Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi
Su voz parecía casi desesperada, como si le hubieran arrancado las palabras en contra de su voluntad. Las ramas del árbol me impedían verlo bien, así que dirigí mi voz hacia donde estaba él:
—No pasa nada. Ya casi estamos, puedo terminarlo yo.
— ¡No estoy hablando del condenado árbol! —No cabía duda: en su tono había auténtica angustia. Me esforcé por liberarme de las ramas que me mantenían prisionera, pero me detuve cuando él añadió—: Hablo de nosotros. De ti y de mí, de nuestra amistad.
Sentí que se me helaba el corazón. Todos los temores que había sentido en mi vida se cristalizaron en ese preciso instante. Era tan devastador oírlo ahora como lo habría sido cuando tenía cinco años. Albert ya no quería ser mi amigo. De repente no tuve ninguna prisa por escabullirme de la protección que me brindaba el árbol. No quería que viera el efecto que me causaban sus palabras. Me lo había ganado yo solita. Había descuidado algo valiosísimo durante demasiado tiempo y luego había abusado del apoyo que me había brindado. Me merecía lo que fuera que se avecinase.
—Entiendo —dije con una voz que empezaba a ser temblorosa—. Ahora mismo necesitas distanciarte y no podemos seguir siendo amigos.
Emitió un sonido que más bien pareció un gemido.
—No es eso. Bueno, quizá en parte sí; no quiero seguir siendo tu amigo... — Era lo más duro que había oído nunca, hasta que continuó—: Pero solo porque deseo ser mucho más que eso.
Mi mano, que seguía asomando entre las ramas, recibió de repente un apretón cálido y firme.
— ¿Y tenías que esperar a que estuviera enredada en medio de un árbol de Navidad para decírmelo? —pregunté aturdida y sin haber asimilado del todo sus palabras.
Albert apartó las ramas con un movimiento rápido y contemplé maravillada al hombre que acababa de cambiar radicalmente mi visión del futuro.
—Tenía que asegurarme de que no ibas a salir corriendo —dijo, sacándome con cuidado de detrás del árbol y acercándome hacia él.
—Es lo último que haría —le aseguré —. De hecho...
Pero no llegué a terminar la frase, ya que inclinó la cabeza hacia mí y me estrechó contra él. En una combinación perfecta, los contornos blandos de mi cuerpo se amoldaron a la firmeza del suyo. Éramos dos mitades que se complementaban y se fundían, y tuve la sensación de que siempre me había faltado algo hasta ese único y perfecto instante. Noté el estruendo de su corazón resonando contra el mío mientras abrazaba mi cuerpo tembloroso. Le miré a los ojos y hallé todo lo que había estado buscando, así como la expresión de un amor tan sincero y puro que me arrebató el poco aliento que me quedaba. Y entonces su boca se posó en la mía, sus manos me acercaron hacia él y me abrazó mientras yo me enamoraba todavía más del hombre con el que siempre estuve destinada a estar.
El fuego se apagó mucho antes que nuestra pasión. Estábamos tumbados en mi viejo y desgastado sofá con los cuerpos entrelazados. Bajo mi cabeza oía el eco reconfortante de sus latidos mientras sus dedos trazaban circulitos en mi nuca. Nunca antes había vivido un momento de felicidad tan absoluta.
Traté de incorporarme, pero sus fuertes brazos no tenían intención de soltarme.
—No te muevas —me pidió, dándome un beso en la boca para asegurarse de que durante varios minutos más no pudiera moverme.
Me faltaba un poco el aliento cuando finalmente nos separamos.
—Albert, ¿podemos hablar un poco?
Sus ojos azules se ensombrecieron por un instante.
—Preferiría mucho más hacer esto — sugirió, moviéndome hasta que pasé de estar a su lado a quedar estirada sobre su largo cuerpo.
Mi nueva posición no me ayudó para nada a concentrarme y perdí sin remedio algunos minutos más al ceder a la pasión exaltada que corría por mis venas.
— ¡Basta! —exclamé, incorporándome con tanta brusquedad que me habría caído del sofá si Albert no me hubiera cogido.
Debió de percibir mi determinación, ya que se levantó de mala gana de encima de los cojines y puso los pies en el suelo, permitiendo que yo me deslizara al asiento contiguo. Vi el esfuerzo tanto físico como emocional que había supuesto para él separarse de mí y sentí una agitación en lo más profundo de mí ser al notar que me necesitaba tanto como yo a él.
