Marinette apenas había salido de la cama desde que hubo llegado a casa, tras la pelea contra el akuma y la discusión con Adrien. Tikki había conseguido sacarla de allí y obligarla a comer algo y no le quitaba el ojo de encima. Marinette se movía como una autómata: encendió el fuego, sacó una sartén, le echó mantequilla, sacó pan de molde, dejó que la mantequilla se enfriara, puso el pan encima, lo tostó por un lado… Así lo hizo con tres trozos más de pan, para luego rellenarlos con queso, lechuga fresca y jamón de york.

Aunque cuando le echó un vistazo a la comida, a Marinette se le hizo un nudo en la boca del estómago. No tenía hambre, no tenía sed. Y Tikki se desesperaba por momentos.

Fueron unos golpes secos en la planta de arriba lo que las sacaron de su aturdimiento. Marinette parpadeó, confusa. Tal vez lo había imaginado, pero los golpes se repitieron. Marinette intercambió una mirada esperanzada con Tikki y subió corriendo las escaleras hasta su habitación. Se asomó a la zona superior, donde se encontraba su cama, sujetándose con la pared.

―¿Chat? ―murmuró, lo suficientemente fuerte como para que su voz se escuchara en el exterior.

La puerta de su trampilla se abrió y los ojos verdes neón de Chat Noir, de Adrien, refulgieron en la oscuridad de la habitación. Marinette creyó que se desmayaba de la felicidad.

―¿Puedo pasar? ―dijo él con voz grave.

―Claro, entra―era imposible que Marinette le dijera lo contrario.

Chat respiró hondo y atravesó la trampilla con un salto ágil y sigiloso. Cerró la puertecita y se bajó de la cama sin decir ni una sola palabra. Marinette vio que dudaba, pero finalmente se animó a bajar las escaleras hasta encontrarse cara a cara con ella, su Ladybug.

―¿Qué… qué haces aquí? ―musitó Marinette, confusa, feliz, nerviosa, asustada…, todo a la vez.

Chat suspiró y cerró los ojos.

―Plagg, garras dentro―dijo él a modo de respuesta, detransformándose en pocos segundos. En un abrir y cerrar de ojos, Adrien Agreste le devolvió la mirada a Marinette junto a su kwami.

Marinette se mordió el labio inferior y dirigió sus ojos hacia Plagg.

―Hola―le saludó, no sin cierta timidez.

―Hola, preciosa―respondió Plagg con una inclinación de la cabeza―. Venimos a hablar con vosotras. Las dos.

Marinette tragó saliva con fuera, tratando por todos los medios de no centrar su atención en Adrien, que no apartaba la vista de ella. No entendía qué hacían Plagg y Adrien en su casa a esas horas, pero no sería ella quien les echara, por lo que se hizo a un lado y les indicó la salida.

―Claro, bajad―les invitó Marinette, pero ni Plagg ni Adrien se movieron.

Marinette los miró a ambos, confusa.

―Las damas primero―dijo finalmente Plagg con un largo suspiro y lanzando una mirada acusatoria a Adrien.

Marinette agachó la cabeza y pasó por delante de los dos. Plagg aprovechó que ella estaba dándoles la espalda para regañar a Adrien con la mirada. Él, sencillamente, se limitó a entornar los ojos; no estaba dispuesto a recibir lecciones de nadie.

―Idiota―escupió Plagg en un susurro, antes de revolotear junto a Marinette y bajar junto a ella hasta el salón y la cocina, donde Tikki les esperaba sentada en la encimera―. Hola, Sugarcube.

Tikki puso los ojos en blanco, pero alzó el vuelo y fue al encuentro de Plagg.

―Te he dicho mil veces que no me llames así―protestó, dándole un abrazo―. ¿Qué hacéis aquí? ―preguntó, viendo a Adrien llegar tras Plagg.

Adrien se quedó parado en la escalera al ver a Tikki. Marinette, incómoda, carraspeó.

―Adrien, te presento a Tikki, mi kwami.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Plagg tenía sujeta a Tikki de tal manera que nadie podría haberle separado de ella. Observaba a Adrien con un destello de desafío, como retándole a que se comportara mal con su amiga. Finalmente, tras unos segundos en los que Marinette contuvo el aliento, Adrien dio un paso adelante y le puso la mano con la palma hacia arriba a Tikki.

