(8)
ACARICIA MI ALMA
Los rayos del sol me despiertan al pegar con fuerza mi cara y lo primero que veo al incorporarme del sillón, son los ojos azules del Sr. Grandchester, quien me está observando fijamente desde la camilla.
- Buenos días, bella durmiente – Me dice, mostrándome su mejor sonrisa.
- Buenos días, ¿cómo se siente hoy?
- Mucho mejor…
- Me da mucho gusto.
- Por un momento pensé que no iba a vivir para contarla, pero bueno, ya sabe lo que dicen por ahí…
- ¿Qué es lo que dicen?
- "Hierba mala nunca muere"
- Sí, eso debe ser verdad. Aunque tengo que confesar que me pegó un buen susto.
- El susto me lo llevé yo, nunca imaginé que fuera tan diestra en las artes marciales.
- Papá nos llevó a una escuela de Karate cuando teníamos diez años y tal parece que aún no he olvidado lo que aprendí ahí.
- Debería agradecerle a su padre, créame que no me quedaron ganas de volver a pasarme de listo.
- Me alegra saber que aprendió la lección y que no va a volver a molestar a señoritas indefensas cómo yo – Bromeo y al momento de escuchar su risa, me doy cuenta de lo mucho que me gusta conversar con él.
- Srita. White, no es necesario que se quede más tiempo aquí en el hospital, yo ya me siento mucho mejor y estoy seguro que pronto me darán de alta.
- Prefiero esperar a que el médico venga a evaluarlo y me diga que todo está bien.
- Como usted guste.
Mi celular comienza a sonar y al observar la pantalla, veo que se trata de Anthony.
- Con permiso, tengo que contestar una llamada.
- Adelante.
Justo cuando voy saliendo, veo al médico de guardia que se acerca rápidamente por el pasillo.
- Buenos días, Srta. White – Me saluda y yo le respondo el gesto haciendo un ademán con la mano; segundos después lo veo introducirse en la habitación del Sr. Grandchester, mientras que yo tomo la llamada.
- ¿Diga?
- Candy, ¿dónde demonios estás?
- En el hospital.
- ¡¿Te ocurrió algo?!
- No, pero un… amigo se puso mal y vine a acompañarlo.
- Me tenías muy asustado, pensé que te había pasado algo malo, ¿por qué no has contestado mis mensajes?
- Porque he estado un poco ocupada, discúlpame.
- ¿Ocupada? ¿En qué?
- Ayer salí a bailar con Annie y hoy me fui temprano a mis clases, cuando regresé al departamento me dediqué a dormir y después me vine al hospital.
- Te escucho rara, ¿estás bien?
La conversación que tuve con Annie durante la madrugada comienza a dar vueltas en mi cabeza y sin saber por qué, el impulso de terminar con todo esto se apodera de mí.
- Anthony, creo que lo mejor será que vengas pronto a Chicago, necesito hablar contigo… Es algo importante.
- ¿Qué es lo que te pasa?
- No quiero hablar de esto por teléfono, si tú no puedes venir, yo iré a verte.
Un silencio abismal se hace presente en la línea y después de varios segundos, que se sienten como una eternidad, él vuelve a hablar.
- Princesa, sé que te he tenido muy abandonada en los últimos meses, pero te juro que he tenido muchísimo trabajo y…
- Tony, yo no te estoy reclamando nada, de verdad… Es solo que creo que debemos replantearnos nuestra relación…
- Sabes que te quiero, ¿verdad?
- Sí, lo sé, pero…
- ¿Tú me quieres?
- Claro que te quiero, pero…
- Te prometo que iré a verte a finales de mes y me quedaré contigo una semana completa, ¿qué te parece?
- Tony…
- Bebé, te amo y realmente quiero hacerte muy feliz. No hay necesidad de que vengas a visitarme a Nueva York, soy yo el que tiene que ir a Chicago y te juro que lo haré muy pronto y también trataré de estar mucho más cerca de ti.
El médico de guardia se asoma por la puerta y me hace una seña con la mano para que entre a la habitación.
- Tony tengo que colgar, te marco cuando llegue al departamento para que platiquemos con calma.
- No, no me marques bebé…. Yo te marco en la nochecita… es que tengo muchas cosas que hacer y...
- No te preocupes, creo que lo que tenía que decirte no es tan importante después de todo. Luego hablamos.
- Adiós muñequita, te quiero.
- Adiós.
