les abriera la puerta y les grité a ambos que «se largaran» hasta que me quedé afónica y no pude chillar más.

Empezaba a oscurecer cuando salí de la habitación. Debía de haberme quedado dormida llorando, ya que me desperté varias horas más tarde con el cojín empapado pegado a la mejilla. Mi padre estaba en el salón fingiendo ver el telediario.

Me acomodé en el asiento de al lado, ignoré a la gata —que soltó un bufido entre dientes y abandonó rápidamente el regazo de mi padre— y apoyé la cabeza en su hombro.

—Perdona, papá.

Él me respondió apretándome la mano.

—Es que es tan complicado... Nada tiene sentido. Está todo patas arriba. Puede que todos tengáis razón y me esté volviendo loca de verdad.

Entonces mi padre me miró con una furia inesperada en los ojos.

—No vuelvas a decir algo así. ¡Nadie ha dicho que estés loca! Te has dado un golpe muy fuerte en la cabeza y has vivido una experiencia terrible. No es de extrañar que estés un poquito... confusa. Exacto, solo estás confusa. Todo se arreglará muy pronto, cariño, ya verás.

Esta vez estaba demasiado cansada para discutir.

A pesar de sus palabras debía de estar muy preocupado por mí, ya que varias veces a lo largo de la noche, en el duermevela entre el sueño y la vigilia, percibí el característico aroma de su aftershave y supe que se había deslizado en mi habitación para comprobar cómo estaba. Él no comentó nada al respecto y yo tampoco le dije que le había visto.

Al día siguiente rebusqué a conciencia entre la caja de ropa que me había mandado Terry para encontrar algo que ponerme. Quería unos tejanos y una sudadera, pero al parecer mi nuevo estilo de vida no contemplaba las prendas de sport. Tuve que conformarme con unos elegantes pantalones negros y un jersey de un verde esmeralda. Me miré en el espejo y no pude negar que el conjunto me favorecía; aunque no era ropa de diseño, las marcas sí que eran de tiendas caras. O cobraba un sueldo increíble en mi nuevo trabajo o Terry me había regalado algo más que un bolso de Gucci. Siempre había sido generoso cuando éramos adolescentes; supuse que seguía siéndolo.

Colgué el resto de las prendas en el pequeño armario de madera y luego cogí un abrigo y una bufanda. Llevaba días sin salir de casa y necesitaba poner a prueba mi vigor si quería que papá accediera a mi nuevo plan. Sin embargo, mi intención de sacar el tema a colación sutilmente se esfumó de golpe cuando bajé las escaleras al mismo tiempo que él entraba por la puerta. Debía de volver de su paseo matutino para ir a comprar el periódico. Actuó con rapidez pero no la suficiente, y pude ver el paquetito rojo que intentó esconder en la chaqueta. Mis dedos se lanzaron como misiles hacia el fondo de su bolsillo y lo sacaron de allí.

— ¿Se puede saber qué es esto?

Mi padre parecía avergonzado y no abrió la boca; vi que intentaba dar con alguna explicación aceptable, pero no encontró ninguna.

— ¿Por qué narices estás fumando otra vez? ¿No sabes que los cigarrillos te matarán? ¿Que de hecho ya te estaban matando?

Si alguno de los dos se hubiera parado a analizar lo incongruente que resultaba esa inversión de papeles entre padre e hija seguramente nos habríamos partido de risa allí mismo. Pero yo estaba demasiado furiosa para darme cuenta y él demasiado avergonzado.

Estrujé el paquete que tenía en la mano para deshacerme al menos de aquel, y con el sonido de los cigarrillos aplastados mi ira empezó a remitir.

—Papá, sé lo que estás haciendo y por qué lo estás haciendo, pero tienes que prometerme que lo dejarás.

Él no se disculpó, pero al menos trató de justificarse.

—No, papá —dije; las lágrimas me resbalaban por las mejillas al oír a mi padre tan preocupado por mí. Me las sequé con el dorso de la mano. Madre mía, ¿desde cuándo era tan llorica?

Le cogí de ambas manos e intenté transmitir con mis palabras y mi mirada lo que sentí cuando le diagnosticaron por primera vez.

—Papá, si me quieres, si de verdad me quieres, prométeme que jamás volverás a tocar este veneno, por favor. —A él también se le empañaron los ojos. Había hecho llorar a mi padre, pero valía la pena si con ello podía evitar que volviera a enfermar—. Una vez casi te matas con esto por preocuparte tanto por mí; no permitiré que vuelva a ocurrir.

Deambulé durante horas y, aunque no tenía ningún sitio concreto adonde ir, era agradable volver a salir a la calle tras una semana de inactividad. Le había dicho a papá que no sufriera y llamé a casa un par de horas más tarde para que supiese que estaba bien y se quedara tranquilo. Ya era media tarde y caí en la cuenta de que me había olvidado de comer. Como no estaba lejos del centro del pueblo me dirigí hacia la pequeña calle de tiendas, donde había algunos restaurantes y cafés.

