Leo espoleó a Bruno para que el caballo se pusiera en marcha y miró a Teodora aletear cual pichón que se cae del nido buscando de qué agarrarse, comenzando a resbalarse del animal. Se rió entre dientes y ella sintió las vibraciones de su risa contra su cuerpo.

— Que te agarres, te dije, — le susurró al oído, y ella sintió como se le erizaba la piel, pero ésta vez no fue por el miedo. No pudo distinguir muy bien la sensación.

Leo le envolvió un brazo en la cintura y le ofreció las riendas con la otra mano, que ella tomó gustosa, por fin sintiendo un poco de seguridad al quedar encajonada justo debajo de su barbilla y envuelta en sus brazos. Con la mano con la que sujetaba su pequeña maleta contra sí, Teodora sostuvo la otra mano del jinete que la abrazaba contra su estómago, relajándose en el trayecto.

Después de unos minutos de carrera, la muchacha recordó las palabras del Charro. "Vamos a casa", había dicho, y Teodora no podía evitar preguntarse si la selección de palabras había sido al azar. ¿Sería casa también para ella? ¿Viviría pasada esa noche? ¿Por eso la había dejado tomar cosas de su casa? No sabía qué tenía éste ser preparado para ella, pero con el viento en el cabello y su mano firmemente sujetándola para que no se cayera, Teodora supo que no podía ser algo malo.

Leo sabía que se estaba haciendo el tonto. Llevaban galopando cerca de un cuarto de hora y sin razón. En cualquier momento podría aparecer el portal que los transportaría a la hacienda y acabar con el trayecto, pero se había descubierto disfrutando demasiado la montada. El cabello de Teodora olía a perfume y su piel a duraznos. Se había llevado un chasco al descubrirse inclinándose para pegar la nariz a su cuello desnudo, pero por suerte se había contenido.

Y cómo era bastante maduro, había espoleado a Bruno para que aumentara la velocidad, haciendo que Teodora metiera la cabeza en el espacio entre su cuello y su barbilla, quitándose a sí mismo la tentación de enfrente, y si la había abrazado con más fuerza había sido meramente porque no quería que se cayera, y porque ella también se estaba sosteniendo con fuerza.

De cualquier modo, luego de casi media hora de cabalgata, Leo abrió el portal a lo lejos – si tan solo para disimular su ubicación y la razón de tan largo recorrido – y escuchó a Teodora jadear una exclamación de sorpresa tan pronto lo divisó.

Bruno relinchó complacido al ver la entrada y brincó en un amplio salto para atravesar el portal cuando estuvo a su alcance y tras unas cuantas zancadas más, se encontraban atravesando la entrada de la Hacienda.

Bajo el resplandor del plenilunio, Teodora contempló la grandeza de lo que aún desconocía sería su nuevo hogar. Leo la dejó contemplar la edificación unos momentos más antes de bajarse del caballo, luego le ofreció una mano para ayudarla a bajarse.

Teodora desvió la vista del edificio y la paseó por el terreno que estaba poblado de magueyes. No se veía nada más en kilómetros. Le entregó a Leo su maletín y él se lo pasó a un sirviente que Teodora no había visto. Era muy extraño. Se podía ver a través de él y no se le distinguían facciones en el rostro. Teodora lo siguió con la mirada cuando éste se adentró en la casa, pero Leo la sacó de su estupor volviéndola a llamar por su nombre.

— Ándale, Teodora — dijo con tono burlón, esta vez ofreciéndole ambas manos — te prometo que por adentro es más impactante.

Como el salto estaba bastante elevado, Teodora le puso las manos en los hombros y se deslizó hacia abajo, esperando tener que doblar las rodillas para amortiguar la caída, sin embargo, Leo no pareció tener problemas ni hacer mucho esfuerzo cuando la atrapó por la cintura casi al mismo tiempo que ella le sujetó los hombros y la puso suavemente en el suelo.

Una vez más, y casi como si quisiera recordarle que a pesar de sus, a veces descarados, coqueteos seguía siendo un caballero, Leo dio un paso atrás para salir de su espacio personal y poniendo una mano detrás de su espalda, hizo un ademán con la otra para indicarle que lo siguiera.

