Con esfuerzo y el corazón a punto de salírsele del pecho, Marinette entrecerró los ojos para poder ver el contraluz de la figura del motivo de su insomnio.

―Dios, Adrien… No me des más sustos así, te lo ruego―musitó Marinette, llevándose una mano al pecho y volviendo a acomodarse donde había estado segundos antes.

―Lo siento―respondió él, aunque Marinette pudo ver que sonreía―. ¿Puedo sentarme?

Marinette suspiró. Estaba agotada por haber luchado durante todo el día contra lo que parecía ser su destino, de modo que asintió y dejó que Adrien ocupara un lugar junto a ella. Marinette se estremeció al sentirle cerca.

―¿Tienes frío? ―preguntó Adrien al verla temblar.

Ella negó con la cabeza. Lo que sentía no era frío, precisamente.

―¿No puedes dormir?―repitió Adrien con suavidad.

Marinette suspiró.

―No paro de dar vueltas en la cama―confesó sin dejar de mirar el mar―. Creo que es porque extraño mi habitación.

―Te entiendo―concordó Adrien, sorprendiéndola; sus ojos se encontraron brevemente en la penumbra―. Yo tampoco suelo pasar la noche fuera de casa.

Marinette asintió con la cabeza. Se quedaron así, sin decir nada más, escuchando el sonido de la espuma del mar, la suavidad del viento rompiendo sobre el agua… Era imposible que Marinette se sintiera inquieta allí, el simple hecho de estar en la playa tenía un efecto relajante en ella.

―¿Cómo te va? ―dijo entonces Adrien, rompiendo el silencio.

Marinette no creía lo que escuchaba. Se veían de vez en cuando junto a Alya y Nino. Sabía cómo le iba, ¿por qué le hacía esa pregunta tan frívola?

―Bastante bien―respondió, por contra―. Ya he recibido algunos encargos y me he inscrito en la próxima pasarela novel.

―Es genial―sonrió Adrien―. Iré a ver tus diseños. Tienes mucho talento.

―Gracias―murmuró Marinette, agradeciendo que estuviera suficientemente oscuro como para no delatar su sonrojo―. ¿Y tú? He visto la última campaña de tu padre. Parece que ha tenido éxito, ¿no?

Adrien se encogió de hombros con una mueca.

―Sí, como todo lo que hace.

El amargor en la voz de Adrien hizo que Marinette cambiara el chip y se atreviera a acariciarle el brazo a modo de consuelo. A pesar de que Gabriel Agreste le permitía a su hijo relacionarse con los demás, seguía siendo el mismo hombre frío, distante y solitario de siempre. Adrien ya se había acostumbrado hace tiempo a tener un padre así, pero Marinette intuía que una parte de él, esa parte de nosotros que nunca madura del todo, seguía esperando que ese hombre fuera cariñoso con él.

―Está muy orgulloso de ti―afirmó Marinette con dulzura; Adrien la miró y se perdió en sus ojos, ahora completamente oscuros―. No lo dice, pero se le nota.

―Gracias por intentar animarme, Marinette, pero todos sabemos cómo es él.

―No intento animarte solamente, te estoy diciendo la verdad―repuso ella suavemente.

Adrien la observó. Marinette era un misterio para él, lo mismo le rehuía que se le acercaba para consolarlo. No la comprendía, pero en esos momentos todo le daba igual. Marinette volvía a ser la chica cariñosa, cálida y comprensiva de siempre y eso a Adrien le bastaba… por el momento.

―Eres increíble, ¿lo sabías? ―murmuró él con voz grave.

Marinette dejó de acariciarle, aunque no le quitó la mano de encima. Ella también había sido absorbida por la intensidad de la mirada de Adrien, por cómo parecía estar dispuesto a… Marinette no habría sabido decir a qué.

―No, no lo soy―dijo ella, bajando la mano.

Justo en el momento en que sus dedos iban a tocar la arena, Adrien la acogió entre las suyas y tiró levemente de Marinette hacia él.

―Lo eres―insistió Adrien.

Marinette tragó saliva con fuerza. Apenas podía respirar, el corazón se le iba a salir del pecho y temía que Adrien se diera cuenta de su pulso acelerado. Sin quererlo, volvió a temblar. Adrien frunció el ceño y, tras unos momentos de deliberación, asintió una sola vez con la cabeza y soltó la mano de Marinette.

―¿Qué haces? ―quiso saber ella, sin saber si reírse o no, cuando vio que Adrien se ponía en pie y se colocaba justo tras ella.

―Quédate quieta.

Con su elegancia natural, Adrien se sentó tras Marinette, estiró las piernas y se arrastró hasta pegar su pecho a la espalda de ella. Acto seguido, colocó los brazos alrededor de su cuerpo y la obligó a arrebujarse contra él.

