El recorrido de regreso al hotel se le hizo eterno a Marinette, no tanto por lo que había ocurrido en la discoteca, como por el silencio en el que se había sumido Adrien. Estaba inusualmente callado, aunque no le quitaba el brazo de encima. Sus ojos verdes, oscurecidos en esos instantes, observaban la carretera por una de las muchas ventanas que tenía la limusina, ahora demasiado grande para solo dos personas.
Marinette no sabía en qué estaba pensando Adrien. Le había visto muy seguro de sí mismo al pedirle a Chloe que llamara al chófer de la limusina y más aún cuando la había sacado con paso decidido del Moulin Rose. Todos sus planes para esa noche se habían ido a pique cuando el primer flash la había cegado. Tener a Adrien cerca pero, a la vez, tan lejos no la ayudaba en absoluto a calmarse.
―Adrien―dijo finalmente Marinette tras media hora de silencio absoluto.
El aludido dio un brinco en su asiento y giro el rostro hacia Marinette, que le observaba, preocupada.
―Dime―su voz sonó ronca tras estar tanto tiempo callado.
―¿Qué te pasa? ―preguntó Marinette sin andarse por las ramas― No has dicho ni una palabra desde que nos montamos en la limusina y salimos de la discoteca. ¿En qué estás pensando?
Adrien sonrió levemente y le acarició el rostro con una mano.
―En nada, estoy bien.
―No me mientas―espetó Marinette, movida por la impotencia; Adrien parpadeó, sorprendido ante el arrebato―. La otra noche me dijiste que querías que confiara en ti y lo hago. ¿Por qué no haces tú lo mismo conmigo? ¿Por qué no me cuentas lo que se está pasando por la cabeza ahora mismo?
Adrien abrió la boca para responder, pero no le salieron las palabras. Marinette acababa de dejarle mudo por enésima vez aquella noche. Sacudió la cabeza, anonadado.
―¿Cómo sabes…?
―Me llevé años observándote en silencio, Adrien, conozco cada una de tus caras―admitió Marinette, que encerró en un cajón su vergüenza y se enfrentó a la realidad de la situación―. Suéltalo ya.
Adrien volvió a menear la cabeza. Marinette era demasiado inteligente como para no percatarse de que algo rondaba por su cabeza. Pensó en mentirle, con la intención de no preocuparla más, pero dudaba que ella lo dejase correr. Además, si "confesaba" de inmediato, se daría cuenta de que seguía ocultándole cosas y acabaría por enfadarse de verdad. Marinette tenía razón: debía empezar a aprender a confiar en ella.
―Vale…―aceptó, llevándose una mano a la cabeza, despeinándose― ¿Recuerdas lo que te dije la noche que te besé? Que no quería que fueras la diana de los paparazzi―Marinette asintió―. Bien, pues acabo de romper la promesa de protegerte. Te dije que te alejaría de ellos, pero hemos llamado demasiado la atención y alguien les ha chivado que estábamos allí.
―¿No puedes descubrir quién ha sido?
―Podría, pero tardaría demasiado y ya tienen fotos tuyas. Seguramente ya estarán camino de la imprenta de una revista o de la redacción de un programa de televisión.
Marinette se mordió el labio inferior. Una de las cosas que nunca había tenido en cuenta al enamorarse de Adrien Agreste era lo que suponía que él correspondiera su amor. Salir con un personaje famoso implicaba lo que había dicho Chloe: fotos, vídeos, exclusivas… Un sinfín de situaciones que analizaban cada uno de sus movimientos y que buscaban sacarle defectos. Aquellas personas se dedicaban a construir y destruir la vida de los famosos. Marinette comenzaba a entender el enfado de Adrien, pero seguía sin saber por qué no le hablaba.
―¿Por qué no me lo has dicho antes? ―murmuró con suavidad, inclinándose hacia él.
―No quería preocuparte―confesó Adrien, agachando la cabeza―. Quería que te lo pasaras bien, no que estuvieras pendiente de la gente a tu alrededor.
Marinette negó con la cabeza.
―Estamos juntos, ¿no? Pues trabajemos en equipo. No podrás hacer nada si yo no sé de qué intentas protegerme. Y de todas formas―le tomó por la barbilla como él solía hacer con ella y le obligó a devolverle la mirada; Marinette sonrió―, si ser el blanco de las cámaras es el precio a pagar por estar contigo, lo pagaré con gusto.
Adrien frunció el ceño. Su corazón dio un vuelco, pero no se dejó llevar por esa alegría momentánea.
―No te dejarán en paz, Marinette. Se meterán en tu vida y lo sacarán todo a la luz…
―Estoy segura de que tu padre no dejara que digan nada malo de su hijo.