— Por aquí, — dijo, y comenzó a caminar hacia el interior.

Teodora tuvo que apretar el paso para ponerse a su lado debido a que sus piernas eran mucho más cortas que las de él.

— Mañana resolveré las dudas que seguramente están revoloteando en esa pelirroja cabecita tuya y te daré un recorrido si así lo deseas, — prometió mientras andaban por los corredores. — Por ahora querrás descansar.

En la oscuridad de la noche, Teodora no pudo distinguir muy bien las siluetas de todo lo que había en el jardín delantero de la casa ni en el recibidor, mientras que los pasillos se le figuraron tétricos y tuvo que contenerse para no buscar un ancla en Leo, así que apretó los puños para no tomarlo de la mano.

— Esta será tu habitación, — dijo él repentinamente deteniéndose frente a unas altas puertas de caoba.

Teodora se detuvo en seco y fijo la vista en la entrada que el Charro Negro abría para ella en esos momentos. Adentro había una cama con dosel. El cuarto era espacioso y estaba iluminado con velas aromáticas, desperdigadas por todo el lugar en distintos candelabros de piso y de mesa. Había un gran baúl, un ropero, un espejo de cuerpo completo y unas puertas que daban a una pequeña terraza particular. Era una habitación hermosa. La muchacha parpadeó, dando tentativos pasos al interior. Observó todo con detenimiento y cuando se giró para ver a Leo, él se preparaba para cerrar las puertas. Parecía complacido con su reacción.

— ¿Mi habitación? ¿De verdad? — preguntó, tratando de asimilar la información que había reunido. Esta hacienda sería su casa. Leo no iba a sacarle el alma del cuerpo. Iba a vivir aquí. Esta era su habitación.

Él asintió.

— Hablaremos mañana, — le dijo — Buenas noches… Teodora.

Ella se dio cuenta entonces que él estaba también acostumbrándose a pronunciar su nombre, y se percató también que le gustaba cómo sonaba en su voz. Con eso como despedida, cerró las pesadas puertas de madera y se retiró por la noche. Ella no lo escuchó poner ningún cerrojo y se atrevió a pensar que no la había encerrado. Sobre su cama, alguien había dejado su valija.

En un costado de la habitación, el ropero que antes había notado estaba tallado con misma madera que las puertas de la alcoba. Considerando que sería muy incómodo dormir con el vestido puesto, decidió que lo mejor sería quitárselo. Sin embargo, al abrir el ropero se llevó la sorpresa de su vida al descubrir que su interior era una réplica exacta del que tenía en casa. Pasmada, pasó una mano por la tela de sus vestidos y buscó entre sus cajones un camisón para dormir.

Ahora en soledad, la adrenalina estaba pasando y el cansancio de los últimos días se estaba acumulando en su cuerpo. De pronto, estaba terriblemente cansada. Se desvistió y arrojó las prendas sucias a una silla en un rincón. Se puso la pijama, se metió bajo las sábanas y a pesar de tener mil cosas e incógnitas en qué pensar, se quedó completamente dormida.

Horas después, cuando Teodora despertó, el sol brillaba alto en el cielo, lo que indicaba que era cerca del mediodía. Debió haber estado realmente cansada. La habitación estaba iluminada con luz diurna y las velas que habían alumbrado la alcoba la noche anterior apenas tenían unos centímetros menos de altura, por lo que supuso que se habían apagado poco después de que se quedó dormida.

Teodora se lavó la cara en la palangana con agua que alguien había dejado para ella en el mueble al lado del tocador y escogió un vestido en color púrpura del ropero. Afuera de la habitación, se escuchaba el ajetreo propio de una finca en movimiento, y decidió salir a buscar a alguien ya que quien fuera que había dejado el agua, no la había despertado y probablemente no planeaba volver para hacerlo.

Los corredores de la hacienda eran largos y estaban mayormente desiertos. Había algunos sirvientes que se la toparon en su caminar pero pronto descubrió que no hablaban.

