Adrien tomó a Marinette de la mano y la condujo lejos del local donde los demás bailaban, bebían y se perdían en el frenesí de la fiesta. Marinette se dejó llevar por el momento, por la calidez de los dedos de Adrien envolviendo los suyos y por el sabor de su boca, que aún perduraba en sus labios. Seguía sin poder creer lo que estaba ocurriendo en esos momentos, cinco años después de que ella se enamorara de él, apenas un año después de que ella renunciara a él. Era inverosímil y temía que todo se acabase cuando el reloj diera las doce y el encantamiento de Cenicienta se desvaneciese.

Sin embargo, Adrien seguía allí con ella y la llevaba hacia la playa sin dejar de sonreír, aparentemente ansioso. Se acercaban al hotel por calles aledañas, pero siempre lejos de la puerta principal. Bordearon el enorme edificio y salieron al paseo marítimo por el otro extremo.

―¿A dónde vamos? ―preguntó Marinette con una risita nerviosa.

Adrien la miró por encima del hombro y le guiñó un ojo.

―Vamos a hacer un picnic.

―¿Un qué? ―Marinette desvió los ojos a ambos lados de la playa desierta― ¿Aquí? ¿En la playa?

―Ajá―asintió Adrien, esquivando las sombrillas que cubrían las hamacas donde habían estado aquella misma mañana y dirigiéndose hacia una casetilla cercana―. Le he pedido un favor al encargado de todo esto―Adrien señaló la explanada que pertenecía al hotel y sus hamacas―. Vine aquí antes de ir a recogerte a la habitación.

Marinette frunció un poco el ceño.

―¿Tan seguro estabas de que vendríamos? ―inquirió, justo cuando llegaban frente a la pequeña construcción de madera desvencijada, cubierta de sal marina y arena.

Adrien suspiró y se volvió hacia Marinette sin soltarle la mano.

―Lo esperaba―confesó con una pequeña sonrisa―. Si no, habría tenido que bajar más tarde para llevarme todo esto.

Adrien abrió la puerta con una pequeña llave y Marinette descubrió una manta, una cesta de picnic y varios cojines apilados a un lado de la casetilla. Marinette rio por lo bajo, anonadada y Adrien lo tomó como algo positivo.

―Ven, ayúdame a sacarlo todo.

Marinette bufó.

―Menudo anfitrión eres, Adrien―comentó, aunque entró tras él y cogió la manta y algunos cojines.

Adrien rio con ella y ambos lo dispusieron todo fuera. La cesta estaba llena con una botella de champán rosado, velas, chocolate y algunos dulces más. Marinette no pudo evitar soltar una carcajada: Adrien adoraba comer pasteles y ella tampoco se negaba a probarlos.

―Buena elección―dijo Marinette, sentándose en una esquina de la manta y cogiendo una tableta de chocolate con leche.

―Para comida lujosa, ya tenemos el hotel―explicó Adrien, encogiéndose de hombros.

―Claro, el champán es solo para aparentar―bromeó Marinette.

―Por supuesto, ¿qué esperabas?

Los dos rompieron a reír y, en medio de las risas, distribuyeron sobre la manta un poco de lo que había en la cesta: riquísimos macarons de vainilla, magdalenas con el corazón de chocolate fundido, galletitas de fresa y frambuesa, nueces tostadas recubiertas de sirope de caramelo…

―Voy a engordar diez kilos en una noche, por lo menos―dijo Marinette, asombrada, porque cuanto más sacaba de la cesta, más cosas aparecían.

―Seguirías siendo preciosa―repuso Adrien como si nada, aunque a Marinette casi le dio un ataque al corazón.

Avergonzada, agachó la cabeza y se llevó una galleta a la boca. Adrien sonrió, satisfecho consigo mismo, pero no añadió nada más. Sabía que Marinette necesitaba tiempo para procesar todo lo que había ocurrido desde que habían llegado al hotel. No había sido algo que él hubiese planeado, aunque sí era cierto que lo había imaginado mil veces en su cabeza desde que había sabido que iba a tenerla cerca durante cuatro días y medio seguidos.

Marinette, por su parte, trataba de no desmayarse de la emoción y disfrutaba mordisqueando las galletas de fresa mientras observaba a Adrien de reojo. Era demasiado perfecto para que se hubiese fijado finalmente en ella y, no obstante, ahí estaba, sentado a su lado, con el pelo revuelto por la brisa nocturna.

Adrien se dio cuenta de que ella le miraba de soslayo y dejó de comer.

―¿Estás bien? ¿Tienes frío?

Marinette negó con la cabeza, con el pecho lleno de felicidad.

―Estoy perfectamente, Adrien―tímida, escondió el rostro―. Gracias.

―¿Por?

Marinette ladeó la cabeza.

―Pues… no sé, por esto. Por haber venido a por mí…―le miró a través de las pestañas―, por haberme elegido.