Un sentimiento de frustración me invade al ver que las cosas con Anthony quedaron igual o peor que antes y sin más que hacer por el momento, guardo mi celular dentro del bolsillo de la sudadera y entro a la habitación para hablar con el médico.
- Srta. White, le comentaba al señor Grandchester que ya puede irse a casa, ¿usted va a acompañarlo?
- Sí, yo… yo lo haré.
- Bien, entonces le pido que venga conmigo para que firme algunos papeles.
- Está bien
Él médico comienza a caminar hacia el pasillo y yo lo sigo. Antes de salir de la habitación, volteo a ver al señor Grandchester y le hago una seña indicándole que enseguida regreso, él me responde el gesto con otra enorme sonrisa. No sé por qué, pero su sonrisa tan transparente y tan arrasadora a la vez, me hace sentir un ligero revoloteo dentro del estómago. Sorprendida por mi propia reacción, salgo rápidamente del cuarto, temiendo que él haya notado él efecto que tuvo en mí.
Luego de terminar con todo el papeleo que se requiere para dar de alta al Sr. Grandchester, vuelvo con él y lo encuentro listo para dejar el hospital.
- ¿Dónde dejó su auto? - Le pregunto.
- Me fui caminando al parque… Tenía muchos pensamientos rondando en mi cabeza y necesitaba despejarme un poco.
- ¿En qué pensaba?... Si se puede saber.
- En mi esposa.
- Ah... - Por alguna razón que no comprendo, las palabras "mi esposa", se sienten como una patada en el trasero.
- Bueno, realmente es mi ex esposa, ayer por la mañana me habló mi abogado para decirme que nuestro matrimonio ya había quedado disuelto... Así de fácil... después de ser todo, ahora no somos nada.
- ¿Y cómo se siente? - Al momento de terminar la pregunta, me doy cuenta de que no quiero saber la respuesta.
- ¿Me está analizando?
- Tal vez - Le digo, soltando una risita nerviosa - Discúlpeme, es la costumbre.
- Me siento liberado... No voy a negar que ayer me ganó la melancolía y que pasé toda la tarde recordando todos los buenos momentos qué vivimos juntos... Pero ahora que veo todo desde otra perspectiva, me doy cuenta que nuestro matrimonio se había acabado hace mucho tiempo y que esto es lo mejor que nos pudo haber pasado.
- Bueno, ya sabe lo que dicen, "todo sucede por una razón"...
- Sí, creo saber cuál es esa razón - Murmura él, tan quedo, que no estoy segura de haber escuchado correctamente.
Al salir del hospital, los dos nos quedamos inmóviles sobre la banqueta, esperando a que el otro tome la iniciativa.
- ¿Y su carro? - Me pregunta.
- Lo dejé estacionado cerca del parque.
- La acompaño.
- No es necesario, lo mejor será que tome un taxi y se vaya a su casa a descansar, no quiero que me de otro susto.
- Estoy bien, lo de ayer fue un estúpido, muy estúpido accidente...
- De verdad, no hay necesidad de...
- Por favor, no me sentiría tranquilo si usted se fuera sola.
- Está bien, acompáñeme, pero le advierto que va a ser una caminata larga.
- No importa.
Ninguno de los dos habla mucho durante todo el trayecto y yo tengo la impresión de que él quiere decirme algo, pero no se atreve. Al llegar hasta donde se encuentra mi auto, me ofrezco a llevarlo a su casa y antes de encender el vehículo, un ruidoso gruñido procedente de mi abdomen se hace presente, avergonzándome por completo. Yo enciendo la radio rápidamente en un intento por mitigar las protestas de mi famélico estómago.
- ¿Hambre?
- Sí, que vergüenza… Lo único que comí en toda la tarde de ayer fueron unas galletas de avena.
- La invito a almorzar.
Estoy tentada a negarme, pero conociéndolo, sé que no va a dejar de insistir hasta que yo acepte, y conociéndome, sé que voy a aceptar sin necesidad de que me insista demasiado.
- Está bien, pero usted escoja el lugar.
- ¿Qué tal "The Gage"?
- Definitivamente no, ¿acaso no ve la facha pordiosera que tengo?
Él comienza a reír, mientras se rasca la cabeza - Bueno, entonces vamos a…. Mmmm… No, ahí solía ir a comer con Karen.
Mi estómago se retuerce, no sé si debido al hambre o debido al nombre que acaba de pronunciar.
- Ya sé, vamos a "The Purple Pig"
- Nunca he ido a ese restaurante.
