Marinette no se lo pensó dos veces, ni siquiera cayó en que Adrien podría apartarla con un manotazo. Se levantó de su silla y rodeó la mesa a toda prisa para ir hasta él y abrazarle por detrás, hundiendo la cabeza en el hueco de la nuca. Para su sorpresa, Adrien no se alejó de ella, sino que se aferró a sus brazos con fuerza. Estaba tan impresionado por la noticia que necesitaba que el amor de su vida le sujetas en esos instantes, por muy enfadado que estuviera que con ella.

―¿Estás seguro de lo que dices, Plagg? ―murmuró Tikki, repitiendo la misma pregunta que le había hecho momentos antes.

―¿Crees que me inventaría algo así? ―protestó Plagg― Marinette ya lo dijo una vez, ¿recordáis? Ella sospechó que papá Agreste era Hawk Moth.

―Sí―intervino la aludida, levantando la cabeza y apoyando la barbilla en el hombro de Adrien; no pensaba moverse de ahí hasta que Adrien fuera capaz de sostenerse por sí mismo―, pero Gabriel fue akumatizado. Fue ahí cuando nuestras sospechas se desvanecieron.

―Eso no tiene nada que ver―replicó Plagg, cruzando las patas y adoptando una postura muy similar a la del maestro Fu―. El poder de Nooroo es diferente al del resto de nosotros. Si demoniza una mariposa, esta puede seguir viva y volando aun cuando el dueño de Nooroo se ha detransformado.

Fue en ese momento cuando Adrien por fin reaccionó, sobresaltando a Marinette con el sonido de su voz.

―¿Estás diciendo que mi padre demonizó una mariposa, guardó el prodigio y se dejó akumatizar? ―preguntó con lentitud, como si al mismo tiempo que hablaba, tratase de asimilar sus propias palabras.

Marinette suspiró.

―Eso explicaría por qué tu padre dejó de ser un posible sospechoso. Lo planeó todo demasiado bien. La cuestión es: ¿por qué se akumatizaría así mismo? ¿Acaso pensaba que nosotros sospechábamos de él…?―Marinette ahogó un grito.

Adrien se giró parcialmente en sus brazos.

―¿Qué pasa? ¿Qué sabes?

―Claro…―continuó hablando Marinette, ajena a las miradas de incredulidad y desconcierto de los demás― Por eso estaba tan ansioso cuando perdió el libro de los prodigios…

―Marinette―la llamó Adrien, despertándola de su ensimismamiento; ella le miró, a medio camino entre la emoción y el nerviosismo―, explícate. ¿De qué libro estás hablando?

Marinette se mordió el labio inferior. Observó brevemente a Adrien y se percató de que se estaba recuperando del shock. Hizo el intento de separarse, pero él no se lo permitió.

―Adrien…

―No voy a soltarte―repuso él, con la determinación brillando en sus ojos verdes―. ¿A qué te refieres con el libro de los prodigios?

Marinette respiró hondo, aprovechando esos segundos de falsa calma para ordenar sus ideas.

―¿Recuerdas el día que tu padre te prohibió regresar al instituto?―comenzó a decir Marinette― Te castigó porque habías cogido un libro sin su permiso, ¿verdad?

Adrien frunció el ceño, haciendo memoria.

―Sí―asintió―. Estaba escondido tras el retrato de mi madre. No tengo ni idea de cómo regresó a mi casa.

―Pues… fue porque lo devolví yo―admitió Marinette, cerrando los ojos momentáneamente, para luego abrirlos de nuevo y enfrentarse a la cara de sorpresa de Adrien―. Aquel día, Lila llegó al instituto y trató de ligar contigo. Estabas ojeando el libro en la biblioteca cuando ella llegó y lo escondiste…

―Espera, espera―la interrumpió Adrien, cada vez más confuso―. ¿Tú estabas allí?

Marinette dibujó una sonrisa de disculpa.

