Capítulo 27: Secuelas


—No es necesario que hagas eso —le dijo Mikoto —, puedo encargarme de todo yo sola.

—Lo sé pero quiero hacerlo —respondió Itachi.

Era su día libre, Shisui le había dicho que saliera y que se divirtiera más pero era algo que no se le daba, incluso desde que era pequeñ ía quedarse en su casa junto a su madre, ayudarla y recuperar el tiempo perdido. Ella no le guardaba rencor, en ningún momento la culpó pero él sentía que se lo debía, que debía compensar a todos en el clan por haber elegido a Konoha en lugar de ellos, por no haber sido lo suficientemente fuerte para salvarlos.

—Ven a comer —le dijo Mikoto, aunque su voz era suave Itachi podía percibir la orden impresa en sus palabras.

La siguió. Había terminado de limpiar y aunque podía entrenar consideró que lo mejor que podía hacer era obedecer a su madre. En cuanto estuvo frente a la mesa lo primero que hizo fue pensar en excusas para no comer todo lo que le habían servido. La comida que su madre le había preparado tenía una buena apariencia. El olor era agradable e Itachi no necesitaba probarla para saber que tenía un buen sabor pero era más de lo que acostumbraba comer.

—Estas muy delgado —le dijo Mikoto, en esa ocasión su voz tenía un tono de regaño. Mikoto llevó su mano hasta el rostro de Itachi y pellizco sus mejillas —. Si no comes lo suficiente vas a enfermar.

Itachi quiso decirle que ese no era ningún problema para él, que como shinobi estaba acostumbrado a pasar largos periodos sin probar bocado y que como miembro de Akatsuki la situación incluso fue peor pero consideró que de hacerlo solo empeoraría la situación. Sabía que su madre tenía razón, en su anterior vida su poco saludable dieta lo había llevado a tener muchos problemas, en el momento en que se enfrentó a Sasuke estaba enfermo, incluso si su hermano lo hubiera dejado vivir su enfermedad lo habría matado.

Tomó los palillos y probó una porción de pollo. Notó que su madre se veía orgullosa y solo por ello comió más. No estaba acostumbrado a comer carne, dejando de lado los dangos generalmente se alimentaba de arroz y salsa de soja. Se permitió saborear la comida, pocas veces tenía el tiempo suficiente para sentarse a comer y masticar sin ninguna prisa.

—¿Me pasas el wasabi? —le preguntó su madre.

Itachi tomó el plato en donde se encontraba lo que Mikoto le había pedido y se lo extendió. No pasaron mucho tiempo solos, el sonido de la puerta les avisó que Sasuke, Fugaku e incluso Shisui habían decidido formar parte de su almuerzo.

—¡Llegué en buen momento! —comentó Shisui feliz a la vez que tomaba asiento —. ¡Estoy hambriento!

Fugaku y Sasuke negaron con la mirada pero ninguno de ellos dijo algo al respecto. Conocían a Shisui lo suficiente para saber que difícilmente algo de lo que dijeran lo haría cambiar de opinión. Shisui no siempre los visitaba, incluso se mantuvo alejado cuando ocurrió lo del intento de golpe de estado del clan pero cuando lo hacía solia sentirse como si fuera un hijo más de Mikoto.

—Hoy no tenemos que volver a la estación de policía —comentó Sasuke mientras tomaba asiento —, hemos atrapado a los pandilleros que hacían rayaban las paredes de un edificio en construcción.

—Solo eran basura para Sasuke. Lentamente la gente comienza a recuperar la fe en el clan Uchiha y a darnos el respeto que merecemos.

Aunque Fugaku no lo dijo con palabras, Itachi pudo percebir el orgullo que su padre sentía por su hermano. También podía sentir la felicidad que le provocaba a Sasuke escucharlo decir eso, palabras que en el pasado llegó a buscar con tanta desesperación y que temió no recibiría por la sombra que él proyectaba.

—Sigue portándote así y te daré un ascenso —comentó Shisui, medio bromista, medio en serio.

Aunque Sasuke gruñó a modo de respuesta, Itachi pudo percibir que no estaba molesto y que incluso una parte de él se encontraba feliz con lo que ocurría.

La guerra terminó, Itachi sospechaba que después de tanta sangre derramada el mundo estaba más cerca de conseguir la verdadera paz, esa fue motivó el surgimiento de Akatsuki y por la que muchos sacrificaron sus vidas. A muchos se les dio una nueva oportunidad para empezar de nuevo y hacer las cosas bien. Pero quedaron secuelas, heridas con las que, para bien o para mal, tendrían que lidiar.