Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
Caminé largo tiempo; anduve hasta que la ira que ardía en mi interior se hubo enfriado y la humillación ya solo me escocía en lugar de perforarme como una lanza incandescente. Pero, por muy lejos que fuera, no lograba borrar la imagen de sus cuerpos perfectos entrelazados como si se tratase de una obra de arte erótica. Pensaba que nada evitaría que esa visión se me quedara grabada en la memoria durante mucho tiempo. Qué irónico, teniendo en cuenta que últimamente había olvidado tantas cosas.
Al final, el frío y el agotamiento hicieron que mis pies inquietos se detuvieran. Levanté la vista en la esquina de un cruce transitado y leí el nombre de una calle que no conocía: no tenía ni idea de dónde estaba. Llevaba varias horas caminando distraída y, por primera vez desde que había salido corriendo de casa de Terry y me había sumergido en las calles, me obligué a parar un momento y decidir qué hacer a continuación. Y, para mi sorpresa, enseguida lo supe.
Al cabo de pocos minutos paré un taxi y le di al taxista la dirección del piso de Londres que había ido a ver con Albert una semana antes. De camino le pedí que se detuviera un momento porque necesitaba comprar algunas cosas. Mi móvil no dejó de sonar mientras cruzábamos la capital en coche, pero lo ignoré con determinación, tal como llevaba haciendo desde que, hacía pocas horas, por fortuna me había librado de Terry en la escalera. Al cabo de un rato dejó de llamar; quizá había comprendido finalmente que sobraban las palabras: no quedaba nada que decir.
El taxista se ganó la propina ayudándome a entrar en el edificio las cajas de embalar que había adquirido durante el trayecto. En cuanto estuve dentro del piso, dejé las cajas de cartón abiertas apoyadas en la pared, junto con la cinta adhesiva, las tijeras y los cordeles que había comprado.
La llamada que tuve que hacer a mi padre fue difícil. No había una forma sencilla de explicar la situación y, aunque le resté importancia a la naturaleza explícita de lo que había ocurrido, su instinto paternal le hizo poner la directa. Tuve que recurrir a todas mis dotes de persuasión para evitar que cogiera el siguiente tren a Londres.
—No me gusta la idea de que pases la noche ahí tú sola. No harás más que darle vueltas a lo que ha pasado.
—No, no lo haré —le aseguré, esperando que mi respuesta no fuera una mentira—. Estaré demasiado ocupada empaquetando cosas para darle vueltas a nada.
Algo en mi voz debió de convencerle de que no estaba deprimida ni tenía intenciones suicidas, ya que dejó de insistir y solo me pidió que le llamara por la mañana. Colgué el teléfono, segura de que, para él, el hecho de que hubiera puesto fin a mi compromiso y dejase el piso de Londres para volver a casa no eran tan malas noticias. Era demasiado pronto para saber si yo me sentía igual.
Empecé a colocar las cajas, distribuyéndolas por todas las estancias del piso. Trabajé metódicamente, vaciando alacenas, cajones y armarios con la misma indiferencia con la que lo haría un transportista profesional, recogiendo unas pertenencias que no reconocía de un hogar que no recordaba. Guardé muy pocas cosas en las dos cajas que me acompañarían de vuelta a Great Bishopsford: documentación que parecía importante y objetos antiguos que reconocía de años atrás. Las tiendas de beneficencia y el vertedero local podían quedarse con el resto. Quería llevarme lo menos posible de aquel lugar que había olvidado.
El hecho de empaquetar supuso una extraña catarsis; a medida que iba llenando y precintando caja tras caja tuve la impresión de que hacía algo más que deshacerme de posesiones. Por fin había descubierto la única ventaja de tener amnesia: no causaba ningún dolor empaquetar una vida que no recordaba; no sentía remordimientos porque no dejaba atrás recuerdo alguno.
Solo me detuve un momento ante la fotografía de Terry y yo en París. No podía meterla en las cajas de Great Bishopsford ni en las de las tiendas de beneficencia, así que creé una nueva pila con los objetos que pensaba que quizá me hubiera regalado él: todos demasiado caros para tirarlos. Podía embalarlos y devolvérselos pronto.
