Chat y Ladybug decidieron ocultarse en el cuarto de baño, el único lugar más alejado de la puerta desde donde podían escaparse si era necesario gracias a un enorme ventanal que había junto a la zona de la amplia ducha. Chat se deshizo de sus poderes y le dio de inmediato un trozo de queso a Plagg.

―Tú eres el único que sabe dónde está el refugio de mi padre―susurró Adrien mientras Plagg se zampaba de un solo bocado su adorado camembert―. Dime, ¿dónde está?

Plagg emitió un extraño sonido a modo de respuesta. Adrien trató de no perder los nervios y esperó a que su kwami terminase de tragar la comida. Por su parte, Ladybug esperaba, impaciente, a que se desvelase aquel gran secreto: la entrada al escondrijo de Hawk Moth. Aunque Plagg ya lo hubiese dicho durante la cena y ahora se encontrasen ocultos en la habitación de Adrien, Ladybug seguía sin asimilar el alcance de su descubrimiento, sobre todo porque ella ya lo sospechó en su momento.

Además, siempre se imaginó entrando en la habitación de Adrien de otra manera, no vestida con su traje y armada con su yo-yo.

―En el cuadro de tu madre, en su salón―dijo finalmente Plagg en voz baja―. Hay una combinación de triángulos. Cuando aciertas, se abre una trampilla a los pies de su ordenador. Solo tienes que bajar por ella.

Adrien frunció el ceño y se llevó dos dedos a la boca en un gesto pensativo. Ladybug le observó sin decir nada.

―No podremos entrar en ese salón sin que nos capten las cámaras de seguridad―concluyó con un largo suspiro.

―Yo puedo inutilizarlas―apuntó Plagg, levantando una patita.

Ladybug alzó una ceja.

―Ni se te ocurra usar el cataclysm

―Qué va―bufó el kwami, dando una voltereta en el aire―. Solo tengo que tirar de unos cables y ¡tachán! Mansión a ciegas.

―El sistema tiene un protocolo de seguridad, se activará en cuanto detecte el fallo general―añadió Adrien, intercambiando una mirada llena de significado con Ladybug―. Tendremos que ser rápidos.

Ella sonrió levemente.

―¿Me dejas que te lleve?

Adrien le devolvió la sonrisa.

―Con mucho gusto.

―Bien―Ladybug se enderezó y puso los brazos en jarras―. Plagg, asegúrate de que las cámaras no te detecten. Rompe los cables sin usar tus poderes y espéranos en el salón. Nosotros bajaremos dos minutos después de que hayas salido de aquí, ¿de acuerdo?

Plagg se llevó una pata a la frente.

―Entendido, aunque le quitas toda la diversión a esto.

Adrien puso los ojos en blanco.

―Confiamos en ti, Plagg―le recordó, dándole un par de toquecitos en la cabeza con un dedo.

―Esto es pan comido―replicó el kwami negro, que se fundió con las sombras y salió del cuarto de baño sin hacer ruido.

En cuanto se quedaron solos, Adrien apoyó ambas manos sobre el amplio lavabo de mármol negro, encarando su propio reflejo en el gran espejo que había frente a él. A su espalda, Ladybug dio un paso en su dirección y le puso una mano sobre la espalda.

―¿Estás bien? ―musitó, preocupada.

Adrien inspiró.

―Todo esto me parece surrealista―admitió, poniéndose derecho y dándole la espalda a su gesto amargado para poder hacerle frente a Ladybug―. Una parte de mí quiere que esto no sea verdad, que Plagg se haya equivocado…

―Adrien…

―Lo sé, Marinette―la interrumpió él con suavidad―, sé lo que me vas a decir. Y ya me lo dijiste también en su día, que podía ser él. Yo no quise creerte. He estado tan ciego… La sola idea de que mi padre estuviera intentando matarme, me…

―Tu padre no sabe que tú eres Chat Noir―esta vez fue Ladybug quien le interrumpió a él―. Tu padre no tiene ni idea. Dudo mucho que lanzara todos esos ataques si eso te hacía algún daño.

