Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy.
Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi
—Ya estuvo —dijo él enderezándose—, creo que ya no queda nada, pero mira por dónde pisas.
—Gracias —respondí yo en un tono algo apagado, aunque no sé si lo percibió.
Lo que sí vio fue mi estremecimiento repentino e involuntario debido al frío que tenía. Se me acercó y me rodeó los hombros con el brazo.
—Madre mía, Candy, estás helada. ¿Tienes alguna bata o algo para ponerte encima? Meneé la cabeza. Solo había llevado lo esencial y desde luego no había previsto tener compañía en mitad de la noche.
—Bueno, mejor que te metas otra vez en la cama antes de que cojas un resfriado.
Me cubrí con las sábanas, agradeciendo más el cobijo que proporcionaban que el calor. Para mi sorpresa, Albert no parecía tener ninguna prisa por volver a su habitación y se sentó a mi lado, sobre la colcha de la cama.
—Dime, ¿de qué iba esa pesadilla? La que te ha hecho destrozar la habitación como una estrella del rock.
—No ha sido nada —dije yo con media sonrisa.
—Pues a mí no me lo ha parecido. Me has asustado mucho, que lo sepas.
Le miré a la cara y supe que decía la verdad.
—Lo siento —me disculpé, sin saber muy bien si lo hacía por haberle preocupado, por lo que había pasado en el baño o por todas las extralimitaciones pasadas y futuras—. Era un sueño recurrente que tengo sobre la noche del accidente de coche.
— ¿Te pasa a menudo?
Asentí tristemente.
— ¿Desde el accidente?
—Desde que moriste —le corregí.
Entonces enmudecimos, pues nos quedamos momentáneamente sin palabras.
—Pero ¿por qué sigues soñando con eso? —Preguntó Albert de pronto, dándose la vuelta para verme mejor la cara—. ¿Por qué ahora, si ya sabes que en realidad no ocurrió así?
—No lo sé —dije meneando la cabeza con desconsuelo.
Pero entonces se me ocurrió algo, una cosa muy obvia: desconocía lo que había pasado de verdad aquella fatídica noche. Fue entonces cuando la realidad se dividió en dos reinos distintos para mí. A lo mejor cuando entendiera lo que había sucedido, mi segunda vida imaginaria perdería su entidad y desaparecería como el espejismo que todos decían que era.
—Cuéntamelo todo. Cuéntame lo que recuerdas de esa noche, desde que nos sentamos a la mesa.
Albert detectó en mi voz mi necesidad de saber, pero antes de empezar me rodeó los hombros con el brazo, como si quisiera protegerme de la verdad en caso de que acabara siendo dolorosa.
Su historia era tal como la recordaba yo. Incluso evoqué de nuevo la sensación de compañerismo y amistad a través de sus recuerdos. No le interrumpí en ningún momento hasta que mencionó el penique que me había dado.
— ¡Lo guardé! —Grité sin querer, antes de puntualizar—: En mi otra vida, me refiero. Lo guardé en mi joyero. No era capaz de tirarlo, representaba mi último vínculo contigo.
Él sonrió, pero no dijo nada. Y entonces recordé algo más.
—Y habíamos quedado para el día siguiente. Ahora me acuerdo. Me pediste que fuera a tu casa y sonabas muy misterioso al respecto. Pensé en eso durante años; ¿de qué querías hablarme?
¿Era la luz o se había sonrojado por mi pregunta?
—Ah, no lo sé. Ha pasado tanto tiempo...
Lo dejé pasar sin comentar nada, ya que no quería desviarlo de su relato. Pero no pude evitar preguntarme por qué acababa de mentirme.
La historia siguió siendo fiel a mis recuerdos hasta que llegamos al instante en que todos empezamos a salir corriendo de la mesa para escapar del coche.
—... y todos conseguimos apartarnos de la ventana antes de que el joven se estrellara contra ella.
—Pero yo estaba atascada. No podía salir, había una silla bloqueándome el paso. ¿No fue así?
Se quedó un momento en silencio y casi pareció que sopesaba qué contarme.
—Pasó todo tan rápido que es difícil de decir. Puede que tú fueras la última en ponerte a salvo.
Albert estaba omitiendo algo y yo no pensaba pasarlo por alto.
—No. Yo no fui la última. Mi padre dijo que tú acabaste herido, así que está claro que aún estabas cerca de la ventana cuando el coche se estrelló. ¿Qué pasó?
Entonces comprendí por qué se mostraba reacio a contármelo.
—Pasó tal como yo lo recuerdo, ¿verdad? Tú volviste a por mí y me pusiste a salvo.
Parecía extrañamente avergonzado de reconocerlo.
—Nos ayudamos entre todos.
Sacudí la cabeza. Aún lo recordaba claramente: todo el mundo se había apartado, todo el mundo estaba a salvo, todo el mundo menos yo. Sin embargo, uno de ellos regresó para rescatarme.
—Me salvaste la vida.
Durante un momento pareció que iba a continuar negándolo, pero detectó la certeza en mi voz y optó en cambio por el humor.
—No podía dejar que murieras y te llevaras mi penique de la suerte.
No iba a permitirle que restara importancia a lo sucedido.
—Me salvaste la vida.
En su siguiente respuesta no hubo rastro de frivolidad; fue honesto cuando me contestó.
— ¿Cómo querías que no lo hiciera? No sabía qué decir.
No hay palabras que puedan expresar esa clase de gratitud ni forma de pagar una deuda así.
—Y acabaste herido.
Levanté la mano para apartarle el pelo que le cubría la frente y quedó a la vista una pequeña cicatriz dentada que descendía desde el nacimiento del pelo hasta el ojo.
