La música embotaba los sentidos en el lujoso local, decorado en tonos negros y dorados, al estilo de Chloe. Había pequeñas abejitas doradas dispersadas por las paredes y en los adornos de las copas. David Guetta aún no había llegado a la cabina del DJ y Nino se estaba ocupando de ambientar la fiesta, a la que habían acudido algunos invitados especiales de Chloe. Algunas redes sociales se habían hecho eco de la celebración y habían acudido algunos paparazzi para inmortalizar a la única e inigualable Queen Bee con sus amigos del instituto. Por supuesto, tampoco podían dejar pasar la oportunidad de captar a Adrien Agreste en una noche loca.
Al verse rodeado de cámaras y flashes, el humor de Adrien había cambiado drásticamente. Marinette lo había notado y, furiosa, lo había conducido de la mano hacia el interior del local, pisando pies con sus tacones y dando patadas y empujones a quien osara acercarse demasiado a ellos. Marinette había podido captar también algunas preguntas embarazosas, pero había hecho caso omiso de ellas y había ocultado a Adrien lo antes posible.
En cuanto se hubieron deshecho de los fotógrafos, Adrien se había separado de Marinette y ella lo había perdido de vista. Una hora después de aquel episodio, Marinette seguía sin encontrar a Adrien.
La había dejado plantada en la fiesta.
Con unas ganas irreprochables de llorar, Marinette cogió uno de los asientos altos que había junto a la barra, lo llevó a un rincón y se ocultó en las sombras. Suspiró. Había sido una tonta por pensar que Adrien hubiera empezado a estar interesado en ella, que hubiera habido una mínima posibilidad de que ella le gustara. De nuevo, el mazazo emocional era para ella. El problema era que se suponía que ya debería haberse acostumbrado, pero al parecer el dolor solo sabía hacerse más y más fuerte conforme pasaban los minutos, como si hubiera sido la primera vez que la rechazaba.
Suspiró de nuevo, con el corazón encogido y unas ganas horrorosas de ocultarse en su suite.
―Esta fiesta es la leche―dijo alguien a su lado, al otro lado de la barra.
Marinette miró en aquella dirección y descubrió al recepcionista de la noche anterior, vestido como un barman y sirviendo copas a diestro y siniestro.
―Sí, supongo―respondió ella, abatida.
El barman dibujó una tímida sonrisa.
―No he recibido ninguna llamada tuya. ¿He de suponer que me estás evitando?
Marinette desvió la mirada hacia la pista de baile, donde todos se estaban divirtiendo, excepto ella.
―No―repuso Marinette.
―Entonces, ¿es por el chico rubio que te acompañaba anoche?
―Ni me lo menciones…
El barman alzó las manos.
―De acuerdo, como quieras. ¿Significa eso que saldrías conmigo mañana por la noche a cenar? Tengo el día libre.
Marinette exhaló. Lo único que le apetecía en aquellos momentos era mandarle a tomar viento fresco, pero él no tenía culpa de sus constantes fracasos emocionales, así que se mordió la lengua y se obligó a sonreír.
―Lo siento, pero he venido con mis amigos y…
―Vamos―el barman se inclinó sobre la barra en su dirección, apoyando los codos sobre el mueble―, te prometo que no seré un gilipollas como él.
―¿Cómo quién? ―intervino alguien a espaldas de Marinette.
Ella se tensó al instante, conocía muy bien esa voz y lo que podía hacer su dueño. Estaba sumamente dolida y enfadada, por lo que ni siquiera se giró. El barman se dio cuenta de la reacción de Marinette y se enderezó.
―Estoy hablando con ella, amigo, no es asunto tuyo.
Adrien plantó una mano sobre la barra, de manera que su cuerpo quedaba de cara a Marinette. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra de la estancia, únicamente iluminada con varios focos de colores y un par de luces de flash.
―Todo lo que hables con ella es asunto mío―replicó Adrien―. Te sugiero que sigas trabajando, la gente tiene sed.
Adrien hizo un gesto con la mano para señalar a los clientes que esperaban que el barman dejara de ligar. Sin embargo, el chico no se amilanó.
―Mira, amigo, llevas pasando de ella toda la noche. ¿Por qué no sigues desaparecido y dejas que se lo pase bien?
Marinette decidió que ya había escuchado bastante. Nunca había visto a Adrien enfadado, pero se daba cuenta de cómo apretaba los nudillos y entornaba los ojos, amenazante. Su expresión no daba miedo, aunque sí imponía bastante.
―Ya basta―intervino Marinette, poniéndole una mano en el pecho a Adrien y empujándole suavemente para que se apartase de la barra―. Tú―se dirigió hacia el barman―, no voy a salir contigo a ninguna parte. No te conozco ni me interesa hacerlo. Y tú―se giró hacia Adrien, sintiendo cómo la rabia bullía en sus venas―, ¿dónde narices te habías metido? Te has olvidado de mí en cuanto te he sacado de esa maraña de paparazzis y me has dejado sola.
