Esta es una historia adaptada a los personajes de Candy Candy, Los personajes pertenecen a Mizuki e Igarashi

—Pareces contenta —dijo en un intento de abordar el tema. También yo sonreí—. ¿A qué hora se fue Albert anoche?

Dios mío, la sutileza no era su punto fuerte.

—Tarde —contesté alargando el brazo para tomar la taza de café que me ofrecía—. Ya lo sabes, ¿no?

Asintió a modo de confirmación.

—Albert me comentó que quería confesarte lo que sentía por ti.

¡Así que habían estado hablando sobre eso cuando yo estaba en el ático!

— ¿De verdad te pidió permiso? — pregunté patidifusa al enterarme de que ambos se habían comportado de forma tan inesperadamente tradicional.

—No, no me pidió «permiso» hablando con exactitud. Solo quería saber si pensaba que estabas lista para escuchar lo que tenía que decirte, si estarías lo bastante fuerte o si creía que necesitabas más tiempo.

— ¿Y qué respondiste? —quise saber.

—Le dije que ya había malgastado los últimos veinte años y que debería coger el toro por los cuernos.

—No estoy segura de que estuviera del todo preparada para oírlo cuando tenía tres años.

—Pero ¿ahora sí?

¿De verdad hacía falta preguntármelo? ¿Acaso no lo llevaba escrito en la cara?

—Ahora todo es absolutamente perfecto.

En aquel momento no lo sabía, pero las cosas estaban a punto de mejorar aún más.

Era Nochebuena e íbamos a ir a la misa del gallo. Hacía años que no asistía, pero de repente me parecía tener muchas razones para estar agradecida. Aunque Albert trabajaba hasta tarde, acabaría a tiempo para asistir con nosotros a la ceremonia.

Estaba sentada junto a la ventana del salón mirando cómo los esponjosos copos de nieve iban cayendo sobre la acera y la calzada, esperándole. Mi calle se transformó ante mis ojos en una idílica postal navideña. Sonreí al ver que incluso lo prosaico y aburrido adquiría un hermoso velo blanco.

Llevaba unos cuantos días sonriendo muy a menudo. Cada minuto que pasaba con Albert me llenaba de tanta alegría y felicidad que se había convertido en algo más vital para mi existencia que el propio aire. Cada minuto que estábamos separados lo pasaba pensando en él o esperando emocionada a oír su típica forma de llamar a mi puerta.

Podría haber resultado una hija de lo más insoportable con todas esas sonrisas y miradas nostálgicas si mi padre no se hubiera mostrado tan paciente y encantado con el giro de los acontecimientos. Incluso continuaba empeñado en concedernos el mayor tiempo posible para estar a solas y cada día se iba a dormir más temprano. Últimamente había críos de seis años que aguantaban despiertos más tiempo que él.

Mi padre entró en el salón, vestido ya para salir con un grueso gabán y un sombrero.

— ¿Ha llegado ya?

—No tardará —le aseguré.

La luz deslumbrante de unos faros atravesó los copos de nieve cuando Albert dobló la esquina con su coche y lo aparcó junto a nuestra casa. Cogí mi abrigo de la silla y fui corriendo hacia la puerta con el pulso acelerado. Me sentía de nuevo como una adolescente.

Me quedé esperándole con la puerta abierta mientras él bajaba del coche, haciendo caso omiso de la nieve que me abofeteaba. La intensidad de mis sentimientos me había cogido por sorpresa. Puesto que nos conocíamos de toda la vida, había esperado que nuestra relación ardiera a fuego lento, y no aquellas llamas voraces que me consumían.

—Pareces una reina de las nieves — murmuró antes de besar los copos cristalinos de mi cara—. Y no te has puesto el abrigo —me reprendió al percatarse de que aún lo sostenía en las manos—. Te vas a congelar.

—Contigo aquí imposible —dije yo con expresión soñadora, pero aun así introduje los brazos en las mangas de la prenda que me había cogido de las manos y que ahora me ofrecía. Me gustó especialmente cómo tiró de la larga bufanda que llevaba al cuello para acercarme hacia él y darme un apasionado beso.

—Ejem —oímos detrás de nosotros. Nos separamos sin sentirnos avergonzados y con evidente reticencia —. Espero que sepan comportaros durante una hora en la iglesia —nos advirtió mi padre.

—Haremos todo lo que podamos, George —prometió Albert.

—No sufras, papá —le tranquilicé, cogiéndole del brazo mientras nos dirigíamos hacia el coche de Albert—. ¡No pienso avergonzarte delante del vicario!

El camino que conducía a la iglesia estaba decorado a ambos lados con velas titilantes colocadas en recipientes de cristal. Las puertas se hallaban abiertas y en su interior el coro entonaba un conocido villancico para dar la bienvenida a la numerosa congregación. Me detuve un momento en el camino, absorbiéndolo todo: el capitel cubierto de nieve, las brillantes candelas, la música y, sobre todo, el hombre que tenía a mi lado.

—Increíblemente hermoso —dije, maravillada.

Sus ojos no prestaban atención ni a nuestro entorno ni a los demás; solo me miraban a mí.

—Increíblemente hermoso —repitió.

La ceremonia fue de lo más conmovedora. Incluso lloré al escuchar la lectura que hicieron los niños de la escuela primaria del pueblo. Y, cuando me disponía a buscar un pañuelo en el bolso, Albert ya tenía uno preparado en la mano. Me toqué los ojos y no me importó emocionarme: las lágrimas de felicidad no eran algo de lo que avergonzarse.

