¡Por fin el último capítulo!

No lo planeé así pero ya ven que vengo el mero día de la revolución a actualizar.

Así que, ¡Arriba México, cabrones!

P.S. De una vez aviso que va a haber un epílogo, así que no es la última actualización.

Sin más, a leer.


Las calaveritas no estaban. Habían salido desde el día anterior en la mañana para entregar una carta a los alebrijes y no habían vuelto, seguramente por haberse involucrado en una de las inoportunas aventuras de sus amigos. En un principio y con todo lo que traía en la cabeza, Teodora no las había echado en falta, pero justo ahora en el silencio del medio día donde ni siquiera cantaban los pájaros en el jardín, era imposible no notar su ausencia al encontrarse sola. La finca parecía reflejar el humor de sus habitantes.

Leo, por cierto, no se había dignado a aparecer desde la noche anterior. Su llegada a la finca había sido en silencio y se despidieron sin palabras antes de retirarse cada quien a su habitación, apenas dirigiéndose miradas furtivas cuando el otro no prestaba atención.

Horas después, Teodora había decidido que proseguiría su rutina diaria como de costumbre, y se dispuso a esperarlo para almorzar en el lugar de siempre, pero al parecer él seguía evitando o bien a la comida, o bien a ella.

Después de veinte minutos en los que se le acabaron las uñas para morder y las excusas para quedarse sentada, se puso de pie, tomó la fotografía con la que había bajado y fue a buscarlo a su habitación, antes de perder el valor.

Cuando llegó, la puerta estaba entreabierta. Teodora le dio unos golpecitos y se asomó dentro, llamando su nombre en un susurro. El interior del cuarto estaba en penumbras. Al igual que su estudio, la recámara de Leo tenía las cortinas corridas y la única luz entraba a través de las rendijas de la tela, pero era todo. No había velas encendidas ni siquiera que delinearan siluetas en los muebles con la danza de sus llamas.

Con la luz que entró por la puerta que ella acababa de abrir, Teodora localizó a Leo sentado en una silla cerca a los ventanales. Tenía los codos en las rodillas y las manos entrelazadas a la altura de la boca, profundamente perdido en sus pensamientos.

—¿Leo? —lo llamó ella de nuevo. Esta vez, él levantó la mirada y la vio en la puerta de su habitación.

Como no agregó nada limitándose a mirarla, se acercó despacio y se sentó frente a él en el banquito para los pies que había frente a su silla. Se acomodó el vestido y le dirigió una sonrisa vacilante.

—¿Te estabas escondiendo de mí otra vez? Ya no tengo por qué acosarte para que me abras portales, ¿se te olvida?

Leo la miró confundido por un momento, como si le costara salir de la vorágine de sus pensamientos antes de poder concentrarse en ella. Cuando sus ojos se asentaron, seguía mirándola como si la rara fuera ella.

—¿Teodora?

—Leo —contestó con un tono diplomático, dejando el intento de humor de lado. Como sabía que éste era un tema que no quería abordar por las ramas, puso en sus manos entonces la fotografía que había tomado de su casa antes de venir a vivir con él, para poner de una vez todas las cartas sobre la mesa.

—La tomé de tu casa hace unos meses. No fue mi intención, te lo prometo. Pero, si aún está en pie la oferta que me hiciste hace tiempo… me gustaría preguntar.

Leo, que había estado mirando la fotografía como si fuera de otro planeta, devolvió la mirada al rostro de Teodora y recordó que cuando recién la había traído a la finca, le había dicho que si la curiosidad volvía a fastidiarla, entonces que simplemente preguntara.

Por una vez le estaba haciendo caso, quién lo diría. Las preocupaciones que lo atosigaron toda la noche en las que Teodora lo evitaba o trataba de escapar habían sido meras fantasías del peor escenario que su mente pudo imaginar. Soltó una risa seca y se recargó en la silla, casi más ligero.

—Sabía que estabas escondiendo algún secreto por ahí, pero no se me hubiera ocurrido que era una foto— dijo por fin.

