Capítulo 29: Analizando diferentes perspectivas
Cuando Itachi regresó a la Aldea del Origen supo que las cosas habían cambiado, la seguridad era mucho mayor que en sus anteriores visitas. En lo primero en que pensó fue en los atentados contra los resucitados. Aunque estos habían disminuido desde que se empezó la campaña de concientización, debía admitir que ocurrían con demasiada frecuencia para considerarse un hecho aislado.
—¿Cuáles son sus intenciones? —preguntó una de las gárgolas custodio.
—Venimos en son de paz, queremos saber qué ha sido de los resucitados.
—Las puertas entre ambos mundos se han cerrado —le dijo la otra gárgola —, eso es todo lo que necesitan saber, ya pueden marcharse.
—¿Volverán a abrirse?
—Sí, pero ninguno de los dos vivirá lo suficiente para ver el fénomeno por segunda vez, pues es algo que solo ocurre una vez cada cien billones de años.
—¿Los resucitados morirán?
—Lo harán, igual que el resto de los humanos. Sus vidas son tan cortas e insignificantes.
Una mirada a Kisame bastó para saber que esa respuesta no le había agradado en lo absoluto. No porque estuviera esperando el regreso de alguien sino por el tono de voz con el que les habían hablado. De no haberse encontrado en una misión, Itachi hubiera temido por la reacción de su compañero.
Itachi sabía que de regresar no tendría ningún inconveniente. Las palabras de las gárgolas bastaban para dar por terminada la misión. Pero para Itachi no era suficiente comprobar que no habría más resucitados, necesitaba comprender mejor el fénomeno relacionado con la Aldea del Origen y si existía la posibilidad de que el tiempo de los resucitados estuviera contado.
—Necesitamos darle un vistazo a la aldea antes de regresar a Konoha.
—¿Hay alguien a quien deseen ver?
—Hay algo que debemos hacer en la aldea —respondió Kisame, pese a que sonreía, la expresión de su rostro podía calificarse más como amenazante que como un gesto amable.
—Entonces deberán pasar una prueba y demostrar que son dignos de entrar —dijeron las gárgolas al únisono.
Contrario a lo que Itachi y Kisame pensaron, no tuvieron que luchar con nadie. Utakata los recibió, y después de buscar los nombres de ambos en el registro de atentados contra los resucitados. Como Itachi prefería mantener su identidad en secreto usó la identidad que el hokage les había dado. El guarda los hizo pasar al hospital donde les hicieron varios exámenes, incluyendo una prueba de sangre.
—Hubiera preferido luchar contra todos los ninjas —se quejó Kisame en cuanto terminaron de tomarle una muestra de sangre —, o entrar por la fuerza, sería menos aburrido.
—No sería recomendado, tomando en cuenta que estamos en la mira de todas las naciones, civiles y ninjas.
—No tienes por qué recordármelo —agregó Kisame con amargura. La situación por la que pasaba le recordaba tanto a sus últimos días antes de convertirse en un ninja renegado.
La Aldea del Origen había cambiado. La cantidad de casas había aumentado considerablemente e incluso había varios edificios e incluso locales. Itachi notó que la población había aumentado considerablemente. Pudo ver a varias personas nuevas y también a otros que había visto dejar la aldea, probablemente huyendo de la cacería de resucitados o sintiéndose incapaces de adaptarse a un mundo en constante cambio.
Aunque Itachi sabía que en una biblioteca no podría encontrar la información que necesitaba, era algo que ni siquiera sus habitantes conocía, no consideraba que su búsqueda en la misma fuera inútil. Pudo ver la rutina de sus habitantes, personas que claramente no tenían intensiones de dejar la aldea y que se habían instalado en ese lugar.
—¿Estás seguro de saber lo que buscas? —le preguntó Kisame. Cerca de él varios niños trataban de pasar desapercibido.
—La aldea del Origen sabe guardar bien sus secretos, pero he encontrado más de lo que te imaginas y podemos encontrar aún más, si sabemos donde buscar.
