―¿Recuerdas el día de la graduación?

La pregunta de Adrien resonó en la habitación como si la hubiese pronunciado con un micrófono, aunque realmente lo había dicho en voz baja. Marinette asintió con la cabeza, no se atrevía a decir nada y que Adrien se guardara cosas. Ya tenía bastante con los sentimientos contradictorios que le inspiraba en esos instantes, no necesitaba algo más para complicar el panorama. En cuanto hubiese resuelto ese problema, se ocuparía del suyo propio.

―Esa noche, hablé con Nino. Ya sabes, estaba un poco borracho y yo me ocupé de él mientras se le pasaba la tontería―Adrien trató de sonreír, pero no fue capaz; se llevó una mano a la nuca y se rascó, tratando de eliminar la tensión del cuello―. El caso es que me confesó que Alya estaba muy preocupada por ti, porque yo había sido un idiota todos esos años y no te había hecho caso. Estaba tan ciego que no me daba cuenta de que no es que fueras tímida conmigo, es que estabas… bueno… que me querías y que te ponías nerviosa.

»También me dijo que Alya le había contado tu intención de olvidarte de mí. Me considerarías un simple amigo y tratarías de verme el menor número de veces posible.

Suspiró y alzó la vista al techo.

―No soporté la idea de no verte. Solo con pensarlo, me entraba pánico de que realmente te olvidaras de mí―bajó la mirada y la fijó en Marinette, que se había quedado muda y su piel parecía mucho más blanca de lo habitual―. Fue ahí cuando me di cuenta de que no quería desaparecer de tu vida, de que me gustabas más de lo que había admitido para mí mismo. Siempre decía que eras solo una buena amiga, pero creo que en realidad ya me gustabas por aquel entonces.

Marinette abrió la boca para poder respirar.

―¿Por qué no me lo dijiste? ―murmuró ella, notando una presión en el pecho y en la boca del estómago que no la dejaba pensar con claridad― ¿Por qué no, sencillamente, me contaste lo que había pasado?

―No lo merecía, Marinette―repuso Adrien con suavidad, atreviéndose a ponerle una mano encima de la rodilla―. No merecía que me escuchases, que me perdonases.

―Pero tú no hiciste nada malo…

―¿Ah, no? ¿Rechazarte no lo era? ―Adrien sacudió la cabeza, bajando la mirada hasta el trozo de piel de Marinette que sus dedos cubrían― Quería acercarme a ti, pero creí que como Adrien me resultaría imposible. Cuando se te mete algo en la cabeza, es casi imposible quitártelo de ahí―rio levemente y Marinette sonrió―. Esa es una de las cosas que más me gustan de ti.

Adrien volvió a mirarla y Marinette pudo leer en sus ojos la determinación, mezclada con el miedo a que ella le echase de su lado. Ella no podía imaginarse una realidad sin Adrien, ¿cómo iba a rechazarle tan fácilmente? Y, aun así, una parte de ella se sentía engañada.

―Eres inteligente, valiente, amable, cariñosa, honesta, decidida…―continuó Adrien, echando el cuerpo hacia adelante sin darse cuenta, buscándola― Y gracias al traje de Chat Noir, he descubierto que también eres una gran diseñadora, una chica creativa, sincera y tan increíblemente preciosa que no me explico cómo estás escuchándome siquiera.

Marinette agachó la cabeza y escondió su rostro con el pelo, abrumada. Adrien la observó, sin saber bien cómo interpretar ese gesto. Estaba muerto de miedo, no quería perderla, no ahora que había conseguido que ella regresase a él. Agobiado, sintió cómo los ojos se le humedecían. Inspiró con fuerza y se secó las lágrimas que no llegaron a salir con la mano libre. ¿Qué más podía hacer? Había sido sincero, había jugado todas sus cartas y ahora le tocaba a ella responder.

¿Aceptaría su confesión? No lo sabía.

―Entiendo lo que me dices―murmuró entonces Marinette con voz ronca; alzó el rostro, seria, asustada―, pero no comprendo por qué usaste el traje.

―Ya te lo he dicho, quería acercarme a ti.

―No, no es eso―negó Marinette, tratando de respirar hondo―. Quiero decir... ¿Por qué te comportabas de forma diferente siendo Chat Noir? Estos días―continuó, sin dejar que Adrien respondiera―, he conocido a un Adrien diferente. Has mostrado una mezcla de personalidades: la del Adrien amable con todo el mundo, la del Adrien travieso, la del Adrien romántico, el Adrien juguetón… No sé cuál de ellas eres realmente.