»Llevas desde ayer por la mañana comportándote de una forma muy rara conmigo. No sé bien por qué, pero me has dado a entender que ciertas cosas que yo… en fin…―Marinette sacudió la cabeza, no era momento para dudar― Anoche me llevaste a la habitación y dormiste en el sofá de mi suite―los ojos de Adrien se abrieron por completo, sorprendidos―. Sí, me he enterado, deberías elegir otro sitio donde hablar con mi mejor amiga sobre lo que pretendes hacer conmigo.
»Hoy, has estado todo el día pegado a mí. No me has dejado sola ni un minuto, has tonteado conmigo, me dices que estoy preciosa ¿y luego desapareces, sin avisar, sin decir nada? Durante la primera media hora, me he preocupado por ti, no sabía dónde te habías metido. Pero luego he caído en que te has hartado de mí y de mi compañía y que probablemente habrías preferido irte por ahí en lugar de…, no sé, tal vez seguir pasándonoslo bien.
»Llevo años deseando una oportunidad como esta, que me permitas acercarme a ti de esta forma, que cenemos juntos y salgamos con nuestros amigos y lo pasemos bien. Quizás no lo pretendías, pero te has comportado como un novio, como lo que me he llevado años soñando que fueras para mí. Le has dado alas a unas esperanzas que ya creía olvidadas y encima tienes la poca vergüenza de largarte. Pero, ¿quién te crees que eres? ¿Crees que puedes jugar así con mis sentimientos como si fuera…?
Marinette no pudo seguir hablando. Cada palabra que soltaba por la boca, dejaba a Adrien aún más congelado. Jamás había visto a Marinette tan dolida, tan enfadada, ni siquiera cuando creyó que había sido el que había pegado el chicle en su asiento el día que se conocieron.
No obstante, lo que él no esperaba era que sacara a colación todo lo que se había estado guardando desde hacía casi cinco años. Le había confesado que había estado enamorada de él, que le había querido, que había esperado que él se fijara en ella. Había admitido en voz alta que empezaba a pensar que él por fin se había dado cuenta de sus sentimientos y que le correspondía. Adrien solo había necesitado escuchar esas palabras para decidirse de una vez.
Dio un paso hacia ella, la sujetó por el cuello y se inclinó sobre ella para hacerla callar con un beso. Marinette ahogó un grito de sorpresa. Adrien cerró los ojos para no ver su rechazo, o para soportar mejor el tortazo que le daría. Sin embargo, este no llegó, porque Marinette solo podía aferrarse a sus brazos como si fueran anclas y respirar su aliento.
Ella también cerró los ojos, notando cómo unas lágrimas de felicidad amenazaban con arruinar su maquillaje. Aun así, se escaparon y Adrien las notó en su boca. Con lentitud, abrió los labios y saboreó las lágrimas con la lengua, trazando un sinuoso camino sobre la boca de Marinette. Ella le correspondió, apresando su labio superior entre los suyos, sellando de nuevo el beso.
Adrien creyó que le iba a explotar la cabeza. Por fin la estaba besando, por fin le estaba demostrando que había sido un gilipollas por no haberse dado cuenta antes de lo mucho que la quería en realidad. Ella, que había estado siempre a su lado, que le había ayudado a salir con otras chicas aun cuando era ella la que se moría por su atención. Marinette tenía el corazón más puro y brillante que él jamás había conocido.
Con esfuerzo, casi sin respiración, se separó de ella y depositó pequeños besos sobre su boca con adoración. Marinette se dejó hacer hasta que notó que apoyaba la frente contra la suya, jadeante. Abrió los ojos y descubrió el rostro de Adrien muy cerca del suyo.
―Adrien…―musitó Marinette, confusa, feliz y nerviosa al mismo tiempo― ¿Por qué…? Tú…
Adrien respiró hondo. Bajó las manos por sus brazos hasta cogerle las manos y tiró de ella hacia él.
―Ven conmigo―dijo simplemente.
Marinette le siguió, esquivando codazos y pisotones. Ignoró las miradas que le echó Alya al pasar junto a ella y dejó que Adrien la llevara hacia la puerta de emergencia, situada tras una escalera que conducía al almacén superior del local. Adrien abrió la puerta y llevó afuera a Marinette. Allí, no había paparazzis ni nadie que pudiera molestarles. Por no haber, no había ni tráfico. Solo estaban ellos y la noche.
Adrien apoyó la espalda contra la pared y guio a Marinette hasta pegarla a su pecho y cubrirla con sus brazos. Hundió el rostro en el hueco de su hombro y aspiró su aroma. Marinette no sabía qué decir, se limitaba a dejarle hacer y a darle su tiempo para explicarle lo que acababa de ocurrir.
