Teodora no tenía criada que la despertara por las mañanas, pues los espectros no hablaban y no hacían esfuerzo por comunicarse con ella en ninguna manera. Eran como almas sin esencia y apenas poseían consciencia suficiente para acatar órdenes. Sin embargo, todos los días antes de que amaneciera era despertada por el canto de un gallo que parecía resonar en toda la Hacienda y el sonido de los cascos de Bruno cuando Leo regresaba a la finca después de una larga noche de atormentar mortales.

En un principio, había intentado levantarse a tales horas de la mañana para comenzar su día pero pronto se le había probado imposible, especialmente cuando además había intentado quedarse despierta tratando de distraer a Leo para que no saliera a sus aventuras nocturnas, lo cual sucedía poco después de medianoche.

Lo había conseguido en un par de ocasiones, pero solo por unas horas antes de sucumbir ante el cansancio, por lo que había decidido rendirse a levantarse con el gallo.

El infame animal seguía despertándola de todos modos y Teodora no podía resistir la tentación de enfundarse en su bata y pantuflas para bajar a... Definitivamente no a recibir a Leo a la finca, pero ya que la despertaba, aprovechaba para ir a la cocina por un vaso con agua antes de volver a la cama a dormir por un par de horas más.

Sin embargo, "un par de horas más" solían ser hasta entrada la mañana, pues Teodora se desvelaba hasta pasada la medianoche con Leo, hasta que él se iba a torturar inocentes al mundo de los mortales, siempre tratando de arrancarle al menos unos minutos más de compañía, pues si estaba en la Hacienda, significaba que no estaba aprovechándose de la desesperación humana. El solo pensamiento le provocaba un sentimiento horrible de ansiedad en la boca del estómago. Ninguna otra persona tenía la suerte que ella tenía. Nadie más acababa vivo.

Gracias a los horarios en los que se desarrollaban sus andanzas, Leo se despertaba un par de horas posteriormente que ella, poco después del mediodía y ambos almorzaban en el jardín de atrás de la cocina. Teodora descubrió que los espectros hacían casi todo el trabajo, incluyendo el desayuno, pero había que darles órdenes para que funcionaran, por lo que entendió por qué Leo necesitaba alguien que se encargara de la organización de la Hacienda. Cuando ella comenzó a ampliar las opciones en el menú de los desayunos, almuerzos, comidas y cenas, se dio cuenta que Leo prefería empezar el día con algo picante, mientras que él se dio cuenta que ella estaba acabando rápidamente con la miel y los dulces de maguey que guardaban para consumo de la finca y tuvo que hacer la nota mental de doblar las raciones en consideración a los desayunos de la nueva inquilina.

Después de unas cuantas semanas de experimentación por ambas partes, por fin pudieron establecer una rutina más o menos fija, puesto que en un inicio, ninguno sabía lo que era vivir con el otro, pero ambos estaban dispuestos y la finca era lo suficientemente grande para los dos, por lo que las peleas eran raras. El que Teodora no se sintiera como una prisionera ayudaba bastante, y el hecho de que tuviera además algo qué hacer todas las tardes la mantenía, sorpresivamente, de buen humor. Descubrió que le gustaba estar a cargo de las cosas y que había nacido para mandar. A pesar de que Leo había rodado los ojos ante tal descubrimiento, no había podido contradecirla. El comentario sarcástico, desde luego, nadie lo habría podido haber evitado.

Un par de veces a la semana, compartían las tardes en cualquiera de sus estudios rellenando o redactando contratos. Había especialmente un buen bonche de papelería porque con todo el que comerciaban, la transacción era bastante discreta. Los espectros eran las que realizaban los traslados e intercambios, por lo que la mercancía tenía que ser dejada en un lugar en específico para ser recogida por los clientes, pero Teodora no sabía exactamente cómo se realizaban los intercambios, ya que los espectros no hablaban, y no había visto a ningún otro humano en la finca jamás. Estaba segura de que no había más personas, puesto que de ser así, éstas necesitarían comer, y los únicos que comían eran ellos dos, y como Leo había mencionado que ella era la única de sus empleados que aún conservaba su alma dentro de su cuerpo, no estaba segura de querer averiguar qué otro tipo de empleados tenía el Charro Negro por ahí.