Afortunadamente, no tardó mucho en encontrar el recibidor una vez más, donde Leo entraba a la casa. Le estaba dando instrucciones a uno de los criados con la ropa negra llena de polvo y el cabello revuelto. Era la clara imagen de haber estado cabalgando en los campos de magueyes.

— Teodora, — la llamó al verla. — Hasta que te despertaste, dormilona. Ya pasa del medio día.

Ella le dirigió una mirada de reproche cruzándose de brazos.

— Pues ni cómo saberlo, — se defendió de inmediato. — No había reloj en la habitación.

Leo hizo una pausa y materializó uno en ese instante su habitación sin decirle nada para sorprenderla, deseando poder ver su cara cuando lo descubriera y se preguntara cómo y cuándo había llegado ahí. En ese momento, sin embargo, había otros pendientes que atender, por lo que regresó su atención a la muchacha.

— Bueno, bueno. De seguro tienes hambre. Sigue al espectro y te llevará a la cocina. Cuando termines ven a buscarme a la oficina. Te daré el recorrido que te prometí.

— Y las respuestas, espero. No creas que se me ha olvidado, — añadió.

— Y las respuestas, — concedió él, rodando los ojos.

Miró entonces a la especie de espectro que había acompañado al Charro Negro hasta la entrada de la casa y lo siguió cuando éste comenzó a avanzar con dirección al interior de la morada. Leo la miró con su sonrisa sabionda y las manos en la cintura hasta que desapareció por el pasillo, con ella girando la cabeza de vez en cuando con una expresión de recatada desconfianza.

La cocina era amplia y rebozaba de actividad. Teodora no sabía cuántos espectros tenía Leo a su disposición pero había tres de ellos desperdigados en el fogón y las estufas. En la mesa del centro, había dispuesto un servicio para ella con un humeante caldo de pollo. Como habían pasado días desde su última comida decente, el estómago de Teodora se retorció de la anticipación.

Sin nadie que la detuviera, se sentó a la mesa y una de los espectros le acercó un tortillero con tortillas recién servidas del comal. Fue la mejor comida que había tenido en meses.

Con el estómago por fin comenzando a llenarse después de tantos días, Teodora recordó que su madre había estado comiendo incluso menos que ella desde que su abuelo falleció. Durmiendo peor también, incluso. Recordó que para su familia ella había desaparecido en medio de la noche como una hoja de árbol que vuela el aire, y que siempre creerían que fue secuestrada sin posibilidad de recuperación.

Era verdad, supuso. Se la habían llevado y jamás iba a volver, pero no había sido precisamente en contra de su voluntad. Sus padres jamás podían saber eso. Los destruiría. Que ella se hubiera marchado justo el día del entierro de su abuelo sin ningún tipo de consideración hubiera sido algo especialmente cruel de su parte, así que se figuró que tendría que estar agradecida con ese pequeño detalle que Leo había tenido, consciente o inconscientemente, con su persona: el hecho de excluir su voluntad al acompañarlo y jugarlo todo como un secuestro. Aunque no era como si le hubiera podido explicar tampoco a su familia que con quien se iba era el mismísimo Charro Negro.

Pensar en su familia la estaba poniendo de un humor lúgubre y cómo de cualquier modo no había nada que pudiera hacer al respecto, vació el vaso con agua de Jamaica que le habían servido de un trago pasándose también el nudo en la garganta. En ese momento, una de los espectros, quizá el mismo que la había guiado a la cocina, era difícil saberlo, se acercó a ella y Teodora intuyó que la llevaría entonces a la oficina, así que se puso de pie.

El espectro la guió entonces a través del jardín que estaba detrás de la cocina, que estaba perfumado con rosales y jazmines en los que danzaban colibríes. Había un comedor de exterior que a Teodora se le antojo ideal para la primavera. Siguieron avanzando hasta la parte de atrás de la finca, a lo largo de los corredores de la casa con paso lento y algo entrecortado porque el espectro caminaba como si fuera un muerto viviente, lo que la incomodaba un tanto.

