El balcón de Marinette no había cambiado mucho a lo largo de las veces que Chat Noir la visitó por las noches. La balaustrada seguía pintada de blanco, las luces de colores colgaban de un extremo a otro cruzando la terraza y la mesita de madera con la hamaca y un par de sillas a juego continuaban en su sitio, a ambos lados de la puerta de la trampilla que daba acceso a la habitación de Marinette.

Chat Noir aterrizó con sigilo sobre el suelo de madera de la terraza y guardó en la cintura su vara. Inspiró hondo y se agachó para llamar a la trampilla, tal y como se había acostumbrado a hacer. Y así como él llamó, la puertecita se abrió y dio paso al luminoso rostro de Marinette, que le recibió con una sonrisa y las mejillas sonrojadas. Chat le devolvió la sonrisa.

―Llegas pronto―dijo Marinette a modo de saludo, haciéndose a un lado en la cama para que él pudiera entrar.

Chat dio un salto y se adentró en la habitación de Marinette con elegancia. Los ojos verdes de gato relucieron en la suave penumbra del cuarto.

―Te echaba de menos―respondió Chat, bajando de la cama y dando un paso hacia Marinette.

La tomó por la cintura y la hizo acercarse a él, hasta que su pecho chocó con el suyo. Chat ladeó la cabeza y pasó la mano libre por la mejilla de Marinette. Ella se tensó un segundo ante el contacto con el cuero. Estaba templado, gracias a las manos de Adrien.

―¿Y tus padres? ―preguntó él en un susurro, notando cómo el corazón intentaba salírsele del pecho cuanto más tiempo pasaba perdiéndose en los ojos azules de Marinette― No he visto la luz de su dormitorio encendida.

―Están de viaje de aniversario. No volverán hasta pasado mañana.

Las pupilas de gato de Chat se agrandaron, al tiempo que él entornaba los ojos.

―Estás sola―no era una pregunta, era la confirmación de que no tenía por qué ser tan sigiloso.

Marinette asintió una sola vez con la cabeza. Chat esbozó una media sonrisa peligrosa y le echó un vistazo rápido a Marinette, que estaba vestida únicamente con unos pantalones cortos de pijama y una camiseta de tirantas que le sonaba de haberle visto más de una vez. Marinette tragó saliva con esfuerzo y dio un paso atrás.

Sabía lo que se escondía tras el repaso que le acababa de dar Chat Noir. Adrien solía mirarla con veneración, con ternura, con amor contenido…, pero cuando el deseo se apoderaba de sus instintos más básicos, aparecía esa personalidad arrolladora que acababa con todo su sentido común y convertía sus piernas en gelatina. Le faltaba el aire y le daba vueltas la cabeza, sobre todo cuando él cubría la distancia que ella había puesto entre ambos y le rozaba el pómulo con los labios.

―¿Tienes miedo? ―le susurró, pegado a su mejilla en un eterno beso.

Marinette cerró los ojos.

―No―notó cómo Chat sonreía contra ella―. Pero quiero hablar contigo…

Chat emitió un sonido extraño.

―Uhm… Eso suena mal.

Marinette se atrevió a sonreír un poco, a pesar de los nervios que le atenazaban el estómago, y a girar el rostro, hasta que su nariz rozó la de él. Chat abrió los ojos para poder mirarla a la cara y ella le imitó.

―No es nada malo―«espero», pensó Marinette, aunque no lo dijo en voz alta.

Había estado reflexionando intensamente mientras recogía su ropa y ponía un par de lavadoras con la que estaba sucia. Lo vivido con Adrien aquellos cuatro días había sido un sueño, aún le costaba asimilar el hecho de que el guapísimo y famoso Adrien Agreste, ese chico tan amable, gentil y cariñoso se hubiera fijado finalmente en ella, justo cuando ya había dado por perdida toda esperanza. Más aún le era difícil rememorar los momentos junto a él en la cama, abrazados, entregándose a él como había soñado tantas veces.

Y no podía olvidar el hecho de quién era él. Saber que Chat Noir había dejado a un lado su amor por Ladybug para fijarse en ella era, como poco, confuso. El propio Adrien, bajo la máscara de Chat Noir, le había hecho comprender que ella era Ladybug y Ladybug era ella. No existían dos personas diferentes, sencillamente existía la magia de los kwamis, que potenciaba sus habilidades naturales hasta convertirlas en súper habilidades. Marinette ya era flexible, inteligente y astuta, solo le hacía falta la magia de Tikki para completar el paquete.