―Te… oh, Dios… Te estaba siguiendo porque no me fiaba de Lila. Es una mentirosa compulsiva y…

―Marinette―intervino Tikki con una risita―, céntrate.

Plagg soltó una carcajada y Marinette se sonrojó, aunque aquel gesto solo hizo que el corazón se Adrien se reblandeciera un poco más.

―El caso es―trató de seguir Marinette―, que cuando tú te fuiste, Lila cogió el libro y se lo quedó. Sabía que ibais a veros en el parque, así que fui tras ella, me escondí y conseguí atraparlo cuando ninguno de los dos mirabais.

Adrien sacudió la cabeza, anonadado.

―Eres una ladrona, Marinette―bromeó, haciéndola sonreír.

―De eso nada, iba a devolvértelo. Pero Tikki―Marinette le lanzó una mirada significativa a su kwami― le echó un vistazo y vio que era importante. Me obligó a llevarlo al maestro Fu. Tú no perdiste el libro, Lila te lo robó y yo lo escondí―Marinette agachó la cabeza y trató de ocultarse tras la espalda de Adrien, pero él se lo impidió poniéndose en pie.

La tomó por los hombros y la obligó a encararle. La adrenalina corría por sus venas, aunque no estaba seguro de si era porque Marinette le estaba desvelando todo aquello o porque, de alguna forma, saber que ella había sido la causante de su regreso al instituto estaba devolviéndole su fe en ella, en ellos.

―Pero luego se lo llevaste a mi padre―concluyó Adrien con suavidad―. ¿Por qué?

Marinette suspiró.

―Fue después de luchar contra El Coleccionista, o sea…, contra él akumatizado. Por un momento, llegué a pensar que tú podías ser Hawk Moth―Marinette se tapó la cara con las manos, abochornada―. Era ridículo, pero no quería ni pensarlo. Y luego vi que no lo eras y… Si el libro lo tenías tú pero no eras Hawk Moth, la única posibilidad que se me ocurrió fue tu padre.

»Al luchar contra él, me dije a mí misma que me había equivocado y devolví el libro, principalmente para que pudieras volver a clase.

―¿Por qué no me lo contaste?

―Porque habría supuesto desvelar muchas cosas que no podía contar a nadie, ni siquiera a Alya o a ti. Y yo le pedí a tu padre que no te dijera nada sobre mi visita, así que…

―Me dejaste pensar que yo no lo había perdido realmente―finalizó Adrien, con el pecho henchido de alegría―. Dios, Marinette… eres…

Plagg aprovechó ese instante para interponerse entre los dos.

―Sí, sí, es maravillosa, ya lo sabemos. ¿Podemos centrarnos de nuevo en el tema principal, por favor? ¿Cómo vamos a derrotar a Hawk Moth sin hacer pedazos a tu padre?

La expresión esperanzada de Adrien desapareció al momento y la sustituyó una de tristeza. Marinette se dio cuenta del cambio y dejó de esconderse para hacerle frente. Plagg tenía razón, no era momento para recrearse en todo lo que ella había hecho por él sin que el propio Adrien se enterase.

―Tenemos que acercarnos a él lo suficiente para arrebatarle el prodigio―propuso Tikki, flotando hasta colocarse sobre la cabeza de Marinette, al igual que Plagg hizo con Adrien―. Debe de haber alguna forma de que nadie salga perjudicado.

Marinette asintió, conforme.

―Sí, pero… ¿cómo? ―sus ojos azules se encontraron con los verdes de Adrien― Es tu padre, le conoces mejor que nadie. ¿Cuál es su punto débil?

Adrien hizo una mueca.

―Nada. Es un bloque de hielo―dijo con amargura.

―No, no―insistió Marinette, separándose de Adrien y dando vueltas por el salón, pensativa―. Tiene que haber algo. Un objeto, un recuerdo, una persona…

Nadie dijo nada durante un buen rato. Marinette le daba vueltas a la cabeza, Adrien se sentó en el sofá y apoyó la barbilla entre las manos, con la mirada perdida en algún punto de la pared. Por su parte, Tikki y Plagg revoloteaban por el salón y murmuraban entre ellos palabras que ni Marinette ni Adrien atinaban a entender.

