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LA FAMILIA
Parte 2
No miento al decir que las sonrisas que todos ostentaban en sus rostros, desaparecieron por completo cuando escucharon la palabra "paciente" y poco faltó para que una bola de hierba seca pasara rodando en medio de la mesa.
- ¿Tu paciente? – Pregunta su madre, tratando de ocultar el horror que le causa esa confesión, sin mucho éxito.
Candy permanece en silencio por algunos segundos, durante los cuales, sus manos comienzan a jugar ansiosamente con la servilleta - Sí, bueno... él...
Coloco mi mano sobre la de mi novia, intentando transmitirle confianza y decido ser yo quien maneje la situación.
- Sra. White, yo intenté suicidarme hace algunos meses y por esa razón tuve que tomar terapia psicológica – Respondo con toda sinceridad, ya que la vida me ha enseñado que siempre es mejor hablar con la verdad desde un inicio.
El semblante de todos los presentes se descompone de inmediato y me doy cuenta que todo esto del suicidio no solo es difícil para Candy, sino que también lo es para toda su familia.
- Si no es mucha intromisión, ¿podrías decirme por qué intentaste suicidarte? - Indaga su hermano, quién por primera vez en toda la noche, pronuncia más de dos palabras.
- Yo... estaba deprimido.
- ¿Por qué?
- Porque descubrí que mi esposa me estaba engañando con otro…
- ¡¿Eres casado?! - Exclama su papá y su rostro se endurece de inmediato.
- No, ya estoy divorciado.
- ¿Cuántos años tienes? - Me pregunta su madre.
- 34, bueno, 35 en un par de meses.
- Tu cara se me hace muy conocida... ¿Cómo dices que te llamas? - Me cuestiona su hermano y yo empiezo a sentirme como en un maldito interrogatorio policiaco.
- Terrence Graham Grandchester.
- Sí, Grandchester... Ahora te ubico...
- ¿Nos conocemos?
- Tú no me conoces; pero yo si te conozco a ti.
- ¿Y puedo saber de dónde me conoces?
- Hice mi residencia en el hospital Monte Sinaí de Nueva York... Y si mi memoria no me falla, tú eras uno de los pacientes del doctor Rosenzweig, ¿o me equivoco?
- No, estas en lo cierto.
- Él fue uno de mis mentores y compartió conmigo varios de sus expedientes médicos. Si no mal recuerdo, tú tenías una grave afección cardíaca...Tú necesitabas un trasplante de corazón, ¿no es así?
- Aún lo necesito - Respondo, con toda la tranquilidad del mundo y de inmediato puedo sentir esas miradas de lástima que tanto aborrezco, justo sobre mí.
- Bueno Terry, supongo que en cualquier momento llegará tu donador, los trasplantes de órganos ya son cosa de todos los días - Me dice su madre, mostrándome una sonrisa cálida, sincera... Idéntica a la de Candy.
- Créame que eso es lo que más deseo, Sra. White.
El ambiente que se percibe en el comedor está tan viciado, que me resulta imposible sentirme relajado y puedo apostar a que no soy el único aquí que se siente así. Su padre, al ver el estado de turbación en el que se encuentra su hija, cambia radicalmente el tema por uno más agradable, haciendo que todos olviden, al menos por un instante, que soy un suicida desahuciado.
Durante el resto de la cena, el tal Tom no deja de lanzarle miradas furtivas a su hermana, como intentando decirle algo, pero ella parece ignorarlo a propósito. Una vez que todos hemos terminado de comer, mi novia se ofrece a llevar los trastes al lavabo y su hermano aprovecha el momento para levantarse de manera veloz e ir detrás de ella. Ellos tardan varios minutos en regresar al comedor y justo cuando comienzo a impacientarme, se escucha un grito desde la cocina.
- ¡Basta Tom, no tienes ningún derecho a meterte en mi vida!
La secuencia de hechos que le sobrevienen al grito, ocurre tan rápido, que me es imposible procesarla con claridad. Cuando me doy cuenta, Candy me está sacando prácticamente a jalones de la casa de sus padres y unos segundos más tarde, ya estoy conduciendo de regreso a su departamento, mientras que ella mantiene la mirada fija hacia la calle, tratando de ocultar las gruesas lágrimas que corren por sus mejillas.
- ¿Qué fue lo que te dijo tu hermano? - La cuestiono.
- Nada...
- Pecas, no me mientas.
- No quiero hablar sobre eso... No ahora - Me contesta con la voz entrecortada.
- Está bien.
Lo único que escuchó durante el resto del camino, es el sonido del motor y los sollozos de mi novia, y por más que intento animarla nada parece surtir efecto.
Al llegar al departamento, ella se encierra con llave en el baño por más de una hora; tiempo que yo empleo para tocar la puerta en repetidas ocasiones, sin ninguna respuesta. Cuando mi preocupación llega a niveles insoportables, comienzo a buscar algo con que forzar la maldita cerradura.
