―Dime tu secreto, Cheng, te lo suplico.
―Vamos, Marinette, ¿cómo lo has hecho?
―No me creo que no hayas surfeado nunca.
―¡Eres una crack!
―La panadera se sostiene en una tabla, menuda novedad…
Marinette no sabía qué responder a las palabras de Kim, Alix, Iván y Max. Nathaniel había preferido no hacer el ridículo y las demás chicas se habían dedicado a animar a Marinette en sus inicios en el surf. Por su parte, Nino y Adrien ayudaron al resto de sus compañeros, pero todos tuvieron que dejar de intentar surfear cuando vieron el talento innato de Marinette para ese deporte.
―¿No decías que nunca habías venido a la playa? ―inquirió Adrien con una sonrisa, caminando un paso por detrás de ella mientras iban a guardar las tablas y los trajes de neopreno.
―No mentía―sonrió Marinette, orgullosa de sí misma―. Solo se me dan bien los deportes.
Adrien rio por lo bajo y negó con la cabeza, sacudiéndose las gotitas de agua del pelo. Marinette protestó cuando la mojó y Adrien le sacó la lengua. El buen rollo entre ambos imperaba. A Marinette le resultaba raro bromear con él sin que el corazón se le fuera a salir del pecho aunque, si se paraba a analizarlo, su pulso se seguía acelerando al tenerle cerca y había sido esa necesidad de descargar adrenalina lo que le había dado fuerzas para sostenerse sobre la tabla al poco de comenzar el curso.
―No entiendo entonces por qué no te presentaste de nuevo para el equipo de esgrima―comentó Adrien, ayudándola a poner las tablas en el mueble de la casetilla donde se guardaban.
Marinette se encogió de hombros y desvió la mirada.
―Dejé de tener tiempo para el deporte―respondió sencillamente, aunque se moría por decir que no habría soportado verle junto a Kagami, esa chica con la que había estado saliendo durante unos meses hasta que ella tuvo que volver a su tierra natal.
Adrien no dijo nada. Se limitó a quitarse el traje de neopreno y a observar de reojo a Marinette quitándose el suyo.
Marinette había cambiado en todos los sentidos de la palabra. Ya no era una niña de catorce años con dos coletas, ahora era una mujer de dieciocho años, casi diecinueve, que traía a los hombres de calle con sus preciosos ojos azules y su belleza natural. Inconscientemente, Adrien la había comparado con su amor platónico y había caído en la cuenta de que Marinette no tenía nada que envidiarle a Ladybug.
Además, por mucho que él la hubiese visto crecer, no podía negar que Marinette tenía un cuerpo de infarto y que su carácter tímido pero cálido hacía que le picasen las manos de las ganas que tenía de tocarla. Aquel era uno de esos momentos y Adrien no pudo controlarse.
Aprovechando que Marinette estaba intentando doblar el traje para meterlo en una de las estanterías, Adrien se colocó tras ella y le puso una mano sobre la parte baja de la espalda. Marinette ahogó un chillido.
―Dios, Adrien, qué susto…
Él contuvo una sonrisa y le tendió la otra mano.
―Dámelo, yo lo guardaré.
―Eh… ¿Estás seguro? Está mojado, pesa bastante y…
―Dámelo, Marinette―repitió Adrien, con los ojos fijos en los de ella y su mano pegada a su cintura, disfrutando del contacto.
Finalmente, Marinette asintió y se hizo a un lado. A Adrien no le quedó otro remedio que bajar la mano y ponerse a doblar el traje mientras su amiga iba a por lo que quedaba del material. En cuanto se hubo quedado solo, estampó la frente en uno de los postes de la casetilla.
―Qué bruto, te va a salir un chichón―dijo una vocecilla que él conocía muy bien.
Adrien miró a su derecha y vio a Plagg, su pequeño kwami de la destrucción sentado sobre una piragua y disfrutando de un trozo de queso camembert.
―Estás muy a la vista, ¿no?