Teodora se acomodó los pliegues del vestido en un gesto nervioso y se enderezó todavía más, tratando de parecer desinteresada.

—Siempre creí que sabías, por eso nunca lo mencioné. ¿No te das cuenta cuando entran a tus propiedades?

Leo suspiró, haciendo entrar a sus pulmones un aire que no se había dado cuenta le hacía falta.

—Lo noté, pero sabía que eras tú y tus amigos, por eso le resté importancia. Lo que no sabía es que te habías llevado un recuerdo —acusó con picardía levantando la foto para que quedara a la vista claramente.

—Fue un accidente, te lo dije. Y ya te lo estoy devolviendo. Qué exagerado —se quejó ella cruzándose de brazos, pero un ligero rubor adornaba sus mejillas.

Leo se fijó que estaba avergonzada porque además seguía sin mirarlo a los ojos. Se rió entre dientes.

—No era reproche —dijo con repentina suavidad. Teodora lo miró. Era difícil concebir la idea de que este muchacho de ojos resignados y sonrisa triste, era el mismo que muchos temían, el mismo que había encerrado a su familia en un retrato.

—Leo —lo llamó con cuidado, pero hizo una pausa antes de continuar, dudosa.

Él asintió, tratando de alentarla.

—Puedes preguntar.

Pero, ¿qué quería preguntar? ¿Cómo había puesto a su familia ahí? No. ¿Por qué la había puesto ahí? Eso ya lo había respondido y no estaba segura de querer detalles.

¿La pondría a ella también en un retrato si lo consideraba necesario en un futuro?

Cerró los ojos para concentrarse y decidió que no quería saberlo de momento. Era una situación hipotética con la que no podía darse el lujo de distraerse ahora. Había que empezar por el principio.

—Me gustaría saber… ¿Cómo te convertiste en el Charro Negro?

Leo inhaló lentamente y volvió a recargarse en la silla. ¿Por qué tenía que empezar con lo más difícil?

Cerró los ojos y trajo a su memoria el recuerdo que menos visitaba, el que más intentaba ignorar, dejándolo enterrado en la parte más profunda de su mente.

—Fue hace… casi una década —dijo. Luego se rió sin gracia—. Pero se siente como un siglo. Tenía 12 años.

—Por eso te veías tan joven la primera vez que te ví.

Leo asintió, con la sonrisa dolida todavía en sus labios.

—Y quizá también por eso no pude hacer mucho contra él.

—¿Él?

—Mi antecesor —explicó—. El poder se pasa como una antorcha, ¿recuerdas?

Lo recordaba. Veía los retratos que gritaban su presencia en el recibidor casi a diario. Leo se tocó el pecho como si se tocara una antigua cicatriz.

—Ahora está dentro de mí.

Hizo una pausa en la que Teodora lo vio mirar el infinito, perdido en pensamientos a los que no podía llegar.

—En un principio, no quería este destino. Me asustaba —confesó con la mirada perdida. Antes de que pudiera continuar, Teodora se le adelantó, viendo una entrada.

—Yo podría ayudarte, sólo tienes que decirme cómo.

Leo regresó la vista hacia ella.

—¿Ayudarme?

—Sí, a dejar de ser el Charro Negro. Si el poder puede entrar y salir para pasar de cuerpo… ¡Seguro que puede haber una solución!

Leo parpadeó, tratando de procesar lo que le decía.

¿Habría realmente una manera de anular la maldición que le habían impuesto? Se dió el lujo de saborear momentáneamente la idea de ser un humano normal y una imagen apareció como un centella en su mente, de cuando vivía en Puebla con su abuela, su hermano y su nana, pero tan pronto como se formó, se fue; manchada con las sombras del Charro Negro que vivía en su interior, que activó repentinamente una burbujeante ira como modo de defensa.

—No —dijo Leo con firmeza, levantándose de la silla y poniendo distancia entre ellos, tratando de controlar su inesperado mal humor.

Teodora lo siguió con la mirada, confundida.

—¿No?

