Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi.
— ¡Gira a la izquierda!
Albert apartó la mirada de la carretera, claramente sobresaltado por la urgencia que transmitía mi voz.
— ¿Qué? ¿Por qué? No tenemos que ir por ahí.
Algo en mi cara le dijo que no preguntara nada más y, con una maniobra que probablemente mereciera el bocinazo del taxi al que cortó el paso, viró de un carril a otro y giró a la izquierda.
—Sigue recto después del semáforo —ordené.
Volvió a mirarme inquisitivamente, pero me limité a sacudir la cabeza y él no insistió más. Llegamos a un cruce transitado.
— ¿Hacia dónde voy? —preguntó.
—Gira a la derecha y luego sigue hasta el final de la calle. Llegarás a una curva pronunciada a la izquierda.
No me cuestionó ni una sola vez ni intentó hacerme parar o explicarle adónde le llevaba. Ni siquiera se inmutó por las bruscas instrucciones que le gritaba, excepto una vez que comentó con delicadeza:
—Vaya, la mujer del GPS es mucho más cortés.
Me relajé un poco y estuve a punto de sonreír, lo cual habría sido un gran alivio, ya que mi corazón latía de forma irregular y me notaba el estómago revuelto mientras nos abríamos paso por innumerables callejuelas y desvíos. Sentía que alguna fuerza imparable e irresistible me atraía como un imán hacia nuestro destino.
Poco a poco fuimos dejando atrás los barrios más acogedores y finalmente llegamos a una calle de tiendas bastante dejadas situada en uno de los distritos menos atractivos de Londres.
— ¿Puedes pararte ahí? —dije señalando un aparcamiento que acababa de quedar libre—. Detrás de la furgoneta.
Albert hizo lo que le pedí; aparcó con destreza y luego apagó el motor antes de volverse hacia mí.
El pánico que había experimentado durante nuestro rodeo de quince minutos empezaba a remitir, pero en su lugar estaba apareciendo un temor que me resultaba familiar. Lo que estaba a punto de decir iba a mandarlo todo al traste y provocaría que todos me viesen de nuevo como una loca.
Albert me cogió las manos, que descansaban crispadas sobre mi regazo.
— ¿Cuál es?
—Cuál es ¿qué? —repuse yo, con la mirada fija en sus grandes manos, las cuales habían rodeado cariñosamente las mías para tranquilizarme.
— ¿Cuál es tu piso?
Entonces le miré, pero no pude verle bien por culpa de las lágrimas perladas que amenazaban con desbordarse. Le indiqué con un gesto de cabeza las viviendas que había al otro lado de la calle.
—El del fondo del todo, encima de la lavandería.
Contempló el inmueble unos segundos y luego se desabrochó el cinturón.
—Vamos, pues.
Le miré perpleja.
—Tenemos que ver qué hay.
Rodeó el coche hasta llegar a mi lado y me Tomó del brazo, sosteniéndolo firmemente bajo el suyo. Mi palidez cadavérica y mi expresión glacial debieron de preocuparle, ya que intentó rebajar la tensión del momento recurriendo al humor.
—Por cierto, recuérdame que nunca corra un rally contigo. Eres demasiado gruñona para ser mi copiloto.
Esperamos para cruzar la calle; la misma que había cruzado miles de veces cuando vivía allí. Albert andaba con paso decidido y firme, guiándome por entre medio del tráfico. Me daba cuenta de que seguramente estaría pensando en cómo lidiar con mi reacción cuando descubriera que el piso no era mío ni lo había sido nunca. Pero a mí me preocupaba algo muy distinto. Me volví hacia él y esperé a que mi voz sonara más segura de lo que en realidad me sentía.
— ¿Qué haremos si resulta que ese piso está lleno de cosas mías?
Enfrente de la lavandería, y sin prestar atención al público cautivo que esperaba junto a las lavadoras en el cálido interior, me rodeó con los brazos y me estrechó contra sí, como si su fuerte abrazo pudiera ahuyentar a los demonios.
—Lo afrontaremos. Pase lo que pase, lo afrontaremos.
Era un voto, un juramento, una promesa. Me confirió la fuerza necesaria para dejar de abrazarle y guiarle poco a poco hacia mi otro hogar.
La entrada al bloque de pisos situados encima de las tiendas estaba justo al doblar la esquina. Me detuve antes de girar y dejé que Albert alcanzara primero la puerta.
Me miró con curiosidad.