Cuatro horas después había terminado. Me dolía la espalda y estaba bastante sucia tras empaquetarlo todo, pero aun así sentí por primera vez que, a pesar de los horribles acontecimientos de aquel día, ese era el primer paso que daba realmente hacia el futuro, dejando atrás el pasado.
Apoyé la espalda en un lado de la cama, demasiado exhausta para levantarme del suelo del dormitorio. Solo necesitaba cerrar los ojos un rato.
En algún lugar cercano retumbaban fuertes golpes y gritos, pero no lo bastante cerca para desvelarme del todo. Pero cuando la puerta se abrió de golpe con la fuerza suficiente para romper una de las bisagras, sí que me desperté. Estaba tumbada boca abajo en el suelo, así que levanté la vista pestañeando como una lechuza miope por culpa de la luz cegadora de la habitación. Intenté enfocar la gran silueta que se recortaba contra la puerta del cuarto bajo las luces procedentes del resto del piso, unas luces que sabía que no había dejado encendidas.
— ¡Gracias a Dios!
Reconocí la voz, aunque todavía me pesaban los párpados y no enfocaba bien.
—¡¿Albert?! ¿Qué haces tú aquí?
No respondió a mi pregunta, sino que se dio la vuelta hacia alguien que tenía detrás. El desconocido bajito y de mediana edad me miró a mí y después a Albert antes de preguntar en tono vacilante:
—¿Va todo bien, agente?
Me puse en pie con esfuerzo, frotándome los ojos como si todo aquello fuera un sueño enloquecido que pudiera hacer desaparecer con ese gesto. Bajé las manos. No, los dos seguían allí.
Albert guió con mano firme al hombre haciéndole cruzar el piso hasta llegar a la puerta de entrada, tras lo cual le dio las gracias por su cooperación. El hombre se dejó llevar; parecía a la vez asombrado y un poco decepcionado de que le apartaran tan deprisa de un posible drama.
—Si necesita que haga una declaración o algo... —insinuó.
—Esta vez no será necesario, caballero. Pero permítame agradecerle de nuevo su ayuda.
Esperé a que Albert cerrara la puerta y entrase en el salón. No abrí boca cuando vi que se guardaba la placa en el bolsillo de la chaqueta, pero mi cabeza inclinada y mis cejas levantadas lo decían todo.
Albert parecía ligeramente avergonzado, pero no del todo arrepentido.
— ¿Esto es legal?
— ¿Si es legal el qué?
—Usar tu placa para allanar la casa de alguien.
Nuestras miradas se encontraron, pero no conseguí descifrar su expresión.
—Yo no he allanado tu casa — corrigió—. He convencido al portero para que me abriera la puerta.
— ¿Diciéndole qué, exactamente? ¿Que soy una terrorista internacional? ¿Una atracadora de bancos peligrosa? ¿Una lunática en fuga?
A Albert pareció disgustarle mi última sugerencia. Salvó la distancia que nos separaba con dos zancadas y contestó en voz baja:
—Que nadie conseguía localizarte... Que habías tenido un trauma recientemente y que luego habías recibido malas noticias. Y que quizá estuvieras... herida.
Me rodeó con los brazos y noté que un temblor le recorría el cuerpo cuando me atrajo hacia sí. Entonces lo vi todo desde otra perspectiva y entendí por qué la preocupación se había tornado tan deprisa en pánico.
—Me imagino que has hablado con mi padre —dije con la cara apoyada en el frente de su camisa.
—Sí.
— ¿Y no te dijo que solo quería quedarme aquí para ordenar el piso y que volvería a casa mañana?
Suspiró profundamente y su voz sonó algo ronca cuando respondió.
—Es que necesitaba hablar contigo. Asegurarme de que estabas bien. Y entonces intenté llamarte no sé cuántas veces y...
—No he mirado el móvil. Pensaba que era Terry.
Albert se echó hacia atrás y estudió mi cara como si intentara averiguar si me había costado mucho mencionar su nombre.
—Tu padre dijo algo al respecto. Me comentó que habíais tenido un desacuerdo.
Me reí.
—Sí, podría decirse así. Él creyó que no era mala idea acostarse con Sussana en su piso y yo no estuve de acuerdo.