Adrien parpadeó, acusando el golpe.

―Soy todos ellos―suspiró―. El problema de ser Adrien Agreste, el hijo del gran diseñador Gabriel Agreste, es que tienes que poner siempre buena cara. Pero contigo, puedo poner todas las caras que quiera. Me siento lo suficientemente cómodo para mostrarte cómo soy―los ojos de Adrien vagaron por el espacio que los separaba; no soportaba esa distancia, por lo que se arrastró por la cama y abrió las piernas para rodear el cuerpo de Marinette. Ella no se movió, solo se lo quedó mirando a los ojos.

»Si lo que te asusta es no saber si Chat Noir es una invención mía, tranquila. Soy él y soy Adrien. Somos una sola persona. La diferencia es que muy pocas podrían conocer mi lado…―ladeó la cabeza y sonrió― oscuro, si lo quieres llamar así―se enderezó y subió las dos manos para acoger el rostro de Marinette entre ellas―. Tú eres la única persona que me ha visto por completo, princesa, porque eres la única que quiero que me conozca de verdad.

Marinette sintió que se derrumbaba por dentro. De alguna forma, sin que él lo supiera, Adrien había cerrado una pequeña herida en su corazón. Marinette siempre había dudado de sí misma, de si Ladybug y ella eran personas diferentes. Tenía sentido que Adrien, con o sin antifaz, hubiese sido capaz de provocarle aquellos sentimientos que la arrollaban como un tren de mercancías y que hacían que se volviera loca con solo verle. Y lo que más sacaba en claro era que no tenía que sentirse culpable por utilizar a Chat Noir, porque había sido el propio Chat Noir quien se había usado a sí mismo para llegar a ella.

―Adrien―musitó Marinette, notando que la presión sobre sus hombros descendía.

Fue tal el alivio que sintió, que dejó caer la cabeza sobre su pecho y permitió que él la rodease con los brazos para apoyar la frente en su hombro. Marinette boqueó, ahogada por toda aquella información y por el hecho de que Adrien había buscado la manera de enamorarla, de mostrarle sus sentimientos, aunque hubiese estado a punto de perderla para siempre. Se lo había jugado todo por ella.

―Perdóname, por favor―murmuró Adrien contra su piel, sin ser capaz de aguantar ni un solo segundo más las lágrimas; haber descargado todo lo que llevaba guardando durante meses le había servido para abrir su propio corazón―. Perdóname, Marinette…

La voz se le entrecortó y, con ello, se encogió el corazón de la chica que abrazaba. Ahora era ella quien le sujetaba a él. Marinette se agarró a sus brazos y le acarició suavemente por ellos, bajando por el costado y volviendo a subir. Adrien comprendió que aquella era su forma de consolarle sin decir una palabra.

―Di algo―le suplicó, levantando el rostro y buscándola con los ojos verdes llenos de lágrimas.

Marinette se mordió el labio inferior y subió una mano para secarle las mejillas a Adrien.

―Te quiero.

El corazón de Adrien dejó de latir momentáneamente.

―¿Qué…?

Marinette sonrió en medio de un sollozo contenido.

―Que te quiero, gato tonto.

―Eso…―balbuceó Adrien, pellizcándose disimuladamente― Eso significa que… ¿me perdonas?

Marinette soltó una carcajada histérica. Subió las manos por su pecho hasta su nuca y le sujetó.

―Significa que quiero que me beses de una vez.

Adrien no necesitó que ella se lo repitiera. Aún sin poder creérselo, se abalanzó sobre su boca y ella fue a su encuentro. Sus labios se encontraron como si fuera la primera vez y, en cierto modo, era la primera vez que se besaban con tantísimo hambre. Aquel beso se parecía más al de dos días atrás, cuando Adrien la había sujetado contra la pared, que al que se daban constantemente, lleno de ternura.

Los dedos de Marinette volaron de su nuca a sus hombros y de ahí, de deslizó por su clavícula hasta que encontró los botones de su camisa. Adrien notó cada caricia como si la piel de Marinette ardiera al contacto con la suya. Él no se quedó atrás y dibujó un sendero de besos húmedos por su barbilla y su garganta, viajando por su cuello hasta llegar a un punto por debajo de la oreja. Adrien ya le había soplado ahí más de una vez y se había dado cuenta de cómo reaccionaba el cuerpo de Marinette cuando lo hacía.

En aquella ocasión no fue diferente.