— ¿Ves que a tu lado hay un interfono?
Echó un vistazo a la parte izquierda de la puerta principal.
—Sí, pero la mayoría de los pisos tienen...
—Winter. Hunt. Webb. Freeman.
Observé cómo fruncía el ceño, confundido, mientras iba listando correctamente los nombres escritos en las etiquetas que había junto a cada timbre. Unos nombres que era imposible que estuviera leyendo desde mi posición.
—Y el de arriba es el mío. White. Me miró, después observó el interfono y de nuevo volvió a mirarme.
—Cuatro de cinco —anunció—. La etiqueta de arriba está en blanco.
Di la vuelta a la esquina y vi que estaba en lo cierto. La última vez que había visto ese aparato mi nombre estaba claramente impreso junto al botón superior. La duda empezó a ganarle terreno a la certidumbre que me había arrastrado hasta aquel lugar.
—Quizá sea el piso de una amiga tuya a quien no recuerdas —sugirió amablemente. Era una conclusión bastante razonable, excepto por un detalle.
— ¿Y es normal memorizar los nombres de los vecinos de tus amigos?
No tenía respuesta, pero yo veía que su mente policial se debatía contra las pruebas.
Pulsé el segundo timbre del interfono.
—La señora Hunt. Deja entrar a todo el mundo sin preguntar quién es. Es un verdadero peligro si alguien viene a robar.
Y eso fue lo que pasó: poco después de llamar al timbre se activó el mecanismo de entrada y la puerta se abrió lentamente.
Albert atravesó el umbral y puso un pie en el oscuro vestíbulo, que siempre olía levemente a detergente a causa de la lavandería. Ese aroma familiar hizo que mi seguridad flaqueara por momentos y que avanzase con paso algo titubeante cuando comencé a subir las deterioradas escaleras que teníamos enfrente. Albert me dio la mano y yo me aferré a ella como si fuera un salvavidas mientras ascendíamos por los desgastados escalones.
Dejamos atrás la primera y segunda plantas sin incidentes, pero cuando emprendimos el siguiente tramo de escaleras, una mujer corpulenta y de mediana edad con el cabello negro azabache se cruzó con nosotros a toda velocidad. Estaba concentrada en la lectura de unos papeles y dio un brinco de sorpresa cuando la saludé.
—Buenos días, señora Keyworth.
Se paró en seco y la sonrisa que ponía siempre para saludar desapareció cuando se fijó en los dos desconocidos que tenía delante.
—Buenos días —repuso automáticamente, aunque los ojos se le iban empequeñeciendo por la confusión —. Disculpen... ¿los conozco?
Esa era una pregunta muy interesante. Aguardé en silencio mientras examinaba mi cara sin reconocerla, y entonces desvió tanto su atención como su sonrisa inquisitiva hacia Albert. Sonreí para mis adentros debido a la típica reacción de mi casera. Siempre había preferido a los arrendatarios masculinos, sobre todo a los jóvenes.
—Seguramente no se acuerda de nosotros —dijo Albert en un tono suave. Eso era evidente—. Somos amigos de una persona que vive aquí. —Y eso otro era mentira.
La señora Keyworth seguía sonriendo indecisa cuando respondió:
—Ah, sí, claro. Me alegro de volver a verlos.
Y, tras eso, continuó bajando las escaleras y nos dejó atrás, aunque se detuvo un par de veces para mirarnos de manera inquisitiva desde el descansillo de la planta de abajo, como si hubiera algo que la preocupase. Probablemente se pasaría el resto de la mañana tratando de recordar dónde y cuándo había conocido a Albert. De mí ya se había olvidado.
Cuando volvimos a quedarnos a solas en las escaleras, miré a Albert para ver cómo estaba procesando esta última revelación.
—Era mi casera, la señora Keyworth. Es una mujer bastante maja, aunque a veces habla demasiado. Y tiene debilidad por los jovencitos.
Albert no dijo nada y ni siquiera sonrió por mi último comentario. Parecía ensimismado, como si hubiera algo que empezase a hacer mella en los fundamentos de sus convicciones.
—Creo que lo suyo ha sido un auténtico flechazo —le vacilé.
No se molestó en seguirme el juego y se limitó a decir en tono distraído:
—Pero a ti no te ha reconocido.
Subimos el resto de las escaleras en silencio hasta que finalmente alcanzamos la planta de arriba, donde se ubicaba la última vivienda. No había previsto que en cuanto nos plantáramos enfrente de mi piso me embargaría de pronto una fuerte sensación de familiaridad.
