Ah, ¡por fin puedo traer el siguiente capítulo! La verdad es que ya no nescribo tan rápido como solía. pero les agradezco a todos los que se han tomado la molestia de dejarme un comentario y hacerme saber que me leen. Por ustedes es que continúo. Especialmente porque el fandom es casi inexistente y no sé si hay alguien ahí esperando por esta historia :D ¡Gracias por leer!


—¡Leo! —le llegó una voz aguda y femenina desde el otro lado de la finca. El aludido suspiró, despidiéndose de la paz y sospechando la razón detrás de la búsqueda. Tamborileó con la pluma sobre la mesa y se frotó la cara. Estaba claro que no podría avanzar más con su trabajo antes de que Teodora diera con él.

Ella lo encontró un minuto después, como era de esperarse.

—¿Dónde te habías metido? Creí que estarías en tu estudio —se quejó a modo de saludo.

—Hacía bonito día —explicó él haciendo un gesto vago con la mano hacia el jardín que los rodeaba. Miró a Teodora de arriba abajo y se dio cuenta que tal y como imaginó, estaba vestida para salir.

—¡Eso mismo pensé yo! —sonrió cambiando rápidamente de humor mientras se acercaba hasta apoyar las manos en el otro extremo de la mesa. Antes de que pudiera continuar, él se adelantó.

—Déjame adivinar, y por eso quieres un portal.

Ella ensanchó más todavía su sonrisa.

—Míralo, ya estás aprendiendo.

Leo negó con la cabeza y suspiró una vez más para darle un tono teatral a su predicamento. Éste era el tercer portal de la semana, y apenas era jueves. Se puso de pie, rodeó la mesa, tomó a Teodora de la muñeca y la arrastró hasta una de las habitaciones más retiradas de la Hacienda.

Ella se quejó todo el camino pero no se soltó.

—Aquí —dijo finalmente frente a una de las puertas de un pequeño almacén—. ¿Traes las llaves?

Ella se rebuscó entre el vestido y sacó el llavero. Leo seleccionó la llave que abría dicha puerta y murmurando algo, la encantó. Luego se la devolvió con esa sonrisa que solía esbozar cuando estaba esperando que ella descubriera un secreto. O cuando le jugaba una broma.

—Listo, intenta abrir ahora.

Ella le dirigió una mirada cautelosa y él se la devolvió burlesca, mirándola desde arriba con los brazos cruzados. Teodora introdujo la llave en la cerradura con la curiosidad a flor de piel y soltó una exclamación de sorpresa al ver que abría al recibidor de la casa de la capital.

—Así ya no tendrás que molestarme cada que quieras un portal —dijo para molestarla. Ella, que había atravesado el umbral de la puerta para verificar que realmente estuviera en la otra casa, se giró y le hizo una mueca de reproche.

—Como si no me vivieras encarando cosas, Leo —le recordó con las manos en la cintura.

—Ah, cierto —fingió que recién lo recordaba. Se inclinó para tomar la manija de la puerta y otro poco para que sus rostros quedaran de frente. Le dio un beso en la mejilla porque era su turno para robarse uno y hasta tuvo el descaro de guiñarle un ojo—. Trae más fresas, ¿sí?

Y cerró la puerta, dejándola del otro lado.

Teodora chasqueo la lengua, con un ligero rubor en las mejillas pero molesta consigo misma por haberse dejado bajar la guardia. Ahora volvían a estar empatados en esa tácita guerra de flirteos que habían comenzado desde el día de su cumpleaños. Sin embargo, tampoco podía molestarse mucho. Después de todo, la que había anotado el mejor beso había sido ella, apenas tres días antes.

Había despedido a Leo antes de que se fuera a sus andanzas nocturnas con un beso en la comisura de la boca, pero por más placentera que había sido tanto la experiencia como la expresión de su rostro, no podía compararse a la cara de furia con la que la había despertado unas horas después, a mitad de la madrugada, con sonoros golpes en la puerta de su habitación.

—Teodora —había dicho con los dientes apretados—. ¿Me puedes decir qué significa esto? —inquirió señalando la marca del beso que le había dejado pintado cuando ella le abrió la puerta adormilada.

Desde luego, había sido apropósito. Se había maquillado con el colorete que le había regalado su madre desde muy temprano en la mañana y lo había estado reaplicando a escondidas para que Leo dejara de registrar la novedad de sus labios rojos después de unas horas, lo que indudablemente le había pasado por alto cuando lo besó para despedirse.