- Yo tampoco, pero me lo recomendaron hace tiempo y no he tenido la oportunidad de visitarlo. Está a unas calles de aquí, entre la E. Illinois Street y la North Michigan Avenue.
- Ok, vamos.
Me pongo en marcha hacia ese lugar y al cabo de unos cuantos minutos llegamos al restaurante; al entrar, me doy cuenta de que el ambiente es muy informal y eso me hace sentir bastante relajada. Una hostess se acerca a recibirnos y nos lleva hasta nuestra mesa, para después entregarnos el menú.
- ¿Cuánto tiempo lleva viviendo en Chicago? – Le pregunto, en lo que leemos la carta.
- Viviendo, lo que se dice viviendo, casi un año, pero solía venir seguido a esta ciudad, ya que los padres de Karen viven aquí… De hecho, fueron ellos los que me recomendaron el hospital donde usted trabaja y en específico al Dr. Anderson.
- Ah…
- Fue por esa razón compré la casa… Pero he de confesar que después última recaída, había pensado seriamente en venderla e irme a vivir a Londres.
- ¿Por qué no lo hizo?
El señor Grandchester voltea a verme y me sonríe – Digamos que encontré una buena razón para quedarme – Yo puedo ver un brillo especial en sus ojos al momento de decir esas palabras.
Nuestro mesero llega a presentarse, interrumpiendo nuestra charla y luego de ordenar, nuestra conversación se centra en evaluar los mejores restaurantes que hemos visitado en Chicago y poco a poco se va transformando, hasta que terminamos hablando de los hoteles que su familia tiene alrededor del mundo.
Luego de casi dos horas de entretenida plática, nos retiramos del lugar y yo me ofrezco a llevar al Sr. Grandchester a su residencia. Una vez que llegamos ahí, los dos nos quedamos dentro del auto por más de un minuto, sin saber qué hacer, ni qué decir.
- Bueno, yo ya me tengo que ir – Le digo, tratando de no sonar demasiado desesperada.
- Sí, claro… Y disculpe por haberle quitado su valioso tiempo.
- No tiene por qué disculparse, yo lo hice de corazón.
- Y yo realmente se lo agradezco.
Él se acerca a mí y besa tiernamente mi mejilla, después toma mi mano y la aprieta con fuerza entre las suyas – No sabe lo que significó para mí que usted permaneciera a mi lado toda la noche – Murmura, para luego acercar mi mano a sus labios, depositando otro beso.
El nerviosismo me invade y yo me apresuro a retirar mi mano - Nos vemos el viernes en el consultorio.
- Nos vemos, que descanse.
Mi corazón no deja de latir aceleradamente y yo enciendo el auto con toda la intención de huir lo más pronto posible de ese lugar. Un montón de sentimientos encontrados me atormenta durante todo el camino de regreso a casa, mientras yo trato, sin mucho éxito, de poner orden en mi cabeza y en mi corazón.
El resto de la tarde me la paso en la casa, esperando la llamada de Anthony, la cual nunca llega y no puedo evitar preguntarme qué es lo que está pasando con nosotros, con nuestra relación… Conmigo.
Justo antes de acostarme a dormir, recibo un mensaje y la emoción me sobrepasa al ver que se trata del señor Grandchester.
Buenas noches señorita White, disculpe mi atrevimiento, pero justamente estaba contemplando las estrellas, cuando la imagen de sus brillantes ojos verdes vino a mi mente. Por esa razón, me fue imposible reprimir las ganas de enviarle un mensaje de buenas noches. Espero que sueñe con los angelitos (y conmigo) :)
Tengo que luchar conmigo misma para no responder a su mensaje y me repito, una y otra vez, que no es correcto involucrar mis sentimientos y que lo mejor que puedo hacer es alejarme definitivamente de él, aunque para ser sincera, eso es lo que menos deseo.
Durante los siguientes tres días, los mensajes del señor Grandchester siguen llegando a mi celular, uno por la mañana, para desearme un bonito día; uno en la tarde, para saber cómo me fue en el trabajo; y uno en la noche, para desearme bonitos sueños. Si bien es cierto que cada mensaje suyo produce en mí una enorme sonrisa, yo me mantengo firme en mi resolución de no contestar ninguno de ellos.
