Marinette se despertó cuando apenas había comenzado a amanecer. Protestó, se removió en la cama y giro sobre sí misma para darle la espalda a la baranda que la separaba de la planta baja. Con un ojo entornado, miró hacia el frente y la vista enfocó una foto de Adrien en el corcho que colgaba de la pared. Aquella imagen fue lo que la despertó completo.
Se levantó de un salto, con el alma en vilo y bajó corriendo las escaleras para despertar a Tikki. Sin embargo, en lugar de llamar a su kwami, Marinette vocalizó el nombre de Adrien al encontrárselo dormido en su chaise longue. Tenía el pelo revuelto y la sábana enredada entre las piernas, signo inequívoco de que llevaba bastantes horas dormido. Llevándose una mano al pecho, Marinette se colocó junto a él y le retiró un mechón rubio de la frente que le hacía cosquillas en la nariz. Aquel suave roce fue suficiente para despertarlo.
―Hola―saludó Marinette en un susurro mientras Adrien se desperezaba y se estiraba cual largo era.
―Hola―respondió él, parpadeando para acostumbrarse a la luz del día. Alzó una mano y recorrió la mejilla de Marinette con la punta de los dedos―. ¿Estás bien?
Marinette asintió con una sonrisa, pegando el rostro a la palma de su mano.
―¿Y tú?
Adrien dudó un segundo.
―Lo estaré cuando me dejes abrazarte.
Marinette no se hizo de rogar y se echó sobre su pecho. Los brazos de Adrien se enroscaron en torno a su cuerpo y lo mismo hizo con las piernas. La sostuvo contra sí e inhaló el perfume natural de su cabello oscuro.
―Ahora sí estoy bien―musitó con voz grave.
Marinette cerró los ojos, disfrutando sencillamente de tener a Adrien con ella. Los dos estaban a salvo, estaban vivos.
―¿Te apetece desayunar algo? ―preguntó Marinette tras estar un rato en silencio.
Adrien gruñó levemente, hundiendo la nariz en el pelo de Marinette.
―¿No podemos quedarnos aquí?
Ella soltó una carcajada llena de alivio contenido.
―Está bien, traeré aquí arriba el desayuno―con esfuerzo, se separó de Adrien y le dio un pequeño beso en los labios―. No tardaré.
Adrien hizo una mueca de disgusto que le arrancó otra risa a Marinette, pero finalmente dejó que bajara a la cocina y preparase el desayuno para los dos. Él, por su parte, aprovechó esos minutos para adecentarse en el baño y acomodar la chaise longue para los dos. Cada uno, sumido en sus propios pensamientos, dejó que el tiempo pasara hasta que Marinette regresó a la habitación con una bandeja repleta de croissants, macarons, tostadas con mermelada y dos zumos de naranja recién exprimidos. A Adrien se le hizo la boca agua.
―He dejado abajo algo de queso y galletas para Tikki y Plagg―informó Marinette mientras se acomodaba en la chaise longue junto a Adrien, que sujetaba la bandeja para ayudarla.
―Gracias―murmuró él, dándole un beso en la mejilla.
Marinette se sonrojó, pero no dijo nada. Ambos comieron en silencio, sabiendo que tras el desayuno les esperaba una larga y tediosa charla. Adrien se limpió los restos de mermelada de la boca con una servilleta y esperó pacientemente a que Marinette hiciera lo mismo y dejara sobre el escritorio la bandeja con los restos del desayuno.
Sin esperar a que dijera nada, tiró de ella con suavidad para tumbarla junto a él. Marinette acomodó la cabeza sobre su pecho y se recreó en el constante latir del corazón de Adrien.
―¿Alya fue muy dura contigo? ―quiso saber Adrien para romper el hielo.
―No demasiado―admitió Marinette, respirando hondo―. Sabía que yo no estaba en condiciones de luchar contra su temperamento, así que fue lo más comprensiva posible.
―Me alegra saber eso. Me preocupaba que Alya fuese otra lucha más…
Marinette sonrió levemente.
―Ella sabe cuándo necesitas una reprimenda o un abrazo reparador―Marinette alzó un poco la cara para buscar los ojos de Adrien―. ¿Por qué dormiste aquí abajo anoche?
