¡Hola a todos!
En primer lugar, siento no haber publicado nada ayer. La Navidad está a la vuelta de la esquina y tengo muchas comidas familiares y con amigos a la vista. Sin embargo, intentaré seguir publicando con la misma asiduidad que los otros días.
Y en segundo lugar, ¡MIL GRACIAS POR VUESTROS COMENTARIOS! No pretendía estar publicando dos caps por día, pero es que con vuestras palabras me hacéis querer seguir publicando sin parar. Espero que os guste lo que aparece en este capítulo y que ¡no me matéis!
Un beso muy grande.
¡Nos leemos!
...
Cuando Adrien despertó, el sol apenas acababa de salir. Aún adormilado, abrió los ojos y se topó de lleno con el rostro de Marinette. Adrien dio un salto, sorprendido y se llevó una mano a la cabeza, despeinándose aún más. Confuso, miró a todas partes y fue entonces cuando recordó que estaba en la suite de Marinette, que la noche anterior la había besado por fin y que ella le había dejado quedarse a dormir con ella en la misma cama. Abrumado por los recuerdos, respiró hondo para intentar tranquilizarse y volvió a tumbarse junto a Marinette. El reloj apenas marcaba las siete de la mañana, aún tenía tiempo para disfrutar de tenerla solo para él.
Un pensamiento fugaz y nada inocente atravesó su mente como una estrella. Adrien sonrió, pero se regañó a sí mismo. Por mucho que Marinette le hubiera provocado la noche anterior, Adrien no pensaba dar un paso en falso con ella. Bastante tenía con cargar con la culpa por no haberse enamorado antes de ella; no podía llegar a pensar en cómo se sentiría si, además, obligase a Marinette a hacer algo que no quería.
A pesar de todo, una parte de él se moría por llegar a ese punto.
«Aún no, Agreste, aún no», se dijo y sacudió la cabeza para deshacerse de aquellas ideas. Se concentró en Marinette, en sus pestañas negras, en la forma de su boca entreabierta, en cómo su pecho subía y bajaba y en la manera en que extendía sus manos hacia él, como si le estuviera buscando. Adrien le dio la mano con suavidad y depositó un pequeño beso en la punta de sus dedos. Marinette no se movió un poco, pero su subconsciente le hizo apretar un poco la mano de Adrien.
Y como si sintiera que alguien la observaba, poco a poco, abrió un ojo.
―¡Aaahh! ―gritó, asustada, echándose hacia atrás con tanto ímpetu que acabó cayéndose de culo contra el suelo.
Adrien gateó deprisa por la cama y se asomó.
―Dios, Marinette, ¿estás bien?
Ella parpadeó y miró a todas partes. Lo último en que se fijó fue en Adrien, que le tendía una mano.
―Sube, vamos.
Marinette no asimilaba la situación: estaban en su suite, en la misma cama (al menos, hasta que ella había decidido llenarse la boca de suelo) y habían dormido juntos. Aquello no podía ser real, debía de estar soñando.
―¿Qué haces aquí? ―dijo Marinette con la boca pastosa.
Adrien se echó a reír.
―Dormí contigo, ¿no lo recuerdas?
―No―repuso ella, sonrojándose―, me quedé dormida.
Adrien rodó los ojos.
―Ja, ja, muy graciosa. Venga, vuelve a la cama.
Marinette sonrió, finalmente, mientras se restañaba un ojo.
―Eso suena muy mal.
―Dios―exhaló Adrien, que no esperaba que Marinette estuviera tan juguetona desde tan temprano―, ¿quieres hacer el favor de subir?
―Ya voy, ya voy―Marinette se puso en pie y se colocó bien el pijama, aunque Adrien prefirió en silencio que no lo hubiese hecho―. Amargado.
Adrien entornó los ojos. Estaba claro que Marinette se había recuperado rápidamente del susto y que había vuelto a la carga. De hecho, para añadirle énfasis, Marinette le sacó la lengua como si fuera una niña pequeña. Aquello fue el pistoletazo de salida para que Adrien la alcanzara a toda velocidad y, agarrándola por la muñeca, la empujara hacia sí y la tirara sobre la cama. Marinette chilló por la sorpresa, pero luego se echó a reír.
