Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a winterhorses, yo solo la traduzco.
BREAK STATEMENT
Capítulo dieciocho – Grietas
Puede que Edward sea el pequeño de los hermanos Cullen, pero es el que más se parece a su madre. Nunca he conocido a una persona tan relajada como Esme Cullen. Su naturaleza despreocupada es evidente en la cálida sonrisa que nos saluda cuando Edward y yo entramos en su cocina.
―Oh, son preciosas. Gracias, ―dice, aceptando el ramo de flores que le he llevado―. Me alegro de conocerte por fin.
―Lo mismo digo, Sra. Cullen.
―Puedes llamarme Esme si quieres. ―Le sonríe a su hijo―. Todos están en la parte de atrás. Hay una nevera de bebidas y algunos aperitivos para que piqueis hasta que esté lista la cena.
Me despide con un gesto de la mano y una risa feliz cuando le pregunto si necesita ayuda con algo. Edward coge mi mano y me lleva al jardín trasero.
―Me disculpo por adelantado si las cosas enloquecen un poco, ―advierte―. Los niños pueden ser... nerviosos.
Gritos ahogados pueden oírse ya desde el interior de la casa y, cuando salimos por la puerta trasera, me sorprendo al ver que solo hay cinco niños presentes. Con ese nivel de ruido, había esperado al menos una docena.
Tres chicos y una chica, que parecen tener edad de ir a la escuela primaria, juegan al fútbol con tres adultos. Un chico está sentado en el lateral con Jasper. Edward se acerca a su hermano y coge dos sillas para nosotros.
―Me alegro de verte de nuevo. ―Jasper me saluda con un movimiento de la cabeza y se levanta para darme un rápido abrazo.
Edward estira una mano y revuelve el largo pelo rubio del chico, que tendrá siete u ocho años.
―Este es mi súper guay sobrino. Es el hijo mediano de Emmett y Rosalie. Liam, esta es la Señorita Bella.
―Hola, Liam.
Me mira y pestañea con sus serios ojos azules y hace un movimiento con la cabeza.
―Hola. ―Me sostiene la mirada un momento y luego devuelve la atención al cuaderno de dibujo que tiene en su regazo.
―¿Qué estás dibujando, amigo? ―pregunta Edward, inclinando la cabeza para mirar mejor―. ¿Ese es el tío Jasper?
―Se supone que sí, ―resopla frustrado―, pero su cara está torcida. No me sale bien. ―El papel muestra marcas de que se ha borrado repetidamente.
―Conozco un truco que te puede ayudar, si quieres que te lo enseñe, ―le ofrezco.
―¿Sí? ―Sus ojos me miran con escepticismo.
Edward me cambia el asiento y le hago un gesto para que sea mi modelo. Liam me da su cuaderno en una hoja limpia y mira con cautela mientras dibujo ligeros óvalos y líneas de simetría para mostrar el lugar que ocupan los rasgos faciales principales. Un poco de sombreado le da algo de realismo y luego es el turno de Liam de intentarlo. Vuelve a girarse hacia Jasper y se pone a trabajar.
―Eso está muy bien, ―me murmura Edward al oído―. ¿Has dado clases?
―No, aunque miré algunos libros de dibujo de la biblioteca de niña. Solía hacer garabatos cuando me aburría en clase, pero no es nada más que un pasatiempo.
―Bueno, aun así estoy impresionado. ―Roza con sus labios la piel tras mi oreja, lo que provoca que me recorra un temblor.
Le doy una palmadita en la rodilla.
―Compórtate, ―digo con falsa seriedad.
El partido termina poco después y los siete jugadores se acercan a nuestro pequeño grupo para conocerme. Reconozco a la rubia como la hermana de Edward, Rosalie. Ella me presenta a su marido, Emmett McCarty, y sus otros dos hijos, Jacen y William. Jasper y su esposa, Alice, tienen una hija, Anna, y un hijo, Isaac.
Cuando se han intercambiado los saludos, el grupo entra para lavarse. Edward suelta una risita cuando suelto el aire silenciosamente.
―Debería haber hecho que todos llevaran etiquetas con el nombre, ¿eh?
―Y con apellidos para poder llevar la cuenta de los niños, ―añado de acuerdo.
Esme ha preparado dos grandes fuentes de lasaña -una con carne y la otra sin. Edward insiste en que me siente y le deje traerme un plato. Intento no estremecerme cuando me pone delante una gran porción; al no haber comido mucho en todo el día, estoy mirando la comida con lujuria incluso mientras la subdivido en mi cabeza.
Empiezo con un generoso plato de ensalada con la esperanza de calmar el hambre. Está deliciosa -caras verduras de hoja, tomates cherry perfectamente maduros, crujientes rodajas de pepino y cebolla. Si me como la mitad de la lasaña que tengo en el plato, mi mente me dice que será una comida aceptable.
Pero, por supuesto, no puedo parar. La creación de Esme tiene un sabor increíble y en mi boca desaparecen pinchada tras pinchada. Incluso aunque ya tengo el estómago incómodamente lleno, no puedo parar.
Mi nivel de ansiedad aumenta con cada bocado y mi pierna se mueve frenética bajo la mesa cuando terminamos de comer.
