Un juego mal hecho.

Capítulo I

Disclaimer: Los personajes utilizados en esta historia son propiedad total de Hajime Isayama, creador del manga "Shingeki No Kyojin".

Beta Reader: Flor Carnero.

N/A: Al final de la lectura.

ADVERTENCIA: Contenido explícito: Asesinato, tortura y violación.

La historia es mía.


Se juega en la niñez, se corre por las praderas y se trepa sobre los árboles en busca de las frutas tiernas.

Las corrientes de viento invernal mecen con parsimonia las copas más altas de los pinos, todos los días, cualquier año, sin excepciones.

Hundió sus dedos de sus pies delgados en la tierra blanda del bosque, sintiendo su textura suave y las piedrecillas traviesas que se encajaban amistosamente en su planta. Cada uno de los detalles le recordaba lo maravilloso del mundo.

– ¡Mikasa! – La voz dulce e inocente de su hermano a lo lejos de llamó la atención. - ¡Te encontré, gané! – El pequeño niño de ojos verdes y vivaces emprendió una carrera apenas y distinguió a su hermana entre los árboles, devuelta al lugar de inicio tan rápido como sus piernas se lo permitieron.

Aquello era sencillamente emocionante.

– "Corre, corre muy rápido y lo alcanzarás"

Pero la suerte se encontró del lado de Eren ya que llegó primero, por unos cuantos pasos antes de que Mikasa "literalmente" le pisara los talones.

– ¡Te gané! ¡Por fin le gané a Mikasa! – Celebró.

Y cuando ellos se echaron a reír de puro gozo, ella los acompañó en su momento de pequeña gloria.

– Yo ni soñar que puedo ganarle a Mikasa, no corro tan rápido como ella – Comentó Armin, un niño de ojos tan azules como el lapislázuli.

Ciertamente, no le agradaban los cumplidos, por ello se sonrojó de pura vergüenza. Aunque viniendo de ellos, le faltaban ganas de contradecirlos.

Amaba a su hermano, como se le ama a alguien que representa la única esperanza de una amistad duradera, como se le ama al brote tierno que hace la habitación menos oscura. También amaba al niño rubio, Armin, de la misma manera que a un gran peluche favorito que la escuchaba todas las noches de tormenta.

Los acompañó en su alegría con diminutas y discretas risillas, que se perdían entre las corrientes de invierno a los pies desnudos de los niños.

Ninguno soñaba con lujosos autos ni despampanantes aviones. Ellos daban rienda a su imaginación en barcos de papel que corrían velozmente en las aguas del arroyuelo cercano, imaginando que las aguas saladas del magnífico océano rodeaban el diminuto objeto. Corrían por llanos repletos de plantas secas y crujientes bajo sus pies en las épocas de otoño, donde las espigas apuntaban al cielo. Exploraban cuevas en los lugares más recónditos de las montañas, a oscuras y con la naturaleza envolviéndolos en su misterio escondido, a lo largo de destellos luminosos de aquel astro luminoso, que bañaba el mundo en cálida luz.

Eran niños, con la curiosidad total sobre el mundo que los rodeaba; tan clásica en un infante, una ingenuidad poderosa que los llevaba a investigar aquel bosque donde corrían y gritaban a todo pulmón, viviendo una estupidez ajena al mundo adulto con amor y cariño para crecer. Viviendo una inocencia frágil e inestable. Desprotegida a cualquier giro del destino, una mentira dulcísima, inimaginablemente cruel.

Pero eso era bueno.

Bueno mientras sus percepciones sobre el mundo fueran débiles y manipulables. Aún no tenían la culpa de vivir en un mundo donde se gobernaba en la crueldad.

Todavía no estaban listos para cargar el peso de la humanidad, ni las ganas de preocuparse por pequeñeces. Eran unos críos que daban por hecho que el ser una buena persona los mantenía a salvo de ser agredidos. Una regla irrompible en sus mentes, en el lazo humano que ellos habían creado con las personas con las que frecuentaban.

– Bienvenidos niños. Hora de comer –

Sí que el mundo era hecho de amor.

Huye, Mikasa, huye.