Naruto firmó la carta antes de entregársela al Anbu con la máscara de cerdo. Hubiera querido hacerlo por su propia cuenta, pero desde que encontraron una bomba en una caja de regalo frente a la puerta de su habitación, la vigilancia era más severa. Sabía que varias personas habían dejado sus prejuicios atrás, pero que también había otros que se aferraban a sus ideas, y que no solo veían a los resucitados como algo antinatural sino también como una amenaza, gente que venía a robarles tabajo y recursos.
Esperaba que su madre pudiera darle las respuestas que necesitaba, pues él quería entender a Shion y saber si había hecho algo para hacerla enojar o porque, pese al enojo que le mostraba, lo había acompañado a Hoshigakure. Naruto tenía la sospecha de que no lo había hecho solo para poder ver a los resucitados. Al principio pensó que el motivo de su incomodidad era el hecho de que había visto su muerte, pensamiento que descartó al recordar los hechos del día anterior.
—Los Anbu exageran demasiado —comentó Naruto en un intento por romper con la tensión del ambiente.
—Quizás, pero es gracias a ello que no he visto tu muerte.
—Esa bomba no me hubiera hecho daño —agregó Naruto recordando lo que había escuchado de los Anbu.
—Era una advertencia, querían demostrarte que no eres intocable.
Después de eso Shion no volvió a hablarle. Se marchó diciendo que necesitaba hablar con algunos resucitados antes de la cena. Naruto no percibió en ella el odio que por tanto tiempo había recibido por parte de los aldeanos de Konoha, pero sí algo que no le gustó, una mirada que solía recordarle a Sakura después de que Sasuke abandonara el equipo siete.
Pasaron varios días antes de que Naruto recibiera una respuesta. De haber sido más observador habría notado que una de las esquinas de la carta estaba rasgada, aunque de haberlo hecho poco hubiera cambiado. Los Anbu se habrían negado a recibir su correspondencia y Naruto, aún sin entender el motivo, no enviaba información delicada através de sus cartas, por lo que no hubiera considerado cifrarlas o dejar de enviarlas.
Leer la carta de Kushina le hizo desear con más fuerza regresar a su casa. A pesar de que era poco el tiempo que había pasado fuera, extrañaba Konoha, extraña a sus amigos, a Hinata, y a sus padres, siendo estos últimos el principal motivo por el que no se rendía. El ver el odio que le profesaban a los resucitados le hacían tener miedo de que empesara una guerra o que sus padres desaparecieran del mismo modo en que aparecieron y reforzaban su voluntad para continuar con la misión.
—Joven Naruto —lo llamó el Anbu con la máscara de cerdo —. El debate está a punto de comenzar.
Naruto guardó la caja en la pequeña mesa de noche que estaba al lado de su cama. Los debates lo aburrían demasiado, pero sabía que debía participar en ellos. No solo por la influencia que ejercía como héroe de la cuarta guerra ninja, también estaba lo que aprendía acerca de política, algo necesario si deseaba ser Hokage y estar al tanto de diferentes perspectivas.
—La situación no puede continuar de ese modo —comentó Hiro Hyuuga, aunque su rostro se mantenía inexpresivo, era su voz la que indicaba severidad —. No tenemos la certeza de que todos los Hyuuga se encuentren en los terrenos del clan, nuestro byakugan podría caer en manos enemigas y ni siquiera estaríamos enterados.
Aquellas palabras provocaron un escalofrío en Hinata. Sabía que los temores de Hiro no eran del todo infundados pues no tenía motivos para creer que había algún criterio que regulara la aparición de los resucitados. Había visitado varias aldeas en compañía de Naruto e Itachi, pero solo había visto a tres Hyuugas: a su tío Hizashi, a su madre y a Neji. El que a ninguno de ellos le hubiera puesto el sello le había hecho considerar que nadie más tendría que lidiar con ello, pensamiento que era reforzado al recordar la forma en que las habilidades de Neji fueron reconocidas antes de la guerra y la forma en que ambos lucharon codo a codo durante la misma.
—Si contaran con el sello podríamos estar más seguros de que el Byakugan seguiría siendo exclusivo de los Hyuuga —continuó hablando Hiro —, pero ya hemos comprobado que no es así, todas las marcas fueron borradas en el momento en que murieron.
