Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi
—Niel parece un buen tipo.
No dije nada y me quedé mirando fijamente por la ventanilla mientras íbamos dejando atrás las zonas residenciales de Londres.
—Creo que al final le hemos convencido de que no estamos chiflados —volvió a intentarlo Albert.
Seguí sin contestar.
— ¿Estás bien? —preguntó amablemente, apartando la mano del volante un momento para darme un pequeño apretón y tranquilizarme.
—No me conocía. —Hablé con voz apagada e inexpresiva, pero aun así Albert detectó el dolor que sentía.
—Lo sé —dijo en un tono que expresaba pena y comprensión.
—No entiendo por qué me sorprende, debería haberlo imaginado. Pero Niel es la primera persona con quien hablo que conozco bien, que realmente me importa. ¡Es mi amigo, por Dios, y no sabía quién era yo! —Recordé el pub lleno de rostros familiares, ninguno de los cuales me había reconocido—. Nadie lo sabe.
No podía culpar a Albert por que no se le ocurrieran unas palabras de ánimo. ¿Qué podría haber dicho que me ofreciese algún tipo de consuelo?
—Casi parece que no sea yo quien tiene amnesia... ¡sino ellos! Me han borrado literalmente de sus recuerdos.
—Oye, no irás a ponerte ahora en plan ciencia ficción, ¿verdad?
Estaba claro que Albert se refería a la teoría que le había expuesto la última vez que estuvimos en Londres: la de un mundo paralelo donde todo el mundo seguía existiendo y llevaba una vida similar pero ligeramente distinta a aquella.
—Es una teoría... —propuse tímidamente.
—Es extravagante.
—Pero ¿y si fuera cierta, extravagante o no? ¿Y si me ocurrió algo cuando me golpeé la cabeza durante el atraco? ¿Y si realmente intercambié mi vida con la de otra versión de mí misma?
Albert rió, pero cuando vio que no me unía a él enseguida recuperó la compostura.
—Candy, no puedes hablar en serio —empezó con dulzura—. Sé que hay un montón de preguntas sin respuesta, pero de verdad que no creo que la gente pueda ir dando saltos en el tiempo y aparecer en sus «otras vidas».
—No estoy hablando de viajar en el tiempo. Puede que esa noche pasara algo y crease... no sé... una especie de anomalía en el continuo espacio-tiempo.
— ¿Sabes siquiera qué es el continuo espacio-tiempo?
—No. Pero a lo mejor podríamos encontrar a un científico o a un experto en la materia. Alguien que quizá tenga algunas respuestas. —«Alguien que no piense que estoy loca de remate», terminé mentalmente.
—Candy, cielo, esas cosas solo pasan en los libros y en las películas. En la vida real no puedes buscar «Científico raro» en las Páginas Amarillas. ¿Por dónde empezaríamos?
—No lo sé —repuse tercamente. Sabía que Albert tenía razón, pero no quería oírlo.
— ¿Quieres saber qué pienso yo?
Me volví en el asiento para verle mejor.
—Adelante.
—Pues creo que sí que te ocurrió algo cuando te golpeaste la cabeza. Algo muy inusual y único. Algo que te permite... no sé, leer las mentes, quizá, o captar algún tipo de energía psíquica e interpretarla en forma de recuerdos... No lo sé.
— ¿Y entonces por qué esos daños neurológicos no aparecen en la multitud de pruebas que me han hecho?
Sacudió la cabeza.
—No lo sé. Como ya te he dicho, creo que debe de ser algo absolutamente excepcional. Puede que salga en las pruebas pero que los médicos no sepan interpretarlo. Tal vez seas la única persona a quien le ha pasado esto.
No podía negar que su sugerencia tenía cierto fundamento racional. Pero no acababa de encajar, al menos no tanto como mi propia idea.
Tenía dos opciones: seguir insistiendo en que se trataba de algo sobrenatural — a falta de una palabra mejor— y arriesgarme a perder del todo su apoyo o bien Tomar una decisión madura y dejarlo correr. Elegí sabiamente.
—Así que soy única, ¿eh? —dije con un atisbo de sonrisa—. ¿Una entre un millón?
—Nunca en mi vida lo he dudado, ni por un instante.
No pude remediarlo: mi sonrisa fue ensanchándose más y más hasta correr el riesgo de parecer una versión demente del gato de Cheshire. También me di cuenta de que Albert parecía encantado con mi reacción.