Leo sacudió la cabeza, tratando de despejar su mente. Esos sentimientos no eran suyos, se recordó. Eran la maldición activando su mecanismo de defensa.

—No lo sé —dijo apretando los dientes—. Nunca lo he intentado.

Teodora no sabía a qué se debía su cambio de actitud tan brusco, o porque nunca había buscado una solución a algo que le habían obligado a hacer, a convertirse. Ella también se puso de pie y le puso una mano en el hombro, con el propósito de instarlo a que siguiera compartiendo con ella los secretos que podrían ayudarlo.

—¿No te gustaría intentarlo ahora? Puedo ayudarte.

Pero él ya estaba sacudiendo la cabeza antes de que ella terminara de hablar.

—No, no puedes —dijo tajante.

—Podría si me dices cómo.

En ese momento, las miradas de ambos se cruzaron, y Teodora se dio cuenta que sus ojos se habían vuelto amarillos como los de un verdadero demonio. Ella jadeó una exclamación de sorpresa.

—Creo que no lo has entendido, Teodora. No quiero dejar de ser el Charro Negro.

Ella lo miró con la alarma comenzando a transformarle el rostro. Leo reparó en sus facciones, en el miedo que comenzaba a reflejarse en ellas y el color amarillo parpadeó en sus iris hasta que se apagó. No importaba qué tan fuerte fuera la maldición, no soportaba que Teodora lo viera como su enemigo, que le temiera.

—¿Leo? —Teodora lo llamó despacio. Sus ojos se enfocaron finalmente en ella y pudo sentir la tensión disminuir en el ambiente. Sin embargo, antes de poder corroborar que había vuelto a la normalidad, él se giró, avergonzado de su comportamiento.

—Es una maldición, Teodora. No puedo deshacerme de ella tan fácil y además me hace no querer dejar de ser el Charro Negro. Incluso si hay alguna forma, no la he pensado.

Ella llegó entonces a la conclusión que de todos modos, seguramente tampoco se la diría tan fácil. Eso si es que lograba convencerlo siquiera.

Intentó pensar en una manera de hacerlo cambiar de opinión de revelar el secreto, pero no creyó que le estuviera mintiendo. De seguro que de verdad no sabía una manera. Quizá tendría más suerte tratando de convencerlo de buscar una solución, sin embargo si de verdad no quería dejar de ser el Charro Negro, dudaba que la ayudaría a buscar un remedio a lo que no veía como un problema.

Entonces se le ocurrió una idea. Una idea peligrosa, pero que garantizaba el éxito de llevarse a cabo de la manera correcta.

—¿Y si hacemos un pacto?

Leo, que le había estando dando la espalda, la miró con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la confusión.

—¿Un pacto?

—Otro pacto. Para liberarte de la maldición.

Él la miró un largo segundo. Escaneándola de arriba a abajo con ojos aún fríos, aún un poco más del Charro Negro que de Leo. Arqueó una ceja.

—¿Un pacto entre tú y yo? ¿Para liberárme de la maldición? —repitió, casi como si no concibiera que de verdad le hubiera dicho lo que le acababa de decir.

Se rió entre dientes. Se acercó a ella con un avanzar casi prepotente que le recordó a su vieja actitud arrogante, esa que tiene alguien que se sabe dueño del mundo. Una muy parecida a la que recordaba de la primera vez que lo vio. En su cabeza, Teodora separó a ambas personas. Esa que la miraba con malicia era el Charro Negro, mientras que la que hablaba con sencillez era Leo.

En esos momentos, el que tenía enfrente era El Charro Negro, no Leo.

El Charro Negro se inclinó sobre ella y tomó uno de sus pelirrojos caireles entre sus dedos jugueteando con él.

—Pero si tu alma ya es mía, Teodora, ¿lo olvidas?

Tenía razón, desde luego. Pero supuso que podía usar para su ventaja el hecho de que justo ahora no era con Leo con quién estaba hablando. El Charro Negro era ambicioso y siempre quería ganar. Además, el Charro Negro nunca podía rechazar una petición. Teodora decidió que usaría eso a su favor.

