Tras los recientes acontecimientos, Alya y Marinette acordaron trasladar las cosas de la primera a la habitación de Nino, mientras que Adrien hizo lo propio con la suite de Marinette. La distribución había sido nefasta desde el principio y era absurdo seguir pasando cosas de una habitación a otra cuando podían trasladar todo el equipaje de una sola vez. Marinette no pensó en que aquello fuera ir demasiado rápido, porque sabía que solo les quedaba esa noche para poder disfrutar de tener a Adrien para ella sola. La noche anterior, tras los juegos en la piscina, ambos habían estado demasiado agotados como para poder intentar nada, pero algo le decía que esa última noche en el hotel iba a ser la que marcara un antes y un después en su relación.

Además, si no ocurría esa noche, no tenía ni idea de cuándo podrían volver a estar juntos a solas.

Marinette no dejaba de darle vueltas al asunto mientras dejaba el agua de la ducha le despejara las ideas. Saber que Adrien estaba a menos de cinco metros de distancia, al otro lado de la puerta, vistiéndose, solo conseguía ponerla aún más histérica. Con el corazón latiéndole a mil por hora, salió de la ducha y se envolvió en una suave toalla del hotel. El pelo le caía a ambos lados de la cara, empapado, mientras se secaba el cuerpo. En el momento en que terminaba de quitarse las gotitas de agua, Adrien llamó a la puerta del baño.

―¿Va todo bien ahí dentro o tengo que llamar a un fontanero?

Marinette soltó una carcajada. Adrien era un bromista incurable cuando se lo proponía, algo que ella estaba descubriendo en los momentos que estaban a solas y con las bocas despegadas.

―No seas pesado, acabo de salir de la ducha―respondió, sonriendo.

Volvió a cubrirse el cuerpo con la toalla y asomó la cabeza por la puerta. Adrien la esperaba con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones oscuros y con los primeros botones de su camisa celeste abiertos. Marinette creyó que se moriría allí mismo. Además, un dulce olor a perfume masculino le invadió las fosas nasales y desconectó los cables que unían la lengua con el cerebro.

Adrien la vio y ladeó la cabeza, divertido.

―¿Qué haces, por qué no sales?

―Estoy en toalla―protestó Marinette, con las mejillas rojas―. Y tengo que arreglarme.

Acto seguido, sin dejar que Adrien hiciera algún otro comentario al respecto, cerró la puerta y se apoyó en ella durante unos segundos, los necesarios para recuperar el ritmo normal de su respiración. Una vez se hubo repuesto de la impresión, Marinette se plantó frente al espejo e hizo gala de todo lo que Alya le había enseñado el año anterior sobre maquillaje. Si a su trabajo con las sombras de ojos y el carmín le añadía el hecho de que había sido lista y había escogido el vestido de palabra de honor negro con un lazo rojo en la cintura…

Marinette le sonrió a su reflejo. Adrien no podría resistirse a ella.

Y su teoría se confirmó cuando, pasada una larga media hora, Marinette abrió de nuevo la puerta del baño para salir completamente vestida y arreglada. Había aprovechado el nuevo largo de su pelo para rizarlo con las tenacillas de Alya y parecía un ángel oscuro, mientras que Adrien era como un reflejo del mismísimo paraíso.

Al joven Agreste se le atragantaron las palabras al verla de aquella manera. Su aspecto le confería más años, le daba un aire de mujer adulta que hacía que a Adrien le temblasen las manos. Se acercó a ella con paso lento, recreándose en la falda del vestido, que le rozaba los muslos de la misma manera que él quería hacerlo. Los tacones estilizaban sus piernas y el escote corazón enmarcaba el resto de su figura. Cuando los ojos de Adrien por fin llegaron al rostro de Marinette, ella ya se había sobrepuesto a su examen y pretendía ser alguien extremadamente seguro de sí mismo.

―¿Va todo bien o tengo que llamar a un médico? ―bromeó Marinette, parafraseándole.

Adrien rio la gracia y le dedicó una sonrisa que hizo que los cimientos del papel que Marinette había adquirido se deshicieran como el humo.

