Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
No recuerdo haber salido del edificio. Albert tomó el control: le devolvió las revistas a Patricia y luego me condujo tranquilamente hacia los ascensores. Entramos en uno y, mientras descendíamos hacia la planta baja, el resto de los ocupantes miraron hacia otra parte al fijarse en mi palidez cadavérica y en el brazo de Albert sujetándome por la cintura. Supongo que realmente tenía mal aspecto, pero seguro que no por lo que ellos podían imaginarse.
El aire frío del exterior me cortó la respiración y di una gran boqueada al inhalarlo, como cuando alguien que se está ahogando logra llegar a la superficie y respirar.
—Respira poco a poco —dijo Albert —. No hay prisa, tómatelo con calma.
Había adoptado automáticamente su rol profesional, ya que estaba preparado para tratar con alguien en estado de shock. Y supongo que «shock» era una descripción bastante acertada de mi estado.
De repente, las piezas del rompecabezas empezaban a encajar, pero, en lugar de la explicación aclaratoria que esperaba hallar, el puzle había salido mal y la imagen que revelaba me llenaba de terror.
—Todo es cierto. ¿Cómo es posible que sea cierto?
No me di cuenta de que hablaba en voz muy alta hasta que reparé en las miradas recelosas que me lanzaban los transeúntes. Debía de parecer algo desquiciada.
—Vamos princesa, salgamos de aquí — propuso Albert, y yo, aún aturdida, le permití guiarme hacia el aparcamiento subterráneo donde habíamos dejado el coche.
Me acomodó en el asiento como si fuera una niña pequeña, tras lo cual cerró la puerta del copiloto y rodeó el coche para subirse al asiento del conductor. Lo observé a través del parabrisas, preguntándome cómo podía aparentar tanta tranquilidad. ¿No debería estar llamando al hospital más cercano para que me internaran? Pero no parecía preocupado. A lo mejor estaba tan chiflado como yo. Encendió el motor y nos adentramos en las transitadas calles de Londres. Durante un rato permanecimos en silencio.
—Bueno, nos hemos llevado una sorpresita —dijo finalmente él para romper el hielo.
—Ese es el mayor eufemismo del siglo.
Pasaron otros diez minutos antes de que volviera a hablar.
—Estoy dando vueltas en círculo.
—Bienvenido a mi mundo —repuse yo sombríamente.
—No, Candy, estoy dando vueltas en círculo en sentido literal. Hemos pasado por este edificio cinco veces. ¿Adónde quieres ir ahora? ¿Todavía quieres visitar el otro piso y la empresa de ingeniería?
Me di la vuelta para mirar por la ventanilla con la esperanza de ocultar el abatimiento que reflejaban mis ojos.
— ¿Para qué? Los dos sabemos lo que encontraremos allí. No puedo estar viviendo en dos sitios a la vez ni compaginar dos trabajos. Creo que es hora de que deje de ser tan cabezota y empiece a escuchar lo que todos me están diciendo desde el principio.
Él apartó la vista de la carretera un segundo para echarle una ojeada al reloj.
—No es tan tarde. ¿Quieres que volvamos a Great Bishopsford esta noche?
Solté un suspiro de tristeza y barajé un momento las opciones que teníamos. Nuestro plan original era pasar la noche en Londres, ya que habíamos pensado que necesitaríamos bastante tiempo para explorar los dos lugares de la ciudad en los que al parecer residía y los dos sitios diferentes en los que supuestamente trabajaba. En mi estúpido optimismo, había imaginado que tras nuestra búsqueda terminaríamos pasando la noche en mi pisito, quizá compartiendo una botella de vino y comida para llevar, resolviendo al fin el misterio de mis recuerdos rotos. Pero era evidente que el día no acabaría así, y la idea de regresar y contarle a mi padre ese nuevo descubrimiento me resultaba demasiado dura.
—No quiero volver esta noche — afirmé con decisión—. Necesito tiempo para meditar sobre todo esto como es debido y para aclarar mis ideas antes de poder afrontar lo que venga después.
