―Mira, Marinette―la voz de Alya la devolvió de nuevo a la realidad y la obligó a apartar la mirada de Adrien.
Marinette desvió los ojos hacia el lugar que señalaba Alya, donde Chloe y Sabrina apenas se sostenían ya en pie. Marinette rodó los ojos e hizo una mueca de disgusto.
―No cambiarán―dijo al oído de Alya―. En la fiesta de final de curso les pasó lo mismo, ¿recuerdas?
―Creo que ahora mismo solo ven burbujas de champán por todas partes―bromeó Alya, todas las demás se echaron a reír.
Marinette, muy a su pesar, soltó una carcajada. Odiaba a la gente borracha, pero tenía que admitir que ver de esa guisa a Chloe y Sabrina era bastante divertido. Sin embargo, estaba el hecho de que alguien tendría que llevarlas de vuelta al hotel, porque estaba claro que no podían caminar por sí mismas.
Marinette vio la situación como si fuese la campana de salida del instituto.
―Yo me ocupo de ellas―declaró―. Las llevaré al hotel.
Alya la miró como si le hubiesen salido antenas en la cabeza.
―¿Estás loca? ¿Cómo vas a cargar tú sola con ellas?
―Me las apañaré―Marinette se encogió de hombros―. ¿Tienes la copia de la tarjeta para entrar en la habitación?
―Sí, la llevo en el bolso, tranquila.
―Bien―Marinette se volvió hacia las demás―. ¡Divertíos!
Las chicas, que estaban más centradas en bailar que en otra cosa, asintieron y siguieron con sus movimientos locos. Marinette se abrió paso hasta Chloe y Sabrina y cogió a cada una por un brazo.
―Bien, señoritas, es hora de ir a dormir la mona.
Con esfuerzo, Marinette consiguió arrastrar a Chloe y a Sabrina hasta la pared más cercana a la puerta. Le pidió al de Seguridad que se quedara con ellas cinco minutos y corrió escaleras arriba hacia el reservado, donde los chicos ya empezaban a estar más que contentos, rodeados de bebidas. Marinette localizó su bolso en una esquina de un sofá y se lanzó a por él, pero una mano lo atrapó antes que ella y se lo tendió.
―¿Te vas ya? ―preguntó Adrien, sujetando el bolso con decisión.
Marinette sacudió la cabeza y lo agarró.
―Sí. Me llevo a Chloe y Sabrina conmigo, ya no saben ni dónde están…
―Voy contigo.
Los ojos de Marinette se abrieron por completo.
―¿Cómo? No, tú te quedas aquí con los demás. Alya está abajo, con las chicas.
―Me da igual―la interrumpió Adrien, bebiéndose lo que quedaba de su copa y dejando el vaso en la mesa. Se pasó la lengua por la boca y le hizo una seña a Marinette con la barbilla―. Vamos, te sigo.
―Adrien―comenzó a protestar Marinette, que no veía el momento de alejarse de él―, de verdad, te lo agradezco pero…
―Discutir conmigo es una pérdida de tiempo y esas dos necesitan llegar a la cama cuanto antes―volvió a interrumpirla Adrien, acercándose a ella―. ¿Tengo que llevarte a rastras a ti también?
Marinette parpadeó, sorprendida.
―No.
―Pues entonces, camina.
Marinette supo que aquella batalla la había perdido, no así la guerra. Se cruzó el bolso por el pecho bajo la atenta mirada de Adrien y regresó a las escaleras. Por suerte, cuando llegaron abajo, Chloe y Sabrina seguían donde Marinette las había dejado. Adrien cogió a Chloe por la cintura y se pasó uno de sus brazos por el cuello. Marinette le imitó con Sabrina y los cuatro salieron de la discoteca.
Fuera, el ambiente había refrescado un poco y a Marinette se le puso la piel de gallina. Adrien se dio cuenta, aunque no dijo nada. No llevaba chaqueta, de modo que lo único que podía ofrecerle era su camisa y dudaba que ella la aceptara. En silencio, regresaron por el paseo marítimo hasta el hotel. A Marinette le dolían tanto los pies que trastabillaba cada pocos pasos, pero no se quejó. Adrien se mantuvo cerca de ella por si tenía que recogerla del suelo.