Con todo y con eso, Marinette temía el momento en que le confesase a Adrien que ella le había estado rechazando durante años. Se sentía tan tonta…

No ayudaba nada que Chat Noir la estuviese agarrando de esa manera que a ella la volvía loca, tan varonil y suave al mismo tiempo. Tampoco ayudaba que le estuviera transmitiendo las ganas que tenía de estar junto a ella, de repetir lo de la noche anterior, sobre todo ahora que estaban completamente solos. Pero no, Marinette debía mantenerse serena.

―Adrien…―murmuró Marinette cuando notó que él se acercaba peligrosamente a sus labios y que trazaba un sinuoso sendero por su espalda hasta la parte baja de su cintura.

Paró de inmediato y se separó unos milímetros de ella.

―De acuerdo―suspiró, cerrando los ojos―. Plagg, garras dentro.

El kwami negro salió despedido por la habitación de Marinette y el traje de Chat Noir desapareció en medio de un destello verde. Apenas unos segundos después, Adrien se presentaba ante Marinette vestido con unos pantalones de deporte y una camiseta sencilla.

―Abajo hay queso, Plagg―le dijo Marinette al kwami con una sonrisa.

―Uhm―se relamió Plagg―, esta chica me gusta, Adrien. Quédatela.

Marinette se echó a reír mientras Adrien ponía los ojos en blanco y Plagg desaparecía escaleras abajo, hacia la cocina.

―Dime, ¿qué pasa? ―quiso saber Adrien, frunciendo el ceño y tirando de Marinette para que se sentara con él en la cama.

Marinette se mordió el labio inferior y agachó la cabeza. No se veía capaz de mantenerle la mirada.

―Dijiste que no era nada malo―añadió Adrien, tratando de parecer tranquilo, aunque por dentro se estuviera asustando cada vez más.

―Y no lo es…, creo… espero…

―Marinette, por favor, me estoy acojonando―Adrien la tomó suavemente por la barbilla y la obligó a mirarle―. ¿Es sobre mí?

―¡No! ―exclamó ella al instante― No, no es sobre ti. Bueno, tiene que ver contigo, pero es… en realidad es… sobre mí…

Adrien la estudió. Marinette estaba más tensa y nerviosa que los otros días. Por mucho que ella le dijera que no era nada malo, algo dentro de él le decía que sí era importante.

―Marinette―dijo entonces, viendo que ella no continuaba hablando―, escúchame. No tienes que contarme lo que sea ahora mismo, ¿de acuerdo?

―Pero…―Adrien le puso un dedo en la boca y dibujó una pequeña sonrisa.

―No te fuerces, princesa. Preferiría que no lo pasaras mal cada vez que tengas que decirme algo.

El corazón de Marinette se detuvo.

―¿Y si es algo que puede hacer que me odies?

Adrien soltó una carcajada.

―No hay nada que pueda hacerme odiarte, cariño―Adrien se inclinó sobre ella y depositó un suave y tierno beso en sus labios―. Confío en ti. Dímelo cuando estés preparada, ¿de acuerdo?

Marinette le devolvió la sonrisa, agradecida y puso una mano sobre la que él tenía en su rostro.

―¿Me das otro? ―musitó, adorando cada mota de color verde de los ojos de Adrien.

―¿Otro qué?

―Otro beso.

La sonrisa de Adrien se amplió y volvió a cernirse sobre ella.

―Todos los que quieras, princesa―murmuró sobre su boca y, esa vez, cuando la besó, lo hizo como realmente llevaba queriendo hacer desde que aterrizó en el balcón.

… … … …

―No me puedo creer que pusieras el móvil sobre el piano reproduciendo lo que tendrías que tocar―decía Marinette, riendo, con la cabeza sobre el pecho desnudo de Adrien mientras él jugueteaba con su pelo.

―No salí de esa pieza durante casi seis meses. Estaba harto―se excusó Adrien, encogiéndose de hombros.

Marinette alzó el rostro y le dio un pequeño beso en la mandíbula.

―¿Sabes? Yo había memorizado tu horario para saber dónde y cuándo encontrarte―confesó, cerrando los ojos y dejándose llevar por el latido constante de Adrien.

―Acosadora…―bromeó, ganándose un golpe en el brazo que la sujetaba contra él― Y violenta.

―Cállate, ¿quieres? No pensaba con claridad.

―No, está claro que no… ¡ay! ―nuevo golpe.

Marinette le lanzó una mirada envenenada.

―Eres un desagradecido. ¿Sabes el esfuerzo que puse para poder aprenderme todos tus compromisos?

―Si hubieras hecho lo mismo con matemáticas y física, no te habría costado tanto―Adrien le sacó la lengua, divertido.

