Traerse objetos de una casa ajena no era una buena idea. Más cuando su dueño era dueño también de tu alma. Más aún todavía cuando para los ojos de cualquier mortal, eso era robar.
Sin embargo, ya no había nada que pudiera hacer estando a tantos kilómetros de distancia de vuelta en su casa. La amable anciana propietaria de la posada en la que se había quedado en Puebla también le había dicho que la familia San Juan había desaparecido un día hacía seis o siete años, prácticamente de la nada. Primero había sido el menor de los hermanos, Leo, preocupando a su abuela, a su nana y a su hermano de muerte. Luego Nando había salido a buscarlo y tampoco había vuelto. Después de unos meses, también la abuela y la nana Dionisia habían desaparecido, ambas a la vez, con todo y perro. Nadie había sabido nada de la familia desde entonces. La Panadería San Juan estaba abandonada, dando lugar solo a especulaciones.
Teodora había tenido que volver a su ciudad con más dudas que respuestas, y con la incertidumbre de que iba a tener que irse con el Charro Negro con la incógnita carcomiéndole las entrañas.
Un toque en la puerta la sacó de su ensimismamiento.
— ¿Teodora?
Su madre se asomó por la rendija que abrió. Tenía los ojos rojos e hinchados y la cara demacrada. Había ojeras en sus párpados, lo que le daba un aire cansado y frágil. Su voz sonaba húmeda y tenía la piel muy pálida, lo que sólo era acentuado por su vestido de luto.
— ¿Estás lista? — preguntó quedito, y a su hija le pareció ver que temblaba.
La muchacha asintió, rehusándose a llorar. O a sentirse asustada. Tenía que ser fuerte. Tenía que ser valiente. Conocía a su familia, nadie más iba a sostener la mano de su abuela mientras caminaban por la procesión, cada quien sumido en su propio dolor, por lo que ella tendría que hacerlo. Incluso en el final, tenía que mantener la cabeza bien erguida, pues él estaría observándola, lo sabía.
Había estado haciéndolo a ratos, desde las sombras, y hoy, más que nunca, no sería la excepción.
— El carruaje espera, — dijo su madre.
Teodora guardó la fotografía que había tomado de la casa San Juan en el cajón de su mesita de noche y se puso de pie. Se alisó el vestido negro y se reunió con su madre al pie de la escalera. La tomó del brazo y ambas bajaron solemnes para dirigirse al velorio.
Teodora apretó los dientes todo el camino. Aún faltaba mucho para el atardecer, pero los cascos de los caballos que tiraban de su carruaje no fallaron en incomodarla todo el trayecto.
El peor sentimiento de saber que morirás pronto, es no saber exactamente cuándo "pronto" será. Especialmente cuando "pronto" depende de alguien más.
Hoy finalmente habían enterrado a su abuelo en el mausoleo familiar, y tal y como lo había sospechado, Teodora estaba convencida que el Charro Negro la había estado observando durante las tres noches que duró el velorio. También que había hecho acto de presencia a lo lejos tan pronto anocheció en el cementerio, cuando cerraban por fin la losa y decían el último adiós.
A pesar de su insistente escrutinio, tanto la habían seguido sus ojos rojos los últimos días que había terminado por acostumbrarse a ellos, la sensación de nerviosismo que le roía las entrañas mermando ante lo inevitable. Teodora ya no se sentía asustada de él, en su lugar, sólo quedaba el sabor de la resignación, y tal vez, un poco de anticipación, si acaso sólo para poder por fin pasar de página.
Siempre se aparecía por la noche y siempre era la única que podía verlo, y dado que nunca hizo ademán de llevársela mientras estuvo de duelo, Teodora supuso correctamente que esperaría a que terminara la procesión fúnebre y el entierro antes de reclamar su alma. Para ser sincera, fue una cortesía que no esperaba.