―Adrien…―balbuceó Marinette, confusa y a punto de la histeria.

―Estoy harto de verte tiritar. ¿Por qué no te has traído una manta?

Marinette sacudió la cabeza. El calor corporal de Adrien estaba invadiendo sus cinco sentidos y estaba haciendo trizas su sentido común.

―No esperaba quedarme hasta muy tarde―admitió Marinette en un susurro, aferrándose a los brazos de Adrien, envueltos en su propia sudadera, cuando el viento sopló un poco más fuerte.

El pecho de Adrien reverberó con su risa y Marinette juró que aquella vibración había removido su propio corazón.

―Son casi las cuatro de la mañana, Marinette.

―¿¡QUÉ!?

―Tranquila, creo que aún no ha llegado nadie―Adrien se inclinó sobre su hombro y le susurró al oído:―. No notarán nuestra ausencia.

―Ajá…

Marinette no añadió nada más, las palabras no salían, ni siquiera podía pensar. Solo era consciente del cuerpo de Adrien rodeándola por todas partes, infundiéndole calor. De alguna manera, se sentía protegida entre aquellos brazos, que parecían haber doblado en tamaño desde la última vez que se abrazaron, bastante tiempo atrás.

Adrien notó cómo su reticencia daba paso a la aceptación y se felicitó mentalmente por haber tenido el valor y la osadía de hacer aquello. Incluso se atrevió a apoyar la barbilla en su hombro, tenso al principio, pero cómodo después, para mirar hacia las estrellas.

―Marinette―murmuró Adrien, disfrutando de lo lindo de tenerla con él aquella noche.

―¿Sí?

―Si pudieras elegir cualquier cosa, ¿qué elegirías?

Marinette frunció el ceño, extrañada.

―¿A qué te refieres exactamente?

―A cualquier cosa―repitió Adrien―. No sé, nacer en un país diferente, en una época distinta; tener el pelo de otro color, estudiar otra cosa… Lo que sea.

―Pues…―Marinette se llevó un dedo a los labios, pensativa; Adrien siguió el golpeteo de la yema sobre su boca como si fuese un péndulo, hipnotizado, deseando ser él quien la tocase de esa manera― Habría elegido… ―Marinette se mordió la lengua a tiempo― Nada, no habría elegido nada.

―Anda ya―rio Adrien, poniéndole un dedo en la mejilla y obligándola a mirarle―, seguro que hay algo que querrías tener.

Marinette inspiró con fuerza. El rostro de Adrien estaba peligrosamente cerca del suyo, tentándola con esa mirada traviesa y esa boca torcida en una sonrisa arrebatadora. Parecía como si estuviera tentándola, como si la retara a que cubriera la distancia que los separaba y le besara. Se mordió el labio inferior, anonadada.

―Sí, supongo…―admitió con un hilo de voz; parpadeó unas cuantas veces para deshacerse del embrujo de Adrien y desvió la mirada― Pero es un secreto.

Él alzó una ceja, divertido. Había sido un movimiento estratégico. Si a Marinette no le importaba Adrien, le daría igual tenerle a cincuenta metros que a dos centímetros. En cambio, si Adrien aún tenía posibilidades con ella, Marinette buscaría cualquier excusa o cualquier forma para romper el contacto visual y regresar a su zona de confort.

Tal y como Adrien había esperado que ocurriera, Marinette se había salido por la tangente.

―Está bien―aceptó Adrien, satisfecho con sus progresos y alzando las dos manos en señal de rendición―. ¿Puedo contarte mi deseo?

Marinette subió las piernas y se las abrazó con los brazos. Adrien se acomodó a su espalda, recordándole que tenía su cuerpo pegado al de ella y que, si no sentía frío, era porque sus extremidades y su pecho la aislaban del aire.

Bueno, por eso y porque la conversación cada vez subía más intensidad.

―Como quieras―musitó Marinette, nerviosa.

Adrien respiró hondo. Él había empezado a mover sus piezas desde aquella mañana, pero hasta hacía poco Marinette no había respondido de alguna forma. Si quería seguir ahondando en su corazón, tenía que empezar a dejar las cosas claras.

―Quisiera que la persona a la que amo, me correspondiera―declaró con lentitud, de manera que cada palabra se quedara clavada en la mente de Marinette.

Ella suspiró, sintiéndose como una tonta. La Marinette adolescente se habría echado a llorar ante esa declaración, asumiendo que no era a ella a quien Adrien quería. La Marinette adulta, esa que llevaba meses cultivando, se repuso con rapidez del varapalo de saber que Adrien ya tenía a alguien especial en su mente y que, de alguna manera, esa era la confirmación que había necesitado siempre.