―Ninguno os habéis dado cuenta de que estaba aquí―replicó Plagg, cerrando los ojos―. ¿Ves? Soy tan negro como el agujero en el que estamos metidos. ¿Podemos irnos ya de aquí?
Adrien tuvo que morderse la lengua y no replicar. Marinette regresó en ese instante con un par de tablas más, sonriente, con las mejillas sonrosadas y el pelo hecho un desastre. Adrien nunca la había visto tan guapa.
―Esto es lo último―anunció, colocando las dos tablas en su sitio―. ¿Aún no has doblado eso? ―preguntó, confusa, señalando el traje que todavía tenía Adrien entre sus manos.
En cuanto lo mencionó, Adrien lo dobló como pudo y lo colocó rápidamente junto al suyo.
―Listo. ¿Queda algo más? ―Adrien rogó para que alguien se hubiese olvidado algo y tuviese que estar más tiempo con ella allí.
―No. Será mejor que subamos para ducharnos e ir a cenar.
Adrien contuvo un suspiro de resignación.
―Sí, vamos.
… … … …
El hotel del señor Bourgeois rozaba lo ostentoso. El lujo aparecía en cada detalle, desde las enormes lámparas de araña que iluminaban el vestíbulo, hasta los asientos de cuero blanco del restaurante del hotel. Todas las habitaciones estaban decoradas con las mismas cortinas azul cielo de lino y la misma madera clara. Sin embargo, las suites eran el sumun de la perfección.
Al entrar en una suite, los huéspedes se encontraban con una entrada que daba paso a un coqueto salón en el lado derecho y una cama doble king size en el centro de la habitación. El salón estaba decorado con una mesa baja de cristal reforzado y un sofá tan amplio que cabía una persona tumbada cómodamente. El cuarto de baño disponía de ducha con hidromasaje y de una bonita bañera de porcelana blanca, además de un lavabo doble y varios muebles.
Marinette aún no podía creer su suerte al estar alojándose en aquel paraíso ¡gratis! No dejaba de recrearse en el diseño de la habitación mientras Alya terminaba de arreglarse en el cuarto de baño. Según ella, el vestido celeste que había escogido para esa noche era bonito, pero demasiado sencillo; según Marinette, la falda era lo suficientemente ancha como para sentirse cómoda.
―Si lo que quieres es que Adrien se fije en ti, deberías ponerte el negro de palabra de honor que has escondido en el fondo de tu maleta―dijo Alya tras la enésima negativa de Marinette a cambiarse conjunto.
―No quiero que Adrien se fije en mí―replicó, molesta, aunque una pequeña parte de ella esperaba que sí lo hiciera―. Solo somos amigos, métetelo de una vez en la cabeza.
Alya fue a protestar, pero entonces alguien llamó a la puerta de la habitación.
―¡Ya vamos! ―gritó Alya desde el baño, dejando sorda a Marinette.
Alya salió rápidamente y cogió su bolso, antes de tirar de su mejor amiga y obligarla a salir de la habitación. En cuanto abrió la puerta, las recibió un sonriente Nino y un espectacular Adrien.
―Hola, preciosa―saludó Nino a Alya, dándole un beso en los labios―. Habéis tardado, ¿eh? ―añadió mirando a Marinette por encima del hombro de su novia.
―Tu novia es peor que una actriz de Hollywood―contestó Marinette, asegurándose la cadena del bolso sobre el pecho y saliendo de la habitación―. Hola, Adrien.
Su saludo fue tan frío, que Adrien no supo cómo reaccionar en un primer momento. Se había arreglado para ella, había escogido la ropa que mejor le sentaba para que Marinette le mirase y, ¿qué hacía ella? Pasar de largo en dirección al ascensor.
Adrien no entendía nada. ¿Tanto se habían enfriado los sentimientos de Marinette por él? Adrien no tuvo tiempo de pensar en ello. Nino y Alya lo obligaron a regresar a la Tierra y Chloe, con su particular entusiasmo al tenerle cerca, lo ancló al mundo real.
