¡Hola a todxs! Siento la tardanza. Las oposiciones y el trabajo no me dejaban tiempo para escribir. Aquí os dejo el penúltimo capítulo de este fic. Espero que lo disfrutéis. ¡El final se acerca!

Los tres chicos rodearon con sus respectivas sillas a Gabriel Agreste. Este último apenas se había inmutado al ver aparecer a su hijo tras el traje de Chat Noir; Luka tampoco parecía demasiado sorprendido. Sin embargo, Nino era cuestión aparte. Le costó un par de minutos asimilar que llevaba luchando junto a su mejor amigo muchísimo tiempo. Adrien estaba seguro de que Nino tenía mil preguntas para él, pero no era el momento para pararse en ese asunto.

Adrien fijó la vista en su padre, en la postura desganada, como si se hubiera rendido finalmente. Recordó la imagen de su madre dentro de la urna de cristal. Tenía que preguntarle a Luka dónde la habían puesto.

―Bueno, papá―comenzó a decir Adrien, rememorando el rostro sonriente de Marinette para acumular fuerzas―, voy a dejar que te expliques, ¿de acuerdo?

Gabriel no contestó. Siguió con la vista fija en la nada, como si realmente hubiera algo interesante en ella. Nino y Luka intercambiaron una mirada.

―Papá―le llamó de nuevo Adrien, armándose de valor y poniéndole una mano encima de la pierna.

Gabriel dio un saltito en su asiento y pareció despertar de su letargo. Sus ojos grisáceos se centraron ahora en los verdes de su hijo, parpadeando para eliminar la sequedad.

―Adrien―murmuró, con una voz que no tenía nada que ver al torrente autoritario que su hijo conocía―, tu madre… Nathalie…

―Estamos todos bien―respondió Adrien, ignorando la punzada que sintió al darse cuenta de que su padre no le había mencionado―. ¿Recuerdas lo que pasó anoche?

Gabriel entornó los ojos, sombrío y asintió con la cabeza. Los hombros comenzaron a recuperar su tensión habitual y Adrien supo que por fin estaba despierto.

―¿Por qué? ―Adrien soltó aquella pregunta que le quemaba desde hacía años― ¿Por qué has hecho todo esto? ¿Por qué te has aprovechado de las personas? ¿Por qué metiste a Nathalie en tus akumatizaciones? ¿Por qué…?

―Son demasiadas preguntas, Adrien―repuso Gabriel, llevándose una mano a la frente y, luego, al pecho, solo para darse cuenta de que ya no tenía su prodigio―. Aunque te lo explicara, no lo entenderías.

―Ponme a prueba, padre―replicó Adrien con dureza, enderezándose en su silla.

Gabriel nunca admitiría en voz alta que, aquella vez, tuvo miedo de su propio hijo. No de que le pudiera golpear o de que le hiciera daño físicamente, sino de ver cómo le perdía sin que el propio Gabriel pudiera hacer nada para remediarlo.

Gabriel respiró hondo, bajo la atenta mirada de Luka y Nino. Adrien no despegaba la vista de su padre. Si alguien llegara por su espalda para asesinarle, no tendría tiempo de reaccionar.

―Tu madre era la portadora del Prodigio del Pavo Real―empezó a decir Gabriel con lentitud―. Encontramos las joyas en un viaje que hicimos cuando apenas estábamos saliendo. Yo me quedé con el de la Mariposa. La primera persona que descubrió cómo funcionaban fue tu madre. Acabó obsesionándose con el traje y sus poderes. Veía en él miles de posibilidades para ti, para nuestro futuro, para el futuro de la compañía Agreste.

»Pero el poder era demasiado fuerte para ella y absorbió su propia energía vital. Esa es la verdadera fuerza del Prodigio de la Mariposa: te otorga el poder de controlar la energía de los demás, de inclinarla a tu voluntad al tiempo que el prodigio la absorbe. Mientras estés utilizando a otra persona, el prodigio no se alimentará tan rápidamente de la vida del portador.

Adrien frunció el ceño. Se le había formado un nudo en la garganta que era incapaz de deshacer.

―Por eso mi madre está en esa caja―concluyó Adrien tras varios minutos en silencio, asimilando la información―. El prodigio se alimentó de ella.

Gabriel asintió.

―La dejó en coma. No en un coma médico como lo que se ve en los hospitales―hizo un movimiento de la mano, como si la simple idea de ver a Émilie cubierta de cables monitorizándola fuese horrenda―. El prodigio la mantiene viva, pero no con la energía suficiente como para despertarse, moverse o hablar.

―Está muerta en vida―susurró Luka, horrorizado.

Adrien apretó los puños, sintiendo la rabia y el dolor mezclarse en sus venas.