Tras unos cuantos kilómetros más observando el quitamiedos gris de la autopista volví a sacar el tema.
—Pero ¿qué pasará si jamás llegamos al fondo del misterio? ¿Si no hallamos nunca las respuestas? ¿Qué haremos entonces?
Albert permaneció callado largo rato.
—Bueno —dijo al fin—, recuerdas perfectamente los primeros dieciocho años de tu vida, ¿verdad? —Sí, justo hasta el día del accidente de coche.
—Así que, en perspectiva, podríamos decir que solo has «perdido» inexplicablemente un pedacito de tu pasado. Supongo que lo que debes plantearte ahora es cuánto tiempo y energía quieres dedicar a mirar hacia atrás. —Luego su voz cambió y su timbre se volvió más suave y grave—: Por lo que a mí respecta, me interesa mucho más tu futuro que tu pasado.
Me pasé el resto del viaje hacia casa reproduciendo esas palabras en mi cabeza.
A mi padre se le iluminaron los ojos cuando crucé el umbral con las enormes cajas de embalar y una maleta llena de pertenencias mías.
—No te importa que me quede aquí contigo un poquito más, ¿verdad? — pregunté cuando entré en casa.
Obviamente era una pregunta innecesaria, pero me sorprendió ver que se le humedecían los ojos tras oír mis palabras.
—¿Te encuentras bien, papá?
Se frotó los ojos con la mano.
—Creo que me estoy resfriando — masculló abruptamente inclinándose para recoger las cajas—. Deja que lleve estas arriba. Y por supuesto que no me importa. Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras.
Mientras le observaba subir las escaleras me embargó de pronto una oleada de amor por el único progenitor que había conocido, mezclada con una enorme gratitud porque en esa realidad estuviera tan sano y en forma. Puede que volver a hablar con Niel sobre la enfermedad de su mujer hizo que de pronto me diese cuenta de que, en varios aspectos, esa vida era muchísimo mejor que la que recordaba. Bueno, sin contar el desafortunado incidente con Terry. Pero quizá aquello tampoco era tan malo: mejor enterarme ahora de que era incapaz de serme fiel y escapar mientras pudiera antes de cometer el error de casarme con él.
Al día siguiente por fin me decidí a contestar a una de sus muchas llamadas. Tuve que hacerlo; había estado llamándome sin parar al móvil y a casa desde que le había pillado con Sussana. No fue una conversación agradable y dije ciertas cosas de las que no me siento especialmente orgullosa. No era que no se lo mereciera, pero había albergado la esperanza de que al menos pudiésemos hablar civilizadamente. Pero cualquier conversación telefónica que termina con uno de los dos gritándole al otro «¡Disfruta de tu vida!» no podía considerarse precisamente un éxito.
Los días siguientes se presentaban bastante agradables: el día de Navidad se nos echaba encima y, aunque no sentía mi entusiasmo habitual por aquellas fechas, intenté poner buena cara, por mi padre. De todos modos, no creo que consiguiera engañarle demasiado, sobre todo porque lo primero que yo preguntaba al volver de un paseo o tras ir de tiendas era: «¿Ha venido o llamado alguien mientras estaba fuera?».
Supongo que mi padre pensaba que esperaba noticias de Terry, y no me molesté en sacarlo de su error. Sin embargo, no era la falta de contacto con mi ex prometido lo que me preocupaba, sino no saber nada de Albert. Considerando lo que nos habíamos dicho recientemente, creía —o más bien esperaba— que vendría a casa con más frecuencia, pero no había vuelto a verlo ni a hablar con él desde que habíamos regresado de Londres.
Quizá tuviera mucho trabajo, de acuerdo, pero vamos, ¿qué le costaba hacer una llamada? ¿Era posible que estuviera arrepentido de haber pasado tanto tiempo conmigo? ¿O yo había interpretado una vez más lo que eran tan solo las palabras y actos de un buen amigo por algo muy distinto?
Para matar el tiempo concentré todos mis esfuerzos en mantenerme ocupada cada día, ya que el agotamiento físico me dejaba mucho menos tiempo para pensar. Así pues, ordené mi antiguo cuarto. Dos veces. Incluso limpié la casa y la dejé como los chorros del oro. También me dio por la pastelería, aunque fue una empresa de dudoso éxito, ya que apenas había horneado algo antes. Mientras iba sacando bandeja tras bandeja de comida comestible en mayor o menor medida, advertí la pregunta lógica que había en la mirada de mi padre, aunque nunca la verbalizara. ¿Qué hacía yo preparando comida para un regimiento si en Navidad estaríamos los dos solos?
