Adrien amplió la sonrisa, condescendiente y, tras colocarse su chaleco salvavidas, escogió una de las motos aparcadas. Con la ayuda del dueño de las motos de agua, la metió en el mar y la colocó de manera que uno de los costados estuviera cerca de la orilla.
―Sube, Marinette―le indicó a su amiga, tendiéndole una mano mientras con la otra sujetaba la moto.
Ella aceptó la ayuda y se estremeció cuando los dedos de Adrien apresaron los suyos y la subió a la moto sin problemas. Se pegó a los mandos y le dejó sitio atrás a Adrien, que la miró como si fuera un extraterrestre.
―Yo soy la que va a conducir―sentenció Marinette, nerviosa, esperando por un momento que su confianza en sí misma no le jugara una mala pasada―. Tú vas atrás.
―Como quieras―aceptó Adrien, encogiéndose de hombros y subiendo de un salto a la moto―. Luego no te quejes si te aprieto demasiado―añadió y rodeó el cuerpo de Marinette con ambos brazos, pegándose a ella todo lo que los chalecos le permitían.
Adrien no podía borrar la sonrisa. Aunque Marinette tratara de ocultarlo, él sabía que ella estaba nerviosa y que su presencia la incomodaba. Había sido amable con ella durante todo el día e incluso habían jugado en el agua aquella mañana. Marinette le había seguido el juego, se había relajado con él y le había permitido acercarse más de lo que ella le habría dejado en condiciones normales. Pero ahora, ella había acabado entre sus brazos sin posibilidad de cambiar la situación.
Además, por nada del mundo iba a dejar que Marinette manejara sola una moto acuática. Había recibido algún que otro curso sobre cómo desenvolverse con esas máquinas y sabía que podían ser traicioneras si uno no sujetaba con firmeza el manillar. Por eso había insisto en ir con Marinette, para poder hacerse cargo de la situación si esta se desmadraba.
―¿Sabes dónde está el acelerador? ―preguntó Adrien, agachando la cabeza y hablándole al oído a Marinette.
El efecto fue inmediato: se le puso la piel de gallina.
―Aquí―apretó el mango derecho.
Adrien asintió una sola vez.
―Acelera un poco, ve despacio al principio―le indicó, poniendo una mano sobre la suya―. Pero no demasiado o se calará.
Marinette sacudió la cabeza, concentrada en su misión de no fracasar ante los ojos de Adrien. Obedeció y la moto comenzó su andadura por la zona acotada. El corazón de Adrien aleteó al ver la sonrisa que se le formó en la cara cuando se alejaron de la orilla sin problemas y dieron su primera vuelta a una velocidad aceptable.
―Frena un poco―susurró entonces Adrien, acariciándole el brazo con la yema de los dedos en su camino hacia la mano derecha para que desacelerase―, ponte recta―Marinette hacía lo que él le indicaba, aunque parecía más un robot que seguía sus movimientos que otra cosa―. ¿Ves a Alix y a Kim allí?
Adrien le indicó un punto por delante de ellos, donde el agua se arremolinaba en torno a dos motos de agua.
―Ve a por ellos, princesa.
Marinette jadeó y su cuerpo se activó de inmediato. Una parte de su cerebro hizo que presionara el acelerador y salieran disparados en dirección a sus amigos. La otra parte, se recreaba en la voz de Adrien llamándola de aquella manera tan particular, tan cariñosa y familiar al mismo tiempo. El corazón disparó sus pulsaciones, la adrenalina se le subió a la cabeza. Adrien tuvo que asegurar sus manos sobre el manillar, que se habían vuelto de gelatina.
―No dudes―añadió Adrien, acariciando el hueco bajo su oreja con los labios casi sin querer.
Con la boca seca, Marinette hizo lo posible por mantenerse serena. Llegó hasta Kim y Alix y los rodeó, como Adrien le indicaba. Sin decirles nada, les retó a una carrera y las tres motos de agua se dispusieron en una misma zona para dirigirse hacia la parte acotada. Los ojos de Marinette se desviaron un segundo a la línea de playa, donde varios bañistas, entre ellos sus amigos, habían dejado de divertirse y los observaban, expectantes.