—Se parece mucho a la mía —dije, asombrada—. La que creía que tenía — me corregí—. Pero la mía era más profunda y larga. —Dejé que mi dedo recorriera su cicatriz—. La mía bajaba así —mi dedo acarició su mejilla, enganchándose ligeramente con su barba hirsuta— y terminaba aquí.
Mi dedo siguió recorriendo el trazo de la cicatriz que recordaba, pero, en vez de detenerse donde terminaba en realidad, continuó bajando hasta su boca y se posó en sus labios entreabiertos.
Saltaron chispas entre nosotros. De repente, el momento del baño se volvió insignificante comparado con aquella atmósfera cargada de electricidad.
Lentamente, muy lentamente, él atrapó las puntas de mis dedos entre sus labios y me rozó con la lengua las sensibles yemas. Un estremecimiento de excitación me recorrió todo el cuerpo.
Y de repente estaba entre sus brazos. No sabría decir quién se lanzó primero; podríamos haber sido cualquiera de los dos. De lo único que era consciente era de la intensa pasión de su beso y de su cuerpo fuerte pegado al mío.
El tiempo se detuvo a medida que nos besábamos con más desesperación y el ardor de nuestra pasión fusionaba nuestros cuerpos con una intensidad que me dejó atónita. Su mano tembló levemente cuando me deslizó el camisón por los hombros; se le notaba indeciso, pero no tenía por qué estarlo. Yo quería que pasara eso tanto como él, incluso puede que más. Y entonces tuve una revelación y lo vi claro: por fin reconocí que llevaba años esperando y deseando ese momento y que había estado demasiado ciega para darme cuenta.
Mientras sus labios y sus manos recorrían mi piel se me escapó un murmullo gutural de placer. No podía creerme el intenso deseo que me embargaba y la naturalidad con la que estaba reaccionando a sus caricias. No se parecía a nada que hubiera experimentado antes.
Apartamos las sábanas con los pies y no sentí ninguna vergüenza al estar desnuda delante de él. Dada nuestra larga amistad, aquello podría haberme parecido inadecuado y hasta vagamente incestuoso, pero pensé que era lo más increíble que había sentido nunca. Nuestra respiración agitada desgarró el silencio de la habitación y el temblor que recorrió el cuerpo de Albert cuando se puso encima de mí me estremeció intensamente.
Fue muy humillante para mí haber tardado tanto en entender lo que estaba pasando. Mis dedos aún se peleaban con la hebilla de su cinturón cuando él bajó la mano, me rodeó la muñeca y la apartó. Mi pasión vehemente se apaciguó un poco y pude fijarme en su cara. El fuego se había extinguido casi del todo y en su lugar había aparecido una determinación de hierro. Estúpidamente, me negué a aceptar que se apartara de mí y le besé otra vez en la boca; estaba segura de que él reaccionaría, encendiendo de nuevo su deseo.
Pero ese deseo había desaparecido; se había apagado. No me importaba por qué intentaba alejarse de mí, tan solo deseaba que siguiera.
—No pares, por favor, no pares —le supliqué yo abandonando todo orgullo.
Le sostuve la mirada fijamente y, de hecho, capté el instante en que los últimos vestigios de deseo se extinguían en la inmensidad azul de sus ojos. Se incorporó con un movimiento rápido y decidido y se sentó en el borde de la cama medio dándome la espalda.
—No puedo hacerlo, Candy. ¿No lo entiendes?
Estaba claro que no lo entendía. Me negaba a aceptar su rechazo, así que intenté abrazarle de nuevo, sin ningún pudor, para que volviera junto a mí, pero él se mantuvo frío, firme e inamovible como una roca.
Sin darse la vuelta para mirarme, recogió mi camisón del suelo y me lo lanzó.
—Tápate.
Aquella palabra atravesó mi deseo y me perforó el corazón. Cogí la prenda de algodón y me apresuré a ponérmela; me sentía humillada y sucia. Me había abalanzado sobre él, no había otro modo de describirlo; le había suplicado literalmente que me poseyera y él me había rechazado. ¿Qué más tenía que hacer para dejarlo claro? Sí, ya sé, él había reaccionado al principio, pero ahora me daba cuenta de que solo había sido la respuesta instintiva de un hombre cuando una mujer pretende seducirle. Una reacción fisiológica, tan solo eso.
Pero ni siquiera el deseo puramente físico había bastado para que continuara. Era un hecho frío e innegable: Albert nunca me había deseado de aquella forma, ni en el pasado ni en el presente, y acababa de quedar como la mayor idiota del mundo al arrojarme sobre él como una mujer fatal de pacotilla en una novela de mal gusto.
—Será mejor que te marches —dije en voz baja y temblorosa, dándome cuenta de que estaba a punto de ponerme a llorar.
La rapidez con que me obedeció me confirmó la verdad: no veía el momento de largarse. Se detuvo solo un segundo en la puerta, se dio la vuelta y me echó una mirada larga y dura. —Lo siento muchísimo, Candy. Perdóname, por favor.
—Su voz sonaba realmente atormentada, pero antes de que se me ocurriera qué responderle ya había abierto la puerta y desaparecido.
¿Que lo sentía? ¿Era él quien lo sentía? ¿Por qué carajos debería pedirme perdón? Era yo la que tendría que haberse disculpado. Era yo la que al parecer era incapaz de controlar sus emociones y a la que debían recordarle que lo que había hecho estaba totalmente fuera de lugar.