Me quedé parada en la acera intentando decidir en cuál entrar, cuando una voz que tenía detrás me susurró dulcemente al oído:

—El del final de la calle tiene la mejor tarta de queso.

Me di la vuelta y se me aceleró el pulso. Me había cogido por sorpresa. Automáticamente agaché la cabeza para ocultar mi mejilla marcada y luego recordé que hasta que se resolviera todo ese misterio podía prescindir tranquilamente de aquel hábito. Le miré sonriente.

— ¿Y qué pasa si ya no me gusta la tarta de queso?

Se detuvo un momento como si considerara algo tan absurdo.

—No, imposible. Por mucho que hayas olvidado, eso no me lo creo. Hay cosas que calan demasiado hondo.

Como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, ambos entramos en el pequeño local, donde Albert pidió dos cafés y dos raciones de tarta. Había una mesa para dos al fondo del café situada al lado de un fuego encendido, así que nos encaminamos hacia allí descartando de forma inconsciente varios sitios libres que había junto a las ventanas.

— ¿Y cómo es que no está trabajando hoy, agente Ardley? No me extraña que el crimen asole el pueblo; los policías nunca están de servicio.

—En realidad es «inspector» Ardley, y oficialmente tengo todo el día libre.

—Así que inspector, ¿eh? Suena importante. ¿Te gusta? Nunca comentaste que quisieras ser policía cuando éramos más jóvenes.

Llegó la camarera con nuestro pedido y Albert esperó a que depositara las tazas y los platos en la mesa y se marchara antes de contestar.

—Sí, me encanta el trabajo. Unirme al cuerpo es la mejor decisión que he Tomado nunca. Y en cuanto a no haber comentado nada al respecto... Bueno, en aquel entonces me guardaba muchas cosas para mí, cosas que quizá debería haber verbalizado.

Mi estómago dio un vuelco. Me pareció que iba a decirme algo importante. Pero una parte de mí se resistía porque no estaba lista para oírlo. No sabía cómo enfrentarme a aquello y tampoco si realmente deseaba hacerlo, así que opté por cambiar de tema.

—Albert, quería pedirte perdón por cómo me comporté ayer, por el arrebato que me dio.

Él desechó la disculpa con un gesto de la mano despreocupado, pero yo insistí:

—No, en serio. Sé que todo parece muy... no sé, incoherente, increíble, inverosímil...

—O sea cualquier palabra que empiece por «in», ¿no?

Me reí. Siempre conseguía hacerme reír.

—Es que todo aquello que sé que es absoluta e inequívocamente cierto cada vez se sostiene menos. Resulta muy inquietante.

Dio un largo sorbo al café antes de responder.

—Estoy seguro. Y también frustrante.

Había algo en su voz, algo que no había oído a nadie más, que hizo que soltase la cucharada de tarta que me estaba llevando a la boca.

— ¿Tú me crees?

Me di cuenta de que me había centrado exclusivamente en intentar convencer a alguien de mi verdad, pero no se me había ocurrido plantear esa pregunta a nadie. Sus ojos de color azul cielo me dedicaron una mirada en la que uno podría ahogarse si no se andaba con cuidado.

—Estoy convencido de que crees realmente en lo que dices y comprendo el desgaste que supone intentar convencer de ello a los demás. —Se quedó en silencio un instante y estuve a punto de hablar. Menos mal que no lo hice, porque si no jamás le habría oído susurrar—: Y verte así me parte el corazón.

No advertí que sus palabras me habían hecho llorar hasta que me levantó la cara con un dedo y me secó los ojos con la servilleta. Siguió hablando en una voz baja y dulce:

—Y además nunca te había visto llorar tanto, ni siquiera cuando te caías constantemente de la bici a los ocho años.

Me sorbí los mocos de forma poco femenina, pero sus palabras habían logrado hacerme sonreír. —Oh, te aseguro que he llorado como una magdalena en los últimos cinco años, más de lo que puedas imaginarte.

— ¿Y por qué?

Ahí estaba: el momento de echarse atrás o de lanzarse sin miramientos.

—Porque te había perdido. Me salvaste la vida y a cambio perdiste la tuya. No tienes idea de cuánto me afectó aquello y de cuánto te he echado de menos.

En ese instante él podría haber recurrido al dichoso golpe en la cabeza y a la amnesia y decir: «Pronto te pondrás bien». Pero no lo hizo. Se trataba de Albert, el chico que me quería cuando éramos niños y el hombre en que se había convertido. Se lo podía confiar todo, incluso la verdad.

—Cuéntamelo —me pidió.

Y así, bajo la menguante luz vespertina y junto a las titilantes llamas de la chimenea, empecé por el principio, por la noche del accidente, y no paré hasta llegar al final.

Continuara