―Tenemos que ganar―murmuró Adrien junto a ella.
Marinette giró el rostro para poder mirarle a los ojos, a ese verde brillante que se acentuaba con el sol del atardecer y el reflejo del agua en ellos.
―Sí―coincidió ella, absorta en el momento, en Adrien y en lo que estaba viviendo junto a él.
Adrien sonrió y le guiñó un ojo.
―Prepárate.
Marinette se mordió el labio inferior, pero asintió y se enderezó sobre la moto. Adrien se acomodó tras ella, concentrado en el temblor de las piernas de Marinette alrededor de la moto. Sabía que estaba jugando con fuego, pero no lo había hecho a posta. Marinette le atraía como una polilla a la luz, le era imposible resistirse a ella.
Por su parte, Marinette se obligó a encerrar en un cajón los sentimientos contradictorios de su corazón y se centró en la carrera. Contaron hasta tres al unísono y las tres motos de agua aceleraron al mismo tiempo. La espuma del mar, la sal, el calor, el contacto con Adrien… Marinette cogió fuerzas de todo aquello y se dejó llevar por su instinto y las indicaciones que su copiloto le iba dando.
No tardaron en llegar a la meta e, incluso, tuvieron que esperar a que Kim y Alix les alcanzasen. Con el ánimo por las nubes y una sonrisa victoriosa, Marinette llevó la moto de agua de nuevo a la arena y dejó que Adrien la cogiera por la cintura para bajarla de allí. Con Marinette entre sus brazos, Adrien dio varias vueltas.
―¡Lo has hecho! ¡Lo has hecho! ―gritaba, riéndose, respirando a duras penas.
―¡Sí! ¡Hemos ganado! ―le respondió Marinette, feliz.
Adrien la dejó finalmente en la orilla y la ayudó a sacarse el chaleco salvavidas. Él la imitó y se apresuró a devolverle las llaves y los chalecos al dueño. Marinette se quedó allí, en el rompeolas, esperándole. Estaba tan contenta por haberse superado a sí misma que había olvidado por completo que ella ya no quería a Adrien, que su destino no estaba ligado al de él.
Aquello parecía tan absurdo en esos instantes, cuando Adrien se reunió con ella y la cogió de la mano con suavidad.
―Tienes un don natural para estas cosas―comentó Adrien mientras dejaban atrás a Alix y Kim, rabiosos por no haber ganado, y regresaban junto a los demás.
―El profesor tampoco lo ha hecho mal―repuso Marinette, rodando los ojos―. Aunque es un poco mandón.
―Tal vez se me haya pegado de ti―bromeó Adrien, llevándose el dorso de la mano de Marinette a la boca y dándole un dulce beso.
Marinette paró de andar en seco, sorprendida. Adrien se colocó frente a ella, mirándola fijamente a los ojos, sin soltarle la mano que acababa de besarle.
―Tal vez―musitó Marinette, embrujada por la forma que tenía Adrien de evadirla de la realidad.
Él ladeó la cabeza, sonriendo con una ternura que desarmó a Marinette y la dejó sin palabras. Con sus manos entrelazadas, le quitó un mechón de pelo oscuro que le tapaba la visión de sus ojos azul cielo.
―¿Lo has pasado bien?―quiso saber Adrien, dando un paso hacia ella.
―Sí―asintió Marinette.
―¿Y has disfrutado?
―Claro…
―Me alegro―Adrien volvió a besarle el dorso de la mano y se apartó de ella; si no lo hacía, era capaz de abalanzarse sobre su boca y de declarársele allí mismo.
Pero no, no era el momento ni el lugar. Había demasiada gente y, si algo sabía Adrien de Marinette, era que odiaba ser el centro de atención. De modo que, conteniéndose una vez más, tiró de Marinette para que continuase caminando y no tardaron en llegar junto a los demás. Allí, Adrien se resignó y la soltó, aunque no la perdió de vista ni un solo segundo.