Luego de varios intentos fallidos, por fin consigo abrir la puerta y lo primero que captan mis ojos al entrar, es la imagen de mi novia, acurrucada dentro de la tina, con los párpados rojos e hinchados de tanto llorar. No tengo palabras para describir el dolor tan grande que me causa verla en ese estado y sin pensarlo dos veces, me acerco rápidamente a ella.
- Déjame Terry, quiero estar sola – Murmura, ocultando su rostro entre las rodillas.
- No te voy a dejar sola.
Sin pedirle permiso, me inclino para alzarla entre mis brazos y llevarla hasta la recamara. Ella me da unos cuantos manotazos, tratando de evitar que lo haga, pero al darse cuenta de que no va a lograr detenerme, se da por vencida.
Una vez en la habitación, la deposito gentilmente sobre la cama y me recuesto a un lado suyo, abrazándola con todas mis fuerzas, intentando aminorar su dolor; pero en lugar de que su llanto disminuya, este regresa con mayor intensidad.
Cuando ella logra calmarse un poco, intento interrogarla de nuevo.
- ¿Por qué no me dices qué fue lo que sucedió?
- No puedo.
- ¿No me tienes confianza? – Le pregunto, acariciando su mejilla.
- Sí.
- Entonces, cuéntame qué fue lo que te dijo tu hermano.
- Es que no te va a agradar escucharlo.
- Por favor, necesito saberlo.
- Él me dijo que no entendía por qué quería tener una relación con alguien como tú... Que solo tenía dos explicaciones para mi estúpida conducta y que ninguna me dejaba bien parada.
- ¿Cuáles eras esas dos opciones? – Al momento de dejar ir la pregunta, mi estómago se contrae en espera de la respuesta.
- Que tenía muy baja autoestima o que era una interesada.
- ¿Y qué le respondiste?
- Que la única razón por la que yo estaba contigo, era porque estaba enamorada y además, pensaba casarme contigo y darte un hijo…
- ¿Eso fue todo lo que te dijo? – La cuestiono, incrédulo, ya que no creo que todo ese llanto derramado haya sido solo porque le dijo interesada.
- No me hagas repetirlo, no quiero lastimarte.
- Dímelo – Le exijo, tratando de contener mi ansiedad.
- Me dijo que esa era la estupidez más grande que había escuchado en toda su vida y que no podía creer que yo fuera tan tonta como para querer unir mi vida a la de un pobre desahuciado; sabiendo de antemano que iba a terminar sola. Además, me recalcó que sería una verdadera insensatez embarazarme de ti, porque no solo iba a sufrir yo, sino que también haría sufrir a un ser inocente, al negarle la oportunidad de crecer con su padre.
- ¿Y tú que crees?
Ella hace el intento de hablar, pero de su boca solo salen un par de chillidos, acompañados de varias lágrimas; y sin necesidad de palabras, puedo adivinar su respuesta.
- Candy, si tú no deseas…
- Sí lo deseo. Deseo una familia y deseo una vida contigo… pero tengo miedo. Y te juro que he tratado de luchar contra todas estas malditas inseguridades, pero cuando alguien hace este tipo de comentarios, me pregunto si de verdad podré hacerle frente a todo lo que pueda venir.
- No pienso dejarte sola Candy, vamos a luchar juntos y todo va a estar bien.
- ¿Y si no es así?
- Todo va a estar bien, confía en mí, ¿sí? - Ella asiente con la cabeza y después se aferra a mi cuerpo en un profundo y necesitado abrazo.
No sé en qué momento me quedo profundamente dormido, pero cuando me doy cuenta, mi mente ya está divagando. En mi sueño, puedo ver a Candy parada frente a la ventana de su departamento, con la mirada triste, perdida en algún punto del exterior; cuando ella nota mi presencia, se gira lentamente hacia mí, esbozando una enorme sonrisa y es entonces cuando reparo en su vientre abultado, signo de un embarazo muy avanzado.
- ¡Qué bueno que volviste! - Murmura y en el preciso instante en que intento acercarme a ella, todo se vuelve borroso.
El escenario se transforma rápidamente y ahora me encuentro en un enorme y tranquilo jardín. Yo empiezo a recorrer el lugar con la mirada y a lo lejos puedo distinguir Candy, parada sobre una pequeña colina; pero ella no está sola, una niña la está acompañando.
Conforme me acerco a ellas, advierto que estamos dentro de un cementerio y esa revelación me cae como un balde de agua fría, llenándome de un inmenso pánico; así que acelero el paso para llegar lo antes posible a la colina. Cuando estoy a unos cuantos metros, descubro que las dos se encuentran frente a una lápida que, aunque no puedo leer el nombre escrito en ella, sé que es la mía.
- Sr. Grandchester, le presento a Sophie, mi hija – Murmura Candy, confirmando mis sospechas.