—Ya hemos llegado. Hogar, dulce hogar.
Albert estudió los alrededores: la puerta, cuyas capas de pintura iban desprendiéndose en gruesas láminas; las tristes paredes, que necesitaban ser redecoradas; y la mugrienta ventana del pasillo, tan impregnada de suciedad que apenas dejaba entrar algo de luz en aquella oscura mañana de diciembre.
—Francamente, me quedo con tu otro piso.
Me encogí de hombros.
—Bueno... —me animó, retirándose un poco para que me situara ante la puerta—. ¿Vas a llamar?
Di un paso al frente, pensando que llamar era del todo innecesario: quienquiera que estuviese en mi casa seguramente podía oír mi corazón martilleando como un tambor.
Me di cuenta de que el piso ya no era mío incluso antes de alzar la mano para golpear suavemente la madera. La puerta tenía una mirilla nueva que desde luego no estaba cuando yo vivía allí.
El repiqueteo de mis nudillos contra la madera resonó por todo el pasillo desierto. Dejé pasar varios minutos antes de intentarlo de nuevo, esta vez golpeando mi puerta con más firmeza.
—Parece que no hay nadie en casa — señaló Albert—. Puede que no esté ni ocupada. Abajo no había ningún nombre escrito junto al timbre.
Me sorprendió que sus palabras me llenaran de decepción. Haber llegado tan lejos y al final no poder acceder al piso era de lo más frustrante. Aunque los indicios que ya habíamos descubierto me decían qué me esperaba dentro, seguía necesitando verlo con mis propios ojos. Si quería recuperar cierta paz mental, debía entrar en el piso y comprobar que en su interior no había rastros ocultos de mi vida perdida.
Y entonces recordé algo. Me alejé de la puerta y me dirigí rápidamente a la ventana del pasillo, que estaba a poca distancia. Pasé los dedos por la madera descolorida del alféizar en busca de un asidero. Asiendo firmemente con ambas manos la madera amarillenta, empecé a tirar hacia arriba, golpeándome la rodilla con el alféizar cuando este se resistió a mis esfuerzos.
—Eh, ¿qué estás haciendo? — preguntó Albert, situándose a mi lado en un santiamén.
Gruñí a causa del esfuerzo, pero seguí intentando liberar el alféizar del hueco de la ventana. Albert posó sus manos sobre las mías y puso fin a mis intentos por levantarlo.
—Candy, a no ser que quieras que te detenga por vandalismo, ¿podrías explicarme qué estás haciendo?
Solté un suspiro y me enderecé.
—El tío que vivía en el piso antes que yo, un estadounidense, me contó lo de este alféizar defectuoso cuando me trasladé. Según parece solía salir y dejarse las llaves dentro, así que guardaba una de reserva en este ingenioso lugar. Si sigue ahí, podremos entrar en el piso y echarle un vistazo.
—Eso sí que es allanamiento de morada —afirmó Albert—. No quedaría demasiado bien en mi expediente, ¿no crees?
Le miré a los ojos. Tenía razón. Esto podría traerle problemas graves con sus jefes. Y no era responsabilidad suya. No podía poner en peligro su carrera.
—De acuerdo. Tú espérame en el coche. Lo haré yo sola. No tardaré.
Suspiró profundamente.
—Estás empeñada en seguir la senda del delito, ¿eh?
Y entonces, a pesar de sus palabras, me apartó con suavidad y agarró el alféizar. Este se alzó con facilidad de su lugar de apoyo con un único movimiento seco. Al extraer la base de madera se levantó una pequeña lluvia de yeso que enharinó por un momento los ladrillos sobre los que descansaba el alféizar. Cuando el polvo se asentó, ambos nos inclinamos hacia delante para mirar más de cerca. Pero no era necesario; se veía perfectamente que había una llave a buen resguardo dentro de una bolsita de plástico, enclavada en un hueco entre dos ladrillos. Albert emitió una breve exclamación de sorpresa.
Yo había extendido ya la mano para coger la llave cuando nos llegó desde atrás el sonido inconfundible de un pestillo descorriéndose y el ruido de varias cadenas. Con una maniobra veloz, Albert volvió a colocar el alféizar sobre los ladrillos y golpeó con fuerza la madera para que quedara bien asegurado justo cuando la puerta de mi antiguo piso se abría a nuestras espaldas.