La jugarreta le había salido aún mejor de lo planeado, porque aparentemente, y según sus quejas, nadie lo había tomado en serio esa noche. La mayoría sin siquiera le había creído que él era el temible Charro Negro.

Cuando Leo terminó de despotricar sus reclamos, Teodora ya estaba despierta y sonriendo con socarronería, muy satisfecha con su travesura.

—Ay, no exageres —le había dicho minimizando la situación. Se lamió el pulgar y le borró la marca. Él no había ni alcanzado a reaccionar cuando le dio una palmadita en la mejilla—. Ni que no te hubiera gustado.

Le guiñó un ojo y le cerró la puerta en la cara.

Supuso que el dejarla en medio del recibidor después de imitar sus mismas acciones en la otra casa era su manera de cobrársela. Como afortunadamente llevaba encima la cartera y las llaves para regresar, decidió dejarlo pasar por esta vez. Pero sólo por esta vez.

Así que se acomodó el sombrero para el sol y se dispuso a salir para realizar sus compras.

A decir verdad no necesitaba nada en específico, pero le gustaba pasearse por los anaqueles y las tiendas y ver por las ventanillas las nuevas tendencias en la moda y simplemente escuchar el ajetreo de las calles. Le gustaba sentarse en algún café y ver a la gente pasar. Le gustaba hablar con las dependientas y hasta la perorata de los tenderos del mercado invitando a los transeúntes a comprar fruta y verdura.

Se dio cuenta que extrañaba la gente.

Tal vez por eso siempre regresaba hasta la hora de la cena. Ese día, sin embargo, había regresado antes porque no había escogido bien los zapatos. Después de unas horas de caminar por el mercado para comprar las dichosas fresas – y sólo lo hacía porque estaba segura que Leo haría un pie con ellas – se dio cuenta que había sido una malísima idea salir con sus botines nuevos y que de seguro le harían ampollas.

Así que regresó a la casa un poco antes de lo que le hubiera gustado, deseosa de sacarse los zapatos, y descansar un momento antes de regresar. Dejó las bolsas en el recibidor para que los espectros las recogieran y ahí mismo se desató las agujetas, sacándose los endemoniados botines de una vez.

Descalza, camino por la casa buscando una habitación en la cual recostarse un momento antes de regresar, pues no quería acostarse en la sala.

Se percató de que había estado posponiendo mucho el recorrido por la mansión, siempre deseosa de salir a hacer sus mandados, pero ya era hora de ponerle remedio.

Leo nunca le había prohibido la entrada a ninguna parte de ninguna de sus propiedades, ni tampoco de disponer de ellas como se le antojara, así que decidió que se adueñaría de la habitación principal. Después de todo, no es como si él la estuviera usando.

La primera habitación que visitó estaba bonita y bien iluminada, con las paredes en tonos arena a juego con los muebles y la ropa de cama. Ella la hubiera destinado a las visitas. Lo mismo con la segunda y la tercera, así que siguió su camino como Ricitos de Oro hasta encontrar la que buscaba. La más grande y más acogedora, porque Teodora, siendo Teodora, no se iba a conformar con menos.

Cuando por fin la encontró, deseó no haberlo hecho.

La habitación principal estaba hasta el fondo. Y una vez que la abrió, se dio cuenta que estaba acoplada a los gustos de Leo. Las paredes estaban pintadas de un color azul marino y los muebles eran de caoba oscura. Había una chimenea en un rincón que prometía calidez en las noches de invierno y un balcón en el otro extremo que prometía brisas frescas en las tardes de verano.

La cama era amplia y la llamaba a descansar. Teodora pensó en dejarse caer sobre ella y luego jactarse del hecho de haberse adueñado de su cuarto en su cara a la hora de la cena.

Dejó caer los botines en la entrada del cuarto que había cargado todo el recorrido, y corrió para arrojarse sobre el cobertor. Rebotó un par de veces y se rio entre dientes para sí. Entonces, algo llamó su atención al captar movimiento en su visión periférica.

Teodora se detuvo y miró la pared que quedaba justo enfrente de la cama. En un inicio no notó nada. Una cómoda para guardar ropa, algunas velas y libros sobre ella. Tres retratos en las paredes.

Entonces se dio cuenta que lo que se movía eran los retratos y pegó un grito de la sorpresa.