Todas las noches caía en la cama absolutamente rendida, esperando estar lo bastante exhausta para poder ignorar tanto el silencio de Albert como los sueños extraños y las alucinaciones nocturnas que volvían a asaltarme.
Cuando faltaban pocos días para Nochebuena, mi padre entró en el salón arrastrando tras de sí un abeto exageradamente grande.
Levanté la vista desde mi sitio junto a la chimenea, donde había estado haciendo progresos lentos pero constantes con la arisca gata de mi padre. Al menos ahora soportaba mis caricias durante cinco segundos antes de salir disparada.
—Pensaba que este año no íbamos a comprar un árbol.
—Lo sé —dijo él resoplando mientras arrastraba por la alfombra aquel árbol que podía pasar perfectamente por una secuoya gigante —. Pero he pensado que nos vendría bien darle un toque navideño al salón y dejarlo alegre y bonito.
Me apresuré a hacer un hueco en una esquina, intentando esquivar las ramas del abeto, que parecían lo bastante afiladas para sacarte un ojo si no ibas con cuidado. El árbol era tan enorme que la copa se arqueaba contra el techo.
— ¿No había uno más grande? — pregunté Tomándole el pelo.
—Parecía mucho más pequeño en la tienda —explicó papá.
—Deja en paz a tu pobre padre. Deberías haber visto lo que le ha costado subirlo por la colina.
Me volví a semejante velocidad que me dio un calambre en el cuello. Me había concentrado tanto en el árbol que no había visto entrar a Albert en el salón.
—Gracias por acercarme, muchacho —dijo mi padre—. Sabía que tendría que haber cogido el coche.
—No se merecen —aseguró Albert, dirigiendo sus palabras a mi padre pero manteniendo la mirada fija en mí.
Hubo un largo silencio que produjo cierta incomodidad.
— ¿A alguien le apetece un té? — preguntó mi padre, ya con un pie en el pasillo para ir a prepararlo. Esperé a que estuviéramos solos antes de hablar.
—Hola, forastero. Empezaba a preguntarme si volveríamos a verte algún día.
Tuvo la cortesía de parecer avergonzado.
—Siento no haberme puesto en contacto contigo. Recibí tus mensajes y quería llamarte, pero... —Su voz se apagó.
—Has estado ocupado. Lo entiendo.
—No, no es eso. Es que...
Aquello empezaba a ser cansino. ¿Pensaba terminar alguna frase o qué?
—Bonito árbol —comentó en cambio, estudiando el abeto con excesiva atención.
Si no le conociera, habría dicho que estaba nervioso, pero juro que no se me ocurría por qué. Mientras mi padre servía el té aproveché para observar a Albert sin que me viera. Al parecer, tal vez no fuese la única que no estaba durmiendo bien últimamente, a juzgar por sus ojeras.
— ¿Tienen adornos para el árbol? — preguntó Albert tras vaciar su taza.
— ¿Te animas a ayudarnos? —Dije poniéndome en pie—. Iré a buscar la caja. Sigue en el ático, ¿no?
Esperaba que al menos uno de ellos se levantaría y se ofrecería a bajar la caja de adornos por mí, pero cuando mi padre parecía estar a punto de hacerlo Albert se lo impidió con una mirada elocuente que seguramente no quería que yo viera.
—Puedes hacerlo tú sola, ¿verdad? —preguntó Albert en tono seguro.
—Claro —repuse captando aquella indirecta tan obvia, y salí del salón.
No me di cuenta de que iba hablando entre dientes mientras bajaba la escalera del ático y colocaba los puntales en su sitio hasta que vi que Pouppe no dejaba de mirarme con curiosidad desde lo más alto de la barandilla.
—Tú tampoco te salvas —le dije al desdeñoso felino, que saltó desde su punto de observación en un frenesí de indignación.
Obviamente, Albert se había librado de mí para poder hablar a solas con mi padre. Seguro que en ese preciso instante debía de estar contándole mi excéntrica teoría, para que supiera que a Candy aún le quedaba mucho para estar bien. Fantástico. Mi padre había empezado a tratarme otra vez con normalidad creyendo que mi «amnesia» se curaría pronto, pero si Albert le explicaba todo lo que había dicho el otro día en el coche volvería a preocuparse como antes.