―Sí, eso sería genial―coincidió Marinette, alejándose todo lo que pudo Adrien.

Él se tensó. No estaba obteniendo los resultados que quería. Marinette, en lugar de insistir para saber quién era esa chica de la que hablaba, había vuelto a darle la espalda. ¿Acaso le daba realmente igual lo que él sintiese por ella? Seguía sin estar seguro, pero al menos estaba convencido de que Marinette no quería estar lejos de él, por el momento.

Ninguno de los dos añadió nada. Siguieron el uno junto al otro, perdidos en sus propios pensamientos, en el arrullo del mar. Poco a poco, la respiración de Marinette se fue haciendo cada vez más pesada y su cabeza no tardó en acabar sobre el hombro de Adrien, con el rostro girado hacia su cuello. A Adrien le llevó unos minutos darse cuenta de que Marinette se había quedado dormida encima de él, aspirando su aroma, aún con las manos estrujándole la ropa.

Adrien suspiró. Aquella chica iba a darle verdaderos dolores de cabeza.

Esperó durante un rato más para ver si se despertaba, pero al ver que no lo hacía, se las apañó para ponerse en pie con ella en brazos y volver al hotel. En cuanto estuvieron en su planta, Adrien la llevó hacia su suite con todo el sigilo del mundo. Se arrodilló frente a su puerta para poder sujetar a Marinette con las piernas mientras rebuscaba entre los bolsillos de su pantalón, obviando el hecho de que era lo más cerca que había estado nunca de saber si sus piernas eran tan suaves como sus manos, su cara o su pelo.

Metió la tarjeta por la ranura y abrió la puerta con una suave patada. Una vez dentro, cerró la puerta y dejó a Marinette sobre la cama, extrañamente fría y vacía. Sin pararse a reflexionar mucho sobre dónde andaría Alya a las cuatro y media de la madrugada, le quitó los botines a Marinette con cuidado y la metió entre las sábanas. Ella ni siquiera se dio cuenta de la estúpida sonrisa que se le había plantado a Adrien en la cara, feliz de poder hacer algo así por ella.

Aunque no era la primera vez que la veía dormir, por supuesto.

Durante las noches que le había robado a su amiga, Adrien había intentado conocerla mejor como Chat Noir y ella se había sincerado con él, pero no del todo. Gracias a esas visitas nocturnas, Adrien se había ido enamorando poco a poco de ella y había velado su sueño en más de una ocasión, hasta que los primeros rayos de sol empezaban a rayar el cielo.

Adrien detestaba la idea de no poder hacer eso aquella noche ni de poder darle un beso en la frente a modo de despedida; tendría que bastarle con una última mirada antes de volver sobre sus pasos y salir de su suite. Sin embargo, justo cuando iba a introducir su tarjeta en su puerta, un ruido procedente de la habitación le hizo regresar a la realidad.

Adrien abrió mucho los ojos y pegó la oreja a la puerta cuando se dio cuenta de lo que eran: gemidos. Inmediatamente, se apartó de la puerta y se pegó a la pared contigua. «Creo que acabo de descubrir dónde está Alya», pensó, conteniendo una carcajada. Aunque la risa murió en su garganta al darse cuenta de lo que significaba aquello: no podía volver a la habitación, no tenía un sitio donde dormir… excepto el que Alya había dejado libre.

«Ni de coña», se dijo a sí mismo, mirando de soslayo la puerta de Marinette. «Si se despierta antes que yo, me mata». No, definitivamente, no podía meterse en la cama con ella y esperar que no muriera de un infarto o algo por el estilo. No obstante, era la única solución a su problema, porque dudaba mucho de que las limpiadoras se tomaran a bien el encontrárselo tirado en el pasillo.

Así que, sin otra opción a la que acudir, Adrien regresó ante la puerta de Marinette. «Un momento: ¿cómo narices voy a entrar yo ahora?».

La respuesta a su pregunta le llegó como un milagro; aún tenía la tarjeta de Marinette en la mano. Reprimiendo un salto por su extraña buena suerte, introdujo la tarjeta por segunda vez esa noche y entró.

Marinette seguía profundamente dormida, ni siquiera le había dado tiempo a removerse en la cama. Adrien se quitó la sudadera por la cabeza, quedando vestido con sus pantalones de chándal y la camiseta del pijama. Echó un vistazo al lado libre de la enorme cama y, luego, al sofá del salón. Estaba claro dónde iba a pasar aquella primera noche, o lo que quedaba de ella.

Cruzó la suite hasta llegar al armario y rebuscó en las tablas superiores hasta encontrar una manta. Se la echó por encima, pasó junto a Marinette y, obviando las ganas que tenía de tumbarse junto a ella y dormir a su lado, se acomodó todo lo largo que era en el sofá y cerró los ojos.