Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.

Habíamos quedado en un pequeño restaurante de la calle principal y, como de costumbre, yo llegué mucho antes que Annie. El frío se había intensificado más si cabe durante la noche y, aunque iba abrigada con una bufanda gruesa y unos guantes, el aire de diciembre, que amenazaba nieve, me abofeteaba ferozmente la cara y las piernas.

Y entonces llegó Annie. Bajó del taxi a toda velocidad; transmitía una sensación de calidez y alegría que automáticamente me trajo recuerdos de nuestra juventud. Me dio un abrazo tan fuerte que me pareció que iba a romperme las costillas —toda una hazaña teniendo en cuenta que medía quince centímetros menos que yo— y tardamos un buen rato en separarnos.

— ¿Cómo estás, cariño?

Me costó un poco responder; al oír el antiguo saludo de Annie se me había hecho un nudo en la garganta y aún tenía la cara enterrada en su hombro. Los transeúntes nos lanzaban miradas curiosas, pero a ninguna de las dos nos importaba lo más mínimo.

—Sigo viva, pero un poco chiflada. —Me pareció que eso resumía con bastante precisión mi situación actual.

—Nada ha cambiado, entonces — contestó ella, cogiéndome del brazo y guiándome hacia el restaurante—. Vayamos a un sitio más calentito y me lo cuentas todo. —Y mientras andábamos añadió con socarronería—: ¿Sabes que ahora mismo aquí hace muchísimo más frío que en Santa Lucía?

Nos sentamos y pedimos las bebidas antes de abordar las cuestiones más serias. Y, cuando fuimos a hacerlo, las dos comenzamos a la vez. —¿Cómo te va todo? ¿Has recuperado ya la memoria?

—Cuéntame cómo te ha ido la luna de miel.

Las dos reímos y ambas esperamos a que la otra respondiera.

—Lo siento —dijo Annie—, pero me parece que tu traumatismo craneal y amnesia superan la trivialidad de mi luna de miel.

—Te entiendo —convine yo sonriendo—. ¿Qué quieres escuchar primero? ¿El atraco que no recuerdo o las cosas interesantes que han ocurrido después?

El regocijo iluminó el rostro bronceado de Annie.

—Lo interesante, por supuesto. — Pero antes de que pudiera empezar, cambió de opinión—. ¿Sabes qué? Quiero que me lo cuentes todo, hasta el último detalle.

—Eso puede llevarnos un buen rato —la previne—. ¿Archivald y tú no tenéis que coger un tren esta tarde?

Ella se encogió de hombros, como si un detalle tan banal careciera de importancia.

—Si no llego a tiempo, tendrá que marcharse sin mí. Solo llevamos casados cinco minutos... ¡Seguramente ni siquiera me echará de menos!

Lo dudaba muchísimo, pero di un largo sorbo de vino para tranquilizarme y empecé a ponerla al día sobre lo que me había pasado desde la noche de su despedida de soltera.

Annie me escuchó con atención mientras hablaba, absorbiéndolo todo, interrumpiéndome de vez en cuando si precisaba alguna aclaración. Se sintió especialmente fascinada por mi realidad alternativa.

— ¿Y cómo soy yo en tu otro pasado? Por favor, dime que soy alta, delgada y guapa. No, mejor aún, dime que Sussana se ha vuelto gorda y fea. Eso sí que estaría bien.

Me reí.

—Lamento decepcionarte, pero Sussana era incluso más despampanante que de adolescente. Aunque bastante más desagradable, debo decir.

—No me sorprende —repuso Annie frunciendo los labios irónicamente.

La observé con detenimiento. Annie nunca se había andado con medias tintas al hablar de Sussana. Estaba relatándole los acontecimientos por orden cronológico, así que todavía no le había contado lo de la llamada al móvil de Terry. Suponía que tendría algo interesante que decir al respecto.

—En definitiva, esta otra vida que creías estar viviendo era para echarse a llorar, ¿verdad? Todo el mundo sufría de horribles enfermedades o tenía cicatrices que le desfiguraban la cara o estaba muerto, y todas las cosas buenas que te han pasado en la vida simplemente no habían ocurrido jamás. ¿Lo he entendido bien?

—En pocas palabras, sí.

—Y a pesar de eso, ¿te has empeñado en convencer a la gente de que necesitabas volver allí?

—Pues... sí. —Ya veía adónde quería llegar.

—Todos ellos tienen razón: estás loca de verdad. ¿No te han dicho nunca que cuando creas un mundo de fantasía se supone que debe ser mejor que el real y no mil veces peor?

Solo ella podía llamarme demente como si se tratara de una mera y encantadora peculiaridad de mi carácter.

— ¡Oh! ¿Pasó algo con Terry?

Me detuve un segundo antes de responder, consciente de que mi respuesta la dejaría pasmada y escandalizada.

—No, con Albert.

Juro que durante un momento su piel bronceada literalmente palideció, y puso unos ojos como platos, incrédula.

—Disculpe —le dijo a un camarero al que enganchó del brazo—. ¿Podría traernos otra botella de esto? —Señaló nuestra botella de vino casi vacía—. Tengo la sensación de que nos va a hacer falta.

