Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
Fuimos los últimos clientes en abandonar el café. Nos dimos cuenta de que molestábamos cuando el dueño dejó de servir y empezó a barrer el suelo, luego puso las sillas sobre las mesas vacías y finalmente apagó casi todas las luces.
Me disculpé por haberles entretenido mientras Albert cogía mi abrigo del perchero y me ayudaba a ponérmelo. Me lo colocó sobre los hombros y me pareció natural que su brazo se quedara ahí mientras me conducía hacia la puerta.
—Tengo el coche aquí al lado, te llevaré a casa antes de que tu padre organice una partida de búsqueda.
Las frías ráfagas de viento de diciembre nos azotaban con violencia mientras caminábamos por las calles tranquilas, pero yo no era consciente del frío teniendo su cuerpo tan cerca del mío. Sabía que me movía por un terreno peligroso. Aquella tarde se había abierto una puerta y yo la había cruzado despreocupadamente sin mirar atrás. Sin embargo, era consciente de que, antes de añadir más complicaciones a mi vida, debía resolver las innumerables preguntas sin respuesta que se interponían en mi camino. Resultaba tan agradable y natural caminar así junto a Albert, maldita sea... ¿Cómo no lo había visto antes?
Solo tardamos cinco minutos en llegar a mi casa y, cuando aparcamos encima del bordillo, vi que las cortinas del salón se movían.
Solté una risita de incredulidad.
— ¿Puedes creerte que mi padre esté espiándome a través de las cortinas? Es como si volviera a ser una adolescente.
Albert agachó la cabeza y se inclinó por encima de mí para echar un vistazo a mi casa a través de la ventanilla del copiloto. Percibí la dulce fragancia de su aftershave y el olor a champú antes de que volviera a colocarse en su sitio. Inhalé profundamente la seductora combinación de aromas, como si quisiera grabarla en la memoria.
¿Qué estaba haciendo? No tenía derecho a tener esos pensamientos. Albert y yo nunca habíamos tenido una relación romántica, ni una sola vez; habíamos sido solo los mejores amigos del mundo. Además, siempre había estado Terry. Y aún estaba, tuve que recordarme. No era libre de pensar de aquella forma.
—Supongo que debería entrar.
— ¿Antes de que salga tu padre con una escopeta?
Me reí un poquito imaginándome la escena.
—Exacto, sí. Y además pronto llamará Terry desde Alemania, así que...
Fue lo peor que podría haber dicho. La cálida atmósfera que nos envolvía se tornó gélida y la rabia que sintió Albert resultaba casi palpable.
—Claro. —Y con esa palabra se desvaneció de un plumazo el nuevo sentimiento que había surgido entre nosotros.
Le pregunté si quería cenar en casa, pero no me sorprendió cuando declinó la invitación. No obstante, sí que me acompañó hasta la puerta, sujetándome el brazo porque el suelo empezaba a helarse. Pero era la mano de un amigo, nada más. No entendía cómo alguien podía cambiar de estado de ánimo tan deprisa, lo que hizo que me cuestionase mi propia percepción de la tarde que habíamos pasado juntos. ¿De verdad había ocurrido algo nuevo entre nosotros o simplemente me había imaginado que había algo más que una larga y valiosa amistad?
Cogió la llave de la puerta que yo tenía entre los dedos y la introdujo en la cerradura, pero antes de que la girara le puse una mano en el brazo para detenerle.
— ¿Sigue en pie lo de mañana? Puedo ir yo sola, si no puedes acompañarme. No pasa nada.
Su mirada era inescrutable.
—Claro que sigue en pie. ¿Por qué no iba a ser así?
Pues porque yo había estropeado ese momento interponiendo entre nosotros el único obstáculo que siempre había habido en nuestro camino.
—Por nada. Es que... Bueno, no me parece la mejor manera de pasar tu día libre: escoltando por Londres a una amiga que se ha vuelto loca.
Entonces él me acercó hacia sí y me dio un breve abrazo, un simple gesto de amistad, tan solo eso.
—No te has vuelto loca —me contradijo, y luego no pudo resistirse y añadió—: ¡Siempre has sido así!
Entonces me soltó, giró la llave en la cerradura con un movimiento suave y me dio un empujoncito para que entrara en el cálido recibidor.
