Pues al final salió otro capítulo haha. Es decir, a parte de este habrá epílogo. Ya lo tengo casi listo, así que espero estarlo publicando los próximos días.
Para ser alguien que se preciaba de ser ingeniosa, Teodora estaba teniendo problemas para idear una excusa plausible para ir a Puebla.
Principalmente, porque tan pronto había despertado en su habitación, se dio cuenta que su línea de tiempo ahora era diferente a la de todos los demás que la rodeaban.
Sus padres estarían especialmente consternados por su comportamiento si de un día para otro anunciaba que se iba de viaje. Después de todo, su abuelo, para ellos, acababa de fallecer el día anterior. Para Teodora, por el contrario, ya habían pasado meses, casi un año, y el dolor inicial se había calmado con el pasar del tiempo dejándola con asuntos más acuciantes por atender.
Tales asuntos eran, desde luego, Leo.
—Maldita la hora en que salí a buscarlo—. Se lamentó en más de una ocasión los días siguientes mientras se jalaba el cabello de frustración.
Y es que, además, excusas para ir a Puebla no eran lo único que la mantenía despierta por la noche.
Estaba también el hecho de que no sabía si Leo, al igual que ella, había conservado sus recuerdos de todo lo que había pasado o los había perdido al igual que sus poderes. La inquietud la estaba matando.
El plan que tenía hasta esos momentos era ir a Puebla y entrar a la panadería. Si Leo no estaba, regresaría al día siguiente. Y al siguiente y al siguiente, hasta que se lo topara y pudiera descubrir si la recordaba o no. Si la recordaba, éste podría ser el inicio de su final feliz.
Si no... pues no importaba. Si se había enamorado de ella cuando ni siquiera lo estaba intentando, entonces el pobre no tenía escapatoria si esta vez lo tenía en la mira. El ingenuo no sabría ni qué lo golpeó.
Claro que todo eran especulaciones del peor escenario posible porque había que estar preparado para todo. Lo ideal seguía siendo que la recordara.
Desde luego que antes de poder hacer todo eso, primero tendría que salir de su casa y llegar hasta Puebla de Los Ángeles, lo cual se estaba probando imposible cuando ni siquiera habían pasado los 40 días del réquiem de su abuelo y no tenía ni amigos ni familia que visitar hasta tan lejos. Sin mencionar que tendría que convencer a alguien de acompañarla pues era un viaje en carroza muy, muy largo en el que tenía que atravesar la mayor parte del país.
Suspiró.
—Las cosas que me haces hacer… —refunfuñó dejándose caer en la cama—. Patán.
A pesar de decidirse a esperar unos días a que los aires se calmaran pasado el funeral, después del novenario Teodora seguía sin excusa pero terriblemente deseosa por ponerse en marcha hacia Puebla. Incluso los diez días que duraba el viaje no sonaban tan terribles como tener que esperar sin hacer nada.
Quince días después de su regreso, se dio cuenta que incluso si se ponía en marcha en esos momentos, un mes habría pasado antes de que pudiera ver a Leo otra vez.
Y Teodora era muchas cosas, pero paciente no era una de ellas. Así que en un arranque de desesperación y valentía, comenzó a hacer sus maletas una madrugada que no podía dormir, cuando el día comenzaba a clarear. Se había dado cuenta que no podía seguir así o la ansiedad la mataría.
Se iría sin excusa y pensaría en alguna en el camino. Tantos días de mirar el paisaje de seguro le darían ideas.
—Me iré a Puebla, vuelvo en dos meses —ensayó frente al espejo. Luego se dio cuenta que estaba siendo ridícula. Sus padres jamás la dejarían marchar.
Se sentó en la cama y suspiró con desesperación. Decidió entonces que necesitaba ayuda. Después de desayunar, avisó que iría a visitar a su prima Valentina y llegó a casa de su tío Gaspar entrada la mañana, habiendo resuelto que quizá ella estaría dispuesta a ayudarla si le contaba la verdad, aunque planeaba censurarla.
Valentina la recibió en el balcón de su habitación con un café y disposición para platicar.
Después de intercambiar saludos y uno que otro chismecillo, Valentina le preguntó a Teodora la razón de su visita.