―Te picas muy rápido―observó Marinette, alzando una mano y acariciándole la mejilla a Adrien, en un gesto tan dulce y cariñoso que a él se le pasaron las ganas de vengarse.
Suspiró y ladeó la cabeza para buscar la palma de su mano.
―¿Cuánto tiempo llevas despierto? ―preguntó Marinette.
―No mucho―respondió Adrien, inclinándose sobre ella―, el suficiente para saber que no me he imaginado lo de anoche.
La sonrisa de Marinette se amplió, al igual que su sonrojo. Para Adrien, aquella era la señal inequívoca de que ella seguía sintiendo algo muy fuerte por él.
―No―coincidió Marinette y Adrien cubrió la distancia que los separaba para darle un beso de buenos días.
Marinette lo aceptó con gusto y llevó una mano a su cuello y otra a su pelo. Adrien acabó tumbado de nuevo junto a ella, atrayéndola hacia su cuerpo con las dos manos y enredando las piernas con las de ella. En cuanto hubo encontrado la postura perfecta, se ocupó de profundizar el beso.
Marinette jadeó ante la invasión de la lengua de Adrien en su boca, que se desplazaba por su interior y jugueteaba con la suya propia. Al separarse para que Marinette pudiera respirar, Adrien utilizó la escasa distancia con su cuello para volver a probarlo. Marinette se deshacía con las suaves caricias que sus manos repartían por su espalda, sus brazos y su cintura.
―Adrien…―murmuró Marinette, bajando la cara para poder besarle en la mejilla y hablarle al oído― Quiero…
―No―susurró él, cortándola.
―Escúchame―protestó Marinette; Adrien se detuvo―. Puedes acariciarme más abajo, si quieres… Es decir…―mordiéndose el labio inferior, muerta de vergüenza, buscó la mano libre de Adrien y la llevó hasta sus muslos.
Le hizo un pequeño tour por la parte superior de sus piernas y, finalmente, acabó trazando un sendero hacia su trasero. En todo aquel proceso, Marinette pudo notar cómo Adrien respiraba con dificultad y tensaba la mano, conteniéndose.
―¿Puedo? ―murmuró Adrien cuando Marinette quitó la mano de encima de la suya y esta viajó hasta su pecho.
Ella asintió con la cabeza. Adrien inspiró con fuerza y se atrevió a rodear por completo una nalga y a estrujarla con suavidad, en un movimiento que hizo que sus cuerpos se unieran aún más y Marinette notara, inevitablemente, la entrepierna de Adrien junto a sus caderas. Ella jadeó, elevando los ojos hacia el techo. Adrien interpretó el sonido como algo positivo y bajó la mano por la cara trasera de sus muslos, bordeó la rodilla y levantó una pierna para poder tocarla por la parte interior.
Los dedos de Adrien trazaban líneas invisibles y sinuosas por su piel desnuda, deteniéndose justo en el dobladillo de los pantaloncitos del pijama. Cada vez que lo hacía, Marinette ahogaba un suspiro y sabiendo que Adrien no iría más allá hasta que fuera ella quien lo pidiera expresamente, se armó de valor y bajó la mano que tenía sobre su pecho lentamente. Con sumo cuidado, fue desabrochando uno por uno los botones de la camisa del pijama, que ella no recordaba haberle visto ponerse. «Tal vez lo hizo cuando me quedé dormida», supuso Marinette, disfrutando del hecho de tener el privilegio de acariciar la piel bronceada de Adrien a medida que avanzaba en su camino hacia abajo.
―Mari…―musitó Adrien con voz estrangulada― No sigas por ahí.
―¿No lo estoy haciendo bien? ―dijo ella, preocupada.
Adrien cerró los ojos y soltó una risa contenida.
―Más bien, me estás volviendo loco―y enfatizó sus palabras agarrándola bien de las nalgas y empujándola hacia sí; Marinette jadeó de nuevo. Había varias capas de ropa entre ambos, pero ella podía sentirle inesperadamente cerca―. ¿Lo notas?
―Sí…
―Bien, pues―con esfuerzo, Adrien subió una mano hacia su torso y separó los dedos de Marinette de él; ella giró el rostro y se encontró con sus brillantes ojos verdes oscurecidos―, para.