—Buenas —dijo una voz masculina. Me di la vuelta esperando no tener la culpa pintada en el rostro y miré al hombre alto y delgado que había en la entrada de mi casa—. Siento no haber abierto enseguida. Estaba al teléfono. ¿Puedo ayudarles? —Tenía una sonrisa encantadora, pero advertí que la dirigía a Albert y no a mí. Ese día estaba que ni se la creía.
—Buenos días, caballero —empezó Albert adoptando su tono profesional—. Lamento importunarle, pero querría saber si podría concedernos unos minutos de su tiempo.
Mientras hablaba, Albert introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó su placa para que el joven la inspeccionara.
Fue interesante observar su reacción, ya que su cara palideció ligeramente bajo su caro y falso bronceado y se pasó nerviosamente las manos por su pelo perfectamente teñido. Me pregunté qué asunto se traería entre manos para sentirse tan incómodo al ver a un policía en la puerta de su casa.
— ¿Podemos pasar un momento? — preguntó Albert, aún en el papel de consumado oficial de la ley.
—Sí, claro, adelante, adelante — farfulló nervioso el nuevo inquilino de mi piso—. Disculpen el desorden. No esperaba visitas; ¡la casa está patas arriba!
Le seguimos mientras atravesaba el vestíbulo, que yo había pintado de un amarillo chillón para darle vida. Ahora estaba recubierto por un elegante papel pintado a rayas azules y blancas. Tampoco el salón estaba ni de lejos en tan mal estado como había afirmado el dueño, decorado con muebles elegantes y minimalistas de color blanco y azul marino. Realmente parecía mucho más espacioso sin todas mis cosas.
—Siéntense, por favor —nos ofreció el hombre—. ¿Quieren algo de beber? ¿O de comer?
—No, gracias, caballero. No nos llevará más que unos pocos minutos, de verdad. El hombre empezaba a relajarse al ver la sonrisa alentadora de Albert. Se le daba muy bien ese rollo policial. Si realmente hubiera ido a interrogarle por alguna falta, seguro que le habría infundido una falsa sensación de seguridad.
— ¿Podría darme su nombre, por favor? —pidió Albert tranquilamente, e incluso sacó una libretita para rematar la ilusión de que se trataba de una investigación. Madre mía, era muy bueno.
—Maximilian MacRae —dijo el hombre, sentado en el borde de un sofá blanco que contrastaba fuertemente con sus pantalones de cuero negros. Se inclinó hacia Albert con una sonrisilla y añadió—: Pero todo el mundo me llama Max.
¿Se podía ser más directo? Me mordí el labio, que amenazaba con temblarme ligeramente por la risa. Albert, en cambio, parecía indiferente ante cualquier comentario inapropiado.
—Señor MacRae —empezó, redirigiendo la entrevista a terreno formal—, estamos investigando la desaparición de una persona. ¿Sabe algo de una tal Candy White?
Levanté la cabeza de golpe al oír mi nombre.
—No. Me temo que no me suena de nada. ¿Por qué? ¿Le ha ocurrido algo?
Su tono transmitía una curiosidad casi malsana, el deseo de oír hasta el detalle más siniestro. ¡Si hubiera desaparecido de verdad, este tío sería uno de mis sospechosos principales! —Esperamos que no. Solo tratamos de dar con su paradero. Nos consta que este piso es su última dirección conocida.
Estuve a punto de aplaudir la habilidad con la que Albert había dirigido la conversación para averiguar lo que nos interesaba.
— ¿En serio? Qué extraño. Verá, hace tres años que vivo aquí y antes que yo había un joven estadounidense que llevaba todavía más tiempo. Así que si esta tal... Candy, ¿se llamaba así?, vivía aquí, debió de ser hace muchísimo tiempo.
—Comprendo —repuso Albert, y se volvió hacia mí con una pregunta en la mirada: «¿Con esto te basta?».
Eché un vistazo a aquella estancia que me pertenecía pero que a la vez nada tenía que ver conmigo. Me veía por todas partes y en ninguna. Incliné un poco la cabeza.
Albert se levantó y yo hice lo propio.
—Muy bien, muchas gracias, señor MacRae. Y, de nuevo, disculpe las molestias.
—Por favor, llámeme Max.
—Gracias, Max —corrigió Albert, dirigiéndose ya hacia el vestíbulo—. Ha sido de gran ayuda. Max sonrió, aunque poco convencido por las palabras de Albert.