―Muy graciosa―dio un paso más hacia ella y le tomó el rostro con una sola mano para hacer que le mirase a los ojos―. ¿Crees que me denunciarían si te encierro aquí esta noche?

―Creo que tendrías que esconderte de la ira de Alya.

―Tienes razón―asintió Adrien, que se inclinó sobre Marinette y rozó le rozó la nariz con la suya―. Espero que no lo estés haciendo a propósito, princesa.

Marinette parpadeó, "inocente".

―¿El qué?

Adrien inspiró con fuerza y se mordió el labio inferior.

―Ya sabes el qué―repuso, volviendo a hacerle un repaso rápido―. Me lo pones muy difícil.

―¿Qué cosa?

―Ser un caballero contigo.

Marinette apenas pudo contener la sonrisa.

―¿Y si no quiero que seas un caballero conmigo? ¿Y si lo que quiero es que solo seas Adrien?

Él no supo qué responder. Marinette tenía el don de dejarle sin palabras, pero eso solía ocurrir más a menudo cuando llevaba puesto el traje de Chat Noir y no un conjunto de Emidio Tucci que se había comprado a escondidas de su padre.

Tras un rato en silencio, Adrien se decidió a darle un beso rápido a Marinette y a cogerla de la mano para entrelazar sus dedos con los de ella.

―Vámonos, anda.

Marinette, satisfecha con el resultado de su conversación, le siguió fuera de la suite. Una vez en el pasillo, se encontraron con Alya Y Nino y bajaron al vestíbulo, donde ya había algunos de sus compañeros esperándoles para salir a cenar todos juntos por última vez. Fuera del hotel, había un par de largas limusinas negras que les estaban esperando para llevarles a un lujoso restaurante ubicado en la misma playa.

―Chloe está tirando la casa por la ventana―comentó Alya cuando se unieron a Rose, Juleka, Mylène e Iván.

―Sí, es muy amable―contestó Rose, tan sencilla y pura como siempre.

Marinette y Alya intercambiaron una mirada llena de significado. Rose había dicho eso mismo el día que Chloe invitó a todo el instituto a una fiesta, y todo porque Adrien la había amenazado con dejar de ser su amigo si no empezaba a comportarse mejor con los demás. Aquel día, Marinette había bailado por primera vez con Adrien. Al recordar aquellos momentos, Marinette suspiró e, inconscientemente, apretó la mano de Adrien.

―¿Estás bien? ―le dijo él al oído, sorprendido.

―Sí―respondió Marinette, girando el rostro para mirarle―. Todo va bien.

Adrien asintió y le dio un beso en la frente.

―Dejaos ya de mimos, tortolitos―intervino entonces la voz chillona de Chloe, que llegaba acompañaba del resto de la tropa―. Veamos, la mitad de nosotros irá en una limusina y el resto, en la otra. Repartíos como queráis, pero yo voy a ir en la primera.

Marinette rodó los ojos y Adrien soltó una risita por lo bajo al ver el gesto.

―¿Vamos en la segunda? ―le propuso a Alya y Nino.

―Claro―aceptó Alya de inmediato―. Me niego a que Chloe se beba todo el champán.

Marinette se encogió de hombros cuando Adrien volvió a su atención a ella, divertido.

―Te dije que a Alya se le va de las manos a veces. Hoy, será una de esas noches.

Todos soltaron una carcajada y caminaron hacia las limusinas. Unos minutos después, la música resonaba por los altavoces y el champán corría de copa en copa. Incluso Marinette se animó a tomar algo, aunque la piel le ardía cada vez que Adrien le pasaba el brazo por los hombros o la atraía hacia él para abrazarla.

La fiesta acababa de comenzar; quién sabía cómo terminaría.

… … … …

A unos 15km de Rouen, a una hora y poco de la playa, se encontraba la discoteca Moulin Rose, uno de los lugares más lujosos de la costa norte de Francia. A unos pocos metros de la Capilla de Saint Adrien, contaba con varios metros cuadrados de pista de baile, otros tantos de restaurante y un gran recinto que daba a la orilla del Sena. El Moulin Rose combinaba riqueza y estilo y atraía a cantidad de público joven. Más de un famoso se había dejado caer por allí y Chloe Bourgeois no iba a ser la excepción.