En lugar de apartarse como solía hacer cuando él invadía su espacio sin invitación, se inclinó más en su dirección y trazó el contorno de uno de los botones de su chaqueta.

—Pero sigue dentro de mi cuerpo. Mi alma sólo es tuya de palabra. Ambos sabemos que no pudiste sacármela desde el inicio. Hagamos un pacto especial, una apuesta. Tu alma por mi alma. Esta vez será tuya para destilar si me vences. Si no, el alma de Leo será libre de la maldición del Charro Negro.

Él se rió y por un momento Teodora temía que no fuera a morder el anzuelo.

—Eres la damita más inteligente con la que tuve la desgracia de cruzarme. Muy bien, hagamos… una apuesta.

Teodora se tragó la exclamación de alivio y victoria que casi suelta.

Él se acercó a la ventana y abrió la cortina. Afuera, el sol ardía con la luz del mediodía. Sonrió.

—Te daré una ventaja y una pista —anunció después de considerarlo un momento.

Se acercó nuevamente a ella y le tocó la cara con los dedos.

—Al Charro Negro le gusta observar a gente interesante y no importa cuándo, nunca los pierde de vista.

Teodora frunció el ceño. Era claramente un acertijo pero no le encontraba ni pies ni cabeza. ¿Se refería a ella?

Antes de que pudiera seguir pensando en ello, el Charro Negro hizo algo que la sorprendió. Le puso una mano en el pecho, a la altura del corazón, y ella sintió algo helado desde donde la tocó expandirse como un golpe por el resto de su cuerpo. Luego le siguió una sensación muy extraña de mareo y ligereza, pero lo más extraño fue mirarse a sí misma desde fuera, como si mirara a otra persona.

Vio a su cuerpo desmayarse y caer a los brazos del Charro Negro, que por un momento, cuando miró su cuerpo inconsciente, se pareció más a Leo.

—Tienes hasta que cante el gallo.

Y desapareció.

Teodora se encontró pues, sola en una habitación que no era de ella, con la cabeza dándole vueltas sin comprender qué acababa de suceder.

Fue cuando se dio cuenta que estaba flotando.

—¿Pero qué...? —se miró las manos y descubrió que podía ver a través de ellas. Sintió el shock abofetearla con la fuerza del descubrimiento—. ¡Soy un fantasma!

Con el pánico alzándose dentro de sí, su ahora etéreo cuerpo comenzó a volar descontroladamente por la habitación con el movimiento causado por el sobresalto como un trineo cuesta abajo mientras ella se quejaba y trataba de estabilizarse.

Después de lo que se le figuró un momento interminable, por fin comenzó a descifrar cómo debía moverse.

—Tranquilizate, Teodora. Es parte de la prueba. Sí, se arreglará cuando gane esta apuesta. Y me agarre a porrazos a ese hijo de toda su chi…

La puerta de la habitación interrumpió su monólogo al cerrarse abruptamente. Teodora se giró y vio a las Calaveritas y a su mascota en el suelo de la entrada.

—¡Chichi, Finado, Moribunda! —exclamó ella flotando a su encuentro—. ¿Pueden verme?

Para su alivio, las Calaveritas asintieron y su perrita le lamió los dedos con los que la acariciaba. Moribunda examinó a Teodora y Finado la miró de arriba abajo, luego se miraron entre ellos y compartieron su conclusión con esa forma muda que tenían de comunicarse.

—Tienen que ayudarme —dijo Teodora— me metí en un buen lío. Tengo que descubrir cómo Leo se convirtió en el Charro Negro. Si no lo hago, ¡mi alma será destilada en tequila! ¿Ustedes no saben de casualidad cómo pasó?

Las calaveritas parecieron pensarlo un momento, luego negaron con la cabeza.

Teodora suspiró.

—Lo supuse. ¿Podrían al menos ayudarme a descubrirlo?

Finado y Moribunda asintieron emocionados.