―¡Estoy preocupado por ti, maldita sea! ―estalló Adrien― No quiero que te salpiquen sus mierdas y sus tonterías. No quiero que digan nada falso sobre ti. No quiero que…
―Adrien―le interrumpió Marinette, que cubrió la distancia que los separaba y le besó con infinita ternura―. Yo estaré bien. Los dos estaremos bien, ¿de acuerdo? Confía en mí.
Él la observó, sintiendo cómo se hacía un nudo en la garganta.
―Te hartarás de esa situación. Yo llevo toda la vida viviendo así, pero tú conoces lo que es tener privacidad. No podremos dar un paso sin que ellos lo sepan…
―Pues nos buscaremos la manera de que no se enteren―Marinette borró la sonrisa y unió su frente a la de él―. Lo único que puede separarme de ti eres tú, ¿lo entiendes? Solamente tú.
Adrien ya no supo qué responder a eso. Sus miedos no se irían de la noche a la mañana, pero saber que Marinette estaba decidida a continuar a su lado era un alivio tan grande que creyó que podría dormirse sobre ella en ese mismo instante. Notó los ojos húmedos y los cerró de inmediato. Antes de que Marinette pudiera reaccionar, Adrien alargó las manos, le quitó el cinturón de seguridad y la sentó sobre su regazo, acogiéndola entre sus brazos y hundiendo la cabeza en su pecho.
El pulso de Marinette se aceleró hasta tal punto que pensó que le daría una combustión. Como pudo, le devolvió el abrazo a Adrien y le dejó que descansara sobre ella, que se refugiara en ella tal como había soñado que lo hiciera alguna vez. Se mantuvieron así durante el resto de viaje; solo cuando el chófer les anunció a través de los altavoces que se acercaban al hotel, Adrien le dio un beso en el centro del escote a Marinette y la soltó para que pudiera ponerse bien el vestido.
―Señor―habló de nuevo el chófer, aunque con un tono de voz menos seguro que la última vez―, hay varias personas con cámaras y micrófonos apostadas en la entrada del hotel. ¿Continúo hacia allí o doy un rodeo?
Marinette y Adrien se miraron. La tranquilidad que ella había conseguido infundirle acababa de hacerse añicos otra vez.
―Sí, rodea el hotel. Entraremos por la puerta del restaurante.
El chófer obedeció. Marinette y Adrien esperaron en silencio, cogidos de la mano, pero cuando se acercaban al restaurante desde el exterior, el chófer anunció que también había varios medios de la prensa rosa que les esperaban. Adrien maldijo y le indicó dónde estaba la puerta trasera, por dónde entraba el persona a trabajar. Marinette se preguntó cómo podía saber todo aquello, pero luego cayó en la cuenta de que Chloe le habría puesto al corriente de todo lo que el lujoso hotel de su padre tenía. Además, solo había que ser lógico; el personal siempre tendría su propio acceso y salida de su lugar de trabajo.
La limusina rodeó el hotel por completo. Marinette, preocupada, miró hacia atrás por el cristal trasero de la limusina. Ahogó un grito.
―Adrien―le llamó, asustada―, nos siguen. Están por todas partes.
―¿Qué? ―Adrien se giró para mirar por donde lo hacía Marinette y comprobó que, efectivamente, varios paparazzi seguían la dirección de la limusina para cubrir todas las entradas y salidas que el hotel tuviese― No me lo puedo creer. ¡Esto es el colmo!
Marinette se mordió el labio inferior.
―¿Qué hacemos? El único sitio al que no pueden llegar es la azotea, pero nosotros también estamos aquí.
Por un momento, a Marinette se le pasó por la cabeza utilizar a Tikki, escondida en su bolsito, para convertirse en Ladybug y trepar hasta arriba. Sin embargo, no podía hacerlo sin desvelarle a Adrien su verdadera identidad. Marinette le observó, sin saber bien qué hacer. Su indecisión le estaba costando a Adrien la paciencia y la confianza en su relación. Cerró los ojos, sufriendo por aquella situación y por cómo debía de sentirse él.
―Llévenos a la playa―indicó Adrien, más sereno de lo que Marinette esperaba.
El chófer obedeció y se alejó por calles oscuras hasta llegar a una zona de la playa alejada del hotel. Adrien se apeó y ayudó a Marinette a bajar. En cuanto la limusina se hubo marchado, Marinette miró a Adrien.
―¿Por qué nos ha dejado aquí? ¿Qué has pensado?