―¿Y qué me dices de Gorizilla? ¿O del fotógrafo ese que se volvió loco por Jagged Stone? ¿O aquella vez que la madre de Chloé…?

―Vale, vale, ya lo pillo. Pero tu padre no esperaba que tú salieras perjudicado.

Adrien desvió la mirada hacia el suelo, sintiéndose cada vez más traicionado por momentos.

―¿Cómo puede mi padre haber hecho tanto daño? ―suspiró― Él es frío, distante, pero nunca le creí capaz de llegar hasta ciertos extremos. Y solo por conseguir nuestros prodigios.

Ladybug se mordió el labio inferior y se acercó más a él hasta rozarle las mejillas con las manos enguantadas. El contacto le resultó extraño a Adrien, que dio un brinco.

―Puede sonar absurdo, pero estoy segura de que los quiere para traer de vuelta a tu madre. Él solamente piensa en ella, nada más.

Adrien frunció la boca.

―Yo también pienso en ella, pero no por eso quiero destrozar toda una ciudad.

Ladybug dibujó una pequeña sonrisa que iluminó el mundo de Adrien en un segundo.

―Esa es la mayor diferencia entre tú y tú padre: tú tienes el coraje de aceptar las cosas y aprender a vivir con ellas. Él no sabe lo que es eso, debes ser tú quien se lo enseñe… arrebatándole su prodigio, dejándole sin poderes. Es esencial que tengas eso en mente, Adrien. Tu objetivo es su prodigio.

―¿Y qué hay de ti? ―al pronunciar aquellas palabras, Adrien se dio cuenta de lo que estaba dando a entender Ladybug― ¿Vas a hacer de carnada?

Ella se encogió de hombros.

―Esta vez, yo seré la distracción. Y antes de que digas nada―se apresuró a añadir Ladybug, poniéndole un dedo sobre la boca―, ahórrate la discusión. Estoy segura de que han pasado ya los dos minutos y Plagg se estará preguntando dónde estamos.

Adrien alzó una ceja, fastidiado.

―No creas que esto acaba aquí, My Lady.

Ladybug amplió la sonrisa y le guiñó un ojo cuando una de sus manos aferró con firmeza el yo-yo y la otra se deslizó por su torso hasta rodearle la cintura con el brazo.

―Sujétate bien. No quiero que te caigas―comentó, no sin cierto tonito de voz.

―No disfrutes tanto con esto―repuso Adrien, enrollando los brazos en torno al cuello, la espalda y el pecho de Ladybug.

―Eso debería decirlo yo.

Ladybug lanzó el yo-yo hacia la balaustrada que cruzaba la parte superior del cuarto de Adrien y ambos salieron del baño rasgando el aire. La puerta principal de la habitación estaba abierta, cortesía de Plagg y Ladybug solo tuvo que balancearse hacia afuera y lanzar su yo-yo a las lámparas para que los pies de Adrien no tocasen el suelo. En cuanto estuvieron frente a la puerta entornada del despacho de Gabriel Agreste, Adrien la soltó, pero no tardó en sujetarle la mano con fuerza. Ladybug le miró de reojo, tensa.

―Vamos―murmuró Adrien, encabezando la marcha hacia el imponente cuadro de Émilie Agreste.

Los mismos ojos verdes de Adrien le devolvieron la mirada a Ladybug conforme se acercaban a la obra de arte. Parecía mentira que tras ese cuadro se escondieran unos botones que llevaban a un jardín subterráneo. Plagg estaba allí, junto al lienzo, esperándoles. Cuando abrió la boca para protestar, Ladybug le hizo callar, chistándole.

―Dinos cuál es la combinación.