Al cuarto día me levanto temprano y termino de arreglarme antes de tiempo, me siento en el desayunador en lo que el café está listo y cojo mi celular para entretenerme un poco checando mi Facebook. Al cabo de unos minutos, me sorprendo a mí misma esperando su mensaje matutino, el cual suele llegar a las 6:30 en punto, justo cuando estoy tomando mi habitual taza de café. Cuando el reloj da las 6:40, una enorme decepción me embarga al darme cuenta de que ese mensaje no va a llegar esta mañana.
Para cuando llego al hospital, mi cabeza está hecha todo un caos y paso el resto del turno totalmente distraída, pensando en las razones por las cuales él no me envió su acostumbrado mensaje. A las cuatro en punto vuelvo a tomar mi celular, deseando que llegue pronto esa ansiada notificación, pero luego de varios minutos de espera, comprendo que no pasará nada.
Completamente frustrada, me dirijo hacia el gimnasio en un intento por despejar mi mente y hago una hora más de ejercicio con la intención de cansar mi cuerpo, a tal grado, que no le dé chance a mi cabeza de estar pensando tonterías. Para mi mala suerte, mi fabuloso plan no sale como yo lo esperaba y termino durmiéndome casi a las 3 de la madrugada, sí, pensando un montón de tonterías.
Al despertar, ni siquiera tengo tiempo de notar si el señor Grandchester me escribió o no, ya que no escuché la alarma de mi celular y ya llevo quince minutos de retraso. Nunca en toda mi vida laboral he tenido un maldito retardo y tengo la terrible sospecha que hoy será mi primera vez.
A las 7:30 apenas voy llegando al checador, pero por fortuna no hay nadie cerca, más que el doctor Anderson, quien me mira con extrañeza.
- ¿Se le pegaron las sábanas?
- Un poco – Le respondo, sintiéndome muy apenada, mientras coloco mi dedo en el lector de huellas.
- Ayer vino a consulta el Sr. Grandchester… - Me dice y puedo ver que sus ojos se fijan en mi rostro, buscando una reacción de mi parte.
- ¿Ah, sí?
- Sí, y me contó del incidente que tuvo en el parque… Es curioso que las hojas de ingreso y las de alta estén firmadas con su nombre…
- Sí, bueno, es que yo…
- Candy, usted realmente me cae muy bien y en estos años que llevo de conocerla, de verdad he llegado a apreciarla. Si me lo permite, me gustaría darle un consejo.
- Sí, claro.
- Por su bien, no se involucre más allá del plano profesional con ninguno de sus pacientes, créame, se va a ahorrar muchos dolores de cabeza… Se lo digo por experiencia – Él me da una pequeña palmada en el hombro – Que tenga un excelente día.
- Gracias, yo… lo tomaré en cuenta – Después de que él se va, me quedo procesando detenidamente sus palabras.
Aunque trate de negarlo, sé que en el fondo el doctor Anderson tiene razón; yo he cruzado la línea profesional y he perdido la objetividad dentro de mis terapias, involucrándome más de la cuenta. Con todo el dolor de mi corazón, comienzo a plantearme la posibilidad de transferir el caso del Sr. Grandchester a una de mis colegas. Por su bien y por el mío, no debo seguir tratándolo.
A las dos en punto escucho que tocan la puerta de mi consultorio y antes de abrir, trato de calmar a mi acelerado corazón que parece tener la habilidad de sentir la presencia del Sr. Grandchester.
- Buenas tardes – Me saluda él, mostrándome su irresistible sonrisa.
- Buenas tardes, adelante – Yo trato de comportarme de la manera más distante posible, sobre todo porque al terminar nuestra sesión, le informaré que su caso será referido con otra de las psicólogas del hospital.
- Le traje algo…
- No, se lo suplico, no más regalos.
- No es para usted, es para darle más vida a su consultorio.
Él sale nuevamente al pasillo y al regresar trae consigo una enorme pintura.
- Sr. Grandchester, por favor…
- La última vez que estuve aquí, pude ver que había un par de clavos en esa pared y supuse que este cuadro quedaría perfecto en ese lugar.
- Esto no puede continuar así.
- Le prometo que esta será la última vez – Omitiendo mi súplica, él jala una de las sillas para subirse y colgar el cuadro.
- Sí, esta será la última vez – Me digo a mí misma y lo dejo pasar, como siempre.
Una vez que coloca la pintura en su lugar, él vuelve a acomodar la silla y toma asiento.
- Ahora sí, soy todo suyo…
Yo sonrío, sabiendo que sus palabras están cargadas de doble sentido.
- ¿Acaso no es un paisaje hermoso? – Me dice, señalando el cuadro.