—Y como te he dicho antes, creo que es una muy buena idea. Seguro que servirá de algo. Ahora métete en casa, que te resfriaras. Nos vemos mañana.
Finalmente no tuve que convencer a mi padre de que era una buena idea que regresara a Londres al día siguiente en cuanto supo que me acompañaría Albert. Me pregunté si habría opinado lo mismo de haber elegido a otro compañero de viaje. Aun así, mientras esperaba que Albert pasara a recogerme a la mañana siguiente, mi padre todavía estaba dándome la lata como una madre sobreprotectora.
— ¿Has cogido la medicación?
Di un golpecito en el bolso de Gucci que llevaba colgado al hombro.
—Y me llamarás si te encuentras mal o pasa cualquier cosa, ¿verdad? ¿Llevas el móvil, y dinero, y...?
—Tranquilo, papá, solo voy a pasar una noche fuera. Mañana estaré de vuelta y con suerte traeré algunas respuestas.
Seguía sin parecer muy convencido, así que me acerqué y le abracé.
—No te preocupes tanto por mí.
— Entonces olí su aftershave y de pronto me acordé de algo—. Y deja de pasarte las noches en vela para ver cómo estoy; por las mañanas debes de estar exhausto. He perdido la cuenta de las veces que has entrado en mi habitación.
El coche de Albert se paró ante la puerta de casa y yo me había agachado para coger la bolsa que tenía a mis pies, así que no pude apreciar del todo la expresión confusa de mi padre.
—Candy, no he entrado nunca en tu habitación de noche para ver cómo estabas. Ni una sola vez. Debías de estar soñando.
El trayecto hacia Londres me confirmó que Albert también había tomado una decisión durante la noche anterior y aquella mañana. Había vuelto otra vez el amigo cariñoso, bromista y platónico que conocía de toda la vida; o al menos al que había conocido hasta mi decimoctavo cumpleaños. No quedaba ni rastro del hombre que me había sostenido la mano en el café mientras le contaba a trompicones en qué se había convertido mi vida desde entonces.
Y aunque me decepcionaba haber dejado que esa persona se me escurriera entre los dedos, al menos mi viejo amigo Albert volvía a formar parte de mi vida. Teniendo en cuenta cómo estaba la situación la semana anterior, la cosa había mejorado muchísimo.
— ¿Dónde quieres que vayamos primero? ¿Lo has pensado?
Saqué del bolso un trozo de papel doblado.
—Supongo que lo lógico es ir aquí primero. El resto de los lugares están al otro lado de la ciudad.
El papelito ondeó en mi mano por la ligera corriente de aire que entraba desde una ventanilla abierta.
—Tengo la dirección, pero no sé por dónde queda exactamente. Mi padre tuvo que apuntármelo.
Albert desvió la mirada de la carretera un instante y miró el trozo de papel.
— ¿Y qué sitio es?
Suspiré profundamente y leí las palabras escritas. No me decían nada en absoluto.
—Es donde vivo —hice una pausa, como si estuviera en un juicio—, presuntamente.
Traté de relajarme, pero conforme pasaban los kilómetros iba poniéndome cada vez más nerviosa. Ir a Londres, donde vivía y trabajaba, era mi última esperanza de recuperar mi vida real. Pero ahora empezaba a plantearme qué me encontraría exactamente cuando llegara. En el bolso había unas llaves que no reconocía. Lo más probable era que abrieran la puerta que correspondía a la dirección que me había dado mi padre esa misma mañana. Pero ¿qué pasaba con mi otro hogar, el piso de encima de la lavandería? ¿Qué dirían cuando se demostrase que también era mío, lleno de pertenencias y de toda la parafernalia de una vida totalmente distinta? ¿Podía ser que existieran los dos de forma paralela? ¿Cómo era posible?
En mi mente, como un susurro, surgió una palabra; una palabra mucho más aterradora y desconocida que «amnesia»: «esquizofrenia». Uno de sus síntomas era la personalidad múltiple, ¿no? Estaba convencida de haber leído hacía poco un artículo sobre ese tema precisamente. ¿Era eso lo que me pasaba? ¿Tenía una enfermedad mental?
Para acallar a esa voz susurrante y romper el silencio, se me ocurrió preguntar:
—Albert, no se me había ocurrido preguntártelo antes: ¿estás casado?
El coche viró ligeramente en el carril y el camión que teníamos detrás nos dio un bocinazo a modo de protesta.