—Tienes cinco minutos —advirtió— antes de que empiece a besarte otra vez, así que mejor que hables deprisa.
Sus palabras y su proximidad provocaban extraños efectos en mi ritmo cardíaco. Articular una sola frase podría llevarme fácilmente todo el tiempo que me había concedido. Pero había ciertas cosas que debía preguntarle.
—Esto... entre nosotros... Estoy confusa... Pensaba que tú no... —Por el amor de Dios, me había arrebatado la capacidad de hablar de manera coherente. —Que no deseabas estar conmigo... Bueno, no de esta forma.
Mis palabras le resultaron tan inesperadas que se le borró de la cara su sonrisa amorosa, que fue sustituida por una expresión de incredulidad.
— ¿Cómo es posible que creyeras eso?
—Bueno, después de lo que pasó en el hotel... —Mi voz se apagó.
Vi en sus ojos que empezaba a comprender.
—Aquella noche dejaste bastante claro que no me deseabas —dije en voz muy baja, pues el recuerdo y la vergüenza seguían en carne viva.
— ¿Eso fue lo que pensaste? —Se pasó la mano por el pelo, distraído—. Aquella noche te deseaba tanto que apenas podía respirar. Nunca sabrás lo difícil que fue para mí marcharme de tu habitación.
— ¿Y por qué lo hiciste?
Entonces tiró de mí para que me acercara a él y me meció contra su pecho. Tenía la cabeza apoyada en su cuello y noté su aliento suave en la frente cuando habló:
—Porque habría estado mal que me aprovechara de ti en ese momento. Seguramente también ahora siga estándolo.
Empecé a protestar, pero él me hizo callar poniéndome un dedo en los labios.
—Esa noche estabas muy confusa y no le veías sentido a nada; necesitabas que fuera tu amigo, no tu amante. Y, además, aún eras la prometida de Terry.
Mis últimas dudas e incertidumbres comenzaron a derrumbarse mientras hablaba. La intensidad de lo que sentía por mí se hacía todavía más patente por el hecho de haber abandonado mi cama esa noche en lugar de quedarse. Annie tenía razón: Albert jamás me habría rechazado si no fuera porque creía estar haciendo lo correcto.
—En cuanto a Terry... —empecé, y él se quejó en voz baja.
— ¿De verdad hace falta que hablemos de él?
Le miré a los ojos dejando que todo el amor que sentía por él se reflejara intensamente en los míos para que comprendiera que no diría nada que pudiese herirle.
—Solo quiero que sepas que ahora entiendo por qué has estado reprimiéndote. Y sé que piensas que necesito más tiempo para superar mi ruptura con él, pero no es así.
Mis palabras no parecieron convencerle del todo.
—Por lo que a mí respecta, Terry y yo rompimos hace más de cinco años. Lo que me costaba aceptar era que fuera su prometida, no el hecho de perderle.
Eché un vistazo al reloj de la repisa de la chimenea.
—Muy bien, he agotado mis cinco minutos.
Iba a darle un beso, pero esa vez fue él quien se echó hacia atrás.
—Antes de que me deje llevar del todo, ¿puedo añadir una sola cosa, Candy?
Se puso tan serio que de pronto me dio miedo lo que tenía que decirme.
—Lo de esta noche entre nosotros... No es algo impulsivo, quiero que te quede claro. Lo que siento por ti... Debería habértelo confesado hace muchísimo tiempo. Estuve a punto de hacerlo, de hecho.
De repente las piezas iban encajando.
—Sabía que estabas con Terry, pero me prometí que antes de que fuéramos a la universidad te diría lo que sentía por ti, lo que siempre he sentido por ti. Incluso habíamos quedado, pero fue la noche...
—... del accidente —terminé yo.
—Después de aquello nunca encontré la oportunidad apropiada para decírtelo. Y cuando acabasteis la universidad, Terry y tú seguíais juntos, así que creí que había perdido mi oportunidad.
Me rompió el corazón pensar en el dolor que debía de haberle causado verme todos esos años con otra persona y no poder expresarme sus sentimientos. Ni viviendo cien años podría llegar a compensarle por lo que le había hecho.
—Lo siento muchísimo —dije con la voz rota—. ¿Podrás perdonarme algún día por no haberme dado cuenta de que me querías entonces?