Finalmente llegaron al final de un pasillo, deteniéndose frente a unas enormes puertas de madera labrada con motivos un tanto espeluznantes de personas haciendo pactos con un hombre ensombrerado.

El espectro se alejó después de dejarla en donde le indicaron y después de verlo marcharse, Teodora respiró hondo, sabiendo que a partir de ahora, dejaría de estar en la ignorancia. Antes de que pudiera tocar, éstas se abrieron lentamente por una fuerza invisible de par en par.

—Te estaba esperando, — dijo Leo como recibimiento, y ella odió como la oscuridad – su voz – podía sonar tan arrulladoramente tentadora.

Ella entró a la habitación y las puertas se cerraron tras de sí en lo que seguramente era una manera intencional de ponerle los nervios de punta. Detestó el hecho de que había funcionado. La habitación quedó iluminada solamente a la luz de las velas que había desperdigadas en diferentes candelabros. Las velas que no estaban encendidas se encendieron en ese momento por arte de magia y la muchacha notó que su anfitrión estaba firmando algo en la escaza iluminación.

Puso la pluma en el tintero y levantó la vista para encararla. El pergamino que estaba sobre el escritorio se enrolló por sí solo y voló hasta uno de los estantes, donde había unos cuantos libros y muchos otros pergaminos. Teodora los miró con interés.

— Todos son contratos, — dijo Leo, cruzando los dedos sobre el escritorio. — Otro día te enseñaré a redactarlos.

Teodora giró tan rápido la vista en su dirección que casi se disloca el cuello.

— ¿O sea… qué? — ¿Ella? ¿Redactando contratos? ¿De qué? ¿Para qué?

Él se rió entre dientes.

— Te lo explicaré más adelante, — prometió. Luego señaló una de las sillas en frente del escritorio con un gesto de la mano. — Supongo que tendrás unas cuantas preguntas a las que querrás que responda ahora.

Teodora miró la silla y tras echarle una rápida mirada al resto de la habitación una última vez, se dirigió al asiento. La luz de las velas coloreaba la madera de los muebles en tonos rojizos y las sombras parecían danzar sobre cortinas en las mismas tonalidades, pues éstas estaban corridas. Ambos estaban en un pequeño mundo que se sentía muy confidencial y la joven no podía deshacerse de la sensación como si le fuera a contar un secreto que no debía contar a nadie más.

— Algunas, — concedió sentándose al fin. — Y otras sólo son dudas que requieren confirmación. Tampoco estoy tonta.

Leo ensanchó la sonrisa.

— Desde luego que no. — respondió, luego calló y esperó a que ella comenzara.

Teodora se relamió los labios y luego se aclaró la garganta.

— Bueno, viendo que me diste una habitación con un ropero que es una réplica exacta del que tengo en casa, es seguro asumir que voy a quedarme aquí un buen rato, ¿no es verdad?

Leo torció la sonrisa.

— Así es.

— La pregunta es, ¿por qué? O sea, creí que les sacabas el alma a todas tus víctimas y que no podían alcanzar el descanso eterno y no sé qué tantas cosas.

— Hm, ¿preferirías que te sacara el alma?

— Obviamente que no — contestó rondado los ojos, — Pero ya sabes, me dio curiosidad.

— Ah, con que te dio curiosidad. Parece darte mucha de esa, ¿verdad?

Teodora lo miró con precaución, sin saber a lo que se refería o la razón de su comentario, pero no parecía hecho con malicia. Al contrario, sus ojos parecían chisporrotear con una chispa casi de entusiasmo. De todos modos, la dejaba con una sensación no tan agradable de estarse quedando fuera del chiste.

— Es cierto. No planeo sacar el alma de tu cuerpo. No vas a morir pronto. — "Probablemente no por mi mano", pensó Leo, pero no lo agregó. Vivirás en ésta casa y podrás ir a donde se te plazca sin ninguna restricción, — dijo. Y para demostrar que lo que decía era verdad, sacó de uno de los cajones del escritorio un set de llaves de aspecto antiguo y pesado que colocó frente a ella.

— ¿Éstas son…?