Plagg suspiró y señaló en silencio, con las patas, dónde estaban las formas que tenían que pulsar. Adrien obedeció y presionó todos los botones a la vez. De inmediato, el susurro de una portezuela rompió el silencio y a los pies de Marinette apareció la trampilla, con una especie de plataforma a modo de ascensor sin paredes ni puerta.

―Bien―sentenció Adrien, alzando la mano derecha―. Plagg, garras fuera.

El destello verde neón cubrió a Adrien mientras Ladybug vigilaba constatemente la puerta por el rabillo del ojo. Solo cuando Chat Noir se presentó ante ella, pudo respirar aliviada. Sus ojos de gato se fijaron en ella al instante.

―Bajaré yo primero―sentenció, con un tono de voz que no admitía réplica alguna―. Ven detrás de mí.

―¿Y esperar a que suba de nuevo la plataforma? ―repuso Ladybug, para fastidio de Chat Noir― De eso nada. Voy contigo.

―Dios…―exhaló Chat Noir, llevándose una mano a la frente― ¿Podrías ser menos cabezota?

―¿Y tú menos mártir? Venga, hazme sitio.

Chat Noir sonrió mientras colocaba un pie en la plataforma.

―Es demasiado pequeña. ¿Qué tal si te llevo en brazos? ―inevitablemente, le guiñó un ojo.

Ladybug puso los suyos en blanco, pero suspiró y asintió con la cabeza. Se acercó a él y dejó que la cogiera con esa facilidad suya de hacerle creer que no pesaba nada. Ladybug se sujetó al cuello de Chat Noir y solo entonces él se posicionó por completo sobre la plataforma. En cuanto notó el peso, esta comenzó a descender poco a poco, hundiéndoe más y más en el suelo del salón y, en el momento en que sus cabezas dejaron de estar en el salón, la trampilla se cerró sobre ellos, sumiéndolos en una oscuridad sin fin.

Ladybug sentía el corazón de Chat latir apresurado bajo su peso. Podía imaginar la adrenalina recorriéndole las venas. La tensión en sus hombros era palpable. Se esforzó por mantener una expresión seria, puesto que sabía que Chat no se había quedado completamente ciego como ella cuando se quedaron a oscuras. De hecho, notaba sus ojos de gato, tan relucientes, sobre ella. Era lo único que podía ver con claridad en aquel pozo por el que la plataforma los paseaba, girando suavemente.

―¿En qué piensas? ―murmuró Chat, acercando su frente a la de ella, necesitado de su contacto.

―En ti―admitió Ladybug, bajando la mirada al lugar donde el cascabel de gato descansaba en la mitad de su pecho―. Estoy preocupada por ti.

―Estoy bien.

Ladybug dibujó una media sonrisa.

―¿Sabes? Siempre has dicho eso cuando es obvio que te pasa algo. Te esfuerzas en hacerle creer a los demás que no te ocurre nada, cuando lo cierto es que lo que necesitas es a alguien que te escuche y trate de comprenderte.

Chat tragó con fuerza.

―¿Cómo te has dado cuenta?

―Con años y años de observación en silencio―rio Ladybug por lo bajo―. Me he acostumbrado tanto a verte que me sé de memoria todos tus gestos. Sé cuándo mientes, cuándo disfrutas, cuándo estás deseando desaparecer y cuándo te sientes como una persona normal.

La plataforma viró de repente, de forma brusca y dejaron de bajar para comenzar a avanzar lentamente hacia el frente. La suave brisa que les recibió fue el preludio de una salida inminente. Ladybug le puso una mano en el pecho a Chat y tiró de su cuello para poder unir sus labios a los de él.

―No estás solo, Adrien―susurró ella sobre su boca, bebiendo de su aliento y de lo que le transmitía su respiración alterada―. Estoy contigo.

Chat le mordió el labio inferior con suavidad antes de separarse de ella.

―No dejas de sorprenderme, princesa―admitió, aturdido.

Ella amplió la sonrisa y le acarició el pómulo con el pulgar.