Un estremecimiento recorrió la columna vertebral de Marinette, que se dejó abrazar por Adrien mientras ella continuaba peleándose con los botones de la camisa. En cuanto se deshizo del último, sus manos buscaron su cuerpo y encontraron sus abdominales tensos, su torso inclinado hacia ella, buscándola; los músculos tonificados de su espalda le dieron la bienvenida cuando ella le abrazó por debajo de la ropa. Todo él tembló al notar a Marinette descubriendo su cuerpo.

Por su parte, Adrien inspeccionaba la línea del escote en forma de corazón del vestido. Sus dedos, ansiosos, encontraron por fin la cremallera del vestido.

―¿Puedo quitártelo? ―murmuró con voz ronca al oído de Marinette.

Ella jadeó.

―Sí.

Adrien la besó de nuevo en el hueco de la garganta y sus dedos se encargaron de desabrochar la cremallera con toda la paciencia del mundo, tal lento que Marinette comenzó a impacientarse. Finalmente, el vestido se abrió y cayó por el cuerpo de Marinette hasta sus rodillas, que se habían doblado para acercarse al pecho desnudo de Adrien.

A regañadientes, Adrien la soltó y se quitó la camisa por los brazos, lanzándola hábilmente y sin mirar hacia el sofá del saloncito de la suite. En todo aquel proceso, Adrien no dejó de mirar a Marinette a los ojos. Sus irises verdes rezumaban fuego, hambre y deseo mientras la ayudaba a quitarse de encima la tela del vestido del vestido y esta se unía a su camisa. Adrien ya había visto bastantes veces esos días a Marinette en biquini, pero no podía compararse a tenerla en lencería.

Un sencillo conjunto de sujetador sin mangas y braguitas negras de encaje era lo único que cubría a Marinette en aquellos instantes. Adrien necesitó un momento para reponerse de la impresión. El cuerpo de Marinette, ahora inclinado hacia atrás y apoyado en sus manos, se presentaba ante él como una bandeja de porcelana delicadamente oscurecida por los rayos de sol que había recibido los días anteriores. Perdido en el profundo mar que eran los ojos de Marinette, se atrevió a ponerle un dedo en el estómago. Ella reaccionó de inmediato, la piel se le pus de gallina. Adrien ascendió lentamente, haciéndole cosquillas mientras se recreaba en cada poro de su piel, en cada centímetro que formaba parte de ella. Había encontrado un tesoro y no pensaba desperdiciarlo.

Marinette no dijo nada. Apenas podía respirar, así que ni se le pasaba por la cabeza hablar. Adrien la hipnotizaba con su mirada verde oscurecida, con la delicadeza que ponía en cada movimiento, mientras se situaba sobre ella y su cuerpo la cubría parcialmente. Marinette no podía tocarle; si lo hacía, perdería el equilibrio y acabaría completamente tumbada en la cama. No sabía cómo había acabado en esa posición, solo sabía que la manera en que los pantalones y el cinturón se ajustaban a las caderas de Adrien era como si tuvieran una señal luminosa que rezara "TÓCAME".

Se sintió como Alicia en el País de las Maravillas cuando, abrumada, apoyó todo el peso de su cuerpo en una mano y la otra viajó a la cinturilla del pantalón. Adrien captó su movimiento y se apresuró a sujetarla por la espalda con una mano libre. Ahora, sus cuerpos estaban más cerca que antes. El pecho de Marinette subía y bajaba a toda velocidad al tiempo que sus dedos recorrían las caderas de Adrien y se detenían en el cierre del cinturón.

Los dos se miraron, con las bocas entreabiertas y las miradas perdidas en las del otro. A tientas, Marinette le desabrochó el cinturón y echó cada extremo a un lado para poder atacar el botón del pantalón y la cremallera. El corazón se le paraba y retomaba su función a un ritmo bestial.

Mientras tanto, Adrien apenas podía siquiera mantener el control. Durante la tortura que fue dejar que Marinette le desabrochara la ropa y dejara al descubierto el bóxer de la marca de su padre, Adrien contó mentalmente hasta cien a una velocidad de diez números por segundo. Y cuando llegó al cien, continuó hasta el doscientos para no quitarse los dedos de encima a Marinette y acabar con el problema de la ropa de una vez por todas.

Al notarle un poco más libre, Marinette se atrevió a meter los dedos por debajo de la cinturilla y tirar del pantalón hacia abajo. Adrien apretó los dientes y, tratando de ser amable, detuvo la tortura de Marinette y envió su mano hacia atrás.