No sé qué me esperaba que dijera cuando finalmente terminé de contarle el incidente del hotel. Quizá pensaba que se mostraría sorprendida o incluso decepcionada al enterarse de la facilidad con que había estado dispuesta a engañar a Terry. Lo que no me esperaba para nada era su rotunda aprobación.

—Ya iba siendo hora.

— ¿Qué?

—Ya me has oído.

—Sí, pero ¿me has oído tú a mí? Me rechazó. No le intereso. Y al día siguiente apenas podía mirarme a la cara. No sé, llámame loca, pero en cualquiera de mis vidas anteriores una reacción así sigue significando lo mismo: «No me apetece hacerlo contigo».

—Bah —replicó Annie—. Eso no significa nada. Para Albert tú eres la única persona que existe en el mundo. Siempre ha sido así.

—Tú no estabas, Annie. No viste la cara de asco que puso. No veía el momento de alejarse de mí.

— ¿Y le preguntaste sobre lo que había pasado entre ustedes al día siguiente mientras volvías a casa?

—No —respondí tristemente, rememorando el incómodo viaje en coche—. Ninguno de los dos nos atrevimos a sacar el tema. Era demasiado violento, demasiado humillante.

Annie sacudió la cabeza.

—Tiene que haber algo más que no sabes, estoy segura. Albert no trataría así a nadie y mucho menos a ti. Sé que no le has visto demasiado durante los últimos años, pero hazme caso. Sigue tan profundamente enamorado de ti como cuando íbamos al instituto.

—Te equivocas —insistí con expresión taciturna.

—Ya veremos.

Habíamos llegado a un punto muerto. No había nada más que añadir sobre esa noche. Finalmente —y por fortuna en lo que a mí respecta— pasamos a hablar de un tema mucho menos complicado: la boda de Annie y su luna de miel. De camino al restaurante había pasado a recoger las fotos del enlace, así que cuando se llevaron nuestros platos puso el enorme álbum encima de la mesa y lo abrió.

Nunca había visto a una novia tan hermosa y radiante de felicidad como Annie. Mientras iba pasando las pesadas páginas labradas del álbum, no pude evitar que me embargara la tristeza por no haber estado allí para compartir un momento tan conmovedor con ella. Debió de leer en mi rostro lo que estaba pensando y el arrepentimiento que traslucía mi sonrisa cuando mis dedos recorrieron una foto de Archivald y ella riendo felizmente bajo una lluvia de confeti.

—Quería posponer la ceremonia cuando supimos lo que te había ocurrido —dijo con suavidad—, pero tanto tu padre como Terry dijeron que ni hablar.

—Hicieron muy bien. Me habría enfadado mucho si hubieras hecho eso.

Seguí pasando páginas. A continuación venían las fotos de la recepción; las mesas estaban bellamente decoradas con motivos florales color bermellón que combinaban a la perfección con los lazos carmesí atados al respaldo de las sillas.

—Todo estaba precioso —murmuré.

Pasé otra página; ahí estaban las fotos que habían sacado a los invitados después del banquete. El hermoso rostro de Terry me miraba desde varias fotografías de grupo. Albert también salía, pero siempre en un segundo plano y sin sonreír directamente a la cámara como hacía mi prometido. Tampoco pude evitar fijarme en que en muchas imágenes también aparecía Sussana, y siempre cerca de Terry. Me detuve a examinar sus facciones exquisitas y vi que Annie me estaba mirando.

—Estaba guapísima, cómo no. ¡Su vestido era tan ceñido que seguro que se lo cosieron con él puesto!

Me reí. Realmente parecía que el vestido de color grana que llevaba Sussana estuviera moldeado alrededor de su cuerpo como una segunda piel.

—Creo que pretendía eclipsarme.

—Eso sería imposible —le aseguré. Pasé otra página y vi una vez más a Sussana intimando con Terry, esa vez en la pista de baile, y no pude evitar preguntar —: ¿Estuvo pegada a él toda la noche?

Annie se encogió de hombros como diciendo que no lo sabía, pero yo la conocía muy bien y la presioné.

—Dios, nunca deja escapar una oportunidad, ¿eh?

—Ya conoces a Sussana.

Me quedé un momento en silencio. Sí que conocía a Sussana, desde luego; quizá a quien no conocía tan bien era a Terry.

—Y, de todas formas —dijo Annie, cogiéndome el álbum de las manos y cerrándolo firmemente—, da igual lo mucho que pestañee o cuánto escote enseñe, tú sigues siendo su prometida y la persona con la que siempre ha estado.

Asentí con la cabeza, pero no estaba segura de que un detallito como ese detuviera a Sussana si realmente se le ponía algo entre ceja y ceja.

—Sé que desde hace meses están pasando una mala racha, pero tú siempre me has asegurado que es por cuestiones de trabajo, que no se trata de nada serio como lo que pasó cuando ibas a la universidad.

Me incorporé de un respingo.

— ¿Qué? ¿Qué pasó cuando íbamos a la universidad? ¿De qué estás hablando?

Se sobresaltó con expresión de culpabilidad y observé el cristalino proceso mental que se reflejó en sus ojos mientras trataba de inventarse un farol para enmendar su metedura de pata. Repetí mi pregunta, intentando que no se me alterara la voz.

