The Malfoy Twin 15.

Todas las miradas se posan con cada paso que da sobre las finas sandalias de tacón, el vestido ceñido a su cuerpo le da un aire entre sensual y elegante, aunque lo que más resaltaba en su cuerpo eran sus labios color rosa. Se detiene a unos centímetros de sus padres para dedicarles una reverencia con la cabeza, estos imitan su acción.

– Te ves preciosa esta noche, cariño. –halaga Narcisa con una sonrisa sincera que muestra su perfecta dentadura–. Tu hermano se encuentra con Astoria en el área de refrigerios, por si quieres ir a buscarle.

– Muchas gracias, madre.

– ¿Cuándo has crecido tanto? –inquiere el rubio de largos cabellos con un leve suspiro–. Deslumbras a cada instante de tu vida, pero esta noche puedo notarte diferente.

– Muchas gracias, padre. –agradece su hija con una sonrisita–. Es extraño vestir así, pero me agrada.

– ¿Has venido sola al baile? –pregunta su madre colocando un mechón de cabello rubio detrás de su oreja–. Creí que vendrías con alguien.

– Ciertamente, madre. –contesta la chica educadamente–. Nadie supera mis expectativas como para acompañarme en este baile.

– Realmente creímos que te aparecerías con Ernest Macmillan. –Draco hace presencia en el círculo familiar tomado de la mano de su novia, Astoria le regala una sonrisa a su cuñada y esta se la regresa–. Te vez increíblemente hermosa con ese atuendo.

– Macmillan es un Hufflepuff.

– Es sangre pura. –protesta Narcisa frunciendo el ceño–. Además Diggory también era un Hufflepuff, no veo la diferencia.

– Querida. –pide el señor Malfoy con desgano–. Por mucho el joven Diggory era mejor que ese acosador de Macmillan, sus padres son terribles.

– Con su permiso, nosotros nos retiramos. –comenta Draco tomando de la mano a Astoria para después guiarla al centro del salón.

Por el rabillo del ojo Pandora nota a las parejas comenzar a reunirse en la pista de baile tras escuchar la suave melodía, puede observar a su hermano tomar la delicada cintura de su novia para comenzar a moverse por el lugar. Al volver su atención a sus progenitores visualiza como estos andan también a la pista con completa elegancia.

Se queda de pie cerca de la puerta sin ninguna expresión en su rostro, tratando de obviar la melodía camina hacia la mesa en donde se hallan las dichosas cervezas de mantequilla y se lleva una a los labios. Evita hacer una mueca cuando el sabor dulce quema su garganta. Deja el vaso vacío sobre la mesa –el cual desaparece para dar paso a uno nuevo– y entonces decide dar una vuelta por el decorado salón.

– Pandora. –llama Harry con una sonrisa–. Es bueno verte aquí, por un momento pensé que no vendrías.

– Ni yo. –suspira–. Pero eso no es lo que importa ahora, debo ir al dormitorio a culminar el diario de forma tranquila. Cuando lo haya leído todo, entonces podré tener base para defender la memoria de Cedric.

– ¿Para qué has venido exactamente si ese era tu plan desde el inicio?

– Por mis padres, por supuesto. –contesta como si fuera obvio–. Ahora mismo parecen bastante concentrados en demostrar que son los mejores cuando se trata de bailar.

– La verdad es que son ellos quienes lideran la pista.

Pandora rueda los ojos.

– Diviértete, Harry. Yo tengo varias cosas que hacer.

Sin esperar respuesta por parte del pelinegro, se gira sobre sus tacones para andar desapercibida hacia la salida. Pero su suerte se ve claramente afectada cuando Ernest Macmillan le cierra el paso.

– Tal parece que un ángel ha caído del cielo.

– ¿Te han dicho que eres una persona increíblemente promedio, Ernest? –pregunta ella en modo de saludo, a lo que el frunce el ceño.

– Algún día me querrás.

– Soñar no cuesta nada, solo ten cuidado con las tonterías que sueñas. –recomienda la chica con una mano apoyada en su cintura–. Hazte un lado, llevo prisa.

– Solo permíteme un baile. –le extiende la palma de la mano.

– ¿Y manchar mi reputación con un tonto como tú? ¡No, gracias! –bufa–. Al contrario de ti tengo mucho que cuidar, así que hazte a un lado. No pienso repetirlo una tercera vez.

– No me moveré de aquí hasta que me concedas un baile.

– Está bien, pero solo lo hago por tu sangre. –refunfuña la rubia aceptando la mano del contrario–. Mientras más rápido mejor, ¿no?

Cuando él la tomó de la cintura lo único que sintió fueron las náuseas revolotear en su estómago, ella inspira profundamente antes de mirar a los ojos a su acompañante. Por alguna extraña razón el mareo se intensifica cuando él le dedica una sonrisa, se obliga a desviar la mirada buscando a su hermano en el acto. Draco le dedica una mueca de disgusto mientras que busca acercarse a ella con rapidez.

No llevaban ni veinte segundos danzando cuando Draco Malfoy se acerca a ellos con una enorme mueca de pesadumbre.

– ¿Me permites a mi hermana?

– Oye, apenas comenzamos a bailar.

El rubio le regala una fulminante mirada.

– Pregunté por educación, no para pedir tu asquerosa opinión. Pon tus manos fuera de Pandora antes de que realmente me enoje.

¡Anteoculatia!

De forma inmediata un par de cuernos crecen en la cabeza el chico, quien simplemente grita de forma ahogada notando el maleficio. Estaba tan concentrado en lloriquear que ni siquiera se dio cuenta de que Pandora Malfoy jamás sacó su varita para realizar el hechizo.

La rubia escapa de la sala con rumbo hacia los dormitorios femeninos, de forma literal trota por los pasillos hacia las mazmorras de Slytherin y una vez allí atraviesa la puerta de la habitación que comparte con Parkinson y Greengrass.

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Maleficio deslumbrador.

De forma instantánea el diario azul de Diggory aparece sobre la cama con plenitud, se acerca lentamente a su lecho para tomar el libro en sus manos dejando su varita oculta en su vestido. Comienza a leer página por página con completa atención a la palabra repetitiva: Corporis Possessioum. Frunce el ceño pero no objeta nada, solo se encarga de deducir por qué esas dos palabras se alzaban al final de cada hoja como si marcaran una especie de código morse.

Un resplandor color violeta adormece la habitación y después impacta bruscamente contra la rubia, quien cae de bruces contra el suelo inconsciente. Una risa burlona se escucha antes de que la atacante tome en sus manos el diario que permanecía junto al durmiente cuerpo de Pandora.

– Es necesario. –susurra Pansy Parkinson acariciando el rostro de la bruja con burla–. Debes aprender a no tocar lo que no es tuyo.