Un universo que tenía recuerdos distorsionados por hechos desagradables, memorias que ella no tenía y deseaba jamás tener. Porque olvidar era el mejor aliado cuando su corazón dolía a causa de lo que ella se hacía creer que era una fantasía demasiado cruel para una edad temprana.

¿Para qué recordar cosas que se supone no pasó? Ella era feliz así, con su familia, en un lugar grandioso con amigos perfectos. Nadie necesitaba un amargo caramelo de experiencias dolorosas.

Sobre todo en una fecha tan importante, donde disfrutaría de una compañía permanente, al lado de una familia que jamás se iría, porque ella tampoco los dejaría.

Un ser tan pequeño, frágil e inútil no va a poder cambiar el mundo ni su destino.

Maldita la hora en la que aquella voz se hizo presente dentro de sí, en la que se descubrió inútil, débil, desbordando ríos de lágrimas, sin fin y sin cauce.


El olor de la cera de las velas consumiéndose en conjunción con la tenue y pacífica luz que estas suministraban constituía el ambiente ameno para la familia. Con tranquilidad y algo de risas pesadas, compartían anécdotas de sus vidas a los más pequeños que escuchaban con total atención las historias de sus mayores, creando una secuencia de imágenes fantasiosas en su cabeza.

La calidez era tal que invitaba tan naturalmente al sueño, el cual se paseaba primero por los más inocentes, acunando en los brazos de Morfeo sus delicadas almas.

Juntos, fueron llevados a descansar en cándidas sábanas, con besos en sus frentes y la esperanza de una ceremoniosa mañana de chocolate caliente y sorpresas azucaradas que los embriagaban en una dulce bobería.

Dime pequeña, ¿Qué es el amor?

Aquella noche, entre tantas luces coloridas, adornos despampanantes y familias reunidas, cientos de cristales inundaron el piso del hogar Jaeguer, donde además se encontraba el abuelo del infante rubio. Parsimoniosos, cada piedra abría un pequeño espacio en la ventaja, un escondrijo que usaba el frío invernal para inmiscuirse, batiendo las llamas vivaces de la chimenea.

¿Qué? – Ella sabía que lo estaba soñando, perfectamente; inclusive ya era normal que aquella voz grave le realizara preguntas. A pesar de sentir temor, algo la incitaba a contestarle con detenimiento y detalle, adornado sus respuestas con palabras que ella no conocía.

Adentro, el calor se esfumaba y las flamas se habían dejado vencer por la ventisca, siendo reducidas a pequeñas manchas rojizas intensas en la madera quemada. La puerta fue abierta con violencia, casi a tal punto de que sus bisagras cedieran y el viento helado le recordó a Carla Jaeguer, que esto no era un sueño, que en verdad hacía frío y los cristales que se habían incrustado en sus sedosas mejillas, también estaban desperdigados por el suelo.

Amor. Había escuchado esa palabra tantas veces, en demasiadas circunstancias que le resultaba casi imposible tener una definición concreta a aquella expresión. Papá y Mamá se decían así cuando entraban de un día de caza con las presas en mano. Grisha Jaeguer decía con la sabiduría de un médico, que el amor era esencial en las familias, porque sin él, se volvían tristes. Su madre le había dicho que, cuando en verdad amase a alguien. Las sensaciones recorrerían todo su cuerpo y tendría un fervoroso deseo de estar con la persona amada hasta el resto de sus días. El abuelo Arlet, repetía en ciertas ocasiones que el amor era un sentimiento incomprensible y totalmente desconocido para el ser humano, que no podía ser clasificado ni con las leyes del universo más disparatadas. Eren se empeñaba en esconder cualquier rastro de ese sentimiento, pero más de una vez aceptó que amaba a su madre, así también a su padre y a sus "hermanos" elegidos. Para ella, eso era su concepción acerca del amor.

El amor es lo que mueve al mundo Y a pesar de haber comprendido todos los hechos amorosos a lo largo de su vida, cuando respondió, pensando en la seguridad de su respuesta, algo se sintió vacío. Como un hueco sellado en mentiras ilusionistas.

Algo la estaba helando.

¿Sería un sueño más?

No, en serio tenía frío.

Interesante

Aquel incesante frío comenzaba a doler.

¿Por qué sentía tanto frío de un momento a otro?