Me despierto sumamente alterado, tratando de asimilar el sueño que acabo de tener y aunque estoy consciente de que nada de eso es real, no puedo dejar de sentir está opresión en el pecho al recordarlo.
- Terry, ¿estás bien? – Farfulla Candy, envolviéndose entre las sábanas.
- Sí, solo fue un mal sueño. Descansa.
Ella acaricia levemente mi torso y después se gira del otro lado de la cama, quedándose dormida instantáneamente. Yo tardo más de una hora en volverme a dormir y mientras doy de vueltas en el colchón, no puedo evitar preguntarme si no estaré siendo muy egoísta al proponerle a Candy que formemos una familia.
Y es que la sola idea de que ella pudiera terminar viuda, me llena de remordimiento; remordimiento que se acrecienta si le añado el hecho de que ella se quedaría completamente sola, llevando un hijo mío a cuestas. Trato de borrar todos esos pensamientos de mi cabeza, porque sé que si sigo meditando sobre ese tema, me voy a volver completamente loco.
A la mañana siguiente, ninguno de los dos hace algún comentario sobre lo ocurrido durante la noche y luego de despedirnos con un tierno beso, Candy se dirige a su trabajo y yo me voy a mi casa a revisar algunos papeles que tengo pendientes.
Cerca de las 4 de la tarde, escucho sonar mi celular.
- Bueno.
- Hola guapo, ¿qué estás haciendo?
- Pensando en tí.
- Estoy saliendo del hospital, ¿quieres que pase a recogerte?
- Por supuesto... Tengo muchas ganas de verte y de tomarte entre mis brazos y de...
Una risita traviesa interrumpe mi oración
- Yo tengo ganas de ir al cine.
- Iremos a donde tú quieras.
- Está bien, te veo en 15 minutos. Te amo.
- Yo te amo más.
El resto de la tarde la pasamos fuera y regresamos a su departamento ya entrada la noche. Los dos estamos tan cansados, que nos quedamos dormidos en el mismo instante en que nuestras cabezas tocan la almohada; pero para mi maldita mala suerte, el estúpido timbre de mi celular me despierta a las 5 de la mañana.
Yo me levanto aún medio dormido de la cama; y me dirijo hacia la jodida sala, sin ningún tipo de coordinación motriz, tropezando con cuánto mueble se me pone enfrente; al mismo tiempo que mi boca deja escapar infinidad de maldiciones. Una palabrota monumental resuena en la estancia en el preciso instante en que mi dedo chiquito del pie se golpea con la pata de la silla, y para cuando mi mano coge el teléfono, yo ya estoy con un humor de perro rabioso.
- ¡Bueno! - Ladro y escuchó un bufido del otro lado de la línea.
- Buenos días, Terrence.
No me lleva más de un segundo reconocer la voz de mi padre.
- Buenos días... papá, ¿cómo estás?
Él suelta un largo suspiro antes de hablar
- Decepcionado Terrence, decepcionado. Supuse que después de tu fracaso con la arribista esa, habrías aprendido la lección; y sin embargo, acabas de demostrarme, por enésima ocasión, que te encanta ir por la vida cagándola, una, y otra, y otra, y otra vez. ¿Qué nunca te cansas de hacer estupideces?
- No tengo idea de qué demonios me estás hablando…
- De esa estupidez que me dijo tu madre, de que te quieres casar de nuevo. Es que, de verdad Terrence, no puedo creer que después de todo lo que te ha pasado, aun pienses si quiera en esa posibilidad y sobre todo, que pienses hacerlo justo cuando acabas de divorciarte. Dime, ¿qué es lo que tienes en la cabeza? ¿Mierda?
- No tengo ganas de discutir contigo sobre eso y mucho menos en este momento. Adiós.
- Llego el viernes a Chicago... Y no, no te molestes en ir por mí, que Leonard va a pasar a recogerme… Ah, y de una vez te advierto que ni siquiera se te vaya a ocurrir presentarme a la muchachita esa, evitame la pena de hacerle una grosería.
Tengo unas inmensas ganas de mandarlo mucho al demonio y de decirle que su presencia no es bienvenida en mi casa; que si quiere venir a Chicago se vaya a un maldito hotel y que si es posible, ni siquiera se cruce en mi camino durante los días que permanezca en la ciudad. Pero cuando me doy cuenta, él ya ha colgado el teléfono.
Está demás decir que la llamada de mi padre me quitó el sueño; así que me quedo en la sala, meditando en la magnitud del problema que se me viene encima.
- ¿Terry? - Escuchó una dulce voz a mi espalda - ¿Estás bien?
- No, no en realidad...
- ¿Qué sucede?
- Es mi papá, él va a venir y su visita no me augura nada bueno.
- Igual y podrías aprovechar para hacer las pases con él.
- No lo creo; él está furioso… Realmente furioso.
- Terry, es tu papá; no todo puede ser tan malo.
- Tu no lo conoces Candy, él es un especialista en hacerme sentir como la peor de las mierdas.
- Tú no eres una mierda...