— Tuyas. Abren todas las puertas que tienen cerrojo en la finca. Las usarás en el recorrido para que te familiarices con todo, — explicó. — Es importante porque trabajarás para mí — sonrió Leo, sabiendo que Teodora, que nunca había siquiera en trabajar en su vida se alarmaría con tal declaración.

Como lo esperaba, vio su semblante palidecer y sus ojos agrandarse ligeramente, pero aún no dijo nada.

— Esta Hacienda produce principalmente tequila, pulque, mezcal, miel y aguamiel. Por eso necesitaré que me ayudes a redactar unos cuantos contratos, — le recordó echándole un ojo al que había volado al estante.

Teodora siguió su mirada y luego la devolvió rápidamente a él. Su mandíbula se había desencajado sólo un poquito.

— Es necesario que te encargues de la supervisión de algunas otras cosas, desde luego. Pero no te preocupes, ningún trabajo manual es requerido de ti, así que no debes angustiarte por eso.

Teodora recuperó el habla en ese momento. Nunca en su vida se le ocurrió si quiera considerar verse en semejante situación, así que se tragó el alarido de indignación que casi se le escapa de la garganta.

— ¿El ama de llaves? — Casi escupió — O sea, ¿tú me estás diciendo que quieres que sea el ama de llaves?

Leo tuvo que toser para no reírse de su reacción.

— Bueno, — dijo despacio — La verdad, yo tenía pensado que fueras la Señora de la Hacienda, si eso te tranquiliza.

Si era sincero consigo mismo, Leo no supo por qué se lo dijo. Quizá porque así estaría más dispuesta a cooperar. Quizá, y sólo quizá… porque él tampoco había pensado en ella como el ama de llaves.

Teodora, que había tenido la boca abierta, la cerró chasqueando los dientes. Le tomó un momento procesar lo que le había dicho y cuando lo hizo, se puso roja como un tomate. ¿Acaso acababa de insinuar...?

Leo carraspeó entonces y se puso de pie.

— ¿Comenzamos? Con el recorrido.

Diciendo aquello, abrió nuevamente las puertas con un gesto displicente de la mano, definitivamente no para tratar de distraer la atención de lo que acababa de decir.

— Mañana te integrarás a las actividades, — le dijo, de nuevo adoptando esa pose que hacía cuando quería que lo siguiera, con una mano en la espalda y con la otra gesticulando para que avanzara. Ella se puso también de pie y salió de la oficina con él, todavía sin saber cómo tomarse su anterior declaración, pero secretamente prefiriéndola a ser ama de llaves. — Hoy tómatelo para aclimatarte. Por ahora, vamos a que conozcas la finca.

Se dirigieron a la entrada de la casa primero, para irse por orden. Cuando llegaron al recibidor, Teodora notó algo muy importante que no había notado la noche anterior debido a la oscuridad.

Las paredes estaban tapizadas con diversas pinturas del Charro Negro. Había cerca de veinte pinturas y para asombro de la muchacha todas representaban a un charro diferente. Todos de negro, todos con los ojos rojos, todos con el atardecer en el fondo y el mismo caballo a un costado.

Se acercó a ellas con paso vacilante y observó detenidamente todas y cada una de las pinturas. La pintura de Leo era la única que mostraba a un niño.

Teodora se dio cuenta que estaba frente al salón que mostraba a todos los Charros Negros que habían existido, y que al parecer el poder se pasaba como una antorcha. Unió entonces los datos que conocía con la nueva información que se le presentaba en su cabeza y se llevó una mano a la boca.

Seguramente por eso Leo había desaparecido hacía algunos años de Puebla. El Charro Negro anterior se lo había llevado para ser su sucesor, y helo aquí. Pero eso significaba que…

Leo estaba vivo.

Si había tantos Charros Negros y Leo había envejecido desde la primera a la segunda vez que lo vio, eso significaba que el Charro Negro podía ser un ente con poderes sobre naturales, pero definitivamente no era el diablo. Era humano.