— ¿Qué pasó cuando íbamos a la universidad, Annie? Cuéntamelo. No es justo que no lo sepa.

Ella ya no se reía, y vi que mi insistencia la había convencido y que me lo diría.

—Terry y tú tuvieron una pelea enorme y terminaron su relación durante unos cuatro meses, en segundo año de carrera.

Aquello era toda una novedad. Desde luego, Terry no se había molestado en mencionarlo, a pesar de haber tenido la oportunidad de hacerlo cuando hablamos sobre nuestra relación.

— ¿Terminamos? Pero ¿por qué? ¿Qué pasó?

—No puedo decírtelo. —No seas tonta, claro que puedes decírmelo —señalé en un intento de convencerla—. No voy a enfadarme, simplemente necesito saberlo.

—No, no es eso. No puedo decírtelo porque no lo sé.

Aquello sí que era extraño. ¿Cómo era posible que Annie desconociera los detalles de algo tan importante que había pasado en mi vida? Siempre lo habíamos compartido todo. Seguro que debí contárselo. Pero me aseguró que no; dijo que había intentado sonsacármelo muchas veces, pero que yo me había negado a explicarle nada.

— ¿Estaba muy disgustada? — pregunté.

—Sí, mucho. Pero aun así no quisiste entrar en detalles. Y créeme, ¡lo intenté por todos los medios!

Entonces reí, imaginándome el tercer grado al que debió de someterme. Annie me apuntó con el dedo a modo de advertencia.

—Y es precisamente por eso por lo que no hay que tener secretos con tu mejor amiga: ¡algún día podrías tener amnesia y entonces querrás que rellene tus lagunas!

Para entonces el restaurante empezaba a vaciarse, y cuando miré por la ventana vi que estaba oscureciendo bajo un cielo color negruzco. Aún había muchas cosas de las que quería hablar con Annie, pero se nos había agotado el tiempo. Pagamos la cuenta y, para apurar los últimos minutos que nos quedaban juntas, le dije que la acompañaría a la parada de taxis.

Estábamos en el paso de peatones, esperando a que el semáforo cambiara, cuando ocurrió. Se puso verde para los peatones, Annie dio un paso adelante y entonces oí la sirena. Es curioso, pero el sonido no resultaba distante, sino alto y estridente, como si la llegada de un vehículo fuera inminente. Miré rápidamente a izquierda y derecha, buscando el vehículo de emergencias que se aproximaba, pero la larga calle gris estaba despejada en ambos sentidos. No obstante, el sonido discordante del doble claxon lo llenaba todo y reverberaba contra los edificios y el suelo. Miré confusa a mí alrededor al tiempo que los otros peatones empezaban a cruzar la calle y se interponían ciegamente en la trayectoria del vehículo que se acercaba a toda velocidad. Más adelante me percataría de cuánto se parecía esa situación a uno de mis sueños recientes, ese en el que yo era la única que veía que había un peligro inminente y todos los demás no se daban cuenta. Pero en aquel momento tenía tan solo una cosa en mente: salvar a Annie de la amenaza que se cernía sobre ella. La sirena sonaba ya tan fuerte que apenas oí mi propio grito de advertencia cuando alargué el brazo, agarré la manga de su abrigo y tiré de ella, obligándola a volver a la acera. Estaba convencida de que el vehículo pasaría zumbando a pocos centímetros de nosotras, pero no apareció ninguno silbando y lanzando destellos. La calle permaneció vacía.

Los otros peatones que habían empezado a cruzar la calle junto a Annie ya estaban sanos y salvos al otro lado.

— ¿Adónde ha ido? —le pregunté a Annie, sin saber que mi extraño comportamiento era objeto de la atención del grupo de «supervivientes» del otro lado de la calle.

Para mi sorpresa, Annie solo parecía un poco alterada, como si estuviera acostumbrada a que la apartaran bruscamente de un peligro invisible.

— ¿Adónde ha ido el qué?

—La sirena. —Y al ver que seguía mirándome sin comprender, añadí—: ¡Tienes que haberla oído! ¡Iba directa hacia nosotras! La ambulancia o el coche de policía o lo que fuera...

Mi voz se fue apagando al darme cuenta paulatinamente de que el sonido de la sirena había desaparecido. Tuve una horrible sensación de déjà vu.

—No la has oído, ¿verdad?

Annie negó con la cabeza.

—Pero el ruido era ensordecedor, parecía que lo tuviéramos casi encima.

Ella volvió a hacer el mismo gesto, pero esa vez más lentamente. No hacía falta que me dijera que solo lo había oído yo; lo veía escrito en su mirada.

— ¿Ya te había pasado esto antes? — me preguntó dulcemente.

Pensé en el despertador inexistente sonando en plena noche y en las incontables veces que el aroma del aftershave de mi padre me había envuelto como una nube.

—Un par de veces —admití poco a poco— he oído cosas, o incluso las he olido... —Se me atragantaron las palabras.

—Tienes que contárselo al médico cuando le veas la semana que viene — me urgió, y supe que estaba en lo cierto, aunque era reacia a añadir otro síntoma inexplicable a una lista que no dejaba de aumentar.