Esa noche, antes de retirarse a sus aposentos, mandó a Chichi a pasar la noche a la lavandería para evitar que despertara a toda la mansión con sus ladridos cuando la inminente Aparición diera lugar. Se despidió de sus padres antes de irse a dormir y también de los alebrijes, de Don Andrés y de las calaveritas. Les agradeció su compañía y todo lo que habían hecho por ella, pero les dijo que prefería enfrentar las consecuencias de sus actos sola. Les aseguró que como buena mexicana, no tenía miedo a la muerte, y tras un último abrazo, subió las escaleras a su habitación a esperar su destino.
Lo que la llevaba a su situación actual. "Pronto" se estaba sintiendo como una eternidad. Ni siquiera se había cambiado su vestido de luto porque no iba a arriesgarse a que la sorprendiera a mitad de cambiarse de ropa, no podría con la vergüenza. Y de todos modos, un vestido negro era tan adecuado para la situación como cualquier otro.
Sentada la borde de la cama, sabiendo que sería muy ingenuo de su parte intentar dormir, sacó la foto que había tomado de la panadería y la miró una vez más a la luz de su lámpara de noche. Se preguntó por enésima vez, en vano, cómo es que el inocente niño de ojos chocolate que le devolvía la mirada podía ser ahora tan macabro ser.
— Un ojo de venado no te salvará de tu destino — dijo una voz grave en su oído, un aliento frío erizándole el vello del cuello.
Teodora se paró de un respingo a la vez que se giraba para encararlo. Recortado por la luz de la luna que se filtraba por el ventanal, el Charro Negro la miraba con una sonrisa socarrona. Rápidamente escondió la fotografía tras de sí. Frunció el ceño.
— ¿Acaso tienes la necesidad de asustar a las personas siempre? ¿Es un requerimiento para ser el Charro Negro o algo así?
Él se rió entre dientes lóbregamente. En el transcurso de los días, se había dado cuenta que la muchacha le había perdido el miedo, pero en lugar de que esto le molestara, por alguna razón lo complacía. No podía evitar encontrar su valentía entretenida y también había algo más que de seguro tenía que ver con el hecho de que lo miraba a los ojos cuando le hablaba y lo hacía sin tartamudear. Era refrescante, de cierto modo.
— A veces. Es divertido, — le contestó.
— Ash, — Teodora rodó los ojos, luego tomó entre sus dedos el colgante que su madre le había puesto hacía tres días antes de que empezara el velorio y se lo arrancó con un ligero jalón. — Y ya sé lo del ojo de venado. Ya hasta se me había olvidado que lo traía puesto, — dijo, y lo dejó en la mesita de noche al lado de la lámpara de aceite. — Como sea, — continuó, cambiando el peso de un pie a otro para disimular el nerviosismo que se le empezaba a acumular en la boca del estómago. El Charro Negro podía ser espeluznante cuando quería, especialmente de cerca. Como él no agregó nada más y ella se negaba a perder su determinación, declaró, — Terminemos con esto. Llévame de una vez, antes de que se me pase el valor. Estoy preparada, no puedo más con esta incertidumbre, — concluyó dramáticamente.
El Charro – Leo – Teodora se recordó con el peso del portarretratos a sus espaldas, se volvió a reír, esta vez con más gracia y la hizo sentir agredida. Luego la barrió con la mirada y ella tuvo que frenarse de cruzar los brazos porque aún estaba escondiendo la fotografía al sentirse ligeramente cohibida ante su penetrante escrutinio, pero comenzó a tamborilear la punta del pie.
— ¿Qué es tan gracioso, si se puede saber?
Él negó con la cabeza, haciendo un esfuerzo por aguantarse la risa. El Charro Negro no era un payaso de circo, era el diablo mismo, así que no debería estarse riendo con las almas que se llevaba. Sin embargo esta muchacha era bastante entretenida.
— Tú, — le respondió, y la vio colorearse de coraje como toda jovencita de alcurnia a la que acababan de ofender. — Eres la primera que no corre, damita. Tienes más agallas que muchos generales de guerra que he visto.