Adrien apretó los dientes, con los ojos fijos en el horizonte, donde las luces del vestíbulo del hotel reflejaban las sombras de los paparazzi.
―¿Adrien…?
Él respiró hondo, cerrando los ojos un momento. Para cuando los abrió la determinación podía leerse en sus irises verdes. Bajó la vista hasta Marinette y le acarició la mejilla con la mano derecha.
―Ante todo, quiero que sepas que te quiero más que a nada, ¿entendido?
―Adrien, no entiendo. ¿A qué viene eso?
―Y quiero―prosiguió él, ignorando la confusión reflejada en los ojos azules de Marinette― que no dudes nunca de mis sentimientos hacia ti. Y que, si hice lo que hice, fue solo porque necesitaba estar a tu lado y quería conocerte y…
―Adrien, por Dios―le interrumpió Marinette, comenzando a asustarse―. ¿Por qué me dices todo esto?
Él no sonrió. Contó mentalmente hasta diez y, sin despegar los ojos de Marinette, dijo:
―Plagg, garras fuera.
Inmediatamente, un pequeño ser negro salió de uno de los bolsillos de Adrien y se fundió con el anillo de plata que llevaba en el dedo anular de la mano derecha. Marinette siguió la dirección del kwami sin poder creer lo que veía, y menos incluso cuando una cegadora luz verde ocultó a Adrien de su vista. Marinette tuvo que cerrar los ojos y, cuando los abrió, lo que tocaba su rostro no era la piel suave de Adrien, sino la mano enguantada en cuero negro de Chat Noir.
Los ojos de Marinette se abrieron por completo y la boca se le desencajó al tener ante sí al chico con el que había empezado a deshacerse de la imagen de Adrien hasta no hacía mucho. Aquel con un antifaz negro y unos increíblemente brillantes ojos de gato, el pelo rubio revuelto y el cuerpo fuerte enfundado en un traje que resaltaba sus músculos. Marinette adivinó uno de los extremos de su vara plateada sujeta a la espalda y se vio reflejada en el cascabel dorado que colgaba de la cremallera del traje.
―No puede ser…―musitó con un hilo de voz, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir― Tú…
―Te prometo que te lo explicaré todo, Marinette―dijo Adrien…, no, Chat Noir, sujetando a Marinette por los hombros para asegurarse que no caía de espaldas al suelo―, pero ahora tenemos que subir a la habitación sin que se den cuenta. No he encontrado otra salida. Por favor…
Ella sacudió la cabeza. Empezaba a notar cómo se le formaba un ataque de risa histérica en la base de la garganta, pero tragó con fuerza y se deshizo de ella. Sencillamente, asintió. Chat Noir imitó su gesto y se agachó para cogerla en brazos, como había hecho en varias ocasiones. Marinette se aferró a su cuello, sintiéndolo más familiar que nunca y pensando cómo no se había dado cuenta antes. Chat Noir la miró brevemente y desenfundó la vara, que se alargó en cuanto hubo pulsado en su centro.
―Bien. No tengas miedo, ¿vale? No es la primera vez que hacemos esto―trató de bromear, pero la sonrisa se quedó en un amago.
Marinette asintió de nuevo. No tenía miedo, nunca lo había tenido y sabía que él no la dejaría caer tan fácilmente. Además, no los perseguía ningún akuma, por lo que no había que actuar con demasiada rapidez.
―Subiremos a ese edificio―le señaló un bloque de apartamentos turísticos cercano― y de ahí saltaremos al hotel. Tendré que trepar, así que necesito que te sujetes fuerte, ¿de acuerdo?
―Sí―murmuró Marinette, con el corazón latiéndole tan fuerte que temió que se le fuera a salir del pecho―. Confío en ti.
Marinette nunca supo lo mucho que le ayudaron a Chat Noir aquellas palabras. Sin demorarse ni un minuto más, Chat Noir alargó aún más la vara y subieron con ella como si fuera un ascensor. La vara se inclinó hacia adelante cuando él quiso y aterrizaron sin problemas en la azotea del bloque de pisos. Una vez allí, Chat recolocó a Marinette en su espalda y utilizó su cinturón para sujetarla bien contra su cuerpo. Ella sonrió levemente. Adrien seguía bajo el traje del héroe oscuro de París.
―Bien, ¿preparada? ―murmuró Chat, girando el rostro cubierto hacia ella.
―Sí―susurró e inclinó un poco la cabeza para poder besarle la mejilla, justo por debajo del antifaz.
Él se quedó congelado en el sitio sin dejar de mirarla.
―Mari…
―Lleguemos primero al hotel, ¿vale? ―se aferró con fuerza a su pecho― Me estoy congelando.