¿De qué podía culpar a Albert? De nada, excepto de no desearme. Y no me extrañaba que así fuera, ya que en ese momento me sentía la criatura más despreciable y repugnante que jamás hubiera hollado la faz de la Tierra.
Otra noche que me pasé llorando; se estaba convirtiendo casi en un hábito. Si a la mañana siguiente Albert se percató de mis ojos enrojecidos, fue demasiado educado para mencionarlo. Él tampoco tenía muy buen aspecto cuando nos vimos en el pasillo a la hora que habíamos convenido la noche anterior. Por supuesto, eso había sido durante la parte civilizada de la velada, antes de que me entrara la locura en mitad de la noche y actuara de una forma que seguramente había menoscabado nuestra amistad para siempre.
Al despertarme incluso había albergado la patética esperanza de haberlo soñado, que nada había pasado de verdad y que nuestra amistad no se había visto afectada irremediablemente. Pero cuando volví la cabeza observé los restos de la lámpara rota y supe que estaba tan dañada como mi relación con Albert.
Cuando le vi esperándome en el pasillo me quedé en el umbral de la puerta, dudando. No sabía qué decirle, pero, por suerte, parecía que a él le pasaba lo mismo.
—Solo quiero volver —respondí de inmediato.
Algo brilló en sus ojos, pero se limitó a asentir con la cabeza, como si fuera lo que esperaba oír. Tomó la bolsa de mis manos y se encaminó hacia los ascensores.
—Vámonos, pues.
Seguramente en mi vida habré hecho viajes en coche en los que me haya sentido incómoda, pero sin duda ese fue uno de los peores. Había una tensión imposible de ignorar. Se sentó junto a nosotros como si fuera un tercer pasajero durante todo el trayecto desde Londres hasta Great Bishopsford. Al final desistimos de conversar y preferimos fingir que el silencio que compartíamos era agradable y no crispado e incómodo. Pero nos estábamos engañando. Por primera vez en... bueno, en toda la vida, no podía hablarle a Albert con libertad y soltura. La presión por no abordar el tema sobre el que ambos no dejábamos de pensar era monumental. Y, aun así, los kilómetros iban pasando y ninguno se atrevía a comentarlo. Por suerte, cuando finalmente dejamos atrás el cartel que anunciaba Great Bishopsford ya no quedaba tiempo para hacerlo.
Mientras maniobrábamos por las conocidas calles no veía la hora de salir del coche, ya que tenía la esperanza de que cuando bajara del vehículo me olvidaría de los estragos de la última noche. Y, entonces, cuando creía que era imposible que el día empeorara más, lo hizo.
Tomamos la última curva y allí, aparcado justo enfrente de mi casa, había un coche de carrocería baja y elegante.
—Genial —musitó Albert, subiéndose al bordillo y aparcando detrás.
Apagó el motor y me miró directamente a la cara por primera vez desde la noche anterior.
—Candy, quería decirte... explicarte...
Meneé la cabeza.
—No digas nada, por favor. No hace falta.
Alargó el brazo y me agarró la mano; una parte de mí quería echarse hacia atrás y romper ese contacto y otra parte, mucho mayor, quería quedarse así para siempre. Notó que me temblaba la mano cuando me tocó y malinterpretó mi reacción.
—Sé que ahora mismo debes de odiarme —prosiguió—, pero, por favor, dame una oportunidad para...
No pude oír qué pretendía hacer o decirme con esa oportunidad, pues en aquel momento Terry, que parecía muy impaciente, abrió de par en par la puerta del copiloto. Vio que Albert me estaba cogiendo de la mano, aunque yo la retiré como si me estuviera quemando. Adelantándome a cualquier comentario, bajé del coche a toda prisa.
—Terry, ¿qué haces aquí? Pensaba que estarías en Alemania tres días más.
Terry me envolvió en un abrazo, aunque creo que lo hizo más por Albert que por mí. Para cuando me soltó, este también había salido del coche.
—Me di prisa para terminar lo antes posible; pensé que me necesitarías aquí contigo. Pero veo que te has buscado... algún sustituto.
En serio?, otra vez igual. Esa antigua rivalidad adolescente que tanto me había fascinado en el hospital ahora solo me parecía mezquina e irritante.
—Albert fue muy amable al sacrificar su día libre y llevarme a Londres. Tenía que poner en orden muchas cosas y él se ofreció a acompañarme.
Terry levantó la mirada y se encontró con la de Albert, al otro lado del coche.
—Y su noche, claro. También sacrificó su noche libre.
Hasta entonces Albert no había mordido el anzuelo, pero notaba la tensión llena de testosterona arremolinándose a mi alrededor como un tornado en miniatura.
—Anoche era demasiado tarde para volver, así que buscamos un hotel y nos quedamos allí. Papá ya sabía qué planes teníamos.
Terry asintió con la cabeza y yo me pregunté cómo habría reaccionado al llegar allí y saber por mi padre que Albert y yo habíamos pasado la noche fuera juntos.
—Tuvimos suerte de encontrar un sitio con dos habitaciones libres con tan poca antelación —añadí.
Me di cuenta de que hablaba atropelladamente. Me enojó ese empeño excesivo por justificar mis actos, por mucho que Terry, en calidad de prometido, tuviera todo el derecho del mundo a preguntarme dónde había estado. También me avergonzó tener que mentirle.
—No hemos hecho nada de lo que arrepentirnos —le aseguré a Terry, alejándome del coche de Albert y encaminándome hacia casa.
—Estoy seguro de que no —repuso, y aunque sus palabras daban a entender que no lo había dudado ni por un instante, la mirada que le echó a Albert decía algo muy distinto—. ¿No vas a entrar? —le preguntó al pasarle mi bolsa de viaje.