―Es un placer conocerte al fin, Tikki―la saludó, dibujando una de esas sonrisas arrebatadoras que hacían que a Marinette le temblaran las rodillas.

Tikki frunció el ceño, ladeó la cabeza y se lo pensó un poco antes de soltarse Plagg y dejar que Adrien la cogiera.

―Lo mismo digo, Adrien―respondió, seca.

De nuevo, se hizo el silencio en la estancia, un silencio que se vio pronto interrumpido por un rugido extraño. Adrien abrió los ojos por completo, Tikki hizo lo mismo y Plagg rompió a reír. Marinette tuvo que morderse la boca para no sonreír.

―¿Has cenado, Adrien?

―No―admitió él, percatándose por primera vez del rico olor que impregnaba la cocina y el salón.

―¿Quieres comer algo? ―le ofreció Marinette, señalándole un asiento frente a ella.

Adrien la miró directamente a los ojos, como si tratara de decidir si aceptaba o no que ella le diese de comer. El resentimiento le guiaba, pero el hambre era aún más acuciante. Seguramente, Nathalie ya habría subido a su habitación con una bandeja y habría visto que su habitación estaba vacía. Cuanto antes cenara, antes podría enterarse de lo que estaba pasando y salir de allí y alejarse del dulce aroma de Marinette. Por mucho que él se empeñase en no reconocerlo, le dolía demasiado estar tan lejos de ella.

―Gracias―contestó, hablándole con más suavidad que momentos antes.

Marinette suspiró de alivio y se puso manos a la obra para prepararle a Adrien un plato como el suyo.

―¿Cuántos sándwiches quieres? ―preguntó, calentando más mantequilla en la sartén.

―Pues… no lo sé.

La respuesta de Adrien la hizo reír por lo bajo y él, muy a su pesar, disfrutó con el sonido.

―Está bien. Haré unos cuantos y ya comes tú los que quieras, ¿de acuerdo? ―propuso ella, volviéndose parcialmente para ver cómo Adrien se sentaba a la mesa.

―Sí, como veas…

―¿Puedes hacerme un par de queso?―intervino Plagg, sentándose en la cabeza de Marinette y oliendo la mantequilla― O puedes darme el queso directamente, me da igual.

Marinette soltó una carcajada mientras Tikki se llevaba las patitas a la cabeza.

Al no estar mirándole directamente, Marinette no podía darse cuenta de la constante observación de Adrien. Después de haberla visto desnuda, de haberla probado, de haberla amado como aún la amaba, Adrien era consciente de que no sería capaz de estar enfadado mucho tiempo más si seguía estando frente a sus ojos. Si le comentaba a Plagg la impotencia que sentía, seguramente se reiría de él y le soltaría un "ya te lo dije". No, no podía contar con Plagg para desahogarse.

Fue entonces cuando el pequeño kwami rojo de Marinette se puso frente a sus ojos, aparentemente molesta. Adrien miró alternativamente a Tikki y a Marinette, pero esta última no se daba cuenta de nada. Estaba sumergida en la cocina; eso o trataba de evitarle a toda costa. No estaba muy seguro.

―Veo que sigues enfadado con Marinette―murmuró Tikki, atrayendo de nuevo la atención de Adrien.

Él alzó una ceja y se cruzó de brazos, dejándose caer sobre el respaldo de la silla.

―¿Y qué si es así?

―Te estás equivocando, Adrien―replicó Tikki―. Marinette lo ha pasado muy mal, ¿sabes? Todas esas veces que tú le pedías que revelarais vuestras identidades, o cuando te transformaste delante de ella… Nunca te lo ha dicho, pero ella era la primera que deseaba confesarte quién es.

Adrien respiró hondo. La kwami de Marinette no iba a darle tregua.

―Si estás intentando convencerme de que la perdone…

―Oh, por favor, Adrien―bufó Tikki, acercándose más a él―. Deja de ser tan dramático. No es como si ella te hubiese ocultado un embarazo o algo así…

Adrien dio un respingo en su asiento.

―¿Está embarazada? ―inquirió, tenso.

Tikki soltó una carcajada.

―Madre mía, Adrien… ―consiguió decir en medio de la risa.

El ruido hizo que Marinette se girara y los mirara con el ceño fruncido.

―¿Qué estáis tramando? ―quiso saber; Plagg, a su lado, se relamía con el queso fundido que movía Marinette en una segunda sartén.

―Nada―respondieron los dos a la vez.

