The Malfoy Twin 11: Sueño aturdidor.

Cedric Diggory: prometido, hijo y amigo. La chica de cabellos tan rubios como el sol coloca un ramo de flores encima de la lápida con el rostro inexpresivo, flaqueada por dos espectros irreconocibles. Una vez dejó el ramo frente a la losa sintió el llamado impotente de su padre.

Te dije que no volvieras.

Necesitaba hacerlo.

La fila de mortífagos hace presencia tras su padre, incluyendo a Narcisa y Draco. No pudo hacer nada cuando una chica alzó su varita para proclamar la Marca Tenebrosa en el grisáceo cielo. Tampoco actuó cuando Lucius apuntó a la lápida de su fallecido prometido y la incendió. Muchísimo menos intervino cuando le arrebataron su propia varita y le ataron las manos para llevarla arrastras a una tumba vacía, en donde seguidamente la arrojaron sin piedad alguna.

No gritó cuando Narcisa le echó tierra en la cara, no luchó cuando cerraron la compuerta de la urna privándola de oxígeno y tampoco quiso llorar cuando comenzó a asfixiarse por el reducido espacio. Porque antes de morir, ya estaba muerta.

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Despertó de un sobresalto, jadeando y sintiendo las gotas de sudor resbalársele por el rostro. Los tres chicos ocupantes del dormitorio seguían durmiendo sin que nada les afectara, incluso Draco parecía respirar de forma tan tranquila que parecía que estaba muerto. El choque con la realidad le recordó que no existía ningún peligro, Voldemort estaba muerto y ya no podría hacer más daño. El corazón le bombeaba con demasiada fuerza y llevó una mano a su pecho para intentar calmarlo.

Sentía las náuseas aglomerarse en su estómago como un torbellino, con completa lentitud se incorpora de la cama ajena y da pequeños pasos hacia fuera del dormitorio. Con su varita se ilumina el camino hacia la salida de las mazmorras con un rumbo a la enfermería, le valía una mierda si alguien se encontraba chismeando los corredores del pasillo. Una vez llega a la puerta de la enfermería, toca la puerta un par de veces hasta que la adormitada señora Pomfrey le abre con el ceño fruncido.

– Deberías estar en la cama ahora mismo.

– Lo sé perfectamente, no me encuentro bien y es por eso que estoy aquí. –lleva su mano diestra hacia su sien antes de soltar un pequeño jadeo por el dolor.

– Muchacha, no luces nada bien. Entra.

Al entran toma asiento en una de las camillas más cercana a la puerta, sujetando su cabeza entre las manos por el punzante dolor. Estaba completamente segura de que no había sido solo por la pesadilla. Se encontraba tan ida de su cuerpo que ni siquiera notó cuando pacientemente la enfermera le dio de beber un tónico relajante, causando que los latidos de su corazón vayan disminuyendo considerablemente.

Su cabeza da con la almohada de la pálida camilla, lucha por mantener los ojos abiertos pero le es imposible cuando la poción comienza a surtir efecto. Antes de que si quiera pueda darse cuenta, ya se encontraba completamente inconsciente.

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Volvió en sí lentamente, sintiendo la misma sensación de mareo que recordaba antes de dormirse. A su lado se encontraba Draco con la mirada cargada de preocupación, quien de forma inmediata se incorpora del incómodo asiento para ayudarla a sentarse en la cama con lentitud. Pandora acaricia su sien con demasiada suavidad cuando siente una ligera punzada.

– La enfermera me ha advertido que es completamente normal que te sientas un poco mareada aún. –informa su gemelo sujetando su mano con firmeza–. Me diste un buen susto hace unas horas cuando no te encontré por ningún lado, pero entonces Macmillan tuvo la amabilidad de contarme que estabas en la enfermería. ¡No sabes el susto que tuve después de eso!

– Deja de gritar. –pide ella con el tono de voz bastante bajo–. Me duele demasiado la cabeza y es el colmo que me aturdas ahora, después te lo explicaré todo detalladamente.

– Más te vale que así sea. –suspira–. Dos cosas, ese Hufflepuff ha venido a verte y te ha dejado un obsequio encima de la mesa. Por otro lado, una lechuza ha llegado con una carta de nuestra madre y un paquete para cada uno. –señala con la mirada los tres presentes que reposaban encima de la pequeña mesita de la cama–. Debo marcharme a clases.

Pandora lo observa marcharse con las manos metidas en los bolsillos del pantalón de vestir, se obliga a inspirar profundo para calmar los nervios y después se recuesta de la camilla nuevamente con la vista fija en el sobre color manila, en donde reposaba la carta enviada por Narcisa. ¡Accio! Susurró causando que la cubierta llegara a sus manos con rapidez y que esta lo abra para leer la nota.