—Espero de todo corazón que encuentren a la chica desaparecida. Y, por favor, si tiene más preguntas o necesita cualquier cosa, déjese caer por aquí cuando quiera. Siempre estoy en casa.
La invitación iba dirigida a Albert; a mí me excluyó como si fuera invisible. Me di la vuelta y fingí observar mis zapatos, segura de que no haría falta mucho más para que me partiera de risa. Miré de reojo a Albert y vi que le temblaban ligeramente los hombros.
Max nos acompañó hasta el vestíbulo y permaneció junto a la puerta abierta mientras nos alejábamos.
—Por cierto... —dijo Albert, dándose la vuelta hacia Max tras haber dado solo unos pocos pasos—, esa llave que tiene escondida bajo el alféizar... No es una buena idea.
Fue muy divertido ver cómo le cambiaba la expresión a Max: pasó del tímido coqueteo al más absoluto asombro.
— ¿Cómo sabe que...? Nadie más...
—Es el primer sitio donde miraría un ladrón —dijo Albert, cogiéndome del brazo y guiándome hacia las escaleras —. Que pase un buen día, caballero.
Aguantamos la compostura hasta que estuvimos fuera del alcance de su oído y entonces dimos rienda suelta a la risa como una feliz y sana vía de escape a la tensión. Hasta me caían lágrimas por las mejillas cuando abrimos la puerta principal y nos precipitamos al exterior del edificio bajo el frío de aquel día de diciembre.
—Madre mía, estás de racha, ¿eh? — comenté al fin, cuando hube recuperado la capacidad de hablar.
Albert se encogió de hombros con humildad.
—Qué quieres que haga... Eso es lo que pasa cuando uno está bueno.
Una vez dentro de su coche, se puso un poco más serio.
— ¿Sabes cuántas leyes acabo de infringir?
— ¿Unas cuantas? —aventuré, mordiéndome el labio con aires de culpabilidad.
—Sí.
—Lo siento —murmuré.
Alargó el brazo y Tomó mi mano, acariciándola en un intento de reconfortarme. Observé la facilidad con que sus dedos se entrelazaban con los míos y supe que no debía seguir malinterpretando sus intenciones, aunque me resultase muy difícil.
Por de pronto se imponía la realidad de lo que acabábamos de vivir.
—Vamos, dispara. Dame una explicación de lo que acaba de pasar ahí dentro.
—Bueno, como es natural, Maximilian cayó hechizado bajo mis encantos y...
Antes de que prosiguiese con su comentario chistoso, le corté con una expresión nada propia de una dama.
—Ya sabes a qué me refiero. Explícame cómo sabía yo todas esas cosas: cómo entrar; los nombres de la casera y los inquilinos, tanto los antiguos como los actuales; por no hablar de la llave escondida.
Guardó silencio tanto tiempo que casi pensé que no iba a responder. Finalmente emitió un largo suspiro y dijo:
—No puedo.
Me volví en el asiento para estudiar mejor su expresión. No estaba acostumbrada a oírle tan inseguro. Casi me supo mal el dilema que le estaba planteando porque sabía que su mente lógica de policía debía de estar pasándolo mal al tratar de comprender algo que no tenía ningún sentido.
Entonces encendió el motor, soltándome finalmente la mano.
— ¿Esta vez puedes intentar guiarme siendo un poco menos agresiva?
—Guiarte ¿adónde?
Me miró como si me estuviera haciendo la tonta adrede.
—A Anderson's Engineering. Así se llama el sitio donde trabajabas, ¿no?
Asentí con la cabeza, incapaz de ocultar una sonrisa de pura gratitud. No solamente se había acordado del nombre, sino que, más importante aún, sabía y entendía que necesitaba su ayuda en esa misión imposible, y sin tener que pedírselo. Y, de pronto, aquella peripecia en busca de respuestas me pareció mucho menos abrumadora y siniestra ahora que no la afrontaba sola.
Cuarenta y cinco minutos después volvíamos a estar en el centro de Londres.
—Hay un pequeño aparcamiento escondido en ese callejón —dije yo señalándolo.
Albert siguió mis instrucciones y ya no se sorprendió al descubrir que el minúsculo recinto estaba exactamente donde le había indicado.
Mientras recorríamos el pequeño tramo que había hasta la empresa de ingeniería, fui escrutando los rostros de los transeúntes en busca de alguno de mis colegas, pero no reconocí a nadie. Y, lo que era más importante, nadie me reconoció a mí.