Adrien desvió la mirada.
―Me quedé dormido sin más. Estaba hablando con Alya y, de repente…―evitó por todos los medios contarle que se había puesto a llorar como un bebé.
―¿Llegaste muy tarde? ―pregunto Marinette, dibujando círculos y espirales sobre el pecho de Adrien; inexplicablemente, aunque se hubiera duchado desde el día anterior, seguía oliendo igual de bien.
―Sobre las once―admitió Adrien, llevándose una mano a la cabeza―. Estuve hasta tarde atando algunos cabos sueltos.
Marinette asintió con la cabeza.
―¿Qué tal te fue con tu padre? ―esa era la cuestión, ¿no? La que Adrien llevaba esperando que Marinette le hiciera desde que le despertó sin querer. En el fondo, le agradecía que le hubiese avasallado a la primera de cambio.
―¿Cómo te puede ir con alguien que no admite que se equivocó?―inquirió Adrien a modo de respuesta― No se da cuenta de que lo que ha hecho está mal. Sigue obcecado con la idea de recuperar a mi madre.
―¿Descubriste lo que le ocurrió?
Adrien cabeceó a modo afirmativo y procedió a contarle a Marinette la larga conversación que tuvo con su padre, con Nino y Luka como testigos. Le dijo también que Nathalie estaba en el hospital, estable pero a la espera de varias pruebas. Le contó que quería hacerse con la jefatura de la empresa poco a poco, pero que aún tenía que ultimar los detalles con el abogado de su padre, también suyo desde que cumplió los dieciocho años.
―Así que―dijo Marinette cuando Adrien terminó de ponerla al día―, ahora tú serás el señor Agreste.
Adrien alzó una ceja y se la quedó mirando, divertido.
―¿Intentas decirme algo con eso?
Marinette se echó a reír.
―No, nada en absoluto. Solo que ahora, cuando vaya a verte a tu casa, tendré que preguntar por el señor Agreste Jr.
Adrien le dio un manotazo amistoso en el muslo.
―Deja de burlarte de mí. Te necesito a mi lado para poder hacer eso.
La sonrisa de Marinette se desvaneció un tanto, pero no desapareció por completo. Se revolvió en los brazos de Adrien y se apoyó en el codo para poder mirarle directamente, aunque su boca torcida en una media sonrisa fuese más una distracción que otra cosa.
―¿No te preocupa lo que dirán los demás cuando sepan que estás saliendo con la hija de un panadero?
Adrien rodó los ojos al techo, fingiendo que reflexionaba sobre el tema.
―Me preocupa más que te acosen con cámaras cuando sepan que estás saliendo con el señor Agreste Jr.
Marinette bajo la mirada y se entretuvo en el cuello de la camiseta de Adrien.
―¿Sigues preocupado porque no tendré intimidad?
Adrien suspiró largamente, recordando las palabras de Alya.
―No voy a obligarte a separarte de mí si no quieres, Marinette―susurró, sujetándola por la barbilla para fijar los ojos verde en los suyos, azules―. Principalmente, porque soy un egoísta y te quiero solo para mí. Y en segundo lugar, porque quiero que seas tú la que decida lo que quiere hacer al respecto. Si quieres quedarte conmigo, hazlo, tú ya sabes lo que siento por ti. Pero si prefieres marcharte, no te retendré.
Marinette abrió la boca, sorprendida.
―Suena muy drástico, pero es porque en mi vida no hay término medio―concluyó Adrien con una sonrisa de disculpa.
Marinette se le quedó mirando, sin saber muy bien qué decir. Cuando tuvieron que escapar en limusina de la discoteca aquella noche, Adrien le había dicho que no quería causarle problemas y había tratado de distanciarse de ella. Marinette le había asegurado que si tenía que salir en las revistas y en los programas del corazón a cambio de poder estar a su lado, pagaría ese precio sin reservas. Y en ese momento, tras todo lo que había sucedido el día anterior, aunque pareciese que había ocurrido hacía una eternidad, Marinette no podía estar más segura de su decisión.