… … … …
Tras pasar la tarde en la playa, todos subieron a sus respectivas suites para asearse y arreglarse para la cena y la posterior fiesta, que se desarrollaría en un local que el padre de Chloe había alquilado para aquella ocasión. El local se encontraba a apenas unos quinientos metros del hotel y lo habían transformado en una sala de baile privada con barra libre y uno de los mejores DJs de Francia: David Guetta. Además, el señor Bourgeois había concertado con Guetta un mix con Nino, de modo que aquella noche sería absolutamente apoteósica.
Por supuesto, Nino estaba eufórico y no dejó de darle la lata a Alya hasta que estuvo lista. Apenas le dio tiempo a ayudar a maquillar a Marinette, que se había dejado aconsejar un poquito y se había decantado por un mono bastante escotado verde botella. Aquel color era toda una declaración de intenciones, pero Marinette prefería no pararse a pensar en ello.
Desde que Adrien la tirara al agua y se montara con ella en la moto de agua aquella tarde, actuaba como si fuera una quinceañera de nuevo que estaba loca por su compañero de clase. De alguna forma, el hielo en el corazón de Marinette que envolvía sus sentimientos por Adrien estaba empezando a derretirse. Alya se había dado cuenta del cambio en su amiga y se había limitado a decirle unas palabras: «el que no arriesga, no gana».
A Marinette le asustaba la intensidad de su deseo por volver a ver a Adrien y le inquietaba saber que estaba al otro lado del pasillo, tal vez terminando de vestirse, como ella. El recuerdo de su cuerpo medio desnudo hizo que Marinette necesitara sentarse unos minutos en la cama. Se llevó una mano al corazón, latía demasiado rápido para su gusto. A ella le gustaba Chat Noir, ¿por qué sentía como si fuese a echar a volar en cualquier momento? Estaba tan confusa…
Sin embargo, tuvo que dejar sus pensamientos a un lado cuando alguien llamó suavemente a su puerta. Con un suspiro, Marinette se levantó y fue a abrir.
―¿Qué se te ha olvidado, Alya…?―preguntó, aunque quien estaba en el pasillo no era su amiga.
―¿Me he cambiado de sexo y me acabo de enterar?―bromeó Adrien, demasiado guapo para que Marinette pudiese responder de inmediato.
―Yo…―tartamudeó― No sabía que eras tú.
―Eso ya lo veo―sonrió Adrien, ajustándose la camisa y la chaquetilla gris marengo que llevaba a juego con sus pantalones―. ¿Estás lista?
―Eh…―Marinette dudó; se miró de arriba abajo y vio que aún estaba descalza. Sintió cómo sus mejillas se teñían de rojo carmesí― Un segundito―se excusó y salió pitando hacia el interior de la habitación para coger sus tacones negros y su bolso.
Adrien contuvo la risa y esperó pacientemente hasta que Marinette lo tuvo todo bajo control, incluida la tarjeta para entrar en la suite. Esa noche, sería Alya quien tendría que hablar con el recepcionista de noche, el que le había dado su número el día anterior y al que no le había mandado ni un solo mensaje.
―Vale, ya estoy―declaró Marinette, sonriendo y echándose hacia atrás el flequillo. Había sido una buena idea recogerse el pelo en un moño.
Adrien le echó un vistazo, algo que no pasó desapercibido para Marinette, que juntó los brazos y desvió la mirada hacia el suelo.
―Me he arreglado demasiado, ¿verdad? ―murmuró, sintiéndose desnuda bajo los ojos de Adrien.
Él inspiró con fuerza.
―No―respondió él―, solo tendré que encargarme de que ningún imbécil se acerque demasiado.
Marinette juró que los ojos se habían salido de las órbitas.
