Lamento mucho la ausencia de prácticamente dos meses. He estado teniendo problemas con mi computadora y también he andado un poco ocupada, pero espero que a partir de hora ya pueda estar subiendo iutn capítulo a la semana de nuevo. Al menos uno cada dos semanas.

Ya tengo toda la estructura de lo que va a pasar hasta el final, así que espero poder avanzar de manera fluida. Sin más, los dejo para que lean. Espero que lo disfruten.


Teodora llevaba cerca de media hora buscando a Leo. No estaba ni en su estudio ni en el de ella. No estaba en la cocina, ni en los campos, y tampoco en su habitación, pues había tocado la puerta varias veces sin respuesta. Eran alrededor de las cinco de la tarde, por lo que sabía que debía estar rondando algún lugar de la finca. Finalmente, cuando estaba a punto de incendiar algo para hacerle señales de humo a ver si así se dignaba a aparecerse, lo encontró en uno de los jardines de la Hacienda. Dormido.

El muy despreocupado estaba sentado en uno de los muebles de exterior en medio del jardín, de brazos cruzados y dormido. El reclamo de indignación que Teodora iba a darle acerca de su valiosísimo tiempo perdido se murió en su garganta, pues de pronto, se dio cuenta que era la primera vez que lo veía dormir.

No había nada particularmente especial en el acto. Se veía más tranquilo, eso seguro, pero no era nada del otro mundo. Ella se acercó sin hacer ruido y se sentó frente a él en la mesita de centro a tientas. Tal vez era porque tenía los ojos cerrados, escondiendo esas llamas que le brillaban en la mirada, pero de pronto volvía a verse como un chico normal, como aquella vez en su habitación.

Sin embargo, después de un minuto, Teodora decidió que ya lo había dejado dormir bastante.

—Leo —canturreó quedito, tratando de despertarlo, pero él apenas movió los párpados antes de volver a caer dormido. —Leo. —Lo llamó de nuevo, ésta vez con más afán. —¡Leo, despierta que te estoy hablando, caray! —gritó finalmente cuando perdió la paciencia.

Él dio un respingo y miró a su alrededor espantado como buscando la dirección de donde lo atacaban. Cuando enfocó a Teodora, frunció el ceño, todavía algo adormilado.

—Teodora —dijo su nombre en un suspiro. Se talló la cara con una mano y parecía estar contando hasta diez mentalmente—. Supongo que hay una razón por la que vienes a perturbarme tan atronadoramente.

—Ay, qué exagerado —se quejó ella—. Y obvio que sí, si no para qué vendría a buscarte, duh.

—¿Y tener algo que decirme te da derecho a despertarme así?

Teodora resopló con fastidio.

—Te estaba llamando y no me hacías caso.

Leo notó que estaba bastante entretenida con el hecho de haberlo atrapado con la guardia baja y que no parecía apenada en lo más mínimo por su travesura.

—Y desde luego que no podías dejar pasar la oportunidad de atormentarme, ¿no?

Ella ensanchó la sonrisa como toda respuesta.

—Bueno, te lo tienes merecido. Se le llama karma.

Leo volvió a contar hasta diez en la mente cerrando los ojos.

—¿Necesitabas algo, Teodora? —preguntó correteando las palabras, sabiendo que si no lo preguntaba de una vez, no llegarían a ninguna parte.

—¡Ah, sí, sí! —exclamó emocionada—. Bueno, supongo que no sabes pero en exactamente una semana, ¡Es mi cumpleaños! Y como tal, me merezco un par de concesiones por mi tan arduo trabajo.

Él parpadeó un par de veces.

—¿Tu cumpleaños?

—¡Sí! Y quisiera ir de compras.

Él la miró unos segundos tratando de procesar la información, aún medio perdido después de despertar recién.

—De compras, Leo. —Explicó ella cuando comprendió que no tenía idea de porqué se lo decía—. O sea, me dijiste que si quería salir te avisara, porque necesitaba ir en un portal, ¿te acuerdas?

—Ah, ya. — Le respondió él, cuando el suceso volvió a su memoria. Entonces arqueó una ceja—. ¿Ahorita?

—Ay, obvio no. ¿Cómo crees que voy a salir en estas fachas?

Leo miró el vestido que traía puesto y a pesar de que no pudo encontrar nada malo con su atuendo, no comentó nada.

—No —continuó ella. —La próxima semana, uno o dos días antes. Por eso te estoy avisando con tiempo, para que luego no me digas que no puedes.

— Está bien —concedió Leo. —¿Algo más?