Yo me detuve a medio camino; había dado por hecho que los dos me estaban siguiendo al interior de la casa.
—No, esta vez no. Tengo cosas que hacer. Y seguro que querrás pasar un rato a solas con Candy. Tiene muchas cosas que contarte.
Sentí que me subían los colores. «No te pongas roja; por el amor de Dios, Candy, no te pongas roja.»
Terry miró a Albert y luego a mí y apenas pudo disimular una expresión de sospecha, aunque pretendía mostrar curiosidad.
—Sobre la revista —añadió Albert, a punto de subirse otra vez al coche—. Chao, Candy.
Yo quería salir corriendo hacia él, lanzarme a sus brazos y rogarle que no se marchara. Qué absurdo. Completamente absurdo. Por supuesto, no hice nada de eso y mis pies permanecieron anclados al suelo como si estuvieran cubiertos de cemento. Pero no me gustaba lo definitiva que había sonado la despedida de Albert, no me gustaba ni un poco.
Mientras Terry pasaba junto a la puerta abierta del conductor para reunirse conmigo, Albert alargó una mano y le detuvo. Habló en voz baja porque seguramente no quería que yo escuchara lo que decía, pero en la calle reinó un silencio repentino y pude oír claramente su ruego:
—Cuídala, Terry. Han sido veinticuatro horas muy duras.
Decir que mi padre pareció aliviado al verme entrar por la puerta sería un eufemismo. Yo sabía que en buena parte era por su instinto natural a preocuparse por mí, pero una parte aún mayor se debía a que ahora podía endosarme la carga que suponía entretener a Terry. Deduje que habían sido unas horas bastante duras para ambos mientras nos esperaban a Albert y a mí.
—Ha estado yendo de un lado a otro del salón como un león enjaulado —me susurró papá en nuestra acogedora cocina mientras preparábamos juntos el té y unas tostadas.
En realidad no tenía mucha hambre, pero había sido la excusa perfecta para escabullirme a la cocina y averiguar qué había pasado cuando se presentó Terry y se enteró de que no estábamos.
—Siento que hayas tenido que aguantarlo. La verdad es que no sé por qué está tan furioso.
Mi padre dejó de colocar las tazas y las cucharas en la bandeja, se dio la vuelta y me observó detenidamente. No dijo nada; se limitó a mirarme.
— ¿Qué? —Pregunté yo haciéndome la tonta—. ¿Qué?
Mi intento por aparentar despreocupación se fue al traste a causa del rubor que me coloreó las mejillas. Y cuanto más me miraba de esa forma, como un padre que conoce muy bien a su hija, más roja me iba poniendo. No sé qué sabía exactamente, o qué sospechaba, pero no creo que se alejara mucho de la verdad.
—Ten cuidado, Candy, o alguien acabará herido. —Luego suavizó su comentario rodeándome con el brazo y estrechándome contra él—. Y no quiero que seas tú.
Después de haber dado buena cuenta del té y de las tostadas, Terry y mi padre parecían estar de mejor humor, así que me pidieron que les contase todo lo ocurrido en Londres. Estuve un buen rato entreteniéndoles con el relato completo de las últimas veinticuatro horas, omitiendo todo lo que había pasado la noche anterior. Estaba bastante segura de que nadie querría oír esa triste historia, sobre todo yo.
Cuando terminé hubo una larga pausa mientras ambos asimilaban lo que les había contado.
— ¿O sea que ahora ya te acuerdas de todo? —insistió Terry, esperanzado.
—No, no. Para ser sincera, no recuerdo nada. Pero supongo que al menos ahora sé qué cosas no han pasado.
La decepción de Terry fue evidente, y me pregunté si no me estaría culpando a mí de la situación en la que estaba. Parecía creer que yo no me esforzaba lo suficiente en recordar y que, si me concentrara un poquito más, todos los recuerdos me vendrían rápidamente a la memoria.
—No pasa nada, cariño —dijo papá, dándome un pequeño apretón en la mano para tranquilizarme—. Aún es pronto. Al menos ahora podrás partir de algo positivo cuando vayas a ver al médico de la amnesia esta semana.
—Sí, eso mismo dijo Albert.
La cara de Terry se contrajo de irritación al oírlo, pero permaneció en silencio.
Se le veía muy contento, pero me costó no protestar cuando cogió varios álbumes enormes y una caja con recuerdos que había junto al sofá y los puso sobre la mesita que tenía delante.
Considerando los acontecimientos recientes, no le faltaba razón.
Llevaba unas cuantas páginas del primer álbum cuando la puerta principal se cerró con suavidad. Terry se deslizó junto a mí en el sofá, me quitó el álbum de las manos con delicadeza y me rodeó con los brazos, acercándome hacia sí.
—Olvidémonos de las fotos antiguas un rato, ¿sí? Creo que conozco una forma mucho mejor de ayudarte a recordar.
Y antes de que pudiera decir algo para pararle, o pensar siquiera si deseaba hacerlo, ya me estaba besando en la boca, haciendo lo posible para que yo reaccionara. Y, tras un momento de vacilación, lo hice. Quizá eso era precisamente lo que necesitaba para activar mi memoria. Tal vez no solo en los cuentos de hadas el beso del príncipe podía devolverle la vida a la princesa durmiente. Y Terry, con su atractivo y su absoluta confianza, reunía las condiciones necesarias para excitar hasta a un maniquí, y no digamos ya a la mujer que llevaba siete años recibiendo esos besos.