— ¿Casado? Eh, no. ¿A qué viene eso? ¿No crees que ya lo sabrías si lo estuviera?
Me encogí de hombros.
—No; tampoco sabía que yo misma estaba prometida.
—Touché.
Dejé que saltara otro kilómetro en la pantalla del salpicadero antes de seguir con el tema.
— ¿Y tienes a alguien en la cabeza?
Él rió por lo bajo pero no dijo nada, lo cual hizo que me picara más la curiosidad.
— ¿Novia? ¿Amante? ¿Novio?
— No, no y definitivamente no, gracias.
— ¿Por qué no?
— ¿Qué me estás preguntando? ¿Que por qué no soy gay?
Le di un codazo flojito en el brazo.
—Ya sabes qué te estoy preguntando. ¿Por qué no estás con nadie? Eres un tío genial. Seguro que serías un novio estupendo. ¿Cómo es que estás solo?
Por primera vez pareció incómodo y me sorprendió haberme aventurado en terreno prohibido. En otra época nada habría estado fuera de lugar entre nosotros. Pero tal vez ahora era diferente.
—Para empezar, por el trabajo: muchas horas, turnos que cambian constantemente... No ayuda a mantener una relación. O a lo mejor prefiero estar así y ya está.
— ¿Así que nunca has querido ir en serio con nadie? ¿Ni una sola vez?
Guardó silencio largo rato fingiendo concentrarse mucho más de lo necesario mientras adelantaba un vehículo lento que teníamos delante. Cuando por fin habló, lo hizo con cierta reserva.
—Hubo alguien una vez, hace mucho tiempo. Pero las cosas... no salieron bien.
Me volví en mi asiento para observarle. No sabía quién era esa mujer, pero ya la odiaba por haberle rechazado. Me moría de ganas de averiguar más cosas, pero era consciente de estar entrometiéndome en un asunto del que él no quería hablar. Así pues, sorteé ese obstáculo conversacional y le pregunté algo que aún me molestaba más.
—Tú y yo ya no nos vemos mucho, ¿verdad?
Él sonrió irónicamente y deduje que «no mucho» era un eufemismo. Su respuesta me lo confirmó.
—Di que no nos vemos «en absoluto» y te acercarás más a la verdad.
—Pero ¿por qué? No lo entiendo. Siempre estuvimos muy unidos.
Él abrió la boca para hablar, luego se detuvo y pareció pensarlo mejor, tras lo cual volvió a cerrarla. Yo quería saber más que nada en el mundo lo que había estado a punto de decir, pues sospechaba que habría sido mucho más esclarecedor que «las personas cambiamos, maduramos y nos distanciamos; ocurre muy a menudo».
Él apartó la vista de la carretera y me miró, y supe que se había dado cuenta de que su respuesta me había decepcionado. Retiró una mano del volante un momento y me dio un pequeño apretón.
—Pero te he echado de menos.
Me acordé de las incontables noches que me había pasado llorando, destrozada por el dolor que me había ocasionado su pérdida.
—Yo a ti más.
Para entonces ya estábamos zigzagueando por entre las calles secundarias de Londres, y nos costó más de lo que pensábamos encontrar la dirección que buscábamos. Finalmente, tras equivocarnos en varios cruces, aparcamos enfrente del elegante pórtico de un edificio victoriano.
—Ya estamos —anunció Albert, mientras aparcaba el coche en un sitio libre que había en el interior del pequeño patio delantero—. Esta es tu casa.
—No lo creo —murmuré en tono lóbrego, pero de todas formas abrí la puerta y salí del coche. Me quedé un rato mirando ese edificio desconocido, respirando el frío aire matinal.
—Pues ya estamos acá, vamos a ver qué hay —propuso Albert.
Me ofreció una mano y con evidente reticencia permití que me condujera hacia los escalones de piedra del edificio.
Al acercarnos, vimos que la puerta de entrada tenía un código de seguridad, así que pensé que sería imposible acceder al interior. Me detuve a medio subir los tres escalones.
—Nada que hacer, pues —proclamé, sabiendo que el alivio en mi voz era obvio.
—No tan deprisa —insistió Albert mientras me arrastraba hacia la puerta.