Albert asintió en señal de comprensión y me alegró que no insistiera en llevarme de vuelta a casa de mi padre.
—Me parece que esta noche es mejor que esté sola —aventuré yo.
Él siguió concentrado al volante mientras atravesábamos una calle estrecha antes de volverse hacia mí sonriendo.
—Claro que sí, estoy totalmente de acuerdo. Siempre que entiendas que mi concepto de «sola» incluye que yo no me aparte de tu lado. No tengo la menor intención de dejarte a solas esta noche, Candy.
Al final llegamos a un acuerdo.
Sí, nos quedaríamos en Londres y no regresaríamos; había demasiadas cosas en las que pensar.
Y no, no pasaríamos la noche en el único lugar de Londres que al parecer me pertenecía. Aún no me sentía lo bastante preparada para pensar en el piso victoriano como mi hogar, y creo que el hecho de que estuviera asociado con Terry hizo que Albert tampoco eligiera esa opción. Eso solo nos dejaba una alternativa: buscar un hotel.
Ya eran más de las seis de un viernes por la tarde en el centro de Londres, así que tuvimos suerte de poder alojarnos en el primer sitio que encontramos. Dejamos el coche en el aparcamiento del hotel y Albert llevó su maleta y la mía hasta recepción. Me quedé rezagada, con la mirada perdida en la tienda de regalos del hotel, mientras él preguntaba si tenían habitaciones libres.
Cuando regresó a mi lado unos minutos después, supe que había conseguido una reserva. Por primera vez, me vino a la cabeza una pregunta bastante obvia que había dejado totalmente de lado hasta ese momento: ¿habría pedido una habitación o dos? Mi duda se resolvió antes de que pudiera expresarla, ya que me puso en la mano una tarjeta de plástico y él se quedó con otra.
—Habitaciones contiguas —explicó él mientras yo examinaba mi tarjeta de acceso.
Le sonreí, pero no estaba segura de si sentía alivio o decepción.
Albert sugirió ir a comer algo en algún sitio tranquilo donde pudiéramos hablar sin interrupciones, y estuve de acuerdo. Comentó que cuando nos acercábamos al hotel había visto un pequeño restaurante italiano justo en la esquina, así que decidimos ir allí, pero me concedió quince minutos para refrescarme antes de volver a quedar en el pasillo.
Aproveché mi tiempo a solas para echarme agua fría en la cara y tratar de pasarme un peine por el pelo, que el viento me había dejado enmarañado. No había llevado mucho maquillaje; me retoqué lo mejor que pude y luego me senté en la cama a esperar que transcurrieran los minutos restantes. La habitación era bastante agradable, pero sosa como todas las de hotel, así que había poquísimas cosas que pudieran distraerme y evitar que mis incoherentes pensamientos se desbocaran.
El restaurante estaba a poca distancia a pie, situado en una calle secundaria a escasos minutos del hotel. Cuando pasamos por delante de la gran fachada acristalada en dirección a la entrada, miré hacia el interior y tuve la sensación de que ese lugar me resultaba extrañamente familiar. Me parecía haberlo visto antes. Mientras esperábamos a que el camarero nos confirmara si tenían mesas libres o no, supe por qué me era conocido.
— ¡La dama y el vagabundo!
Albert se miró los pantalones limpios y la camisa blanca que se había puesto y dijo:
— ¿Vagabundo? Debo decir que es todo un detalle. ¡No pensaba que tuviera tan mal aspecto!
—Tú no, tonto. El lugar.
Señalé con la cabeza la sala en la que estábamos, y era verdad: el dibujante muy bien podría haber hallado la inspiración para su diseño en ese restaurante. Habían colocado manteles a cuadros sobre íntimas mesas para dos, y encima de cada una de ellas reposaba una titilante vela roja cuya cera goteaba en el interior de una botella vacía de Chianti. Completaba la escena la melodía cantarina de un violín, la cual sonaba discretamente a través de unos altavoces disimulados.
Albert entendió a qué me refería y me brindó una amplia sonrisa, justo cuando el camarero se ofrecía a conducirnos hasta nuestra mesa.