Y mientras sus labios besaban los míos y sus manos me recorrían posesivamente la espalda de arriba abajo, sí que recordé. Recordé lo profundamente enamorada que estaba de él siendo adolescente, lo mucho que significaba para mí entonces. Recordaba a Terry del mismo modo que todas las mujeres del mundo recuerdan ese primer amor que nunca se olvida. Pero también recordé la brutalidad con que lo había echado de mi vida cuando murió Albert. Y lo que recordaba con mayor claridad era que, a pesar de que romper con Terry me hizo daño, ese dolor era insignificante en comparación con el tormento que me causó perder a Albert. Y si al final resultaba que esos sucesos solo habían ocurrido en mi imaginación —y las pruebas que tenía al respecto eran ya bastante convincentes—, no hacía falta ser psicólogo para entender el mensaje que intentaba mandarme mi subconsciente.
No le rechacé, pero tampoco me salió responder como él quería.
— ¿Candy? —me murmuró al oído, deteniéndose a mordisquearme cariñosamente el cuello y haciendo que me estremeciera, a mi pesar.
Se echó atrás para contemplar mi rostro y vi el deseo reflejado en el suyo.
— ¿Me estoy pasando? ¿Quieres que pare?
Asentí con la cabeza y, por suerte, él lo entendió. Me di cuenta del esfuerzo que tuvo que hacer para recuperar la compostura y me sentí culpable por haberle dado falsas esperanzas. Me pregunté si Albert se habría sentido así la noche anterior. Los hilos que unían el tapiz de nuestras vidas parecían entrelazarse irónicamente.
—A lo mejor podríamos echar un vistazo a las cosas que ha preparado mi padre —sugerí yo sin mucha convicción.
—Si eso es lo que quieres... — accedió él, aunque añadió en voz baja —: Pero no creas que voy a dejarte en paz tan fácilmente.
Estaba convencida de que lo había dicho a modo de promesa; ¿por qué, entonces, no lograba sacudirme la sensación de que sus palabras sonaban más bien a amenaza?
Después de tres álbumes y varias horas, no estaba más cerca de recordar los últimos cinco años, pero sí aburrida de mirar fotos de mí misma junto a gente que no conocía en sitios donde nunca había estado. Aunque Terry me proporcionó gran parte de la información que me faltaba, había un sinfín de fotografías de mis días de universitaria que continuaban siendo un misterio.
—Parece que me lo pasé bien — proclamé, cogiendo una foto del montón.
En ella, yo aparecía con varios amigos, todos agarrados de los hombros, con botellas de cerveza en las manos y dirigiendo una sonrisa amplia y achispada a la cámara.
—La universidad estuvo bien — convino Terry, y luego rompió mis defensas al inclinarse hacia mí y plantarme un beso en los labios—. Pero fue duro estar tan lejos de ti durante tres años. Las cosas van mucho mejor ahora.
Supuse que en eso tendría que fiarme de su palabra. Y era imposible no admirar la confianza inquebrantable que demostraba.
— ¿Y cómo nos las arreglamos para que funcionara una relación a distancia?
Una expresión fugaz asomó a sus ojos... ¿Un atisbo de duda, quizá?
—Bueno, aún seguimos juntos, así que no debimos de hacerlo tan mal.
Percibí en su voz cierta indecisión, y entonces trató de distraerme con un recurso de los suyos.
—Y ahora estamos prometidos — declaró con una satisfacción innegable.
—Y ahora estamos prometidos — repetí yo con la voz llena de una emoción muy distinta.
— ¿Seguro que no quieres venir con nosotros, George? Nos gustaría mucho que nos acompañaras.
Las palabras fueron educadas, pero me pregunté si mi padre se habría dado cuenta de que la invitación no era del todo sincera. Por cómo le tembló el párpado, supe que lo había captado perfectamente.
—No, no, vayan ustedes y diviértanse. No quiero ser un estorbo y estropearles la cena. Además, tengo que prepararte el cuarto de invitados.
Muy buena, papá, genial.
Terry no comentó nada hasta que estuvimos seguros en el interior de su coche.
—Así que va a desterrarme otra vez al cuarto de invitados, ¿eh?
Intenté no sonreír, pero noté que mis temblorosos labios empezaban a traicionarme.
—Seguro que nos ve aún como adolescentes —se quejó, revolucionando el coche más de lo necesario para bajar del bordillo—. Todavía sigue con ese rollo de «bajo mi techo, no». ¿Qué se cree que hacemos en Londres?
Como en realidad no sabía qué era lo que hacíamos en Londres, me pareció mejor no contestar.
—Da igual —dijo Terry, sonriéndome y guiñándome el ojo con expresión lujuriosa—. Aún recuerdo qué tablones crujen en el suelo del pasillo, así que no corras el seguro de la puerta.
Reí con nerviosismo sin saber si bromeaba o no, pero me apunté mentalmente que debía cerrar bien la puerta cuando regresáramos.
Esa noche lo pasamos sorprendentemente bien, teniendo en cuenta la situación. Al estar lejos de la casa y de la mirada vigilante de mi padre, Terry se relajó y volvió a ser él mismo, o como yo recordaba que era años atrás. Fue atento y encantador, y resultó imposible pasar por alto las miradas de envidia que me dirigieron varias mujeres en el gastropub donde fuimos a cenar.
—Me alegro de haber olvidado esto —afirmé después de la enésima mirada que decía a todas luces: «No sé qué ve en ella».
Terry le restó importancia encogiéndose de hombros, tras lo cual llevó mi mano hasta sus labios y me rozó los nudillos con un beso.
—No tienes de qué preocuparte. Para mí solo existes tú, siempre ha sido así.
