Capítulo 30: Voluntad de fuego
Itachi sacó de su mochila varios pergaminos y comenzó a escribir en ellos los resultados de su investigación. Varias de sus sospechas se habían cumplido, pero sabía que ese no era motivo para alarmarce. Si su plan funcionaba, no solo podría estar evitando una guerra, sino que también solucionando el problema de la sobrepoblación.
—¿Sabes cómo se soluciona la sobrepoblación? —le preguntó Kisame mientras trabajaba en el papeleo —, asesinando a los más débiles, es lo que hacemos los tiburones.
—Los humanos no somos como los tiburones.
—Es por eso por lo que son débiles y de seguir siéndolo, enfrentaran a su extinción más pronto de lo que imaginan.
Comentarios como ese había hecho a más de uno cuestionar el motivo por el que Kisame había regresado. Hasta el día de su muerte fue leal a Akatsuki, demostrando ser todo lo que se esperaba de un shinobi. Itachi dudaba poder responder a esa pregunta y es que las resucitaciones eran demasiado aleatorias como para poder extraer un patrón y aún así se creía que solo los de corazón noble podían regresar, pensamiento que le había evitado más de un problema.
—No todo es la fuerza —agregó Itachi recordando la tragedia del clan Uchiha, ellos se creyeron más fuertes que los demás y fue eso lo que causó su perdición.
—Me sorprende que alguien como tú lo diga —la sonrisa en el rostro de Kisame dejaba sus dientes al descubierto, gesto que hubiera atemorizado a más de uno —. Aunque debo admitir que no resultaste ser lo que parecía.
Al día siguiente, Itachi y Kisame se dirigieron al centro de la aldea, lugar en donde comenzaba a formarse un pequeño gobierno local. Fueron recibidos por Haku, quien les indicó que Zabuza, el actual líder los estaba esperando. Itachi recordó que había sido Naruto quien lo había hecho alcanzar la redención y quien lo motivo a morir como héroe.
—¿Qué los trae por aquí? —preguntó Zabuza a modo de saludo.
—Nosotros formamos parte de Akatsuki. Un organismo militar que no pertenece a ninguna aldea y trabaja para cada una de ellas —respondió Itachi —, venimos en son de paz para hacerle una propuesta.
—¿Qué clase de propuesta? —pese a las palabras de Zabuza, no parecía estar realmente interesado en dicha propuesta.
—Formar una alianza entre naciones para garantizar que no habrán atentados, de ninguna de las partes, colaboración entre las naciones alíadas y el reconocimiento de los derechos de los resucitados.
—Continua —le alentó Zabuza, no había nada en su rostro que indicara el aumento en su interés.
Itachi le mostró un pergamino en el que se contenía la propuesta de gobierno en la que la Alianza de Naciones Shinobis había estado trabajando durante las últimas semanas. Zabuza lo tomó y le dio una rápida revición.
—¿Qué pasaría si la Aldea del Origen no está conforme con los acuerdos que ustedes tomaron sin nuestro conocimiento?
—Escucharemos lo que tengan que decir.
—En ese caso les daré una respuesta en un mes. Hasta entonces prefiría que no estuvieran dentro de la aldea, no queremos motivos para pensar que influirán en nuestra decisión.
Naruto se despertó sobresaltado. Varias miradas se posaron sobre él y lo único que pudo hacer fue disculparse. Los ancianos continuaron hablando y el joven Uzumaki trató, una vez más, de prestar atención a lo que decían. El recuerdo de lo ocurrido segundos después lo dificultaba. No había nada que condujera electricidad a su lado y estaba bastante seguro de no haberse sentado al lado de un shinobi con ese elemento, pero tenía la certeza de que lo que le había hecho despertarse era una pequeña descarga eléctrica. Esto le hizo recordar el sueño que tuvo, uno en el que se acalambraba con un jabón
—Deberías prestar atención —le regañó Shion —, no puedes ser mediador si no estás enterado de la situación.
—Los resucitados exigen que les devuelvan las propiedades que tuvieron en vida, algo que no es posible. En especial ttratándosede terrenos que han sido vendidos en más de cinco ocasiones y cuyos registros se han perdido. Podemos ofrecerles una pensión hasta que logren estabilizarse, si demuestran que hacen algo y nada más.
Naruto recordó cuando sus padres regresaron. En esa ocasión ninguno tenía un lugar donde vivir, por lo que les asignaron un espacio dentro del distrito Uchiha. Naruto no recordaba que sus padres hubieran intentado recobrar su antigua casa, pero sabía de quienes sí lo intentaron, ninguno lo logró y la mayoría desistió al encontrar un nuevo lugar donde vivir.
—He visto el monto de esa pensión, es una miseria. Exigimos que se pague una indemnización en caso de no querer devolver los bienes.
—¿Por qué habría de condenarse a quien adquirió algo de manera legal?
—Porque los resucitados no recibieron un beneficio por lo que construyeron en sus antiguas vidas.