Lo que la llevaba a su segunda epifanía. Ésta había llegado una madrugada, cuando el gallo aún no cantaba pero ella ya estaba en la cocina, hurgando entre las alacenas por el frasco de miel y deseando que los espectros ya hubieran hecho el pan de la mañana, cuando escuchó los cascos de Bruno resonar llegando a la finca, seguidos por del canto del gallo. Se decidió mejor por comer como un pequeño aperitivo lo último que quedaba del quiote y se sirvió un vaso con agua de horchata del día anterior, conservando otro vaso cerca. Leo entró a la cocina no mucho después, sin sorprenderse en absoluto por encontrarla ahí, y acabando con la ración de dulces, desde luego.

— Teodora, — dijo a modo de saludo, — pescarás un resfriado, — comentó sin poder evitar pasear la mirada por sus hombros desnudos, solamente cubiertos por el encaje de los tirantes de su camisón de dormir. A veces juraba que lo hacía completamente a propósito para molestarlo, a sabiendas de lo distrayente que le resultaba su figura.

— Hace demasiado calor para eso, — se defendió ella, y antes de que se pudiera llevar el vaso a los labios, Leo se lo quitó de la mano, vaciándolo segundos después casi por completo, miràndola luego con ojos burlones.

Teodora le dirigió una mirada impávida hasta que él rellenó el otro vaso que estaba sobre la mesa justo al lado de la jarra y se lo ofreció, la sonrisa socarrona chispeándole en la comisura de los ojos. Ella se preguntó si así se sentiría tener un hermano, pero luego notó la manera en que el cabello se le venía a los ojos y las ganas que le daban de pasarle los dedos por los mechones chocolate cuando él se recargó en la encimera, con la mirada clavada en la de ella como si esperara que le reclamara otra cosa y el pensamiento se esfumaba tan pronto comenzaba a formarse.

Y a decir verdad, ese tipo de pensamientos se colaban en su mente más frecuentemente con el pasar de los días, pero Teodora se esforzaba por ignorarlos. Quería ser lista y no dejarse llevar por las mariposas que de vez en cuando le revoloteaban en el estómago cuando Leo invadía su espacio personal, lo cual era frustrante. Ridículo. Ningún hombre tenía derecho a tener tanto poder sobre ella. Ya trabajaba para él, ¿qué más quería?

La muchacha vació el vaso de un trago también, negándose a reconocer la gota de agua blanca que le resbaló desde la comisura de la boca hasta el cuello para no perder toda la dignidad que le había conferido a su pose, y de no ser porque estaban en medio de un concurso de miradas, se le hubiera pasado que él siguió el trayecto de la escurridiza perla sin poder evitarlo, devolviendo las pupilas a las de ella de un latigazo tan pronto se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Teodora torció la sonrisa dejando caer los párpados, satisfecha de haberlo atrapado.

— Hay más en la jarra, — dijo petulantemente.

Leo dio un paso atrás rodando los ojos.

— Ya vete a dormir, Teodora.

Ella se rió, satisfecha por esta pequeña victoria. Leo se bebió lo que quedaba del agua de horchata dándole la espalda y ella le dejó el vaso que había usado a un lado.

— Bien, entonces tú lo lavas, — declaró, y luego salió corriendo de la cocina.

De camino a su habitación, no pudo evitar sentirse como la adolescente que era, preguntándose qué tan poco recomendable sería ese ecaprichamiento que se le colaba en la piel por el Charro Negro. Muy poco, sin duda. Sin embargo, decidió, no por primera vez, que guardaría el pensamiento para después, ignorando deliberadamente la verdad que se negaba a reconocer.

No llevaba más de una hora dormida cuando volvió a abrir los ojos de golpe, el recuerdo molesto royéndole la mente de que se le había olvidado algo. Después de parpadear un par de veces en la oscuridad, recodó que había dejado el candelabro de mano en la cocina. Consideró dejarlo ahí hasta la mañana siguiente pero luego recordó que era posible que los espectros lo movieran de lugar limpiando o acomodando y encontrarlo de nuevo podría ser un engorro, por lo que se decidió a levantarse e ir a recuperarlo.

