III
Maya jamás pidió explicaciones, lo que realmente fue una suerte para Nick, pues no había manera, en el cielo o el infierno, de que pudiera encontrar palabras o argumentos para explicarle el por qué estaba esperando un hijo suyo.
Y durante los primeros días era cierto que el abogado se pasaba largas horas devanándose los sesos, pensando y volviendo a pensar, imaginando, en que momento Maya Fey fue consiente y entendió que, primero, su hermana había tomado control de su cuerpo, segundo, su jefe y amigo Phoenix Wright había tenido coito con ella, presuntamente varias veces y tercero, que ahora se encontraba esperando un hijo del antes mencionado.
Para Wright simplemente no había solución posible al acertijo y aunque bastaría con simplemente preguntárselo a su asistente para encontrar la respuesta, al hacerlo, estaba admitiendo y poniendo sobre la mesa el vergonzoso tema de que, efectivamente, él había sido cómplice (o más bien el perpetrador principal) de los meses enteros de violación que Maya había sufrido sin siquiera saberlo.
¿Podía Maya ver, escuchar y sentir lo que pasaba con su cuerpo mientras estaba canalizando un espíritu? Imposible, Phoenix tenía antecedentes de que no era así. ¿Acaso Mia se lo había revelado en algún momento sin decírselo a él? Absurdo, era la propia abogada la más interesada en mantener el asunto oculto completamente de su hermana. ¿Había descubierto Maya que los síntomas que padecía eran los característicos de un embarazo y a partir de ese simple hecho había conectado los puntos de una manera tan experta y magistral que hiciera palidecer aun a las más audaces y atinadas deducciones que su jefe lograra para resolver los más complicados casos? Sumamente improbable, Maya no era del tipo de personas que deduce cosas.
Al final, no tuvo otra alternativa más que darse por vencido. Parecía que en verdad había misterios que ni el Terror de la Corte en persona era capaz de descifrar.
Pero, no es como que estuviera llevando la peor parte de este repentino cambio de acontecimientos. Para empezar, ahora que Maya sabía el origen de su falta de apetito y que el culpable de dicha situación no era otro que Phoenix, parecía dispuesta a sacar el mayor provecho posible a la culpa y remordimiento que su jefe seguramente estaba sintiendo. Sobre todo, ya que su hambre, normalmente insaciable, había sido sustituida por un deseo y una lujuria igualmente descontrolados, de manera que no volvió a permitir que Mia tomara posesión de su cuerpo nunca más, sino que, en lugar de eso, era la propia Maya quien saltaba sobre el abogado y su miembro en cualquier oportunidad que se presentara.
Y, a diferencia de su hermana mayor, Maya no tenía el menor problema en buscar y propiciar dichas oportunidades con las excusas más absurdas y sin molestarse siquiera en elaborar una buena excusa.
Para cuando el embarazo de Maya ya rondaba los tres meses y el aumento del volumen de su vientre era ya claramente visible aun cuando apretara al máximo el cinto de su túnica, la chica tuvo el atrevimiento de solicitar al fiscal Miles Edgeworth que se llevara todo un día de paseo a la pequeña Pearl con la clara intención de quedarse a solas en el departamento con Phoenix.
El plan era de lo más estúpido. Tanto, que funcionó a la perfección. Y es que en cuanto Miles hubo meditado las cosas, se dio cuenta de que visitar la feria, que en aquellos momentos celebraba una exhibición temporal del Samurai de Acero, con atracciones temáticas, espectáculos en vivo y suvenires acorde hasta donde la vista alcazaba, acompañado de un infante le permitiría ser parte de la festividad sin tener que darle a nadie razones de porque un hombre adulto (y uno tan particularmente serio y mal encarado como él) disfrutaba de eventos claramente diseñados para un público infantil.