—Entonces y siempre —me corrigió dulcemente con una voz ronca por la emoción.
—Gracias por esperarme —susurré.
—Ha sido un placer. El fuego chisporroteó levemente en la chimenea y las luces de Navidad brillaron en la habitación oscura, pero no vimos ni oímos nada. Solo existíamos nosotros.
Supe que mi padre había adivinado lo que había pasado entre Albert y yo por la estúpida sonrisa que puso cuando me dio los buenos días en la cocina al día siguiente.
El fuego crepitó levemente en la chimenea y las luces de Navidad brillaron en la habitación oscura, pero no vimos ni oímos nada. Solo existíamos nosotros.
Las expresiones de amor y pasión no pudieron ser reprimidas. No puedo creer lo ciega que fui y todo el tiempo que perdí al no querer ver que ambos sentíamos lo mismo.
Su mirada era intensa, anhelante, esta vez no dejaré que se vaya.
Ahora me toca demostrarle cuanto lo amo y que en verdad valió la pena la espera a este momento. Sólo quiero perderme en la pasión que pueda darme, demostrarle incansablemente que es el dueño de mi alma.
Nuestras miradas se encuentran, él sabe que las palabras sobran, y cada beso no basta para expresar nuestro deseo.
-Candy, te amé ayer, te amo hoy, te amaré mañana y toda la vida.- Me decía Albert susurrando mientras sus labios iban de mi boca a mi cuello. Con cada caricia, solo me hacía desearlo más.
Cada instante que pasaba incrementaba mi necesidad de que tomara no sólo mi cuerpo.
Ambos moríamos por estar juntos, pero él se estaba tomando su tiempo. Con cada caricia me hacía sentir venerada, deseada como nunca me había ocurrido. Estoy segura que ni Terry me hubiera hecho vivir todo esto.
Nuestras bocas se juntaban una y otra vez, sus manos acariciaban desde mi cintura hasta mi cuello.
El crujir de los leños creaba la melodía más sensual que había escuchado.
Aun tumbados en el sillón, poco a poco nos fuimos despojando de la ropa, ya mi cuerpo no oponía resistencia alguna, moría tocarlo, por ser finalmente su mujer.
-Eres perfecta Candy, me dijo lentamente.
Mi respiración era cada vez más agitada, acariciar su cuerpo hacia mis manos arder y temblar al mismo tiempo, sumergiéndome en una piscina de placer. Mientras que él y con deseo contenido, llegó hasta mi zona más sensible, dibujando pequeños círculos que cerca estaban de hacerme perder la razón, como si mil rayos atravesaran mi cuerpo encendido. Podía observar con ese delicioso morbo que existe entre los amantes, como mis crecientes suspiros hacían que su mirada se oscureciera más.
Sentía con desesperante claridad, cómo sus besos bajaban torturantes por mi vientre y más allá. Su lengua tibia y la humedad de sus labios jugueteaban a placer, sin prisa dentro y fuera de mi centro, reclamando como suyo cada por de mi piel. Yo correspondí a sus atenciones de igual manera, escuchando excitada los roncos jadeos que sólo en mi imaginación alguna vez idealicé.
Era mío, solamente mío, y de la misma forma estimulada por escucharlo, lo besé sin más, atrapándolo entre la humedad de mi boca, llenándome de él, declarándome dueña de su alma, de su cuerpo y de todo cuanto pudiera poseer. Segundos más tarde lo abracé entre mi calor y experimenté el más placentero encuentro que la vida me pudo regalar. Todo fue perfecto, tal y como lo era él.
Hicimos el amor al lado del fuego. Al tocarme, su tacto me confirmaba que estábamos destinados, que siempre lo estuvimos. La necesidad apremiaba el anhelado momento, que por instantes se tornaba suave y después enérgico. Nos reconocíamos, nos acoplábamos estimulantes entre ese diálogo sin palabras, donde solamente los suspiros, nuestro sudor y el perfecto movimiento de nuestros cuerpos marcaban el ritmo y la estimulación del vívido momento.
En mi interior sabía que aquel hombre era la pieza que faltaba para que toda esta locura por fin tuviera sentido, pues su corazón es el lugar al que pertenezco.
Después de aquel increíble frenesí…llegamos juntos al cielo. A ese lugar tranquilo donde por un instante todo desaparece y sólo importa la presencia del ser amado.
Continuara...