Finalmente, tras unos veinte minutos caminando con dos pesos muertos sobre sus hombros, Adrien y Marinette atravesaron las bonitas puertas de cristal automáticas de la entrada del hotel.
―Voy a pedir mi llave―informó Marinette, dirigiéndose hacia uno de los sillones del vestíbulo para dejar allí a Sabrina.
―¿No la llevas encima?
―Alya se quedó con la copia y yo dejé la mía aquí, por si acaso―explicó, caminando hacia la recepción y sintiendo que las correas de sus sandalias se clavaban en su piel―. Dame un minuto.
Adrien se limitó a observarla mientras llamaba la atención del recepcionista de aquella noche, que le dirigió una cálida sonrisa mientras la atendía. Al poco, Marinette volvía con una tarjeta y un trocito de papel en la mano.
―¿Qué es eso? ―inquirió Adrien, confuso.
Marinette desvió la mirada hacia el suelo y cogió a Sabrina de nuevo.
―Su número de teléfono―respondió Marinette con un hilo de voz, dándole la espalda.
Adrien apretó los dientes y aseguró a Chloe sobre su cuerpo con brusquedad, pero se mordió la lengua y no contestó. Si abría la boca, lo único que saldría por ella serían cosas que él no estaba dispuesto a confesar… aún.
En medio de una tensión que se podía cortar con un cuchillo, Adrien y Marinette llegaron a la última planta, donde se ubicaban sus suites. Pasaron por delante de una primera puerta y de una segunda, hasta llegar finalmente a la de Chloe y Sabrina. Adrien dejó entonces a Chloe sentada en el suelo y rebuscó en silencio en su bolso. Encontró su tarjeta y la pasó por el lector que hacía las veces de cerradura.
Con un chasquido, la puerta se abrió y Adrien se hizo a un lado para que Marinette pudiese pasar junto a Sabrina. Él la siguió al poco con Chloe encima y, con un largo suspiro de satisfacción, ambos dejaron a las dos amigas sobre la cama.
―Madre mía, Sabrina pesa más de lo que aparenta…―comentó Marinette, resollando y quitándoles los zapatos a ambas.
―Chloe tampoco es un peso pluma―coincidió Adrien con una media sonrisa; a pesar del cabreo que tenía encima, seguía gustándole tener cierta complicidad con Marinette en esos momentos tan extraños.
―Vamos a meterlas en la cama―propuso Marinette, deshaciendo la ropa de la cama y arrastrando a Sabrina sobre el colchón para poder meterla bajo las sábanas―. Mañana nos agradecerán que les hayamos ahorrado el viajecito.
Adrien rio y Marinette le devolvió una pequeña sonrisa. Acto seguido, fue hacia el baño y llenó de agua los dos vasos que había sobre los lavabos. Puso uno sobre cada mesita de noche y observó el panorama, satisfecha.
―Listo.
―¿Agua? ―inquirió Adrien, extrañado.
―Cuando se despierten, estarán muertas de sed―respondió Marinette, resoluta.
Adrien entornó los ojos.
―Pareces saber mucho sobre las borracheras.
―Alya se ha pasado con el alcohol algunas veces, ya me he aprendido el procedimiento.
La preocupación de Adrien por que Marinette hubiese empezado a beber se disipó al instante; emborracharse no iba con la forma de ser de su amiga.
―Bueno―dijo entonces Marinette, pasando junto a Adrien y saliendo por la puerta―, yo me voy a dormir. Buenas noches, Adrien. Gracias por ayudarme.
Adrien apenas tuvo un minuto para darse cuenta de que Marinette volvía a salir huyendo, antes de que ella se metiese en su habitación y cerrase la puerta. Adrien corrió tras ella, tirando de la puerta de la suite de Chloe para cerrarla.
―Marinette, espera―la llamó, impidiendo con el pie que su puerta se cerrara por completo.
Marrinette maldijo por lo bajo y empujó un poco más. Sabía que estaba haciéndole daño en el pie a Adrien, pero le daba igual. Había pasado demasiado tiempo a solas con él, necesitaba airearse o acabaría cediendo de nuevo al deseo de su adolescencia.
―Estoy cansada, Adrien…
―Escúchame, por favor―le suplicó.