―¿Va todo bien? ―pregunta Edward mientras ayudamos a recoger la mesa.
―¿Qué?
―Pareces distraída.
―Oh, um, lo siento. Solo...uh...recordaba un problema que surgió ayer en el trabajo. Nada importante, la verdad. ―Las palabras tropiezan unas con otras mientras salen apresuradamente de entre mis labios.
Edward me echa una breve mirada de reojo y luego parece aceptar mi explicación.
―¿Te importa que nos quedemos un poco más? Los niños me han pedido que juegue a la pelota con ellos.
―Sí, claro. Está bien. ―Mi mirada pasa por toda la cocina. Parece que todos están volviendo a salir―. Sal si quieres, necesito usar el baño primero.
Él coge su cerveza medio llena y señala hacia la escalera del vestíbulo.
―Si el del piso de abajo está ocupado, hay otro baño al final de las escaleras.
Ni me molesto en mirar si el baño de la planta principal está disponible. El del piso de arriba es más adecuado para lo que me propongo hacer. Con el estómago lleno, es muy sencillo ser silencioso, pero me siento mucho menos nerviosa cuando no tengo que preocuparme porque alguien pase por delante de la puerta.
Como no quiero levantar sospechas, paso solo unos minutos vomitando lo que siento que es la porción de lasaña que no debería haber comido. Mi pánico disminuye cuando veo trozos verdes mezclados con el naranja.
El control de daños ha sido todo un éxito.
Tras enjuagarme la boca y desenvolver uno de los caramelos de menta que guardo para ocasiones como esta, regreso con el grupo que está en el exterior. Me siento mucho más ligera, literal y figuradamente. Esme, Alice y Liam están sentados en una mesa del patio. Me uno a ellos con una sonrisa. Mientras todos los demás juegan con la pelota, las dos mujeres y yo hablamos cómodamente, y Liam intenta dibujar una flor. De vez en cuando, me pide opinión o consejo.
En cierto momento, ofrezco caramelos de menta a mis compañeros de mesa y me tomo uno yo misma. He estado bebiendo mucha agua, pero quiero asegurarme de que estoy lista para cualquier beso que Edward vaya a darme. El caramelo se disuelve en mi boca durante unos minutos y luego empiezo a masticar el resto.
Con el caramelo entre mis muelas, muerdo. Me sobresalto cuando un extraño sonido de rotura vibra por los huesos de mi cabeza. Mi mandíbula se desliza a un lado mientras mis dientes rechinan. Algo me hace cosquillas en el fondo de la garganta y trago los crujientes trozos de caramelo junto a algo más.
Me lleva un momento procesar lo que acaba de suceder. Mis ojos se abren como platos por el horror mientras un estresante pensamiento me cruza la mente. Afortunadamente, estoy inclinada sobre el hombro de Liam, así que nadie nota mi expresión. Me excuso con una sonrisa y voy corriendo al baño.
Mi miedo se confirma. Cuando examino mis dientes en el armario, descubro que falta la mitad de mi muela más trasera en el lado derecho.
Alucinada, miro mi reflejo hasta que la imagen se distorsiona ante mí. Mi mente está, curiosamente, en blanco y siento el extraño deseo de echarme a reír. Y lo hago. El sonido es burlón, pero sirve para mejorar mi humor. Con una sonrisita secreta en mis labios, dejo el baño y vuelvo a la mesa exterior.
El partido ha terminado y parece que todos se están despidiendo. Funciono con el piloto automático, interpretando el papel de la invitada agradecida aunque por dentro me siento entumecida. Edward me lleva a casa y, aunque intento mantener la conversación, pronto nos quedamos en silencio.
Cuarenta minutos después de dejar la casa de Esme, Edward se detiene en el aparcamiento de mi edificio.
―¿Seguro que estás bien? ―pregunta por tercera vez.
―Ya te he dicho que estoy bien. ―Un rastro de irritación se cuela en mi voz.
―Vale, vale. ―Una pausa―. Sé que tienes mucho que hacer mañana, pero si quieres tomarte un descanso o terminas pronto, me encantaría verte.
―No creo que tenga tiempo, pero te llamaré si lo tengo.
Él se inclina hacia mi asiento para besarme y se sorprende cuando solo le doy un breve pico en los labios. Normalmente tenemos que despegarnos después de varios minutos apasionados.
Dándole las buenas noches sobre mi hombro, me bajo del coche y corro a la entrada del edificio. No quiero ver su reacción a mi apresurada partida. Todo lo que me importa es llegar a la privacidad de mi habitación.
Una vez dentro del apartamento, dejo caer mi bolso al suelo, me quito los zapatos y voy directa a la cama. No me molesto en cambiarme de ropa o incluso en meterme bajo las mantas; me subo sobre el colchón y cierro los ojos.
En unos minutos, le doy la bienvenida al analgésico olvido que produce el sueño.
¡Hola!
Esto es lo que pasa cuando tienes la presión de guardar un secreto tan grande...
¿Vosotras qué pensáis? Estoy deseando leer vuestras opiniones.
¡Hasta el viernes!
-Bells :)
