Aviso que cada capítulo se va a ir haciendo más largo que el anterior, jaja.
Disfruten.
Había peores cosas que morir a los dieciocho años, Teodora estaba segura. Especialmente cuando ya sabías que ibas a morir pronto y habías tenido tiempo de poner todos tus asuntos en orden. No sólo había conseguido persuadir a su abuelo de cambiar el nombre de su tío por el de sus primas en el testamento, sino que además también lo había hecho ver ciertas anomalías en su accidente, por lo que ambos habían acordado que era sabio poner unas cuantas clausulas para que las arpías que definitivamente no eran su familia no pudieran poner una sola garra en el dinero o las tierras que no eran de ellas mas que para pasarlo a su descendencia, que ahí sí, serían legítimos herederos Villavicencio.
Después de tan gran hazaña, Teodora se había sentido tan bien consigo misma que incluso había comenzado una pequeña obra de caridad con el fraile de la iglesia y la panadería local para ayudar al orfanato y al albergue de la ciudad.
Había querido dejar una pequeña buena acción detrás de sí para amortiguar un poco el hecho de haberle vendido su alma a un ser del mal, también, pero eso no podía decirlo en voz alta a los demás. Había pasado de igual manera mucho tiempo con sus padres para tratar de hacerles más llevadera la pérdida. Quería pensar que lo que había hecho tenía una razón y había sido la mejor opción.
Se preguntó ansiosamente si sus padres tendrían un cuerpo qué velar luego de que el Charro Negro se la llevara.
Finado la sacó de su ensimismamiento al alcanzarle la gargantilla que solía usar. Era un relicario donde estaban apretujadas dos pinturas de sus abuelos y sus padres. Se la abrochó al cuello y tras una última mirada al espejo, se levantó del tocador y se dirigió al comedor. Sus padres la esperaban a desayunar para después ir a la casa de sus abuelos, pues lo inminente estaba pasando, y su abuelo estaba enfermando otra vez, esta vez de causas naturales, y Teodora sabía lo que eso significaba.
Esa noche, Teodora la pasó con su familia en la casona de sus abuelos. La noche era fría y Teodora no podía dormir. Su abuelo había tenido una recaída y todos esperaban que falleciera pronto, lo que no hacía más que angustiarla. ¿Caería ella muerta tan pronto su abuelo se fuera? ¿Se partiría el suelo como decía la leyenda y saldría El Charro Negro para llevársela en su caballo como ya había hecho una vez?
La incertidumbre la estaba matando.
Y tal vez fueron sus propios pensamientos los que lo invocaron, pero mientras Teodora paseaba por los jardines de la casa, escuchó una risa de ultratumba a sus espaldas. Una risa que ya había escuchado con anterioridad, si es que más profunda desde la última vez que la oyó. Se dio la vuelta en la dirección del sonido con un respingo y el corazón palpitándole en la garganta.
Detrás de una higuera, estaba la figura de un hombre vestido de Charro. En la oscuridad, brillaron sus ojos rojos, y cuando sopló el viento, antes de que Teodora pudiera parpadear, se esfumó, dejando sólo el eco de su risa tras de sí.
Teodora se puso una mano en el pecho y respiró profundamente, tratando de calmarse, luego se precipitó hacia la casa. Una vez dentro corrió hacia la habitación de huéspedes donde se estaba quedando y cerró la puerta con llave, aunque sabía que un cerrojo poco haría para mantener fuera a los visitantes del más allá. De todos modos se conformaría tan siquiera con un poco de falsa seguridad.
Chichi, su perrita, dormía a los pies de su cama ajena a todo y Finado y Moribunda roncaban en las almohadas. Tenía semanas sin ver a los alebrijes y Don Andrés se había casado hacía un par de años por lo que habían perdido el contacto, sin embargo consideró contactar a sus amigos si tan solo para avisarles que su hora estaba muy probablemente cerca. Al menos, más cerca que lejos.
La habitación estaba iluminada solo con la luz de la luna que se filtraba por el ventanal al lado de la cama y Teodora se acercó para cerrar las cortinas. El cristal quedaba justo enfrente de la higuera y cuando la muchacha se asomó, la figura del hombre estaba ahí de nuevo, mirándola desde las sombras. Estaba segura de que sonreía a pesar de que a la distancia no podía verlo.
Pero no podía ser. No podía ser el Charro Negro. La figura que le devolvía la mirada desde la oscuridad no era un niño.
Aunque…
Teodora hizo acopio de la valentía que la caracterizaba y le sostuvo la mirada. Eran los mismos ojos rojos. La misma presencia, la misma risa, el mismo porte. La misma sensación que le recorría la piel a escalofríos. Temblando de miedo, sacudió la cabeza y cerró las cortinas de un movimiento brusco.
Se sacó la bata de encima del camisón de dormir y se metió debajo de las cobijas. A la luz de la mañana pensaría mejor las cosas. Quizá el miedo le estaba jugando trucos en la mente.
Quizá.
Una de las mucamas la despertó al día siguiente entrada la mañana. Su abuelo estaba lo suficientemente bien como para bajar a almorzar y estaban comiendo en el jardín, así que se vistió y trató de no mirar la higuera en el transcurso de la comida, sin éxito. Pero a la luz del día, la higuera era sólo un árbol.