―Concéntrate, ¿vale? ―añadió, en el momento en que ambos vieron cómo la compuerta de salida se abría ante ellos― Te prometo que no le haré daño.

Chat sacudió la cabeza.

―Si tienes que defenderte, hazlo―dijo él, decidido―. No me importa que le ates o le dejes inconsciente. Lo que no quiero es que te pase nada.

―Tranquilo―esta vez fue Ladybug la que le guiñó un ojo―, todo irá bien.

Chat no respondió y Ladybug volvió el rostro hacia la salida. La plataforma se deslizó hacia el exterior y los dejó en una estancia que se extendía más allá de lo que cualquier de los dos se hubiera imaginado. Allí estaba el jardín escondido del que Plagg les había hablado. Y la pasarela de metal y, a sus espaldas, la gigantesca vidriera en forma de un cuarto de esfera con el dibujo claro de una mariposa hecho con hierro.

Chat soltó a Ladybug y ella aterrizó sin emitir ni un solo sonido. Ambos dedicaron unos segundos a familiarizarse con el lugar, quedando absorbidos por el inmenso jardín que había a sus pies, iluminado en varios puntos con lámparas de calor y luces cálidas. Ladybug dio un paso al frente, con los ojos fijos en el otro extremo de la pasarela. Allí, rodeada de flores y en medio de una sobria construcción, se hallaba el sarcófago de cristal que contenía a la madre de Adrien. En un primer momento, a Ladybug se le antojó una especie de tributo a Blancanieves y casi esperó que los enanitos salieran de alguna parte a rendirle pleitesía. En su lugar, una sombra vestida de blanco y rojo la observaba, absorto, con las manos entrelazadas a la espalda. Aquella postura rígida y fría solo podía pertenecerle a una persona.

―Chat―susurró Ladybug, sin atreverse a apartar la mirada de aquella visión por miedo a que desapareciera.

Él estuvo en un santiamén junto a ella y siguió la dirección de sus ojos hacia su padre… y su madre.

―No puede ser…―dijo Chat con un hilo de voz y los ojos completamente abiertos― Es… Ella es…

―Ad… Chat―le llamó Ladybug, corrigiéndose a tiempo―. Por favor, concéntrate.

Chat apretó los dientes. Ladybug pudo ver cómo cerraba las manos en puños y aferraba con fuerza su vara. Ella se adelantó un paso y le pasó una mano por el brazo izquierdo.

―Chat, te necesito, por favor…

―Es mi madre―replicó él, como si no fuera obvio.

―Ya lo sé, cariño, pero te necesito conmigo ahora―Ladybug se mordió el labio inferior y contó hasta tres antes de girarse y darle la espalda a Gabriel Agreste―. Adrien… por favor…

Chat parpadeó un par de veces y gruñó por lo bajo cuando por fin pudo quitarle los ojos de encima a su madre. Se centró en la mujer que tenía delante, esa que le estaba pidiendo que regresara a su lado y le plantara cara a Hawk Moth…, a su padre.

―Lo siento―musitó, notando la ira bullir bajo su piel.

―Mantén la mente fría―insistió Ladybug con suavidad―. Ahora, escóndete en las sombras del jardín. Yo me acercaré a él tanto como pueda y trataré de sorprenderle, ¿de acuerdo?

Chat asintió una sola vez con la cabeza.

―Bien. Vamos―Ladybug le dio un empujoncito que le hizo dar un paso a un lado y alejarse de ella.

Chat obedeció y, mientras Ladybug sostenía su yo-yo en una mano y se aproximaba en silencio a su padre, él bajó de un salto al jardín y aterrizó de pie sin hacer ruido en medio de un par de ejemplares de arbustos con Dama de Noche. El intenso olor que desprendían las flores hizo que Chat arrugara la nariz y decidiera buscar otro escondite.