Mientras salíamos todos en fila, Albert me llevó a un lado del camino y nos apartamos del torrente de feligreses que volvían a sus coches a toda prisa para guarecerse de la nieve. A mi padre le había abordado dentro de la iglesia un viejo amigo suyo, y ninguno de los dos nos habíamos dado cuenta de que no iba detrás de nosotros hasta que estuvimos fuera.

La temperatura había descendido varios grados durante la misa, y a pesar del abrigo y de la bufanda tirité violentamente. Albert me rodeó con los brazos y me estrechó contra su cuerpo al tiempo que susurraba en tono burlón:

—Creo que esto es aceptable siempre que aleguemos que solo era para que entrases en calor.

No sé si fue el hecho de que no respondiera o bien que me pusiera rígida lo que le alertó de que algo iba mal. Desde mi posición, abrazada a él, tenía la iglesia a mis espaldas y miraba directamente hacia el cementerio. Sin quererlo, el horrible recuerdo de estar frente a la tumba de Albert me asaltó de pronto de una forma tan terriblemente vívida y real que por un momento olvidé que seguía vivo.

Me apartó con cuidado, vio el dolor grabado en mi rostro y se dio la vuelta, perplejo, para intentar averiguar qué me había causado aquella angustia.

Fue lo bastante intuitivo para entender enseguida lo que me pasaba por la mente mientras contemplaba afligida el cementerio.

— ¿Allí es donde...?

Asentí aturdida.

Miró de reojo hacia las puertas de la iglesia y vio que mi padre todavía no había aparecido. Me Tomó la mano y me la apretó con cariño.

—Vamos.

Mis pies permanecieron anclados al suelo, forzando a Albert a detenerse.

—¿Lo dices en serio?

Sus ojos transmitían amor y comprensión.

—Necesitas verlo.

Me estremecí.

—Ya he visitado tu tumba. Es algo que no quiero volver a hacer nunca más.

Sin embargo, y como de costumbre, fue difícil resistirse a su paciente persistencia.

—Allí no hay nada, Candy. Ve y compruébalo.

El cementerio no estaba lejos, pero tardamos lo bastante para que se me ocurrieran todo tipo de horribles posibilidades. La que luchaba por imponerse y ganaba de lejos era la siguiente: ¿y si llegaba hasta allí y encontraba su tumba? ¿Me daría la vuelta para mirar al hombre que tenía al lado y descubriría que ya no estaba? Me recorrió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío. ¿Acaso no sería el cuento perfecto de fantasmas de Navidad?

Era imposible ignorar el pensamiento de que cada paso que daba por el césped crujiente del cementerio me conducía a un peligro.

— ¿Dónde estaba? —preguntó Albert en voz baja.

Posiblemente fuera la única persona del mundo en preguntarle a alguien cómo llegar hasta su propia tumba.

—Por ahí —señalé con el dedo—. Detrás de esas lápidas.

Me guió de forma suave pero decidida en la dirección que le había indicado. Yo iba leyendo los familiares epitafios de las tumbas circundantes a medida que pasábamos por delante de ellas. No debería haber sabido qué decían, pero recordaba vívidamente cada una de ellas:

ESPOSO QUERIDO

ABUELA AMADA

QUERIDÍSIMO PADRE

Me pesaban los pies cuando me encaminé hacia el lugar donde habían dado sepultura al hombre que amaba después de que entregara su vida para salvar la mía.

Albert me agarró la mano firmemente y levanté la vista. Por un momento la vi, de verdad que la vi: durante un instante, la reluciente lápida de mármol blanco fue tan real que sentí que casi podía tocarla. Entonces pestañeé y vi tan solo una zona vacía de hierba sin remover.

—Así que aquí estaba —dijo Albert en un tono extrañamente humilde.

Asentí con la cabeza y me di cuenta de que estaba más cerca de llorar de lo que creía, pues de pronto el dolor de aquella noche amenazaba con superarme.

—El epitafio era tan triste... — susurré—.

«Perdido a la temprana edad de 18 años.

Hijo adorado y amigo leal.

Nuestro amor por ti vivirá para siempre.»

No sabía que esas palabras habían quedado grabadas en mi memoria.

—Fue espantoso. Sentí que se me partía el corazón ahí de pie, echándote de menos, queriéndote... Simplemente me desplomé al suelo junto a ti.

Albert se me acercó y por un extraño momento creí que iba a recrear mis recuerdos y a postrarse de rodillas tal como había hecho yo entonces. Pero me di cuenta de que no tenía las dos rodillas en el suelo, sino solo una.

Continuaba sosteniendo mi mano.

La nieve caía a nuestro alrededor creando mágicos remolinos. Sabía que la expresión de su rostro me acompañaría hasta el fin de los tiempos.

—Candy... —empezó con un ligero temblor en la voz.

—Dios mío —susurré.

— ¿Quieres casarte conmigo?

El horror asociado a ese lugar se desintegró bajo el poder de su amor. La fuerza de sus sentimientos me liberó de aquellos recuerdos peligrosos, salvándome una vez más.

— ¡No me lo van a creer —dije medio riendo y medio llorando— que algún día les contaré a nuestros nietos que su abuelo me propuso matrimonio en un cementerio!

Si sus ojos habían albergado el más mínimo destello de inseguridad, mis palabras la despejaron al instante.

— ¿Eso es un sí?

Me agaché junto a él en el suelo helado, con los ojos empañados y le susurré cerca de sus labios:

—Si, mil veces si.

Continuara