Un torrente de emociones cruzaron fugazmente el rostro de Albert, demasiado rápido para que pudiera descifrarlas, pero creí distinguir furia y también algo mucho más dulce y optimista.
— ¡Tu padre no dijo nada de eso!
—Le di la versión editada.
Albert me cogió la mano, me llevó suavemente hacia el sofá y se sentó a mi lado. Consideré retirar mi mano, pero él no parecía tener ninguna prisa por soltarla.
—Cuéntamelo todo —me pidió.
Su voz era suave y alentadora, de nuevo la voz de mi confidente y amigo, pero había algo en sus ojos, algo que apenas reconocía, que me estaba alterando el pulso.
Guardó silencio mientras le conté todo mi día: desde la visita con la doctora hasta la traición de Terry. Observé atentamente su cara mientras le relataba todo aquello para ver cómo reaccionaba ante mis palabras. La tensión de su mandíbula cuando llegué a la parte en la que había encontrado a Terry y a Sussana juntos fue la única señal de la ira que se esforzaba por mantener a raya.
Cuando finalmente terminé, le dio la vuelta a mi mano, que tenía entre las suyas, y me pareció que se Tomaba un buen rato para elegir las palabras más adecuadas.
—Lo siento mucho, Candy. Siento que te haya hecho esto, que te haya herido de esta forma. Sé cuánto le... quieres. Pero te mereces a alguien mucho mejor.
Entonces se levantó de golpe y la atmósfera cambió tan abruptamente como si hubieran apretado un interruptor. En ningún momento me miró a los ojos. Se limitó a consultar su reloj con exagerada deliberación.
—Anda, se está haciendo tarde. ¿Qué te parece si voy a comprar comida para llevar o algo para picar? Seguro que no has probado bocado en todo el día, ¿me equivoco?
Sacudí la cabeza, no muy segura de que mi voz lograra ocultar lo que sentía.
—Vale, iré a buscar algo para comer. No tardaré.
Se marchó tan deprisa que casi resultó cómico. ¿Cuántas veces más iba a malinterpretar las señales y tener que ver cómo huía de mí antes de aceptar que los sentimientos que tenía ocultos en mi interior no eran correspondidos?
No le llevó mucho rato encontrar un sitio de comida para llevar. Apenas acababa de lavarme un poco la cara y las manos para quitarme la mugre que tenía encima tras empaquetarlo todo cuando regresó cargado con un montón de comida china y dos botellas de vino.
— ¿Viene alguien más? —pregunté al observar el surtido de recipientes aromáticos que estaba abriendo encima de la mesita.
—Esperemos que no —repuso sombríamente.
Sin duda estaba pensando en Terry. No creía que eso fuera ni remotamente posible; estaba segura de que sabía que presentarse en mi casa esa noche no le beneficiaba en absoluto. Sin embargo, la idea de que si estúpidamente Terry se presentara en el apartamento, y Albert y Terry se enfrentaran, me hizo temblar involuntariamente.
Tenía un hambre feroz y casi termine con nuestra cena improvisada.
— ¡Me encantan los camarones! — declaré mientras intentaba coger con los palillos el último trozo que quedaba.
—Siempre te han encantado —repuso Albert con una sonrisa, y el hecho de que se acordara me resultó extrañamente conmovedor.
Levanté la vista y vi cómo contemplaba mi sano apetito con una aprobación mal disimulada.
—Deja de hacer eso.
— ¿Hacer qué? —preguntó, obviamente ajeno a que le había pillado observándome.
—Vigilarme. Asegurarte todo el tiempo de que estoy bien y de que no voy a desmayarme o a morirme de hambre o a hacer algo estúpido en un ataque de depresión.
—Yo no hago nada de eso —negó él, pero su fanfarronada no me engañó en absoluto. Al fin y al cabo, le conocía desde hacía mucho, mucho tiempo.
— ¿Y a qué venía lo de antes, entonces, cuando has entrado como una exhalación?
Me miró a los ojos, pero no dijo nada.
—No necesito a otro padre que cuide de mí —afirmé. Corría el peligro de sonar desagradecida, pero tenía que estar segura de que lo entendía—. No tienes el deber de salvarme a todas horas.
Su mirada era inescrutable, pero finalmente respondió en voz baja:
—Ya lo sé. Pero siento que...