—Sabía que podía contar con ustedes —dijo Teodora dando unas palmaditas—. Se supone que esta forma de fantasma debe de darme algún tipo de ventaja pero no sé cuál. Se supone que también tengo una pista. Ay, ¿Cuál era, cuál era? ¡Ah, sí! "Al Charro Negro le gusta observar a personas interesantes no importa dónde o cuándo", o algo por el estilo. ¿Ustedes saben qué significa?

Las calaveritas volvieron a pensarlo. Se rascaron la cabeza y la barbilla en un gesto de meditación. Luego Moribunda dio un brinco como si se le acabara de ocurrir una idea y comenzó a hacer aspavientos a Finado.

Él pareció comprender rápidamente lo que ella le decía y entre ambos trataron de comunicarle su descubrimiento a Teodora, pero les tomó tiempo ya que la recién apuntada fantasma no podía escuchar su lenguaje.

Después de un muy frustrante juego de caras y gestos, Teodora por fin logró comprender lo que le decían.

—¿O sea que como fantasma puedo viajar en el tiempo, como ustedes? ¿Puedo ir al día en el que Leo se convirtió en El Charro Negro? ¿Esa es mi ventaja?

Finado y Moribunda brincaron haciendo grandes gestos de afirmación.

—Pero, ¿Cómo podría saber qué día pasó eso?

Finado y Moribunda volvieron a sumirse en sus pensamientos cuando de pronto Chichi ladró en dirección de la silla en la que había estado sentado Leo, sobre la cual se había quedado la fotografía que ella le había entregado.

Teodora recordó entonces lo que él le había dicho cuando ella se la devolvió.

—¡Eso es! Leo se convirtió en el Charro Negro hace casi una década, según dijo. Cuando tenía doce años. Mmm, recuerdo que una vez mencionó que era dos años mayor que yo, entonces… ¡Hace nueve años que lo maldijeron!

Teodora, que había estado incada frente a las calaveritas, se puso de pie de un salto y con la fuerza del impacto, salió volando perdiendo momentáneamente el control, pero se recuperó rápidamente.

—¡Bien! Entonces iremos a Puebla, hace nueve años.

Sin embargo, tan pronto lo declaró, se dio cuenta que no sabía cómo hacerlo. Devolvió la mirada al piso hacia Finado y Moribunda.

—¿Y sí pueden enseñarme, verdad? A viajar en el tiempo.

Ambos asintieron y con eso, pasaron unas buenas dos horas enseñando a Teodora a teletransportarse a través del tiempo y el espacio.

Después de los primeros quince minutos de la improvisada clase, se habían movido de locación, ya que la habitación estaba demasiado oscura y además, Teodora sabía que Leo seguramente los estaba observando desde algún lugar, oculto bajo el velo de su magia, y le daba vergüenza que la viera aún en su habitación.

Después de mucho esfuerzo, cuando por fin logró transportarse exitosamente algunos minutos al pasado, decidieron que estaba lista para comenzar.

—Lo más inteligente sería que fuéramos al año que aún sabemos que era humano, y de ahí ir saltando de mes en mes y luego de semana a semana y al último de día a día hasta saber el momento exacto en el que lo maldijeron.

Las calaveritas le extendieron un pulgar arriba y se prepararon para saltar con ella. Teodora las tomó de las manos y a la cuenta de tres, viajaron al pasado en busca de respuestas, dejando a Chichi en la habitación de su dueña, esperando su regreso.

El grupo llegó a Puebla con un "puff" que nadie vió y aterrizó en la misma sala de la tiempo atrás se había llevado una fotografía.

La sala en cuestión, estaba vacía pero desde donde se encontraba podía escuchar personas en la cocina. De pronto, dos muchachos entraron corriendo a la casa, uno vestido de soldado y el otro era Leo.

Las dos mujeres que estaban en la cocina salieron de ella corriendo asustadas pero al ver quien era rompieron en llanto y le siguió lo que Teodora luego describiría como la más conmovedora reunión que jamás había presenciado.