—Si crees que voy a compartir mis espaguetis contigo, olvídalo. Y en cuanto a la última albóndiga... Me la comeré yo, seguro. ¡Tampoco te quiero tanto!
—Mientras no te pongas a cantar «Bella notte», no pasa nada —repliqué yo, acordándome de que era incapaz de afinar.
Y aunque los dos seguíamos sonriendo por nuestras bromas mientras nos dirigíamos a la mesa, no pude evitar darle vueltas a ese último comentario que había hecho Albert en un tono despreocupado.
No obstante, esos intercambios frívolos pretendían enmascarar el auténtico propósito de la velada, y una vez hubimos pedido fue imposible ignorar por más rato la realidad sobre la que teníamos que hablar.
— ¿Lo tienes todo algo más claro ahora que has tenido tiempo para reflexionar?
Tomé un largo sorbo de vino antes de contestar con la mayor sinceridad posible.
—No creo que «claro» sea la palabra adecuada. Si me estás preguntando si de pronto recuerdo los últimos cinco años del modo que todos decís que han ocurrido, no. Para mí, la única realidad sigue siendo la que te conté el otro día. La única diferencia entre entonces y ahora es que ahora sé que es imposible que las cosas hayan ido como yo creía.
Albert estiró ambos brazos y me cogió las manos entre las suyas.
—Eso ya es un paso muy importante. Al menos cuando vayas a ver al especialista estarás más dispuesta a escuchar cómo puedes recuperar tus auténticos recuerdos.
—Supongo —dije yo, aunque mi voz aún sonaba llena de un escepticismo que no lograba disimular.
— ¿Cuándo tienes cita, por cierto?
—A finales de la semana que viene.
Me pregunté si iba a ofrecerse a acompañarme, pero entonces recordé que Terry ya estaría de vuelta y, teniendo en cuenta que era mi prometido, sería él quien tendría que ir conmigo, no Albert. Me sorprendió no estar segura de si quería que Terry me acompañase. Si la elección dependiera solo de mí, ¿a qué hombre desearía tener a mi lado?
Albert me soltó las manos cuando llegó el camarero con nuestros platos, y yo tuve la extraña sensación de que me faltaba algo.
— ¿Sabes? Muchas de las cosas que creías que te habían pasado empiezan a tener mucho sentido, si lo piensas bien.
— ¿Ah, sí?
—Por supuesto.
Estaba claro que había pensado mucho en la cuestión. O quizá su mente policial no había podido dejar de buscar lo lógico y lo racional en una situación que parecía desafiar ambos conceptos.
Mientras devorábamos la deliciosa y humeante pasta y la fresca ensalada verde y dábamos cuenta de una botella del vino de la casa, sorprendentemente bueno, Albert encontró numerosas pruebas para racionalizar y clarificar hasta el más mínimo detalle de mi realidad imaginada.
—Pero ¿qué me dices de los detalles explícitos que sabía? Por ejemplo, ¿cómo conocía el nombre y el número de esa mujer de Recursos Humanos en Anderson's Engineering?
—Muy simple. Quizá en el pasado solicitaste un empleo allí y todos esos detalles quedaron almacenados en alguna parte de tu cerebro. En una ocasión, oí decir que una vez sabes algo nunca lo olvidas del todo.
Supuse que era factible, aunque parecía muy improbable. Intenté otro enfoque.
— Esta bien, ¿Pero por qué iba a inventarme algo tan horrible como mi padre muriéndose de cáncer?
Se detuvo un momento a considerarlo hasta que se le ocurrió una solución.
—Bueno, pueda ser porque lo obligaste a dejar de fumar hace muchos, muchos años, cuando éramos críos. Te aterrorizaba la idea de que muriera tras haber visto por la tele una campaña de concientización o algo así. Quizá ese miedo no desapareció nunca y quedó enterrado en algún lugar de tu mente.
Tenía sentido. Siempre había experimentado un odio irracional hacia el tabaco.