No hubo necesidad de decir una palabra más. Aun el detective Gumshoe salió beneficiado pues el propio fiscal decidió llevarlo también a la feria para que lo ayudara con (o más bien, para que se encargara completamente de) el cuidado de la dulce Pearl Fey, con la sencilla diferencia de que Edgeworth sólo estaba dispuesto a pagar los gastos en que incurriera la niña, mientras que el detective tendría que pagar por su propia comida y boletos, so pena de descontarlos de su siguiente cheque salarial si acaso no contaba con el efectivo para poder cubrirlos.
El día acordado llegó y tan pronto la puerta del auto deportivo rojo del fiscal se hubo cerrado con Pearl dentro, los neumáticos chirriaron saliendo disparado el vehículo a toda velocidad como si a Miles no le importara recibir una multa de transito con tal de llegar a tiempo al espectáculo.
Tan pronto Nick volvió a entrar al departamento, Maya ya se encontraba ansiosa, esperando por él. La chica no había perdido un solo segundo y sabiendo que Wright se estaba haciendo cargo de la diplomacia en la planta baja, ella aprovechó para colocarse un negligé rosado semitransparente que hacia un estupendo trabajo envolviendo las suaves y exquisitas curvas de su cuerpo, pero hacia un trabajo aún mejor dejando absolutamente nada a la imaginación. En cuanto el broche de la puerta hizo click al cerrarse detrás de Phoenix, él se dio la vuelta y encontró a Maya levemente apoyada sobre la mesa del desayunador que se encontraba inmediatamente entrando. Tenía aquellos hermosos y redondos ojos muy abiertos, como anhelantes y su habitual mueca picara e infantil ahora tenía un tinte de excitación que a su jefe lo volvía loco.
No hubo necesidad de mediar palabra alguna. Todo estaba dicho y si Wright llegó a sentir que Mia podía leer sus pensamientos, en el caso de Maya no había tal necesidad pues parecía que en lo que respectaba a follar como dos locos, las de mentes de ambos trabajaban como si fueran una sola.
El abogado se adelantó de inmediato hacia ella mientras que su asistente no hizo más que abrir los brazos para recibirlo y entregarse a él en un apasionado y lujurioso beso. La ropa de Nick pronto comenzó a volar fuera de su cuerpo, apurada por los esfuerzos combinados de los dos ansiosos amantes que ya no toleraban la espera.
Mientras, Wright contempló el cuerpo de Maya a través de la tela semitransparente, como si quisiera, antes de violarlo y profanarlo a placer, devorarlo también con los ojos. Y es que si antes no le cabía duda de que el cuerpo de la chica le gustaba, ahora, tal como estaba le gustaba todavía más:
Habiendo superado el primer tercio del embarazo el vientre de Maya se veía redondo y abultado. Ninguna cantidad de ropa sería capaz ya de disimular que estaba esperando y la piel estirada y tensa de su estómago tenía un brillo sano y codiciable que a Nick le parecía sumamente tentador. De la misma manera, los cambios hormonales había obrado maravillas en sus senos que habían crecido de manera importante y aunque ella no solía usar sostén bajo su túnica (al parecer, una costumbre peculiar de las mujeres de la aldea Kurain, una contra la que el abogado no tenía nada que objetar) de haber usado habría descubierto muy pronto que los que normalmente usaba ya no le cerraban ante su recientemente adquirido volumen.
Y si el aumento de tamaño de los pechos de Maya que su empleador tanto disfrutaba apretar y masajear no hubiera sido suficiente, la excitación del Phoenix se vió potenciada cuando, por obra del mismo embarazo, los pezones de la chica se tornaron de un color muy oscuro y se endurecieron como preparándose para amamantar a su hijo próximo a nacer.
Pero mientras llegara, sería Wright quien tomaría la labor de estimularlos con sus labios como merecían.