- Lo sé, pero no puedo evitar sentirme así cada vez que él está cerca de mí – Respondo, dejando escapar un largo suspiro - ¡Maldita sea! Él ni siquiera ha llegado y yo ya me siento hasta la madre de estresado.
- Ven, vuelve a la cama conmigo, yo me encargaré de quitarte ese estrés - Me dice, tomando mi mano y mostrándome una sonrisa traviesa.
Yo acepto sin necesidad de que me ruegue demasiado y empiezo a seguirla, a paso lento, hasta la habitación. Algunos minutos más tarde, el estrés desaparece como por arte de magia, gracias a sus mimos y a sus palabras amorosas.
Los siguientes días pasan demasiado de prisa - Para mi mala suerte - Y cuando me doy cuenta, ya estamos llegando al final de la semana. Es inevitable que el estómago se me haga mierda cada vez que recuerdo que en pocas horas voy a verle la cara a la peor de mis pesadillas.
- ¿Qué tienes? Me pregunta Candy, mientras estamos tomando nuestra taza de café matutina, acompañada de pan tostado y mermelada de albaricoque.
- Mañana llega mi padre.
- ¿Cuánto tiempo va a estar aquí?
- Leonard me dijo que regresa a Londres el martes por la mañana. Al parecer tiene que arreglar algunos negocios en la ciudad.
- Vas a ver que todo va a estar bien y si no, puedes quedarte conmigo hasta que él se vaya.
- Gracias amor.
- Nos vemos al rato – Me dice levantándose de la silla.
- Te invito a comer, paso por ti a las 4, ¿te parece?
- Me parece perfecto.
- Cuídate mucho, pecas. Que tengas un lindo día.
- Tú también y ya deja de preocuparte con todo eso de la visita de tu padre. Tanto estrés le va a hacer daño a tu corazón.
Ella se acerca a mí y me da su acostumbrado beso de despedida, para luego comenzar a caminar hacia la puerta.
Candy no lo sabe, pero cuando ella salga del departamento, voy a tomar mi teléfono y le voy a marcar al contratista que trabaja para los hoteles de la familia para que él y sus hombres, que me están esperando afuera del edificio, vengan y empiecen a hacer esas modificaciones que había planeado días atrás.
Hoy solo se ocuparan de la estancia y parte de la cocina, ya que tienen pocas horas para trabajar y los arreglos irán desde pintar las paredes, hasta desmontar la alfombra vieja para colocar una nueva. Además, también me tomé el atrevimiento de cambiar algunos muebles, como ese viejo sillón que siempre hace que me duela la espalda. Estoy seguro que a mi novia le agradará la idea tanto como a mí.
A las dos y media de la tarde, ellos logran terminar con su trabajo y yo me siento realmente complacido con el resultado final. En la hora y media que me resta, me voy a mi casa para bañarme y cambiarme de ropa; y para cuando el reloj marca las cuatro en punto, yo ya me encuentro en la puerta del hospital, esperando a que salga mi pecosa.
- ¿Cómo te fue hoy? – Le pregunto, cuando se acerca a mí.
- Muy bien, estuve platicando un buen rato con Kimberly.
- ¿Hablaron de mí?
- Solo un poco…
- ¿Y de qué hablaron?
- Nada malo. Cosas de psicólogas.
- Mmmm…
- No olvides que mañana tienes cita con ella.
- Lo sé; decidí poner una alerta en mi celular para que no se me olvidara, como siempre…
Ella me da un beso en los labios y luego me toma de la mano.
- Cambiando de tema, ¿a dónde quieres ir a comer?
- Donde sea, realmente no me importa mucho el lugar.
- Vamos a "Girl & the Goat", el gerente es amigo mío, estudiamos juntos en Nueva York.
- Que bien, así no tendremos que esperar por una mesa, como lo hacemos en la mayoría de los sitios a donde sueles llevarme.
- Oye…
Ella calla mi protesta con un prolongado beso y una vez que nos separamos, nos dirigimos al restaurante de mi elección.
Dos horas después, estamos llegando a su departamento y no puedo esperar para ver su reacción cuando ella note los cambios que le hicieron a su hogar. Mi novia abre la puerta y una expresión indescifrable se refleja en su rostro al ver la estancia.
- ¡Pero qué demonios!….
- ¿Te gustó? – Le pregunto, ansioso.
- ¿Tú hiciste esto?
- Sí, ¿no te agrada?
- Pero, ¿por qué?
- Porque creí que tu departamento necesitaba un cambio.
- Pero a mí me agradaba como lucía mi departamento.
- Vamos Candy, ¿a poco no se ve mejor?
- ¡¿Dónde está mi sillón?!
- Lo mandé tirar…
- ¡¿Qué?! – Su gesto colérico me hace arrepentirme de haberlo hecho.
- Que lo mandé…
- Ya sé que lo mandaste tirar, pero, ¿por qué? Ese sillón era mío…
- Porque ya estaba muy viejo.
