Chat Noir no podía apartar la mirada de Ladybug, de sus ojos asustados y de la expresión contrita de su rostro. Aún resonaba en su mente y en sus oídos su nombre, su auténtico nombre. Solo había una persona en el mundo que supiera cuál era su identidad y se suponía que se encontraba refugiada en su casa, tal vez ajena al desastre que se había formado en el entorno de la Torre Eiffel.
―Chat, yo…―dudó Ladybug, desviando la mirada al suelo y retorciéndose las manos enguantadas.
Chat dio un paso más hacia ella, cercándola con su cuerpo. No podía huir de allí sin darle la espalda y arriesgarse a que él la atrapara antes de que saliera corriendo. Y si lo hacía, si lo conseguía, pensaba seguirla hasta que uno de los dos se cansara antes. No podía dejar aquel asunto así, debía saberlo. Marinette no le diría a nadie quién era, ¿no? Había prometido guardar su secreto y él confiaba en ella.
―Suéltalo, My Lady, siento curiosidad.
―¿No sabes que la curiosidad mató al gato?
―En este caso, le llamó por un nombre―Chat se cernió sobre ella, aprovechando su estatura; entornó los ojos de gato, serio, intimidante―. ¿Por qué me has llamado Adrien?
―Yo… no lo sé… Viniendo hacia aquí, vi uno de sus posters y…
―My Lady…―intentó interrumpirla Chat, sin éxito.
―… supongo que relacioné que él es rubio con tu pelo y que los dos tenéis los ojos verdes y…
―Ladybug…
―… no digo que tú no seas atractivos, es decir, los dos sois pero…
―¡Ladybug! ―Chat alzó la voz, consiguiendo así que su compañera de batallas, su amiga, se mordiera la lengua y dejara de hablar― No me mientas, no se te da bien.
Ella cerró la boca y se llevó las manos al pecho. Nunca había visto a Chat realmente enfadado, por muchas veces que ella le hubiera rechazado o que le hubiera dicho que estaba enamorada de otro. Al final, él siempre había estado a su lado. Le dolió verle así, tan distante, tan amenazante, aunque sabía que jamás le haría daño a propósito.
―¿Por qué me has llamado así?―repitió Chat, impacientándose por momentos.
Ladybug se mordió el labio inferior y se preparó para lo peor. Ya no había vuelta atrás, las cartas estaban sobre la mesa.
―Porque… te conozco sin la máscara. Sé quién eres―dijo lentamente en un susurro―. Eres Adrien Agreste.
Chat permaneció impasible, aunque por dentro la sangre le bullía.
―¿Cómo sabes eso? Nadie lo sabe.
―Sí―repuso ella, agachando la cabeza pero sin romper el contacto visual―, yo lo sé.
Chat sacudió la cabeza.
―Eso es imposible.
―No, no lo es. Porque tú mismo me lo dijiste, ¿recuerdas? Aquella noche, en la playa, huyendo de los paparazzi…
Chat tardó un momento en darse cuenta de lo que significaban aquellas palabras. Notó cómo los pulmones dejaron de acoger suficiente oxígeno. Dio un paso atrás, mirando a Ladybug como si fuera la primera vez que lo hacía.
―No puede ser…―musitó, llevándose las manos a la cabeza― No, no puede ser… Es imposible…
Ladybug se encogió sobre sí misma y cerró los ojos.
―Tikki, puntos dentro―murmuró y dejó que su kwami saliera finalmente de sus pendientes y flotara junto a ella.
Había cometido un grave error dejándose ver de esa manera en medio de París, pero era lo único que podía hacer. Tuvo suerte de no encontrar a nadie cerca de allí, aunque una parte de ella estaba segura de que alguien la había visto detransformarse. Por su parte, Chat Noir no podía quitarle los ojos de encima, sobre todo cuando, tras extinguirse el resplandor rosado que la cubría, apareció la chica a la que había entregado su corazón unos días atrás. La misma de la que se había despedido hacía apenas unas horas. La misma que le había dicho que confiaba en él.
