Marinette se despertó un poco antes de que lo hiciera Adrien, lo cual era realmente raro en ella. Cuando abrió los ojos, se encontró cara a cara con el rostro dormido de Adrien. El flequillo rubio le caía, desordenado, sobre la nariz y los ojos, dándole el aspecto que solía tener cuando se enfundaba el traje de Chat Noir. Su pecho subía y bajaba con un ritmo lento pero constante. Tenía las piernas enredadas en las de Marinette, por lo que a ella le resultó algo complicado asomarse hacia la planta baja de su habitación y echarle un vistazo al reloj. Apenas eran las ocho de la mañana, pero Marinette sabía que Adrien debía regresar cuanto antes a su casa.
Con cuidado, se inclinó sobre él y le dio un suave beso en la mejilla.
―Adrien, despierta―murmuró, acariciándole el brazo con cuidado.
Él se removió, frunciendo el ceo y arrugando la nariz. Marinette soltó una risita, lo cual hizo que Adrien abriese un ojo y le lanzase una mirada somnolienta, pero divertida.
―No me tortures todavía, por favor―masculló Adrien, pillándola por sorpresa y abrazándola hasta pegarla a él.
―Adrien, son las ocho―rio Marinette, que trataba inútilmente de deshacerse de la trampa de Adrien.
Adrien gruñó, fastidiado. Terminó soltando a Marinette y enderezándose a su lado, al tiempo que se rascaba un ojo y trataba de ordenar su pelo, sin éxito. La sábana se deslizó por su torso desnudo, cubriéndole apenas de cintura para abajo. Marinette se esforzó por concentrarse en su rostro y no bajar los ojos del cuello.
―¿Puedes quedarte a desayunar? ―preguntó, tras recibir un casto beso de Adrien de buenos días.
―Me encantaría, pero no puedo―repuso él, resignándose―. De hecho, debo estar en quince minutos en mi habitación.
Marinette no dijo nada, pero hizo una mueca de disgusto. Se había acostumbrado a tener a Adrien día y noche con ella, ahora debería adaptarse a verle solo durante unas pocas horas. Adrien sonrió y volvió a besar a Marinette.
―Hoy tengo varios compromisos que atender, pero te prometo que vendré a verte esta noche, ¿de acuerdo?
Ella asintió, sonriéndole. Lo último que quería era parecer una novia posesiva y egoísta. Además, la distancia le vendría bien para pensar con claridad cómo confesarle a Adrien que ella era Ladybug.
―Plagg―llamó Adrien, poniéndose los pantalones de chándal y la ropa interior de un solo tirón.
El kwami negro flotó, medio dormido, hasta la cama de Marinette. Ella se tapó con la sábana, pero Plagg no se dio cuenta de nada.
―¿Ya nos vamos? ―protestó el kwami en medio de un bostezo.
―Sí, espabila―Adrien terminó de vestirse y se llevó los dedos al pelo, revolviéndolo un poco.
Marinette se echó a reír.
―No sé para qué haces eso. Se supone que acabas de levantarte.
―No―replicó Adrien con una amable sonrisa―, se supone que ya llevo despierto media hora y estoy duchado, vestido y listo para bajar a desayunar.
Los ojos de Marinette casi se salieron de sus órbitas.
―Oh, vaya.
Adrien se apoyó de nuevo en la cama y atrajo el rostro de Marinette hacia él.
―Te llamo después, ¿de acuerdo?
Ella se mordió el labio inferior.
―Sí, claro. Solo tengo que salir a comprar y limpiar toda la casa. Llámame cuando quieras.
―Lo haré―Adrien le guiñó un ojo y la besó por última vez antes de llamar a Plagg y verse envuelto en el cuero negro resistente de su traje.
De un salto, subió al balcón y, poco después, Marinette le oyó marcharse de regreso a su casa. Solo cuando se vio completamente sola, se atrevió a salir de la cama sin nada.
―¡Tikki!
La kwami roja apareció de su escondite y voló hasta ella mientras Marinette bajaba las escaleras y se dirigía a su pequeño lavabo para deshacerse de las legañas.
―Buenos días, Marinette―la saludó Tikki con una sonrisa―. Hoy has madrugado.
―Sí, parece que el horario de Adrien se me ha pegado.
Tikki rio.
―Eso no pasa porque duermas con él, Marinette. Por cierto, sois muy ruidosos.
Marinette enrojeció.
―Lo siento―dijo con un hilo de voz―. Es que Adrien es muy… fogoso.
La kwami roja soltó una carcajada y le dio un par de pequeños golpecitos a Marinette en la cabeza.
―Me alegro de que seas feliz.
Marinette sonrió y abrazó como pudo a su pequeña amiga.