—Bueno, la verdad es que necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda? ¿Mi ayuda para qué?
—¿Te acuerdas que hace poco te acompañé a Puebla?
—Ah, sí. Para algo de los negocios de mi papá. ¿Y eso qué tiene?
—Pues que me gustaría volver y necesito que alguien me acompañe.
—¿A Puebla? ¿Para qué?
—Eh… Ay, estarías dispuesta a acompañarme, ¿sí o no?
Valentina la miró con curiosidad arqueando una ceja, con la taza de café a medio camino de sus labios.
—Es un viaje de más de una semana en carruaje, Teodora. Al menos supongo que podrías decirme para qué quieres ir.
—Es que… dejé unos asuntos pendientes allá la última vez que fuimos.
Valentina dejó la taza en su platito y se enderezó para mirar mejor a su prima. En su rostro, Teodora pudo ver que de seguro estaba pensando que estaba loca.
—¿Y qué asuntos pudiste haber dejado tú en Puebla de los Ángeles, Teodora?
—Um… unos… — murmuró Teodora escondiendo su respuesta detrás de su taza. Debió haber pensado mejor en exactamente qué le diría a Valentina antes de venir.
Valentina miró a las mejillas de su prima colorearse de un rosa pálido y de pronto se le iluminó el rostro con la luz del entendimiento.
—Teodora —dijo lentamente, mirándola con unos nuevos ojos—. ¿Conociste a alguien en Puebla?
Ella le devolvió la mirada y su respuesta se le atoró en la garganta. Técnicamente, sí que había sido en Puebla donde conoció a Leo, pero no se le hubiera ocurrido planteárselo de esa manera en la que Valentina lo estaba interpretando. Enrojeciendo aún más, se dio cuenta que su ruta de pensamiento tampoco iba completamente desencaminada.
Valentina interpretó su silencio y rubor como una confirmación y soltó una exclamación de emoción.
—¡Prima! Es la primera vez que te conozco un pretendiente. ¡A todos los rechazas! Siempre ocupada con tus obras de caridad con la Iglesia, el orfanato, el albergue y no sé qué tanto.
¿Obras de caridad? ¡Pero claro! Para ella ya había pasado tanto tiempo y había traído tantas cosas en la cabeza que se le había olvidado por completo. Ella había comenzado un proyecto con la panadería local y Fray Godofredo para ayudar a que todo el que no pudiera costearse una comida, tuviera al menos una pieza de pan del que no se vendía.
—Sí, ¡sí! Es por eso —explicó Teodora en un arranque de inspiración—. Creo que puedo extender el proyecto a Puebla. La última vez que estuve ahí hubo una panadería interesada en él.
Valentina la miró con una sonrisa que le daba a entender que no le creía nada.
—Ajá, ¿y cómo se llama la panadería?
—San Juan —respondió Teodora muy satisfecha consigo misma por tener una respuesta; además tenía incluso la gracia de hasta no ser inventada—. Se llama "Panadería San Juan".
—Huh —meditó su prima, dándole un sorbo a su café.
Teodora pensó que había ganado esta ronda pero Vale se le adelantó una vez más.
—¿Y por qué no empezar por una ciudad más cercana? ¿Por qué irse hasta Puebla?
Teodora no tenía una respuesta para eso.
—Admítelo, es por un chico —sonrió socarrona—. ¿No será de casualidad el panadero? —añadió para picarla, recargándose en su silla y sorbiendo la taza.
Teodora gruñó un suspiro y se frotó la cara con las manos; las mejillas ardiéndole para su desdicha.
Valentina se enderezó de un respingo.
—Oh, por Dios. ¿Lo es?
—Bueno, ¿vas a ayudarme o no?
Su prima soltó una carcajada que le valdría varias miradas reprobatorias de haber estado en público. Teodora tuvo que esperar a que terminara de reírse a sus expensas.
"Las cosas que hago por este idiota," se repitió mentalmente.
—Está bien, está bien —concedió finalmente Valentina, limpiándose lágrimas de la comisura de los ojos. —Te acompañaré. Le diremos a tus padres que me acompañas por negocios y yo rebuscaré entre los tratos de mi padre algo que nos sirva de excusa para realizar un viaje hasta allá.
—Gracias, —dijo sinceramente.