―¿Cómo dejaste que eso pasara? ―le reprochó de inmediato a su padre, furioso― ¿Cómo permitiste que madre…?

―No me escuchaba, Adrien―negó Gabriel, interrumpiéndole―. Al único al que quería en los momentos en que el prodigio le permitía ser ella era a ti. Tú la mantenías con los pies en la tierra. Cuando se dio cuenta de que el prodigio le estaba arrebatando momentos que podía pasar contigo, ella quiso deshacerse de él. Pero ya era demasiado tarde. Apenas una semana después, se durmió y no ha vuelto a despertar desde entonces.

Adrien sacudió la cabeza. Recordaba perfectamente cómo su padre le había ordenado que se vistiera completamente de negro para despedir a su madre. Él no le permitió verla. En esos instantes, cuando la tristeza y el dolor le desgarraban el alma, Adrien no pensó en que era extraño que su padre no le permitiera despedirse de su madre. Ahora, todo cuadraba. El secretismo, el silencio que le ahogaba, la tensión que le aplastaba hasta dejarle sin aliento… Todo era culpa del Prodigio del Pavo Real.

Pero, entonces…

―¿Y Nathalie? ―dijo Adrien, alzando la cabeza hacia Luka para verificar que realmente la había llevado a una de las habitaciones; su amigo asintió― ¿Qué pasa con ella? ¿Sabía lo que le había ocurrido a mi madre?

―Sí―afirmó Gabriel con un largo suspiro―. Le advertí que no se acercara a ese broche maldito, salvo caso de extrema necesidad.

―Aquella vez que akumatizaste a todas tus anteriores víctimas…―recordó Adrien en voz baja― Todas vestían de rojo…

―Era el poder de Mayura combinado con el mío―aclaró Gabriel con firmeza―. Le dije que me usara para otorgarles más poder a los akumatizados.

―Solo para conseguir mi prodigio y el de Marinette―finalizó Adrien―. ¿Tiene que ver todo eso con la idea de conseguir un poder suficiente como para concederte un deseo?

Gabriel no respondió de inmediato. En su lugar, observó a su hijo con cautela.

―Veo que conoces otro de mis secretos…

―Era un secreto a voces―replicó Adrien sin amedrentarse ni un poco―. Marinette consiguió hacerle una copia al libro que tienes guardado tras el retrato de madre, el mismo que ella te devolvió para que yo pudiese regresar al instituto―Adrien se inclinó hacia su padre, con los codos apoyados en las rodillas y los ojos refulgiendo con algo tremendamente oscuro―. Te enfadaste conmigo porque temías que descubriera quién eras, ¿verdad? No porque realmente hubiese cogido ese libro sin tu permiso. Averigüé un escondite secreto y cogí algo que estaba relacionado con ese escondite. Temiste que encajara las piezas.

―Sí―admitió Gabriel.

―Pero no fui yo quien lo hizo―Adrien sonrió, sintiendo un tremendo orgullo por su Ladybug―. Marinette, sí. Ella descubrió quién eras sin necesidad de ver la caja fuerte. Y yo no la escuché, porque no podía aceptar que estuvieras haciéndoles daño a tantas personas.

―Deberías haberla escuchado―replicó Gabriel.

Adrien no respondió. Habían dejado de hablar como padre e hijo; ahora, la conversación se había tornado en algo mucho más serio. Adrien tenía la capacidad de delatarle y enviarle a prisión. Podía devolver los prodigios al Guardián y entonces, ¿qué? ¿Adrien se haría con el control de la empresa? No tendría credibilidad ninguna si metía a su propio padre entre rejas. ¿Qué clase de Agreste sería? Tardaría años en limpiar su nombre y, aun así, la sombra del encarcelamiento de Gabriel seguiría estando sobre él.

Pero aún quedaba otro asunto por resolver.

Adrien se echó hacia atrás sobre la silla y trató de controlar sus impulsos. No quería alargar aquello mucho más.

―Supongo que tu deseo era recuperar a madre, ¿no es así?―adivinó Adrien con un deje de melancolía.

Gabriel movió la cabeza, afirmando.

―Pero no sabías que hay que dar algo a cambio.

Su padre le miró con la duda bailando en sus irises grises.

―¿Algo a cambio? ―repitió y, por primera vez, Adrien sintió que iba un paso por delante de él.

―Sí, un precio. Todos los deseos tienen uno. Si recuperabas a madre con el poder de los dos prodigios originales, tenías que entregar algo a cambio. Aunque tú no eras quien elegía cuál era ese precio.

Gabriel apretó los labios en una fina línea.

―¿Cómo sabes tú eso? ¿Por qué tendría que creerte?