—Puede que sea algo común en casos de amnesia —sugirió, pero al ver mi expresión sombría intentó otra estrategia —. O quizá tras golpearte la cabeza se te aguzaron al máximo los sentidos y ahora tienes la capacidad de oír y oler cosas que los demás no pueden.

— ¿Como un perro, quieres decir? Ella rió y me abrazó.

—Exacto, pero con un buen pedigrí.

Unos días más tarde descendía por los escalones de mármol de la clínica con las palabras del médico resonando a cada paso. No contaba con que una sola visita solucionara de forma sencilla todos mis problemas, pero por lo menos sí había esperado obtener algunas respuestas.

La sesión no había ido en absoluto como yo imaginaba, cavilé mientras dejaba que me arrastrara el torrente de compradores y turistas que intentaban dar con las gangas que quedaban en las vísperas de Navidad. La propia clínica era mucho más elegante y exclusiva de lo que esperaba y el despacho del médico mucho menos intimidatorio: ni rastro de un siniestro sofá de piel o de hombres vestidos de blanco esperando entre bastidores para escoltarme a algún recinto seguro.

Incluso el médico me sorprendió: era una mujer, la doctora Russell, mientras que yo me había esperado a un hombre, y resultaba mucho más maternal y afable que el galeno freudiano que tenía en mente. Había sido lo bastante profesional para lograr que me sincerara del todo acerca de mi confusión sobre los últimos cinco años, y lo bastante amable para que yo sintiese que nada de lo que le había dicho le había sonado tan raro para activar el botón de alarma, que de buen seguro estaba escondido en alguna parte de su despacho.

Tampoco había esperado que esa sería solo la primera de las muchas sesiones que tendríamos que compartir para descifrar mi pasado perdido. Me había sometido a todas las pruebas y procedimientos médicos necesarios para diagnosticar cualquier problema fisiológico, pero seguía decepcionándome muchísimo que no hubiera una solución rápida, una pastilla mágica. Supongo que había albergado la secreta esperanza de que pudieran administrarme algún tipo de medicamento o tratamiento que disipara mis ilusiones e hiciera que esta nueva realidad me pareciera... bueno, real. La doctora Russell había sido amable pero firme al desmentir esa falsa ilusión en particular.

Y cuando hice la pregunta definitiva, cuya respuesta me perseguía en esos momentos como una sombra por las concurridas calles de Londres, al menos había respondido con sinceridad.

—Candy, no puedo decirte cuándo recuperarás la memoria. Podría ser mañana, podría ser la semana que viene; de hecho, es posible que te lleve mucho más tiempo. Y, aunque es poco frecuente, tengo la obligación de decirte que en algunos casos muy excepcionales el lapso de tiempo perdido permanece así, perdido para siempre.

«Perdido para siempre.» Esas palabras me perseguían mientras caminaba, haciendo un eco sordo al tiempo que mis pies hollaban las brillantes vías públicas de la capital.

Por otra parte, no toda la sesión había sido tan lúgubre. La doctora Russell me tranquilizó acerca de mis extrañas sensaciones imaginarias. Al parecer, las alucinaciones auditivas y olfativas no eran en absoluto infrecuentes en los sujetos que han sufrido un traumatismo craneal, y cuando le pregunté por qué las cosas que olía y oía eran tan específicas también me ofreció una teoría razonable. La fragancia del aftershave de mi padre quizá tuviera para mí connotaciones de seguridad y confianza, y, dado que el sentido del olfato evoca recuerdos con especial intensidad, la doctora conjeturó que las alucinaciones probablemente fueran un reflejo de la sensación de seguridad física que había sentido de niña en brazos de mi padre. Su razonamiento sobre las sirenas imaginarias fue aún más prosaico: suponía que cuando me llevaron al hospital después del atraco yo no estaba inconsciente del todo, y que de alguna forma la sirena de la ambulancia me había quedado grabada en la memoria y ahora la reproducía arbitrariamente cuando mi mente confusa luchaba para no perder el contacto con la realidad.

En cuanto a las alarmas inexistentes, la doctora no estaba segura de por qué las oía, pero me garantizó que con el tiempo desvelaríamos todos los misterios. Con el tiempo.

Tendría que ser paciente y dejar que la verdad se fuera haciendo patente poco a poco, y me aseguró que por cada elemento que emergiera renunciaría a un fragmento equivalente de mi historia inventada hasta que al final solo quedaría mi pasado real.

A mí me parecía un proceso lentísimo, y no podía dejar de pensar que habría sido mucho mejor si pudieran aplicarme algún tratamiento intensivo — por horrible que fuera— para acelerarlo todo.

Lo que más me gustó de la doctora Russell fue que no se riera cuando le conté por qué pensaba que tenía dos vidas pasadas enteramente distintas. Su reacción no se pareció en nada a la que tuvo Albert cuando le mencioné mi teoría de los mundos paralelos. Por lo menos ella no se partió de risa y le echó la culpa a mi afición a la literatura fantástica. Rápidamente cerré la puerta a ese pensamiento. No me había permitido pensar en Albert durante toda la semana, y la consulta de una psiquiatra especializada en sonsacarle los secretos más íntimos a la gente no era el mejor lugar para dejar que mi determinación flaqueara.