Estaba en peligro, pero no se podía mover.

El frío que ella sentía, estaba presente dentro de sí.

¡Déjame! – Gritó angustiada, vaciando sus pulmones en un lugar vacío, sin nada. El nerviosismo presionaba contra su estómago a tal grado de que ya no la dejaba respirar correctamente.

El amor es interpretativo, Mikasa – Esta vez, la voz tuvo un timbre mucho más gutural y profundo, dando la sensación de estar en lo más oscuro y desconocido de la tierra. Y como todo lo desconocido, era atemorizante, peligroso. – El amor puede llevar a los mejores paraísos, o presentarte al diablo mismo.

El repentino jalón fuera de la cama la despertó ipso facto de su ensoñación, el cual fue tan súbito que no le dio tiempo antes de golpearse duramente la cabeza.

Más sin embargo, sólo fue eso, un golpe. Los sentidos que rápidamente había recuperado, se adormecieron en un momento crucial, dejándola aturdida. Todo dio vueltas hasta que, por una necesidad creciente de sobrevivir, espabiló y trató de zafarse del agarre de cualquier manera posible.

Arañó y pataleó como pudo y luchó contra lo que la arrastraba por la madera dura y astillada, la cual en cada tirón rasgaba parte de su piel.

No contó con que un fuerte golpe tras su cabeza la dejara fuera de la realidad.


Después de la tormenta, viene la calma, a pesar de que esta quietud no traiga consigo la paz.

A la luz de luna no le importaba qué podía pasar bajo su riego plateado. Siempre bañaba con timidez los paisajes otorgando iluminación natural entre el espesor de las copas de los árboles.

Le importaba tan poco dar calma en el momento menos oportuno.

¿Qué tan culpable era el astro luminoso del cielo que acompañaba al ensordecedor siseo de la yerba, que acallaba cualquier intento de disturbio?

Las flores más resistentes se cerraban conforme la oscuridad avanzaba, llenando el cielo de un negro profundo y moteado de lucecitas por doquier.

Incluso el pequeño brote de la ventana, cuya maceta había cedido, se conservó viva para guardar un turbio e ínfimo secreto, dando un pobre velorio a las almas partidas.

Tuvo esperanza de que, al abrir los ojos, fuese algún extraño sueño y que el sol calentara su rostro, por las cortinas que no había cerrado Eren. Empero, su rostro era todo menos cálido. No había la luz mañanera ni las sábanas se enredaban bajo sus pies.

– Mikasa, por favor, pelea

Mas no comprendía el peso de sus palabras.

No le encontraba sentido a aquel juego.

Fue sólo un débil susurro, carente de fuerza, y para ella, de coherencia. El cantar de los grillos le llamaba más la atención que sus manos atadas.

¿Qué hora era?

La luna ya no saltaba a la ventana, así que amanecería pronto.

Carla aún no había despertado, porque no se escucha el aceite freír ni el olor de galletas no había cerrado la ventana, porque hacía frío.A Grisha se le había caído alguna botella de champán por la noche, porque sus rodillas estaban magulladas y había líquido en el suelo.

Eren no estaba gritando por sus regalos, no había despertado

Sintió la necesidad de levantarse para recoger los pedazos de cristal que le lastimaban. El dolor punzaba, en breves momentos, pero nada que no hubiera soportado antes. Aunque, a pesar de eso, no eran las cortadas lo que dolía.

Era muy dentro de su pecho, la sensación de vacío desesperante parecida cuando sus padres murieron.

Muerte.

Se estremeció con tan sólo pensar en ello, como si de una escalofriante verdad se presentara. Algo la hizo reaccionar de golpe.

Como si sus piernas ya no estuvieran lastimadas y el mundo irreal se cayera a montones, abrió los ojos y se sentó súbitamente.

Escrutó la oscuridad, pudiendo concentrarse en las voces y pequeños sollozos que venían de la esquina de la habitación. Apenas habiéndose percatado de lo que pasaba, una linterna apuntó directamente a sus ojos, encegueciéndola por unos instantes y dejándola a merced de lo que el destino le presentara.

– Está viva Freud.