En cualquier otro momento, la pregunta había sido inquirida en un tono sarcástico, pero por una vez no lo fue. Leo seguía algo sorprendido por la celebración. Hacía años que no festejaba ni el suyo, pero el fantasma de la memoria de un tiempo en el que solía festejar en familia lo atacó de repente.

Teodora hizo una pausa, sorprendida ante la sinceridad de su ofrecimiento, pero él se percató de que seguramente había estado pensando en ello, pues tenía una respuesta lista.

—Bueno, sí. Me gustaría mandar una cartita.

—¿Una cartita? —se extrañó él—. ¿A tus padres? —cuestionó después de considerarlo un segundo.

— Ay, no. A mis padres no. A mis amigos. Ya sabes, el fantasma del señor en la armadura chistosa, los alebrijes y las calaveritas. De seguro que deben estar preocupadísimos por mí.

Leo se extrañó con el hecho de que Teodora no quisiera mandarle una carta a su familia, pues sabía lo mucho que los quería. A pesar de su desconcierto, asintió después de un momento.

—De acuerdo. Dámela la noche antes de tu cumpleaños y yo la entregaré —le dijo con un plan maquinándose en su cabeza.

Teodora se paró y dio unas palmaditas, emocionada.

—¡Bien! —declaró dando una palmada, para luego pararse y dejarlo consigo mismo e ir a atender los últimos pendientes que le faltaban de ese día.

Leo la miró marchar mientras canturreaba por lo bajo con mejor humor que con el que había llegado. No pudo evitar pensar que probablemente le estaba tomando más afecto del que debería.

El tema del portal no volvió a tocarse si no hasta tres días antes de la gran fecha. Teodora consideró que ése era tiempo suficiente de anticipación para ir y conseguir lo que le faltaba, así que cuando por fin le pidió a Leo que abriera el portal, se encontró atravesando uno hacia una casa en una de las mejores colonias de la capital. Era una casa bonita y grande, con una fachada elegante y un amplio jardín principal que de seguro Leo tenía para poder camuflar la aparición de sus portales, que quedaban fuera de la vista ocultos por las plantas y la enorme mansión.

Vista por fuera, se figuraba algo tétrica, con un aire de desuso y un tanto tenebroso, pero ella quiso pensar que de seguro era culpa de los espectros que moraban la propiedad, conservándola con una apariencia habitable y que le daban mantenimiento.

A pesar de la pesadez en el ambiente, cualquier escalofrío que le hubiera dejado la casa, se le olvidó tan pronto comenzó a pasearse por las tiendas y las boutiques de la zona comercial, donde adquirió vestidos nuevos, zapatos y botines, sombreros, guantes, aceites aromáticos para el baño y otras cosas. Estaba emocionada porque tenía ya tiempo que no iba de compras por estos rumbos, por lo que el día se le escurrió entre las manos en un santiamén, y después de dar tantas vueltas, terminó tan cansada que cuando regresó cargando innumerables bolsas y paquetes, no registró la casa ni las sombras que pintaban los espectros por las esquinas cuando merodeaban por sus corredores.

Al volver por fin a la finca, decidió comenzar a escribir la carta que iba a mandar a sus amigos, asegurándoles que contrario a todo pronóstico, se encontraba bien y sorpresivamente, feliz, por lo que no tenían nada de qué preocuparse, pero con todo lo que les quería contar, no la terminó sino hasta la noche siguiente, que era la víspera de cumpleaños, y se la entregó a Leo que prometió la haría llegar a su destinatario, por lo que se fue a dormir con una sonrisa en los labios a sabiendas de que al menos ellos dejarían de preocuparse por su bienestar.

Unas horas más tarde, sin embargo, el gallo no cantó cuando llegó el dueño de la finca como siempre hacía, causando que cuando la despertaron los rayos del sol que se filtraban por la ventana de su habitación, Teodora se sorprendiera, haciéndola preguntarse qué pudo haber pasado para que el despertador emplumado se hubiera quedado mudo justo el día de su cumpleaños. Como si quisiera responder a su desconcierto, unos golpes en su puerta la hicieron regresar su atención al presente.

—Teodora —la llamó la voz de Leo desde el otro lado—. Vístete antes de salir, ¿sí? Hay una sorpresa para ti esperándote en el recibidor.

— ¿Una sorpresa? —se extrañó ella, pero Leo no había esperado por una respuesta y ella escuchó sus pisadas mientras se alejaba.