Eso pareció calmarla, y Leo aprovecho para pasear la mirada por su habitación. Era un cuarto bonito y con muebles de madera fina, pero notó que no había pertenencias en abundancia, como cabría esperar de una muchacha rica y consentida. Secretamente, se preguntó si se había abstenido de gastar en frivolidades que sabía que no le durarían siempre, ya que siempre supo que su hora llegaría más pronto que tarde, o si las habría regalado.
Cuando Teodora no agregó nada más, devolvió su mirada carmesí a ella.
— ¿Y bien? ¿No te vas a llevar nada?
— ¿Eh?
Leo ensanchó la sonrisa ante su desconcierto.
— Que si no te vas a llevar nada, corazón. — Explicó despacio, como si le hablara a una niña pequeña.
Teodora se sintió agraviada, confundida y esperanzada, todo al mismo tiempo.
— ¿Me puedo llevar algo? ¿De verdad?
Leo iba a responder con sarcasmo, pero recordó que es bien sabido que no nos llevamos nada al morir, por lo que el desconcierto de Teodora estaba bien fundado. Sintiéndose complaciente, asintió una vez sin rastros de condescendencia y miró su rostro iluminarse con una sonrisa sincera. Paseó la mirada por su habitación frenéticamente como si no se decidiera, pero finalmente abrió el closet y sacó un pequeño maletín de viaje.
Leo notó entonces que tenía pegado al pecho un portarretratos con la foto escondida a sus ojos, y antes de meterlo al equipaje le dirigió una mirada.
— Bueno, ¿eres un caballero o no? Algo de privacidad, por favor.
Leo rodó los ojos, pero se dio la vuelta y miró por la ventana. La ventana de la habitación de Teodora también daba al jardín, aunque ella no tenía higueras. Tenía un árbol de flores de durazno, a pesar de ello, y las flores habían hecho un tapiz en el césped del jardín. Leo no pudo evitar imaginarla sentada debajo de su sombra teniendo picnics con las calaveritas que solían acompañarla. Siempre rodeada de azúcar.
Teodora decidió que se llevaría su diario, las plumas y tintero que le regaló su abuelo, el perfume que le regaló su abuela, el colorete que le regaló su madre, la brújula que le regaló su padre y el álbum de fotos de su familia donde venían incluso dibujos de sus amigos sobrenaturales. Coló la fotografía también de los San Juan y paseó la vista por su habitación pero no pudo pensar en nada más que llevarse puesto que no había nada más que valorara especialmente a excepción del relicario con las fotos de su familia que nunca se quitaba, y de todos modos no había mucho más espacio en la maleta.
Notó entonces a Leo mirando a la lejanía por su ventana. Tenía el codo recargado en el marco de la ventana y la mano contraria apoyada en la cintura en un gesto despreocupado, el peso de su cuerpo reposando en un pie. Teodora no pudo evitar notar que parecía un muchacho casi normal.
Por una vez, los papeles estuvieron invertidos y Leo debió sentir su mirada sobre su persona porque escogió ese momento para girarse, atrapándola mirándolo.
— ¿Es todo? — preguntó echándole un ojo al maletín, alcanzando a distinguir un libro, una brújula y una botella de perfume. Podría haber apostado que cargaría hasta con el molcajete, pero Teodora no dejaba de probar que se había equivocado con los prejuicios que se había formado sobre ella. Incluso el alhajero de gran tamaño que tenía sobre el tocador había permanecido ignorado junto con su contenido, sin duda fiel a su carácter desinteresado.
Ella cerró entonces la valija y se encogió de hombros.
— Es todo, — declaró. — Aunque, me gustaría hacer una pregunta.
— Cómo no, — suspiró Leo. — Una. — concedió.
Teodora se mordió el labio, y el gesto lo distrajo por un momento.
— Mis padres, — dijo. — ¿No sabrán nunca lo que me pasó?