En ese preciso momento una enfermera con uniforme azul apareció tras el cristal de la entrada; estaba claro que tenía prisa por salir del edificio. Cuando abrió la puerta, Albert subió corriendo los escalones para aguantarla antes de que se cerrara. La enfermera le miró con suspicacia durante un instante, pero luego me vio a mí y decidió no impedirnos el paso.
—Gracias —dijo Albert cuando nos la cruzamos en el umbral.
Yo también expresé mi gratitud de forma automática:
—Sí, gracias.
La enfermera ya había cruzado la puerta y estaba bajando los escalones de piedra cuando gritó alegremente por encima del hombro:
—De nada, Candy.
Mientras subíamos en el ascensor nos quedamos en silencio. Seguíamos en tensión cuando se abrieron las puertas en la quinta planta. Un pasillo se extendía ante nosotros y llevaba tanto a la izquierda como a la derecha.
— ¿Hacia dónde vamos? —preguntó Albert.
— ¡Y yo qué sé! —espeté.
Entonces se me acercó y me habló con más amabilidad y paciencia de la que seguramente merecía.
—Sé que es duro, Candy. De verdad. Pero ya sabíamos que tendrías que afrontar algo así. No tires la toalla aún.
Tenía razón; por supuesto que la tenía. Pero había deseado tantísimo que todo aquello no fuera verdad...
Mi llave abrió la puerta del piso, cómo no. Nos paseamos por las estancias sin saber muy bien adónde ir, como lo harían unos posibles compradores. Por suerte, cuando abrí la que pensaba que era la puerta del dormitorio y acabé entrando en un armario los dos recuperamos el sentido del humor. El armario... ¿Acaso no es siempre el último sitio donde buscas algo?
Me sentía un poco como una ladrona revolviendo cajones y armarios en busca de algo de valor. Reconocía muy pocas cosas, pero de vez en cuando encontraba una prenda de ropa o una joya y se me aceleraba el pulso al ver que eran mías. El pasaporte y las facturas ordenados cuidadosamente en una caja de metal solo sirvieron para añadir más clavos al ataúd. Estaba claro que vivía allí.
Y no habría sido ninguna tragedia aceptarlo en cualquier otra circunstancia, ya que la vivienda era muy bonita, estaba decorada con gusto y era unas cuatro veces más grande que mi apartamento de encima de la lavandería. Aun así, el hecho de residir en una casa mejor no me produjo placer alguno. Si de verdad ese era mi hogar —y no había forma de refutarlo con las sólidas pruebas que me rodeaban—, ¿qué otros argumentos me quedaban para seguir insistiendo que esa vida no me pertenecía?
Mientras yo registraba el dormitorio, Albert había ido a la cocina y había vuelto unos minutos después con dos humeantes tazas de café.
—Tendrá que ser solo —se disculpó al ofrecerme una de las tazas—. No tienes leche. De hecho, no te queda prácticamente nada: las despensas están vacías. Deduzco que sueles comer fuera.
Eso sonaba lógico y desde luego encajaba con el estilo de vida que imaginaba que llevaba Terry. Sosteniendo la taza con mucho cuidado, me senté en un sofá de piel color crema. Me acomodé poco a poco, procurando no derramar el líquido sobre una superficie que parecía tan cara. Estaba sumamente nerviosa en mi propia casa.
— ¿Cómo puedo permitirme todo esto? —Se me ocurrió preguntar de repente—. Conozco los precios de Londres. Este piso debe de costar un ojo de la cara; seguro que no me pagan tan bien en mi nuevo trabajo.
La mirada de Albert se ensombreció un instante y apartó la vista de mi expresión interrogativa antes de contestar.
—Creo que el piso es de la familia de Terry. Diría que tienen varios en este edificio, en realidad. Supongo que pagas un bajo alquiler al ser casi de la familia.
Sentí que me ponía roja de bochorno, aunque no sabía exactamente por qué. No había hecho nada de lo que avergonzarme.
—Ah —dije yo por toda respuesta. Para ser periodista no era muy elocuente.
Terminamos de inspeccionar el piso juntos y, aunque yo seguía buscando pruebas de que aquella no era mi casa, todos los indicios que me rodeaban indicaban claramente lo contrario. Y por si el montón de facturas y correo basura dirigidos a mi nombre no fueran lo bastante concluyentes, en una mesita había una foto en un marco de plata que parecía bastante irrefutable.