Aunque llevaba unos cuantos días sin hablar con Albert, sabía que él había estado en contacto con mi padre regularmente, ya que oí por casualidad varias conversaciones en voz baja al otro lado de una puerta cerrada. Estaba claro que Albert no tenía demasiadas ganas de hablar conmigo; sin embargo, llamaba a diario para preocuparse por mi estado. Una parte de mí se alegraba de saber que le importaba lo suficiente para llamar, pero me dolía que prefiriera hablar con mi padre en vez de conmigo. Eso confirmaba mis peores sospechas: aún se sentía tan molesto por lo que había pasado entre nosotros en el hotel que no quería ni verme ni podía perdonarme. Me pregunté si algún día sería capaz de hacer alguna de las dos cosas.

Cansada de que los empecinados compradores me zarandearan, me metí en un pequeño café y encontré una mesa vacía. En el último momento habían cambiado mi visita fijada a última hora de la tarde con la doctora a primera hora de la mañana. No me había importado coger el primer tren directo a Londres, pero ahora me sobraban muchas horas muertas antes de quedar con Terry para cenar y volver en coche a Great Bishopsford. El día anterior, cuando quise avisarle de mi cambio de planes, ya era demasiado tarde para hablar con él, y aunque había pensado que podría aprovechar el tiempo libre en Londres haciendo las compras de Navidad, la visita con la doctora me había dejado más exhausta de lo previsto. No me apetecía ir de tiendas y tener que soportar los empujones de la muchedumbre.

Eché un vistazo al reloj. Solo era media mañana, así que existía la posibilidad de que Terry estuviera libre para comer. Estaría bien contarle algunas de las cosas que había dicho la doctora Russell, ahora que aún las tenía frescas en la memoria. A lo mejor le ayudaría a entender por qué me estaba costando tanto meterme en mi papel de prometida. Actuando por impulso, saqué el móvil y busqué en la agenda de teléfonos hasta encontrar el de la oficina de Terry.

Su secretaria contestó al segundo tono, y su voz fría y profesional se volvió mucho más cordial cuando me reconoció, al contrario de lo que me ocurrió a mí, pues era la primera vez que la oía.

—Vaya, lo siento, Candy, pero acaba de marcharse. Hace diez minutos que salió para su piso, pero igualmente os veréis ahí para comer, ¿no?

—Eh...

No sé por qué no corregí inmediatamente su suposición, pero una vocecita interior me advirtió que no lo hiciera. Y la escuché.

—Debería llegar en breve, si no hay tráfico. ¿Podrías decirle que he conseguido cancelar las reuniones que tenía esta tarde tal como me ha pedido?

—Ah... Sí, se lo diré.

—Qué alegría volver a hablar contigo. Espero que disfrutes del almuerzo. Todos nos alegramos mucho de saber que te estás recuperando.

—Gracias... —Me esforcé por recordar su nombre pero no me vino a la cabeza, así que le di las gracias de nuevo y colgué.

Me quedé sentada mirando el móvil un buen rato antes de cerrarlo de golpe y meterlo de nuevo en el bolso. Había mil razones por las que la secretaria de Terry podría haber malinterpretado sus planes. Al fin y al cabo, habíamos quedado para cenar esa noche, y cuando Terry le pidió que cancelara sus compromisos de la tarde puede que ella se confundiera y creyese que finalmente almorzaríamos juntos. Pero parecía muy segura de que se dirigía a su piso para verme a mí... ¿Cómo era posible que hubiera malinterpretado aquello?

Aunque quizá me estaba olvidando de la pregunta más importante. ¿Qué asunto tan urgente había conseguido que un adicto al trabajo como Terry cancelara toda su agenda en mitad del día? Estaba claro que no lo había hecho para comer conmigo.

No recuerdo si terminé el café o si pagué la cuenta, pero cuando abandoné el local nadie salió corriendo tras de mí al grito de «¡Ladrona!» así que supongo que lo pagué.

No fue muy difícil encontrar un taxi, aunque tuve que consultar mi libreta de direcciones para darle al taxista la situación exacta del piso de Terry. Mientras el vehículo avanzaba a paso de tortuga debido a la congestión de tránsito, dejé la mente en blanco y me negué a escuchar la voz de mi cabeza que predecía a gritos un desenlace desagradable para aquella visita sorpresa. Me recordé a mí misma que no estaba al tanto de la rutina laboral de Terry, que desaparecer en pleno día quizá fuera una práctica habitual. «Ya, claro», dijo la voz.

Finalmente, el taxi paró frente a un bloque de pisos de aspecto exclusivo. —Ya estamos, guapa, Hanbury Mansions.

Sonreí con frialdad y busqué en mi monedero un billete para pagar al taxista. Vi que la mano había empezado a temblarme muy levemente. «Qué absurdo», me reprendí. ¿Por qué me estaba alterando tanto por algo que podía tener una sencilla explicación? Veía misterios donde no los había. Mi vida ya era bastante trágica; no necesitaba inventarme otro episodio funesto.