Llena de curiosidad, Teodora se vistió para empezar el día mucho antes de lo que solía levantarse. Tenía que admitir, ahora que lo pensaba, que si Leo no le hubiera dicho que se vistiera antes de salir, lo hubiera hecho en pijama, así que esperaba que valiera la pena el tiempo que se estaba tomando al arreglarse nada más despertar antes de poder ir a desayunar. Se puso uno de sus vestidos nuevos y se arregló el cabello. Se puso un poco de perfume y salió de la habitación rápidamente para ir por su sorpresa.

Cualquier posible vaticinio que se le pudo ocurrir en cuanto a la naturaleza de lo que Leo había preparado voló por la ventana tan pronto sus ojos se posaron en Don Andrés, Alebrije, Evaristo, Finado y Moribunda.

—¡Teodora! —exclamaron todos al verla aparecer, y se lanzaron para rodearla con abrazos y mimos de alivio.

El que todos se calmaran lo suficiente para poder mantener una conversación coherente les tomó más minutos de lo que se podría esperar, pero es que simplemente estaban extáticos. Cuando ella los había visto al entrar al recibidor, todos habían tenido un aspecto nervioso, juntos espalda con espalda, mirando a los alrededores como si estuvieran alerta de cualquier peligro, pero se habían calmado tan pronto la vieron.

Uno de los espectros apareció en el umbral de la puerta y Teodora supo que esperaba para guiarlos al comedor para desayunar, así que aprovechando que sus amigos por fin parecían aceptar el hecho de que de verdad la tenían enfrente, ella los invitó a seguirla. Leo parecía haberse retirado a descansar y ella supo que no lo vería hasta entrada la tarde, y que de seguro lo había planeado así para dejarle el día con sus amigos.

Comieron en la mesa del jardín que tanto le gustaba a Teodora, y entre mordida y mordida, comenzaron a preguntarle por cómo había estado y qué tan mal la había pasado. Ella se aclaró la garganta y les explicó que de hecho la había pasado muy bien, que no tenían nada de qué preocuparse y que Le… El Charro Negro, no era tan malo como pensaban.

No supo exactamente porqué, pero antes de que su nombre pudiera escapársele, decidió que no lo compartiría con los demás. Por una parte no quiso por si a él no le parecía, y por otra… bueno, le agradaba la idea de ser la única que lo supiera, así que se limitó a seguir llamándolo con el nombre de su leyenda.

Más tarde, cuando terminaron de comer, Teodora descubrió que Leo les había dejado una fuente de entretenimiento en la forma de una feria. Había para jugar Lotería de una manera bastante interesante en la que uno podía convertirse en los personajes de las cartas, y aunque en un principio Teodora quería ser la sirena, todos concordaron en que el papel de La Dama le quedaba como anillo al dedo.

Había juegos de azar y de dardos, anillos, pesca y para derribar objetivos con un rifle. Había algunos juegos mecánicos como un carrusel, una rueda de la fortuna y una casa de los espejos. Había incluso un registro civil, pero debido falta de parejas, los únicos que lo usaron fueron Finado y Moribunda entre bromas y escándalo de los alebrijes mientras los rociaban con una lluvia de palomitas de maíz a falta de arroz.

Estaban todos tan divertidos que no notaron el atardecer alcanzarlos, y con él, por fin el canto del gallo. Teodora miró en la dirección de la que venía el cacareo sólo para encontrarse con la figura del Charro Negro materializarse en sus narices.

La algarabía que reinaba en el lugar terminó como si hubieran apagado un interruptor.

—Buenas noches —dijo Leo con esa galantería que sacaba a relucir cuando sabía perfectamente que les estaba poniendo los pelos de punta, su sonrisa torcida así lo demostraba—. ¿La pasaron bien?

Teodora no pudo reprocharle su socarronería porque de hecho sí la había pasado bastante bien.

—Muchísimo —le contestó jovial acercándose—. Gracias —dijo con sinceridad. Se puso de puntitas y jalándolo del hombro, le dio un besito en el cachete, sorprendiéndolo no sólo a él.

—¡Changos! —exclamó Alebrije—. Esa sí que no me la esperaba. Los demás no pudieron más que estar de acuerdo.

Leo sintió que se le calentaban las mejillas a la vez que un ligero cosquilleo con la forma de los labios de Teodora le correteaba en la cara, pero se recompuso rápidamente y se aclaró la garganta. Ella lo miraba muy satisfecha consigo misma.

—Pero si me los ibas a traer, ni para qué les escribía la cartita —bromeó ella, acomodándose un rizo de cabello que no parecía querer quedarse detrás de su oreja desde que se bajó de la rueda de la fortuna.