Albert se me acercó por detrás y apoyó la barbilla encima de mi hombro para ver qué sostenía en mis manos. En la foto que me había quedado mirando fijamente aparecíamos Terry y yo junto a la torre Eiffel. Lo tenía detrás de mí de una forma muy parecida a cómo tenía a Albert en ese preciso momento. Los dos reíamos y, aunque debía de hacer frío, pues íbamos envueltos en abrigos y bufandas, la calidez que transmitían nuestras caras me causó una profunda sorpresa.
Ambos parecíamos tan felices y despreocupados, tan... enamorados. Por primera vez me di cuenta de que desde mi regreso a Great Bishopsford había estado tan ocupada intentando desenterrar el pasado que de algún modo había sepultado mis sentimientos por Terry.
—Me parece que fue allí donde te propuso matrimonio —dijo Albert sin dejar que su tono traicionara ninguna emoción.
No conseguía apartar la mirada de la foto; poco después noté que él se apartaba de mí con determinación.
—Siempre he querido ir a París... — afirmé pensativamente.
Albert permaneció callado. Se agachó para recoger las tazas vacías y las llevó de nuevo a la cocina, así que no sé si me oyó terminar la frase en tono categórico: «... pero nunca he estado».
No quedaba nada que nos retuviera en el piso. Albert me sugirió que me llevara unas cuantas cosas más a casa de mi padre, pero yo me negué. Me sentiría como una ladrona.
Una vez en el interior del coche, pensé que debía decir algo para mitigar el tremendo impacto que nos había causado estar allí.
—A pesar de todo lo que acabo de ver, nada me parece real. —Señalé el edificio victoriano con un gesto de la mano y añadí—: Por supuesto existen evidencias que no puedo negar, pero mi mente y mi corazón siguen diciéndome que nada de esto es cierto.
Albert también pareció hacer un esfuerzo deliberado por sacudirse de encima el opresivo velo que nos envolvía.
—No te preocupes. No puedes pretender acordarte de todo así de golpe. Comamos algo y después podemos ir a la revista donde trabajas. A lo mejor allí encontramos algo que nos dé más respuestas.
Albert no tenía ni idea de hasta qué punto sus palabras resultaron ser proféticas.
Por fortuna, Albert había sugerido llamar a la revista con antelación para avisarles de que iríamos, lo cual fue una buena idea, ya que el sitio era enorme y sin alguien que nos guiara jamás habríamos llegado al departamento donde yo trabajaba. Atravesamos la sala de recepción, cuyo suelo pulido recordaba a una pista de patinaje, y llegamos hasta una gran mesa curva tras la cual había varios recepcionistas. Todo el mundo iba muy bien vestido y arreglado, y si bien la ropa que llevaba no desencajaba en absoluto en aquel lugar, me parecía que yo sí, y mucho.
De pronto me sentí insegura al darme cuenta de que había olvidado el nombre de la persona con la que íbamos a reunirnos y tuve que abrir el bolso para buscar el papelito donde lo había apuntado.
—La señorita Candy White ha venido a ver a la señora Eliza Leagan —dijo Albert en un tono suave mientras yo seguía revolviendo el cavernoso bolso de Gucci en lo que era una evidente falta de consideración—. Nos espera.
Nos pidieron que nos sentásemos en un sofá de piel rojo tremendamente bajo que estaba situado justo enfrente de los ascensores. Mientras esperábamos, no dejé de moverme a causa del nerviosismo; me erguía cada vez que se abrían las puertas de un ascensor y salía una mujer. ¡Qué comportamiento tan absurdo! El edificio era gigantesco y había un torrente continuo de personas que se dirigían a la zona de recepción. Mi jefa podría haber sido cualquiera de ellas.
De hecho, transcurrieron quince minutos más antes de que se nos acercara a paso rápido una mujer que apenas me sacaría diez años; llevaba un traje de marca y unos tacones nada prácticos.
— ¡Candy! —exclamó cuando estaba a medio cruzar el vestíbulo.
Me alcé y le tendí la mano. Ella ignoró el gesto y se abalanzó sobre mí como un halcón y me lanzó un beso al aire, envolviéndome en una vaharada de perfume caro.
— ¿Cómo estás, pobrecilla mía? Nos tenías muy preocupados.