La pregunta lo descolocó por un instante, cosa que no debió suceder si consideraba que el trato que había hecho en primer lugar había sido para salvar a un familiar. Se incorporó lentamente, rascándose la barbilla mientras pensaba en algo, suponiendo que podía concederle una indulgencia más ya que lo había entretenido tanto los últimos días con sus reacciones, desinterés y valentía.
Sin mencionar… sin mencionar que no podía negar que era un sentimental, y aunque no quisiera admitirlo, le tenía algo de afecto a esta muchacha por ser su primer trato como Charro Negro que no buscaba beneficiarse a sí misma a costa de magia negra en lugar de esdesforzarse por lograr sus objetivos. Teodora era sincera, pura y no tenía reparos en sostenerle la mirada. Le agradaba.
Empujando tales pensamientos al fondo de su mente, hizo un movimiento desinteresado con la mano y apareció una carta que contenía una coartada. La carta flotó hasta quedar sobre el tocador, a un lado del alhajero.
Teodora miró el papel flotar y posarse sobre el mueble y regresó la vista hacia él, arqueando una inquisitiva ceja.
—Ahí tienes una coartada, no podrás decir que soy un desalmado, —dijo, tratando de ignorar para sí mismo el hecho de que estaba siendo mucho más benevolente con ella de lo que era por lo general con sus demás contratistas.
— ¿Qué… clase de coartada? — inquirió con voz dudosa.
Leo torció la sonrisa y se dirigió hasta donde estaba ella, evadiendo la cama que los separaba. Le puso la maleta en las manos y la atrajo hacia sí poniéndole una mano en la espalda.
— Un admirador te secuestró porque no le hacías caso, — explicó con humor oscuro. — Supongo que no te faltan de esos.
Teodora sintió la ráfaga de viento golpearle la boca abierta. En su habitación de pronto hubo caos: cajones azotándose, la lámpara de aceite salió volando y su cuarto pareció protagonista de un forcejeo. Escuchó la voz de su padre y la del mayordomo a lo lejos precipitarse hacia su habitación pero de pronto, ya no estaba en su casa.
En medio de un torbellino, Leo los había sacado de ahí con su magia en un revuelo de imágenes que le provocaron el vértigo propio de una caída. Cuando ella pudo enfocar los ojos de nuevo notó que se encontraban frente a la entrada principal del pueblo y de no ser porque la sujetaba, se hubiera ido de bruces contra el piso, tan desconcertante había sido el episodio. Se dio cuenta que era la primera vez que lo veía usando su poder en todo su esplendor, y por primera vez se sintió intimidada. De pronto la apariencia del muchacho que se había formado en su mente horas antes se opacó ante la veracidad del ente sobrenatural que tenía enfrente.
Leo parpadeó y el brillo rojizo de sus ojos se apagó un poco, casi recordándole ese tono marrón que tenían en la foto que conservaba escondida en la maleta. Dio un paso atrás, saliendo de su espacio personal cortésmente. Teodora se dio cuenta que había estado apretando con especial fuerza la agarradera de su equipaje y aflojó el agarre. Leo había ido al encuentro de un caballo que ella en un inicio no había notado acercarse. Era más grande de lo que recordaba y tenía los ojos rojos como su dueño.
—Bruno, buen chico. Ven aquí, — dijo Leo y su montura trotó en su dirección, agachándose gustoso para recibir el contacto de su jinete cuando estuvo a su alcance.
A Teodora se le figuró foráneo el gesto. No precisamente propio de una figura que inspiraba el terror en el corazón de los mortales el andar acariciando animales, y de pronto fue consciente que Leo no era sólo una leyenda. Detrás de todas almas que se había llevado, había una persona. Una persona lo suficientemente noble como para ganarse el cariño y el respeto de su caballo.
Había más en Leo de lo que había esperado.