Querida Pandora:

Espero que estés disfrutando del castillo, la directora Mcgonagall nos ha hablado maravillas sobre tu desenvolvimiento en clases, llegando incluso a igualar el promedio de los Ravenclaw. No me basta con expresar en esta carta lo orgullosa que estamos de ti, por lo tanto en el paquete te hemos enviado algo que realmente puede gustarte. No ha sido idea mía, sino de tu padre.

Úsalo con cuidado.

Narcisa Malfoy.

Destrozó el envoltorio del paquete en sus manos y sus labios se tuercen en una pequeña sonrisa cuando observa lo que es, el libro más costoso y nuevo de encantamientos avanzados se encontraba en sus manos. Ni recordaba cuánto tiempo le había rogado a sus padres porque le regalaran aquel dichoso encuadernado, prometiéndoles que practicaría cada uno de los hechizos día y noche. Si de pequeña quería el libro con todo su corazón, ahora lo deseaba.

Los tacones bajos de la señora Pomfrey se escuchan por el pequeño corredor de la enfermería, seguidos por unas zancadas más bruscas que sin duda pertenecían a su hombre. Y no se equivocó. Ernest Macmillan se detiene justo frente a su camilla con una luminosa sonrisa en su horrible rostro –dicho con cargada ironía– y entonces ambos conectan sus miradas con suma curiosidad en el otro.

– Tienes mejor cara que esta mañana. –saluda Ernest sin eliminar su sonrisa de su cara–. Deberías agradecer que fui yo quien le avisó a Draco tu paradero.

– La enfermera o algún profesor pudo haberlo hecho. –asegura la chica rodando los ojos con indiferencia–. ¿Qué estás haciendo aquí? Tengo entendido que hoy tienen un partido de Quidditch contra Gryffindor, deberían estar valiendo los últimos minutos libres como equipo.

– Vine a hacerte una rápida visita. –se encoge de hombros restándole importancia al tema, rodea la cama con lentitud y después se echa en la silla junto a la misma–. ¿Qué fue lo que te ocurrió?

– No es nada que deba importarte. –declara ella entre dientes–. Si estás aquí porque quieres algo a cambio de tu acción, olvídalo. Yo nunca te pedí que le avisaras a nadie dónde estoy. Ahora lárgate de mí vista antes de que te arrepientas.

– ¿Sabes? Recuerdo que una vez Cedric Diggory me contó que conoció a una chica de profundos ojos grises.

Pandora no dice nada, simplemente se encarga de cubrir el libro de nuevo en el envoltorio para cuidarlo. A decir verdad no le importaba la anécdota que Macmillan estaba a punto de contarle, porque se la sabía de memoria. Ernest y Cedric –junto con Hannah Abbott– fueron un gran trío para la casa Hufflepuff hace unos años. Se echa la melena hacia atrás con fastidio y entonces lo observa con impaciencia.

– No estoy interesada en escuchar tus estupideces.

– ¿Escuchar las palabras textuales de Cedric es una estupidez?

– Palabras textuales que escuché de su propia boca. No necesito volver a escucharlas.

– ¿Ya se apagó la llama del amor? –se burla el chico.

Pandora ni siquiera se molestó en responderle porque sabía que no merecía la pena, al contrario, se incorpora de la cama cuando siente las náuseas desaparecer completamente y después toma su varita de la mesa situada ante ella. En lo que la yema de sus dedos roza su varita inspira hondo, con un movimiento de esta su cuerpo es cubierto por el uniforme del colegio y su melena rubia se alisa completamente.

Se observa en un pequeño espejo con convicción, pero no emite ninguna expresión.

– ¿Cuándo fue la última vez que te dijeron que eres realmente hermosa?

Aunque no quisiese admitirlo, navegó entre sus recuerdos para responder a esa inquisición. La última vez que alguien la llamó 'hermosa' había sido tres años atrás –cuando Cedric todavía estaba vivo–, esa vez ni siquiera se dignó a agradecer por las tiernas palabras de su prometido. Actualmente se arrepentía.

– Eres completamente hermosa, Pandora, incluyendo tu carácter complicado.

– No me agradan tus palabras tan poco honestas, Macmillan. –comenta la chica con la voz cargada de indiferencia y los ojos grisáceos chispeantes de inconformidad–. Tampoco me parece caballeroso intentar cortejar a una dama que se encuentra saliendo de una crisis, por lo tanto solicito respeto hacia mi persona y también hacia la memoria de mi prometido. –con la yema de su dedo dedica pequeñas caricias al anillo de plata que alguna vez perteneció a la familia Diggory–. Te deseo buena suerte en el partido.

Tomando sus cosas con la varita, se retira de la enfermería con la cabeza en alto. Pero una escurridiza lágrima deslizándosele por la mejilla.