Cuando las dos limusinas llegaron frente a la puerta de la discoteca, la gente se apartó, mirando con envidia a todos los que salían de los vehículos. Adrien agarró a Marinette de la cintura en cuanto ambos estuvieron fuera y la pegó a su cuerpo. Adrien conocía bien ese ambiente, sabía la cantidad de información que se movía allí y quería dejar claro a cualquier paparazzi o periodista que estaba enamorado y que adoraba a la chica que tenía al lado. Aun así, eso solo ocurriría si él se despistaba y pensaba estar atento todo el tiempo para evitarle el bochorno a Marinette.

Ella, por su parte, no se daba cuenta de la información que procesaba Adrien por minuto. Achacaba su posesión a la cantidad de chicos de su edad o algo mayores que había allí, como si alguno de ellos pudiera interesarle lo más mínimo. Marinette se dijo que tendría que sacarle de la cabeza esa idea de alguna manera. Y, ¿por qué no empezar por esa noche?

Junto a los demás, Marinette y Adrien se encaminaron hacia una zona reservada para ellos, con tres largos sofás blancos y varias botellas de primera marcas de alcohol sobre dos mesas bajas. Los chicos se ocuparon de ir repartiendo copas con alcohol mientras que las chicas estudiaban el espacio que tenían para bailar y la ubicación de los aseos.

―Qué pasada―murmuró Juleka junto a Marinette, que había elegido una de las esquinas de un sofá para sentarse.

―Las compensaciones de Chloe no está nada mal, ¿eh? ―comentó Kim, guiñándoles un ojo.

―Podría acostumbrarme fácilmente a esto―asintió Alya, que se sentó junto a Marinette con su primera copa en la mano.

―Ya te digo―confirmó Nathaniel, quien siempre parecía fuera de lugar en aquel ambiente.

Adrien apareció entonces con dos vasos y le tendió uno a Marinette, que lo miró con una mezcla de diversión y suspicacia.

―¿Qué le has echado? ―preguntó ella, haciéndose oír por encima de la música.

―Pruébalo―dijo simplemente Adrien.

Marinette puso los ojos en blanco; Adrien y su secretismo. Aun así, hizo caso y le dio un sorbo a la extraña bebida roja. En cuanto la saboreó, Marinette abrió mucho los ojos y se relamió los labios.

―¡Está buenísimo! ―exclamó― Sabe como las piruletas o los caramelos de fresa.

Adrien le guiñó un ojo se llevó su ron con Coca-cola a la boca. Marinette bebió otro poco y soltó el vaso con cuidado, sin dejar de relamerse.

Alrededor del reservado, la gente bailaba, reía, bebía y se hacían fotos sin parar. La voz de Eleni Foureira y su Fuego resonaban por los altavoces. Las luces, la mayoría de distintos tonos de rosa, iluminaban los cuerpos sudorosos y creaban dibujos extraños en las aguas del Sena. El ambiente era fresco y húmedo y le puso la piel de gallina a Marinette. No sabía si era la combinación de felicidad con paz interior y el hecho de que estaba rodeada de las personas a las que quería, o si es que la bebida de piruleta se le había subido ya a la cabeza, pero sentía como si flotara.

Adrien apoyó la mano en el respaldo y se puso de rodillas a su lado, con la copa en la otra mano.

―¿Pasa algo? ―preguntó, preocupado al verla tan callada y alejada del mundo.

Marinette sonrió y negó con la cabeza.

―No, es que… Bueno, puede sonar raro, pero me siento completa.

Adrien le devolvió la sonrisa. Se puso en pie, se terminó su copa de un trago y le tendió la mano a Marinette. Había estado vigilando a los que estaban cerca y no parecía haber nadie que le hubiese reconocido, así que debía aprovechar la oportunidad. Marinette observó la mano, confusa y alzó los ojos hacia su dueño.

―¿Bailas conmigo?

