¡Por fin! Terminé. Muchas gracias a todos los que se quedaron conmigo y con esta historia todo el año. Espero que disfruten mucho la historia y compartan conmigo sus pensamientos de lo que piensan de ella :D
Quiero agradecer especialmente a arty-zuri-16 (usuaria de tumblr) que estuvo presente en esta historia en cada capítulo y que hizo fanart hermoso del fic también. Mil gracias, cariño. Para ti es este final de la historia. Disfrútalo, vales mil.
Teodora se había quedado dormida contra su voluntad durante el picnic. El segundo verano desde su encuentro había llegado especialmente caluroso y a pesar de que Leo sabía que estaba cansada, ella había insistido en tener la cita que habían estado postergando desde hacía ya un par de semanas.
A decir verdad, ambos estaban cansados, pero ella era la que se había estado llevando la parte más pesada de la organización de la nueva panadería San Juan que habían abierto hacía pocos meses en la ciudad de Teodora.
El negocio había estado saliendo a pedir de boca gracias ya que sorpresivamente, algunas características del Charro Negro se habían quedado con Leo, posiblemente para siempre. Era común que una brisa fría soplara de vez en cuando por donde pasaba, especialmente durante la noche; o que la gente lo perdiera de vista si estaba oscuro incluso aunque lo tuviera frente a sus narices. Y desde luego, se le daba increíble hacer pactos… er, tratos.
Gracias a ello, a los San Juan les había sido posible extender su negocio hasta el norte del país y les estaba yendo muy bien, lo cual era solo un reflejo de la prosperidad de su negocio en Puebla. Esto se debía a que Leo, a diferencia de Teodora, había despertado en su casa con doce años, todo según el plan que había ideado desde el momento en que había aceptado jugarse su alma en la apuesta que había hecho aquel día en la finca de agave.
Lo había planeado principalmente así para no preocupar a su abuela ni a su nana. De igual manera, Nando no saldría a buscarlo y no terminaría en el ejército insurgente.
Con el paso de los días, se había ido dando cuenta de poco a poco de los rasgos que se le habían quedado del Charro Negro. Al percatarse que con su habilidad podía ayudar al negocio familiar, no había dudado en ponerlos en práctica y éste dio frutos rápidamente, agrandando la panadería y trayéndole bastante prosperidad a la familia.
Ellos seguían en Puebla, y era Leo el único que se había mudado para atender personalmente el nuevo negocio, pero Teodora le ayudaba siempre.
Él le acarició la cabeza que descansaba sobre su muslo mientras dormía y se dijo a sí mismo que pronto, cuando las cosas por fin se estabilizaran un poquito más, le pediría que se casara con él.
Lo más difícil de todo este embrollo, había sido que todos esos años extra, los había vivido con el recuerdo de Teodora, pero sabiendo que no lo recordaba, porque aún no lo conocía. Había tenido que esperar por ella, hasta el día en que ella despertara con recuerdos de él, ocho años más tarde. Había sido casi un suplicio, saber que podía ir hasta donde estaba pero no lo conocería.
Cuando el día finalmente había llegado, había dudado. Si su abuelo acababa de morir, quizá debería esperar unos cuantos días. Pero después de una semana no se había podido contener más y se había dirigido a su encuentro.
Jamás imaginó que se la encontraría a cinco días de su destino, en una posada en medio el camino, vistiendo ropa de varón.
En ese moemento supo que no importaba la espera. Había valido la pena cada segundo si al final podía reencontrarse con ella.
Teodora escogió ese momento para desperezarse, interrumpiendo su línea de pensamiento. Miró hacia arriba y se encontró con sus ojos marrones. Sonrió.
—Ay, ¿me quedé dormida?
—Como la bella durmiente.
Teodora se rió entre dientes. Se estiró y se sentó.
—¿Mucho rato?
Leo negó con la cabeza.
—Aún nos queda un rato antes de tener que regresar.
Leo la observó mientras se acomodaba el cabello para que volviera a quedar en la mejor condición posible. A él le gustaba ver cómo sus dedos trabajaban rápidos y eficientes en lo que consideraba imposibles trenzas y torcidos que confeccionaban sus peinados. Al mirarla al contraluz del atardecer naranja, se le ocurrió una cosa.
Después de cada una de las peripecias que había vivido de niño por poder ver fantasmas, después de ser perseguido y maldito por el Charro Negro y después de convertirse él mismo en él… éste era su final feliz. Su hogar y su lugar.
Después de haber vencido al mal, por fin, luego de tanto batallar, podía descansar.
Teodora acabó de acomodarse el cabello y lo sorprendió mirándola. Sonrió coqueta.
—Hm, hace tiempo que no me mirabas así.
—¿Huh? ¿Así como?
—Así como si supieras algo que yo no.
—Oh. —Leo desvió la mirada como si hubiera sido atrapado con las manos en la masa, preguntándose qué tanto sospecharía ella de sus intenciones de proponerle matrimonio y Teodora notó que tenía los cachetes sonrojados—. No es nada, en serio.
Ella entrecerró los ojos, debatiéndose entre si presionar o no. Se decidió por dejarlo pasar por esta vez. Algo le decía que de todos modos terminaría enterándose tarde o temprano, y de ser una sorpresa, sería contraproducente estropearla.
—¿Seguro? —preguntó de todos modos, porque no podía evitar picarlo.
Para su sorpresa, Leo cambió su posición par sentarse más cómodamente frente a ella y le tomó las manos.
—Bueno, estaba pensando que no te había dicho algo importante hasta ahora.
—¿Ah sí? ¿Y qué es?
—Que… Te amo, Teodora.
Oh.
Oh.
La sonrisa socarrona se congeló en sus labios para derretirse en una más suave. Él la miraba atentamente, con los ojos chocolate tiernos y nerviosos al mismo tiempo.
—Yo también te amo, Leo.
Teodora le devolvió el apretón de manos y ambos se inclinaron para intercambiar un beso dulce y delicado. No era el primero, y desde luego, tampoco sería el último. Ninguno de los dos podía esperar a seguir compartiendo muchos más en el futuro.
Un futuro que disfrutarían juntos, siempre juntos, pues si el destino los había presentado en la más improbable de las situaciones, no habría ya nada que los pudiera separar.
Muchas gracias por leer y espero que tengan felices fiestas. De verdad espero que los haya entretenido y mi historia se quede con ustedes como una de las buenas.
Espero poder seguir leyendolos en el futuro. ¡Los amo! ¡Bye!