—En serio te gusta, ¿eh?
Teodora suspiró desviando la vista, picada.
—¿Nunca me vas a dejar olvidarlo, verdad?
—Nop.
A pesar del carro que le tiró el fin de semana, Teodora tuvo que admitir que Valentina fue rápida y eficiente en su misión. Había ido a visitarla un jueves y para el lunes ya estaban listas para salir. Con la excusa de un trato por cerrar en el que había que revisar mercancía y el querer cambiar de aires para animarse después del funeral, ambas primas se montaron al carruaje principal en la caravana que las llevaría hasta Puebla de los Ángeles.
Después de apenas medio día de camino, Valentina la sorprendió al abrir una pequeña valija de mano y sacar un cambio de ropa sencillo y de varón.
—¿Para qué traes eso?
—Para cambiarme, claro —respondió como si fuera obvio—. Traje uno para ti también.
—¿Ropa de varón?— preguntó confundida, pero lo que la escandalizaba no era que fuera de varón, si no que fuera de gusto tan pobre—. ¿Y tan pasada de moda?
Valentina rió de buena gana.
—¿Quién nos va a ver ahorita, prima? No hay nadie más que tú y yo.
Teodora tomó en sus manos una camisa blanca que le extendía su prima. Era sencilla y amplia, lo suficiente como para esconder sus curvas femeninas.
—¿Es imitación, verdad?
—Es cómoda. Si no te la quieres poner, no te la pongas, pero ya te veré dentro de tres días cuando no aguantes más el vestido de diez kilos en el viaje.
Dicho aquello, Valentina cerró la cortina del carruaje y comenzó a desvestirse.
—Además, cuando lleguemos a las posadas del camino, es menos probable que nos molesten los borrachos, tratando de acompañar a "dos jovencitas solas" —dijo y rodó los ojos.
Teodora tenía que admitir que esa era la razón principal por la que habían contratado escoltas en su pequeña caravana, más que por los posibles bandidos que les pudieran salir en el camino.
Miró la camisa y los pantalones con algo de recelo, pero estaba tentada.
—No es como si no te pudieras volver a cambiar antes de llegar a Puebla —le recordó Valentina.
Suspiró.
—De acuerdo, tú ganas. Pero sólo por esta vez.
Valentina soltó una risita satisfecha.
—Oh, créeme. Una vez que empiezas a viajar con pantalones, no lo puedes dejar.
No le tomó mucho a Teodora darse cuenta que era verdad. Para el final del primer día, se sentía muchísimo más descansada de lo que usualmente se sentía después de la primera jornada. Para el segundo día, estaba comenzando a dudar si alguna vez se volvería a poner botines incómodos en lugar de botas de viaje y para el tercer día, se dio cuenta que su prima tenía razón: ya no había marcha atrás.
Al caer la noche del quinto día, ambas primas comenzaban a sentir los inconvenientes del viaje, por lo que cuando llegaron a una posada al lado del camino entrada la noche, tomaron sus cosas adormiladas y se bajaron del carruaje, felices de estirar las piernas, pero deseosas de entrar en una cama y descansar.
Uno de los sirvientes que viajaba con ellas ya se estaba encargando del registro y los demás estaban bajando los esenciales de las chicas para pasar la noche ahí. Valentina dijo que iba al baño en lo que les daban una habitación y Teodora salió al patio con el que contaba la posada para estirar un poco las piernas antes de subir a descansar.
Caminó sobre las losas de piedra del jardín notando como no hacían el ruido al que estaba acostumbrada con sus botines o zapatos de tacón, y se preguntó si la gente se daría cuenta si usaba botas de viaje debajo de sus vestidos al no escuchar el repiqueteo de los tacones. Sonrió. Seguramente que no, pero si algo iba a echarla de cabeza serían los centímetros que perdería su estatura.
Miró hacia arriba y vio la luna, que estaba llena y brillante, justo como estaba el día que lo conoció en Puebla, y como estaba la vez que se la levó con él cinco años después.
Estaba deseosa de encontrarlo y averiguar de una vez por todas qué había pasado. Porqué había regresado a su casa después de romper el hechizo, porqué su pacto se había roto. ¿Se habían roto todos los pactos que alguna vez hizo con las demás personas o solo había sido ella? ¿Era necesario despertar separados si ella aún conservaba sus recuerdos?