Marinette parpadeó, confusa, pero decidió que era mejor no seguir preguntando. Cuando Adrien escuchó de nuevo cómo ella giraba el pan para tostarlo, se permitió respirar tranquilo. ¿Por qué le ponía tan nervioso que ella supiera lo que estaba pensando? ¡Si ni él mismo se aclaraba!

―Adrien―habló de nuevo Tikki, poniéndole una patita en la mejilla con dulzura―, si crees que el error de Marinette fue no decírtelo cuando tú te dejaste ver, entonces ella también debería sentirse igual que tú, porque le escondiste una parte de ti. No es justo que te enfades con ella, ya ha pasado bastante teniendo que soportar cómo la rechazabas continuamente durante años.

Él tragó saliva con fuerza y desvió la mirada hacia un lado. Tikki sonrió y le dio un pequeño besito en la frente antes de marcharse con Marinette, que terminaba de sacar el pan tostado y de ponerle el queso fundido a Plagg en una pequeña fuente.

―Ya está―anunció Marinette, poniéndole varios sándwiches por delante a Adrien, pero al ver su expresión sombría, dejó el plato a medio camino―. ¿Estás bien?

Adrien no respondió.

―¿Adrien? ―probó de nuevo Marinette.

Y tal vez fuera por el sonido de su nombre saliendo de sus labios o porque empezaba a sentirse culpable gracias a Tikki, que alzó la cabeza y le sonrió con agradecimiento.

―Gracias, Marinette―Adrien cogió el plato lleno que ella le tendía y rozó conscientemente sus dedos en una caricia disimulada.

Marinette se olvidó de respirar, pero volvió en sí cuando escuchó a Plagg relamerse. Sin poder creer aún lo que acaba de ocurrir, Marinette se sentó en su sitio frente a él y comenzó a darle pequeños mordiscos a sus sándwiches. Todos comieron en silencio, incluida Tikki con su par de galletas con pepitas de chocolate. Y ante la mirada anonadada de Marinette, Adrien se zampó los cuatro sándwiches que ella le habría preparado.

―¿Te…―comenzó a decir Marinette, pero la voz se le perdió por el camino; carraspeó― Te ha gustado la cena?

―Sí―asintió Adrien, limpiándose la boca con una servilleta―. ¿Tienes idea del tiempo que hace que no como un sándwich vegetal o de cualquier tipo?

Marinette se encogió sobre sí misma. Sí que lo sabía.

―Me alegra que hayas disfrutado―murmuró, mordiéndose el labio inferior.

Adrien dejó de sonreír. Ver a Marinette así, igual que hacía unos años, cuando se conocieron, hizo que se le encogiera el estómago. ¿Tan mal la estaba tratando? Él, que se había jurado y le había prometido que la haría feliz…

―Marinette, yo…

―Bueno, chicos―interrumpió Plagg, ajeno a la intención de Adrien de hablar―. Después de haber disfrutado de todo un festín―le dirigió un guiño amistoso a Marinette, que ella correspondió con un amago de sonrisa―, creo que es momento de explicaros qué hacemos aquí.

Marinette inspiró con fuerza y se enderezó en la silla. Por mucho que Adrien la intimidase en esos momentos, por muy mal que se sintiera, debía estar preparada. Plagg nunca se presentaba en las casas ajenas si no era por una buena razón. Pareció que los demás pensaron lo mismo, porque dejaron de prestarle atención a otras cosas para centrarse en el kwami de la destrucción.

―Hace apenas una hora y media que he descubierto quién es Hawk Moth.

Las reacciones de Tikki y Marinette no se hicieron de rogar. Adrien, por su parte, se mantuvo sereno. Ya le había escuchado decir eso, pero sabía que había algo más y se preparó mentalmente para ello.

―¿Le has visto transformarse? ―inquirió, dubitativo.

―Así es―afirmó Plagg―. Y necesito que mantengáis la calma, ¿de acuerdo? Debemos trazar un plan para enfrentarnos a él y que nadie salga perjudicado.

―Plagg―intervino Tikki, flotando junto a él―, ¿estás seguro de lo que viste?

―Completamente, conozco muy bien el prodigio de Nooroo y la transformación no era un juego de luces y sombras.

Marinette apretó las manos bajo la mesa.

―¿Quién es, Plagg?

El kwami negro los miró a todos, pero mantuvo los ojos fijos cuando llegó a Adrien.

―Es tu padre, chico. Gabriel Agreste.