El estómago de Marinette pareció estallar con las mariposas de su interior. Automáticamente, aceptó la mano de Adrien y él la ayudó a ponerse en pie. En ese momento, la canción cambió y Diamond Heart, de Alan Walker y Sophia Somajo, resonó de tal manera que sus corazones se acompasaron sin que ellos lo notaran. Adrien la llevó con cuidado hasta el centro de la pista de baile, algo más despejada que los extremos e hizo a Marinette dar una vuelta para comenzar el baile.

El efecto fue inmediato. Una radiante sonrisa se plantó en el rostro de Marinette cuando él la recogió y empezó a moverse con ella como si aquella canción hubiese sido creada para ellos. Adrien la sujetó por la cintura con las dos manos y Marinette subió las suyas por su pecho hasta sujetarle por el cuello. Se mantuvieron así unos segundos hasta que Adrien subió de las manos para atrapar otra de Marinette y separarla de él, de manera que ella diese una vuelta sobre sí misma y él caminase a su alrededor, admirándola.

Marinette contenía la respiración, el aire apenas salía de sus pulmones cuando ya estaba de regreso. Adrien parecía hecho para impresionar. Tenía un magnetismo absorbente y Marinette lo sabía. Sabía que había muchas chicas que estarían mirándole en ese instante, comiéndoselo con los ojos, pero era ella la que bailaba con él, a la que él miraba como si fuera la única luz en el cielo.

Y Adrien no tenía ojos más que para ella. Durante los casi cuatro minutos que duraba la canción, no apartó la mirada de su rostro, de su sonrisa y sus ojos, de su cuerpo moviéndose al son del suyo, como si conociera cada uno de sus movimientos y se anticipase a ellos. Adoraba tener esa conexión con ella y se rindió a ella cuando la canción terminó, tirando de su mano suavemente hasta que sus labios se encontraron en un dulce beso que los dejó a ambos sin aliento.

Se escuchó una gran ovación y ellos se separaron, sorprendidos. La mitad del Moulin Rose se había quedado mirándoles y, en esos momentos, les aplaudía con entusiasmo. Marinette enrojeció y Adrien la acogió entre sus brazos con una sonrisa.

―Qué vergüenza―murmuró Marinette mientras regresaba con Adrien al reservado en medio de vítores y alabanzas.

―Diría que lo siento, pero no sería verdad―replicó Adrien, deteniéndose antes de entrar en el reservado y poniéndose frente a ella―. Me ha encantado saber que todo el mundo te miraba.

―¿Por qué? ―lloriqueó Marinette― Sabes que odio ser el centro de atención…

―Porque―Adrien la cogió de la barbilla con ternura y le subió el rostro― hoy todos han podido ver cómo una estrella bailaba entre ellos.

―Adrieeeen…

Él se echó a reír por lo bajo y la besó.

―¿Y si te digo que lo que quiero es irme ya contigo de aquí?―murmuró sobre sus labios, abriendo los ojos para poder ver su expresión.

Marinette abrió los ojos y le devolvió la mirada.

―¿Podemos quedarnos un poquito más? No sabemos cuándo podremos volver a estar con todos ellos―señaló a sus compañeros, que ya iban por la segunda o tercera copa.

Adrien asintió, conforme.

―Vale, pero dentro de un rato pienso raptarte.

Marinette soltó una carcajada.

―Está bien.

… … … …

Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que fue la propia Marinette quien dijo que quería marcharse. Fue un flash lo que captó su atención, a pesar de estar rodeada de sus amigos. La luz era demasiado cegadora como para que formase parte de la iluminación del Moulin Rose.

Medio atolondrada por el fogonazo, miró en todas direcciones y buscó su origen. Cuando un segundo flash la dejó ciega por unos segundos, supo exactamente lo que estaba ocurriendo. Viendo puntitos, se abrió paso por entre sus amigos y buscó a Adrien, que se había apartado un poco con Nino para poder charlar mientras apuraba un segundo ron con Coca-cola.

―Adrien―le llamó, nerviosa y sin saber bien dónde estaba la persona de la cámara.

Adrien se volvió hacia ella sonriendo, pero al ver su expresión, borró la sonrisa y le puso su vaso en la mano a Nino. Cogió a Marinette con ambas manos y se agachó para quedar a su altura.