Uno de los retratos tenía de fondo un campo de entrenamiento militar, y un soldado aprendiendo a usar un rifle. El retrato de en medio era una anciana tejiendo sentada en una mecedora en lo que probablemente era la sala de su casa. A Teodora le parecía extrañamente familiar el lugar. El tercer y último retrato era la cocina de una panadería, con una mujer robusta en un vestido amarillo chillante que preparaba masa. A sus pies, un chihuahueño color canela se paraba en sus patas traseras mientras olfateaba y pedía que le dieran de lo que sea que estuvieran preparando.

Después de mirarlos pasmada por algunos minutos, se die cuenta que conocía a todos los individuos de los retratos. Tal vez nunca los había en persona, pero los había visto en fotos.

Era la familia de Leo.

Teodora se bajó de la cama sin quitar los ojos de encima de los retratos móviles y tras una larga contemplación, se dio cuenta que la escena se repetía en todos los cuados después de unos minutos. Era como si los protagonistas estuvieran suspendidos en el tiempo.

No se dio cuenta cuando tiempo se quedó allí, mirando el misterio catatónica.


Leo esperó a Teodora casi una hora después de la hora en la que acostumbraban cenar antes de decidir que ya había sido suficiente. Como ella tenía las llaves del nuevo portal que había hecho, tuvo que chasquear los dedos y crear otro.

Apareció en el mismo lugar que la había dejado: el recibidor. Tenía toda la intención de salir por la puerta e ir a buscarla temiendo que algo le hubiera pasado, pero vio las bolsas de sus compras al lado de la mesa del florero y se dio cuenta que había salido y regresado. Por lógica, tendría que estar en algún lugar de la casa.

—¡Teodora! —la llamó adentrándose en la mansión—. ¿Dónde te metiste? Más vale que no te hayas quedado dormida, porque te estuve esperando para cenar.

Se encontró con uno de los espectros en un corredor y le preguntó por ella. El ente señaló con dirección a su habitación y Leo sintió hielo correr por sus venas. Hacía mucho que no sentía esa sensación.

Apuró el paso y fue directo al cuarto. La puerta estaba entre abierta.

Teodora estaba sentada en medio de la alfombra, con la mirada fija en los retratos que él no quería que viera.

—¿Teodora? —la llamó entrando a la habitación.

Ella pareció regresar en sí y lo miró dando un respingo. Sus ojos, usualmente risueños y coquetos, lo miraban enormes y brillantes, con un sentimiento muy parecido al recelo. Leo recibió su mirada como una bofetada. No quería jamás que lo mirara así, como si fuera la primera vez que se le aparecía y fuera a hacerle daño.

Se miraron durante un inmensurable momento, luego ella apuntó con un dedo tembloroso en la dirección de los retratos.

—¿Son…? —intentó preguntar con la voz igual de inestable.

—Son mi familia —confirmó él—. Mi hermano, mi abuela y mi nana. Y no es solo una pintura. Son ellos de verdad.

Hizo una pausa, pesada como un secreto roto. Luego añadió,

—Yo los puse ahí.

Teodora lo miró muda.

—¿Por qué? —preguntó finalmente.

Como lo miraba directamente a los ojos, notó que la mirada de Leo se suavizó un poco, reflejando el dolor de una decisión tomada como la última salida.

—Porque no soy el único ente sobrenatural peligroso por ahí, —dijo lúgubremente—. Y hay quienes quieren tener ventaja sobre todos los demás.

Teodora se tomó un momento para comprender todo lo que implicaba lo que le estaba diciendo.

Leo le paseó la yema del dedo índice por la mejilla en una caricia que apenas y estaba ahí, mirándola como se mira un tesoro escondido.

—Por eso es importante que nunca sepan de ti —susurró.

Ella no supo qué contestar. Por una parte su corazón saltó en su pecho ante la implicación de sus palabras. Por otro, tuvo que negarse a considerar la idea de que Leo la encerraría en un retrato también de considerarlo necesario.

— Vamos a casa —dijo antes de que se extendiera demasiado el silencio.

Teodora lo siguió cuando le tomó la mano y la guió de regreso por el portal, olvidando sus compras, las fresas y sus botines.

Pero la secuencia que repetían los retratos una y otra vez no se le olvidó. Siguió repitiéndose en su mente una y otra vez toda la noche sin dejarla dormir. Esa noche, Leo tampoco dejó la finca.

Cuando cantó el gallo, Teodora había pensado las cosas y tomado una decisión. Con mil preguntas e incertidumbres en la cabeza, tomó un baño y se vistió con un vestido cómodo. Se puso zapatos de piso y tomó la fotografía que tenía guardada en la única maleta que se había traído de su casa.

A la hora acostumbrada, bajó a almorzar.