―Me estás matando―masculló, dando una zancada hacia atrás y quitándose el mismo la ropa.

Dejó los pantalones en el suelo y volvió a subirse a la cama. Esa vez, nada le impidió cubrir a Marinette con su cuerpo y tumbarla por completo sobre el colchón para volver a besarla. Las manos de Marinette volaron a sus omoplatos y se aferraron a su espalda mientras él la tomaba de la cintura y se hundía en su boca una y otra vez.

―Déjame…―murmuró Adrien en su boca― Déjame tocarte…

Marinette cerró los ojos, temblando y asintió.

Adrien jadeó de felicidad y bajó los labios hasta el monte de los pechos de Marinette. Desde hacía dos días, ansiaba volver a probarlos. La mano que la agarraba por la cintura subió hasta la mitad de su espalda y desabrochó el sujetador, tras varios intentos fallidos. Lo tiró a cualquier parte y dejó que los senos de Marinette le saludaran. Sus pequeños pezones, rosados, le esperaban. Luchando contra sí mismo, besó primero uno y luego, el otro. Lamió la piel que lo rodeaba y comprobó que el cuerpo de Marinette seguía ofreciéndole recompensas. Notó la dureza del pezón izquierdo con la boca, mientras comprobaba el derecho con una mano.

―Adrien…―suspiró Marinette, notando cómo se humedecía su entrepierna.

Intentó unir las piernas, pero los muslos de Adrien se lo impedían, por lo que su única salida era alzar las caderas y rozarse contra él. Adrien gruñó al notar el movimiento, Marinette jadeó cuando se dio cuenta de que lo que la tocaba en el punto exacto donde convergían sus sensaciones, era la erección de Adrien.

―No hagas eso otra vez―musitó Adrien, lanzando un lametón en medio de los dos pechos de Marinette.

―¿Por qué? ―consiguió decir ella a duras penas, sonriendo levemente.

Adrien puso los ojos en blanco y siguió desperdigando besos por la línea central del torso de Marinette hasta llegar a su ombligo. En cuanto llegó allí, alzó la mirada hacia ella. Marinette llevó una de sus manos, que habían quedado olvidadas sobre el colchón a medida que Adrien descendía, hasta su cabeza y le masajeó suavemente la coronilla.

―Sigue―le animó Marinette, con las mejillas sonrosadas y el cuerpo ardiendo por completo.

Adrien ladeó la cabeza, en un gesto que a Marinette le pareció de lo más adorable.

―¿Estás segura?

―Sí, por favor.

―Pero, no quiero que…

―Oh, por Dios, Adrien―Marinette afianzó el agarre de su pelo y levantó el cuerpo para que fuese al encuentro de su boca―, continúa.

Lo que fuera a decir Adrien, murió en su boca. Marinette supo que él no iba a seguir a menos que ella diera el primer paso, por lo que se deslizó con esfuerzo hacia abajo y empujó el pecho de Adrien. Él anonadado, se dejó caer sobre el colchón y observó cómo Marinette, roja por el esfuerzo, la vergüenza y el deseo, cubría sus caderas con las piernas y se cernía sobre su pecho.

Marinette se dejó guiar por su instinto mientras besaba el duro torso de Adrien. Admiró cada curva de cerca, no cerró los ojos en ningún momento y fue consciente de cómo él la miraba. Utilizó las manos para cubrir toda la extensión de piel posible y, finalmente, llegó al lugar donde la V de la cintura y las caderas se perdía bajo el bóxer oscuro. Marinette alzó los ojos.

―¿Sigo?

Adrien puso los ojos en blanco.

―Marinette, no me…

Ella sonrió ampliamente y metió valientemente un dedo por debajo de su ropa interior. Como si hubiese pulsado un botón, Adrien dejó de hablar y volvió a centrarse en ella. Expectante, vio a Marinette usar las dos manos para abrir un hueco y tirar del bóxer hacia sus pies. Adrien jadeó, sin creer aún que fuera Marinette quien hubiese tomado el control de la situación… ¡y todo porque él no quería que ella hiciera algo que no le apeteciese!

Estaba claro que se había equivocado.

Marinette inspiró con fuerza y se armó de valor cuando Adrien alzó las caderas y le permitió quitarle el bóxer. Mordiéndose el labio inferior, tiró de la ropa interior hasta que liberó por completo la erección de Adrien. Ella ahogó una exclamación de sorpresa y se detuvo a medio camino, sorprendida. Sin poder evitarlo, Adrien esbozó una sonrisa.