Teodora se giró hacia él y lo miró a una nueva luz, sólo para descubrir que una vez más, estaba dentro de su espacio personal, aunque no la tocaba. Tenía las manos entrelazadas a su espalda pero estaba tan cerca que tenía que mirar hacia abajo y ella doblar el cuello hacia arriba para poder verse a la cara.

— No soy el primero, y seguramente tampoco seré el último, — murmuró. — Y puedo ver que dentro de esa cabecita tuya ya están girando los engranajes, así que te diré otro dato curioso: A partir de hoy, trabajarás para mí, pero quiero que sepas que eres la única que lo hace con su alma dentro de su cuerpo, Teodora.

Sus ojos se dirigieron al otro lado del recibidor y Teodora descubrió al seguir su mirada que una de las paredes estaba tapizada de techo a suelo en estanterías repletas de pequeñas botellas verdes, aparentemente de tequila, que tenían algo dentro que definitivamente no era alcohol. Era más bien algo que le recordaba a los espectros que merodeaban la finca. Notó también que el centro de mesa en medio de la habitación era un destilador que goteaba ominosamente el líquido desconocido en una botella vacía idéntica a las del estante.

Ella tragó pesado.

Leo volvió a hablar en ese momento, aún sin tocarla pero incluso más cerca todavía, murmurándole al oído.

— Mi nombre es Leo San Juan, pero eso ya lo sabías, ¿verdad?

Teodora no contestó, pero sintió que el corazón se le detuvo por un momento, temiendo que él supiera de sus pesquisas en su casa en Puebla. O peor aún, de la foto que escondía en la maleta en su habitación. Como él parecía esperar una respuesta, se atrevió a asentir imperceptiblemente una vez con la cabeza. Sus ojos chisporrotearon al rojo vivo y el corazón de Teodora recuperó sus latidos y se aceleró en su pecho.

Pero entonces Leo se irguió por completo y le sonrió. Lo que más la sorprendió fue que no parecía una sonrisa amenazadora. Era una sonrisa satisfecha, casi complacida, y cuando dio un paso atrás para regresarle su espacio, fue casi pavoneándose.

Teodora fue forzada a caer en la cuenta que Leo tenía la edad que aparentaba, y que por increíble que pareciera, se había sentido alagado por el interés que ella había mostrado en él, aparentemente.

— Esa curiosidad tuya, — le recordó él, como si quisiera que supiera por qué la había mencionado antes. — No puedo decir que me desagrada, pero la próxima vez, ¿por qué mejor no intentas preguntarme directamente, eh?

Teodora decidió en ese momento que le estaba tomando el pelo.

— ¿Y responderás?

— Ya veremos.

Ella frunció el ceño, pero antes de que pudiera replicar, Leo se dirigió hacia donde estaban los frascos que había mencionado antes y tomó uno.

— Ésta pudiste ser tú, — dijo oscuramente, — Pero ya no tienes que preocuparte por eso. No terminarás en un frasco, — prometió, su tono una pizca muy cínico para ser conciliador. — ¿Alguna vez te preguntaste cómo luciría un alma? — preguntó acercándole la botella.

Teodora desvió la mirada sin aceptar el frasco. Prefería no pensar en todas las almas humanas atrapadas en esos contenedores sin posibilidad de escape si le era posible. La desesperación de las personas no era de su agrado.

— Preferiría no verlas, — confesó, cruzándose de brazos para mayor énfasis.

— De acuerdo, — concedió él, devolviendo el frasco al estante. Teodora era sensible al sufrimiento ajeno en general, no sólo al de su familia, comenzaba a notar.

Salieron de la habitación y Leo la condujo a la siguiente puerta, pidiéndole de igual forma que la abriera con una de las llaves que llevaba. En el pesado llavero, había un total de veintiún llaves, que abrían veintiún habitaciones, aunque no eran todas las que visitaron. Visitaron también algunos cuartos que no estaban cerrados con llave y tres jardines en el interior de la casona. Dos de las llaves, además, Teodora descubrió, eran para su uso personal y no existían copias, pues una era de su habitación y otra era de un estudio destinado a su recreación personal.

— ¿Tengo una oficina? — preguntó Teodora confundida en su última parada cuando Leo se lo comunicó al llegar a ésta. Ni siquiera su madre había tenido una.