Adrien respiró hondo. Se puso de rodillas y gateó hasta donde estaba Marinette. Cruzó las piernas y se palmeó los muslos sin decir ni una palabra. Marinette tardó unos segundos en comprender pero luego, llena de histerismo, se sentó en el regazo de Adrien, tal y como él le pedía. Adrien la sujetó con los brazos, mientras que con una mano le acariciaba el rostro.

―Sé que tardaré un tiempo en reparar el daño que te he hecho estos años con mi ceguera―comenzó a decir él en voz baja―, pero te prometo que me esforzaré por hacerte feliz.

Marinette notó cómo los ojos se le humedecían.

―Tenerte conmigo es suficiente―repuso ella con suavidad―. No quiero que me des nada, solo… Solo quiero que seas siempre sincero conmigo y que, si alguna vez dejas de quererme, me lo digas.

―No lo haré, no me imagino mi futuro sin ti, Marinette.

Ella sonrió y escondió la cabeza en el cuello de Adrien. Él cerró los ojos y se juró así mismo que eliminaría cualquier duda del corazón de Marinette. Era su error y debía arreglar las cosas.

Se mantuvieron así durante un rato, en silencio, sin comer ni beber, únicamente pendientes de la respiración del otro, de su contacto. Las manos de Adrien la aferraban de tal forma que ella no podría haber salido corriendo si hubiera querido, y lo que de verdad le apetecía era justamente lo contrario. Se mordió el labio inferior, dubitativa. Adrien notó el cambio en ella.

―¿En qué piensas? ―murmuró, atento.

―Pues… me gustaría hacer una cosa, pero no sé si…

―¿El qué? ―inquirió Adrien, tensándose por momentos.

―Pues…―repitió Marinette, con el pulso acelerado― Me gustaría tocarte.

―¿Tocarme?

Marinette asintió rápidamente.

―Sé que es algo raro y que yo…

―Marinette―la interrumpió Adrien, sujetándola por la barbilla y obligándolo a que le mirara―, haz lo que quieras.

Ella ahogó un jadeo de sorpresa. Sabía lo que implicaban aquellas palabras, conocía su doble sentido por Alya. Sin embargo, ella nunca había experimentado nada semejante y no sabía bien cómo actuar. A pesar de todo, Marinette respiró hondo y alzó una mano, temblorosa. Adrien no hizo ni un solo movimiento, limitándose a mirarla a los ojos mientras el cerebro de Marinette echaba humo. Tras unos segundos de espera, Adrien notó su mano sobre su pecho.

El corazón le latía apresuradamente. No tenía ni idea de lo que Marinette estaba pensando en esos instantes ni a qué se refería con "tocarle". En realidad, le daba igual, Marinette podía hacer con él lo que quisiera. Se había convertido en un muñeco bajo su mano, que se deslizaba pecho arriba, estómago abajo, como si estuviera haciéndole un reconocimiento. No obstante, Marinette se detuvo justo donde comenzaba el cinturón de sus pantalones y volvió rápidamente arriba. Adrien podía notar el calor acumulado en sus mejillas y eso solo hizo que la adorara aún más.

No aguantó mucho más tiempo y se cernió sobre ella lentamente. Sus labios se encontraron, tímidamente al principio. Adrien no quería ir rápido, detestaba la idea de que Marinette se arrepintiera de hacer cualquier cosa con él. Por eso, su ego masculino dio un salto de alegría cuando Marinette subió la mano por su cuello y le pegó más a ella, profundizando así el beso. Adrien se atrevió entonces a ir un paso más allá y le mordisqueó con suavidad el labio inferior, provocándole un espasmo a Marinette que se extendió por todas sus extremidades. Estas actuaron como si tuvieran voluntad propia y, en menos de cinco segundos, Marinette se había sentado a horcajadas sobre Adrien y le besaba poseída por el frenesí del deseo, de ese amor reprimido durante años que la había castigado y que ahora, por fin, era correspondido.

Se separaron instantes después, respirando a duras penas, mirándose con los ojos nublados por la agitación del momento. Sin pensarlo fríamente, Adrien llevó la boca hasta el cuello de Marinette, bendiciendo en silencio que ella hubiese elegido hacerse un moño esa noche, dejándole así el camino expedito. Marinette jadeó y echó la cabeza hacia atrás, abrumada por las sensaciones que los labios y la lengua de Adrien le provocaban a través de sus besos húmedos.

Adrien inundó su piel con un río de besos, de caricias llenas de desesperación. Aspiró su olor con las mismas ansias con las que el drogadicto recoge su droga. Sus manos se aferraron a su espalda y la recorrieron de arriba abajo, sin traspasar el límite de sus caderas. Con una mano entre sus omoplatos, Adrien sujetó a Marinette y la adoró con cada beso que repartía por su cuello y su garganta, hasta regresar a su boca.