—Ah, bueno, es que no podía arruinar la sorpresa, ¿verdad? —preguntó recuperando la sonrisa, mirándola solo a ella.

A sus espaldas, Alebrije inclinó su largo cuello para quedar a la altura de Don Andrés

—Soy yo, o nuestra Teodora le está echando los perros al engatusador de almas? —cuestionó en un murmullo.

—Por lo que ven mis ojos, yo diría que estáis en lo correcto —susurró de vuelta Don Andrés.

—Y no es la única pepita en el comal, si me preguntas —añadió Evaristo.

Ajenos a ellos, Leo y Teodora seguían en lo suyo.

—Además —continuó él—, Finado y Moribunda pueden quedarse —informó dirigiéndole a los aludidos un gesto con la cabeza—. Pueden hacerte compañía y con sus habilidades para aparecerse en dónde quieren, podrán llevar cuantas cartitas quieras a tus amigos.

Teodora, que hasta entonces que no creía que el día podía ponerse mejor, soltó un chillido de emoción.

Antes de que pudiera saltar y abrazarlo en frente de los demás, lo que de seguro provocaría más apariencia de vulnerabilidad, algo que no podía permitirse con espectadores, Leo declaró que ya que todo estaba dicho, se despidiera de sus amigos, pues abriría un portal para enviarlos de regreso. Se alejó para darles espacio y antes de abrir ese círculo que los llevaría de vuelta a su casa, miró sobre su hombro para verla abrazarlos a cada uno y prometer enviarles mucha correspondencia.

Cuando sus huéspedes atravesaron por fin el portal y éste se cerró, Leo sintió los brazos de Teodora rodearlo por detrás.

—Gracias —repitió con la frente pegada a su espalda—. Fue el mejor cumpleaños que he tenido en mucho tiempo.

Él se permitió saborear el contacto unos momentos antes de darle unas palmaditas a sus manos y girarse para encararla.

—No me agradezcas aún— dijo—. Todavía hay algo más que preparé para ti.

Teodora lo miró incrédula, ladeando un poco la cabeza. No dijo nada cuando él le tomó la mano y la guió de vuelta a la casa con Finado y Moribunda siguiéndola muy de cerca entre la falda de su vestido, pero se mordió el labio inferior tratando de contener su emoción.

Lo que le esperaba era una cena en el jardín. Usualmente no cenaban afuera porque la noche refrescaba y la luz escaseaba, pero esta vez habían dispuesto un gran banquete a la luz de velas y grandes arreglos de flores para decorar el resto del lugar.

Teodora jadeó una exclamación de sorpresa al ver el arreglo, el corazón latiéndole en la garganta.

—Espero que tengas hambre —dijo Leo, satisfecho con su reacción.

Entonces le ofreció una silla y la ayudó a sentarse. Ella sintió, no por primera vez, un pinchazo de placer ante su gesto de caballerosidad cuando no estaba mezclado con picardía. No es que le molestara cuando lo estaba, pero nunca estaba de más saborear sus pequeños detalles sin que le quisiera picar las costillas.

La comida estaba deliciosa, desde luego. Leo confeso que muchos de los platillos los habían aprendido los espectros que tenía desperdigados por todo el país, lo que había resultado en un banquete de talla nacional que le haría agua la boca a cualquiera.

A la luz de las velas, y con lo consentida que se sentía en esos momentos, Teodora pensó que de verdad corría peligro de sentir más que simple atracción por su anfitrión.

Al centro de la mesa, enfriándose en una cubeta con hielo importado de los polos, estaba una botella del mejor tequila que destilaban. A decir verdad, Teodora no solía beber. Habían sido contadas las veces en las que había mezclado un chorrito del licor con alguna de sus bebidas en alguna noche cuando se le apetecía algo diferente, o en una ocasión cuando dio un trago directo de la botella al sentir una ligera molestia en la garganta para prevenir cualquier catarro que quisiera enfermarla.

Sin embargo, esa noche se sintió especialmente inclinada a seguir llenando el vaso al igual que Leo, y entre bromas, relatos de cómo había pasado el día y el descubrimiento de que por esa noche no planeaba dejarla para salir a sus andares nocturnos, se acabaron la botella completa.

Era casi medianoche cuando no pudieron extender más la sobremesa y se movieron al jardín principal de la casa, y eran pasadas las tres de la madrugada cuando, quizá por el alcohol, quizá porque simplemente tenía ganas; quizá porque lo había planeado o quizá porque se le daban muy bien las improvisaciones, Leo apareció el equivalente a una orquesta sinfónica de instrumentos flotantes que comenzaron a tocar sólo para ellos.