Eso fue lo primero que el abogado hizo cuando tuvo a Maya entre sus brazos. Descubriendo sus oscuros pezones, aplico sus labios sedientos sobre ellos y mamó sin recato ni delicadeza de ellos. No tenían leche todavía, pero pronto, anhelaba Nick, saciaría su sed con el delicioso néctar que brotara de aquellas tetas tan preciadas. Maya entrecerraba los ojos y extendía el cuello echando su cabeza hacia atrás, extasiada al sentir sus senos agasajados por la boca de Wright. Sus piernas instintivamente se separaron y el líquido lubricante de su vagina inundó su entrada haciéndola desear ser poseída con desesperación.
Para cuando su aroma llenó la estancia, el abogado ya estaba desnudo, duro como roca y deseoso de perforar nuevamente a Maya hasta su útero. Sin más miramientos, la tomó, casi levantándola del suelo en vilo y la acostó sobre la mesa, para luego sujetarla de las piernas obligándola a abrirlas mucho.
Al sentirse tan violentamente usada, lo único que la chica pudo hacer fue suspirar, morderse un labio y prepararse para recibir todo ese placer que tenía tanto tiempo deseando. Sin esperar mucho más, Phoenix encaminó su miembro hacia la entrada húmeda de su asistente, que lo recibió gustosa. Pero, aunque estaba suficientemente lubricada su avance en el embarazo lo hacía ponerse muy estrecha. El abogado entró sin problemas pero tuvo que empujar fuerte su camino hacia el fondo, entrando y saliendo de ella, ganando un poco más de terreno con cada embestida hasta que su pene se hubo sumergido hasta la base en la vagina de la chica.
La mesa, aunque de construcción solida comenzó a temblar, y los sonoros quejidos y gemidos de Maya no se hicieron esperar, saliendo sin ningún tipo de discreción o recato. Sus uñas comenzaron a arañar la pulida superficie pero eventualmente terminó colocando las manos sobre sus propias piernas para ayudarle a Nick a abrirlas más y entrar más a fondo.
No cruzaron palabra realmente o por lo menos no decían cosa comprensible alguna. Nick gruñía excitado haciendo fuerza para poseerla cada vez más rápido, más fuerte, más profundo mientras Maya balbuceaba cosas inteligibles que sonaban a deseosas y desesperadas suplicas y ruegos lascivos. A final de cuentas, ninguno de los dos estaba pensando en nada realmente, sólo follando como dos animales salvajes totalmente dominados por el deseo.
Wright fue el primero en terminar pero no por eso se detuvo. La sesión se prolongó pasado el primer orgasmo de ambos y continuaron haciéndolo, no solo sobre la mesa sino también en la sala y una vez que determinaron entrar al baño a asearse, lo hicieron en la ducha también. Tan ensimismados estaban que olvidaron comer y para cuando ambos amantes cayeron desfallecidos de sueño y cansancio sobre la cama de Maya, había comenzado a oscurecer.
Nick pudo haber dormido la noche entera. Ni siquiera los ronquidos de Maya habrían sido capaces de despertarlo, dado lo fatigado y adolorido que se encontraba, pero aquella larga noche de reparador sueño continuo no pudo llevarse a cabo, porque apenas unos minutos después de que hubo conciliado el sueño, lo despertó una voz. Sonaba calmada, tranquila y suave, como conviene a alguien que no desea despertar a quien duerme, pero en su tono se notaba cierto toque intenso de reclamo y descontento:
―Vaya… Phoenix, ni siquiera pareces haberme extrañado durante estas semanas… pero claro, como podías tener tiempo de extrañarme si has estado tan ocupado cogiéndote como un loco a mi hermana…
Los ojos de Nick se abrieron de inmediato. Conocía esa voz. La conocía a la perfección. Era la voz de Mia. No tuvo tiempo de echar un vistazo a su alrededor, se incorporó torpemente, buscando con los ojos desenfocados en la oscuridad. La luz de la luna y las luces de la calle que se colaba desde afuera por la ventana apenas si servía para iluminar pobremente el lecho, pero aún con esa dificultad, el abogado pudo distinguir la vaga silueta de su maestra hablándole de pie frente a la cama.