―¿Vas a seguir o ya te he asustado bastante?

Aquella pregunta socarrona devolvió a Marinette a la realidad y le lanzó una mirada envenenada.

―Fanfarrón.

De un tirón, terminó de quitarle el bóxer por los pies y lo dejó caer al suelo, junto al pantalón.

Marinette tragó saliva con fuerza, tratando de contener un chillido. Adrien era, lo que se puede denominar, grande. Es decir, no es que ella tuviese ninguna otra experiencia, pero sabía diferencia lo que era algo normal de lo que no lo era en absoluto. Y aquello, no era nada normal.

Movida por la curiosidad, se atrevió a tocarle con un dedo. Adrien cerró los ojos con fuerza; no podía verla jugar con él, era demasiado.

―Qué suave…―musitó Marinette, aunque él pudo escucharla perfectamente.

Adrien inspiró, abrió los ojos y se tensó.

―Bien, es mi turno―sentenció.

Antes de que Marinette pudiera negarse, Se aproximó a ella y la cogió de la cintura para tumbarla con cuidado en el mismo lugar en el que había "sufrido" él.

―Me toca.

Marinette soltó una risita y le facilitó a Adrien la tarea de quitarle las braguitas.

―Qué rápido te picas.

Adrien alzó una ceja y le lanzó una mirada significativa a Marinette. Tanto, que ella sintió cómo el corazón le aleteaba y el estómago le daba un vuelco.

―No me hables de picar…―repuso Adrien, aunque la última palabra apenas salió por completo de entre sus labios.

Marinette, completamente desnuda… Adrien jamás habría soñado con algo así. No supo ni qué decir. Sus ojos verdes vagaron por todo su cuerpo, quería aprenderse cada rincón mientras aún fuera consciente de sí mismo. Marinette se llevó las manos cerradas a la cara, tratando de ocultarse. Él reaccionó rápidamente y, con sumo cuidado, se las quitó de ahí para poder verla por completo.

―¿Te he dicho ya lo preciosa que eres?

Marinette enrojeció un poco más, si es que podía seguir haciéndolo. Adrien no se demoró ni un segundo más y agachó el rostro hasta el monte de Venus de Marinette, completamente depilado. Ella se mordió el labio inferior de nuevo cuando Adrien, separándole las piernas con las manos, introdujo la nariz en su sexo, aspiró su aroma y gimió. No tuvo tiempo de reponerse del gesto, por él continuó con su particular cata y sacó la lengua para probarla.

―Joder…―masculló Adrien, pasándole los brazos por debajo de los muslos y tirando de ella hacia él.

Adrien se hundió en el sexo de Marinette como si hubiera encontrado la última fuente de agua del mundo. La probó con cuidado, con dulzura, relamiéndose a menudo cada vez que Marinette no alcanzaba a tener los ojos abiertos y se deshacía bajo sus caricias. El calor se acumulaba en el punto donde Adrien no dejaba de lamer, chupar y saborear. Su boca estaba por todas partes y su humedad se extendía por todo su centro. Su cuerpo le pedía más, mucho más…

―Adrien―gimió Marinette con voz estrangulada tras un nuevo lamentó―. Te necesito, Adrien…

Él cerró los ojos, recreándose en su petición. No podía negarse, Adrien también estaba deseando tenerla en torno a su cuerpo. De modo que se levantó, buscó su boca y, tras darle un pequeño beso, susurró:

―Dame un minuto.

Marinette protestó, pero se mantuvo en su sitio mientras Adrien iba a su maleta y rebuscaba en su interior. Ella aprovechó y observó su espalda, sus anchos hombros, las caderas… Incluso sus nalgas estaban bien apretadas y torneadas. Y ni qué decir de los muslos… Adrien era un auténtico ejemplar de hombre joven y fuerte.

Adrien descubrió su estudio cuando se giró hacia ella con unos paquetitos en las manos. Alzó una ceja y sonrió. No solía agradarle que nadie se le quedase mirando, pero le encantaba la idea de que Marinette le analizase tan a fondo. Era como si la atracción que él sentía hacia ella, se viera reflejada de alguna forma.

Regresó a la cama y dejó los paquetes junto a Marinette.

―Son de Nino―informó Adrien, guiñándole un ojo y queriéndole dejar claro que él nunca habría pensado que aquello pudiera pasar durante el viaje.

Marinette rio y asintió con la cabeza, conforme.