―Marinette…―no llegó a decirlo en voz alta, pero Ladybug pudo leer perfectamente sus labios.
―Adrien, perdóname, yo…―se apresuró a decir Marinette con los ojos anegados en lágrimas― Entiéndeme, yo…
Cuando Marinette intentó tocarle el brazo, Chat se alejó de ella. Dolida, sintiendo que el corazón se le rompía en mil pedazos, trató de alcanzarle de nuevo, pero él dio otro paso hacia atrás.
―Adrien... ―la voz de Marinette se rompió con el último sonido de su nombre.
Mientras, Chat trataba por todos los medios de no venirse abajo delante de ella. El cúmulo de sentimientos era abrumador. Por un lado, se sentía traicionado; él le había confesado quién era y ella, en cambio, se había guardado su identidad. ¿Acaso era eso lo que intentaba decirle la noche anterior? Si era así, había sido un estúpido por no dejar que se confesara.
Por otra parte, un dolor punzante y constante le atenazaba el corazón. Marinette le había repetido varias veces que le quería y que confiaba en él, pero acababa de descubrir que no era cierto. Si realmente hubiera confiado en él, le habría dicho que era Ladybug en el mismo momento en que estuvieron a salvo en la habitación del hotel. Porque, ¿qué sentido tenía guardarse su identidad? ¿Acaso él no le había abierto por completo su corazón?
―No puedo―murmuró, caminando hacia atrás y girándose para darle la espalda―. Me largo.
―Espera, Adrien…
―¡No me llames así! ―gruñó él sin girarse― Ni siquiera puedo mirarte a la cara…
―Sé que no era lo que esperabas, pero…
―¿En serio, Marinette? ―esta vez, sí se volvió, aunque solo para lanzarle una mirada llena de resentimiento y dolor― No me vengas con cuentos, porque sabes perfectamente que me habría dado igual quién estaba debajo de esa máscara. Me habría dado igual si eras tú, pero no me lo contaste. Preferiste callarte cuando tenías la oportunidad de contármelo.
A medida que Chat hablaba, las lágrimas de Marinette le cruzaban la cara y se perdían en el suelo. Ella, tambaleante, trató de avanzar hacia él.
―No es eso, no es lo que piensas…
―No quiero escucharte―sentenció Chat, desenvainando la vara y estirándola―. Adiós, Marinette.
―No, Adrien, ¡espera!―chilló ella, pero Chat ya se perdía por los tejados de París, alejándose de ella, de lo que habían empezado a construir aquellos días en la playa y de su corazón hecho pedazos.
… … … …
Adrien observaba el atardecer como si pudiera encontrar alguna respuesta en los tonos naranjas, amarillos y rosas del cielo. Se había quedado de pie hacía ya un buen rato, con el brazo derecho apoyado en una de las vigas que sujetaban los enormes ventanales de su habitación. A su espalda, Plagg sostenía un trozo de queso sin poder tragarlo por completo, con los ojitos verdes de gato fijos en su dueño.
Desde que habían regresado a la mansión, Adrien no había dicho ni una sola palabra. Se había recluido en su cuarto y le había pedido a Nathalie mediante un mensaje que le subieran la cena; de todas formas, su padre nunca comía con él. Plagg se había quedado esperando a que Adrien estallara en algún momento pero, para su sorpresa y frustración, no se había desahogado ni había maldecido. Sencillamente, con la misma ropa del todo el día, se había quedado allí de pie, mirando a la nada.
Lo cierto era que la mente de Adrien bullía de acción. Plagg no se daba cuenta, pero Adrien trataba de encontrarle algún sentido a lo que había descubierto de mala forma. Rememoraba cada encuentro que había tenido con Ladybug, comparaba mentalmente sus rostros y quería darse tortazos contra la pared por no haber sido capaz de darse cuenta él solito. Ladybug siempre había sido Marinette y ella siempre había estado enamorada de él. Ladybug le decía, con cada confesión, que estaba enamorada de otro. ¿Cómo iba a imaginarse que se trataba de él?