Sólo ella podía tener el tino suficiente como para caer el día en que todo había comenzado a desmoronarse.

Se quedó para escuchar la historia de dónde había estado Leo, y se llevó una sorpresa al descubrir que había estado en contacto con lo sobrenatural desde mucho antes de su abducción, teniendo encuentros con nahuales, La Llorona, el chupacabras y otros seres de pesadilla.

Lo que sí notó y los demás no, fue una sombra a la puerta. Negra como el carbón y ominosa como una madrugada para hacer pactos.

Teodora observó la silueta de un hombre vestido de Charro que no era Leo, y de pronto comprendió mejor la pista. El Charro Negro no pierde de vista a sus presas, y estuvo cazando a Leo desde mucho antes de pasarle la maldición.

Teodora saltó un par de semanas al futuro y observó a Leo despertar sobresaltado por las pesadillas que el Charro le provocaba. Saltó otra vez y lo vio mirar sobre su hombro cada vez más seguido sintiéndose observado.

Entonces, un salto más la hizo caer en la casa finalmente vacía.

—Ya pasó todo. Volvamos unos días antes.

Se dió cuenta que su voz sonaba apagada, sin poder evitarlo.

Le tomó varios intentos, pero al fin llegó al día en que vio a Leo salir por la puerta de entrada de la casa, con marcadas ojeras debajo de los ojos, y supo que no iba a volver. Saltó a los días siguientes y descubrió que había estado en lo correcto.

Su hermano salió a buscarlo y tampoco volvió. Teodora comprendió entonces que el acto principal de la obra no había ocurrido en la casa.

Tuvo que volver a regresar al día que Leo partió y seguirlo. Así descubrió que el Charro Negro por fin se le había aparecido esa noche, y lo había engañado para que lo siguiera a la finca.

—¡Pero claro! Ash, pero qué tonta. Obvio tenía que ser en la Hacienda. Ubicate, Teodora.

Y como ya estaba acostumbrándose a aparecerse a placer, se materializó en la finca apenas haciendo un esfuerzo, con Finado y Moribunda cerca por detrás.

El Charro Negro había puesto a Leo una prueba parecida a la que le había puesto a ella, con una kermesse de por medio, y con una hora límite familiar: la hora que cantaba el gallo.

Leo, sin embargo, ingenuo e inocente, no se había dado cuenta que no importaba el resultado de la prueba. El Charro Negro jamás lo dejaría marchar.

Fue de cierta manera doloroso, ver cómo Leo había sido engañado, y otro más ver cómo había sido maldito.

Fue doloso, especialmente, no poder hacer otra cosa que mirar.

Pero para mirar era precisamente por lo que había llegado hasta ahí.

La maldición, descubrió Teodora, era física y había sido plantada en su corazón cuando el anterior Charro Negro amarró a Leo con su látigo y lo forzó a tragar sombras tan oscuras como su nombre, envolviéndolo en las tinieblas de lo sobrenatural y convirtiéndolo finalmente en su sucesor. Recordó la manera en que Leo se había sostenido el pecho hacía unas horas cuando había aceptado su desafío.

Seguía allí.

—La maldición del Charro Negro sigue literalmente dentro de Leo…—murmuró Teodora, aún con la mirada fija en el Leo del pasado, que se retorcía de dolor en el suelo.

Finado y Moribunda la miraron.

—Volvamos a nuestra época —declaró Teodora, pues no quería seguir mirando.

El nuevo Charro Negro se levantó con un nuevo brillo en los ojos, uno que Teodora reconoció muy bien.

Seguía siendo un poco más joven de lo que era la primera vez que lo vió, pero ahora sabía porqué.

Teodora se concentró y volvió a la finca que conocía en el presente, dejando atrás una risa fantasmagórica de un ente que acaba de despertar y se preparaba para dar rienda suelta a sus poderes de la peor manera posible.

Apareció nuevamente en el recibidor, y no se dió cuenta que había llegado a la misma hora en la que había estado aquél día en el pasado, con el mismo atardecer naranja pintando el cielo.