―Adrien―habló entonces Marinette, sobresaltándolos a todos; él la miró desde su posición―, ¿crees que tu padre querrá nuestros prodigios para… bueno…―suspiró y se armó de valor― recuperar a tu madre?

La expresión de Adrien se ensombreció. Sus ojos recorrieron a Marinette hasta llegar al suelo, pensativo.

―Sería algo que él haría―admitió, muy a su pesar―. El maestro Fu me comentó que nuestros prodigios juntos otorgaban un poder inmenso, capaz de hacer realidad cualquier deseo. Tal vez su objetivo sea tenerlos juntos para que su deseo se haga realidad.

―Pero esa magia tiene un precio―apuntó Marinette, caminando hacia él y sentándose a su lado, sobre el reposabrazos del sofá―. ¿Tan obsesionado está con traerla de vuelta que le dan igual las consecuencias?

Adrien clavó entonces la mirada en ella, atravesándola con sus irises verdes hasta el punto de dejarla congelada.

―Yo haría lo mismo si se tratara de ti―declaró con voz grave.

A Marinette se le formó un nudo en el estómago. ¿Significaban aquellas palabras que Adrien seguía queriéndola? Sacudió la cabeza, no era momento de pensar en eso.

―Pero tú sabes lo que podría pasar si se te concediera ese deseo…―repuso Marinette, atribulada.

―¿Y si él no lo sabe? ―pensó Adrien, con el corazón latiéndole a toda prisa y la mente trabajando horas extra.

―¿Cómo no va a saberlo? Tiene el libro de los prodigios…

―Sí, pero no sabe leerlo―recordó Adrien y en su rostro se fue formando una sonrisa a medida que caía en los detalles―. Se lo llevaste al maestro Fu porque no tenías ni idea de qué ponía, ¿verdad?

Marinette se mordió el labio inferior y asintió.

―Dijo que tardaría un tiempo en descifrarlo, pero ya hace bastante que acabó de leerlo. Aunque hay partes que siguen siendo un desafío para él.

―¡Eso es! ―exclamó Adrien, poniéndose en pie y situándose frente a ella― Mi padre solo ha visto lo que pueden hacer los prodigios juntos por las ilustraciones, pero no sabe que tiene que dar algo a cambio de cumplir su deseo. Dios, Marinette, ¡eres un genio! ―añadió, sujetándole la cara con suavidad.

Ella parpadeó, confusa, electrificada por tener a Adrien tocándola de nuevo.

―¿Yo? Pero si no he dicho nada…

Adrien le guiñó un ojo y lo hizo con tanta rapidez, que Marinette creyó que se lo había imaginado.

―Tikki, Plagg―llamó entonces a los kwamis, que regresaron a toda prisa junto a sus dueños―, hoy es noche de ronda.

… … … …

Ya era noche cerrada cuando Ladybug y Chat Noir saltaron desde la terraza de la panadería de los Dupain-Cheng hasta el tejado contiguo. Juntos, en silencio, comunicándose con una sola mirada, se desplazaron por París y subieron hasta lo más alto de la Torre Eiffel. Era el mejor lugar para hacer una guardia y encontrar un akuma.

Tras las averiguaciones que habían hecho, Adrien había organizado una partida de rastreo conjunta. Ellos dos se encargarían de localizar al nuevo akumatizado porque, según Plagg, Hawk Moth había utilizado su prodigio y estaba listo para la acción. En cuanto tuvieran en mira al akuma, Ladybug buscaría al resto de sus compañeros y los llamaría para plantarle cara a Hawk Moth.

Ya lo habían planeado: él y Ladybug lo acorralarían, mientras Carapace se encargaba de la protección y Rena Rouge de hacerle creer cualquier cosa que se le ocurriera. Y en cuanto estuviera despistado, Queen Bee utilizaría su poder para paralizar momentáneamente a Hawk Moth. De esa manera, Ladybug podría arrebatarle el prodigio de una vez por todas. En cuanto a lo que llegara después, Chat Noir aún no estaba muy seguro de lo que haría. Prefería centrarse en el plan de ataque al posible resultado de su lucha.