No entendía nada.
Un sirviente le habló desde la puerta a la posada para avisarle que ya habían dispuesto sus cosas en su habitación. Teodora se frotó las palmas contra sus brazos pues un helado viento sopló de pronto y le erizó la piel con el cambio de temperatura.
Al entrar a la posada, Teodora notó que habían llegado un par de huéspedes más. Uno estaba hablando con la encargada, seguramente pidiendo una habitación. Alcanzó a distinguir la silueta del otro bajando una maleta de uno de los únicos dos carruajes que no eran parte de su caravana y que no estaban ahí cuando llegaron. Al parecer, la posada tenía más afluencia del que en un principio creyó, especialmente para tan entrada la noche.
Le restó importancia y se dirigió al pasillo por el que le habían indicado estaba la habitación que compartiría con Valentina, que ya la esperaba dentro.
El golpe de un objeto pesado azotando contra el suelo la hizo detenerse y girarse sobresaltada buscando el origen del ruido.
Lo que vio fue la difuminada figura de un joven dirigirse hacia ella con la velocidad de un rayo. En un instante, lo tenía enfrente, sosteniéndola de los brazos como para corroborar que realmente la tenía ante él y para prevenir que se le escapara de entre los dedos.
—¿Teodora?
—¿Leo?
Se miraron como si estuvieran mirando una ilusión, como si estuvieran soñando, tratando de descubrir si era verdad lo que pasaba o no.
—¿Cómo…? ¿Qué…? —comenzó Teodora, pero él escogió ese momento en el que escuchó su voz para decidir que no estaba soñando. La atrajo hacia sí y la abrazó casi tan fuerte como para sacarle el aire. A ella le tomó un segundo devolvérselo con la misma intensidad.
—Casi no te reconocí pero, ¿quién más podría tener tu color de cabello? —murmuró él. Ella sintió sus palabras rozarle la piel del rostro, y se estremeció. Era él. Era su olor, la forma de sus brazos y la sensación de encajar contra su pecho que tan bien conocía.
—Estúpido, patán, idiota… —le reclamó Teodora, y se dio cuenta que la voz se le quebraba a palabras —. ¿Tienes idea de lo preocupada que estaba? No tenía ni idea de lo que estaba pasando, y todo porque ni siquiera te dignaste a decirme nada, tonto.
Leo soltó una risa húmeda, y la estrechó más fuerte porque a pesar de sus reclamos, ella también lo estaba atrayendo hacía sí con todas las fuerzas que tenía, restregando sus lágrimas contra su pecho.
—Lo siento.
—Más te vale.
Leo la separó un poco para buscar su mirada, y luego sus labios. Teodora se paró de puntitas y pasó su abrazo de su torso a los hombros para poder alcanzar mejor. Poco les importó tener público.
La casera hacía rato que había dejado de mirar y se había ido a la parte de atrás porque cuando se tiene una posada en medio del camino, cosas más interesantes se presencian todos los días. El otro recién llegado, por el contrario, se había quedado mudo a un lado del mostrador porque no podía creer que Leo en verdad tuviera enamorada.
—Espera, ¿él es el panadero? —preguntó de pronto una voz a un lado suyo.
—¿Eh?
—Espero que lo sea, porque si es otro, entonces la golpearé por hacerme hacer este viajesote solo para cambiarlo por el primero que se encuentra al lado del camino.
El chico miró a la recién llegada e intuyó por su vestimenta que de seguro venía acompañando a la pelirroja que todavía no soltaba a su hermano.
—¿Vienes con ella?
—Ajá —respondió Valentina—. ¿Tú vienes con él?
Él asintió.
—¿Familia?
Asintió una vez más.
—Hermano. ¿Tú?
—Prima.
Ambos regresaron la vista a su respectivo acompañante de viaje y llegaron a la conclusión de que esto iba para rato.
—Fernando San Juan —dijo extendiéndole una mano, después de soltar un suspiro resignado.
—Valentina Villavicencio Trejo —le respondió estrechándosela —. Algo me dice que nos frecuentaremos seguido.
Ya sólo nos faltará el final feliz.