Ofreciéndole una mano, la sacó a bailar. No era la primera vez que alguien la sacaba a bailar, desde luego, pero sí que era la primera en que tenía ganas – y otras tantas – de aceptar la propuesta.

Resultó que Leo sabía bailar. O tal vez ninguno se daba cuenta de qué tan bien o mal bailaba el otro debido a la torpeza propiciada por el disminuido estado de sobriedad en el que ambos se encontraban. Eso sí, Teodora no pudo evitar deleitarse con el olor a sándalo y ceniza que emanaba de Leo y del que se encontraba cada vez más adicta. Ya lo había notado con anterioridad, puesto que no era raro que invadieran el espacio personal del otro, pero esta vez tenía una excusa para apoyar la mejilla en su pecho mientras lo rodeaba con los brazos. Decidió en ese momento que ese era su lugar favorito.

—Teodora —la llamó él después de un rato en el que las risas de ambos habían dado paso a una tranquilidad en la que se limitaban a disfrutar la compañía del otro.

—¿Hm?

—Tal vez esperé demasiado para preguntártelo, pero ¿hay algo más que desees el día de hoy?

Ella levantó la cabeza para mirarlo. Omitió el detalle de que ya pasaba de la medianoche, por lo que técnicamente ya no era su cumpleaños a favor de lo más apremiante.

—¿Más? —inquirió —¿Algo más?

Teodora sacudió la cabeza, confundida.

—No se me ocurre ninguna otra cosa que pudiera querer, la verdad. Me has dado todo, Leo —respondió gravemente.

Él se detuvo, y ella con él.

—No todo —respondió bajito—. Sigues aquí —le recordó. Ella se encogió de hombros.

—Yo misma me lo busqué —contra atacó a su vez—. Además, no me fue precisamente mal.

Leo la miró con curiosidad.

—¿Entonces… no te arrepientes de estar aquí?

Teodora sonrió levemente y negó con la cabeza. Tan sólo con eso, pareció que un peso invisible se levantó de los hombros del Charro Negro, que sin darse cuenta, le devolvió la misma sonrisa.

—Aún así —dijo, y continuó de nuevo con su danza—. A lo que iba es que te ofrezco un deseo equivalente a un pacto.

—¿Un deseo? —repitió ella, sorprendida.

Leo asintió.

—Libre de responsabilidades. Después de todo, tu alma ya es mía —le recordó socarronamente, guiñándole un ojo, pero Teodora estaba ocupada asimilando su oferta como para caer en el típico intercambio juguetón al que estaban acostumbrados.

—¿Puedo pedir lo que sea?

—Lo que sea, así que te recomiendo que lo pienses bi…

—Ya sé lo que quiero pedir —interrumpió tanto la frase como su baile con repentina seriedad.

Leo la miró arqueando una ceja.

—¿Segura?

—Sí, sí —confirmó ella—. Es algo que me ha estado molestando desde hace tiempecito, así que ya sé lo que quiero.

—De acuerdo —concedió—. ¿Qué es lo que quieres?

Teodora tragó pesado y lo miró fijamente.

—Quiero que mis padres… no, quiero que mi familia me olvide.

La declaración quedó flotando como los instrumentos, ahora mudos, en el aire por un par de segundos.

—¿Puedo preguntar porqué? —inquirió él. Sabía que Teodora adoraba a su familia, por lo que se le hacía raro que pidiera algo por el estilo. Ella comenzó a jugar con las puntas de uno de sus caireles.

—Bueno, es que me lleva molestando desde hace rato, ¿sabes? Que de seguro deben estar preocupadísimos por mí, y pues… no me parece justo. Así que precisamente el otro día estaba pensando que ojalá hubiera una manera de hacerlos olvidarse de mí, para que no estuvieran con el pendiente y pues… ¡ya me presentaste la solución! Así ya no andarán toda una vida preguntándose qué me pasó, o si estoy bien… Por eso tampoco puedo mandarles una cartita —añadió sin mirarlo—. Porque entonces jamás dejarían de buscarme.

—Ya veo —fue todo lo que dijo, entendiendo por fin—. Muy bien —declaró, y tronó los dedos—. Considéralo hecho.

Ella le sonrió una última vez.

—Gracias.

Él la tomó en sus brazos una vez más, sin música y sin baile, sólo su figura apretada contra la suya en un último abrazo antes de retirarse a dormir y que la magia de aquella velada desapareciera por completo.

—Feliz cumpleaños, Teodora.