—Vidas que se terminaron. El que regresaran fue completamente antinatural, algo que no debió pasar. No pueden solo regresar y pretender que nada ha pasado, porque es evidente que no es así. Pueden empezar de nuevo, pueden ser aceptados como ciudadanos, pero que no pretendan tomar lo que a los vivos le pertenece por derecho.
Naruto no hizo ningún comentario. Incluso si le hubieran preguntado no sabría qué decir. Sus viajes le habían permitido conocer muchos lugares, ver la forma en que vivían y debía admitir que, aunque algunos se opusieran, el cambio era inevitable. El terreno no era suficiente para albergar a los resucitados por lo que varias aldeas recurrieron a los edificios, la falta de trabajos había obligado a muchos a renunciar a sus anteriores ocupaciones para crear nuevos puestos y era de allí que estaban surgiendo negocios tal como una discoteca en Konoha o fábricas de ropa, siendo esto último también una necesidad debido a la escasez de recursos y la necesidad de nuevos productos.
—¿Qué opinas? —le preguntó Shion en un susurro.
—Que ninguno cedera con facilidad —respondió Naruto con el mismo tono —, ambos bandos están convencidos de estar en lo correcto y lo peor es que no puedo decir que uno de los dos esté equivocado.
—Eso pensaba —comentó Shion —, muchas guerras han empezado de ese modo y por lo que veo, esta no será la excepción.
—No digas eso —le regañó Naruto —. Todavía es muy temprano para rendirse. Prometí que mantendría la paz y yo nunca rompó mis promesas.
Naruto notó que en cuanto terminó de hablar, el rostro de Shion adquirió una mirada molesta. A pesar de que le preguntó por el motivo de su enojo, lo único que logró fue un regaño y la orden de que prestara atención. No volvió a hablar, ni de intentar arreglar las cosas con la sacerdotisa. Haciendo uso de papel y lápiz volvió a hacer la misma pregunta en repetidas ocasiones. Cuando le volvió a escribir a su madre, no olvidó incluir ese detalle.
—Y el odio que se mantiene. Sus corazones laten, sangre como la de cualquiera corre por sus venas, no son edo tensei, son tan humanos como cualquiera de nosotros… y viven en situaciones precarias, pasando hambre, frío, siendo humillados por retrogradas como usted.
—¿Qué pretende? ¿Qué acabemos con el hambre del mundo? Ninguna aldea tiene los recursos para ello.
—No, lo que pretendo es justicia. Que se respeten los bienes acumulados en vida. Trato justo para los resucitados en todo aspecto.
Lo primero que hizo Hinata fue escribirle una carta a Naruto, segura de que era la persona indicada para esa tarea. Junto al sobre indicó la dirección en la que recibía la correspondencia. El recuerdo de las palabras de Hanabi la hacían dudar, no quería sospechar del clan Hyuuga, pero tenía motivos para hacerlo, la actitud de Hiro fue muy extraña, había tanto en juego que no podía permitirse cometer un error.
Escribir la carta fue difícil. Ni siquiera sabía cómo empezar el saludo. No quería ser demasiado formal pues ellos no eran desconocidos, pero tampoco quería que Naruto considerara irrespetuosa la forma en que se refería a él. Ni siquiera sabía qué eran, terminaron en buenos términos, no hubo rencores mas el lazo que los unía seguía siendo indefinido, especialmente cuando la ruptura era reciente y sus sentimientos no habían cambiado.
—¿Estás listo, Kō? —le preguntó cuando vio a quien sería su acompañante en la puerta.
—La estaba esperando, partiremos cuando usted lo diga, señorita Hinata.
—No tienes que ser tan formal conmigo —le dijo Hinata tratando de no ser brusca, había notado que varios miembros de la rama secundaria se asustaban cuando les decía esas palabras, pero consideraba que era algo que debía hacer si quería romper las barreras entre los integrantes del clan.
—Soy su protector, no podría hacer eso.
Un suspiro escapó de los labios de Hinata. Entendía que para Kō no fuera sencillo cumplir con lo que le pedía, era algo que se les había enseñado desde pequeños. El recuerdo de su tío siendo torturado frente a ella solo porque había visto algo en él que le pareció una amenaza. Había escuchado que el sello era terrible, pero hasta ese momento no había pensado en las consecuencias.
—¿Sabes que puedes ser menos formal cuando estemos a solas? no activaré el sello y tampoco le diré a nadie.
—Lo tomaré en cuenta.
Hinata sabía que, al igual que en otras ocasiones, no lo haría. Tomó su mochila y se preparó para dar inicio a su misión. Kō no tardó en imitarla.
A pesar de que la Aldea del Origen era el primer destino, Hinata y Kō hicieron una parada en un bar. Ocasionalmente activaban su byakugan, más como medida de prevención que porque lo consideraran necesario. El encontrar un pequeño pobladofue una sorpresa para ambos. Hinata sabía que no era Suna, el lugar era demasiado pequeño además de que carecía de la seguridad propia de la aldea shinobi.
—¿Señorita Hinata, es la aldea del origen? —preguntó Kō.
—No. Es la primera vez que veo este lugar.