—Y, además —prosiguió Albert, claramente entusiasmado con su teoría —, es posible que se te metiera en la cabeza la idea de tener una segunda identidad completamente ficticia tras entrevistar al doctor Lenard para tu artículo.
Reí sin ganas.
—Eso explica por qué tenía su número en mi móvil.
También explicaba por qué creía haber visto un artículo sobre ese tema. Normal que me resultara familiar... Al fin y al cabo, lo había escrito yo.
— ¿Lo ves? —Exclamó Albert—. Cuando empiezas a analizarlo por partes, detalle a detalle, puede explicarse prácticamente todo.
Me Tomé unos segundos para asimilar sus palabras; de momento, no encontraba ningún fallo en su teoría. Pero aún quedaba un interrogante.
—Pero ¿por qué todo lo que creé era tan horrible? ¿Tan tétrico y trágico? ¿Por qué mi mente ideó la enfermedad de mi padre? ¿Y también la mía, ya puestos? ¿Por qué estaba sola y abandonada por todos? ¿Por qué no me inventé una segunda vida feliz?
Me detuve, consciente de que había omitido la mayor de todas las tragedias que había creado en mi imaginado mundo de pesadilla.
— ¿Por qué pensaba que tú habías muerto? Albert permaneció en silencio largo tiempo; tanto que, de hecho, pensaba que ya no contestaría.
—Puede que tu auténtica vida fuera, o es, mejor dicho, tu realidad perfecta. Ya la estabas viviendo, así que creaste una que era completamente opuesta. Y en cuanto a que yo hubiera... —dudó antes de pronunciar la palabra— muerto, quizá se debe a que no he formado parte de tu vida durante mucho tiempo. —Su voz estaba llena de tristeza—. Nos distanciamos; llevábamos muchísimo sin vernos. ¿Quizá simbolizaba la muerte de nuestra amistad?
«O a lo mejor significa mucho más que eso», pensé. Quizá mi subconsciente había comprendido algo que el resto de mí ser se había negado a admitir: que la vida sin Albert era como una muerte en vida y que soportarlo era el peor de los infiernos que una podía imaginar.
Se habían llevado los platos, y el vino que habíamos Tomado había atenuado la ansiedad que amenazaba con superarme cuando salimos de las oficinas de la revista. También Albert había bajado la guardia. No sabía si era consciente de que estaba jugueteando distraídamente con mi mano mientras hablábamos, pero la electricidad que sentí cuando sus dedos se entrelazaron con los míos fue algo real y físico. Debíamos de habernos dado la mano miles de veces; ¿por qué ese contacto me excitaba tanto ahora? ¿Por qué me dominaban de repente esos sentimientos? ¿Por qué si estaba comprometida con otro hombre?
—Dime, Candy, puesto que al parecer hemos resuelto parte del misterio, ¿qué explicación tenías tú para tu doble pasado?
Cogí un panecillo de la cesta del pan y empecé a moverlo entre mis dedos como si fuera una batuta.
—La verdad es que ninguna. Nada que tuviera mucho sentido.
Yo hacía girar el trocito de pan mientras mantenía la mirada fija en él, pues sabía que Albert seguiría insistiendo.
—Vamos, dime qué se te había ocurrido.
Tenía el colín entre el pulgar y el índice y le daba vueltas tan deprisa que sentía el calor que generaba.
—Es una tontería, en realidad.
—Te prometo que no me reiré.
El trocito de pan empezó a girar aún más deprisa.
—Pensaba que la noche del accidente había sucedido «algo», algo relacionado con el tiempo. Pensaba que la realidad... —Dudé; aquello sonaba muy estúpido ahora que lo decía en voz alta—. Que la realidad se había dividido en dos.
Se oyó un chasquido cuando el frágil colín se partió en dos. No me atrevía a mirar a Albert por temor a ver su reacción. Se había pasado toda la noche señalando pacientemente que no estaba loca, y yo pensé que mi teoría sobre lo que había ocurrido haría que volviera a dudar de mí.
— ¿Dividida en dos?
Por su tono no sabía si se mostraba incrédulo u horrorizado ante la idea.