―No todos tenemos un cerebro apto para cualquier materia, don Soy Perfecto Y Lo Sé.

Adrien rodó los ojos hacia el techo.

―No soy perfecto―suspiró, repentinamente cansado.

Marinette notó el cambio de humor enseguida.

―La gente piensa que sí, pero no lo soy―añadió Adrien, algo abatido―. Creen que mi vida es fácil, que lo tengo todo al alcance de mi mano. Je, me habría gustado ver a más de uno viviendo en una jaula de cristal y mármol.

Marinette rodó sobre sí misma y apoyó los codos en el colchón para poder mirar a Adrien directamente. Ignoró por completo que su cuerpo, sin nada de ropa, seguía rozando el suyo. En aquellos momentos, su desnudez era lo último en lo que podía pensar.

―No puedo ni imaginar por un segundo lo que has pasado con tu padre, Adrien―murmuró Marinette, atrayendo su atención―. Yo siempre te he visto perfecto no por cómo eres por fuera, sino por cómo eres por dentro. Me atraía tu manera de buscar siempre el lado positivo de las cosas, a pesar de que tu vida fuera un infierno. Nunca le negabas una sonrisa a alguien, siempre te parabas a ayudar a quien lo necesitara. Incluso me protegiste en más de una ocasión de un akuma sin necesidad del traje de Chat Noir.

Adrien frunció el ceño.

―¿Qué quieres decir?

―Pues…―Marinette dudó, tratando de buscar las palabras adecuadas― Que te quiero, supongo. Y que tu apariencia solo es un reflejo de lo maravilloso que eres por dentro.

Adrien tragó saliva con fuerza, abrumado. Alzó una mano para recorrer el rostro de Marinette con la yema de los dedos.

―Tú siempre me has visto tal y como soy, ¿verdad?

―Lo intentaba―admitió Marinette, atreviéndose a dibujar líneas sin sentido sobre el corazón de Adrien―. Aunque eres muy hermético con muchas cosas.

Él sonrió con dulzura.

―Cuando te rodean más famosos y personas con ciertos intereses que gente como tú, te acostumbras a ocultar una parte que solo te pertenece a ti.

Marinette desvió la mirada hacia el otro lado de la cama.

―Supongo―coincidió, recordando su secreto, ese que Adrien había impedido que le contara.

De nuevo, su mente voló hasta Tikki y sus pendientes. Tenía que contárselo, pero quizás Adrien tenía razón y debía esperar a que el secreto saliera solo de sus labios. Marinette sacudió la cabeza y se centró de nuevo en el chico que ocupaba la mitad de su cama sin nada que le tapara.

Se sonrojó al darse cuenta que sus ojos le recorrían el cuerpo desnudo, aunque a Adrien no le importaba lo más mínimo. De hecho, Marinette no se daba cuenta de que él esperaba pacientemente a que ella terminase de estudiarle para volver a hacerla suya. Sin embargo, la forma en que Marinette le analizaba conseguía tensarle y relajarle al mismo tiempo, por lo que no pudo controlarse cuando apoyó un codo en la cama y la atrajo hacia su boca con un suave empujoncito.

―Deja de mirarme así―musitó sobre su boca, su aliento mezclándose con el de ella hasta el punto de volverle loco.

―Lo siento…

―Más lo siento yo―replicó Adrien, mordiéndole el labio inferior, profiriendo un gruñido cuando notó las uñas de Marinette clavándose en su costado, aferrándose a él para no caer.

Marinette bebió de aquel contacto y se dejó llevar por la nube de deseo en la que Adrien siempre conseguía que se perdiera. Sus manos volaron hacia su cuello y le sujetaron con firmeza mientras él se hacía con su boca y la sujetaba por los muslos, colocándola sobre él. Sus piernas le rodearon la cintura, las manos de Adrien viajaron desde sus nalgas hasta sus hombros y vuelta a empezar. Cada caricia era como un baño de agua ardiendo, encendía su piel y la abrasaba.

Adrien era apasionado y Marinette no podía sentirse más afortunada. Adrien se recolocó bajo ella y la penetró con una estocada más violenta de lo normal. Marinette soltó un grito, Adrien gimió al notar el contacto directo de piel con piel. Sus ojos se encontraron con los de ella, nublados por la excitación.

―Adrien…―murmuró Marinette, contrayéndose en torno a Adrien sin darse cuenta.

―Lo sé―masculló él con los dientes apretados y saliendo de ella con esfuerzo―. ¿Llegas al pantalón?

Marinette inspiró con fuerza y buscó la ropa tirada de Adrien a los pies de la cama.