―Bien―dijo Ladybug en cuanto se acomodaron en el mirador más alto de la Torre Eiffel y sacando a Adrien de sus pensamientos―, yo me quedaré en este lado de la torre; tú ponte en el otro, así cubriremos todos los ángulos de ataque posibles.

Él suspiró y movió la cabeza.

―Deberíamos quitarnos los trajes―propuso, algo nervioso por estar patrullando como antaño con su compañera…, aunque no solo fuese eso―. Plagg y Tikki deben estar listos para luchar.

Ladybug le observó de reojo. Chat Noir estaba haciendo lo mismo. Se sobresaltaron al verse pillados en medio del análisis. ¿Por qué les resultaba tan extraño estar el uno junto al otro? Ah, ya, claro, porque ahora sabían quiénes eran en realidad y todo lo que había ocurrido entre ellos había caído sobre sus cabezas como un jarro de agua fría. Marinette sí había tenido tiempo de asumir que Adrien era Chat Noir; él, por el contrario, aún seguía digiriéndolo.

Tanto Marinette como Adrien se despojaron de sus trajes a la vez, tratando de ignorar las palabras del otro. Tikki y Plagg se vieron liberados de sus prodigios y cada dueño les entregó comida para tener energía extra. Marinette y Adrien se miraron de soslayo, sin saber bien cómo actuar, hasta que finalmente ella se sentó en una esquina del mirador y él hizo lo mismo; no se daban la espalda, pero tampoco podían mirarse directamente.

La noche era fresca, aun siendo verano. Soplaba una suave brisa que a Marinette le recordaba la playa y esos momentos en los que era Adrien quien iba tras ella, la buscaba y la provocaba hasta el límite. ¿Cómo podía sentirse tan tímida después de todo lo que habían hecho juntos? Marinette no lo comprendía, pero sí podía entender que él aún estuviera enfadado con ella por haberle ocultado su identidad. Al fin y al cabo, eso era lo que los había separado de nuevo.

―¿En qué piensas? ―el viento le llevó la voz de Adrien, lo que hizo que la piel se le pusiera de gallina.

Marinette recogió las piernas y se abrazó a ellas.

―En lo raro que es todo esto―admitió en voz baja―. Han pasado demasiadas cosas en menos de una semana. Parece mentira…

Adrien echó la cabeza hacia atrás. No podía estar más de acuerdo.

―Siento…―carraspeó, nervioso― Siento haber reaccionado tan mal. Con lo de tu identidad y eso…―respiró hondo, con los ojos fijos en las estrellas que no se podían ver desde abajo.

―No te disculpes―musitó Marinette, notando una fuerte presión en el pecho que no la dejaba respirar―. Debería habértelo contado cuando tú me enseñaste quién eras. Esto es solo una prueba más de lo torpe que soy.

Adrien entornó los ojos.

―No eres torpe―replicó con cierta dureza―. Yo soy un exagerado.

―Y yo una cobarde.

―Y yo un estúpido.

―Y yo…

―Vale, vale―rio Adrien, interrumpiéndola―. Somos dos completos inútiles.

Marinette sonrió, aunque no hizo nada por girar la cabeza para mirarle.

―¿Sabes? Nunca he sabido por qué el maestro Fu me eligió o si fue Tikki la que decidió quedarse conmigo―Marinette alzó la vista hacia su kwami, que reposaba con Plagg un par de metros más arriba―. Nunca me he visto como la mejor opción para ser Ladybug, pero ella siempre me ha animado y me ha dicho que sí lo soy. Supongo que fue esa baja autoestima lo que hizo que no me lanzara a confesarte mis sentimientos hace cinco años o lo que me retuviera para contarte que yo era esa heroína de la que te enamoraste en su momento.