—Sí, como si de alguna forma mi vida, y todas nuestras vidas, se hubieran... «Fracturado» en el momento del accidente.
— ¿Fracturado?
—Ajá. En una vida todos estábamos bien y las cosas seguían el curso previsto. Pero en la otra... pasaba justo lo contrario. Yo quedé desfigurada y a partir de entonces todo se estropeó. Y tú, bueno, tú...
—Morí.
Aquella palabra fue la gota que colmó el vaso. Levanté la vista y vi cuánto le había costado reprimir la risa al escuchar mi teoría. Le tiré los trocitos de pan al tiempo que a él se le escapaba una carcajada tan estruendosa que la mitad de los comensales se nos quedaron mirando asombrados.
—Cállate —le dije yo siseando, profundamente avergonzada por cómo estaba llamando la atención—. Solo era una teoría.
Finalmente, cuando dejó de llorar de la risa, consiguió controlarse lo suficiente para decir muy serio:
— ¡Y eso es lo que ocurre cuando te pasas toda la adolescencia leyendo novelas de Stephen King!
Salimos del restaurante de buen humor, cosa sorprendente teniendo en cuenta el trauma emocional del día. Acababa de empezar a nevar cuando emprendimos el corto camino de vuelta hacia el hotel, y los esponjosos copos blancos que caían a nuestro alrededor, combinados con las brillantes luces de Navidad colgadas en la avenida arbolada, otorgaban al lugar un aspecto mágico.
El suelo ya se estaba helando y Albert me cogió del brazo sin decir nada después de que me resbalara por segunda vez.
—Es culpa de los zapatos —protesté mientras él alargaba el brazo a la velocidad del rayo y me sujetaba antes de que hiciera el ridículo más espantoso —. Mi otro vestuario era mucho más sensato.
Albert decidió no recordarme que, en realidad, «mi otro vestuario» era imaginario, y en cambio comentó:
—No son los zapatos. Eres tú. Eres una torpe... Necesitas vigilancia constante.
—Bueno, ¿no se supone que ese es el trabajo de los policías? Vuestro lema es «proteger y servir», ¿no?
Albert rió.
—En realidad es el de la policía estadounidense.
—Mantengo mi idea —murmuré en el preciso instante en que volví a perder el equilibrio y por poco me estampo en el suelo.
— ¿En serio? Por lo que yo veo, ¡diría que apenas puedes mantenerte en pie!
Ambos reíamos aun cuando entramos en el hall del hotel, cálido y bien iluminado. Nos despedimos en el pasillo que daba a nuestras habitaciones contiguas, pero antes de desearle buenas noches le di un fuerte abrazo.
—Gracias por haberme acompañado hoy —le susurré al oído—. Estaba equivocada; no podría haberlo hecho sola. Me alegro muchísimo de que hayas venido.
Él respondió con una sonrisa llena de dulzura, y después se inclinó y me besó suavemente en los labios. Yo me eché hacia atrás, un poco sorprendida, pero aunque sus ojos transmitían una calidez infinita, no ardía en ellos ningún fuego. Era un beso que venía a decir: «De nada, no te preocupes, para eso estamos». Era del todo apropiado y absolutamente inocente. ¿Por qué entonces, tras deslizar nuestras respectivas tarjetas en las ranuras y entrar en nuestras habitaciones, deseaba que ese beso quisiera decir algo muy distinto?
Pensaba que tardaría una eternidad en dormirme, que le estaría dando vueltas y vueltas a los sucesos del día y a sus consecuencias. Pero la combinación del vino de la cena y un puro agotamiento nervioso debieron de apoderarse de mí, ya que me quedé rendida a los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada. Y durante varias horas dormí profunda y tranquilamente.
Y entonces todo cambió abruptamente, de esa forma extraña típica de los sueños. La playa había desaparecido, así como mi padre. Había retrocedido en el tiempo hasta la noche del accidente de coche, solo que esa vez no era Terry quien había visto el coche dirigiéndose directo hacia nosotros, sino yo.