―Cuando se dé cuenta…―Adrien dejó que la frase sobrevolara la habitación mientras abría uno de los paquetes y sacaba un preservativo.

―Nos va a someter al tercer grado―confirmó Marinette, ansiosa, sin quitarle el ojo de encima a Adrien.

Él se colocó el preservativo sin muchos problemas y, en cuanto lo tuvo puesto, miró de nuevo a Marinette a los ojos, cuya vista viajó desde su entrepierna cubierta a su rostro.

―¿Preparada? ―ella asintió― Intentaré no hacerte daño…

―Estoy bien―le aseguró ella, alzando los brazos en su dirección en una muda invitación para que regresara a su lado.

Adrien obedeció y le separó las piernas con la rodilla para colocarse entre ellas. Con una mano, guio su erección hacia la entrada de Marinette. Ella dobló las rodillas para darle un mejor acceso. En ningún momento dejaron de mirarse. Adrien sudaba, nervioso, tenso; Marinette alzó una mano y le quitó el pelo empapado de los ojos.

―Tranquilo―murmuró.

―No tiene sentido que seas tú la que me digas eso―trató de bromear Adrien con voz temblorosa.

―Confío en ti―dijo Marinette, sabiendo que esas tres palabras conseguían infundirle valor.

Por supuesto, el efecto fue inmediato. Adrien cerró los ojos y, para cuando los abrió, estaba más decidido que hacía unos segundos. Se colocó bien y, poco a poco, fue adentrándose en ella. Apenas había avanzó un par de centímetros y ya se sentía morir.

―Estás tan… estrecha…―jadeó Adrien, sin poder controlar el largo gemido que salió de su boca.

Marinette sintió que enloquecía con aquel sonido.

―Sigue―le animó, rodeándole la cintura con las piernas.

Él no se hizo de rogar y continuó avanzando hasta que hubo algo que se lo impidió. Intercambió una mirada llena de significado con Marinette y ella le devolvió una sonrisa. Se aferró a su espalda y, con un fuerte empujón, Adrien penetró por completo en ella.

Marinette contuvo un grito de dolor. Cerró los ojos con fuerza y hundió el rostro en el pecho de Adrien, que se había quedado completamente quieto al notar la tensión en el cuerpo de Marinette.

―Lo siento, lo siento, lo siento…

―Estoy… bien―jadeó Marinette, abriendo los ojos de nuevo―. Muévete.

―¿Qué? No, me salgo ahora mismo y…

―Adrien Agreste―la voz de Marinette sonó más segura―. Muévete o lo haré yo.

Él parpadeó, sorprendido, confuso, pero obedeció. Sacó su erección un poco del cuerpo de Marinette y volvió a hundirla lentamente en ella. En lugar de gritar de dolor, Marinette gimió de placer. Adrien se sujetó a sus los hombros y comenzó a bombear dentro y fuera de ella. Marinette recibió cada lenta estocada con un jadeo. Besó el hombro de Adrien para darle ánimos y que continuara. La lenta tortura pronto se transformó en un ritmo constante, más rápido.

―Eres como una obra de arte―murmuró Adrien, besándola con adoración, viendo cómo se retorcía bajo su peso con los ojos cerrados―. Tan preciosa, tan perfecta… tan…

―Adrien…

―Te quiero, Marinette, te quiero.

Marinette sonrió, perdida en la nebulosa de placer y amor en la que Adrien la había sumergido. Su cuerpo encajaba tan bien en el de ella que aquello solo podía ser un sueño.

Adrien se perdió en sus labios, en sus caderas, entre sus brazos. Dejó que lo acunara mientras él salía y entraba de ella a un ritmo cada vez más acelerado. Sintió cómo Marinette se contraía en torno a él y escuchó su nombre gritado a los cuatro vientos mientras se deshacía poco a poco. Adrien supo que Marinette había alcanzado las estrellas y muy pronto se unió a ella con un gemido agónico, que se estrelló contra la piel de Marinette cuando le mordió el cuello con auténtica veneración.

El cuerpo de Adrien se sacudió un par de veces hasta que el clímax empezó a abandonarle poco a poco. Los brazos apenas le sujetaban ya, por lo que Adrien se deslizó hacia un lado, saliendo de Marinette y se tumbó junto a ella, rodeándola con un brazo. Marinette, que aún no se había recobrado de su propio orgasmo, se acurrucó junto a él y dejó que la abrazara mientras recuperaba la consciencia.

Lo último que vio antes de cerrar los ojos y sumirse en un profundo sopor fueron los intensos ojos verdes de Adrien.