— Bruno, te presento a Teodora, — le dijo al animal, sacándola de sus pensamientos. — Teodora, éste es Bruno, te recomiendo que te acostumbres a él.
Sin despegar la vista del animal, le extendió una mano en su dirección y Teodora se dio cuenta que quería que se la tomara para acercarla al caballo. De haber sido cualquier otra persona y cualquier otro caballo, le hubiera dicho que ella podía perfectamente manejarse con las monturas, gracias. Pero éste no era cualquier caballo, así que se lo pensó mejor.
Teodora extendió una mano en su dirección y le puso los dedos sobre la palma abierta que le extendía. Como todo en él, tenía la piel fría como el hielo, pero no le molestó tanto como creía. Leo guió su mano hasta el hocico del animal y éste relinchó pero ella no se amedrentó. Él dio un asentimiento satisfecho y soltó su mano.
— ¿Sabes montar, no? — preguntó entonces con picardía.
— Obviamente, — respondió Teodora muy digna.
Leo le dio unas palmaditas con aire distraído a la grupa del caballo y la miró mientras ella seguía pasándole la mano por la cara a su montura en una caricia.
— Supongo entonces que te podrás subir sola, ¿no?
Teodora lo miró dando un brinquito de la sorpresa. Su yegua no era ni de lejos tan grande como este caballo y hasta hace algunos años había tenido que subirse usando un banquito. Regresó la vista al animal y caminando para buscar la silla de montar, reparó en que su lomo estaba más alto incluso que su cabeza. Se estaba burlando de ella, y eso la hizo fruncir el ceño.
— También puedo treparme a un árbol si quiero sin ayuda, pero no lo voy a hacer nada más para probarte que puedo, obvio.
Leo soltó una carcajada sin poderlo evitar, una vez más. Teodora esperó que no notara como se le habían coloreado las mejillas. Se rehúso a mirarlo mientras él se deshacía en risas a sus expensas. Era obvio que no esperaba que ella se pudiera subir sola, sólo quería molestarla. Teodora chasqueó la lengua.
— ¿Sabes? Para esto mejor simplemente me hubieras arrastrado al infierno partiendo la tierra, — se quejó.
Leo hizo acopio de toda su voluntad para contener nuevamente la risa. A decir verdad, Teodora tenía razón. No debería de estar tan cándido con las almas con las que hacía pactos, pero por alguna razón, no podía evitar reírse de sus expresiones. Era fácil molestarla. Carraspeó y ante la atónita mirada de la muchacha, plantó una rodilla en el suelo y le ofreció una mano.
— Anda, ya. — Dijo con voz conciliadora, — Te ayudo, no te enojes.
Tuvo incluso la decencia de parecer un poco arrepentido. Un poco.
Teodora tuvo un pequeño corto circuito mental. Frente a ella se encontraba un ente maligno que muchos comparaban con el mismísimo diablo, hincado frente a ella cual caballero frente a su princesa para ayudarla a subirse al caballo. Tragó pesado y ya sin reparar en el contacto, le dio la mano. Se recogió la falda del vestido y tratando de ser lo más rápida posible, usó su rodilla de escalón para subirse a Bruno.
Por un momento pensó en subirse a horcajadas al caballo pero el movimiento le quedó chico pues seguía estando muy chaparra con todo y la ayuda y no quiso quitarle la dignidad a su sentada cayéndose de la montura, por lo que terminó montando a la amazona.
De cualquier modo, no tuvo tiempo de preocuparse por si se caería del caballo cuando éste saliera galopando, pues Leo se subió inmediatamente después, pegando su pecho a su costado y aprisionándola entre sus brazos al agarrar las riendas de Bruno.
— Sujétate, Teodora, — dijo, casi alegre, — Nos vamos a casa.
Ella apenas tuvo tiempo de saborear su nombre en su voz, ya que rara vez lo pronunciaba, o de hacerle caso y agarrarse, cuando el caballo salió corriendo a todo galope, perdiéndose entre la noche.