Adrien cerró las manos en puños.

―Siento haberte hecho creer que no eras suficiente para mí…

―Nunca lo hiciste―repuso Marinette, negando con la cabeza; Adrien volvió el rostro hacia ella y se recreó en su perfil recortado contra el cielo nocturno de París―. Al contrario, eras demasiado amable conmigo. Jamás has tenido un mal gesto hacia mí y me has defendido siempre que creías que podías hacerlo.

―¿Eso hice? ―preguntó Adrien, inclinándose hacia Marinette sin que ella se diera cuenta― Porque yo solo recuerdo haberte rechazado de mil formas distintas…

Marinette amplió la sonrisa.

―No siempre―repuso ella con suavidad. Adrien no aguantó más y se arrastró por el suelo hasta quedar a medio metro de ella―. Yo te he hecho más daño del que tú me has hecho a mí.

Adrien agachó la cabeza.

―Ninguno ha sido el bueno de la película aquí, Marinette―murmuró y ella dio un respingo cuando le escuchó tan cerca―. Fue muy egoísta por mi parte enfadarme porque preferiste ocultarme tu identidad a…

Marinette se giró en su dirección, poniéndose de rodillas para poder verle mejor. Adrien buscó su mirada y allí estaba, llena de esa luz que siempre conseguía atraparle.

Quería decírtelo―las palabras de Marinette se tiñieron de una intensidad abrumadora―. Lo único que empezaba a preocuparme de lo nuestro era que me rechazaras por ser Ladybug, que tu ilusión de descubrir a una persona increíble bajo la máscara se viera… no sé… destruida. No quería decepcionarte, pero al mismo tiempo tampoco quería ocultarte una parte de mí.

Sin pensarlo, Marinette agarró una de las manos de Adrien y la estrechó contra su pecho. Él le sostuvo la mirada a duras penas, consciente del temblor que recorría el cuerpo de Marinette.

―Te lo dije en la playa, Adrien. Nunca pude olvidarme por completo de ti y saber que eras Chat Noir solo hizo que esos sentimientos se intensificaran y afianzaran. Porque ya estaba conociendo a Chat Noir y me gustaba lo que veía de él. Y yo…―suspiró― tenía miedo de que no te ocurriera lo mismo conmigo. Que no te gustara por completo.

»Así que, lo siento, Adrien. Siento haberte hecho creer que no confío en ti, cuando lo cierto es que llevo confiándote mi vida muchísimo tiempo.

Adrien tragó saliva con esfuerzo, pero consiguió dibujar una sonrisa tan dulce que derritió el miedo de Marinette. Con la mano que le quedaba libre, le acarició la cara y la llevó hasta la nuca para poder tirar de ella y besarla de nuevo. Marinette ahogó un grito de sorpresa, mientras que los dedos que ella sujetaba se engancharon en su ropa y la obligaron a echarse sobre él.

―Te quiero―jadeó Adrien entre beso y beso―. Te quiero, con o sin la máscara, Marinette. Eres igual de increíble con el mono de Ladybug que vestida con un pijama de Chat Noir―Marinette soltó una risita―. Soy un idiota por haberte hecho daño. Perdóname…

―Tenemos que acabar con este bucle de disculpas, Adrien―murmuró Marinette, respirando con dificultad.

Él asintió, conforme.

―Me parece genial.

―Bien―sonrió Marinette.

―Bien―coincidió Adrien.

Sus labios se encontraron de nuevo y sus alientos se fundieron hasta convertirse en uno solo. Habían olvidado la misión y lo que les quedaba por hacer frente. Sus cuerpos estaban agotados, pero sus mentes estaban funcionando como una máquina recién engrasada. Y fue esa percepción lo que hizo que se separaran de repente al escuchar el sonido de una alarma.

Se miraron. No hicieron falta palabras, ambos sabían lo que aquello significaba.

―Tikki…

―Plagg…

Sonrieron.

―¡Puntos fuera!

―¡Garras fuera!