―M-mia, volviste yo…
―Claro que volví. ―le interrumpió ella. Cada vez parecía costarle más trabajo mantener su fachada de ecuanimidad ―¿acaso te olvidaste que anhelo tener un hijo tuyo? No iba dejar que nadie, incluida Maya… o tú, se interpusieran entre yo y mi deseo.
―¿Pero que paso? ¿Dónde estuviste? ―se talló los ojos tratando de enfocar y ver mejor a su mentora. Estaba demasiado oscuro, no alcanzaba a distinguir sus rasgos.
―Maya me dejó afuera. Me impidió usar su cuerpo. Normalmente canalizar un espíritu requiere demasiado esfuerzo de parte de un médium, pero como existe tanta familiaridad entre ella y yo, se volvió tan sencillo con la práctica que podía establecer el contacto sin que ella siquiera se diera cuenta. Pero no sé cómo, lo descubrió todo y se protegió en contra mía. Ahora no puedo usar su cuerpo a menos que me lo permita. No sé en qué momento aprendió a hacer eso.
―Entiendo… pero si eso es así, ¿Cómo es posible que tu estés ahora…?
Y de pronto lo entendió. La revelación llegó de golpe a la cabeza de Nick, no sólo por lo que las palabras de Mia implicaban, sino porque justo en el momento en que estaba terminando de formular la pregunta, su mano se movió errática sobre la cama y descubrió que, acostada aún junto a él, pero esta vez respirando tan quedamente que ni siquiera había reparado en su presencia, ahí estaba Maya, dormida y en total control de su cuerpo.
La sangre de Wright se le heló en las venas, causándole un escalofrió repentino. No había que ser un genio para deducir lo que estaba pasando, bastaba saber que sólo existían dos personas a quienes el espíritu de Mia podía usar para comunicarse con el mundo de los vivos. Dos mujeres del clan de Kurain que compartían lazos sanguíneos, aunque no tan cercanos, pero que hubieran nacido con el don de la canalización de espíritus y que hubieran sido entrenadas desde muy pequeñas para ello. Sólo existían dos, posiblemente eran las únicas dos en todo el país y si existían más en el resto del mundo, no lo sabía, pero ¿Qué necesidad tenía Mia de buscar en otro lado si ambas vivían con Phoenix en la misma casa?
Si una de ellas dormía plácidamente con él en la misma cama y le había negado el acceso a su cuerpo al espíritu de su hermana, por tanto, el cuerpo que Mia estaba ocupando en este momento no era otro sino el de…
La licenciada Fey dio un paso al frente, acercándose a la luz. Los rayos pálidos de la luna la bañaron permitiéndole contemplar a Nick nuevamente la magnitud de su belleza, pero si el abogado se había sentido inicialmente un poco culpable de desear a su tutora mientras estaba usando el cuerpo de su hermana de 19 años, ¿cuán más sucio y pervertido se sentiría ahora? Ahora que la deseaba nuevamente, con sus largas y bien torneadas piernas pálidas, sus caderas anchas y delineadas por la apretadísima ropa que era incapaz de contener el desbordante tamaño de sus pechos enormes, al grado que sobresalían del tímido escote de la pequeña túnica permitiendo a las areolas de sus pezones asomarse cuando ella, en una postura de indignación se cruzaba de brazos con un gesto severo en el precioso rostro de ojos brillantes, labios deseables rematados por lunar coqueto; todo el rostro enmarcado por una cabellera castaña arreglada con un infantil fleco y un par de delgadas coletas que se curvaban como un listón sobre su cabeza.
―Si Maya va a tratar de quedarse con el hijo que lleva en su vientre, entonces vas a tener que darme otro en este…
Fueron las palabras de Mia al tiempo que miraba a su aprendiz con una mezcla de excitación y enfado en los ojos mientras ocupaba el cuerpo de Pearl Fey, su pequeña prima de nueve años.