—No me preocupa, simplemente es molesto. Y grosero.
Entonces se levantó y dijo:
—Voy a ver qué pasa con la cuenta. —Antes de irse, no obstante, me besó tiernamente en la frente—. Y recuerda que solo tengo ojos para ti.
No pasaron ni dos minutos antes de que ocurriera algo que hizo que me preguntase si esa afirmación sería realmente cierta.
Terry estaba cruzando el restaurante de camino a la barra cuando una pequeña vibración proveniente del extremo de la mesa me llamó la atención. Su fino móvil estaba junto a nuestros platos vacíos, vibrando con insistencia contra la loza e indicando una llamada entrante. Levanté la mirada con intención de avisarle, pero mi instinto me hizo mirar primero el móvil. La pantallita cuadrada revelaba la identidad de la persona que llamaba con su intensa luz verde. Leía el nombre claramente aunque estaba al revés, pero aun así di la vuelta al teléfono con el dedo índice hasta tenerlo de frente. «Sussana.» Siete letras inofensivas, pero que hicieron sonar una señal de aviso que nada tenía que ver con la llamada.
¿Por qué Sussana estaba llamando a Terry? Acerqué la mano al móvil lentamente, pero algún instinto me dijo que no respondiera a la llamada. Varios comensales de las mesas cercanas se habían vuelto hacia mí al oír sonar el teléfono. Les miré a los ojos y les sonreí a modo de disculpa, pero seguí sin contestar. Al final paró.
Terry regresó un par de minutos más tarde con mi abrigo. Esa era la ocasión de decirle lo de la llamada perdida, de preguntarle por qué Sussana, a la que, según él, no había visto en años hasta la noche de mi accidente, le estaba llamando a su móvil privado; recordaba claramente que Terry me había dicho que ese número solo lo tenían sus familiares y amigos más cercanos. Pero no pregunté nada.
Volvió a sonar mientras íbamos para casa. Estábamos parados en un semáforo y él sacó despreocupadamente el móvil del bolsillo y consultó la pantalla. Una expresión inescrutable le cruzó el rostro al tiempo que se apresuraba a cortar la llamada. La intuición me dijo que volvía a ser Sussana incluso antes de que detectara su mentira.
— ¿Quién era?
—Era del trabajo. Puede esperar a mañana.
Las luces de la planta baja seguían encendidas cuando llegamos, así que Terry aprovechó nuestros últimos momentos de privacidad en el umbral de la puerta mientras yo buscaba la llave en el bolso.
—Lo he pasado muy bien esta noche, señorita White.
Intenté sonreír, pero no me quitaba de la cabeza la extraña expresión que había puesto al sonar el móvil en el coche.
— ¿Crees que tu padre me perseguirá con una escopeta si intento darte un beso de buenas noches en la puerta de tu casa?
Y, sin esperar mi respuesta, me estrechó contra él con firmeza y me dio la clase de beso que en otras circunstancias habría hecho que me temblaran las rodillas. Cuando nos separamos, sus ojos ardían de deseo y no pareció darse cuenta de que mi mente estaba pensando en otras cosas.
Metí la mano en el bolso y extraje la llave. Terry se pegó detrás de mí cuando entramos en el salón para saludar a mi padre y me susurró al oído con picardía: —No olvides lo que te he dicho antes sobre la puerta de tu cuarto.
No fui consciente del nudo de tensión que llevaba aguantando todo el día hasta que al fin estuve sola en mi habitación. Me quité los zapatos con los pies y me dejé caer en mi vieja cama individual. Entonces, a solas por primera vez desde mi desastrosa noche con Albert, noté que todo empezaba a desmoronarse. Los pensamientos y emociones que había tratado de enterrar en el lugar más recóndito de mi mente volvieron a aflorar. Pero había tantas cosas que afrontar, tantos sentimientos en conflicto, que sentí que me sepultaban en sentido literal. Pasar directamente del dolor y de la humillación por el rechazo de Albert a esquivar a Terry, quien, como era de entender, estaba desconcertado ante mi falta de interés, era demasiado para mí.
A fin de controlar ese caos mental, comencé a ordenar mi cuarto y mis pertenencias y, finalmente, me agaché para recoger la bolsa que había llevado a Londres la noche anterior. Abrí la cremallera y dejé que los contenidos cayeran en desorden sobre la colcha.
Apenas tardé en recoger los objetos más pequeños, tras lo cual solo quedó el camisón de algodón que había llevado en el hotel. Fui a coger la prenda con la intención de ponérmela para ir a la cama, pero en cuanto toqué la suave tela una vívida imagen invadió mi mente. Ya no veía mi habitación, sino que me vi transportada de repente hasta el hotel. Notaba el calor de los labios de Albert sobre los míos con la misma intensidad que si lo tuviera delante. Nunca había creído en la psicometría —ni en nada paranormal, a decir verdad—, pero rememoré con atroz y exquisito detalle la sensación de Albert quitándome el camisón lentamente. Mis dedos se aferraron con fuerza a los pliegues de la prenda, reviviendo el momento en que por fin había abierto mi corazón a aquella verdad que había negado durante tanto tiempo.
Solté un grito de enfado y tiré el camisón al otro extremo de la cama. La inofensiva prenda se quedó ahí toda arrugada, pero casi podía distinguir los dedos de Albert grabados a fuego en la tela. Para mí, ese camisón llevaría siempre su marca, y supe que no sería capaz de ponérmelo, no con mi prometido durmiendo al otro lado del pasillo. De hecho, pensé que nunca podría volver a ponérmelo.