- Sabes qué Terry, lo mejor será que te vayas…
- ¿Por qué?
- Porque no quiero estar contigo en este momento.
- ¿Pero qué demonios te pasa?
- Mira, no quiero que pienses que soy una malagradecida… Yo de verdad aprecio tus buenas intenciones, pero necesito que dejes de querer cambiar a cada maldito lugar que tocan mis pies.
- No entiendo en qué te afecta que haga esto, deberías estar contenta.
- Terry, este es MI departamento, MI espacio. ¿Qué pensarías si yo fuera a tu casa y cambiara toda la decoración, sin siquiera consultarte?
- Mi casa no necesita ningún cambio, porque es perfecta.
Una risa sarcástica sale disparada de su boca, en el mismo segundo en que dejo de hablar - Claro que necesita cambios, ¿qué me dices de ese aspecto sombrío que tiene toda la estancia y de ese color tan horrible que tienen las paredes de tu recamara?… Además, para que lo sepas, mi departamento también era perfecto para mí, así, tal y como estaba; y lo que más me purga de todo esto, es que ni siquiera te tomaste la molestia de pedir mi opinión al respecto, solo llegaste y ¡Bum! Hiciste las cosas a tu modo… y lo mismo ocurrió con el diván.
- Por Dios Candy, no vuelvas con el tema del diván.
- ¿Qué vas a intentar cambiar después, Terry? ¿Mi guardarropa? ¿Mi peinado? ¿Mi maquillaje? ¿Mis amigos? ¿Mi familia?... ¿Sabes? A veces siento que en realidad tú no me aceptas tal y como soy.
- Candy…
Yo intento acercarme a mi novia para tranquilizarla, pero ella me rechaza.
- Por favor, solo vete. Hablamos después, cuando haya asimilado todo esto – Me dice, señalando a su alrededor.
- Como quieras.
Camino a paso lento, con la certeza de que en cualquier momento Candy correrá detrás de mí y me impedirá partir, pero esta vez no ocurre nada; así que me quedo un par de segundos en la entrada, dándole la oportunidad de recapacitar. Al darme cuenta que ella no va a mover ni un solo músculo de su cuerpo para detenerme, salgo del departamento, cerrando la puerta a mi paso.
- Sr. Grandchester... ¿Sr. Grandchester, me está escuchando? – Me pregunta la Dra. Sanders, sacándome de mis cavilaciones.
- Sí, perdón, es que mi mente divagó un poco…
Sí, mi mente se encuentra a dos puertas de aquí, añorando a cierta psicóloga rubia que desde el día de ayer no me ha dirigido la palabra.
Fue un suplicio entrar al hospital, mientras trataba de contener esas enormes ganas que tenía de buscarla, de abrazarla, de besarla… Y durante todo el trayecto hacia el consultorio de la doctora Sanders, lo único que deseé fue toparme con ella "por pura casualidad", pero por más que caminé a paso lento por todos los pasillos del sanatorio, no conseguí verla.
Al pasar a un lado de su consultorio, me detuve por un instante con la esperanza de que ella saldría y me invitaría a entrar; con la esperanza de que haríamos el amor como el otro día, cuando después de almorzar juntos – Y a pesar de sus protestas - Nos amamos como un par de locos entre esas cuatro paredes y sobre ese jodido diván que ella tanto se negaba a aceptar.
- Ves, y tú que querías devolverlo – Le reclamé con ironía mientras nos vestíamos; obteniendo como respuesta una fuerte nalgada.
- Usted es realmente imposible, Sr. Grandchester.
- Pero así me ama, Srta. White.
- Por desgracia…
- Ten – Le dije, lanzándole los dos condones que aún quedaban de la caja – Por si los llegamos a necesitar en otra ocasión.
Ella solo sonrió de manera pícara y los guardó en la única gaveta de su escritorio que tiene bajo llave.
- ¡Sr. Grandchester! – Insiste la Dra. Sanders, trayéndome de regreso a la realidad.
- Disculpe, ¿qué fue lo que me preguntó?
- ¿Que si cree que su novia tuvo razón en molestarse con usted?
- Pues verá, en un principio creí que Candy estaba exagerando las cosas, como siempre; pero conforme fueron pasando las horas, empecé a creer que efectivamente tenía razón.
- ¿Por qué piensa eso?
- Porque mientras estaba en mi casa, recordando nuestra pelea, me vino a la mente una de las muchas discusiones que tuve con Karen durante nuestro matrimonio. Aunque para ser sincero, en ese entonces no le presté demasiada atención a sus palabras…
- ¿Qué fue lo que le dijo su ex esposa?
- Que en realidad yo no estaba a gusto con la mujer que tenía frente a mí; que lo único que quería era moldearla a mi manera… cambiarla.
- ¿Usted cree que eso es cierto?