De reojo, Chat vigilaba a su amiga, su compañera, su amor, al tiempo que ella comenzaba a hacer girar su arma. Avanzó unos pasos por delante de Ladybug y se agazapó tras un pequeño brote de palmera. Con la espalda pegada al tronco del joven árbol, Chat buscó un buen ángulo para atacar o salir en defensa de Ladybug. Ella, por su parte, ya estaba muy cerca de él.

―Gabriel Agreste―habló entonces Ladybug, rompiendo el tenso silencio que se había instalado en la estancia―, devuélveme el Prodigio de la Mariposa de inmediato. No es a ti a quien pertenece.

La voz de Ladybug sonó segura, sin quebrarse en ningún momento. La forma en que se plantaba delante de Gabriel Agreste hizo que a Chat se le hinchara el pecho de orgullo. Su padre se giró parcialmente y miró a Ladybug con una mezcla de aburrimiento y soberbia.

Chat frunció el ceño. «¿Acaso ya sabía que íbamos a venir?».

―Buenas noches, Ladybug. Qué agradable sorpresa―dijo Gabriel, sin apartarse ni un milímetro del ataúd transparente de Émilie Agreste―. ¿Has venido sola?

―Sí―mintió ella―. Ahora, dame tu prodigio y no tendremos por qué luchar.

―¿Y por qué haría eso, así, sin más? ―replicó Gabriel sin cambiar ni un ápice su tono de voz aburrido; Chat se tensó, así era como se ponía su padre cuando negociaba y no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer― Yo saldría perdiendo, ¿no es así? Me denunciarías, aunque no es que tengas muchas pruebas, ya te has encargado de fastidiar mi sistema de grabación en mi casa.

Ladybug no reaccionó. Maldijo por dentro, pero se limitó a mantener la compostura y a no vacilar.

―No necesito una grabación para demostrar que lo que digo es cierto. Y creo que ya has perdido suficientes akumas. Llevas más de cinco años demonizando a personas inocentes, ¿por qué no paras de una vez?

Gabriel dibujó una media sonrisa afilada y su mirada grisácea cambió del aburrimiento a la astucia. Chat sabía lo que eso significaba y no pudo quedarse quieto.

―Deja de hacernos perder el tiempo―intervino él, dando un salto con sus fuertes piernas, impulsándose con la vara y subiendo a la pasarela sin problemas―. Entréganos el prodigio, Hawk Moth.

―Ah, el portador de la destrucción―aplaudió Gabriel―. No está nada bien mentir, Ladybug. ¿No te lo enseñaron en casa?

Chat apretó los dientes y fue a decir algo cuando ella le interrumpió, poniéndole una mano en el pecho.

―No estoy aquí para hablar de mi vida privada, Hawk Moth. Dame el prodigio. ¡Ya!

Gabriel dejó salir una risa baja retorcida.

―Oh, mi querida Ladybug, deberías haber aprendido en todos estos años a no subestimar a tu enemigo. Estoy seguro de que ya sabes quién es tu compañero, aquí presente y que es hijo mío. ¿De verdad vas a jugarte el cuello por alguien que pelea contra su propio padre?

―¡Deja de jugar conmigo, padre! ―estalló Chat, deshaciéndose del contacto de Ladybug y avanzando a pasos agigantados con su vara por delante, amenazante― Danos el prodigio de una vez.

Los ojos de Gabriel se posaron sobre su hijo y lo clavaron al suelo. Durante años, Adrien había vivido subyugado a la mano firme de su padre, bajo el estricto control de sus clases y su trabajo. Gabriel Agreste había hecho que Adrien madurara demasiado rápido y ahora él, su propio hijo, clamaba por una libertad que se le había negado desde muy joven. Y precisamente por eso, Chat fue capaz de deshacerse de la mirada de su padre.

―Eres un psicópata―masculló Chat entre dientes―. No te importa lo que le ocurra a los demás, solo te importa tú mismo y ella―Chat señaló a su madre, por la que no parecía haber pasado el tiempo.