A los pocos minutos, todos los compañeros se habían reunido en el vestíbulo para cenar en un restaurante fuera del hotel. La cena correría a cuenta del señor Bourgeois, por supuesto, al ser la primera que compartían tras salir del instituto. Chloe los guio por el paseo marítimo, ajena a los hombros tensos de Marinette y a la vigilancia de Adrien.
Los demás, charlaban y comentaban la habilidad de Marinette para el surf, entre otras cosas. Se pusieron al día sobre lo que estaban haciendo y sobre sus planes para el futuro y continuaron con sus conversaciones dentro del restaurante. Adrien hizo todo lo posible por sentarse junto a Marinette, pero ella parecía estar leyéndole el pensamiento, porque se colocó justo frente a él, en la otra punta de la mesa circular que les habían asignado.
Molesto, tomó asiento y se dedicó a tomar pequeños sorbos de agua mientras observaba cómo Nathaniel, que en el pasado se había encaprichado de Marinette, la colmaba de atenciones y la hacía reír. Apenas pudo soportar incluso que Kim la piropeara abiertamente, a pesar de tener a Alix al lado. Pero el colmo fue cuando un camarero que pasaba por allí frenó en seco para mirarla con descaro.
¿Es que no había más mujeres allí a las que mirar?
Por suerte, no tardaron en traer la cena que Chloe había encargado y Adrien pudo olvidarse de sus absurdos celos (porque eso es lo que eran, celos) mientras probaba los distintos platos que habían dispuesto sobre la mesa. Probó el pato con salsa verde, la carne de buey ahumada y las patatas panaderas que acompañaban unos filetes de solomillo al punto.
Sin embargo, no fue capaz de comer más que unos pocos bocados.
―Tío, ¿estás bien? ―le preguntó Nino en voz baja en mitad de la cena, preocupado― Estás pálido.
Adrien cerró los ojos y suspiró.
―Estoy bien―mintió―. Solo es que no tengo mucha hambre.
Nino alzó una ceja, sorprendido.
―Adoras comer. ¿Qué es lo que te pasa?
Adrien abrió los ojos y apoyó la barbilla en una mano.
―Nada.
Nino frunció el ceño. Adrien desvió la vista hacia su plato y se obligó a terminarse la comida que se había servido. Las chicas aprovecharon la pausa entre la cena y el postre para ir al aseo y Nino no dejó pasar la oportunidad de coger a su amigo por banda.
―En serio, tío, estás muy raro. ¿Ha pasado algo con Marinette?
Adrien casi se cayó de la silla.
―¿Con Marinette? ―repitió él en un murmullo― Nada, ¿qué va a pasar con ella?
―No sé, está mañana estabais bien y ahora…―Nino señaló la silla vacía de Marinette, alejada de ellos.
―No ha pasado nada. Tal vez ella tampoco tenga un buen día. Además, soy su amigo, no su novio. Si le ocurre algo, no me lo va a contar a mí―añadió con amargura y supo, por la forma en que su amigo se quedó mirándole, que acababa de descubrirse él solito.
Nino esbozó una sonrisa, pero no dijo nada. Sabía que Adrien odiaba hablar de cómo se sentía y que estaría arrepintiéndose de haberle dejado entrever que Marinette, después de tantísimos años de amistad, por fin significaba algo más para él.
Tras el postre y un par de copas de champán para brindar por su amistad, el grupo de amigos decidió visitar una de las discotecas del pueblo costero donde se alojaban. En cuanto entraron en el local, Chloe se hizo cargo del tipo de relaciones públicas y pagó un reservado para todos en la parte alta del club. Adrien conocía aquel lugar de pasada, había oído que era un sitio donde se solía ir a buscar pareja… o lo que surgiese. Saber que Marinette estaba en un lugar como aquel, soltera y deliciosamente ataviada con aquel vestido azul hacía que a Adrien se lo llevasen los demonios.