Aquella noche volví a soñar vívidamente, pues mi subconsciente estaba tan agitado como mi mente. En mi sueño, yo dormía, no en mi cuarto de la infancia, sino en algún sitio extraño que no reconocí. No obstante, mi padre también estaba lo bastante cerca para que pudiera oír su voz, pero no tanto para que comprendiera sus palabras. Y en mi sueño sabía que tenía una cita importante a la que no podía faltar. La naturaleza de dicha cita no estaba clara; quizá fuera con el especialista en amnesia o tal vez se tratase de otra cosa que nada tenía que ver con eso. Lo único que sabía era que en mi sueño tenía el aciago presentimiento de que me quedaría dormida y que no podría acudir a un encuentro que era vital para mí.
Ya antes había tenido sueños similares cuando se aproximaba algo importante como los exámenes o las vacaciones y, aunque ese sueño se parecía a aquellos, su carácter era mucho más urgente.
Era fundamental que no me durmiera. En el sueño sabía que las consecuencias de no acudir a la cita serían catastróficas, que no podía dejarla para otro día. Como confirmación, oí que mi padre le susurraba a mi yo durmiente:
—Arriba, Candy, es hora de despertarse.
Quería responderle, hacerle saber que sí estaba despierta, pero el sueño me tenía paralizada y no lograba deshacerme de los grilletes de la somnolencia para contestarle. La impotencia al ver que no me despertaba y que no llegaría a tiempo a la cita empezaba a asustarme y sentí que se me aceleraba el pulso por la frustración.
El bip-bip empezó lentamente, filtrándose en el sueño como las punzaditas afiladas de una aguja. Perforó las tinieblas del sueño con un tono agudo e insistente que no podía ignorar. Pero ¿qué era ese ruido? En mi sueño lo oía alto y claro, y a medida que las cadenas del sopor empezaron a aflojarse, comprendí que se trataba de una alarma. Seguí oyendo el sonido mientras me despertaba pestañeando. Desorientada, alargué la mano hacia la mesita de noche. Debía de haber puesto el despertador sin querer antes de irme a dormir. Lo busqué a tientas junto a la cama, pero no lo encontré.
Alcé la cabeza de la almohada. Las tinieblas se disiparon un poco más y me di cuenta de que el bip-bip se iba atenuando cada vez más hasta que al final desapareció. Pestañeé estúpidamente en la oscuridad, confundida por el sueño, y entonces capté el familiar olor del aftershave preferido de mi padre. Eso me despertó aún más que la alarma imaginaria. No era la primera vez que percibía esa fragancia, pero mi padre me había asegurado que no había entrado ninguna noche en mi cuarto... ¿Qué significaba, pues? ¿Acaso era posible tener alucinaciones con un olor?
Mi confusa mezcla de pensamientos se vio interrumpida de repente por un ruidito proveniente del pasillo. Me quedé inmóvil, aguzando el oído para escuchar el sonido. Un momento después volví a oírlo: el crujido amortiguado de los viejos tablones del suelo delataron la presencia de un intruso. Descarté enseguida la idea de que fuera un ladrón. Hubo otro crujido, un paso más sobre aquel suelo revelador y, entonces, gracias a la luz de la luna que se filtraba a través de las finas cortinas, vi que la manilla de la puerta de mi cuarto descendía lentamente. La puerta crujió un poco cuando la empujaron con cuidado, pero aguantó. Soltaron la manilla y volvieron a bajarla, y esta vez aplicaron suficiente fuerza para hacer que las bisagras protestaran. Pero el pestillo no cedió.
Aguardé, aguantando la respiración. Temía moverme en el colchón por si se me oía desde el pasillo, y me mordí el labio con nerviosismo, preguntándome cuántas veces más lo intentaría y lo firme que sería el pestillo. Era de locos, pero pensé que, puestos a elegir, tal vez prefería que se tratase realmente de un ladrón en lugar de mi prometido.
—¿Candy? —Susurró Terry en voz muy baja junto a la bisagra de la puerta—. Candy, ¿estás despierta? ¿Candy?
Se quedó esperando y el tiempo se ralentizó. No podría aguantar la respiración mucho más y, si Terry no abandonaba pronto su empeño, seguro que oiría la fuerte expulsión de aire cuando respirara o me desmayase por la falta de oxígeno. Por suerte, no ocurrió ninguna de las dos cosas. Tras otro angustioso minuto, oí que sus pasos se alejaban por el pasillo y que se retiraba de nuevo al cuarto de invitados.
Estaba vestido y sentado a la mesa de la cocina cuando bajé a la mañana siguiente. Tenía delante una taza de café vacía y un periódico abierto.
—Buenos días —le saludé jovialmente, en un tono que esperaba fuera el adecuado para una mujer que la noche anterior le había prohibido a su prometido entrar en su habitación. Por si acaso, me incliné y le di un beso suave en la mejilla.
—¿Has dormido bien? —preguntó él educadamente.
Yo le estaba dando la espalda mientras me servía una buena taza de café. Me alegró que no pudiera verme la cara cuando le contesté.
—Sí, muy bien, en realidad. Caí rendida enseguida, dormida como un tronco en cuanto apoyé la cabeza en la almohada.
«Ya basta, Candy», me advirtió una vocecita interior. Había exagerado tanto que no sonaba creíble. Él pareció pensar lo mismo.
—¿O sea que no me has oído esta noche llamando a tu puerta?
No me di la vuelta y me puse a remover el café con tanta vehemencia que por poco arranco la cerámica de la taza.
—No. ¿Por qué? ¿Pasaba algo?
Se quedó callado tanto rato que me vi obligada a mirarle.
—Fui para estar contigo.