―¿Qué ha pasado?

―Creo…―Marinette giró de nuevo el rostro hacia la discoteca― Creo que nos han descubierto. Alguien te ha reconocido, Adrien. Nos estaban haciendo fotos.

El corazón de Adrien se paralizó. Tragó saliva con fuerza y, manteniendo la compostura, juntó el cuerpo de Marinette al suyo y regresó con ella hacia la zona más poblada del reservado. Ella se limitó a seguirle y a observarle, en silencio. Adrien había fruncido el ceño y en sus ojos se leía la determinación.

―Chloe―dijo entonces, devolviéndola a la realidad.

La aludida se giró hacia ellos y se quedó mirándoles.

―¿Ya regresáis a vuestro nidito de amor?

―Sí―replicó Adrien, serio―. Alguien ha dado el chivatazo de que estamos aquí. Le han hecho fotos a Marinette y no sé si también a ti o a los demás. Tengo que sacarla de aquí―Adrien afianzó el agarre en torno a la cintura de Marinette―. ¿Puedes llamar a una de las limusinas? Le diré al chófer que venga a por vosotros en cuanto nos deje en el hotel.

Chloe lanzó un largo suspiro.

―Sí, claro, Adrikins―a Marinette le rechinaron los dientes al escuchar ese odioso apelativo. Chloe fue a por su bolso y sacó su iPhone de última generación de él, buscó el número del servicio de limusina y se llevó el teléfono al oído―.

»¿Hola? Buenas noches―Marinette alzó las cejas; ¿Chloe sabía ser educada? ―, quiero inmediatamente una de las dos limusinas que alquilé en la puerta del Moulin Rose. Soy Chloe Bourgeois y tengo prisa. Si no está aquí en diez minutos, pienso empapelar su empresa, ¿entendido? Pues ala, a trabajar, que para algo os pago.

Y sin más, colgó. Marinette negó con la cabeza. No, Chloe no sabía ser educada, pero tenía que reconocer que su manera de exigir las cosas era realmente útil en aquellos instantes, cuando un tercer flash la dejaba momentáneamente aturdida.

―Dios, odio esos flashes―murmuró cuando Adrien se inclinó sobre ella.

―Son solo fotos, acostúmbrate―comentó Chloe, bebiendo un poco de su vaso.

―Chloe, para―intervino Adrien―. Sabes lo que significa que una manada de parapazzis te persiga. Marinette, no.

―Si quiere salir contigo, tendrás que acostumbrarse a tu vida, Adrikins―Chloe le lanzó una mirada a Marinette y ella descubrió, para su sorpresa, que había comprensión en sus ojos azul cielo―. Tú eres famoso, como yo y las personas que estén con nosotros deberán acarrear con las consecuencias si nos quieren.

―Chloe…―repitió Adrien, apretando los dientes.

Marinette estaba segura de que, si se hubiese tratado de otra persona, Adrien ya le habría dado la espalda. Viendo que aquello podía ponerse feo entre ambos, Marinette se metió en medio de los dos.

―Tranquilo, Adrien―le puso las manos en el pecho para atraer su atención y lo consiguió―. Estaré bien, solo necesito irme a un lugar en el que no estén constantemente dejándome ciega.

Muy a su pesar, Adrien esbozó una pequeña sonrisa.

―Te sacaré de aquí, te lo prometo.

―Lo sé―asintió Marinette―, confío en ti.

Aquellas palabras fueron suficientes para que Adrien realmente se calmara. Era todo cuanto quería de Marinette, que se fiase de él y le confiase su protección. Por eso, diez minutos después, la cubrió con su brazo y ocultó su rostro en su pecho mientras se la llevaba de la discoteca, donde los demás podían seguir divirtiéndose mientras ellos debían ocultarse. Tal vez los paparazzi se contentaran unos minutos con fotos de Chloe Bourgeois de fiesta, pero en cuanto se percataran de la ausencia del joven Agreste y su nueva novia, harían lo posible por encontrarles. Y el único lugar seguro aquella noche era el hotel.

O eso pensaban ellos.