Lo siguiente que vio fue su vestido y parte de sus manos entintadas en rojo. Tardó milésimas de segundo en asimilar que aquello era sangre, y que incluso, aún se encontraba tibia.

No pudo ni respirar bien cuando lanzó un grito ahogado, pero colmado de horror, parecido al chillido agonizante de un animal moribundo. Cargado con el más puro terror que una niña pudiese sentir al saber que, gracias al reflejo de la luz, el rostro de Grisha Jaeguer con una bala incrustada en su frente yacía a unos pocos metros de ella.

– ¡Cállate perra!Incluso después de las sacudidas brutas de su cabello, no apartó la vista de los ojos desesperados de quien, por segunda ocasión, había considerado un padre.

No supo en que momento dejó de tener noción de lo que ocurría a su alrededor, ni del peligro que suponía enfrentarse a algo que no conocía y peor aún, a algo que era causante de la muerte. No importaba de qué ser vivo se le arrebatara el derecho a la vida, era simplemente lo que causaba la desunión del alma al cuerpo vivo de corazón latente.

Corrió con el instinto a flor de piel, asemejándose a un felino asustado, a donde escuchó más fuertes las respiraciones forzadas y los gemidos controlados.

Dentro de ella, algo le dijo que tenía que salir de ahí cuanto antes y hacerse de un arma. Sin embargo rechazó la idea si eso significaba abandonar a los que amaba, que tendría que sacarlos vivos o muertos.

– ¡Mikasa!

El disparo se oyó.

Los pajarillos que dormían en el tejado se alteraron y agitaron las alas al viento; unos cuantos, asustados, emprendieron el viaje. Adentro estaba sumido en un silencio sepulcral, donde el mundo conspiraba en su contra.

Hasta que el llanto tenue de alguien atormentado se percibió.

Armin no podía creer que aún después de que el hombre disparara directo en la pierna de su amiga, encontró la forma de acomodarse en su regazo y llorar. Llorar como una madre que encuentra a su hijo perdido después de días, aliviada de que, por una vez, la idea de pérdida se alejara de su nuca.

Él quiso abrazarla y decirle que estaba ahí, los tres juntos; que seguirían peleando hasta el final. Pero, simplemente las dulces mentiras no salían de su boca.

Y él se avergonzaba tanto, tanto de no poder cambiar la realidad y de llorar como lo hacía ella, derrotada. De no poder sentir la impotencia de Eren al saber que había posibilidades de perder. De dejarse caer a la realidad.

De no poder ayudar a salir de ese suplicio, sintiéndose como un inútil nuevamente.

Los focos de la habitación se encendieron casi simultáneamente con el disparo anterior, y presentaron un horrísono panorama, lleno de muerte y desolación.

– ¡MALDITAS BESTIAS! – Eren no pudo acallar un grito de odio profundo cuando vio el cuerpo de su madre en el suelo, con el mismo vestido que se había puesto antes de que ellos se fuesen a dormir y el mismo que él había alagado cuando recién lo probó. – ¡LOS VOY A MATAR ANIMALES INMUNDOS! – Era odio puro, pesado, que calaba en el alma de sus cercanos al verlo tan destrozado.

Gritaba las razones de su muerte, gritaba con tanto rencor que su voz se cortaba, con resentimiento y miedo.

Para Armin, sólo bajo la mirada cuando vio a su abuelo tendido en la pared con sangre en su abdomen. Sintió tanta pena y rabia, que tampoco podía desahogarse, menos cuando Mikasa miraba de la misma manera a sus cuerpos inertes. Pero ella tal vez, por más cruel que sonara, conocía aquel dolor de sentir la sangre de tu ser querido salirse de su cuerpo.

Pena, porque él tendría el mismo fin que su querido abuelo. Rabia, porque tampoco podía luchar contra su destino, no podía impedir que sus amigos tuvieran un fin parecido.

Eren dejó de gritar.

Ambos se quedaron estupefactos, Había caído inconsciente.

Detrás de él, uno de los hombres que habían cometido tales atrocidades, golpeó a Eren dejándolo fuera de combate. Harto de sus lloriqueos.

– Jefe, ¿Lo matamos? – Preguntó el hombre.

¿Qué vas a hacer? – Preguntó exactamente la misma voz.