―Perdóname, Marinette―murmuró Adrien contra su cuello, haciéndola estremecer―. Yo… No quería que nadie te viese conmigo.
Marinette tragó saliva.
―¿Te avergüenzas de mí?
―Jamás―le aseguró Adrien, alzando la cabeza para poder mirarla a los ojos fijamente―. Nunca podría avergonzarme de ti. Es solo que no quiero que te acribillen como hacen conmigo. No quiero que sufras esa invasión por mi culpa.
Algo dentro de Marinette suspiró de alivió y se relajó. Uno de los mayores miedos de Marinette acababa de ser desmentido y tuvo que sujetarse en los brazos de Adrien para no caer al suelo.
―Vale…―musitó, perdida en un mar de sentimientos confusos― ¿Por eso desapareciste?
Adrien asintió con la cabeza.
―No sabía si alguno de ellos podría colarse en la fiesta, así que me escapé en cuanto pude para dejarte fuera de esa mierda.
Marinette sonrió levemente.
―No me has dejado plantada.
Adrien le devolvió la sonrisa, mirándola con ternura.
―No, claro que no.
La sonrisa de Marinette se amplió hasta tal punto que tuvo que morderse el labio inferior para no mostrar su felicidad. Adrien, por su parte, se dedicó a acariciarle la mejilla con el pulgar, mientras que con la otra mano trazaba círculos en su espalda.
―Vale―suspiró Marinette―, ¿y por qué me has… besado?
―¿Que por qué? ¿Te parece poco todo lo que me has dicho ahí dentro? ―rio Adrien, inquieto.
―Estaba muy enfadada, tenía que desahogarme.
Adrien soltó una carcajada.
―Si tengo que cabrearte para que te sinceres conmigo de esa manera, lo haré encantado―Adrien dejó de reír y, colocando una mano en la nuca de Marinette, volvió a acercarse peligrosamente a su boca―. ¿Quieres saber por qué te he besado?
Ella asintió levemente. Adrien la observó con atención. Las lágrimas que habían enjugado con su beso le habían dejado los ojos más brillantes aún y los labios, más hinchados.
―Por el mismo motivo por el que tú te has enfadado conmigo―susurró Adrien sobre sus labios―. Por la misma razón por la que no he sido capaz de alejarme de ti. Porque… te has metido tan dentro de mi corazón que sacarte de él sería considerado asesinato. Y yo, en lugar de ser claro y franco contigo, me he andado por las ramas y te he confundido aún más.
»Perdóname por comportarme como un imbécil.
Marinette sonrió, divertida por su broma particular.
―¿Debería alejarme de ti por portarte tan mal conmigo?
―Deberías―coincidió Adrien, adorando la manera en que Marinette parecía más y más cómoda entre sus brazos―, pero espero que no lo hagas.
Adrien selló sus palabras con un nuevo y dulce beso. Un beso lleno de todo ese anhelo que Marinette había guardado en su corazón celosamente, de todo ese tiempo que Adrien sentía que había perdido fijándose en otras chicas. Ella había sido la primera que, de corazón, le había querido por cómo era y no por quién era.
―Marinette―murmuró Adrien, rompiendo el beso muy a su pesar.
Ella abrió los ojos.
―Dime―susurró, atreviéndose a acariciarle el rostro con la yema de los dedos, tímida, cariñosa, como solo Marinette podía ser en esos instantes.
―Recuérdame. Recuerda todo lo que dices que sentías por mí, por favor. Necesito que vuelvas a quererme, necesito que me des una nueva oportunidad.
»Te quiero, Marinette.
El corazón de ella dio un salto mortal en su pecho. Marinette creyó que lloraría de felicidad de nuevo. Se había mentido a sí misma, diciéndose que podía olvidar a Adrien y reemplazarle por Chat Noir, pero lo cierto era que, aunque Chat seguía gustándole, jamás llegaría a alcanzar su corazón como lo había hecho Adrien Agreste.
―Nunca te he olvidado del todo, Adrien―respondió Marinette, temblorosa―. Solo te pido, si esto es un sueño, que me despiertes, por favor, porque no soportaría ser solo tu amiga después de esto.
―Eres mi universo, Marinette. Te juro que no es un sueño―le prometió Adrien, enternecido por sus palabras y maldiciéndose a sí mismo por haber sido tan estúpido―. Te quiero.
Marinette no aguantó más el torrente de emociones y se echó al cuello de Adrien. Él la tomó por la cintura y la apretó contra sí, perdiéndose en su olor, en su contacto y en su voz.
―Te quiero, Adrien.
―¿Significa eso que no vas a salir con el barman?
Marinette se echó a reír, una risa llena de felicidad absoluta, de alivio y del amor que Adrien había conseguido revivir en ella.
―No, tonto.
―Bien, porque…―Adrien la apartó de él lo justo y necesario para poder mirarla― tengo una sorpresa para ti.