— ¿Sí? —le animé con un hilo de voz.
—Siento que... soy en parte responsable de lo que os ha pasado a Terry y a ti.
Definitivamente, aquello no era lo que había esperado oír.
— ¿Cómo es posible que pienses eso?
Suspiró con intensidad y se acomodó en el sillón que estaba enfrente de mí, situando la mesita entre nosotros.
— Terry y yo nunca nos hemos llevado bien...
— Eso no es nuevo.
Ignoró mi sarcasmo y prosiguió:
—Y supongo que, durante las semanas posteriores a que te atracaran, tú y yo hemos pasado bastante tiempo juntos. Está claro que Terry no ha disfrutado de tu compañía tanto como yo.
Una imagen que no quería recordar me cruzó la mente al escuchar su involuntario doble sentido.
—Así que eso no les habrá hecho las cosas fáciles.
Me dispuse a decir algo, pero él levantó la mano para detenerme.
—Y sobre lo que ha pasado hoy en su casa... Bueno, supongo que también debo asumir una parte de responsabilidad.
Me quedé mirándole, incrédula.
—No, ¡a no ser que pagaras a Sussana para que se desnudara y se metiera en su cama!
—Por Dios Candy, no seas tan simplista. ¿No crees que lo que ha hecho hoy es al menos en parte una forma de castigarte por lo que estuvo a punto de ocurrir entre nosotros?
Su comentario me sentó como una fuerte patada en el estómago.
— ¿Qué? ¿Crees que se lo conté? ¿Que lo dejé caer como si nada en medio de una conversación? ¿Cómo puedes pensar que haría algo así?
Examinó mi cara en busca de una respuesta. Pero lo que fuera que vio no suscitó la clase de reacción que esperaba, pues habló en un tono rígido y controlado cuando finalmente contestó:
—Para nada. Tienes razón.
Recogimos la cena en silencio, cada uno absorto en sus propios pensamientos. Tras tanto tiempo esperando a que finalmente hiciera alusión a lo que sucedió en el hotel, ahora deseaba que nunca hubiese sacado el tema. Albert lamentaba profundamente todo el incidente y al parecer daba por hecho que yo también. De repente, el día y sus muchas revelaciones me pesaron demasiado, así que no fingía cuando bostecé de manera exagerada y dije:
—Estoy agotada, me voy a la cama. ¿Seguro que estarás bien en el sofá con esas sábanas?
Como los dos sabíamos que la única alternativa era compartir mi cama, no me sorprendió oír su apresurada confirmación.
—Sí, estaré perfectamente. —Casi había alcanzado la puerta de mi cuarto cuando oí que añadía con voz suave—: Que duermas bien, Candy.
Por sorprendente que parezca, sí que dormí bien. Nada de sueños. Nada de alarmas misteriosas ni de extraños aftershaves, nada. Era evidente que Albert se había levantado y vestido hacía rato, ya que había agua borboteando en la cafetera y un plato de croissants dorados encima de la encimera. Cogí uno y empecé a mordisquear el hojaldre delicado y mantecoso mientras él me servía café... con leche.
—Veo que has ido a comprar.
Albert sonrió; por suerte, la tensión de la noche anterior había desaparecido. Supuse que no habría problema siempre que lo confináramos todo a terreno neutral. Retiró uno de los altos taburetes de cocina y trató de no sonreír cuando vio lo que me costaba sentarme allí.
—Es más fácil con tacones — murmuré.
Antes de que pudiera impedírselo me agarró por la cintura y me subió sin esfuerzo en el alto asiento de madera. Sus manos permanecieron allí un instante mientras me acomodaba, pero incluso ese breve contacto me hizo temblar.
— ¿Tienes frío? —quiso saber, fijándose en la camiseta sin mangas y en los pantalones de chándal con los que había dormido.
No era ni de lejos mi look más seductor; estaba sin maquillar y llevaba el pelo recogido en una coleta, un estilo que había vuelto a adoptar felizmente tras cinco años de ausencia. Sin esperar a que respondiera, se quitó la chaqueta y me la colocó por encima de los hombros, envolviéndome en su calor y en su irresistible aroma.