Estuve a punto de decirle al taxista que había cambiado de opinión, pero entonces miré por la ventanilla moteada de lluvia y vi el coche de Terry aparcado discretamente en una plaza privada del patio delantero. Vale, sí que estaba en su casa, pero eso no significaba absolutamente nada. No obstante, mi mano, que había estado apoyada sobre la manilla en actitud dubitativa, acabó bajándola y descendí del taxi.

Mi resolución flaqueó un poco cuando contemplé el alto edificio de ladrillos rojos y cristal. Quedaría como una estúpida cuando todo resultara ser una misión sin sentido, por no decir como una paranoica. Sin duda eso me daría algo más en lo que trabajar durante la próxima sesión con la doctora Russell.

Pero mis pies se empeñaron en llevarme hacia el edificio. Aunque sabía que Terry podía tener cientos de razones válidas para irse a casa al mediodía, razones que prefería no compartir con su secretaria, no podía ignorar ese impulso que me había hecho emprender ese viaje tras llamar a su oficina. Sabía que lo que sucediese a partir de entonces, fuera lo que fuese, podría acabar muy mal. Pero las palabras de la secretaria habían plantado una duda en mi mente que ahora pedía a gritos una respuesta.

Oí que el motor del taxi cobraba vida detrás de mí y que el vehículo se alejaba del patio a toda velocidad. Inspiré profundamente, me cuadré de hombros y me encaminé hacia el edificio.

La gran entrada acristalada estaba atendida por un portero uniformado que me abrió las puertas educadamente. Hasta que no estuve dentro no caí en la cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cuál era el piso de Terry. La única información que tenía era el número del edificio. El conjunto de buzones cerrados con llave situados a la izquierda del vestíbulo indicaba que había unos veinte pisos en el bloque, y Terry podía vivir en cualquiera de ellos. La solución obvia era preguntarle al conserje uniformado de recepción cuál era el piso del señor Terry Grandchester. Pero, en tal caso, el protocolo seguramente sería llamar al piso y avisar al propietario de que tenía visita. Estaba claro que si hablaba con el conserje perdería el factor sorpresa, así que la única opción que tenía era pasar por delante de él sin llamar la atención e intentar descubrir después cuál era el piso de Terry.

En un arranque de inspiración saqué un trozo de papel del bolso y fingí consultarlo. Si pasaba por delante del vigilante caminando con confianza quizá podría lograrlo. Por suerte, justo en aquel momento sonó el teléfono de recepción, y mientras él atendía la llamada aproveché mi oportunidad. Manteniendo la mirada fija en los ascensores del fondo del vestíbulo, avancé con decisión y dejé atrás la mesa de recepción. Fui rápida, pero no lo suficiente.

—Disculpe.

Hice caso omiso de la voz. «Camina decidida, como si tuvieras todo el derecho del mundo a estar aquí», pensé.

—Señorita, disculpe.

Esta vez habló en voz más alta y, a mi pesar, vacilé. No había nadie más en el vestíbulo. Estaba claro que se dirigía a mí. Por un instante me propuse seguir, pero la posibilidad de que un par de guardias de seguridad corpulentos me sacaran a la fuerza del edificio era demasiado espantosa para arriesgarse. Me di la vuelta hacia la mesa poniendo una sonrisa que esperaba que pareciera inocente. Un segundo vigilante que no había visto hasta entonces levantó la vista con interés del montón de papeleo que tenía delante.

El primer hombre, el que me había interpelado, me indicó que me acercara haciendo un gesto sutil con los dedos. Madre mía, aquello iba a resultar más que embarazoso. Eché una ojeada rápida a la entrada, que seguía custodiada por el portero número tres. Estaba claro que escapar corriendo no era una opción. Me sentía culpable, pero hice un esfuerzo por disimularlo, de modo que intenté seguir sonriendo mientras me dirigía a recepción; me notaba las piernas como si fueran de gelatina. A medida que me acercaba, vi que lo que había Tomado por una mueca de enfado era en realidad una sonrisa bastante amable.

— ¿Sí? —pregunté, esperando que los demás no detectaran mi tono titubeante.

— ¿Ha olvidado algo? —quiso saber el hombre.

Le miré pestañeando estúpidamente. ¿Si había olvidado el qué exactamente? ¿Olvidado dirigirme a recepción? ¿Olvidado que no vivía en ese edificio? Qué diablos, podía apuntar mucho más alto: en realidad había olvidado los últimos cinco años.

— ¿Su llave? —prosiguió el hombre, como si le sonsacara la respuesta a un niño.

—Ah, sí, claro, mi llave —repuse yo, y abrí el bolso fingiendo buscar una llave que no poseía.

La sonrisa del guardia se hizo más amplia cuando me alargó una llave que colgaba de un gran llavero de plata.

—Siempre nos pide que le guardemos en recepción su copia de la llave del piso del señor Grandchester, señorita White —explicó en tono amable y paternal—.

Así se evita tener que llevársela a todas partes. Alargué la mano para aceptar la llave que me ofrecían y me fijé en que, por suerte, había un número grabado en el llavero de plata.

El guardia dudó, como si no estuviera seguro de si su próximo comentario sería del todo apropiado.

—Todos esperamos que ya se encuentre mejor, señorita White. La hemos echado de menos por aquí últimamente.