- No lo sé… Entre más lo pienso, más le doy la razón. La mujer de la que yo me divorcié era muy diferente a aquella chica alegre que conocí en la universidad y creo que yo tuve mucho que ver en ese cambio.
- ¿Cuál cree que puede ser la razón por la que usted actúa de esa manera?
- No lo sé… Realmente nunca había meditado sobre mi forma de ser hasta ayer; pero dados los últimos acontecimientos, he llegado a pensar que en el fondo soy como mi padre.
- ¿Cómo describiría la forma de ser de su padre, Sr. Grandchester?
- Él es un hombre sumamente perfeccionista, rayando en lo obsesivo. Además es una de esas personas que siempre cree tener la razón; sabe manipular a la gente para obtener lo que desea y no tolera que nadie lo contradiga.
- ¿Él también manipulaba a su madre?
- Sí, tengo entendido que después de que ellos se casaron, no descansó hasta que mi mamá aceptó irse a vivir a Londres y poco a poco la apartó de su familia y de sus amigos. Además, cuando ella se embarazó de mí, le prohibió tajantemente volver a actuar y prácticamente la confino al cuidado de la casa.
- ¿A usted le gustaría ser como su padre?
- Por supuesto que no. Yo… lo odio.
- ¿Por qué cree que lo odia?
- Porque la mayor parte de mi niñez y mi adolescencia traté de cumplir sus expectativas, pero nunca lo conseguí. Porque odiaba que él siempre tuviera la última palabra, porque odiaba que nada de lo que yo hiciera, fuera suficiente para él… Porque odiaba que siempre quisiera tener el control sobre mi vida.
- ¿Le gustaría que su novia se sintiera de la misma forma en que usted se sintió con su padre?
- No, jamás desearía que ella experimentara algo así.
- ¿Usted cree que ese deseo inconsciente de querer tener el control, fue lo que causó que su ex esposa lo engañara?
- No, yo… nunca lo había pensado.
Ella cierra su libreta de apuntes y se levanta pausadamente de la silla - Es todo por hoy, Sr. Grandchester – Me dice, volteando su reloj de arena, el cual utiliza para medir el tiempo de las sesiones.
- Gracias – Le respondo, incorporándome de su sillón reclinable.
- Sr. Grandchester, antes de que se vaya; usted me comentó al inicio de nuestra terapia que su padre iba a venir de visita, ¿no es así?
- Sí, él debe estar llegando a mi casa en este momento.
- Me gustaría aprovechar esa visita para programar una sesión en donde ambos estén presentes.
- No creo que sea necesario…
- Sí, es necesario.
- Además, no creo que él…
- ¿Cuántos días va a estar su padre en la ciudad?
- Se va el martes.
- ¿Le parece bien si agendamos nuestra próxima sesión para el día lunes, a las 3 de la tarde?
- Sí, el lunes está bien – Le respondo, aunque para ser sincero, no estoy muy convencido de mi propia respuesta.
- Nos vemos el lunes, Sr. Grandchester.
- Hasta luego, Dra. Sanders.
Salgo del consultorio sintiéndome sumamente confundido, y es que la idea de que yo pude haber sido el responsable de todo lo que sucedió con Karen, me hace sentir muy mal; y la idea de que pudiera llegar a pasarme lo mismo con Candy, me hace sentir peor.
Estoy tan absorto en mis pensamientos, que ni siquiera noto que Candy está en el pasillo, observándome.
- Terry…
Su inconfundible voz me hace voltear y no puedo evitar esbozar una gran sonrisa cuando la veo recargada sobre la pared.
- Perdóname Candy, no debí actuar sin consultarte primero – Le digo, acercándome a ella.
- No te preocupes, el departamento no luce tan mal después de todo.
Yo la abrazo con todas mis fuerzas, alzándola del suelo. Ella me sonríe y me da un fugaz beso en los labios.
- Ya voy de salida, ¿vienes conmigo?
- Claro que sí.
Los siguientes dos días los paso recluido en el departamento de Candy, huyendo de mi papá y no es hasta el domingo por la tarde que me digno a aparecer por mi casa. Cuando entro a la estancia, me encuentro de frente con mi padre, quien está sentado en el sofá, tomándose una copa de Whisky y fumándose un puro.
- Buenas tardes, Terrence – Me saluda, sin dejar de observar su copa.
- Buenas tardes.
- Te he estado esperando, necesito platicar contigo.
- Te escucho.
- Estoy convencido de que por mucho que lo intente, no lograré hacerte cambiar de opinión con respecto a esa estupidez del matrimonio.
- Estás en lo cierto.
- Por eso mismo, quiero ayudarte a redactar el contrato prematrimonial que le darás a esa muchacha antes de que se casen. Quiero que ahí se especifique que en caso de que mueras, ella no recibirá ni un solo centavo tuyo.
- ¿No me digas que quieres el dinero solo para ti? – Le pregunto, cínicamente - ¿No crees que ya tienes suficiente guardado en tus cuentas bancarias?