Le quedaban minutos antes de que cantara el gallo.

—Tengo que encontrarlo, y pronto —dijo para sí.

—No hace falta, aquí estoy.

Teodora se giró con un sobresalto y descubrió al Charro Negro recargado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y mirándola con esa sonrisa socarrona con la que no la había mirado en mucho tiempo.

Estaba envuelto en sombras y por eso no lo había visto, y como también había estado tan silencioso como un ratón, tampoco lo había escuchado. Hacía mucho tiempo que no le sacaba semejante susto.

Finado y Moribunda corrieron a esconderse detrás de las faldas de su vestido. Teodora se relamió los labios, tratando de pensar rápidamente en un plan con la información que había conseguido.

—El gallo está por cantar —le recordó acercándose—. Me tienes en ascuas—dijo sin el menor indicio de que así fuera.

Caminó lentamente hacia ella y la miró desde arriba. Su voz sonó un poco más suave e incluso un poco más vulnerable cuando preguntó:

—Dime, ¿Encontraste una manera de salvarme?

Teodora no supo qué responder. Su mente seguía trabajando a toda velocidad tratando de formar un plan pero no se le ocurría nada. A decir verdad, en esos momentos en lo único que podía pensar era en todo lo que él había pasado, en todo lo que había sufrido, en cómo había sido engañado y en las ganas que tenía de darle un abrazo y decirle que lo sentía.

De darle el beso que había tenido ganas de darle desde el día de su cumpleaños.

De esa manera decidió jugársela. Tragó pesado y mirándolo con lo que esperó fueran ojos resignados negó lentamente con la cabeza.

—No.

El silencio se extendió por unos momentos hasta que Leo se dio cuenta que no iba a agregar nada más. Hubo una larga pausa en la que ambos contuvieron el aliento. Luego, él chasqueó la lengua fingiendo decepción, pero a Teodora le dio la impresión que quizá su falsa desilusión había sonado demasiado sincera.

—Es una pena. Ya me había acostumbrado a tenerte alrededor.

—¿Puedo pedir una última cosa?

El Charro Negro ladeó la cabeza, entretenido.

—Últimamente no sabes cuándo dejar de pedirle cosas al Charro Negro.

—No es mucho, y puedes negarte, pero…

—¿Pero?

—Me gustaría… antes de irme, que me dieras un beso.

Teodora puedo ver en su cara que la petición lo sorprendió.

—¿Un beso?

Estaba demasiado nerviosa como para ruborizarse pero asintió tímidamente una sola vez con la cabeza.

Él la miró sin saber cómo reaccionar. Bufó una risa y se pasó una mano por el cabello, como si se debatiera consigo mismo.

—Eres… mi perdición, Teodora.

Bueno, a decir verdad, secretamente estaba contando con ello.

Leo le apartó un mechón de cabello que le enmarcaba el rostro con el dorso de la mano y le puso la palma en parte de la mejilla y la garganta, notando con ese gesto lo pequeña que era a comparación de él.

Teodora dio un paso al frente, animandose mentalmente. Le puso las manos en el pecho y se paró de puntitas invitándolo a encontrarla a la mitad del camino. Leo, por supuesto, lo hizo.

Fue su primer beso, y con todo lo que estaba pasando, no se había detenido a pensar en qué debía esperar. Si era sincera, debía admitir que en algún momento se había preguntado antes de dormir si los labios de Leo estarían tan fríos como sus manos, y en ese momento descubrió que no. O quizá fue porque ella misma estaba helada al ser un fantasma, pero la verdad fue que todo pensamiento coherente se esfumó de su mente.

Se aferró a él y siguió alargando el beso porque tenía algo de miedo a lo que pasaría después. También porque necesitaba más tiempo. Pero principalmente, porque quería seguir besándolo.

Leo le había enredado los dedos de una mano en el cabello y con la otra la atraía fuertemente hacia él. Ella se dio cuenta que sin pensarlo también había movido sus brazos hasta cruzarlos alrededor de su cuello.