La entrada al edificio estaba en lo alto de unos grandes escalones de asfalto. Me quedé dudando un momento en la acera antes de volverme hacia Albert.
—Muchas gracias —murmuré tan bajito que el viento de diciembre casi se llevó mis palabras.
Su sonrisa me infundió todos los ánimos que necesitaba para empezar a subir los escalones en dirección a la gran puerta de cristal. Cuando llegamos arriba, Albert hizo ademán de llamar al timbre, que estaba situado debajo de un cartel que decía: Las visitas deben llamar para entrar.
—Espera —urgí señalando con la cabeza un pequeño teclado plateado incrustado en un marco de aluminio.
Detrás de mí oí la respiración agitada de Albert cuando la puerta respondió a la orden y se abrió. Entonces le miré; y mi rostro expresaba claramente el desafío que aquello suponía contra toda explicación lógica.
La expresión de Albert era un compendio de dudas e interrogantes cuando entramos en el edificio, pero al llegar al vestíbulo fui yo la que vaciló y se detuvo.
— ¿Candy? —Dijo Albert—. ¿Estás bien?
Miré a mí alrededor, a ese conocido lugar de trabajo, y suspiré de impotencia.
— ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Voy a mi mesa y saco a rastras a quienquiera que esté sentado en mi silla? ¿Y luego insisto en que tengo derecho a estar aquí hasta que alguien llame a seguridad y nos echen?
Casi pareció que mis palabras lo hubieran conjurado, pues la aparición de un guardia de seguridad nos cogió a los dos por sorpresa. Se nos había acercado con tanta presteza y sigilo que ninguno de los dos lo habíamos visto venir.
— ¿Puedo ayudarles? —preguntó el hombre en un tono nada amable.
Solo cabía suponer que nos había visto entrar en el edificio y, al no reconocernos como empleados, no había dudado ni un segundo en abandonar su puesto e impedirnos el paso.
Traté de poner una sonrisita inocente, pero no logré rebajar la frialdad de sus ojos. Aquel hombre me resultaba algo familiar, pero veía en su mirada ligeramente hostil que él no me conocía de nada. Esperaba que no hubiera activado ya alguna alarma oculta.
—Ah, hola. Quizá podría ayudarnos, sí. Hemos quedado con una amiga mía para comer; trabaja aquí. Hacía un poco de frío para esperarla fuera. Espero que no sea problema que hayamos entrado.
El guardia relajó un ápice su actitud y su lenguaje corporal pasó de transmitir agresividad a ira contenida. Estaba claro que creía que mi «amiga» había ido repartiendo sin ton ni son la contraseña de entrada a personas que no trabajaban en la empresa. Acababa de meter en un buen lío a mi nueva amiga imaginaria.
El guardia emitió un gruñido evasivo que podría haber sido tanto una respuesta como un simple carraspeo. Mantuve mi amplia sonrisa, pensando que si no dejaba pronto de escudriñarnos de aquella forma tan suspicaz se me rompería la mandíbula del esfuerzo. Por suerte, Albert intervino en ese momento, añadiendo veracidad a nuestra farsa.
— ¿Podría llamar a nuestra amiga y avisarla de que estamos aquí?
Mentía de manera muy convincente para ser un agente de policía, lo cual era un poco preocupante. Sin embargo, su comentario pareció darle cierta veracidad a nuestra historia, ya que el guardia se encaminó de nuevo hacia recepción, indicándonos con un gesto que le siguiéramos.
Cuando volvió a estar tras el mostrador, con los dos visitantes situados tras esa barrera infranqueable, debió de pensar que se había restablecido el orden, ya que fue mucho más cortés cuando preguntó:
— ¿Podría darme el nombre de su amiga, por favor? Sin pararme a pensarlo, dije:
—Candy White.
Cuando su regordete dedo índice llegó al pie del directorio, el guardia levantó la vista y nos miró a ambos con renovada desconfianza.
—Candy White, ¿ha dicho? Aquí no trabaja nadie con ese nombre.
Miré a Albert para ver si pensaba echarme un cable y arreglar mi metedura de pata, pero se limitó a ofrecerme un atisbo de sonrisa que venía a decir claramente: «Tú has cavado este agujero, así que ahora sal de él».
Reprendí a mi compañero con la mirada y me resigné a tener que hacerme la tonta.