No esperaba, bajo ninguna circunstancia, encontrarse a Leo aún despierto en los corredores. Chocó de bruces con él al no detenerse a tiempo al doblar una esquina y no verlo con la poca luz que comenzaba a asomar por detrás del horizonte, los primeros rayos de sol asomando al amanecer.

— Teodora — se quejó él, sus frías manos en sus bíceps al sostenerla luego del impacto, — Hoy no tienes sueño, ¿verdad?

Ella frunció el ceño y levantó la mirada para encararlo.

— ¿Y tú? No parece que te hayas ido a la cama todavía, eh, — se defendió. Entonces notó algo muy peculiar. Seguramente debido a la escasa luz no lo habría notado de haber estado fuera de su espacio personal, pero en la comisura de su boca, había un rastro de azúcar.

— Estaba atendiendo unos asuntos… — su voz se apagó poco a poco cuando ella elevó el pulgar y le limpió los granos de dulce.

Sin pensarlo mucho y antes de arrepentirse, se llevó el dedo a la boca y se lo relamió, sin considerar que un pensamiento parecido le había pasado a él por la cabeza con la gota de agua de horchata de hacía rato.

— Al parecer no soy la única a la que le gusta el dulce por la mañana, ¿eh? — dijo victoriosa. Leo la soltó en ese momento casi espantado.

— Sólo… ya vete a dormir, Teodora, — repitió, con voz ahogada.

Y se marchó por el pasillo sin mirarla otra vez.

Sintiéndose en una racha de buena suerte con su segunda victoria, se dirigió a la cocina en busca del candelabro todavía con el sabor del azúcar de agave en la lengua, una vez más tratando de ignorar la satisfacción que le dejaban sus flirteos, que seguía empeñada en desmentir como tales. Era sólo que le estaba ganando. Nada más.

A pesar de su esfuerzo, al entrar a la cocina, lo primero que vio en la mesa fue su pan dulce recién hecho y la tan descartada epifanía la golpeó con toda la fuerza de una bofetada.

Obviamente que no eran los espectros los que traían el pan todas las mañanas. ¿De dónde si no había panaderías cerca? Obviamente que era Leo el que horneaba el pan que tanto le gustaba desayunar. Obviamente no había panaderías pero sí un panadero.

Teodora sintió una mano invisible estrujarle el corazón, conmoviéndola.

Fue cuando ya no pudo ignorarlo: le gustaba Leo. Y se atrevió a pensar que no era unilateral.

No pudo esperar al desayuno y se comió ahí mismo una gordita de nata. Estaba tan rica, que decidió en ese preciso momento que no perdería más tiempo negando sus sentimientos y actuaría de acuerdo a ellos. Leo tendría que cuidarse las espaldas porque iba a caer. Por ella.

Desde luego, tal convicción era más fácil de pensar que de llevar a cabo. Lo cual se probó verdad esa misma tarde, a la hora del almuerzo.

Teodora estaba sirviendo la mesa como siempre en el comedor del jardín de atrás de la cocina cuando se antojaron los chilaquiles de Leo. Él siempre prefería empezar el día con algo picante al contrario de su pan dulce, y por alguna razón desconocida, quizá porque esa mañana se había atascado de pan después de su epifanía, fue que le antojaron los chilaquiles.

Como él aún no llegaba, tomó un poco de la tortilla con salsa con la punta de los dedos y se la llevó a la boca antes de que Leo llegara. Pero cómo no y para no perder la costumbre, él la sorprendió hablándole muy cerca a sus espaldas.

— Ah, ahora resulta que no soy el único robando el desayuno otro, ¿verdad?

Teodora dio un respingo y lo encaró, siendo descubierta con las manos en la masa. Entonces, Leo hizo algo que no se le hubiera ocurrido en un millón de años. Le tomó la muñeca de la mano derecha, la mano con la que había cometido el delito, y luego se llevó los dedos que aún tenían rastros de comida a la boca.

Ella dejó caer la quijada, atónita.

— Mm, — murmuró pensativo. — Creo que hoy saben mejor que de costumbre.

El brillo travieso de sus ojos pareció guiñarle divertido, satisfecho de cobrarse la de la mañana.

Ah, esto era guerra.