Sus ojos cargados de furia se posan sobre mí, penetrándome.
- Esta vez no habrá contrato prematrimonial.
- No seas insensato, Terrence.
- Yo estoy convencido de que en esta ocasión, mi matrimonio durará para siempre.
Una risa burlona se escapa de la boca de mi padre – Por favor, hijo… A tu edad, es un pecado ser tan ingenuo.
- No es ingenuidad.
- Tan solo dime, ¿qué te hace pensar que esta vez será diferente?
- Papá, ella es diferente y yo quiero formar una familia con ella. Es más, ya lo hemos platicado y ambos estamos de acuerdo en tener hijos.
- Por Dios, Terrence, ¿acaso te estás escuchando? ¿De verdad quieres traer un niño a este mundo? ¿Te has puesto a pensar en lo que va a pasar cuando tú mueras? ¿Quieres dejar a tu hijo huérfano, para que luego de algunos años… o meses, venga cualquier pelele a terminar de criarlo? ¿Eso es lo que quieres?
Aunque intento mantenerme sereno, las palabras de mi padre me calan profundamente.
- Ese no es tu problema.
- Claro que es mi problema, porque ese niño también llevará mi sangre.
- Entonces que quieres, ¿qué nuestro apellido se muera conmigo? Porque dudo mucho que a tu edad quieras tener otro hijo. Imagínate, ¿qué tal si te sale igual de imbécil que yo?
- No digas sandeces.
- ¿Entonces? Dime que propones padre
- Que busques una mujer de nuestra misma posición social, que dejes de jugar al príncipe encantador que busca convertir en princesa a cuanta cenicienta se le pone enfrente.
- ¿Alguna vez has estado realmente enamorado?
- Por Dios Terrence, no me vengas con sentimentalismos. ¿Dime de qué te sirvió estar enamorado de esa mujer?… De nada, porque igual te botó cuando supo que te ibas a morir.
- Reconozco que me equivoqué con Karen, pero estoy seguro de que las cosas con Candy van a ser diferentes.
- No pierdas el poco tiempo que te queda de vida, cometiendo más estupideces. Deja de actuar como un maldito adolescente con las hormonas alborotadas y compórtate como el hombre que se supone que eres.
- Papá, me voy a casar te guste o no.
- En ese caso no cuentes con mi apoyo.
- Nunca lo he tenido.
Un gruñido sale de su boca y puedo sentir su mirada aguda sobre mí.
La estancia se queda en completo silencio y lo único que logro escuchar a mi alrededor, son las manecillas del reloj que no detienen su curso. Orillado por la incomodidad de estar parado frente a él, sin decir una sola palabra, me decido a volver a hablar.
- No sé si mamá te dijo que estoy tomando terapia psicológica.
- Sí, me comentó algo de eso.
- Mi terapeuta me pidió que fueras a nuestra siguiente sesión.
- No tengo tiempo para esas estupideces. Y tú también deberías de dejar de perder el tiempo con esas boberías.
- Es importante para mí y me gustaría que fueras.
Él le da un trago a su copa y desvía la mirada.
- La cita es mañana, a las 3 de la tarde. Le pediré a Leonard que te lleve.
Mi padre ni siquiera se toma la molestia de responder y en vista de que ya no tenemos nada más que hablar, me retiro a mi habitación para coger un poco de ropa limpia y algunos artículos personales, antes de regresarme al departamento de Candy.
Por la noche, paso casi toda la noche dando de vueltas en la cama, pensando en lo que le diré a mi padre cuando estemos en el consultorio de la doctora Sanders. Estoy nervioso, no lo niego, nunca he desnudado mi corazón enfrente de él, ya que desde hace muchos años, ambos hemos construido una muralla impenetrable, que no nos ha permitido acercarnos más de la cuenta.
- Deja de pensar tonterías – Musita Candy, acurrucándose entre mis brazos - ¿A qué le tienes tanto miedo?
- No lo sé…
- Podrías aprovechar para decirle todas esas cosas que llevas guardando por tantos años y que solo han conseguido lastimarte.
- No sé si pueda.
- Sí, si puedes hacerlo. Tienes que hacerlo. Tal vez él ni siquiera se ha dado cuenta del daño que te ha hecho con su actitud. Tal vez después de que ambos se liberen, puedan empezar a construir una mejor relación.
- ¿Tú crees?
- Estoy segura.
Yo la rodeo con mis brazos y beso su frente en repetidas ocasiones.
- Te amo, pecas. No sé qué haría sin ti.
- Yo creo que ya estarías en el fondo del lago – Me responde, de forma sarcástica.
- Oye…
Mis protestas son acalladas, una vez más, con un dulce beso que me relaja y me permite conciliar el sueño.
Al despertar, la ansiedad comienza a apoderarse de mí y durante el transcurso de la mañana, tomo alrededor de 5 tazas de café para poder controlar mis nervios. A las 2:35 ya estoy sentado frente al consultorio de la psicóloga, esperando a mi padre y conforme pasan los minutos, mi ansiedad se incrementa.