– … – No respondió.

Mátalos. -

¿Qué? – No podía, aún no podía hacer lo que tanto odiaba.

¿Deseas vivir?

No lo sé. En esos momentos, lo que menos quería era sentir que estaba viva, sentir el dolor.

Ya veo.

Comprendió, en ese momento, que la vida lo esperaría que tuviese una noción del mundo, de sus alegrías ni de sus errores. La moral podía salirse en cualquier punto y desaparecer tan naturalmente como llegó. El camino por el cual caminaban dependía de qué tanta suerte tuvieran y qué tan cruel era su realidad.

Por tanto, dejó de llorar, era absurdo creer que podía retener la vida siempre, con ella. Empero, se encargaría de tomarla el tiempo necesario para que pudiese ser feliz.

Y su felicidad dependía de Eren.

Ignoró cabalmente la putrefacción del ambiente y la sangre que pintaba el suelo. Analizó con una rapidez extraordinaria al hombre que había noqueado a su hermano y arremetió en su contra con una fuerza y coraje bestial, extraordinariamente brutal para su edad.

Inclusive para los presentes, más de uno se quedó frío al ver que aquella niña logró trozar la cuerda de sus manos e inmovilizar al hombre, quien gritaba desesperado por el dolor de parte de su labio arrancado.

Mikasa no le importó cuando gritó de dolor, estaba devolviéndole parte del favor que significaba arrebatarle su felicidad de su ya miserable vida.

Encontró asqueroso el sabor de la sangre, tanto que le provocaba sensaciones de vómito; no encontró placer en enterrar sus dedos en las cavidades oculares, pero eso era necesario.

Al igual que a ella, la vida no pondría a alguien que tuviese piedad de él. Y Mikasa no asumiría el papel de víctima tan rápido

No hubo tiempo, tampoco fuerza para que los hombres que presenciaban tan aberrante escena pudiesen hacer algo por su camarada, aquello fue tan rápido que incluso el mismo hombre que se encontraba muerto en el suelo, reaccionara a tiempo para quitarse de encima a la bestia que lo atacó.

El pequeño niño rubio logró entender, entre tanta carnicería y gritos, el punto y razones de su amiga. Vio reflejado en sus negros ojos, el cansancio, agotamiento y furia hacia la vida, el suplicio que cargaba desde hace tiempo, cuando tenía que aferrarse a Eren para no hundirse en la locura. Él sólo supo lo que le pasaba, mas no podía entenderlo ni hacer nada, porque él no era como ella, él sí podía perdonarse a sí mismo de sus errores.

Y al perdonarse, podía intentar de nuevo, por más caídas que tuviese, a pesar de que muriera en el intento.

Sus pies no estaban atados, pero sus muñecas sí. Así que en medio del forcejeo entre Mikasa, las distracciones y los gritos, le dio una oportunidad de cortar la cuerda de sus manos con un pequeño cristal.

Estaba temblando, por lo que en su misma desesperación se causó daño cortándose varias veces. No era tan fácil.

Recordó que todos los hombres estaban armados, incluso el que Mikasa había matado. Miró a su lado y encontró para su suerte, la pistola que cargaba momentos antes. Armin no podía usarla, no podía desatarse, pero si la lograba patear lo suficientemente fuerte para que su amiga la pudiera tomar, tendrían otra oportunidad de salir con vida de ese lugar.

Las manos sucias siempre tienen que ser lavadas.

Mikasa ahogó un grito entre arcadas por la sangre.

Incluso, con toda la carnicería sacada de su propia mano, el espectáculo de una cara desfigurada, con la sangre brotando y sus propias manos manchadas le producía un vacío en el estómago, aumentado por una percepción de los hechos de manera desesperantemente lenta.

Quería esconderse, imaginar como si nada de eso estuviera pasando.

Sintió las miradas impactadas sobre su nuca y el frío aire forestal chocar contra su rostro. La sangre que estaba esparcida por todo su cuerpo comenzaba a secarse y a oler distinto.

O quizá el aroma ferroso ya estaba en el ambiente.

Cayó de bruces al suelo por un puñetazo mal asestado de parte de uno de los camaradas del que acababa de matar, fue un intento fallido para dejarla inconsciente.