Algo en su tono me hizo dudar de su supuesta inquietud. No perdió más tiempo intercambiando cortesías y enseguida se giró sobre sus tacones de aguja y se dirigió de vuelta a los ascensores. Dado que había ignorado a Albert hasta ese momento, me pareció que lo correcto era presentárselo.
—Señora Leagan, este es un viejo amigo mío, Albert Ardley. Me ha traído hoy a Londres a ver si consigo recordar algo.
Se dio la vuelta y le dedicó la más breve de las sonrisas al hombre que estaba a mi lado, pero tan solo su boca se movió; el gesto no se reflejó en sus ojos. Ya me había fijado en la miradita de suficiencia que le había echado cuando nos habíamos levantado a saludarla. Esperaba que Albert no se hubiera dado cuenta.
—«Señora Leagan», no; llámame Eliza —me corrigió ella mientras le daba al botón de llamada del ascensor con un dedo cuya uña mostraba una perfecta manicura—. Tu joven y encantador Terry llamó el lunes para contarnos lo del espantoso atraco. Debió de ser horrible. ¿Y se llevaron tu precioso anillo? —Bajó la vista hacia mi mano izquierda como si quisiera verificar que realmente no estaba—. Qué tragedia.
Mientras nos metíamos en el ascensor detrás de ella, no pude evitar pensar que perder el diamante resultaba para mi jefa mucho más trágico que cualquier peligro físico que pudiera haber corrido. Me recordaba en cierta manera a Sussana, o en cómo sería Sussana al cabo de unos diez años.
Salimos del ascensor en la novena planta e inmediatamente un becario cargado con un fajo de papeles abordó a Eliza. Ella se detuvo a resolver la crisis y Albert y yo dimos un paso atrás como muestra de educación e inspeccionamos los alrededores. Estábamos en una gran oficina sin paredes interiores y bien iluminada con luces fluorescentes. Había innumerables mesas a ambos lados del ascensor, subdivididas en cubículos mediante tabiques de fieltro azules. Parecía uno de esos sitios experimentales que hay en los laboratorios, esos en los que dan vueltas las ratas.
—Qué mujer tan agradable, tu jefa — me comentó Albert en un susurro para que nadie más le oyera—. Muy sincera.
—Shhh —le hice callar mientras me reía nerviosamente, pero me alegró ver que no era la única que la había juzgado así.
Tras solucionar la crisis, Eliza despachó al becario y se volvió hacia nosotros al tiempo que decía:
—No estoy muy segura de qué quieres hacer ahora. ¿Te apetece simplemente dar una vuelta por aquí y saludar a la gente o prefieres echar un vistazo a tu mesa?
—Humm, solo la mesa, gracias.
—Muy bien. Pues nada, buena suerte. Seguro que nos vemos antes de que te vayas —sentenció, y se dispuso a marcharse.
—Eliza.
Se dio la vuelta con una expresión irritada que disimuló demasiado tarde poniendo una sonrisa. Su cara expresaba claramente: «Soy una mujer ocupada y no puedo perder el tiempo con esto».
— ¿Cuál es mi mesa?
Se le llenó la cara de un asombro que casi parecía alegría.
—Madre mía, ¡sí que tienes amnesia de verdad! ¡Es increíble! Terry lo mencionó, pero es algo tan inusual...
Su fascinación por mi enfermedad le duró hasta que llegamos a mi mesa. Por el camino nos abrimos paso entre los cubículos de mis compañeros; algunos se limitaron a lanzarme una mirada fugaz, pero muchos otros levantaron la cabeza y me sonrieron. Yo les sonreí a todos, no fuera que tuviésemos una buena relación.
Finalmente se paró en un lugar en que había dos mesas colocadas una enfrente de la otra. Una mujer joven estaba sentada ante una de ellas aporreando furiosamente el teclado.
—Dee, ¿puedes dedicarle un poquito de tiempo a Candy y enseñarle algunas cosas? —Y luego, como si contara el más jugoso de los secretos, añadió con un susurro mal disimulado—: ¡Es verdad que tiene amnesia!
La joven esperó a que se fuera y entonces se levantó de la silla y me saludó tendiéndome la mano.
—Hola, soy Patricia O'brien y las dos entramos a trabajar aquí en la misma época.
Yo asentí con la cabeza y le sonreí, ya que no se me ocurría qué decir.
—Y ninguna tragamos a Eliza.
Le estreché la mano cordialmente. No sabía quién narices era, pero me parecía que acababa de encontrar a una amiga.