―Porque lo único que yo te he ocultado estos años, padre, era que me encargaba de salvar París cada vez que tú intentabas destruirlo―espetó Adrien―. El Guardián sabe leer el libro. Advirtió a Marinette sobre lo que podría pasar si conseguías nuestros prodigios―sacudió la cabeza, abrumado por todo lo que estaba descubriendo en aquellos días―. Por eso le puse mi anillo a Marinette anoche, para no combinar su poder de Ladybug con el de Chat Noir.

»Yo podría haber utilizado los dos prodigios a la vez, padre, pero no lo hice. Así que, en lugar de seguir pensando en mí como un niño que no tiene idea de nada, hazlo creyendo que sé bien lo que hago.

»Y ahora―continuó hablando Adrien, que ya no podía guardarse más lo que pensaba―, dime qué hago contigo. Mi deber como Chat Noir es entregarte, pero entonces todo lo que has construido durante años con madre se desplomaría. Y, seamos sinceros, no me apetece verte metido en la cárcel.

Adrien miró de soslayo a Nino y a Luka. El primero torció el gesto, pero el segundo asintió con un solo movimiento de la cabeza. Luka era el más sensato de los tres, Adrien sabía que podía confiar en su buen juicio.

Gabriel no dijo nada. Adrien acababa de demostrarle que estaba dispuesto a seguir ocultándole su secreto al mundo. Su hijo se había convertido en un hombre fuerte y seguro de sí mismo. De alguna manera, parecía como si Émilie se hubiera encarnado en él, otorgándole su determinación y su valentía. A pesar de todo, Gabriel se sentía orgulloso de su hijo.

―No te voy a pedir que me perdones, Adrien―dijo entonces Gabriel, sorprendiendo a los tres chicos―. Tampoco esperaré que me entiendas…

―No trates de excusarte, padre.

―No lo hago. Pero sí quiero que sepas que siempre pensé que ese era el camino más seguro para recuperar a tu madre.

Adrien cerró los ojos un segundo y suspiró largamente.

―No creo que podamos despertarla tan fácilmente, padre―murmuró, abatido―. Solo podemos esperar un milagro.

Gabriel dibujó una pequeña sonrisa.

―O un golpe de suerte.

… … … …

Cuando Adrien regresó junto a Marinette, ya había anochecido. Le había encargado a su chófer que cuidara de su padre, pero que no le permitiera salir de su habitación hasta que decidiera qué hacer con él. También le había pedido que vigilara el estado de Nathalie, a quien se habían llevado al hospital en ambulancia. El médico de la familia había confirmado que sufría varias contusiones y golpes, aunque tendría que hacerle más pruebas para descartar daños cerebrales por la caída.

En cuanto a Nino y Luka, Adrien no sabría nunca cómo darles las gracias por todo lo que habían hecho. Por su parte, Chloé había fundido a llamadas la batería del móvil de Adrien, por lo que cuando lo enchufó a la corriente, se encontró con decenas de llamadas perdidas y de mensajes de su amiga. Anotó mentalmente contestarle en cuanto viera con sus propios ojos que Marinette estaba bien.

Adrien aterrizó en el balcón de Marinette con sigilo. En el momento en que puso un pie en el suelo, se deshizo del traje de Chat y le dio a Plagg una porción extra de camembert; su kwami se lo merecía. Agotado, abrió la trampilla y se deslizó hacia el interior de la habitación, completamente a oscuras, salvo por el resplandor blanquecido del ordenador de Marinette. Adrien frunció el ceño. Si Marinette estaba dormida en la cama, ¿quién estaba utilizando su ordenador? Mentalmente, se preparó para una nueva lucha, aunque su cuerpo le pedía a gritos que descansase por una semana entera.

Sin embargo, el enérgico tecleo le sonó tan familiar que tuvo que contenerse para no echarse a reír. Le dio un beso en la frente a Marinette y bajó por las escaleras hasta la planta inferior de su habitación. Alya seguía allí, enfrascada en la última entrada de su Ladyblog. La muchacha no se giró para mirar a Adrien y él sabía perfectamente que ella ya se había percatado de su llegada.

―Llegas tarde―murmuró Alya, lanzándole una mirada inescrutable por encima del hombro mientras él se acomodaba en la chaise longue de Marinette.

―Lo siento―respondió Adrien―. Tenía asuntos que resolver. Nino ha estado ayudándome, discúlpale por no haberte hablado en todo el día. Ha sido cosa mía.

Alya suspiró largamente. Cerró su blog y giró sobre la silla para encarar a Adrien, que atinó a ver una foto de él con Marinette en la playa como fondo de pantalla del ordenador.

―¿Cómo estás? ―preguntó Alya, sorprendiéndole.

―¿Yo?

―No, el niño rico rubio que vive en una mansión gigante con una cámara de los secretos―Alya alzó una ceja, divertida―. Pues claro que eres tú. Marinette estaba tan preocupada por ti que se ha vuelto a dormir de agotamiento.