―Adrien…―suspiró ella en medio de ardiente beso que compartían.

―Te quiero―musitó él, sobrepasado por los sentimientos que le profesaba.

Marinette sonrió y le cogió ambos lados del rostro para poder mirarle.

―Dímelo otra vez―pidió suavemente.

―Te quiero―respondió Adrien, retirándole algunos mechones sueltos del rostro―. Te quiero, te lo repetiré siempre hasta que no dudes de mí.

La sonrisa de Marinette se amplió.

―Me parece bien.

Adrien le devolvió la sonrisa y la abrazó con fuerza. A ambos les costaba respirar, pero no importaba. Habían pasado demasiado tiempo separados, era hora de comenzar una nueva relación.

―Marinette―murmuró Adrien en su oído.

―¿Uhm?

―¿Saldrías conmigo?

Ella contuvo una sonrisa.

―¿Cuándo?

―Siempre.

Marinette se separó de él y se llevó un dedo a la boca, pensativa. Al ver la expectación de Adrien, decidió jugar un poquito con su sufrimiento y se puso en pie, muy a su pesar.

―Pues, no lo sé…―murmuró, dando vueltas alrededor de la manta, evitando los zapatos que se habían quitado un rato antes para poder caminar sobre la arena― Has tardado mucho en quererme…

―Lo sé―admitió Adrien, fastidiado―. Mari…

―Y te has atrevido a jugar conmigo estos últimos días―Marinette se volvió hacia él con los brazos en jarra―. Eso está muy mal, Agreste.

―Mari…

―Y además―añadió Marinette, sabiendo que lo estaba llevando al límite y que estaba jugando con fuego―, me has dejado sola durante un buen rato―Marinette negó con la cabeza―. Qué poco caballeroso. ¿Cómo voy a salir con alguien así?

Adrien frunció el ceño e hizo una mueca de disgusto.

―Si me vas a decir que no, te suplico que…

―Ay, Adrien―suspiró Marinette, interrumpiéndole con una sonrisa―, qué poco perspicaz eres―rio y se inclinó hacia él, de manera que Adrien pudo apreciar perfectamente la forma de su pecho bajo el apretado mono verde.

Los ojos de Adrien viajaron desde su pecho hasta su rostro y se encontró con una sonrisa que le calentó el alma.

―No sabes con quién te estás metiendo, princesa―dijo con una voz ronca, poniéndose en pie lentamente.

Marinette soltó una risita. Había conseguido justo lo que quería.

―No me das ningún miedo, ¿sabes?

Adrien negó con la cabeza y, un segundo después, salió disparado hacia Marinette. Ella le esquivó en medio de una carcajada y corrió para alejarse de él, pero Adrien hacía deporte a diario, se entrenaba y tenía más fortaleza en las piernas que ella, por lo que no tardó en alcanzar y tirarla a la arena. Se colocó sobre ella, con las piernas rodeando su cintura y, con una sola mano, sujetó sus brazos por encima de la cabeza.

―Sigo sin tener miedo―le picó Marinette, jadeante por la carrera y ansiosa por el juego que ella había iniciado.

La sonrisa torcida que Adrien le dedicó la paralizó por completo. Era una sonrisa nueva, una sonrisa mucho más oscura.

―Adrien…―murmuró Marinette, dejando de sonreír.

―No sabía que fueses tan traviesa, princesa―susurró Adrien, cubriéndola con su cuerpo y acercando su rostro al suyo―. No inicies algo que no acabarás.

―¿Y si lo termino? ―planteó Marinette, sintiendo que su cuerpo respondía a la presión que Adrien ejercía en los puntos exactos de su anatomía y notando cómo la excitación por la carrera se convertía en otra cosa.

Adrien sopesó un instante sus palabras y luego se echó a reír.

―No me tientes, Marinette―cubrió la distancia que los separaba y la besó fugazmente, para luego soltarla y levantarse.

Marinette le observó mientras se colocaba la ropa y, luego, le tendía una mano para ayudarla a ponerse en pie. Ella se mordió el labio inferior; Adrien la observó, hambriento. Tras un par de minutos tendida, Marinette aceptó su mano y dejó que él la alzara y la atrapara contra su cuerpo.

―Te lo he dicho en serio―susurró Adrien, volviendo a ser el mismo chico amable y cariñoso de hacía un rato―. No me tientes a hacer cosas que…

―¿Y si realmente quisiera hacerlas?―protestó Marinette, sonrojándose.

Adrien parpadeó, sorprendido.

―Pues, no te negaría nada, claro―Marinette abrió la boca para responder, pero él le puso un dedo, haciéndola callar―. Pero no quiero correr contigo, así que… dejemos que las cosas surjan, ¿de acuerdo?