Diez minutos después llega la doctora Sanders y me invita a pasar a su consultorio, pero yo espero cinco minutos más, antes de aceptar su propuesta.
- ¿Cómo se siente, Sr. Grandchester?
- Bastante nervioso.
- ¿Por qué?
- Porque creo que es la primera vez que intentaré hablar civilizadamente con mi padre.
- ¿Cuáles son sus expectativas con esta sesión?
- Pues… yo espero que nosotros podamos entendernos mejor.
- Muy bien.
Esperamos algunos minutos más a que llegue mi padre, pero cuando el reloj da las 3 con cinco minutos, sé que él no va a presentarse
- Lo mejor será que iniciemos con la terapia, mi padre no va a venir – Le digo, con un nudo en la garganta.
- ¿Él le aviso que no vendría?
- No, pero él jamás llega tarde a una cita.
- Comprendo…
Mientas me reclino en el sillón, comienzo a recriminarme a mí mismo por haber sido tan idiota, pretendiendo que podría arreglar las cosas con él y un torbellino de emociones se hace presente en mi interior, al darme cuenta que jamás seré digno del cariño y de la comprensión de mi padre. Tal apreciación hace que un par de lágrimas se escape de mis ojos.
- Sr. Grandchester, ¿se encuentra bien?
- No…
- ¿Qué le sucede?
- Lo odio.
- ¿A quién?
- A mi padre, lo odio – Le respondo, apretando los puños – Lo siento, no puedo hacer esto – Le digo, levantándome del sillón y saliendo a toda prisa del consultorio.
- Sr. Grandchester, espere – Escucho a mis espaldas, pero no me detengo ni un solo momento, al contrario, acelero el paso para salir cuanto antes del hospital y dirigirme hacia mi casa; al mismo tiempo que la plática que tuve con mi padre comienza a dar de vueltas dentro de mi cabeza.
Conforme me acerco a la mansión, puedo sentir que mi respiración está muy agitada y un ligero dolor se hace presente en mi pecho. El deseo de que mi corazón se detenga de una maldita vez, va tomando fuerza dentro de mí, y es que si eso ocurriera, yo dejaría de ser una carga para todos.
Sin saber por qué, desvío mi camino hacia el lago donde intenté suicidarme hace algunos meses y cuando llego ahí, me quedo parado un largo rato sobre la orilla, contemplando la quietud del agua. Sé que sería muy fácil introducirme me en él y hundirme hasta el fondo; solo bastaría con atarme a una piedra de gran tamaño y listo… todo se acabaría en un maldito instante.
Y con esos pensamientos sacudiendo mi mente, ni siquiera soy consciente de en qué momento comienzo a sacarme los zapatos y a desabrocharme la camisa; pero justo cuando mis pies hacen contacto con el agua, siento un par de brazos que se entrelazan en mi cintura.
- ¿Qué crees que haces? – Me pregunta esa dulce voz que tanto amo, la cual se escucha débil, temblorosa.
- Esto no va a funcionar Candy… Solo te voy a hacer sufrir – Le respondo e instantáneamente las lágrimas comienzan a caer sobre mis mejillas.
- No me hagas esto – Susurra, recargando su rostro sobre mi espalda desnuda y puedo sentir sus lágrimas mojando mi piel.
- Déjame Candy, vete… Es lo mejor.
- Nunca te voy a dejar, ¿oíste? Nunca.
- ¿De verdad quieres atarte a alguien como yo?
- Sí, así sean unos meses o toda la eternidad. Yo quiero estar siempre contigo.
Yo me giro hacia ella y la abrazo con todas mis fuerzas, tratando de controlar todos estos demonios que luchan por apoderarse de mí. Cuando nos separamos, Candy toma mi mano con el firme propósito de alejarme de ese lugar.
Hola, hola chicas, aquí ando de rapidín, aprovechando que ya tengo listo el nuevo capítulo y que dispongo de un poco de tiempo libre.
Como podrán darse cuenta, me superé a mi misma, en cuanto a la longitud de este capítulo... (insisto, no me gusta hacer capítulos tan largos, pero no quise dividirlo una vez más, y a pesar de que le quité algo de relleno, quedó bastante extenso y ya al final, Monse me tranquilizó diciéndome que lo dejara así) Intenté no hacerlo tedioso, a ver que les parece.
Prometo responder a todos sus comentarios hoy en la noche, (en la sección de Reviews) sin falta.
Por cierto, les comento que no actualizaré hasta el viernes de la próxima semana. ¿Por qué? Porque Monse va a estar un poco ocupada y no va a tener chance de revisar el capítulo hasta mediados de semana, así que en cuanto tenga la revisión de mi super Beta Reader, lo publico, sale?
Les mando un saludo afectuoso a todas y cada una de las personas que siguen mi historia.
Les deseo un excelente día.
Nos leemos pronto.