Con una sonrisa, Marinette se cernió sobre él y selló los labios de Adrien con los suyos. Él no se movió, expectante, confuso. ¿Acaso le estaba besando a modo de despedida? Si era así, no estaba seguro de si debía rechazarla o no, porque no sería capaz de tener la fuerza suficiente para irse de allí sin ella si seguía besándole de esa manera…
―Te quiero, Adrien―musitó Marinette sobre sus labios, separándose lo justo y lo necesario para poder mirarle a los ojos entornados―. No sé qué necesitas que te diga para que te entre de una vez en esa cabecita tuya que no voy a irme a ninguna parte―Marinette le tocó las sienes con un dedo, que Adrien atrapó casi al momento con una pequeña y tímida sonrisa―. Te voy a apoyar en todo lo que decidas hacer, respecto a tu padre, a la empresa, a nosotros… Solo dame unos días para que me adapte a eso de vivir con cámaras en la puerta de tu casa.
Adrien se echó a reír, emocionado. La alegría y el alivio que sentía no le cabían en el pecho.
―Así que―continuó Marinette, notando las lágrimas acumularse en sus ojos―, si quieres que te acompañe mientras hablas con tu padre, con tu abogado o con quien sea, solo tienes que pedírmelo. O si quieres que duerma contigo todas las noches, me…
―No me digas eso dos veces―la interrumpió Adrien con un guiño―, sabes que no puedo resistirme a pasar una noche a tu lado.
Marinette agachó la cabeza, conteniendo la risa. Adrien no quería perderse la expresión de Marinette, por lo que le pasó la mano por el pelo, la mejilla y el cuello hasta regresar a la barbilla y hacer que le encarase. Marinette se encontró a un Adrien que el recordaba a aquel que la besó cuando le confesó lo que sentía y supo que era correspondido.
Tras tantos años sufriendo en silencio, por fin veía que su espera no había sido en vano. Había sido su compañera de clase, su amiga, su compañera de batallas y, ahora, su pareja. Y Adrien no podía sentirse más afortunado que en esos momentos. No necesitaron decirse nada más, aquella forma de mirarse el uno al otro era suficiente para que ambos entendieran lo que quería decir el otro.
Al fin y al cabo, siempre había sido así, ¿no?
Ninguno supo quién fue el primero. Tal vez fue Adrien, que tiró de Marinette para volver a besarla; o quizás fue ella, que se abalanzó sobre él. O los dos a la vez, que lucharon por deshacerse de la ropa que no les permitía acercarse todo lo que querían. Adrien solo fue consciente de cómo se le desbordaba el amor que sentía por Marinette, cómo sus manos recorrieron su pequeño y suave cuerpo y la tomaron por los muslos para que enrollara las piernas en torno a su cintura. Marinette solo pudo dejarse llevar, que fuese Adrien quien la colocara sobre él hasta que ella estuvo cómoda y comenzó a moverse sobre su cuerpo desnudo.
Adrien se perdió en el sabor de la boca de Marinette, en cada uno de sus suspiros. Bebió de su aliento, se recreó en su figura danzando sobre él, en la manera en que ella se acoplaba a su cuerpo sin problemas. Marinette estaba hecha para él, siempre había sido así. Adrien siempre le pertenecería, porque nunca habría nadie capaz de hacerle ver el mundo con la luz con que lo veía Marinette. Nadie podría hacerle sentir como si no existiera nadie más importante que él. Y nadie le haría creer en él mismo como ella lo hacía.
Por eso, Adrien no se limitó a ayudarla a subir y bajar sobre él en medio de una nube de placer, sudor y entrega, sino que la abrazó con todas sus fuerzas, la hizo rodar sobre la chaise longue y le regaló todo lo que pudo. Se dio a ella en cuerpo y alma y no paró hasta que ambos exhalaron un grito de alivio al mismo tiempo y se deshicieron en brazos del otro.
Con la respiración acelerada, Marinette le retiró el pelo de la frente a Adrien y lo cubrió de besos.
―Siempre estaré contigo, gatito―le susurró, aún en medio de los efectos secundarios del asolador orgasmo que habían tenido a la vez.
Adrien dibujó una vaga sonrisa, agotado.
―Y yo siempre cuidaré de ti, bichito.