Marinette protestó.
―¿Por qué?
Adrien echó hacia atrás la cabeza, empezando a pensar que estaba perdiendo el control de la situación.
―Hoy, no―sentenció con suavidad.
Marinette no respondió. Por un lado, le fastidiaba la idea de que Adrien no quisiera ir más allá; aunque por otro, entendía que aún era demasiado pronto. Sí, se conocían desde hacía tiempo, pero apenas acababan de empezar a salir juntos. Si había algo que no había cambiado en Adrien era su caballerosidad.
Tras unos minutos en silencio, mirándose sin decir nada, Marinette suspiró.
―Está bien―aceptó, separándose de él y poniéndose en pie de un salto con una renovada sonrisa―. Vamos, cámbiate y bajemos a desayunar.
Adrien le devolvió la sonrisa, aliviado, contento por que no se hubiera tomado a mal la negativa. No era que no tuviese ganas de hacerlo, era que se negaba a que su primera vez con Marinette fuera en un hotel. Ella se merecía algo mucho más romántico y más especial, pero eso no impedía que no pudieran jugar un poco...
―¿Quieres que me cambie aquí? ―inquirió, aguantando una carcajada al ver la expresión de Marinette; los ojos se le iban a salir de las órbitas.
―¡No seas absurdo! ―espetó Marinette, tirándole su almohada a la cara.
―Pero si hace un momento querías…
―¡Cállate!
Adrien no lo soportó más y se echó a reír a mandíbula batiente mientras Marinette, atribulada, escogía un biquini cualquiera del armario y se metía en el cuarto de baño. Una vez allí, se miró al espejo y estudió su reflejo.
―Adrien, idiota―masculló, con el rostro rojo y el corazón latiéndole a mil por hora.
… … … …
Cuando bajaron a desayunar, Marinette y Adrien se encontraron de cara con Chloe, Alya y Nino. A Chloe se le desencajó la mandíbula al verles salir cogidos de la mano de la misma habitación, pero Alya y Nino disfrutaron como dos niños en Navidad y todos juntos bajaron en el ascensor en medio de las bromas de Alya y las contestaciones de Adrien, que no pensaba dejar que nadie le aguara la fiesta a Marinette.
Ya en el restaurante, donde se ubicaba el buffet para el desayuno, sus compañeros les recibieron en medio de vítores que arrancaron más de una mirada furibunda de los demás huéspedes del hotel. Rose se lanzó a abrazar a Marinette y Kim e Iván le dedicaron sendas palmadas en la espalda a Adrien. Todos habían esperado durante años a que aquellos dos empezaran a salir juntos y, finalmente, ¡su deseo se había convertido en realidad!
De esa forma, Marinette desayunó con todos los ojos puestos en ella, incluidos los de Adrien, que la vigilaba para saber cuándo debía parar los comentarios de sus compañeros. Y aunque no detectó ninguna señal de incomodidad que rayara en lo excesivo, sabía que Marinette estaba muriéndose de la vergüenza por dentro. Por eso, cuando llegó el momento de marcharse, le echó un brazo por encima y la escondió de los vítores de los demás.
―Gracias por sacarme de ahí―murmuró Marinette, estresada.
―Lo siento―respondió Adrien, preocupado―, no creí que lo nuestro causara… bueno, en fin, todo este revuelo.
Muy a su pesar, Marinette sonrió.
―Parece que hemos sido la comidilla de nuestra clase durante bastante tiempo.
Adrien le devolvió la sonrisa y le dio un beso en la frente mientras se metían en el ascensor.
―Sí, qué locura.
―Aunque, creo que no me extraña―repuso Marinette, pensativa, sin apartarse ni un milímetro de Adrien―. ¿Recuerdas aquel día de picnic en el parque? El día de los héroes.
―Sí, hubo tantos akumatizados que no podíamos ni contarlos―dijo Adrien, sombrío.
―Sí, pero no me refería a eso. ¿Te acuerdas que tu chófer tenía que llevarte de vuelta a casa porque tenías una sesión o algo así?
―Era un evento benéfico―recordó Adrien.