Chat sonrió y sacudió la cabeza.
―No dejemos que la señorita se resfríe―entornó los ojos y preparó la vara para hacer el salto.
Respiró hondo por millonésima vez aquella noche y empezó a correr. Marinette notó las fuertes piernas de Chat Noir moverse a toda velocidad mientras cogía carrerilla y, luego, los músculos de su espalda tensándose y destensándose mientras se sujetaba a la vara con firmeza y atravesaban el vacío entre un edificio y otro. El cuerpo de Chat impactó como si fuese una pluma contra la fachada del hotel, que era varios metros más alto que el bloque de apartamentos. Sujetándose con una mano a un alféizar, disminuyó el tamaño de la vara y lo colocó bajo los brazos de Marinette.
―Sujétala―le pidió en voz baja y empezó a trepar como un verdadero gato por la pared.
El fresco de la noche se coló por debajo de la falda recogida de su vestido, pero no le importó. Dejando a un lado la confusión emocional, Marinette estaba disfrutando del paseo con Chat. Siempre le gustaba ir de un lado a otro con su yo-yo, luchando contra la gravedad, pero ir esa noche colgada del cuello de Chat tenía otro significado.
Finalmente, Chat llegó a la azotea del hotel, un bonito espacio donde el ex alcalde Bourgeois había mandado construir un jardín botánico. En esos instantes, el jardín se encontraba a oscuras, únicamente iluminado por algunas luces pequeñas que había en las esquinas de cada macetero o sección. En cuanto se alejaron un poco del borde de la azotea, Marinette despegó las piernas entumecidas de la cintura de Chat y se deslizó hasta el suelo. Sus manos dibujaron un sendero por su espalda sin poder evitarlo y el corazón le aleteó cuando Chat se giró hacia ella y la miró de nuevo a los ojos.
Él era Adrien. Había sido Adrien todas esas veces que se había colado en su terraza y se había metido en su habitación para hablar con ella. Había sido él quien la había visitado varias noches a la semana solo para conversar, para hacerla reír y regalarle momentos inolvidables. Si Marinette se paraba a pensarlo, Adrien llevaba tonteando con ella muchísimo tiempo, casi un año en realidad. Todos aquellos meses de desvelos, todas aquellas anécdotas, todos aquellos momentos de ponerse hasta arriba comiendo dulces por la noche y después no poder dormir… Adrien le había dado todo aquello vestido como Chat Noir. Adrien se había mostrado ante ella tal y como era, con su faceta de donjuán, bromista, cariñoso, amable…
Aunque no entendía por qué había escogido esa forma para acercarse a ella en lugar de hablarle directamente. En cierto modo, Adrien había utilizado su otra identidad para enamorarla y eso…, bueno, Marinette no tenía idea de cómo tomarse ese detalle.
―¿Estás bien? ―murmuró Chat, tomándola de las manos.
―Sigo teniendo frío―respondió ella sencillamente y lo hizo tan seria que Chat no pudo hacer ningún chiste al respecto.
―Bajemos a la suite, entonces―concluyó―. Plagg, garras dentro.
De nuevo, Marinette cerró los ojos para que el resplandor de la magia de Chat Noir no la cegara. Unos segundos después, cuando los abrió, Adrien volvía a estar frente a ella y sus ojos verdes suplicaban su perdón. Aun así, no dijo nada y la guio hasta la puerta que hacía las veces de entrada y salida a la azotea. Marinette y Adrien bajaron en silencio por las escaleras hasta llegar a un pequeño pasillo que les condujo al de la planta donde se encontraban sus suites.
Marinette sacó la tarjeta de su bolso y la pasó por el lector. La puerta se abrió y ambos entraron en la suite. Un extraño sentimiento de nostalgia invadió a Marinette. Cuando habían salido de allí horas antes, Adrien seguía siendo Adrien y su única preocupación consistía en cómo decirle que era Ladybug. Ahora, tras los recientes acontecimientos, había demasiadas cosas en las que pensar y sobre las que hablar, por lo que decidió comenzar por el principio.
Caminó hasta la cama, se quitó los zapatos y se sentó sobre el colchón con las piernas cruzadas y las manos entre ellas. Palmeó un lugar junto a ella con los ojos fijos en Adrien. Él desvió la mirada.
―¿Estás segura?
―Completamente.
Adrien se armó de valor e hizo lo que le pedía. Se deshizo del calzado y se acomodó frente a ella. Adrien trató de leer el rostro de Marinette pero, por primera vez desde que la conocía, no sabía lo que estaba pensando.
―Bien―dijo entonces ella―, tú dirás.