Patricia me trató con mucha paciencia, pero por las miradas furtivas que iba echando al reloj de la pared y al ordenador me di cuenta de que le estábamos impidiendo trabajar.
—Oye, veo que estás ocupada. Por favor, no te sientas obligada a hacerme de canguro. Sonrió arrepentida. —Me sabe mal —dijo a modo de disculpa—. Tengo que entregar algo importante y es urgente. Ya sabes cómo es esto.
En realidad, no lo sabía.
—¿Candy podría echar un vistazo a sus cosas mientras estamos aquí? Tal vez haya algo en lo que estuviera trabajando la semana pasada que pueda ayudarle a recordar.
Patricia miró a Albert y vi que a ella le había caído bien enseguida, a diferencia de Eliza. La chica me gustó todavía más.
—Bueno, no tenía ningún proyecto a medias. —Frunció el ceño como si buscara una llave para abrir una puerta —. Trabajaste muy duro para dejarlo todo listo antes de la boda de tu amiga. Por cierto, ¿cómo te fue?
—Me la perdí.
—Sería fantástico —le aseguré.
Tras mi respuesta, se esfumó murmurando algo sobre unos archivos, y mientras esperábamos me senté ante la mesa libre. No había objetos personales encima y tampoco hallé nada en ninguno de los dos cajones, a excepción del material de oficina. Cuando regresó Patricia cargada con un montón de revistas, cerré los cajones de golpe sintiéndome culpable, como si me hubieran pillado fisgando.
—Toma. En los índices podrás ver en cuáles trabajaste. Y acabo de mirar y la sala de conferencias está libre, así que si te apetece puedes hojearlas allí cómodamente.
Nos quedamos sentados en silencio leyendo los números antiguos de la revista durante varias horas. En dos ocasiones, Albert se ausentó y volvió con un par de vasos de plástico llenos de algo caliente y marrón que compró en una máquina de bebidas. El único sonido que se oía en la sala era el que hacíamos pasando páginas.
—¿Sabes? He escrito algunas cosas bastante buenas —comenté mientras cerraba otra revista y la colocaba sobre el montón que formaban las otras.
—Y lo dice con toda modestia —se burló Albert.
Noté que me ponía roja.
—No quiero sonar engreída —repuse —, simplemente me sorprende que esto se me diera lo bastante bien para hacer realidad mi sueño.
Él me apretó cariñosamente la mano.
—No esperaba menos de ti. Tras dos revistas más mi percepción de la realidad me explotó en la cara. Al principio no había reparado en el título del artículo. Mi atención se había concentrado en la pequeña foto en color que ocupaba la esquina superior derecha de la página.
— ¡Dios mío! —dije con voz entrecortada, notando que me ponía pálida.
— ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué problema hay? —exclamó Albert, levantándose inmediatamente de la silla para situarse a mi lado.
Incapaz de articular palabra, señalé la fotografía con un dedo tembloroso. Albert se inclinó y leyó el pie de foto en voz alta:
—Doctor James Lenard, de la clínica Santa Juana. —Me miró confundido—. ¿Y?
—Es el doctor Lenard —respondí yo con mil pensamientos zumbándome en la cabeza como abejas furiosas—. El doctor Lenard es mi médico — proseguí, sabiendo que sonaba cada vez más irritada porque Albert no me entendía—. Es el especialista que llevó mi caso después del accidente. ¡Es la persona que me ha estado tratando por mis migrañas durante los últimos seis meses!
Ambos leímos el artículo entero dos veces. Luego nuestras miradas se encontraron y el silencio se rompió.
—No se menciona que trate casos de traumatismo craneal —se atrevió a decir Albert en voz baja.
—Lo sé.
—De hecho, por lo que he leído diría que ya no trata a ningún paciente.
—Lo sé.
—Parece que se dedique más a los ensayos clínicos y a la investigación.
Guardé silencio.
—Es un buen artículo —dijo Albert finalmente, como si aquello fuera un consuelo.
—Gracias.
Me acerqué la revista como si quisiera leer el título otra vez, pero no hacía falta; se me había quedado grabado en la memoria: «Trastorno de personalidad múltiple: ¿una realidad médica o una ficción?". Y debajo, en cursiva y fuente más pequeña, había la firma de la autora: Candy White.
Continuara...