―Ese día…―Marinette bajó la mirada al suelo justo en el instante en que el ascensor llegaba a su planta― Ese día me atreví a darte un beso de agradecimiento. Tendrías que haberles escuchado gritar y correr como pollos sin cabeza.
Adrien la miró, sorprendido.
―¿En serio?
Marinette asintió con la cabeza y empujó a Adrien para que saliera del ascensor con ella.
―Fue muy bochornoso. No por ti―se apresuró a añadir, atreviéndose a mirarle de nuevo a los ojos―, sino por toda la situación. Las chicas sabían desde hacía tiempo que tú..., en fin… que yo… te quería. Entiendo su entusiasmo, pero no esperaba el de los chicos.
Adrien y Marinette llegaron ante la puerta de la suite de ella y pasaron la tarjeta por la cerradura para entrar. Adrien no dijo nada hasta que ambos estuvieron dentro y hubieron cerrado la puerta. Solo entonces, él hizo girar a Marinette y buscó su boca con ansia.
Marinette ahogó un grito de sorpresa, pero reaccionó pronto y le devolvió el beso. No obstante, se asombró aún más al notar el hambre de Adrien, la manera en que se hacía con sus labios y la besaba como si fuese el último reducto de aire del mundo. Marinette se aferró al cuello de su camiseta, al tiempo que Adrien la sujetaba por la cintura y tiraba de ella hacia arriba. Como si se hubiesen leído el pensamiento, Marinette dio un pequeño salto, Adrien la atrapó en el aire y ella enredó las piernas alrededor de su cintura.
En cuanto la tuvo bien sujeta por los muslos, Adrien dio una vuelta sobre sí mismo con Marinette en brazos y la atrapó contra la pared. Marinette jadeó y se dejó llevar por la intensidad con la que Adrien la manejaba. Era como si él ya supiera cómo se movía ella y cuánta fuerza tenía que usar para cogerla en brazos.
Sin esperar un solo minuto más, Adrien dejó los labios de Marinette para pasear la boca por su garganta y la línea de su clavícula, dibujando un camino de besos húmedos que llegaron hasta el escote de la camiseta que Marinette se había puesto para bajar a desayunar. Inconscientemente, Adrien pegaba sus caderas a la entrepierna de Marinette, que quedaba justo a su altura. Ella al notar la dureza del cuerpo de Adrien, solo podía echar la cabeza hacia atrás y suspirar con cada oleada de placer.
Pero ella necesitaba más. Quería tocarle y sentirle más cerca.
A tientas, Marinette tiró de la camiseta de Adrien y él alejó sus labios un segundo de la piel de Marinette para que ella se deshiciera de la prenda. El torso bronceado y marcado de Adrien quedó a la vista y Marinette no perdió el tiempo. Él era suyo, por fin estaba con ella y no pensaba desaprovechar la ocasión de aprenderse cada uno de sus ángulos. Mientras Adrien le levantaba la ropa y se la sacaba por la cabeza, Marinette se dedicaba a seguir las curvas de su piel, la forma de sus pectorales, el vientre marcado pero no en exceso, los brazos fuertes y firmes que no parecían cansarse de sujetarla contra la pared.
Adrien era hermoso por fuera y por dentro. Marinette no podía creerse la suerte que tenía.
Él tampoco se quedó quieto. En cuanto tuvo a Marinette con el torso cubierto únicamente por la parte superior del biquini, dejó salir las ganas que tenía de probarla y empezó a besarla por la cumbre de sus pechos, tan suaves que Adrien creyó que se iba a desmayar. La combinación de las caricias de Marinette por sus hombros, su cuello y su espalda y el sabor de su piel fue una combinación explosiva. Adrien no pudo contener un gemido cuando ella, perdida en el mar de sensaciones de sus besos, echó el cuerpo hacia adelante y se ofreció a él.
Adrien la miró, nublado por el deseo.