―Dame un segundo.

―Te doy medio―replicó Adrien con una peligrosa sonrisa.

Marinette puso los ojos en blanco y se apresuró a rebuscar en los bolsillos del chándal de Adrien hasta dar con un nuevo preservativo. Cuando se lo tendió a Adrien, él negó con la cabeza.

―Ponlo tú―dijo él, pillándola por sorpresa.

―Adrien, no me seas…

―Vamos―canturreó, echando los brazos hacia atrás y apoyando la cabeza sobre las manos entrelazadas.

La visión de Adrien en modo estrellita (brazos y piernas extendidos, completamente desprotegido y a su merced) casi le provoca un infarto a Marinette. Tratando de parecer resuelta, se deshizo del envoltorio con rapidez y dispuso el condón con la más que preparada erección de Adrien, algo húmeda por haber estado dentro de ella. La mirada de Adrien es oscureció cuando ella le colocó el preservativo en la punta y lo deslizó lentamente a lo largo del tronco. Marinette notó que Adrien se tensaba bajo sus piernas y sonrió, disfrutando de lo lindo al tenerle bajo su dominio.

―No te diviertas tanto―le advirtió Adrien, percatándose de la mirada lujuriosa que le regalaba Marinette sin que se diera cuenta.

―Pues no me pidas que te lo ponga yo―replicó ella, terminando de colocar el condón y dejando las manos sobre sus ingles―. Listo.

―Bien. Vuelve a ponerte como antes.

―Mandón…

Adrien le guiñó un ojo sin dejar de sonreír. Marinette obedeció, ansiosa y se situó sobre él para que, tal y como hiciera momentos antes, la penetrara con intensidad, sin miedo. Adrien se refugió en ella, atrajo su rostro para poder besarla con devoción al tiempo que entraba y salía de su cuerpo, demostrándole lo intenso que era su amor por ella; tanto, que no podía controlarse al notar que Marinette le recibía sin problemas, profiriendo unos sonidos que hacían que su cabeza diera vueltas sobre sí misma.

Por su parte, Marinette acusó los envites y aguantó estoicamente, aunque las piernas empezaban a flaquear. El placer era tan intenso que no podría soportar mucho tiempo más en aquella postura.

―Adrien…―jadeó, removiéndose sobre él, aunque eso solo hizo que Adrien llegara más adentro.

―¿Qué?

―No aguanto más…

Adrien pasó las manos por sus muslos y sintió su temblor. Empujó una última vez antes de salir por completo de ella y cogerla en brazos para tumbarla en la cama. Marinette suspiró de alivio cuando su cuerpo por fin se relajó sobre el colchón. Adrien le abrió las piernas con cuidado y bajó la boca hasta su sexo, húmedo, cálido y dulce. Marinette notó la lengua de Adrien juguetear con su centro de placer y se estremeció cuando un asolador orgasmo llegó a ella como una ola incontrolable. Sin poder evitarlo, Marinette se deshizo bajo la boca de Adrien.

―Te quiero―susurró Adrien sobre ella, regalándole mil besos que desperdigó por su cuerpo hasta llegar a su altura.

Se colocó de nuevo en su entrada y esperó a que Marinette se recuperase lo suficiente como para mirarle a los ojos. Ella sonrió.

―Te quiero.

―¿Puedo entrar?

Ella asintió con la cabeza, sin aliento. Adrien la besó en la frente y se adentró de nuevo en ella, implacable, hambriento. El cuerpo de Marinette reaccionó de inmediato, aún en medio de algunas contracciones tras el clímax. La estrechez de Marinette le acogió sin problemas y pronto fue él quien resoplaba, tratando de aguantar un poco más hasta que Marinette estuviese cerca también.

―Marinette―exhaló Adrien, dejando caer el rostro en su cuello―, quédate siempre conmigo.

Marinette apenas pudo mirarle directamente mientras sentía cómo la ola de placer amenazaba con arrollarla de nuevo.

―Siempre…

Se fundieron en un abrazo. Adrien se movió solo un par de veces más hasta que los dos llegaron a la cima al mismo tiempo. Se prodigaron mil palabras de amor al oído, esperando a que el clímax desapareciera poco a poco.

Marinette no fue del todo consciente de cómo Adrien se deshacía del condón y se tumbaba junto a ella, tapándolos a ambos con la sábana. Se limitó a gravitar hacia él, a cobijarse bajo su calor y a dejar que la acunara hasta que perdió el sentido. Por su parte, Adrien se movió como un autómata para regresar cuanto antes con Marinette. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue la suave expresión adormilada de la chica que había conquistado cada parte de su ser.