—Ah, perdone, ¡ese es mi nombre! — La cara del guardia hablaba por sí sola —. Mi amiga se llama Emily, Emily Frost. —Solté el primer nombre que me vino a la cabeza—. Pero bueno, ¿sabe qué? Creo que al final la esperaremos fuera y así... así le daremos una sorpresa. Disculpe las molestias. —Tiré de la manga del abrigo de Albert y empecé a arrastrarlo hacia la salida.
—Sutil —declaró este, dejándose llevar hacia la puerta—. Seguro que ahora no sospecha nada raro, ¿eh?
Notaba que los ojos del guardia seguían clavados en nosotros mientras cruzábamos el vestíbulo. Cuando alcanzamos la puerta oí que decía algo y por un momento creí que se dirigía a nosotros, pero solo se estaba despidiendo de otro guardia que salía a comer.
—Hasta luego, Niel.
Con la mano ya en el pomo de la puerta, me volví y vi a un segundo vigilante de seguridad que atravesaba el vestíbulo y que se dirigía también a la salida. Tenía la edad de mi padre, más o menos, y era de pelo canoso y de tez rubicunda. Abrí la boca automáticamente y le saludé con una cálida sonrisa.
—Hola, Niel. ¿Cómo estás?
La cara de desconcierto de Niel pasó a ser de recelo al escuchar mi siguiente comentario:
— ¿Cómo está tu mujer? ¿Ha salido ya del hospital?
Niel se puso totalmente lívido; sus ojos fueron rápidamente de Albert a mí, y a continuación miró por encima del hombro en dirección a su colega. Salió afanosamente por la puerta arrastrándonos con él. Cuando los tres hubimos cruzado el umbral y estuvimos fuera del edificio se encaró conmigo bruscamente y me preguntó en tono casi beligerante:
—Perdona, ¿qué acabas de preguntarme?
No estaba acostumbrada a que me hablara de esa forma; por un momento me había olvidado de que para él yo era una perfecta desconocida. Niel, en cambio, parecía sumamente alterado por mis palabras.
—No lo entiendo... ¿Quién eres?
—Soy Candy. Candy White. —Si pretendía con ello que me reconociera, la cosa iba para largo.
—No te conozco —aseguró Niel, meneando la cabeza.
Al parecer, últimamente todo el mundo cantaba ese conocido estribillo. No se me ocurrió qué podía decirle para que no me Tomara por una loca.
—Pero lo que quiero saber en realidad —continuó Niel en tono apremiante— es cómo narices sabes lo de Muriel. No le he contado a nadie de aquí lo de su enfermedad. Ni una sola palabra.
Albert tuvo que contarle una mentira a Niel para que nos acompañara al pub. Decirle que si se Tomaba una copa con nosotros se lo explicaríamos todo estaba lejos de la verdad, se mirara como se mirase. No obstante, cuando sugerí ponernos a resguardo del viento cortante y trasladar nuestra conversación al pub King George, donde cada día acudían a comer la mayoría de los trabajadores de la empresa, Niel aceptó a regañadientes.
Resultó un poco desconcertante ver las miraditas de reojo que me echaba mientras recorríamos los pocos cientos de metros hasta aquel antro, como si fuera una extraña vidente o algo peor.
El pub estaba abarrotado, como era habitual a esa hora, y nos costó encontrar sitio. Mis compañeros de trabajo estaban reunidos en grupitos a nuestro alrededor y tuve que morderme la lengua para no saludar a todos con los que me cruzaba. Al fin vi una mesa libre hacia el fondo del local y fui corriendo a reservarla con un Niel visiblemente reticente detrás de mí.
Le sonreí con timidez mientras Tomábamos asiento. Esperamos sentados y en silencio a que Albert trajera las bebidas. La incomodidad del momento me entristeció porque ese hombre siempre me había caído bien, incluso antes de que averiguara lo mucho que teníamos en común. Albert regresó al poco rato con una ronda de bebidas y nos hizo saber que había pedido tres almuerzos fríos que nos traerían enseguida. No sé por qué, pero dudaba que nadie tuviera demasiado apetito.
— ¿Quién te ha hablado de Muriel, pues? —disparó rápidamente Niel sin más preámbulos.
Sacudí la cabeza, pensando que era mejor no responder en primer lugar a esa pregunta concreta. Niel estaba muy a la defensiva, lo cual quedó clarísimo con su siguiente comentario.
—No sé a qué estáis jugando, pero no quiero que nadie me cause problemas en el trabajo por esto.