El tono de voz de Adrien hizo que ella se detuviera y asomara la cabeza por el resquicio de la puerta. Sus ojos se encontraron con la expresión atormentada de Adrien. Sin quererlo, su corazón se detuvo un instante. No soportaba verle así de mal, pero ella tampoco podía hacer nada. No quería saber qué le ocurría; si volvía a involucrarse demasiado con él, acabaría sufriendo y estaba harta de sufrir.
―Tú dirás―cedió finalmente, arrepintiéndose de inmediato.
―¿Yo? Más bien, tú. ¿Qué te pasa conmigo, Marinette? ―dijo Adrien, soltando por fin la pregunta que llevaba horas rondando su cabeza― Estás muy rara. Es como si no quisieses estar cerca de mí.
―No es eso―mintió Marinette al momento―. Es que estoy cansada, solo eso. Y, además, hemos pasado casi todo el día juntos. Si no quisiera estar cerca de ti, ni siquiera habría venido, ¿no te parece?
Adrien ladeó la cabeza.
―No me lo trago. Te ríes con todos, salvo conmigo.
―Esta mañana me he reído contigo.
―Marinette…
―Adrien, por favor―le cortó ella, sintiendo que perdía el control de la situación―. Déjame dormir.
Adrien suspiró y cerró los ojos, resignado. Quitó el pie de la puerta y dio un paso atrás.
―Está bien. Perdona si te he molestado.
El corazón de Marinette se ablandó un poco y sonrió.
―Tranquilo, no pasa nada―Adrien buscó los ojos de Marinette, pero estos estaban fijos en la alfombra que tapizaba el suelo del pasillo―. Hasta mañana, Adrien.
―Hasta mañana, Marinette.
… … … …
Marinette no podía dormir. Alya aún no había regresado de la discoteca, a pesar de que eran casi las tres de la mañana. En la habitación, sola, Marinette se había dedicado a dar vueltas y más vueltas en el colchón, hasta que finalmente decidió que estaba harta y se puso unos pantalones cortos de deporte y una camiseta cualquiera. Se calzó unos botines, se echó encima una sudadera y, asegurándose de llevar consigo el móvil y la tarjeta, salió de su suite y se dirigió al ascensor.
El hotel estaba en completo silencio. Las únicas luces que iluminaban el edificio eran las de las lámparas de la entrada y las de emergencia de los pasillos. No se veía a nadie pululando por el hotel y mucho menos caminando por la calle.
Marinette salió al fresco de la noche y atravesó la calzada para llegar a la playa. La arena estaba fría al contacto con sus piernas cuando Marinette escogió un lugar apartado y se sentó en ella. Cruzó las piernas y se dedicó a ver el oleaje. Había marea alta por la noche y las olas rompían con fuerza en la costa. El aire le removía el pelo y Marinette se recogió en una coleta con destreza.
Adrien la confundía. Su manera de comportarse, su súplica para que hablase con él, había hecho mella en ella. Adrien nunca le había hablado de esa manera, ni siquiera cuando le había pedido que le ayudase a ocultarse de los paparazzi en más de una ocasión. Desde hacía un tiempo, la actitud de Adrien para con ella había dado un drástico giro y le asustaba las consecuencias que eso pudiera tener.
Marinette no quería volver a enamorarse de Adrien, no ahora que empezaba a sentir algo muy fuerte por la última persona que ella habría imaginado: Chat Noir la visitaba varias veces durante la semana y había conseguido que se olvidara de su amigo y empezara a vislumbrar un nuevo futuro amoroso para ella. Por supuesto, Chat Noir no tenía ni idea, Marinette seguía sin atreverse a confesar sus sentimientos y sabía que eso era un verdadero problema. Además, quería asegurarse de que él sentía lo mismo para no darse contra una pared cuando le dijese que le gustaba.
―Argh… qué difícil…―masculló Marinette, llevándose las manos a la cabeza y agradeciendo que Tikki se hubiera quedado en la habitación, dormida.
―¿Tú tampoco puedes dormir? ―preguntó alguien a su espalda, sobresaltándola.
Un estremecimiento recorrió la espina dorsal de Marinette, al tiempo que esta gritaba, se alejaba del intruso y se giraba para ver quién era.