— Pensaba ir a Puebla en los próximos días, ya que te sientes bien, abuelo.
Teodora giró la mirada inmediatamente de la higuera a su prima mayor, Valentina, próxima heredera de la finca familiar gracias a ella. No que ella lo supiera, claro.
— No tienes que esperar a que me sienta bien si quieres salir, Vale, — la animó el anciano.
— Me sentiría mejor sabiendo que estás bien cuando me voy, de todos modos, — dijo la joven.
— No me agrada la idea de que vayas sola, m'ija, — intervino Gaspar, el padre de Valentina.
— Yo puedo ir con ella, tío, — intervino rápidamente Teodora, sorprendiéndolos.
Ante las preguntas que su declaración levantó, se limitó a decir "No tengo nada más qué hacer".
Pero la verdad es que la mención de Puebla había traído a su memoria la razón del porqué había ido ahí a buscar al Charro Negro en un primer lugar. La Leyenda decía que esa era su ciudad de origen. Y por alguna razón, Teodora tenía curiosidad. Y si iba a morir… bueno, ya sabes lo que dicen. Si el gato muere de curiosidad, al menos muere sabiendo.
Algo raro había con el Charro Negro, y Teodora lo iba a averiguar.
Los alebrijes podían llegar a ser bastante útiles cuando querían. Al parecer habían conseguido la información de una gitana o de una adivina o algo por el estilo, pero alguien los había mandado a un edificio que llevaba unos cuantos años abandonado, y tan pronto llegaron a Puebla, Teodora se había dado a la tarea de localizar dicho lugar. En un principio había temido que estuviera vigilado y no pudiera entrar, pero por suerte no había sido el caso. Al parecer, no quedaba nadie de la familia. Al frente del establecimiento, había podido leer unas desvaídas letras que decían "Panadería San Juan".
Levantándose la falda del vestido, se adentró en el edificio y se encontró con una casa que parecía deshabitada pero no extremadamente vieja. Los muebles estaban cubiertos por sábanas blancas y las fotografías por gruesas capas de polvo.
— ¡Chánfles! — Exclamó Alebrije — Entre tanto polvo, de seguro se nos perdieron las pistas.
— ¿Y qué pistas estamos buscando exactamente, si se puede saber? —preguntó Don Andrés.
— Oooots, pues cualquier pista que nos arroje algo de luz sobre el Charro Negro, ¿Verdad, Teodora? — Ayudó Evaristo, — Porque al parecer ya no es un morrito.
— Esa parte sí la capté, — se defendió Alebrije — lo que no entiendo es qué hacemos aquí. ¿Qué tiene que ver esta casa y esta panadería con el Charro Negro?
Teodora, que empezaba a exasperarse con sus voces, dio un taconazo en el suelo de madera.
— Eso es lo que venimos a averiguar, obvio. — Rodó los ojos, — Fuiste tú el que consiguió la información, Alebrije.
Tomó entonces una de las fotografías de la sala y le limpió el polvo con su pañuelo. Era la foto de una anciana de aspecto bonachón. Tomó otra y repitió el proceso, esta vez llevándose un desconcierto descomunal. En la foto aparecían dos niños, probablemente hermanos, y uno de ellos, le resultaba terriblemente familiar. Era más joven, pero era definitivamente el mismo niño que se le había aparecido hacía seis años en las afueras de este mismo pueblo.
— ¡Rápido, aquí! —Llamó a sus amigos — ¡Ayúdenme a limpiar estos marcos!
Los demás se precipitaron a auxiliarla y pronto descubrieron las fotografías de una familia de cuatro personas. El niño que debía ser el Charro Negro dejaba de envejecer en las fotos más o menos con la misma apariencia que tenía cuando Teodora lo conoció en persona, pero eso no explicaba por qué siguió creciendo después.
Aun así, tuvo que sentarse para asimilar lo que acababa de aprender. El Charro Negro había vivido en esta casa no hacía mucho tiempo. Había sido un niño normal, como ella.
Teodora trató de encontrar papelería o algún objeto personal que tuviera sus nombres, pero no hubo suerte. Cuando estaba a punto de darse por vencida, Finado y Moribunda le señalaron unas marcas en el marco de madera de una de las puertas. Eran las típicas marcas que hacen tus padres para ver cuánto has crecido. Había dos nombres: Nando y Leo.
Tomando en cuenta que Leo era seguramente el menor, Teodora supo que había dado con el nombre del Charro Negro.
— Leo…— murmuró, como un secreto, porque probablemente lo era.
Después se mordió el labio por su imprudencia. Nerviosa, casi como si creyera que el mencionar su nombre en su antigua morada pudiera invocarlo, Teodora animó a los demás a salir prontamente. En su carrera, no se fijó que aún llevaba en la mano una de las fotos. Aquella en la que aparecían ambos hermanos y el Charro Negro se parecía más al niño que vio por primera vez.
Teodora miró hacia atrás con dirección a la panadería una vez que estuvieron fuera del edificio, pero nada había cambiado. No había presencias malignas ni la temperatura había bajado. Soltando en suspiro, se dirigió de vuelta a la posada. Su prima se estaría preguntando dónde se había metido.