Adrien agachó la cabeza.

―Ya, lo sien…

―No te disculpes otra vez, Agreste―le interrumpió Alya con una sonrisa―. No necesitas pedir perdón constantemente, ¿sabes?

Adrien alzó los ojos.

―¿Ni siquiera por no contaros quiénes éramos Marinette y yo?

Alya suspiró.

―Ella ya me ha puesto al día con eso y me ha hecho prometer que no te daría la vara. En vista de que no puede defenderte, me morderé la lengua y no te diré lo indignada que estoy―Adrien sonrió, muy a su pesar y Alya le devolvió el gesto―. Dímelo, Adrien. ¿Estás bien?

Su sonrisa desapareció al instante. Alya vio el cambio sustancial que dio su expresión, con la mirada sombría y perdida en algún punto de la habitación. Los hombros caídos, las manos desganadas… Adrien solía estar lleno de entusiasmo. Saber quién era su padre y enfrentarse a él debía de haberle agotado todas sus energías.

―No―confesó finalmente Adrien con un suspiro―. No, no estoy bien. Pero lo estaré, Alya, no te preocupes. Solo… Solo tengo que hacerme a la idea de que ahora seré yo quien manejaré la empresa de mi padre.

―¿Vas a asumir el papel de jefe?

―Más o menos―asintió Adrien―. He pensado ya cómo hacerlo para que nadie pueda poner en tela de juicio el asunto.

―¿Y qué pasará con Marinette?

Adrien ladeó la cabeza, confuso.

―¿A qué te refieres?

―Pues…―Alya rodó los ojos, buscando las palabras adecuadas― Estáis juntos, ¿no? Eso afectará también a su imagen pública.

Adrien se llevó una mano a la nuca y se rascó.

―Lo sé, tengo que hablarlo con ella… Aunque―Adrien se mordió el labio inferior, notando su corazón latir a un ritmo demasiado rápido―, ella ya me dijo que no le importaba ser el centro de atención si era el precio que tenía que pagar para que estuviésemos juntos.

Alya negó con la cabeza, sonriendo.

―Esta niña… Siempre está dispuesta a sacrificarse y a dar lo mejor de sí misma.

Adrien levantó la cara con un movimiento seco.

―¿Crees que hago mal en aceptar eso? Es decir… ¿Es un error dejar que se exponga de esa manera porque soy tan egoísta que la quiero conmigo?

―No―repuso Alya con suavidad―. No es un error si ella acepta su parte―se levantó de la silla y se sentó junto a Adrien, poniéndole una mano en la espalda a modo de consuelo―. Escúchame bien, Adrien.

»Marinette no es Ladybug solo porque tenga la iniciativa de serlo o porque su kwami sea el de la creación. Marinette es Ladybug porque representa lo mejor de las personas. Es una chica con coraje que sabe lo que quiere y lleva esperándote mucho tiempo como para darte la espalda ahora que tú le correspondes. No es justo, para ninguno de los dos, echar por tierra lo que queréis tener solo por la opinión pública. ¡Que le den a los periodistas y a la prensa rosa! Es de vuestra relación de lo que estamos hablando. Y Marinette quiere estar contigo. ¿Por qué no dejas que sean otros los que decidan qué papel quieren jugar en tu vida?

»Marinette sabe perfectamente que tendrá que ser muy cuidadosa cuando vaya por la calle o quede con algún compañero de clase. Sabe que tu vida depende de su comportamiento en público. Pero ten por seguro―Alya alzó un dedo frente a los ojos abiertos como platos de Adrien― que no va a permitir ni un solo cotilleo falso. Y que siempre mostrará a los demás lo enamoradísima que está de ti.

Adrien tragó saliva con esfuerzo para retener las lágrimas. Sin embargo, Alya pudo ver sus ojos empañados. Sin poder resistirse, abrazó con ganas a su amigo y dejó que Adrien se desahogara sobre su hombro. Al joven Agreste le quedaba un largo y duro camino por delante, con muchas decisiones difíciles que tomar. Alya no podía culparle por haberles ocultado su identidad. Ahora comprendía que ser Chat Noir había supuesto una vía de escape para Adrien. No obstante, esa vía de escape ya no serviría tan fácilmente, no ahora que tendría que encargarse de lo que su padre había hecho.

Tras un largo rato abrazados, Alya se percató de que Adrien había caído dormido sobre ella. Con una sonrisa, se deshizo de su abrazo para dejar a Adrien tumbado en la chaise longue y le tapó con una de las sábanas que Marinette guardaba en el armario. Tras echarle un último vistazo a su amiga, llamó a Trixx y se deslizó hacia el exterior con el traje de Rena Rouge rompiendo la oscuridad de la noche.