Sonidos inquietantes


Palabra: 27/B. Nawatobi: (japonés) La acción de saltar la cuerda.

Propuesta por ShadowLights.

Advertencia: AU/Universo Alterno.


—¿Escuchaste eso? —preguntó Taichi.

—Suena como "nawatobi".

—¿Segura? Estamos en un hospital abandonado.

—No —pasaron varios minutos antes de que Sora respondiera —, quizás solo fue el viento golpeando una tabla suelta.

—Sí, eso es lo más probable. Si no tenemos cuidado podríamos caer en el sótano —Taichi se río de manera nerviosa cuando terminó de hablar en un vano intento de aligerar la situación.

Sora tomó una fotografía antes de abandonar la habitación. Ella y Taichi estaban de acuerdo en que no había nada allí que pudiera serle de utilidad. Conforme más se adentraban en el hospital, se sentía con mayor intensidad el frío.

—Deberíamos regresar, no quisiera resfriarme.

—Ni yo. Tomemos tres fotografías más, con eso debe ser suficiente.

Cuando el sonido del golpeteo se hizo más intenso, la seguridad en Sora creció. Sabía que era poco probable, pero no podía descartar ese pensamiento por más improbable que fuera. Esos sonidos nunca eran simultáneos ni ocurrían en la misma habitación en la que ellos se encontraban. Solo duró por unos cuantos minutos antes de detenerse de pronto.

—Sora, mira lo que encontré.

—¿Un expediente? ¿No debieron llevárselos o quemarlos cuando cerraron?

A pesar de que era un expediente confidencial, Sora no pudo evitar leerlo. Se notaba que el papel era viejo, probablemente pertenecía a uno de los primeros pacientes. La fotografía resultaba irreconocible, el único rasgo visible era un ojo marrón, del expediente solo podían leerse ciertas zonas. A su lado, Taichi la escuchaba atentamente.

—Comportamiento peligroso, se recomienda tener extremo cuidado y mantener objetos punzocortantes fuera de su alcance —Sora entrecerró los ojos en un intento por comprender mejor lo que estaba escrito, no funcionó —… responsable del asesinato de todos sus compañeros de clase… mutilaciones… tortura".

Taichi negó con la cabeza, horrorizado ante lo que Sora había leído. Sabía que se trataba de un hospital psiquiátrico; no llegó a imaginar que hubiera dado hospedaje a ese tipo de pacientes. Sora le tomó una fotografía aun sin saber que uso podría darle. Cuando volvió a encontrarla notó que había otra hoja. El estado del papel era similar al del expediente; se trataba del recorte de un periódico, noticias sobre una masacre ocurrida en una escuela veinte años atrás.

—¿Escuela? Eso lo hace más retorcido.

—Pobres niños.

Sora y Taichi escucharon un fuerte estruendo. En esa ocasión encontrar el origen del sonido no fue complicado. En cuanto se voltearon, vieron la puerta cerrada. A pocos centímetros se encontraba una silla bastante deteriorada.

—Creí que habías trancado la puerta con una silla.

—Lo hice.

—¿Crees que fue el viento?

—Espero que sí.

Sora tomó una fotografía más antes de guardar la cámara fotográfica. El temblor de sus manos le dificultó presionar el botón. No sabía si era por el frío o por miedo. Los largos pasillos y el estado deteriorado del hospital resultaban inquietantes. En el piso se veían restos de algo que resultaba irreconocible, Sora y Taichi no estaban seguros de querer saber de qué se trataba, el parecido con los psiquiatras de los videojuegos de terror era inquietante.

—Vámonos. No quiero quedarme para comprobar que no somos los únicos aquí. Dicen que los yakuza suelen reunirse en estos lugares.

Cuando Taichi intentó abrir la puerta descubrió que estaba cerrada. Desafortunadamente para ambos esa era la única salida. Taichi tuvo que empujar varias veces antes de que la puerta cediera. Varias astillas se habían clavado en su hombro.

No había nadie, el hospital seguía tan abandonado como siempre, pero eso no bastó para que Taichi y Sora se sintieran más tranquilos. Ninguno de los dos dejó de correr hasta que se encontraron a una distancia prudencial del lugar. Pasaron varios días antes de que revisaran las fotografías del psiquiátrico abandonado.

Tomaron seis fotografías, una era demasiado extraña como para ignorar. Fue tomada en el patio, desde allí podía verse uno de los pabellones de los pacientes y, lo que parecía ser, una niña no mayor de diez años sonriente.