No obstante, interpretó su mejor papel y sonrió en cada una de las fotos que se hicieron antes de pedir las copas. Marinette se había relajado al fin y se relacionaba con todos los demás, excepto con Adrien. La música resonaba por los altavoces y las luces de colores invadían el espacio oscuro de la discoteca.
En un momento dado, Alya tiró de Marinette y se la llevó, junto con las demás chicas, a bailar a la pista de baile que había en la planta baja. Adrien pudo ver cómo Marinette trastabillaba en uno de los muchos empujones que se llevó antes de que pudieran hacer un corro y conseguir espacio en medio de la multitud. Por su parte, Marinette reía, bailaba y giraba sobre sí misma junto a sus amigas, ajena al par de ojos verdes que la observaba y la vigilaba.
―Vas a desgastarla como sigas así―comentó Kim a su lado, llevándose su vaso a los labios.
Adrien le imitó y sorbió un poco de su ron con Coca-cola.
―¿A quién?
―Sabes a quién me refiero―Kim le dirigió una mirada llena de significado―. Ella está coladita por ti. ¿Por qué no te lanzas?
―Lo estaba, Kim; ya, no.
―¿Y? Está soltera, ¡ve a por ella!
Adrien rodó los ojos, pero sonrió.
―Sigue bebiendo, Kim, se te da mejor que dar consejos.
Kim se encogió de hombros, pero hizo caso y se alejó de él, moviendo la cabeza al ritmo de la música.
Mientras tanto, en la pista de baile, Marinette apenas podía respirar. Con dos copas de champán encima y un chupito de tequila, Chloe se había vuelto simpática y no dejaba de hacer chistes y de crear coreografías estúpidas que hacían que las demás se partieran de risa al verlas. Rose y Juleka apenas se despegaban y Alix solo sabía balancearse de un lado a otro, pero Sabrina y Alya supieron hacer que desconectara de Adrien y de lo que suponía tenerle cerca tanto tiempo seguido.
―Adrien no ha parado de mirarte en toda la noche―comentó Sabrina cuando la música comenzó a cambiar y Alya se acercó a Rose para obligarla a bailar un poco―. ¿Estáis juntos?
―¡No! ―gritó Marinette, girando para ocultar su expresión de disgusto― Para nada, Sabrina, solo somos amigos.
―Ya, pues…―Sabrina le señaló el reservado con los ojos― Creo que él no piensa lo mismo.
Marinette mordió el labio inferior. Sabrina se alejó de ella, dejándola sola y al borde de un ataque de nervios. «No mires hacia arriba, no mires hacia arriba, no mires, no mires, no…».
Lo hizo. Y su mirada se encontró con la de Adrien, apoyado en la barandilla y bebiendo con los ojos fijos en ella. Marinette abrió la boca y dejó escapar el aire. Se había esforzado por no fijarse demasiado en él aquella noche, en cómo la camisa negra con las mangas arremangadas se le pegaba al cuerpo y dibujaba el contorno de sus brazos a la perfección. Había hecho lo posible para no darse cuenta de que se había puesto un color que le recordaba demasiado a cierto gato, con un parecido increíble a su amigo, a su compañero de clase, a su primer amor…
―Dios…―musitó, perdida en medio de las decenas de cuerpos que se movían junto a ella al son de la música, que parecía haber desaparecido de los oídos de Marinette.
Fue entonces cuando Marinette creyó leer algo en los labios de Adrien. Una sola palabra, pero suficiente para conseguir que sonriera como una tonta y agachara la cabeza.
Jolie, guapa.
Marinette no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, no sabía por qué Adrien la buscaba constantemente, le sonreía más que de costumbre o la miraba con aquella intensidad en sus ojos verdes. Ni siquiera comprendía a qué venía ese piropo, cuando jamás le había dedicado otras palabras que no fueran las de un amigo a una amiga. Lo que sí sabía era que, fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo Adrien, estaba surtiendo efecto: el corazón de Marinette empezaba a latir de nuevo por él…, si es que había dejado de hacerlo alguna vez.