Le inquietaba sobremanera que alguien a quien no había visto nunca conociera su secreto más privado. Alargué el brazo para darle unos golpecitos en la mano y tranquilizarle, pero me detuve al ver su expresión horrorizada.
—No queremos causarte ningún problema, Niel —le aseguró Albert en tono apaciguador.
—No tengo dinero, que lo sepáis — advirtió Niel. — ¡Ya basta! ¿Cómo sabéis todo esto? ¿Quiénes sois?
No había modo sencillo de empezar, pero lo único que podía hacer era decir la verdad tal como la conocía.
—Sé que te resultará un poco difícil de creer, pero en realidad soy tu amiga, Niel.
Clavó su dura mirada en mí durante un buen rato. Luego hizo lo mismo con Albert.
—Ah, no —aclaró este—, yo sí que soy un desconocido. Es Candy la que te conoce.
Niel volvió a mirarme, y se le veía tan confuso que me supo mal haberle metido en esto. Ya tenía bastantes problemas con lo suyo.
—Si somos amigos, ¿cómo es posible que no te conozca? Tengo buena memoria, es algo necesario en mi trabajo. Nunca olvido una cara y evidentemente recordaría haberle contado los detalles de mi vida privada a una desconocida.
Sonreí para suavizar mis palabras, aunque esperé que no malinterpretara el hecho de que le mostrara los dientes como un acto de agresión.
—Sé que parece una locura. Pero somos amigos, muy buenos amigos. La razón por la que sé tantas cosas sobre ti y tu familia, en especial sobre la enfermedad de Muriel, es porque yo he pasado por algo similar con mi padre.
Por primera vez, la expresión de Niel se suavizó y reveló al hombre amable que tanto me había apoyado cuando compartíamos nuestras preocupaciones y temores por nuestros seres queridos que luchaban contra la misma enfermedad.
—Lo sé —dije con tacto.
Aquella preocupación había sido un tema recurrente en nuestras conversaciones. Habíamos congeniado y nos habíamos dado fuerzas mutuamente hablando de cómo nuestros familiares luchaban contra el cáncer. Era triste que en esa nueva versión del mundo Niel no tuviera a nadie con quien compartir su carga.
—Pero ¿cómo sabes todo esto? — volvió a insistir Niel—. ¿Quién te lo ha contado?
No podía obviar la pregunta por segunda vez.
—Tú.
No sabría decir si logramos convencer a Niel de que éramos sinceros. Lo único que sé es que cuando le relaté, detalle la lucha de su mujer contra la enfermedad, que tanto se había parecido a la de mi padre, ya no pudo negar que yo poseía una información que creía no haber dado a nadie. Al final intentó hallar una explicación con la que pudiera vivir y no le mantuviese en vela por las noches en años venideros.
—Debe de ser por el estrés —declaró al cabo.
—¿El qué? —preguntó Albert.
—Que lo haya olvidado. Sí, eso es. Tanta preocupación me ha provocado una especie de... amnesia.
A sus palabras siguió un largo silencio. Miré un segundo a Albert de forma significativa antes de contestar solemnemente:
—Es algo muy común.
Llegó la comida, pero no nos quedamos en el pub mucho tiempo más. Albert parecía ser el único que tenía un poco de apetito, aunque pensé que Niel comería más cómodo después de que nos fuéramos.
Tuve un extraño encuentro en el baño cuando salí del retrete y vi a Emily Frost delante del espejo del lavabo.
—Buenas —la saludé con una sonrisa cordial, olvidando que no sabía nada de nuestra supuesta cita para comer o ni siquiera quién narices era yo. Me miró con recelo a través del reflejo del cristal. De repente me harté de ser una extraña entre personas que había conocido durante tanto tiempo. Era hora de marcharse.
Albert le tendió la mano a Niel.
—Ha sido un placer conocerte.
No fue ninguna sorpresa que Niel no respondiera al comentario. De mí se despidió con un poco más de amabilidad después de que le dijera:
—Lo siento si te hemos disgustado. Espero de todo corazón que Muriel se recupere. Pensaré en ustedes dos.
Entonces nos dimos la vuelta para irnos y la mano de Albert me guio firmemente mientras nos alejábamos de la mesa.
Me volví para mirar al hombre al que habíamos dejado tan confuso.
—Tu padre, Candy, ¿cómo está? ¿Cómo se encuentra ahora?
Sonreí lentamente a mi viejo amigo.
—Se recuperó, Niel.
Continuara...