Y él, Chat… Ya se había martirizado bastante por rechazar a Marinette siendo Adrien, no quería ni pensar en el dolor que ella misma le había causado siendo Ladybug. Sin saberlo, habían forjado un cuadro amoroso.
Adrien cerró los ojos y se llevó los dedos al puente de la nariz. ¿Por qué Marinette no le había confesado que era Ladybug? Ella siempre se había mostrado tajante respecto a revelar su identidad pero, ¿acaso él no le había confesado la suya? ¿Es que ella no podía hacer lo mismo? ¡Incluso se habría reído! Porque, además, por muy extraño que pareciera, no imaginaba a otra persona siendo Ladybug. Marinette tenía todas las cualidades de su alter ego siendo ella misma, coincidían por completo. No obstante, ella había empezado a decir junto a la Torre que ella no era lo que él esperaba o algo así… De nuevo, había actuado por mero impulso y no la había escuchado.
«Es igual», se dijo, abriendo los ojos y entornándolos, «nunca me tomó en serio. Ya está hecho…».
―Adrien―dijo entonces Plagg, rompiendo el silencio de la enorme habitación; él apenas se inmutó―, ¿has hecho voto de silencio? ¿No vas a volver a hablar?
Adrien alzó una ceja y volvió el rostro hacia su kwami, que había flotado hacia él y ahora se encontraba a su lado.
―¿Voto de silencio, Plagg? ¿Es lo único que se te ha ocurrido?
―Es lo único que explica el hecho de que no hayas dicho nada desde hace más de medio día―repuso Plagg, acercándose un poco más y poniendo una de sus patitas negras sobre su hombro―. ¿En qué estás pensando?
Adrien esbozó una triste sonrisa y acarició la cabecita del kwami a modo de agradecimiento.
―Gracias por preocuparte por mí, Plagg, pero estoy bien…
―No lo estás―replicó el kwami, no sin cierta dureza―. Dime qué se está pasando por la cabeza.
La sonrisa de Adrien desapareció y la sustituyó un largo suspiro.
―Tú lo sabías, ¿verdad? Sabías que era ella desde lo que ocurrió con Dark Owl―dijo Adrien con suavidad―. No me dijiste nada.
―No podía hacerlo y lo sabes. La revelación de las identidades es algo que no se puede dar voluntariamente, se tienen que dar las circunstancias para que ocurra y no siempre pasa de la misma forma.
Adrien frunció el ceño y se dio la vuelta para darle la espalda a la calle.
―¿Estás intentando convencerme de que Marinette no podía decirme quién era ella, aunque quisiera?
―Exacto. Forma parte de nuestro vínculo con vosotros. Tú no le dijiste nada, técnicamente. Simplemente, me sacaste de tu bolsillo y me metiste en el anillo sin avisar―añadió Plagg con tono acusador.
Adrien puso los ojos en blanco.
―Ya no importa, Plagg. No creo que sea capaz de luchar de nuevo con ella…
―Tienes que hacerlo, Adrien. Tu deber como Chat Noir va más allá de tus sentimientos por Ladybug, sea quien sea ella.
Adrien respiró hondo, notando cómo el enfado volvía a crecer en su interior.
―No puedes obligarme a nada―espetó, haciéndose a un lado y dando zancadas hacia el baño.
Plagg no pudo detenerle. Adrien se encerró en el cuarto de baño y, poco después, Plagg pudo escuchar el sonido del agua de la ducha correr. Resignado, Plagg se metió en la boca todo el trozo de queso y rondó por la habitación, a la espera de que Adrien saliera del baño. Pero al ver que su dueño tardaba en salir, decidió darse una vuelta por la casa.
No era la primera vez que se aventuraba por la mansión. Ya se había acostumbrado a esconderse o a convertirse en una sombra cuando la situación lo requería. Conocía cada una de las cámaras que vigilaban las diferentes habitaciones y espacios, por lo que para él el paso era un juego. En aquella ocasión, decidió bajar hasta el vestíbulo y girar a la derecha, hacia la amplia y espaciosa sala que Gabriel Agreste utilizaba como despacho y lugar de trabajo. Plagg atravesó las enormes puertas de doble hoja como si fuese aire y descubrió que no había nadie allí.