Sabía lo que debía hacer, pero cuando abrí la boca para advertirles a gritos no me salió ninguna palabra, ningún sonido. Traté frenéticamente de llamar la atención de todos, pero cada uno estaba enfrascado en una conversación con alguien de la mesa y, a pesar de mis gesticulaciones histéricas, nadie excepto yo se daba cuenta del peligro inminente. Los camareros nos servían la comida o nos rellenaban las copas de vino mientras la muerte se precipitaba hacia nosotros a cien kilómetros por hora.
Y entonces fue cuando vi algo incongruente en la pared que tenía detrás: un gran botón rojo de emergencia. Descargué un puñetazo encima y el ruido de una alarma llenó la sala, pero nadie se movió. Me esforcé por levantarme de la silla, pero estaba tan atrapada por la mesa como lo había estado aquella noche. ¿Por qué no oían la alarma? El ruido era casi ensordecedor; sin embargo, mis amigos permanecían ajenos a todo, esperando sentados a la muerte.
A medida que el coche se acercaba reviví el momento que me había perseguido en sueños tantas veces durante los últimos cinco años y, entonces, por fin recuperé la voz. Chillé varias veces y solo paré cuando el ruido de cristales rotos estalló a mi alrededor.
Solo que no había sido cristal; se trataba de la porcelana del pie de mi lámpara de mesa, la cual había derribado con el brazo.
Me incorporé mientras oía el martilleo atronador de mi corazón y esperé a que se me estabilizara el pulso. Pero no disminuía; más bien al contrario, era cada vez más rápido. A medida que iba recuperando del todo la conciencia, oí a Albert que me llamaba, a la vez que aporreaba la puerta con tanta fuerza que podría haberla echado abajo.
Aún medio dormida, saqué las piernas de la cama y me levanté, pero volví a sentarme bruscamente cuando un fragmento de porcelana me perforó la planta del pie. Solté un juramento en voz alta y gateé por encima de la cama para abrir la puerta antes de que Albert despertara hasta el último huésped del hotel.
Menudo espectáculo habríamos ofrecido a cualquier persona que por casualidad hubiera pasado por el pasillo a las dos de la madrugada. Por suerte, no había nadie cerca que pudiera ver a Albert, despeinado y a medio vestir, en el umbral de mi puerta. Al menos se había Tomado el tiempo de ponerse unos pantalones, pero advertí que, al igual que yo, también iba descalzo.
Entró decidido en mi habitación.
— ¿Estás bien? Te he oído gritar.
Rastreó la habitación con la mirada en busca de la causa de mis gritos de terror. Albert había sonado claramente alarmado, lo cual me pareció raro; ¿acaso los policías no están entrenados para mantener la calma ante una situación de emergencia?
—He tenido una pesadilla —dije sucintamente, yendo a la pata coja hasta el único sillón de la habitación para evitar apoyar mi pie herido en el suelo.
Él emitió un suspiro de alivio.
—Dios mío, ¿eso es todo? Pensaba que te estaban asesinando. Y cuando oí el ruido de algo que se rompía...
—He tenido un pequeño percance con la lámpara.
—Candy, ¡estás sangrando! ¿Qué ha pasado?
Volví a preguntarme si no se habría equivocado de trabajo. Sus dotes deductivas parecían mermadas, por no decir otra cosa.
—He pisado uno de los trocitos de la lámpara rota con las prisas por llegar a la puerta antes de que la echaras abajo.
Debí de parecerle una desagradecida, pero aún era esclava de mi pesadilla y me dolía mucho la herida. Llegó a mi lado en un abrir y cerrar de ojos y con suavidad me apartó las manos del pie.
—Deja que le eche un vistazo.
Apoyé con delicadeza mi pie izquierdo en su mano extendida, preparada para encogerme de dolor cuando me tocase, pero fue muy cuidadoso mientras me sujetaba el talón y examinaba la herida, que aún sangraba copiosamente.
—Vamos a limpiar esto —anunció irguiéndose—. Creo que no hay nada dentro del corte, pero necesitaremos más luz para estar seguros.
Antes de que me diera cuenta de lo que pretendía hacer, Albert ya se había inclinado y me había cogido en brazos para llevarme al baño.