- Sí, lo es – Le contesto, contemplando detenidamente el atardecer que está plasmado en ese lienzo.
- ¿Alguna vez ha ido a las playas del Caribe?
- Nunca…
- Debería ir en alguna de sus vacaciones, yo podría…
- Sr. Grandchester, vamos a comenzar con la terapia de una vez – Al momento de interrumpirlo, sus ojos se fijan en mi rostro, observándome como si quisiera leer a través de mí.
- ¿Se encuentra bien?
- Sí, gracias.
- No le creo.
- Sr. Grandchester, ¿escribió la carta que le pedí en nuestra última sesión? – Le pregunto, cortando de tajo su conversación y puedo ver que él hace un esfuerzo sobre humano por no mostrar su desconcierto.
- Sí, de hecho la traigo aquí conmigo, ¿quiere leerla?
- No, eso solo le concierne a usted. Pero dígame, ¿cómo se sintió después de escribirla?
- ¿Sabe? En un principio pensé que eso de escribir cartitas era una reverenda tontería y que solo perdería miserablemente mi tiempo, pero cuando terminé de "hacer mi tarea", me sentí como si me hubiera quitado un gran peso de encima.
- ¿A qué personas iba dirigida esa carta?
- A mis padres… Yo le pedí disculpas a mi padre por haberlo decepcionado de esa forma y también a mi madre, por haberla preocupado.
- ¿Cree que algún día podrá pedirles esa disculpa personalmente?
- Preferiría no hacerlo, mucho menos con mi padre.
- ¿Por qué?
- No tiene caso, eso fue hace mucho tiempo, ya debe haberlo olvidado.
Sé que se está excusando para evitar confrontarse con su progenitor, así que decido insistir un poco más.
- Sr. Grandchester, ¿cree que alguna vez podríamos invitar a su padre a una de nuestras sesiones?
- No y me gustaría que dejáramos de hablar de ese tema, por favor.
El pasa su mano por su cabello en señal de nerviosismo y puedo notar como los músculos de su cuello y de su mandíbula se tensan completamente.
- Bien… En nuestra sesión anterior usted me habló de cómo habían detectado su afección cardiaca, ¿hubo algún cambio en su vida después de esa visita al hospital?
- No realmente, yo seguí con mi rutina normal por tres años más. Karen y yo nos mudamos permanentemente a Nueva York, ya que mi madre consiguió que ella entrara a la misma compañía de teatro en la que trabajaba y yo regresé a la universidad a estudiar mi maestría y posteriormente mi doctorado. En nuestros tiempos libres nos dedicábamos a viajar, era como si viviéramos en una interminable luna de miel. Éramos felices.
Su mirada se pierde en algún lugar de la pared y no puedo evitar preguntarme si estará pensando en ella.
- ¿Cuándo volvió a tener problemas con su corazón?
- Mmm… Recuerdo que estábamos celebrando nuestro quinto aniversario de bodas y durante la cena volví a sentirme mal; comenzó a dolerme el pecho, empecé a sudar, no podía respirar… Y una vez más terminé internado en el hospital.
- ¿Qué sucedió en esa ocasión?
- Me dijeron que mi corazón no estaba bombeando suficiente sangre a todo mi cuerpo y que necesitaba tratarme urgentemente, de lo contrario podía morir.
- ¿Cómo se sintió usted al escuchar esa noticia?
- Para serle sincero, no me preocupé demasiado, creí que todo se solucionaría con medicamentos y que en unos cuantos meses volvería a estar bien. Pero esta vez no fue así. Me dieron una dieta especial, me prohibieron cualquier tipo de actividad extrema, nada de emociones fuertes, nada de viajes prolongados…
- ¿Cómo tomó la noticia su familia?
- Mi madre estaba muy preocupada, creo que mi padre también, pero lo ocultó muy bien. Los dos se dieron a la tarea de buscar los mejores especialistas, en los mejores hospitales del mundo.
- ¿Y su esposa?
- Ex esposa… - Me dice, haciendo énfasis en esas dos palabras, mientras que sus ojos se fijan en mí, buscando alguna reacción de mí parte.
- Sí, es cierto, discúlpeme – Le respondo, tratando de actuar de forma natural.
- Aunque Karen lo negaba, yo pude notar que ella estaba molesta, creo que en el fondo le molestaba el hecho de que no podríamos seguir con nuestro estilo de vida.
- ¿Qué sucedió después?