―Tú, precisamente, deberías entenderme mejor que nadie―replicó Gabriel con acidez, borrando la sonrisa―. ¿Acaso tú no harías lo mismo?

―Yo buscaría la manera de resolver las cosas sin dañar a nadie―repuso Chat, dando un nuevo paso hacia su padre, quedando a pocos centímetros de distancia y del prodigio morado, que brillaba bajo el corbatín desarreglado de su padre.

Gabriel negó con la cabeza y, con un movimiento rápido y fluido, se deshizo por completo de la corbata y se señaló la pequeña piedra lila, encajada en su pecho.

―Eres tan débil, hijo… Esperaba que, cuando supieras quién soy, me entregaras tu anillo y estuviéramos en paz.

―No puedo estar en paz con una persona que prefiere destruir París a asumir que no es capaz de estar solo.

La respuesta de Chat fue suficiente para que la calma tensa en la que se encontraban desapareciera por completo. Ladybug lo vio venir, aun habiendo estado absorta en la discusión padre-hijo que estaba teniendo lugar frente a sus ojos. Se dio cuenta de cómo le brillaban los ojos a Gabriel y cómo abrió la boca. Pudo leer el conjuro de convocación en sus labios antes siquiera de que estos lo pronunciaran.

Como si fuera a cámara lenta, Ladybug se lanzó contra Chat en el momento justo en que Hawk Moth aparecía ante ellos y desenfundaba el afilado bastón. Chat y Ladybug rodaron por el suelo, junto al sarcófago de Émilie. Chat apenas tuvo un segundo para fijarse en el rostro apacible de su madre antes de que Hawk Moth convocara sus mariposas, tanto blancas como negras. Los akumas se lanzaron en picado contra Chat Noir, pero Ladybug fue más rápida y atrapó a la primera línea con el yo-yo antes de que le tocaran.

―¡Controla tus emociones, Chat! ―gritó Ladybug, contraatacando a la siguiente oleada a de akumas.

Ladybug tenía razón, no era momento para dejarse llevar por el odio, el rencor y los años de preguntas sin respuesta: ¿dónde estaba su madre?, ¿qué le había ocurrido?, ¿realmente estaba muerta o solo en coma? La risa de Hawk Moth le sacó de su ensoñación y le hizo reaccionar. Aprovechó que Ladybug estaba demasiado ocupada con las mariposas y recorrió las paredes en medio de una carrera rápida que le situó frente por frente a su padre.

―Gracias por dejarte caer por aquí, hijo.

Chat no dijo nada, se limitó a atacarle directamente con su vara. El plan se había ido a tomar viento. Se suponía que era Ladybug la que debía distraerle para arrebatarle el prodigio, no él; pero ella estaba demasiado ocupada tratando de que los akumas no se aprovecharan de sus emociones, tan a flor de piel que amenazaban la seguridad de la misión. Dejando a un lado los sentimientos encontrados, Chat se concentró en hacer vacilar a su padre. No podía darle un solo segundo para que se replanteara su estrategia y decidiera akumatizar a alguien que le sirviera de ayuda.

Sin embargo, no era un akuma lo que debía preocuparles. En absoluto.

Una nueva figura emergió de la oscuridad de la entrada al jardín subterráneo. Iba ataviada con un vestido azul, tan intenso como su piel y sus ojos morados. En las manos llevaba un abanico hecho con plumas de pavo real y en su cara se adivinaba una sonrisa tan siniestra como la mirada con la que atravesaba a Ladybug. Chat dio un golpe seco en el suelo, a los pies de Hawk Moth, para desestabilizarle y reunirse con Ladybug, tras la marea de mariposas blancas y negras.

―¿Quién es esa? ―murmuró Ladybug, respirando entrecortadamente por el esfuerzo de purificar tantas mariposas de una sola vez.

―Bienvenida, Mayura―dijo entonces Gabriel, tendiéndole mano a la recién llegada―. Te estaba esperando.