―Gracias, Tikki. Bueno―Marinette dio una palmada y puso los brazos en jarra―, pongámonos manos a la obra.
… … … …
El estallido y los gritos llegaron sin que Marinette lo esperara. Lo cierto era que le parecía extraño que no hubiese ocurrido nada en París durante su ausencia, pero así era mejor. No habría sabido explicar a sus amigos su repentino regreso a la capital de Francia. Agradecía, pues, que los akumas y Hawk Moth se hubieran tomado unos días de descanso.
Marinette dejó la lavadora a medio poner y se quitó el pelo de la cara.
―Tikki, es hora de trabajar―dijo Marinette, resoluta―. ¡Tikki, puntos fuera!
Un resplandor rosado la cubrió por completo y, en unos pocos segundos, estaba cubierta con su traje rojo y negro. Desenrolló el yo-yo de su cintura y se apresuró a ir hasta una ventana para abrirla y deslizarse por ella hacia el exterior. Su mente trabajó a toda máquina para localizar el origen del akuma. No tardó en hallar la fuente del problema cerca de la Torre Eiffel.
Con maestría, voló de un edificio a otro, pero se paró de repente cuando vio una sombra negra correr en la misma dirección que ella. La sombra giró la cabeza hacia ella y le sonrió.
―Chat Noir―murmuró, notando cómo se le aflojaban las piernas.
En medio del frenesí por querer solucionar cuanto antes los problemas, Marinette había olvidado por completo que no luchaba sola. Por primera vez, le aterrorizó la idea de que le pasara algo a su compañero de batallas. Sacudió la cabeza, respiró hondo y le siguió hasta llegar a la chimenea de una de las azoteas más cercanas a la Torre Eiffel.
Allí, una especie de mantis religiosa gigante destrozaba todo y a todos y, en medio de un chillido que arañaba las entrañas, gritaba el motivo de su akumatización:
―¡Pagaréis por el daño que le habéis hecho a mis amigos! ¡Los bichos dominaremos el mundo!
―Vaya―intervino Chat Noir, ladeando la cabeza sin percatarse de que Ladybug le miraba fijamente―, parece que a alguien le han pisoteado las antenas.
Ladybug agachó el rostro un segundo y trató de centrarse. No podía perder la concentración en esos instantes, no cuando todo París dependía de ella y de Chat Noir.
―Eso parece―coincidió ella, sombría.
Chat Noir se percató del tono bajo de su voz y volvió hacia ella, preocupado.
―My Lady, ¿va todo bien?
Ladybug apretó los puños.
―Todo va bien―respondió, lanzando su yo-yo de nuevo hacia el frente―. Vamos, Chat Noir, tenemos una plaga que eliminar.
Antes de que Chat pudiera decir nada, Ladybug se lanzó al ataque. Con un giro de muñeca, acogió a varias personas dentro de un círculo hecho con su yo-yo y los quitó de en medio, dejándolos en una calle cercana para que pudieran escapar corriendo. A su espalda, Chat Noir se encargaba de los regazados, al menos hasta que la mantis se dio cuenta de lo que ocurría y comenzó a avanzar hacia él y hacia Ladybug.
―Dadme vuestros prodigios―rugió la mantis, lanzando contra ellos una de sus letales pinzas.
Chat Noir cogió a tiempo a Ladybug y saltó con ella unos metros a la derecha para evitar que la pata de la mantis le diera de lleno. Ladybug se desembarazó rápidamente del abrazo de Chat Noir, ignorando la mirada dolida y confusa de él. Atrapó con su yo-yo una de las patas y tiró de ella en su dirección, pero no servía de nada. La mantis la doblaba en fuerza y solo consiguió que el akumatizado la alzara en el aire y la mandara contra la Torre Eiffel como si fuera una pluma.
Chat Noir gritó. Furioso, se alzó sobre la vara y saltó encima del insecto. Sus piernas rodearon parte del cuello de la mantis y utilizó la vara a modo de riendas, inmovilizando así la cabeza del bicho.
―¿Un paseo, My Lady? ―bromeó Chat, apretando los dientes mientras se esforzaba en no perder el escaso control que tenía sobre la mantis.
Ladybug no pudo hacer otra cosa que sonreír. Ese era el don de Chat, ver lo gracioso y lo positivo en aquellos momentos en los que era imposible encontrarlo. Recuperándose de su aterrizaje forzoso en una de las plataformas de la Torre, regresó a la lucha y rodeó las patas de la mantis con su yo-yo, hasta que el cuerpo del insecto cayó por su propio peso al suelo. Chat Noir se preparó para saltar justo cuando la cabeza rebotaba en el acerado y, con un giro mortal, acabó junto a Ladybug.