Algo chocó contra su costado y cuando lo vio, no dudó en tomarlo y dispararle al que osaba golpearla.

Armin.

Querido Armin.

Inmediatamente como reacción natural, protegió a Armin disparándole al otro hombre que iba contra él, con claras intenciones de matarlo. No conectaba con el mundo, ella estaba fuera de la realidad, protegiéndose a sí misma de tanta pesadez.

No lo mató, pero sí lo hirió en el antebrazo, haciendo que retrocediera.

La inexperiencia en el manejo de armas hizo que ella también resultara herida, al colocar erróneamente uno de sus dedos cerca del cañón, provocándole una quemadura y que soltara la pistola con rapidez.

Cansados, o tal vez hartos, los hombres que estaba en la sala arremetieron en conjunción hacia Mikasa, golpeándola, atándola, resistiéndose con una mirada propia de una asesina.

– ¡Carajo imbéciles! ¡¿Acaso no pueden con una jodida niñata enfurecida?! –

Luchó cuando tomaron del cabello dorado a Armin y lo lanzaron fuertemente sobre la pared. Luchó cuando patearon una vez más a Eren, quien apenas retomaba la conciencia con gritos y golpes.

– Es hombre –

Tal vez eso le habría hecho enfurecer anteriormente, pero ahora agradecía que la naturaleza escogiera el género de Armin, porque con eso había una leve y casi inexistente esperanza de que saliera vivo.

Asqueroso humano que metió la mano dentro de los pantalones de su amigo, "comprobando"algo que también le era desconocido.

– Mierda. – Dirigió una despectiva mirada hacia el niño rubio, quien jadeaba porque se atragantaba con su propia sangre – Llévate a la niña y desaste del mocoso llorón y de su amigo travesti –

Pero, no cree que nos podrían…–

– ¡HAZ LO QUE TE DIGO BASURA; QUE LA MALDITA MOCOSA PERRA YA CAUSÓ DEMASIADOS PROBLEMAS! –

Deshacer.

Ella se había deshecho del hombre que lastimó a Eren. Ellos se desharían de su hermano.

No aquí, no ahora y no nunca.

Estaba en el suelo desde hace un tiempo, acostumbrada a recibir golpes, pero no supo cuando su vestido había terminado alzado, con el aire frío picándole en sus piernas húmedas de sudor y sangre.

Escuchó los pasos apresurados de Eren corriendo en contra del hombre que se le había puesto encima, Y segundos después, con el mediocre intento de tacleo por parte de su hermano queriendo quitar al cerdo que estaba tocándola, le enterneció.

– ¡Mikasa lucha! –

Y lo hizo. Se removió insistentemente y pataleó todo lo que pudo.

Pero también se quedó quieta cuando volvió a escuchar el ruido ensordecedor de los disparos.

Había caído. Porque Eren tenía siete balas en su estómago.

Armin gritó cuando lo vio desvanecerse, así como se despidió cruelmente con sus ojos azules mirándola a ella cuando logró darse cuenta en milisegundos, que su vida pasó a ser nada.

Eso pasa cuando tus amiguitos se quieren pasar de listos preciosa.

La voz ronca del hombre ya no le dio miedo.

Creyó ser tan liviana como el aire, de haberse ido ella también. El vacío de su cuerpo le hizo creer que en verdad ya no estaba viva, porque de poder hacerlo todo, su mente se fue con sus anhelos de familia feliz.

Había perdido; como tantas veces pasó cuando estaba pequeña.

Ahora realmente estaba fría; había luchado y había perdido, aunque ahora ya no se encontraría junto a su hermano para obligarse a no rendirse.

– Te voy a enseñar tu trabajo, putita – El hombre que se había posicionado sobre ella comenzó a tocarla de manera brusca, sin el debido cuidado que ella se merecía.

Gritó tanto que su garganta se cerró. Lloró hasta que cualquier lágrima se extinguió. Y por cada vez que intentaba drenar su dolor, le lastimaban aún más.

Todo ya era irreal, ahora, por más carne que se partiera en su interior y sangre que brotara, el presente dejó de ser importante.