Marinette suspiró y asintió. Adrien tenía razón, se había lanzado sin paracaídas a hacer algo que no sabía si quería hacer aún. Y, sin embargo, su cuerpo había actuado por sí solo, su instinto le había dicho qué botones presionar para activar el modo depredador de Adrien, como ella había comenzado a llamarle en su mente. Y le había gustado, había disfrutado demasiado con la posesión de su boca, con la manera en que sus manos la reclamaban, con cómo su cuerpo se pegaba al de ella y se amoldaba para encajar en los huecos precisos.

Marinette quería más, quería darle todo lo que tenía, ahora que por fin Adrien estaba con ella. Estaba harta de esperar y, por lo que parecía, su misión ahora consistiría en convencerle de que no quería entregarse a nadie más que a él.

Tras unos minutos más llenos de mimos y de palabras susurradas al oído, Marinette ayudó a Adrien a recoger los dulces que habían quedado olvidados en la manta. Le aseguró que se los iría comiendo poco a poco, para que así el recuerdo de aquella noche durara más. Adrien no respondió; solo tenía una forma de hacerlo y prefería aguantarse las ganas.

Un rato después, regresaron de la mano al hotel y subieron juntos hasta la última planta. Pero una vez allí, ambos se miraron, dudando.

―¿Crees que Alya volverá a pasar la noche con Nino? ―planteó Marinette, confusa.

―Tiene toda la pinta―coincidió Adrien―. ¿Me das asilo político?

La pregunta de Adrien hizo sonreír a Marinette.

―¿Volverás a dormir en el sofá?

―Uhm…―Adrien tiró con firmeza de Marinette, hasta que su boca quedó a solo unos milímetros de la suya― Dormiré donde tú prefieras.

Marinette rio y se acercó para darle un pequeño beso.

―Está bien. Coge tus cosas, te espero en mi suite.

Adrien sonrió y se separó de Marinette para entrar en su habitación y coger rápidamente unas pocas cosas: la pasta y el cepillo de dientes, el bañador del día siguiente (nunca se sabía cuánto tiempo tendría que estar en la suite de Marinette, aunque no es que fuera a quejarse), su pijama y las zapatillas.

Para cuando llamó a la puerta de Marinette, ella ya se había cambiado y se ha plantado unos pantalones cortos y una camiseta de un pijama realmente particular. A Adrien se le cayeron todas las cosas al suelo cuando vio que el pijama era de la exclusiva colección de su padre, inspirada en Chat Noir.

―Adrien, por Dios, deja que te ayude―Marinette se apresuró a ir a su encuentro y se agachó para recoger las cosas de Adrien.

―¿Y ese pijama? ―dijo con un hilo de voz cuando Marinette se enderezó.

―Pues…―Marinette se miró a sí misma por debajo de la ropa de Adrien― No sé, me gusta, es todo.

Adrien tragó saliva y siguió a Marinette hacia el salón, donde dejó todas sus pertenencias bien ordenadas. Durante el tiempo que había pasado cerca de Marinette, intentando ganarse de nuevo su amor y consiguiendo que ella cediera finalmente, Adrien se había olvidado de un pequeño detalle: él, como Chat Noir, también había estado ligando con Marinette e, incluso, había utilizado algunas ideas que se le habían ocurrido mientras tenía el traje negro puesto. Por lo que sabía, Marinette había empezado a desarrollar ciertos sentimientos por su alter ego, pero ahora que estaban juntos, Adrien no estaba muy seguro sobre qué tipo de sentimientos eran esos y en qué situación le dejaba a él, al propio Adrien.

―Adrien―la voz de Marinette le sacó de su ensoñación y le obligó a centrarse en ella―, ¿estás bien?

―Sí―se apresuró a responder, al ver la expresión de preocupación y temor que había aparecido en el rostro de Marinette.

―¿Estás…? ¿Te arrepientes de…?

―No―la interrumpió Adrien, acogiéndola entre sus brazos y dándole un beso en la coronilla―. Te quiero.

El tono con el que Adrien volvió a declarársele fue suficiente para desterrar el miedo de su corazón, pero Marinette sabía que había algo que no le estaba contando. Aun así, no podía exigirle absoluta sinceridad, no cuando ella era la primera que guardaba un secreto que no podría confesarle nunca y que podría costarle su relación.

―Ven―dijo entonces Adrien, siendo él esta vez quien devolvió a la tierra a Marinette―, vamos a dormir, es tarde.

Con paso firme, Adrien llevó a Marinette a la cama y ambos se tumbaron bajo las sábanas, el uno junto al otro. Marinette sonrió, era extraño tenerle en la misma cama que ella.

―Buenas noches, Adrien―murmuró, cerrando los ojos.

Él sonrió y se arrastró hasta quedar casi pegado a ella, con un brazo sobre su cintura, en un ademán protector.

―Buenas noches, princesa.