Bajó la cabeza para mirarme y sus ojos estaban llenos de calidez. De pronto ya no sentía frío. Me recorrió con la mirada desde la cabeza hasta los pies descalzos, que colgaban a un palmo del suelo. Pensé que le gustaba lo que veía, y juro que no me lo imaginé, pero entonces sus labios se torcieron en una sonrisa que había visto mil veces.
— ¿Qué te hace tanta gracia? — pregunté, dando un gran sorbo de café con leche para ocultar el rubor que notaba que empezaba a formarse en mis mejillas.
—Tú. Sentada ahí de esa forma me parece verte cuando tenías trece años.
—Vaya. Es por esa clase de cumplidos por lo que aún estás soltero —dije riendo mientras cogía otro croissant.
Nos llevó más de una hora sacar todas las cajas y cargarlas en el maletero del coche de Albert. Estábamos en el ascensor, subiendo hacia mi planta para coger la siguiente remesa, cuando mi móvil comenzó a sonar, tal como había estado haciendo a intervalos regulares durante las últimas horas. Lo saqué del bolsillo de los tejanos, leí en la pantalla quién llamaba y pulsé el botón de colgar.
— ¿Otra vez Terry?
Asentí con la cabeza, devolviendo el móvil al bolsillo.
—Ya se cansará.
— ¿Tú crees? —preguntó Albert cuando llegamos a nuestra planta. Estaba de espaldas a mí cuando se abrieron las puertas, así que no pude ver su expresión cuando añadió en voz baja—: Yo no lo haría.
Interesante. Muy interesante.
Un ratito más tarde cerré suavemente la puerta del piso por última vez. Supuse que tendría que regresar en algún momento para arreglar la cuestión del alquiler y las facturas, pero a todos los efectos oficialmente ya no vivía allí.
— ¿Estás bien? —preguntó Albert, dándome un pequeño apretón en el hombro para reconfortarme.
—Es raro, pero sí —respondí.
—Genial —declaró—. ¡Porque si recuperas la memoria y quieres volver a meter todas estas cosas en el piso tendrás que buscarte a otro que lo haga!
Reí, pero parte de lo que dijo me hizo reflexionar mientras nos dirigíamos de vuelta al coche. ¿Qué pasaría si realmente me arrepentía de las decisiones que estaba Tomando ahora cuando recobrara la memoria? La imagen de Terry y Sussana me volvió a la mente; sí que me llevaría tiempo olvidarme de ella, sí. No; algunas decisiones seguirían siendo acertadas fuera lo que fuese lo que la doctora Russell me hiciera recordar.
El tráfico era bastante fluido teniendo en cuenta lo poco que faltaba para Navidad; quizá el cielo oscuro y las ráfagas de viento mantenían a la gente alejada de Londres. En cualquier caso, notaba el calor y la seguridad del coche de Albert, ¿o puede que fuera él quien me hacía sentir así cuando estábamos juntos?
Fruncí el ceño. Sí que había pensado en eso, y mucho. De hecho, me parecía más duro renunciar a aquello que a casi todo lo demás. Trabajar como periodista había sido mi sueño durante muchísimos años; era irónico que ahora me sintiera un poco culpable y fraudulenta por ejercer esa profesión sin habérmela ganado.
—Tonterías —dijo Albert cuando traté de explicarle mis reservas a conservar el trabajo—. Ya viste los artículos que escribiste. Se te da bien. Te mereces ese empleo.
Disfruté de su elogio y suspiré melancólica.
—Es posible. No lo sé. Seguramente aún puedo alargarlo unas semanas más antes de Tomar una decisión definitiva.
—Sí, y por otro lado —especuló Albert al tiempo que se le ocurría otra alternativa—, quizá podrías recuperar tu antiguo trabajo en el periódico. Tu padre comentó en una ocasión que estarían encantados de tenerte de nuevo trabajando para ellos.
Esa idea ni siquiera se me había ocurrido, y aún estaba sopesando su sugerencia cuando añadió:
—Y estaría bien tenerte más cerca de casa. Me di la vuelta y miré por la ventanilla salpicada de lluvia para que Albert no viera que sus palabras me habían dibujado una pequeña sonrisa.
Y entonces fue cuando mi mundo volvió a desestabilizarse y la locura regresó.
Continuara...