―¿Eso te incluye a ti?―trató de bromear, atreviéndose a mirar de nuevo al que parecía ser su acompañante para esa noche.
―Si me comporto como un imbécil, avísame―rio Adrien y le ofreció su brazo derecho―. ¿Nos vamos?
Marinette apenas podía contener la sonrisa. Adrien se fijó en que los ojos le brillaban y rezó para que fuera por él, por lo que estaba haciendo por ella.
―Vamos―aceptó Marinette, enganchándose con suavidad y dejando que Adrien la guiara hacia el ascensor.
Bajaron en silencio, pero Adrien pudo notar la vacilación de Marinette. Habían pasado un día increíble juntos y esperaba que la noche fuese aún mejor. Además, si todo iba bien, muy pronto podría desvelarle sus sentimientos. Por otro lado, aquel ambiente sereno y nada incómodo le proporcionó un par de minutos para fijarse bien en ella. La ropa se le pegaba al cuerpo y dibujaba cada una de sus curvas con maestría. El escote del mono era un tanto pronunciado, pero no tanto como para no dejar nada a la imaginación. Su cuello, desnudo, se le antojaba más largo que de costumbre gracias al peinado y el maquillaje oscuro acentuaba más el azul de sus ojos.
Las puertas del ascensor se abrieron y Marinette y Adrien se dirigieron hacia el restaurante del hotel, donde había una enorme mesa circular reservada para todos los compañeros. Sin embargo, antes de entrar en el salón, Adrien se detuvo. Marinette frunció el ceño, confusa.
―¿Adrien? ―dijo finalmente.
Él no la miró directamente.
―Es que… Antes de entrar quería decirte lo increíblemente preciosa que estás y…
―Por Dios, para―le suplicó Marinette, soltándose de su brazo y llevándose las manos a la cara―. Ahora no puedo entrar ahí.
―¿Por qué no? ¿He dicho algo malo?
―No―Marinette negó con la cabeza y descubrió a Adrien a través de sus dedos―. Solo… me da vergüenza que me digan eso…
La expresión preocupada de Adrien se tornó en una de alivio.
―Ah, vale―suspiró él, más tranquilo―. Pero vas a tener que aguantarte: te lo diré siempre que quiera.
Marinette rodó los ojos.
―Cállate ya y vamos a cenar―espetó, aturullada, al tiempo que le agarraba de la muñeca y tiraba de él hacia el interior del salón.
Esa vez, Adrien no consintió separarse de Marinette y ambos se sentaron el uno al lado del otro. Alya se situó junto a Marinette y le guiñó un ojo al ver a quién tenía a su derecha, con un brazo sobre el respaldo de su silla.
―Está marcando terreno―le susurró Alya a Marinette, consiguiendo que esta se pusiera aún más roja de lo que ya estaba.
―Deja de inventarte cosas, Alya―la riñó Marinette, aunque la idea de que Adrien estuviera señalando a los demás que ella le interesaba no terminaba desagradarle.
Ninguno de los demás hizo comentario alguno, ni siquiera Chloe. Marinette y ella parecían haber firmado una tregua, sobre todo desde que la había ayudado con su madre años atrás; y el hecho de llevarla de vuelta al hotel la noche anterior le había sumado puntos de Marinette. No eran amigas íntimas, nunca lo serían, pero podían convivir en paz.
Durante toda la cena, Adrien estuvo pendiente de Marinette: de si tenía suficiente refresco, de si necesitaba agua, de si la carne estaba poco hecha o de si quería más sal en las patatas. Marinette se sentía como una princesa, tal y como él la había llamado en la playa. En esos momentos, mientras reía con Adrien y los demás, Marinette no podía recordar el instante en que decidió apartar a aquel chico rubio de sus pensamientos.
Era, sencillamente, feliz y todo gracias al mismo chico que la había hecho sufrir años atrás. Y pensaba seguir siéndolo durante la noche, ya se arrepentiría al día siguiente de haber dejado que Adrien se acercara tanto a ella y le hiciera ilusiones.