Estaba enfadada y me sentía bastante traicionada; aunque en realidad nunca le había dicho a Albert que no deseaba que mi padre supiera lo que yo pensaba al respecto, había dado por hecho que me conocía lo suficiente para entender que tan solo quería compartir esa información con él.
Como de costumbre, me llevó mucho más tiempo del debido encontrar la condenada caja de adornos en el ático, y para cuando la hube localizado y tras recoger la escalera, Albert y mi padre ya habían terminado de discutir lo que fuera que hubiesen estado discutiendo.
Y si necesitaba más pruebas de que allí pasaba algo raro, no tuve más que regresar al salón y encontrarme a ambos hombres enfrascados en una especie de conversación sobre fútbol, un tema que no interesaba especialmente a ninguno de los dos.
Cuando apenas había empezado a quitar la cinta adhesiva de la caja, papá se incorporó y bostezó exageradamente.
—Creo que voy a irme a la cama. Ya he cumplido con mi parte en cuanto al árbol se refiere. El resto les queda a ustedes dos.
Miré asombrada el reloj de encima de la chimenea.
—Pero ¡si no son ni las nueve!
¿Se acababa de sonrojar o solo estaba acalorado por el fuego?
— ¿Ah, sí? Bueno, no importa. No viene mal irse a dormir temprano de vez en cuando. Buenas noches, Candy. Hasta pronto, Albert.
Esperé a oír cómo crujían las escaleras mientras mi padre subía a la planta de arriba antes de volverme enfadada hacia Albert.
— ¡Sé de qué han estado hablando mientras yo no estaba!
Pero entonces ocurrió algo sorprendente, ya que Albert, en lugar de responder, parecía estar avergonzado y... ¿Se acababa de...? Sí... Estaba claro que se había ruborizado. Incluso aparté la mirada de su rostro para echar una ojeada al fuego, que ardía alegremente en la chimenea. O hacía mucho calor o ahí pasaba algo sospechoso.
—Se lo has contado, ¿no es cierto? — continué al ver que era improbable que Albert dijera nada para defenderse—. Le has contado mi teoría sobre lo que me ha ocurrido.
El alivio le inundó las facciones.
—¿Eso es lo que piensas? No, claro que no. Jamás haría algo así.
Lo desmintió con tanta honestidad que supe que decía la verdad.
—Entonces ¿por qué me habéis echado del salón? Su parpadeo delató el desasosiego que sentía, pero respondió con voz bastante tranquila:
—Nadie te ha echado del salón. Fuiste a buscar los adornos.
Le miré un buen rato entrecerrando los ojos de una forma que sabía que recordaría del pasado. Era la mirada que le echaba siempre que decía algo que no me gustaba. Sin embargo, Albert no pensaba dejarme seguir con el tema.
— Bueno, empecemos. Es un árbol grande y no tenemos toda la noche.
Es imposible seguir de mal humor mientras decoras un árbol de Navidad. El centelleo de las lucecitas y el brillo de las bolas de cristal cuando reflejan la luz del fuego tienen algo que simplemente absorbe todas tus vibraciones negativas, por mucho que intentes aferrarte a ellas.
Albert me pidió que pusiera algún villancico. Encontré un CD entre la colección de mi padre y lo puse como música de fondo mientras adornábamos juntos el árbol, la mayor parte del tiempo en silencio. Fue un momento dulce y amigable; nuestras cabezas se inclinaban sobre la caja y a veces nuestros dedos se tocaban cuando ambos íbamos a coger el mismo adorno. O compartíamos gustos en bolas navideñas o era otra confirmación más de lo mucho que sintonizábamos.
El árbol relumbraba debido a infinidad de colores y luces. No habíamos hecho precisamente un trabajo refinado y discreto; ¡queríamos un árbol digno de Las Vegas! Solo faltaba colocar el espumillón para darle el toque final. Con cuidado de no clavarme las puntiagudas agujas del abeto, me medio escurrí tras el tronco principal y le pedí a Albert que me diera la larga y brillante cinta decorativa para poder pasarla entre las ramas. Mi mano permaneció extendida a través del espeso follaje, mientras esperaba que me tendiese la serpentina de colores. Pero en lugar de entregarme el espumillón, noté que Albert me rozaba la mano suavemente con las puntas de los dedos.
—No puedo seguir con esto.
Continuara...