Desde luego que había tenido un salón destinado a su recreación, pero no tan grande y no con un escritorio aclimatado a los negocios.

Leo asintió.

— Tú también vas a redactar contratos, ¿recuerdas?

Teodora suspiró. Redactar contratos sonaba tedioso.

— Tendrás que tener paciencia conmigo, eh. Y espero entonces parte de las ganancias para poder tener mis gastos, — añadió después de que se le ocurriera.

Leo la miró sorprendido. Qué rápido se recuperaba del susto. Aunque no planeaba negarle lo que le pedía, no pudo evitar iniciar una pequeña discusión. Hacía años que no tenía una verdadera conversación con nadie, y los parloteos que no fallaba en desencadenar con Teodora nunca fallaban en entretenerlo a gran medida.

— Ah, pero si faltaba más, — dijo sarcástico.

— Dijiste que era la señora de la casa, ¿no? Es sólo natural.

— También dije que trabajabas para mí, — contra atacó.

— Entonces, lo natural es que tendrás que pagarme, ¿o no? — dijo ella poniendo las manos en la cintura.

— Las sombras no reciben pago, — le recordó él.

— Las sombras no son como yo, ¿qué te pasa? — se ofendió ella. — Tú mismo lo dijiste. Soy la única que aún conserva su alma dentro de su cuerpo.

Leo no tenía contestación para eso, así que decidió que ya podía ceder.

— Muy bien. Pero tendrás que avisarme con tiempo, o no podrás llegar a ningún lado en días sin la ayuda de un portal.

La cara de Teodora se iluminó con una sonrisa.

— Hecho.

Ambos salieron del estudio y como última parte del recorrido, Leo le dijo que le enseñaría los campos de magueyes. No obstante, mientras caminaban por los pasillos, Teodora notó que no habían entrado a todas las habitaciones de la casa.

— ¿Y esa habitación? — preguntó señalando la puerta de madera oscura que se habían saltado. Leo disminuyó el paso y miró en la dirección que Teodora señalaba.

—Esa es mi habitación, — respondió sin darle importancia.

Ella se forzó a recordar su conclusión de hacía un rato: Leo era humano, y por consiguiente necesitaba dormir, entre otras cosas, por lo que no era una idea precisamente descabellada que tuviera una habitación para él en tan gigantesca Hacienda.

Leo notó que la vista de Teodora seguía clavada en su puerta y estaba a punto de preguntarle, para molestarla, que si quería entrar cuando ella se le adelantó. La curiosidad que la caracterizaba y que ya se había hecho notar varias veces en el transcurso del recorrido la llevó a su siguiente pregunta.

— ¿Y? — Inquirió sin ningún tipo de filtro, recordando que él le había dicho que no tenía ninguna habitación de la Hacienda restringida, — ¿A esa habitación también puedo entrar cuando quiera?

Leo sintió la sorpresa cambiarle el semblante, pues lo tomó desprevenido. Sin embargo, se recuperó rápidamente e inclinándose una vez más en su dirección, le murmuró con la voz más grave que pudo emitir tan cerca que sintió su aliento acariciarle la cara,

— Cuando quieras, Teodora. Y no necesitas llave.

Teodora dio un respingo, volviendo a ponerse roja. Eso se sacaba por hacer preguntas desvergonzadas. Se relamió los labios y negándose a perder esta vez, le devolvió la mirada a pesar de tenerlo a escasos centímetros de distancia.

—Te tomaré la palabra, entonces. — Murmuró de vuelta, — esperando haberle impregnado a sus palabras el suficiente amago de advertencia para que no durmiera tan tranquilo.

Teodora lo miró con una sonrisa de oreja a oreja y sus ojos castaños parecieron brillar rojizos como los de él por un momento, provocando que él le devolviera la sonrisa, complacido por su temperamento independiente y nada fácil de amedrentar. A pesar de ser pequeñita, casi pareció estar a su altura. En ese momento, se dio cuenta que tenía todas las de ser Señora de su Hacienda. Era un pequeño Demonio.