—Puedo andar —protesté—. O cojear.
Hizo caso omiso de mi comentario, abrió la puerta del lavabo de una patada y encendió la luz. Mientras miraba alrededor en busca de un sitio donde depositarme, yo era muy consciente de la sensación desconocida, aunque no desagradable, de estar apoyada en su pecho desnudo. Menos placentero fue percatarme de que mi camisón era increíblemente corto y que, a consecuencia de mi pesadilla, se pegaba a mi cuerpo empapado de sudor de modo revelador. Intenté tirar del dobladillo para cubrirme, pero solo logré dejar más a la vista. Por suerte, Albert tenía centrada toda su atención en mi herida.
Me dejó en el borde de la bañera y usó la regaderilla de la ducha para rociarme agua en el pie y en el tobillo lentamente. Al principio me ardió un poco, pero no me atreví a moverme demasiado, ya que quería mantener el poco recato que me quedaba con una pierna subida al borde de la bañera. Nunca antes había necesitado ropa interior con tanta urgencia.
Bajo la relajante acción del agua y las luces fluorescentes del baño, Albert estudió con minuciosidad la herida y, tras determinar que estaba limpia y sin trozos de porcelana, presionó firmemente el corte para restañar la hemorragia. El baño era minúsculo, sin duda pensado para un solo ocupante, así que estábamos muy cerca el uno del otro; tan cerca que oí cómo su respiración, en lugar de calmarse ahora que el pánico inicial había pasado, empezaba a acelerarse. Entonces supe que no era la única que era consciente de lo íntimo del momento. Con su pulgar presionando aún el corte, sus dedos acariciaban mi tobillo lentamente, trazando círculos casi imperceptibles. No sabía si se daba cuenta de lo que hacía o si su caricia era deliberada, pero no ayudaba a que mi corazón recuperara su ritmo normal.
Algo nuevo estaba pasando ahí, y hasta el mismísimo aire de la pequeña estancia parecía vibrar de forma excitante e imprevisible. Albert levantó la vista y en sus ojos había algo que no había visto nunca antes, aunque él también debió de percibirlo, ya que mi cara reflejaba lo mismo. Pareció que el tiempo se detenía y permanecimos atrapados por su intensidad, sin atrevernos a hablar ni a movernos por miedo a romper la frágil atmósfera que nos rodeaba.
—Albert —dije en voz baja e insegura, alargando una mano para tocarle el pecho. Las puntas de mis dedos permanecieron allí tan solo un instante, lo justo para notar sus fuertes latidos reverberando contra ellos, y entonces él sacudió la cabeza como si negara lo que ocurría y se levantó bruscamente. Tardó bastante más de lo necesario en poner la regaderilla en su soporte y cerrar el agua, pero cuando se volvió y me miró de nuevo, ese «algo» en sus ojos había desaparecido, como si el fugaz momento que habíamos vivido no hubiera ocurrido jamás.
—Creo que ya ha dejado de sangrar, pero seguramente deberías ponerte una tirita, si tienes. —Claro.
Me dejó a solas para que me secara el pie y me vendara la herida y mientras tanto regresó al dormitorio y se puso a recoger metódicamente todos los fragmentos de porcelana que había en la alfombra. Le observé en silencio desde la puerta del baño, fascinada por cómo se le marcaban los músculos de los brazos y los de la espalda mientras realizaba su tarea. Tenía tantas ganas de tocarle que casi me dolía físicamente. Entonces supe que lo que sentía por él nada tenía que ver con la amistad. Sin embargo, veía claramente que Albert no sentía lo mismo. Fuera cual fuese el territorio en el que casi nos habíamos aventurado unos pocos minutos antes, a Albert no le había gustado. Si forzaba la situación, podría perderle para siempre, y no me veía capaz de volver a pasar por aquello.
Continuara...
Gracias a todas las que siguen la historia.
Se que todo cada vez es mas confuso, pero todo tiene un propósito. Espero me sigan leyendo pese a esta loca historia.
Se les quiere much