- Seguí las indicaciones de los médicos al pie de la letra, en ese entonces me trataba en el hospital Monte Sinaí. Yo estaba convencido de que si me esforzaba lo suficiente, pronto volvería a estar bien… En esa época la idea de ser padre volvió a mí con más fuerza y yo le pedí a Karen que tuviéramos un hijo, pero ella se negó rotundamente.
- ¿Ella le dio algún motivo?
- Solo me dijo que estaba en la mejor etapa de su carrera y que quería esperar a que yo estuviera completamente recuperado.
- ¿Cómo se sintió con la actitud de su… ex esposa?
- Frustrado, no entendía por qué razón ella no quería tener un hijo conmigo, si ya teníamos varios años de casados y los dos nos amábamos... o bueno, al menos eso era lo que yo creía.
- ¿Usted sintió alguna mejoría con el tratamiento que estaba llevando en Nueva York?
- No, al contrario, poco a poco mis crisis comenzaron a ir en aumento y yo pasaba mucho más tiempo en el hospital que en mi propia casa. Después de un año mi padre consiguió unas cuantas citas en algunos hospitales europeos, así que durante los siguientes meses me dediqué a visitar doctor tras doctor, en busca de un milagro.
- ¿Tuvo el apoyo de su esposa durante ese proceso?
- Al principio solía acompañarme a las consultas, pero después de un tiempo dejó de hacerlo, ella siempre tenía una excusa perfecta para no ir conmigo. De hecho, el viaje a Europa lo hice yo solo, solo conté con la compañía del Sr. Miller y con la de mi madre, en algunas ocasiones.
- ¿Usted recibió alguna noticia alentadora durante su recorrido por esos hospitales?
Él niega con la cabeza - Todas las soluciones que me daban eran temporales y al final todos coincidieron en una misma cosa: mi única salvación era un trasplante de corazón.
- ¿Cómo se sintió al escuchar ese diagnóstico?
- Decepcionado… Había perdido casi un año de mi vida buscando un milagro que no iba a llegar nunca.
- ¿Qué fue lo que hizo cuando terminó su recorrido?
- Regresé a Nueva York, después de estar en tantos hospitales, lo único que quería era volver al lado de Karen, pero cuando nos encontramos la noté diferente, fría.
- ¿Usted se lo hizo saber?
- Sí, pero ella me aseguró que todo era producto de mi imaginación… Y aunque en el fondo yo sabía que me estaba ocultando algo, decidí darle un voto de confianza.
- ¿Qué sucedió después?
- En esas fechas vinimos a Chicago a celebrar el cumpleaños de su mamá y fue en esa fiesta que me recomendaron al doctor Anderson. Después de mucho insistir, Karen me convenció de que buscara una última opinión y al final terminé quedándome aquí.
- ¿Qué era lo que usted esperaba del doctor Anderson?
- Realmente no esperaba nada. Cuando comencé a verlo, yo estaba más que hastiado de toda esta situación y lo único que deseaba era que llegara ese bendito donador que supuestamente me salvaría la vida... Fue una época muy dura, extrañaba mucho a Karen, ya que solo podíamos vernos algunos fines de semana debido a sus horarios en el teatro y yo ya no podía trasladarme en avión como antes lo hacía, porque los viajes me resultaban cada vez más pesados. Además, existía la posibilidad de que la presión y la falta de oxígeno afectaran mi corazón… ¿Sabe? En esa época volví a sentirme tan solo como cuando era niño.
- ¿Sus padres no venían a visitarlo?
- Mi mamá trataba de venir dos veces al mes y mi padre solo me visitó en un par de ocasiones. Las únicas personas que permanecieron constantemente a mi lado fueron el señor Miller y la mamá de Karen. Pero a pesar de todo, yo me aferraba a la esperanza de que todo estaría bien y que tarde o temprano recibiría esa llamada avisándome que ya tenían un donante de corazón. En ese tiempo aún tenía fe en el trasplante y en que todo volvería a la normalidad.
Sus ojos se llenan de lágrimas y un sollozo se escapa de sus labios, dejándolas caer libremente. Yo apartó mi mirada con el pretexto de que voy a sacar una caja de pañuelos de la gaveta y en el proceso, aprieto mis puños en un intento por no correr a abrazarlo y aminorar su dolor.
- ¿Un pañuelo?
- Sí, por favor.
El señor Grandchester toma el pañuelo y comienza a secarse el rostro. Yo permanezco en silencio, esperando a que él recobre la calma para poder continuar con nuestra sesión, pero de la nada, él comienza a hablar de nuevo.