Miró por última vez a Eren, su cuerpo estaba rodeado de rojo, pero sus rasgos y expresión tenaz seguían en su rostro, dándole un aspecto fiero, salvaje, precioso; aunque su vida su hubiera extinguido hacía unos lentos y tortuosos minutos. La sangre de Armin comenzaba a empapar el suelo y rozaba su flequillo casi con gentileza. Su rostro tenía varios raspones junto con un feo agujero en su inmaculado rostro cincelado. Pareciese como si recién llegara de haber jugado un buen rato sobre la tierra, descuidándose un poco.

Ciertamente, el imaginar a Armin retozando en el campo junto a Eren con grandes ramas frescas simulando espadas le causaba gracia y una cálida ternura.

Rio sólo un poco.

Era gracioso.

Aunque ese recuerdo le escocía de manera ácida.

Un juego de niños con daños colaterales medianamente grandes.

Graves, porque ambos estarían dormidos en la mayor oscuridad posible, con sabor a muerte, alrededor de un gran manto rojo que se creaba a partir de sus cuerpos heridos.

Desconcertó con su reír campanario al hombre que se movía erráticamente sobre ella, al ritmo de un dolor punzante y agudo en la parte baja de su vientre.

Más específicamente, donde Carla le decía que nadie debía de tocar sin permiso.

Cada movimiento y chillido de su parte golpeaban su cabeza contra la fría madera y las astillas se le clavaban en sus pequeños brazos como una tortura sin descanso.

Las súplicas no harían que se detuviera, pues había observado que tan malo podía llegar a ser lo que tenía sobre ella; tendría que soportar la incesante sensación de desgarramiento, porque por más que intentase patalear o quitárselo de encima, sus piernas eran presionadas y el dolor aumentaba.

Eso no estaba bien, nada ya estaba bien.

La sensación asquerosa de sentir algo viscoso en su cara fue horrible, incluso en reflujo se le vino a la boca. El vacío en su zona íntima le resultó sumamente incómodo y pudoroso. Ardía como si se hubiera hecho múltiples cortes.

Olía extraño, y aquello tenía una textura rara, pegajosa.

Vio al hombre que se había recostado sobre ella guardar algo en sus pantalones, para después levantarse y decirle algo que ella no entendió, o no quiso entender.

Sus entrañas se agitaron vigorosamente y su estómago se contrajo, dando la sensación de vómito. Por un momento deseó sacar sus intestinos, dejar que su cuerpo se vaciara, porque tal vez el olor de sangre y putrefacción era más agradable que aroma que despedía el sudor de aquel hombre y su semen, o por lo menos ella ya se había acostumbrado a ver el cuerpo inmóvil del abuelo de Armin, con la sangre tocándole la cara y algún bicho que se acercaba a él.

– Leonor, si ya acabaste con tu teatrito, átala y súbela a la camioneta – Escuchó decir a otro hombre.

Dijo adiós a Eren y a Armin, a la familia que con tanto cariño la acogió después de quedar sola, a la vida que le habían dado.

Así también pidió perdón por ser egoísta y quedarse con vida, en vez de cuidarlos como debería.

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Mikasa Ackerman estaba maldita, su vida había sido una reverenda desgracia, un juego mal hecho.


¡Hola!

Soy Ara, y este es el primer long-fic publicado aquí en fanfiction.

Lo que acaban de leer es el primer capítulo de esta historia, la cual espero de todo corazón les sea agradable, dentro de lo que cabe.

El contenido –anticipando mentes– puede ser algo oscuro, triste y de temas fuertes. Recomiendo discreción para los que pueden llegar a ser sensibles a estos casos, y si decides leer más, pásale con confianza.

Llendo al capítulo; tal vez la actitud algo alegre de Mikasa haya sido un poco OC, pero recordemos que aún es una niña. El ataque de furia que experimentó puede ser relacionado con el poder Ackerman, pero también es una cuestión natural cuando el cuerpo y la mente se ve sometido a una gran cantidad de estrés. Todo aquí será importante.

Debo decir que es uno de los fics que más empeño le he puesto, y también estoy dispuesta a mejorarlo y seguir redactándolo.

Agregaría más cosas, pero serán explicadas en otro momento 3

Mil gracias por leer el comienzo de esta historia.

Ara.