―Bien pensado―la felicitó Chat.
Ella le devolvió la sonrisa.
―¿Has enontrado el akuma?
―Creo que son las antenas―Chat Noir señaló la cabeza de la mantis, que continuaba aturdida en el suelo por el golpe―. No hay nada más a la vista que pueda ser akumatizado.
―¿Unas antenas?
―Sí, como las de los disfraces de Halloween.
Ladybug alzó una ceja.
―Sí, podría funcionar… Bien, quitémosle el disfraz a nuestro amigo.
Chat Noir asintió, conforme y se apresuró a acercarse a la cabeza de la mantis. El insecto se recuperaba rápidamente del contraataque y se deshacía del agarre de Ladybug sin problemas. Chat Noir saltó sobre el morro del insecto y trepó hasta la frente, pero la mantis sacudió la cabeza y Chat Noir atravesó el cielo de regreso al suelo. Por su parte, Ladybug deshizo el nudo ya inservible y dio un paso atrás. Cuanto más miraba a la mantis, menos posibilidades veía de acercarse a las antenas y desgarrarlas.
―¡Chat Noir! Entretenlo unos segundos.
Él la miró y se llevó los dedos a la frente.
―Eso está hecho, bichito.
Chat Noir se puso frente al insecto y desvió su atención. La distracción sirvió para que Ladybug se alejara unos metros y convocara su lucky charm. Del yo-yo surgió una trampa para insectos, pero del tamaño normal, no una adaptada a la situación.
―¿Qué se supone que voy a hacer con esto? Es demasiado pequeña―protestó Ladybug, que alzó la vista para ver cómo la mantis golpeaba con fuerza desmesurada a Chat Noir y lo lanzaba contra el edificio más cercano― ¡ADRIEN!
El grito salió sin más, como si fuera lo más natural mundo llamar a su compañero de batallas por su nombre real. Ladybug se tapó la boca al darse cuenta de lo que acababa de decir y rezó para que no la hubiera escuchado, pero por la forma en que Chat se levantó a duras penas del suelo y la miró, sabía que su desliz no había pasado desapercibido.
―No, no, no, no…
Ladybug no tuvo mucho tiempo de lamentarse por su error, pues la mantis regresaba hacia ella con las pinzas en alto y las fauces abiertas. Aún aturdida, escapó por poco del ataque del insecto y se deslizó entre sus patas justo cuando se le iluminaba una zona. Sin pensarlo, abrió la trampa y atrapó con ella una de las patas traseras de la mantis. El bicho gritó de dolor y trató de deshacerse de la trampa, pero cuanto más movía la pata, más se clavaba esta en los clips del aparato.
Retorciéndose de dolor, la mantis trató de atrapar a Ladybug con la boca, pero ella fue más rápida y la obligó a cerrarla apresándola con su yo-yo.
―Chat Noir, ¡ahora!
Chat sacudió la cabeza y, de un salto con su vara, aterrizó de nuevo sobre la cabeza de la mantis.
―¡Cataclysm!
De un zarpazo, las antenas de la mantis se deshicieron y el insecto comenzó a transformarse de nuevo en hombre bajo el peso y la presión de Chat y Ladybug. Ella se apresuró a quitar la trampa del pie del akumatizado y arrojó al cielo su yo-yo para atrapar la mariposa negra y morada.
―Ya no harás más daño, pequeño akuma―murmuró, respirando con dificultad―. ¡Yo te libero del mal! ―abrió el yo-yo y dejó salir a la mariposa, completamente purificada― Adiós, mariposita.
A continuación, sin dejar que Chat dijera nada, cogió la trampa del suelo y la lanzó al cielo.
―¡Miraculous Ladybug!
En un momento, los destrozos que la mantis había causado se repararon, como si no hubiera ocurrido nada. El dolor que Chat acarreaba tras su último golpe, desapareció y el akumatizado por fin recuperó la consciencia.
―¿Qué… Qué me ha pasado? ―balbuceó el hombre, recogiendo del suelo un par de antenas de plástico con manos temblorosas.
―No te preocupes―Chat Noir se agachó y le tomó por el hombro―. Ya ha pasado todo.
El hombre le miró y dirigió, luego, su atención a Ladybug, que le tendía la mano con una amable sonrisa.
―Vamos, ve a casa y descansa.
El akumatizado no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se levantó con ayuda de Ladybug y, apretando las antenas de plástico contra su pecho, se marchó lentamente hasta la avenida central. En cuanto se quedaron solos, Chat Noir se giró hacia Ladybug, serio, ignorando el pitido de los pendientes de ella y el de su propio anillo.
―¿Cómo me has llamado antes, My Lady?