- Un día quise darle una sorpresa a Karen y viajé a Nueva York sin decirle nada... Y vaya que la sorprendí… Pero con otro y en nuestra propia casa.
Asombrada por su confesión, trato de retomar el hilo de nuestra plática - ¿Cuál fue su primera reacción?
- Tuve ganas de moler a golpes al imbécil ese, pero en lugar de eso le pedí que se fuera… con ella – Una risa cínica escapa de su boca – Bueno, realmente los saqué a empujones de la casa y después le tiré a Karen todas sus pertenencias a la calle, para luego gritarle que no quería volver a verla en todo lo que me restaba de vida.
- ¿Qué fue lo que sintió en ese momento?
- ¿Qué cree usted que sentí? – Me responde, enfadado.
- No lo sé, necesito que usted me lo diga.
- Me sentí como el peor de los idiotas, no podía entender cómo es que Karen se había atrevido a engañarme. Estoy consciente de que tengo miles de defectos, pero definitivamente siempre me porte bien con ella… Yo la amaba, la procuraba y nunca me atreví a engañarla ni a lastimarla de ninguna manera.
- ¿Qué sucedió luego de la confrontación?
- Nada… Tuve una fuerte recaída y estuve internado tres días en el hospital. Una semana después de que me dieran de alta, me regresé a Chicago… Si de algo estaba seguro, es de que no quería volver a toparme con ella, ni con su estúpido amante, en Nueva York.
- ¿Su ex esposa lo buscó?
- Lo intentó, pero no se lo permití. Antes de regresar le pedí a mi madre que se encargara de vender la casa y contacté a un abogado para que se encargara de todo lo relacionado con el divorcio. Creo que la única cosa que verdaderamente le agradezco a mi padre, es que haya insistido tanto en que Karen y yo nos casáramos por bienes separados… Ah, sí, y ese bendito contrato prematrimonial que tantas peleas me causó con ella. No suelo ser una persona vengativa, pero tengo que reconocer que me alegré al ver que ella no se quedaría con nada.
- ¿Qué pasó cuando usted regresó a Chicago?
- Me deprimí como nunca lo había hecho en mi vida, dejé de asistir a mis consultas, dejé de cuidarme, volví a beber. Realmente quería morirme y reconozco que lo intenté en varias ocasiones.
No sé por qué, pero sus palabras me calan profundamente y un enorme coraje se apodera de mí, haciéndome hablar más de la cuenta.
- ¿Realmente iba a dejarse vencer de esa manera… por ella?
- ¿Alguna vez le han roto el corazón?
- No, pero…
- Entonces no debería a hablar de algo que desconoce.
- ¿No se detuvo a pensar por un momento en el daño que le ocasionaría a sus seres queridos?
- Estoy seguro que a nadie le hubiera importado.
- Es un egoísta, solo piensa en usted.
Él se levanta de su asiento y su mirada, llena de furia, se clava en mi rostro. Es en ese preciso momento que me doy cuenta de que no debí haber dicho nada de lo que dije hace unos segundos.
- Escúcheme bien, usted no tiene ni idea de todo lo que yo he sufrido a lo largo de mi vida y por lo tanto, no tiene ningún derecho a juzgarme de esa manera – Me dice, levantando el tono de su voz – Ni siquiera sé por qué pierdo el tiempo hablando con usted, si nunca en su vida se ha encontrado en una situación así… Es más que obvio que nunca va a poder comprenderme.
- ¿Y qué es lo que quiere que comprenda? ¿Qué usted es de los que prefiere tomar el camino fácil en lugar de luchar y aferrarse a la vida? ¿Qué le importa un demonio lo que puedan sentir las personas que lo aman?
La confusión se hace evidente en su rostro y después de algunos segundos comienza a reír descaradamente - Ahora entiendo… Todo esto es por su hermana.
- ¿Mi hermana?
- Yo le recuerdo a su hermana, e intenta hacer conmigo lo que no pudo hacer con ella.
- ¿De qué está hablando?
Una carcajada burlona escapa de su boca, haciéndome enfurecer.
- Salga de mi consultorio – Le exijo, mientras me pongo de pie.
- No, no me voy a ir – Me responde, aun riendo.
Frustrada, me acerco a él y comienzo a empujarlo con todas mis fuerzas, pero apenas y logro que se mueva unos cuantos centímetros. En un momento de descuido, señor Grandchester sujeta mis manos para evitar que siga agrediéndolo.