Teodora casi sintió remordimiento cuando desenredó su mano derecha y deslizó sus dedos hasta la altura de su corazón.

Rogándole a todos los santos habidos y por haber que funcionara, Teodora introdujo sus fantasmagóricos dedos al interior del pecho de Leo sin previo aviso y él cortó el beso con un jadeo.

—¿Te...odo…?

—Perdón, era la única forma.

Leo bajó la mirada y sintió al mismo tiempo que observaba como Teodora rebuscaba con una expresión angustiada, tan literalmente, dentro de su corazón. No podía moverse y se tuvo que quedar quieto como un títere cuando ella por fin encontró lo que buscaba, y de un tirón, sacó la maldición como si arrancara una mala hierba. Leo sintió como si le arrancara parte de su esencia, que al mismo tiempo no era suya.

Teodora trastabilló un par de pasos hacia atrás con la fuerza del jalón, y él se dio cuenta que se había caído cuando tuvo que mirarla hacia arriba.

Fue consciente entonces que a su alrededor, parecía que el cielo se preparaba para la segunda venida de Cristo, con tornados y un viento fortísimo y tan frío que helaba hasta los huesos. El ambiente había cambiado radicalmente cuando él estuvo demasiado distraído mientras le revolvían las entrañas.

La maldición, que tomó la forma de una esfera de luz y que Teodora aún sostenía en una mano, se tornó negra y subió al cielo con un trueno, haciéndola salir disparada como si la hubieran empujado.

Entonces, llovió oscuridad.

Una lluvia negra los bañó por unos momentos y luego todo se detuvo. El tornado, el viento, la lluvia y las tinieblas.

Teodora miró a su alrededor buscando a los demás. Finado y Moribunda estaban escondidos tras escombros de un muro que no había salido ileso después del episodio.

Leo, estaba inconsciente a unos metros de ella. Se apresuró a su lado y él reaccionó despacio, pero cuando lo vio abrir los ojos, marrones y normales, su mundo volvió a estabilizarse.

—¿Leo?

—¿Teodora?

Ella sollozó una risa y él le tocó el rostro, casi como si la viera por primera vez. Teodora le puso una mano sobre la suya y por primera vez la sintió cálida.

—Lo lograste… —murmuró él, aún tratando de salir de su estupor.

—¿Qué, apoco lo dudabas? —intentó bromear, pero su voz sonaba húmeda con emoción.

Leo sonrió, pero luego recordó algo y su semblante cambió a uno alarmado.

Abrió la boca para decir algo, pero de pronto fue como si una cuerda invisible jalara a Teodora hacia atrás. Se sintió como saltar en el tiempo y se dió cuenta que su espíritu estaba regresando a su cuerpo.

De pronto se sintió pesada nuevamente, corpórea. Le siguió una sensación de mareo y finalmente, el tacto de una cama debajo de ella.

Se incorporó lentamente con una mano en la frente, sintiéndose tambaleante y con algo de náuseas.

—Ugh...

Teodora abrió los ojos y cuando enfocó la vista se dio cuenta que estaba en su habitación, pero no era su habitación en la finca.

Estaba en su habitación de su casa. En su ciudad, al norte del país.

Al levantarse de la cama notó además, que estaba usando el vestido negro de luto con el que había asistido al funeral de su abuelo.

Afuera, las estrellas brillaban distantes en la noche impasible.

El reloj marcaba pasada la medianoche. Ella se dió cuenta que era el día y pasada la hora en que el Charro Negro había venido a cobrar su deuda.

En su lugar, estaba sola y aturdida en una habitación que casi se sentía ajena, traída de una vida que había dejado atrás y a la que no creyó volver jamás.

Teodora se asomó por la ventana que daba al jardín, pero no había sombras de ojos misteriosos escondiéndose detrás de los árboles.

No había Charro Negro que viniera a buscarla.


Sé que me tardo más que el lento Rodríguez pero prometo que este fic quedará terminado antes de que se acabe el año. Pinky promise.