—Eh, gracias. Es usted muy amable.

Mis dedos se cerraron alrededor de la llave y sonreí a ambos hombres; entonces me di cuenta de que el más joven parecía algo inquieto. Su mirada iba de mí a la llave y de vuelta a su colega.

Me volví y reanudé mi marcha hacia los ascensores, y mientras iba hacia allí oí un rápido comentario en voz baja y la consiguiente exclamación del hombre de la mesa.

Pulsé el botón de llamada.

Más susurros apresurados: estaba claro que tenían algún dilema. Uno de ellos dio una instrucción y acto seguido se oyó cómo marcaban un número en el teléfono. Otra exclamación y un cuchicheo acalorado entre ambos.

¿Por qué tarda en bajar el maldito ascensor? Oí que volvían a probar el teléfono en el preciso momento en que se oyó el timbre que informaba de la llegada del ascensor. Solo logre escuchar las palabras «aún están prometidos» mientras se abrían las puertas y entraba en el ascensor.

—Señorita White —quiso detenerme el hombre más mayor levantándose de su asiento y rodeando la mesa. Pero no fue lo bastante rápido y las puertas se cerraron antes de que alcanzara siquiera la mitad del vestíbulo.

El piso de Terry estaba en el ático y solo esperaba que su línea hubiera permanecido ocupada durante el tiempo que me llevó llegar a su puerta. Creo que para entonces ya sabía lo que preocupaba a los guardias de seguridad de recepción y por qué no habían querido que entrara en su piso sin alertarle previamente.

Debía de tener mucha suerte, pues cuando me planté ante la puerta del piso no había señal de que hubieran anunciado mi visita. Desde el interior de la vivienda me llegaba el sonido de música, pero no de una conversación.

Inspiré hondo para calmar mi nerviosismo, temporalmente ensordecida por el fuerte latido de mi corazón, y deslicé la llave en la cerradura. La puerta se abrió y dejó a la vista un gran loft con parquet, decorado elegantemente con piezas de cuero en blanco y negro. El origen de la música estaba a mi izquierda: un caro estéreo reproducía una lenta y seductora melodía de jazz.

Encima de una mesita de cristal rectangular había una botella de vino abierta y dos copas medio vacías. A un lado del enorme sofá de cuero estaba el teléfono, descolgado. «Buena suerte con esa llamada de aviso, amigos míos», pensé mordazmente, sorprendida por el sabor amargo que tenía en la garganta.

Me quedé unos momentos allí plantada y entonces oí una voz lejana proveniente del fondo del piso, seguida de lo que parecía una carcajada. Me quedé quieta. Ya tenía la respuesta a mi pregunta gracias a todas aquellas pruebas. De hecho, ya conocía esa respuesta incluso antes de salir del café y parar el taxi. ¿De verdad necesitaba llegar hasta su inevitable y fea conclusión?

Caminé en dirección a las voces. Pues parecía que sí.

La puerta estaba abierta; bueno, ¿y por qué no? Pensaban que estaban solos en casa. Entré en la habitación en silencio, viendo más de lo que deseaba de sus cuerpos enroscados, hasta que algún sentido latente les advirtió de mi presencia. Sus reacciones fueron absolutamente distintas: Terry se echó hacia atrás como si hubiera recibido una descarga eléctrica, al tiempo que soltaba a la mujer que tenía entre sus brazos. Sussana se movió con calculada deliberación y sus ojos tenían una expresión indescifrable cuando cogió lentamente una sábana para cubrirse los pechos desnudos.

Permanecimos inmóviles durante apenas un segundo o dos, pero me pareció que la escena quedaba plasmada para toda la eternidad en un cuadro asquerosamente sórdido.

Pensé en decir algo, pero me habían arrebatado la facultad del habla. Fue Sussana quien rompió el silencio:

—Bueno, esto resulta horriblemente familiar.

Terry le lanzó una mirada iracunda antes de ir por los pantalones que había dejado tirados al lado de la cama. Mantuvo la mirada fija en mí mientras se los ponía a toda prisa.

Di la espalda al dormitorio y crucé rápidamente el piso. Me movía deprisa, pero me parecía estar en un sueño y que todo iba a cámara lenta. Oí que Sussana decía algo, a lo que Terry replicó enseguida en tono enfadado. Casi había llegado a la puerta cuando oí que él me gritaba:

—Candy, ¡espera! ¡Por favor, espera!

La abrí. Sus siguientes palabras quedaron silenciadas cuando cerré la puerta a mi espalda con suavidad, y no de un portazo. Una vez en el pasillo, con la horrible y patética escena encerrada en el interior del piso, respiré libremente. La sensación de mareo que había empezado a embotarme los sentidos desapareció de inmediato arrastrada por una bocanada de oxígeno, y con ella llegó también el dolor y, peor aún, la humillación. De hecho, la única emoción que no me asaltó fue la sorpresa. ¿Acaso no era exactamente lo que había esperado encontrarme?

No esperé a que llegara el ascensor, sino que seguí las indicaciones hacia la escalera de emergencias, escabulléndome por la puerta antiincendios justo cuando Terry irrumpía en el pasillo, abrochándose precipitadamente una camisa encima de un torso todavía perlado de sudor debido a sus recientes ocupaciones.