- ¿Sabe algo? Creo que la que debería de ir a ver a un psicólogo es usted, es más que obvio que tiene un gran trauma y dudo mucho que pueda ayudar a alguien en esas condiciones.
Sus palabras me hieren y aunque lo intento, no puedo evitar que varias lágrimas salgan de mis ojos. Cuando él me ve llorando, su expresión severa cambia repentinamente.
- Perdóneme, le juro que no quise decir eso, estaba molesto y no medí mis palabras - Él intenta abrazarme, pero yo no se lo permito.
- Suélteme y váyase de una vez por todas – Le grito, pero él no se va.
A pesar de mi resistencia, el señor Grandchester consigue sujetarme entre sus brazos y una nueva oleada de emociones se hace presente, haciendo que mi llanto se intensifique. Al cabo de algunos minutos, puedo sentir como sus manos se deslizan alrededor de mi rostro y aunque intento soltarme, ni siquiera tengo fuerzas para rechazarlo.
- Candy, sé que me comporté como un verdadero idiota, pero por lo que más quieras, deja de llorar.
Sus dedos tratan desesperadamente de secar mis lágrimas, pero estas siguen saliendo sin que yo pueda controlarlas; segundos más tarde, sus labios se posan sobre mi frente, besándola en repetidas ocasiones.
- Por favor, tranquilízate…. No soporto verte llorar – Me dice, mirándome a los ojos y sin darme tiempo a nada, sus labios viajan velozmente hasta los míos, cubriéndolos por completo.
Dime si me estoy volviendo loco
Dime por favor, si a ti te pasa igual
Mi corazón atómico, en cuenta regresiva está
Parece que perdí el control
A mí ya no, ya no me importa nada
)o(
Acaricia mi alma, suaviza mi ser
Esteriliza mi sangre y purifica mi amor
Acaricia mi alma, suaviza mi ser
Esteriliza mi sangre y purifica mi amor
)o(
Parece que perdí el control
Pero ya no, ya no me importa nada
Y dime si me estoy volviendo loco
Dime por favor, si a ti te pasa igual
Hola, hola chicas lindas, aquí estoy de regreso... (Gracias a Dios)
Bueno, este es un capítulo un poco más largo de lo acostumbrado, intenté recortarlo un poco, pero sentí que perdería la coherencia si le quitaba más partes.
Ustedes no están para saberlo, ni yo para contarlo, pero esta canción (CORAZÓN ATÓMICO DE ZOÉ) es la responsable de que le haya puesto este título al fic. En un inicio, la historia se iba a llamar "Devuelveme la vida" o "Enséñame a vivir", pero mientras me llegaban las ideas para este capítulo, recordé esta canción de mi repertorio de "FAVORITAS" y sentí que le quedaba como anillo al dedo.
Les agradezco infinitamente sus comentarios:
Venezolana Lopez
Dulce Graham
Kamanance
Eli
Sofia Saldaa
Maya Ac
Ivy
Iris Adriana
Yeshua 1583
A todas las guest.
GRACIAS, MUCHAS GRACIAS.
Y un agradecimiento especial a Marta Hernández, que creo que se aventó la historia de corridito (Acabando de publicar, te respondo tu PM)
Y por supuesto un enorme agradecimiento para Monse "Cold Winter Rain", mi sensei :) :) :) que a pesar de que siempre le mando tarde los archivos (jajaja, sí, lo sé, soy un caso perdido) Me hace el grandísimo favor de revisarlos y regresarmelos a tiempo.
Les agradezco a todas las que me han agregado a sus favoritos y también a todas las que siguen mi historia (las mencionaría a todas, pero de una lista son 32 y de la otra son 27... Así que no acabaría hoy)
Un saludo a todas mis lectoras silenciosas, que en cada capítulo hacen que las estadísticas se disparen (De verdad)
Sé que había prometido contestar los comentarios, pero el tiempo no me va a alcanzar (Sí, las que ya me han leído antes, saben que yo soy como político mexicano, que nomás promete y promete) Pero ahora sí les prometo por Chuchito, que se los responderé en el transcurso de la noche o a más tardar mañana temprano.
Les mando un saludo grande y afectuoso.
Que tenga un excelente día.
Nos leemos pronto.
P.D. Subí el archivo sin editar y apenas me di cuenta, pero ya lo corregí (por si fueron de las primeras en leer)