No supo bien por qué, pero algo le llevó hasta el retrato de la madre de Adrien, la preciosa Émile Agreste. Tras el retrato, Gabriel ocultaba un poderoso libro que, de alguna manera, había llegado a las manos de Marinette y, de ahí, al maestro. Gracias a la pericia de la chica, Adrien había quedado absuelto de su acusación de haber cogido el libro sin permiso y le había liberado de su encierro. Adrien nunca lo supo y Plagg tampoco había hecho nada por contárselo. Desde aquel entonces, Plagg compartía la opinión de Marinette de que Gabriel Agreste era Hawk Moth, aunque él mismo se hubiese akumatizado ese mismo día. Marinette había dejado de pensar en su diseñador favorito como su mayor enemigo, pero Plagg aún tenía la mosca tras la oreja y había usado sus incursiones en secreto para tratar de desvelar la verdad… sin éxito.
Aquella era la primera vez que encontraba el despacho sin ningún tipo de vigilancia adicional. Usando el punto ciego de las cámaras de seguridad, Plagg tanteó el cuadro y encontró una serie de botones escondidos en la pintura. El kwami fue pulsándolos, uno a uno y en diferente orden, hasta que escuchó un sonido extraño a su espalda. Plagg se giró y vio cómo se abría una trampilla frente a él, en el suelo. Plagg se internó en el tubo y siguió su dirección. No necesitó que la trampilla de salida se abriera para atravesar el acero y encontrarse en una estancia semicircular.
La estancia estaba divida en tres secciones: una enorme ventana con el símbolo de una mariposa que cubría toda la redondez del semicírculo, una pasarela que cruzaba un gigantesco jardín y otro semicírculo al final. Plagg contuvo una exclamación de sorpresa, sobre todo al ver a Gabriel Agreste bajar hasta el jardín y caminar en silencio, solo, hasta un rincón. Plagg flotó con sigilo hasta quedarse cerca de él, oculto entre las plantas.
―No sé si será cierto, mi amor―decía Gabriel, con los ojos grisáceos fijos en una especie de cuna de cristal en la que yacía su esposa, por la que no parecía pasar el tiempo―, pero hoy la he escuchado… Ladybug ha llamado a Chat Noir "Adrien". Una vez lo sospeché, pero… no podía ser. Y ahora…―Gabriel cerró una mano en un puño― Te prometo que lo averiguaré de una vez por todas.
Los ojos de Plagg se agrandaron y casi se salieron de sus órbitas cuando vio que Gabriel se quitaba la corbata que solía llevar siempre puesta y que, bajo ella, se encontraba una joya muy familiar…
―¡Nooroo, alzaos, alas negras!
Plagg no esperó ni un minuto más. Aprovechó la confusión del destello morado que envolvía a Gabriel para regresar junto a Adrien. Recorrió a toda velocidad la pasarela, atravesó la trampilla y apareció en el despacho de Gabriel Agreste. Casi sin aliento, flotó hacia arriba y atravesó el techo para llegar antes al pasillo y, por ende, al cuarto de Adrien.
Cuando le vio aparecer por la pared, Adrien le lanzó una mirada furiosa.
―¿Dónde estabas? ¡Te he estado buscando por todas partes!
―Adrien, tenemos que irnos―se apresuró a decirle Plagg, chocando contra su pecho por inercia―. Vamos, transfórmate.
Adrien frunció el ceño, confuso.
―¿De qué estás hablando? No intentes cambiarme de tema, Plagg…
―¡No lo hago, niño estúpido! Ve a casa de Ladybug, podré contároslo todo allí.
―¿¡QUÉ!? No, no pienso…
―¡ADRIEN! ―estalló Plagg― Sé quién es Hawk Moth y viene hacia aquí. ¡Hazme caso por una vez en tu vida!