O bien oyó la puerta o bien adivinó hacia dónde había ido, ya que no perdió el tiempo llamando el ascensor y atravesó el pasillo corriendo en dirección a las escaleras. Oí cómo se abría la puerta y el eco de mi nombre reverberando por el hueco de la escalera. Su piso estaba en la quinta planta: eso equivalía a ocho tramos de escalones. Llevaba ventaja; lo lograría si me daba prisa.

Me alcanzó cuando aún no estaba ni a mitad de las escaleras, ya que mis altos tacones y mi visión borrosa me impedían bajar más rápido. Hasta entonces ni siquiera me había dado cuenta de que estaba llorando. Terry debió de bajar las escaleras como un rayo golpeándose los pies en cada escalón para alcanzarme tan deprisa. Me agarró con tanta fuerza para detenerme que casi me fui al suelo. Él reaccionó rápidamente, tirando de mí y evitando que me precipitara por el tramo de escaleras restantes. Sentí el calor y la humedad que desprendía su cuerpo a través de la fina tela de su camisa y retrocedí asqueada. Era el calor de ella.

—Por el amor de Dios, Candy, haz el favor de parar antes de que te caigas.

Entonces me encaré con él, con una furia tan ardiente que me secó las lágrimas al instante.

—¡Acaso te importa! ¡Esa sería la solución perfecta!

Su rostro se contrajo; parecía realmente afligido.

—Claro que me importa. ¿Cómo puedes decir eso?

Un veneno oscuro y ponzoñoso fluía por mis venas.

—Pues no lo sé, déjame pensar... ¿Será porque no hace ni un minuto te estabas cogiendo a otra?

Mis palabras le sobresaltaron e intentó acercarse a mí, pero yo me aparté con repulsión.

—Por favor, Candy, deja que...

— ¿Qué, Terry? —le corté—. ¿Qué pretendes ahora? ¿Explicarte? ¿Es eso? No te molestes. Ya he visto suficiente de tus asquerosos jueguecitos, sobran las explicaciones. ¡Entiendo perfectamente lo que pasa!

—Pero ¡si no pasa nada! —gritó.

— ¿En serio? —le dije—. ¡Pues desde donde estaba yo no se veía eso! Y no te olvides de que lo he visto desde primera fila. Puede que tenga amnesia, pero ¡incluso yo recuerdo que lo que hacían Sussana y tú era algo más que «nada»!

Se pasó la mano por el cabello, frustrado.

—No, no me refería a eso. Lo que quería decir es que no significa nada para mí. Ella no me importa en absoluto. Solo era sexo, nada más.

Fingí que su respuesta me había abierto los ojos antes de atacarle furiosamente como una fiera.

— ¿Y se supone que debo sentirme mejor por eso? —Él parecía desamparado, incapaz de hallar las palabras, así que aproveché la oportunidad—. ¿Sabes qué, Terry? Me da igual.

—No, Candy, no digas eso. Déjame que te lo explique. Dame la oportunidad de arreglarlo.

—No puedes estar hablando en serio —suplicó él, y había verdadera angustia en su voz. Pero sus siguientes palabras sellaron del todo su destino—. Es que cuando la semana pasada te encerraste en tu habitación...

No le dejé terminar. Una ira similar a la lava fundida me fluía por las venas.

— ¿Cómo? ¿Esa es tu excusa? ¿Han pasado dos semanas desde mi accidente y eso justifica que te acuestes con otra? ¿Es eso lo que me estás diciendo? ¿es eso Terry?

Entonces pareció preocupado; se dio cuenta de que seguramente era lo peor que podría haber dicho.

Y fue en ese momento cuando recordé las palabras de Sussana: lo primero que había dicho después de que los pillara.

— ¿Y a qué se refería Sussana antes, cuando ha dicho que «esto resulta horriblemente familiar»? —Sus mejillas se encendieron, mientras que la sangre abandonó las mías—. ¿Qué? ¿Ya había pasado antes? ¿Has mantenido una aventura con ella a mis espaldas? ¿Es eso?

—No, no. Por supuesto que no. Ya te lo he dicho, lo de hoy ha sido cosa de una vez. Simplemente... pasó.

Me ocultaba algo; lo presentía.

—Pero ya habías estado antes con ella, ¿verdad?

Su mirada se volvió opaca: vi que se rendía y que estaba dispuesto a confesar. Entonces lo entendí y las asquerosas piececitas del puzle terminaron de encajar.

— ¡Dios mío! Ya te había encontrado con ella en la cama, ¿no? ¡Cuando íbamos a la universidad!

Por un momento pareció alegrarse sinceramente de que hubiera recuperado la memoria.

— ¡¿Te acuerdas de eso?!

—No exactamente —bufé—. Pero eso fue lo que pasó, ¿verdad? Los encontré juntos y cortamos.

Asintió miserablemente.

—Pero después me perdonaste.

Leí la súplica en su mirada y maté esa esperanza incluso antes de que pudiera cobrar vida.

—Pero esta vez no, Terry. No voy a darte más oportunidades para que vuelvas a hacerme lo mismo. Nunca más.

Continuara...