―Eres tan bonita…―murmuró con voz ronca, olvidando su propósito de no acostarse con Marinette en un hotel― Tan suave…
Marinette suspiró y cerró los ojos para no ver el fuego en los irises verde de Adrien cuando bajó la mirada y clavó los dientes en la fina tela del biquini. Con cuidado, apartó uno de los triángulos de la parte superior del biquini, dejando expuesto la piel inmaculada y rosada de Marinette. Ella jadeó al sentir su aliento cálido chocando contra ella y se aferró al pelo de su nuca cuando Adrien, tras contar hasta diez mentalmente, rodeó el pequeño pezón con la lengua y luego lo acogió entre sus labios.
―A… Adrien…
Su nombre pronunciado de aquella manera le dio alas al joven rubio. Se entretuvo adorando el pecho izquierdo de Marinette, besándolo, chupándolo como si fuera un caramelo y no quisiera que se acabase. Envió, una tras otra, descargas de placer hasta el punto central de Marinette. Ella absorbida por el momento, movió las caderas y buscó la erección de Adrien por encima de la ropa. La encontró y se contoneó como pudo mientras él la mordía.
Estaban enloqueciendo, estaban llegando al punto de no retorno y…
―Chicos―dijo entonces alguien al otro lado de la puerta, tras llamar con los nudillos suavemente; Marinette y Adrien pararon de inmediato y se miraron a los ojos, nerviosos―, Nino y yo nos vamos a la piscina. ¿Os venís?
Marinette no podía responder. Adrien respiraba con demasiado trabajo como para hablar, pero aun así hizo un esfuerzo hercúleo por no mandar a Alya a tomar viento y sonar como si no hubiesen estado haciendo nada.
―Sí, enseguida bajamos. Marinette se está cambiando.
La risa de Alya resonó en el pasillo.
―Vale. No tardéis o volveré a por vosotros.
La "amenaza de Alya" quedó flotando entre ellos mientras escuchaban sus pasos alejarse por el pasillo hasta el ascensor. Solo cuando pasaron un par de minutos y ella no volvió, ambos pudieron respirar, aliviados. Sin embargo, aún se podía oler en el ambiente el deseo que había estado a punto de llevárselos de la mano a los dos.
Marinette tragó saliva con fuerza, abrumada y Adrien, con cuidado, la posó de nuevo en el suelo y le puso bien el biquini. Lo hizo con tanto mimo y dulzura, que Marinette pensó que se iba a morir con solo mirarle.
―Tenemos que bajar―dijo Adrien, aún alterado.
―Sí―asintió Marinette, agachando la mirada y topándose, por casualidad, con la notable erección de Adrien bajo el bañador; se sonrojó de inmediato, recordando lo que había estado haciendo minutos antes―. Será mejor que…
―Marinette―la llamó Adrien, que trataba de no ahogarse de nuevo en el hambre que sentía por ella; le miró de nuevo―. Te quiero, no lo olvides.
Ella sonrió.
―No lo hago.
―Bien, porque lo que estaba haciéndote era porque te quiero y…―la miró de arriba abajo rápidamente― Creo que no hace falta que lo diga en voz alta.
Marinette soltó una risita. Consciente de que ambos estaban prácticamente desnudos de cintura hacia arriba, y sabiendo que el pulso se le iba a disparar cuando lo hiciera, se acercó de nuevo a él y le abrazó, posando la cabeza sobre su pecho. Enseguida, escuchó el corazón de Adrien acelerarse.
―No te preocupes―murmuró ella, derritiendo a Adrien con cada gesto y cada palabra―, no te estás traicionando a ti mismo si me besas o si me abrazas. Y si ocurre, es porque yo también te quiero. Así que―Marinette alzó la cabeza y depositó un pequeño beso en su mandíbula―, no pienses tanto, ¿de acuerdo?
―Y lo dice precisamente la que se come demasiado la cabeza―bromeó Adrien, adorándola en silencio―. ¿Está todo bien?
―Perfectamente, Agreste―rio Marinette, poniéndose de puntillas y dándole un corto beso en los labios―. Y ahora, vamos a la piscina o el tsunami Alya regresará a por nosotros.
Adrien rio con ella y asintió.
Unos minutos después, ambos salían de nuevo a la habitación para bajar a la piscina del hotel. Pero debían admitir, aunque solo fuera para ellos mismos, que Alya había interrumpido un momento demasiado interesante. ¿Quién sabía si se repetiría aquella misma noche?