Hinata recordó el momento en que dicho hecho fue del conocimiento del Consejo. Al principio creyó que nadie se fijaría en ello, pues para nadie del clan era un secreto que quienes tenían el sello solían ocultarlo. Cuando Hiro tuvo sus sospechas no hubo forma de engañarlo, lo único que evitó que este fuera nuevamente colocado fue el hecho de que, antes de la guerra, se había considerado como una práctica obsoleta.
—No quisiera remarcar lo obvio, pero no podemos sellarlo a menos que estén dentro de las instalaciones del clan.
—E incluso de estarlo, no podríamos —agregó Hiashi —. Implementar el sello nuevamente podría causar una rebelión y ellos son mayoría.
—Más razón para usar el sello, para mostrarles su lugar.
—¿Qué harás si no retroceden? ¿Matarlos a todos?
—Todo es tu culpa —Hiro señaló a Hiashi con un dedo, su voz denotaba enojo, poco le faltaba para el odio —, cuando empezaste a entrenar a Neji, le hiciste creer a los de su clase que tenían derechos, luego está tu hija mayor, debimos sellarla desde el momento en que demostró no estar hecha para ser líder. Ella y Neji han extendido sus tontas ideas como si se tratara de un virus.
Aunque a Hinata le dolía que la llamaran débil podía dejarlo pasar. Desde que era niña había escuchado ese tipo de comentarios e incluso hubo un momento en que quiso rendirse y olvidarse de todo. Podía dejarlo pasar, pero no la forma en que degradaba a la rama secundaria y pretendía destruir lo que tanto trabajo había representado para Neji y para ella, la prueba de que el clan Hyuuga podía cambiar.
—No es momento para hablar de culpa —comentó Himeko, era menor que Hiro, pero sus años le habían hecho obtener cierto nivel de autoridad y era una de las personas a las que Hiashi, pese a ser el líder, le debía dar cuentas —. Hinata, ¿Cuántos Hyuugas viste durante tu misión fuera de Konoha?
—Solo a tres y ellos están aquí —respondió Hinata, haciendo un gran esfuerzo por mantenerse fuerte. Debemos confiar en que cuiden de sus ojos. Todos saben que el byakugan es de Konoha, si alguien intentara robarlo se metería en muchos problemas.
Hinata mentalmente se preguntó si hizo bien en llevar a su familia a las instalaciones del clan. Disfrutaba su compañía, pasar las tardes hablando con su madre mientras tejían, retomar sus entrenamientos con Neji, pero una parte de ella le decía que, en la Aldea del Origen estaría más seguros pues allí nadie les impondría un sello.
—¿Tienes forma de comprobar que no ha aparecido nadie más? —volvió a preguntar Himeko.
—Puedo escribirle una carta a Naruto, él ha visitado muchos lugares —un sentimiento de nostalgia la embargó al mencionar a su exnovio, pese a sus intentos no logró evitar que su rostro mostrara dicha emoción.
—No es suficiente —se quejó Hiro —. ¿Cómo podemos saber que no los cubrirá? Propongo que enviemos a un grupo de Hyuugas para que se encarguen de ello.
—Conozco la Aldea del Origen, puedo encargarme de ello —se ofreció Hinata e inmediatamente se reclamó por hablar sin que le preguntaran. La forma en que los miembros del Consejo la miraron hizo que ese pensamiento adquiriera mayor fuerza.
—Kō te acompañara —le dijo Hiro, su voz tenía cierto tono que no logró identificar y que le daban la sensación de que él sabía algo que ella ignoraba. La molestia que minutos antes había mostrado, ya no se encontraba en su rostro —. No queremos que te pase algo malo.
—Creí que no cedería tan fácil —le dijo Hanabi en un susurro —. ¿Crees que planee algo?
—Espero que no —respondió Hinata con el mismo tono de voz —. Por eso confío en que tú y Neji se encarguen de todo durante mi ausencia.
—Saliendo tanto de Konoha seré yo quien me convierta en líder —agregó Hanabi, el tono de broma de su voz se sentía demasiado falso siendo más evidente cierta preocupación.
—Regresaré pronto.
—Hinata, saldrás mañana —ordenó Hiashi —. Ten cuidado y recuerda que tienes un compromiso con el clan Hyuuga.