—Ah —dije, pero me di cuenta de que él esperaba algo más, así que añadí —: Pensé que estabas bromeando cuando dijiste eso.
Esa no era la respuesta correcta obviamente. Su silencio me forzó a seguir hablando:
—Pero tampoco podíamos hacer nada. No aquí, con mi padre en la habitación de al lado.
—Eso nunca había supuesto un problema.
Tenía razón. Recordaba varias escapaditas adolescentes por el pasillo, cuando el riesgo y el miedo a que nos pillaran lo hacían todo más emocionante.
—Bueno, ahora es diferente. Somos adultos. Y además sabes que aún me siento muy confusa. Dijiste que lo entendías. Dijiste que tendrías paciencia.
—Creo que estoy teniendo una paciencia infinita, Candy —me advirtió —. Pero soy humano. Un día tenemos una relación seria y adulta y al siguiente no recuerdas nada sobre nosotros y te escondes de mí en la oscuridad detrás de una puerta cerrada.
Rayos. Sí que sabía que estaba despierta. Y aun así había permitido que cayera en su trampa y que quedara como una perfecta idiota. De pronto me enfadé.
—Bueno, siento mucho que el hecho de que me atracaran haya interferido tantísimo en tus planes. Te aseguro que no era esa mi intención. ¿Quieres que también me disculpe por la amnesia, ya que estamos, o bastaría con pedirte perdón por no querer acostarme con alguien al que tengo la sensación de conocer desde hace solo unos días?
Darse cuenta de que para mí seguía siendo un desconocido fue lo que finalmente le abrió los ojos. Un espasmo de dolor y remordimiento atravesó su bello rostro. Entonces se me acercó y yo dejé que me rodeara con los brazos, pero no me relajé; le hice notar lo tensa que estaba.
—Perdona —susurró con la boca en mi pelo—. Es muy duro verte, amarte y desearte y saber que tú no sientes lo mismo.
Sonó tan sincero que una ola de remordimiento se llevó casi toda mi ira. No recordaba haberle amado como mujer adulta, pero eso no era culpa suya. A mi pesar, me vino a la mente la imagen de nosotros dos junto a la torre Eiffel. Puede que no recordara el sentimiento, pero no había duda de que cuando nos habían sacado esa fotografía yo estaba completamente enamorada de él. Gemí en voz baja y dejé que mi cuerpo se relajara en sus brazos, e incluso rodeé su torso musculoso y le estreché contra mí.
—Lo siento, Terry. Me esforzaré más. De verdad que sí. Dame un poquito más de tiempo. Deja que... me recupere.
Mi corazón empezó a latir como un martillo pilón. ¡Había estado a punto de decir «que me olvide de Albert»!
Me levantó la barbilla y mantuvo mi cara fija en la suya en un gesto que recordaba de hacía mucho tiempo.
—Pero no tardes demasiado, ¿de acuerdo?
Y entonces me dio un beso largo y apasionado, como si quisiera demostrarme lo que me estaba perdiendo. Y yo le devolví el beso porque me sentía culpable, porque lo había amado mucho en el pasado y porque... y porque era Terry.
Soltó su noticia bomba unos minutos después de que mi padre entrara en la cocina y nos saludara con un gruñido. Terry se apartó de mí y me miró como pidiendo disculpas.
—Lo siento muchísimo, Candy, pero tengo que volver hoy a Londres en vez de mañana.
Todavía me sentía culpable por cómo había reaccionado antes, así que soné verdaderamente apenada cuando le contesté:
— ¿Es necesario? Pensaba que íbamos a pasar el día juntos.
Parecía arrepentido, pero su determinación no flaqueó.
—Lo siento, ha surgido algo importante en el trabajo y tengo que solucionarlo hoy.
— ¿En domingo?
—Ya sabes que a menudo tengo que trabajar en fin de semana.
—En realidad, no lo sé. Tengo amnesia, ¿recuerdas?
Podría haber dejado el tema ahí, pero hubo algo en su mirada que despertó mi intuición femenina.
— ¿Tiene algo que ver con esa llamada del trabajo que recibiste anoche?
Se quedó un momento en blanco, luego una extraña expresión se reflejó durante un instante en su rostro, seguida de una breve mirada de pesar.
—Así es, sí. Hay un problema que debo solucionar y que no puede esperar al lunes. Tú relájate aquí con tu padre y te llamaré por la noche, ¿de acuerdo?
Se marchó diez minutos después, despidiéndose de mí con un beso y de mi padre con un apretón de manos. Nos quedamos en el umbral de la puerta mirando cómo su reluciente coche cromado se alejaba haciendo chirriar el caucho de los neumáticos.
—Qué lástima que haya tenido que irse tan pronto —dijo mi padre al cabo, cuando finalmente perdimos de vista el coche.
Yo sabía que no le entristecía en absoluto y le miré largamente, y me pregunté cuántas mentiras más iban a contarme ese día.
El resto del día transcurrió sin pena ni gloria. Me pasé una hora o así intentando caer bien a la gata de mi padre, otra pensando en qué clase de crisis urgente relacionada con Sussana habría requerido la presencia de Terry en Londres, y el resto del tiempo tratando con todas mis fuerzas de no pensar en Albert. Lo único positivo fue una llamada inesperada de Annie, que acababa de regresar de su luna de miel. Archivald y ella pasarían la noche con sus padres, pero quedamos en vernos al día siguiente para almorzar, antes de que su flamante marido y ella volvieran a Harrogate.
Aquella noche me fui a dormir sabiendo que me esperaba algo agradable y, por una vez, no me asaltaron los sueños.
Continuara
